ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 11.

**El domingo por la mañana, Clara se levantó temprano; quería ir al cementerio a visitar sus padres. Al llegar, se encaminó hacia la tumba de su madre. Hacía tan poco tiempo que la había enterrado… Se acercó y acarició la foto de Ana Lucía.

—¿Quién te habrá hecho esto? Te juro que lo encontraremos y cuando sepamos quien es, lo lamentará toda su vida —susurró. Cuando estuvo unos minutos allí, se dirigió a una tumba más antigua, la de su padre. Estaba bastante alejada de la de su madre, pero era por los años de diferencia que había entre sus muertes. La chica limpió la tumba de Marcos Cabello y miró la foto. ¡Su padre era tan guapo! Era una pena que hubiera muerto en aquel maldito accidente.

—Buenos días. —Escuchó a su espalda.

—¡Hugo! —La chica sonrió al verle.

—¿Qué haces por aquí? —El hombre se rascó la cabeza. Cada vez que la veía se ponía nervioso.

—Hoy me he levantado con ganas de estar un ratito al lado de mis padres y esta es la única manera que tengo —explicó la chica con pesar. El hombre se acercó a ella y acarició su mejilla.

—Clara, lo siento.

—No te preocupes, de alguna manera, ya he aprendido a vivir sin ellos.

—¿Esta es la tumba de tu padre? —preguntó mientras se acercaba a la misma.

—Sí.

—¿Le querías?

—Murió cuando apenas era un bebé, pero claro que le quería. De hecho, lo quiero mucho.

—Eso está bien, jamás debemos olvidar a las personas que hemos perdido. —Los dos sonrieron.

—¿Vives aquí, Hugo? —inquirió ella mirando una pequeña casita al fondo.

—Sí, este es mi hogar.

—¿No te da miedo vivir en un cementerio?

—La verdad es que no, aquí sé que nadie me va a hacer daño y lo más importante, nadie se va a asustar por verme.

—No digas eso…

—Es algo irremediable, mírame —dijo él mientras se señalaba el rostro.

—No, eso no es así. ¿No tienes familia?

—Ya te dije que no —reiteró en tono duro mientras se acordaba de la visita la noche anterior a ella.

—Está bien, está bien…

—Perdona, no quería hablarte así —se excusó algo avergonzado.

—Hugo, tranquilo. Te entiendo perfectamente.

—¡Hugo! —Una voz se escuchó en el cementerio, a través de los nichos. Al hombre se le cambió el semblante.

—Tengo que dejarte —se despidió bastante nervioso.

—¿Qué te ocurre? Espera —susurró ella al ver su nerviosismo.

—No puedo, tengo que irme. —Y desapareció entre las tumbas. Aquello mosqueó a Clara y sigilosamente le siguió. Él se dirigió a su pequeña casa y entró rápidamente detrás de alguien.

Sin pensárselo dos veces comenzó a caminar hacia allí. Rodeó la casa y con sigilo se dirigió a una pequeña ventana que había al fondo. La persiana estaba un poco alzada y sin pensárselo  más miró a través de ella. Se quedó muda cuando vio con quién estaba Hugo. ¿Qué hacía con aquella persona? ¿De qué se conocían? Rápidamente se marchó de allí, su mente iba a marchas forzadas, no llegaba a entender de qué podían conocerse. Se montó en el coche y se fue a su casa, apuntó todo en una libreta, nadie sabía si aquello podría servirle un futuro.

**El lunes llegó y Alejandro ya tenía toda la información necesaria para mandársela a sus compañeros. Allí había datos nuevos, datos que podían llegar a interesarle. Rápidamente llamó a Fernando y le mandó aquellos documentos por fax. En el cuartel de Fuente Palmera estaban deseando que aquellos papeles llegaran. David estaba muy nervioso últimamente, Fernando lo notaba y no sabía qué hacer para ayudarle.

—David, los documentos de Alejandro vienen en camino —le informó metiendo la cabeza en su despacho. El chico estaba mirando por la ventana, con la mirada perdida.

—Está bien.

—Oye, ¿Qué te pasa? —Fernando entró y se sentó esperando a que se sincerara con él.

—Me siento como un inútil en esta investigación y además…

—¿Además? —preguntó él. Allí había pasado algo que le estaba haciendo sentir muy mal.

—Es Marta.

—¿Marta? Yo creí que Corina le había dejado las cosas bien claras.

—Vino a buscarme anoche. Yo no quería que Corina se enterara de nada y salí sin que se diera cuenta a la calle, ella ya estaba metida en la cama. Yo solo quería dejarle las cosas claras a esa mujer, repetirle por última vez que no quería nada con ella, y cuando salí me estaba esperando.

—David… —susurró él temiéndose lo peor.

—No es lo que piensas. Por supuesto no me acosté con ella y jamás lo haría, pero…

—¿Pero?

—¡Me besó, Fernando!

—¿Cómo? —Él no quería ser partícipe de aquello, ahora lo sabía y se convertía en cómplice de su amigo.

—Me besó, aunque ni que decirte tengo que rápidamente yo la separé de mí. Le dije todo lo que quería y te aseguro que no volverá a buscarme.

—Me habías asustado —suspiró Fernando.

—Aun así yo me siento fatal. Aunque fue un beso que me dio ella, yo me siento muy mal. ¿Se lo debo de decir a Corina? Fue algo que no pude impedir, y en que cuanto pude lo hice, la separé de mí y le canté las cuarentas, pero no sé si hice bien en salir de casa, en ir a verla, en…

—Tranquilo. —Fernando se levantó y se dirigió a dónde estaba él y como un buen amigo lo abrazó. Estaba seguro que en ese momento era lo que más necesitaba.

—Fernando, me siento infinitamente mal. ¿Qué debo hacer?

—Si yo fuera tú, hablaría con tu mujer. Corina es muy comprensiva y lo va a entender. Por cierto, ¿Qué clase de beso fue? —Volvió a preguntar preocupado. David se rascó la cabeza y se sentó en la butaca.

—Un beso —se limitó a decir.

—¡Joder, David! Sé un poco más explícito. ¡Con legua o sin lengua!

—Con lengua. Por eso me siento tan mal —gruñó él mientras le pegaba un puñetazo a la pared.

—Eso no es lo importante. ¿Te gustó?

—¡No, por dios! —gritó.

—Entonces no hay problema. Eso es lo realmente importante. Amigo, habla con tu mujer, ella te va a entender, aunque no quiero ni imaginarme lo que esta vez le puede hacer a Marta. —Los dos sonrieron y el ambiente se relajó.

—Hablaré con ella esta misma tarde. Fernando, si la pierdo a ella y a mis hijos no sé lo que sería capaz de hacer —susurró.

—No los vas a perder, Corina te ama y te va a comprender, yo lo sé.

—Eso espero, lo que sé es que no voy a ser capaz de vivir con esto aquí. —Se echó la mano al pecho.

En ese momento llamaron a la puerta, era Antonia con unos documentos en la mano.

—Han llegado estos papeles por fax de una comisaría de Córdoba.

—Gracias, Antonia. Los estábamos esperando. —David se sentó en la butaca con los ojos llenos de lágrimas, aquella situación estaba pudiendo con él. Cuando Antonia se marchó, Fernando se percató de ello y no dijo nada, simplemente fue y lo abrazó.

—Fernando, no puedo trabajar así —se lamentó él mientras se levantaba.

—Ya son casi las dos, Corina está a punto de salir del colegio. Me tengo que ir, tengo que hablar con ella —dijo con nerviosismo, sin apenas acordarse de aquellos papeles.

—Vete, yo revisaré estos papeles cuando vuelva esta tarde.

—Por favor, que lo que te he contado quede entre tú y yo. No puedo permitirme que Corina se entere por otra persona que no sea yo.

—No lo dudes, vete tranquilo.

David cogió su chaqueta y salió de la comisaría como alma que lleva el diablo. Si su matrimonio se iba al garete, Marta lo lamentaría de por vida, nadie se metía con su familia y si tenía algo claro en la vida era que lucharía por ellos con uñas y dientes.

**Cuando Alejandro llegó a casa de su prima Alexia reinaba la paz. Ese día habían quedado para comer fuera con unos amigos de Mario del trabajo. Se tendió en el sofá y descansó un poco. Pensó en Paula y sonrió. Aquella chica iba a volverlo loco. Se levantó para hacer la comida, estaba hambriento y sacó una pizza de la nevera. La metió al horno y fue a lavarse las manos. Entonces sonó el timbre de la casa. Cuando abrió se quedó con la boca abierta. ¿Qué hacía ella allí?

—Hola —saludó Paula con una caja de gambas en la mano.

—¿Paula? —preguntó él sorprendido.

—Sí, no soy un fantasma. —Sonrió.

—Pasa, no te quedes ahí. —La invitó algo nervioso.

—Te preguntarás qué hago aquí, pero es que Alexia me llamó y tenía hoy la tarde libre…

—Alexia… —El chico sonrió al pensar en la bruja de tu prima.

—Sí, me llamó y me dijo que hoy estarían todo el día fuera y que te avisara que cenarían fuera también. —Ambos sonrieron.

—No me lo puedo creer, ¡Podía haberme avisado!

—No te preocupes que no me escandalizo de verte descalzo.

—Estaba haciendo una pizza, ¿te gusta?

—Sí, yo he traído gambas.

—Pongo otra pizza, entonces. —Los dos entraron en la cocina y ella puso las gambas en un plato mientras él metía la otra pizza en el horno.

—¿Qué quieres beber?

—Una coca cola estaría bien. —Él le extendió una.

—Estás muy guapa —le dijo él mientras la acorralaba en contra de la encimera de la cocina.

—Gracias…

—Voy a besarte —le susurró.

—Hazlo. —Lo empujó ella con decisión. Él la besó y notó como la pasión comenzaba a hacer estragos en sus cuerpos, pero la comida estaba casi preparada y debían almorzar.

—Paula, me vas a volver loco…

—Ahora almorcemos.

La comida trascurrió rápida mientras los dos comían con ganas. Reían con las ocurrencias de Alejandro y cuando se dieron cuenta era muy tarde.

—Vaya se ha pasado el tiempo volando —dijo ella.

—¿Te apetece ver una peli? —propuso él mientras recogían la cocina.

—Sí, claro que me apetece. ¿Qué películas tienes?

—La verdad que ninguna, pero seguro que algo echarán en la televisión.

Se tendieron en el sofá y Alejandro la abrazó mientras se tapaban con una bonita manta de corazones que seguramente sería de una de las gemelas. Olió su pelo y suspiró.

—¿Te gusta alguna serie en especial? —preguntó ella. Él no respondió. Al darse la vuelta para ver por qué no respondía se encontró con su cara, sus ojos, su pelo, que la escrutaba.

—Me gustas tú —susurró al oído. Ella se estremeció.

—Alejandro… —El chico la besó con ansia, como si se fuera a esfumar de un momento a otro.

—No te puedes llegar a imagina cómo me gustas.

—Me alegro. —Ella esbozó una bonita sonrisa.

—Venga, veamos algo. —Alejandro la volvió a abrazar y puso una serie titulada “El cuerpo del delito” Él solo deseaba hacerle el amor, pero esperaría a que ella diera ese paso tan importante.

**Cuando David llegó a casa, Corina ya había llegado. Al entrar se dio cuenta de que un silencio sospechoso inundaba la estancia. Escuchó a su mujer tararear algo en la cocina y las lágrimas volvieron a sus ojos. Jamás creyó que podía sentirse tan mal por algo que ni el mismo había hecho, pero aquello le dolía. Se había dado cuenta que sin Corina él no era nadie y nada más que de pensar que podía perderla, se moría de miedo. Se retiró las lágrimas de los ojos y entró en la cocina.

—¡Hola amor, menos mal que has venido pronto! —Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—¿Y los niños? —preguntó él al no verlos por ningún lado.

—Mi madre les ha hecho su comida favorita, ya sabes, le encanta malcriarlos y se han quedado allí a almorzar. —Él pensó que todo se estaba poniendo de su parte para que hablara a solas con su mujer.

—Corina… —comenzó a hablar él mientras se sentaba en un taburete.

—¿Qué te ocurre? —La chica apagó el gas y se volvió, los ojos enrojecidos de su marido la escrutaban y en ese momento se dio cuenta de que algo estaba ocurriendo.

—Tenemos que hablar —se limitó a decir en un hilo de voz.

—David, no me asustes. —Ella se temió lo peor, aquello le había estado rondando la cabeza durante días y ahora posiblemente, hubiera sucedido de verdad.

—Yo…

—¿Te has acostado con ella, verdad? —preguntó en un tono firme mientras la voz se le quebraba.

—¡No! Déjame explicarte…

—¿Qué quieres explicarme, David? ¿Qué anoche saliste a las tantas de la noche y fuiste a verla? ¿Te crees que yo no te vi por la ventana mientras te acercabas a su coche?

—Corina, ¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque confiaba en ti y pensé que me lo contarías, pero en la vida me imaginé que pudieras hacer nada con esa maldita mujer.

—Yo no hice nada —susurró.

—¿Entonces? —Ella se puso las manos en las caderas esperando una respuesta.

—Fue ella, yo…

—¿Qué fue ella? ¡A qué demonios te refieres! —Jamás había visto a Corina en aquella tesitura, pero la entendía. Si alguien hubiera besado a su mujer de la manera que Marta lo besó a él se moriría de la rabia y de los celos.

—¡Me besó! —gritó él mientras se ponía en pie y se tocaba el pelo de manera compulsiva.

—¿Cómo? —Corina se sentó, no podía soportar aquello ni un minuto más.

—Yo no quería…

—David, ¿Por qué tuviste que salir? —preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas.

—Pensé que si te enterabas iba a ser peor, mucho peor. Por eso decidí salir yo, sin que nadie lo supiera y ponerla en su sitio de una vez por todas, pero ella fue rápida y cuando me quise dar cuenta la tenía encima. Besándome.

—Oh, dios mío —se lamentó ella mientras se tapaba la boca.

—Tienes que entenderlo, yo no hice nada. En cuanto pasó me la quité de encima y le dije todo lo que pensaba de ella. Ahora tienes que perdonarme. Solo quería que esto terminara de una maldita vez, por eso salí a verla. —Corina se hundió completamente. Lloró de una manera brutal y David lo hizo con ella. La abrazó y no la soltó hasta que se recompuso. No sabía el tiempo que había pasado, pero eso no le importaba.

—David…

—¿Estás mejor?

—Sí.

—¿Me vas a dejar? —preguntó mientras la miraba con un dolor extremo reflejado en su cara.

—Yo…

—¡Corina, tienes que creerme! Sabes cómo soy. Yo jamás haría algo que hiciera daño a mi familia y menos a ti o a los niños que sois lo que más quiero en el mundo.

—Tranquilo, confío en ti —susurró mientras se sentaba encima de él y hundía su cara en el cuello del chico. En ese momento David comenzó a llorar como un niño pequeño. Toda la tensión acumulada desde el día anterior había explotado en aquel momento.

—Gracias, amor.

—Esa tipa me lo va a pagar. ¿Cómo pudo hacerte eso?

—Está loca, Corina. Prométeme que no te vas a acercar a ella. Con lo que yo le dije anoche creo que le quedó bastante claro todo.

—David, ¿Cómo quieres que me quede quieta ante una cosa así? ¿Y el mal rato que nos  ha hecho pasar a los dos?

—En especial a mí. No he dormido en toda la noche y cuando se lo he contado a Fernando…

—¿Se lo has contado a Fernando? —preguntó ella con la boca abierta.

—Estaba muy mal, no te puedes hacer una idea. Entró en mi despacho y en cuanto me sonsacó un poco de información, se lo conté. No podía tener eso más guardado y él fue quien me aconsejó que tenía que decírtelo. Yo sé que entre nosotros no debe de haber ninguna clase de secreto, pero el miedo que tenía a perderos era tan grande que…

—David, no te voy a mentir: estoy dolida, muy dolida. Pero sé que tú no tuviste nada que ver, tampoco me puedo enfadar contigo por una cosa que no fuiste tú quien la propiciaste. Pero es que solo de pensar que alguien más que no sea yo ha besado esta boca…        —La chica le pasó el dedo por encima de los labios posesivamente—, es que me muero de los celos. No puedo soportarlo.

—Sabes que mis besos son solo tuyos. —El chico la abrazó, no quería perderla jamás. Y rozó sus labios con los de ella.

—Oh, David. He pasado mucho miedo cuando te he visto entrar con esa cara. ¡Me he temido lo peor!

—Corina, quiero tener otro hijo contigo —dijo él sin ton ni son.

—¿Cómo? —preguntó ella clavando sus ojos en los de él.

—Quiero agrandar mi familia. Sé que es a ti a la que incumbe profesionalmente, pero necesito otro bebé en casa, sentir que mi familia es grande y que os tengo a todos conmigo.

—¿No te basta con esos dos demonios de Luis y Carmen?

—No, quiero otro bebé.

—Pero la niña aún está muy pequeña. Yo no sé si es el mejor momento.

—¿Pero tú quieres volver a adoptar? —Ella se quedó callada y lo pensó detenidamente.

—No me importaría, pero cuando Carmen estuviera un poco más mayor. Ahora mismo me tiro de los pelos con los dos, imagínate con otra personita más.

—Está bien, entonces esperaremos un poco para comenzar el proceso nuevamente.           —Él rozó su nariz con la de ella- No me creo que no estés enfadada conmigo. Que te haya contado todo y estemos así, tan bien, abrazados el uno al otro.

—Te vuelvo a repetir que confío en ti. Sino ya me hubiera marchado de esta casa con mis niños. —Aquello le dolió a David. Solo de pensarlo se ponía enfermo.

—No repitas eso nunca más, por favor.

—Está bien, tranquilo.

—Si os pierdo, me muero —dijo en un tono lastimero.

—Oye, ¿no tienes hambre? —Ambos miraron el reloj, eran más de las cuatro de la tarde. ¿Cuánto tiempo llevaban así?

—Sí, la verdad es que sí.

—Vamos a almorzar y luego recogeremos a los niños y daremos un paseo.

—¿De verdad no estás enfadada? —Él volvió a cogerla de la cintura antes de que se levantara.

—Te lo vuelvo a repetir. No estoy enfadada, solo dolorida, pero por la situación. No es nada personal contigo, eres mi marido y te creo. —El chico sonrió y le dio gracias a dios por haber puesto a aquella mujer en su camino.

—Esta noche vamos a ir a cenar fuera. Quiero que hablemos más detenidamente de lo que te acabo de proponer y además, necesito tener un rato de intimidad contigo. ¿Crees que a tu madre le importará quedarse con los niños?

—¿Me vas a invitar a cenar? ¿Está usted haciéndome la pelota, señor Parker?

—No es hacerte la pelota, es que te quiero.

—Oh… —Ella se acercó a él y lo besó con pasión. Ya no sabría vivir sin él, era tan fuerte lo que sentía…

—No me beses así porque si no te aseguro que no llegamos a la cocina.

—No necesito entrar en la cocina.

—Vaya, por lo que veo tienes ganas de guerra.

Ella comenzó a correr hacia el cuarto y David la siguió. Cuando la tuvo cerca la agarró y la tiró encima de la cama. Comenzó a besarla con furia. Solo de pensar que podía haberla perdido le hacía sentirse el peor de los hombres. Aquello había significado mucho para él y esperaba que aquella maldita mujer no se volviera a acercar a él o sino tendría que tomar medidas mucho más fuertes.

Corina le miró a los ojos y sonrió. Sabía que él no haría nada que le hiciera daño y por eso le creía, porque estaba complemente enamorada de él y porque ya no sabría enfrentarse a una vida sin su David en ella. Le retiró el pelo de cara volvió a besarlo. Ahora disfrutaría del momento, pero algún día, Marta León le pagaría todo lo que había hecho sufrir a su marido con aquel beso y también a ella.

**A las seis de la tarde, Fernando volvió a comisaría. No había dejado de pensar en David y en Corina. ¿Habría arreglado todo aquel asunto? Suspiró y se sentó en su butaca. Sacó los papeles que Alejandro le había mandado. Comenzó a mirarlos y se dio cuenta de que allí había información muy valiosa, información de la que no disponían y que no sabía si Clara tendría conocimiento de ello. Jamás le había hablado de algo así. Sacó el número de teléfono y llamó a Parker.

—¿Sí? —preguntó él con voz adormilada al otro lado del altavoz.

—¿David?

—Hola Fernando, perdona. Me había quedado durmiendo.

—¿Durmiendo?

—Sí, ya sabes es lo que tienen las reconciliaciones. Que agotan. —Él le guiñó un ojo a Corina que lo miraba desde el otro lado de la cama. No podía ser más bonita. Amaba a su mujer con todo su corazón.

—Vaya, me alegro que todo se haya arreglado.

—Es lo que tiene tener a la mejor mujer del mundo. —Corina sonrió mientras se desperezaba.

—Bueno, déjame que discrepe en ese punto. —Los dos sonrieron y en especial, Fernando, al recordar a su querida Andrea.

—¿Ha ocurrido algo?

—He leído el informe que me ha mandado Alejandro y hay cosas bastantes interesantes.

—¿Cómo qué?

—Ah, no. Si quieres, lo siento mucho, pero vas a tener que venir a comisaría.

—Fernando… —suspiró él.

—Esto hay que hablarlo en persona.

—Está bien, en un cuarto de hora estaré allí.

La conexión se cortó y Fernando siguió mirando aquel informe como si no hubiera leído uno en la vida. Pasados unos minutos David entró por la puerta, aquel chico era un torbellino.

—Antes de nada, enhorabuena. —Fernando le dio un abrazo amistoso y David sonrió. Se le veía visiblemente más relajado.

—Gracias. Ahora dime que has encontrado.

—Míralo con tus propios ojos. —El chico le extendió el informe. David lo leyó por encima y miró a su compañero.

—¿Clara sabe esto? —dijo señalando un punto.

—Yo creo que no, porque ella jamás nos ha hablado de eso.

—Ana Lucía era médico. ¡Pero si nosotros creíamos que solo había tenido el negocio de pintura! —exclamó él.

—Yo creo que jamás ejerció.

—¿Cómo qué no? Aquí pone que Marcos Cabello, su marido, era médico también.

—Sí, lo sé. Esto es muy extraño. ¿Por qué Clara no sabe que su madre era médico?

—No lo sé, fue como si hubiera borrado ese dato de su vida. La gente no ha comentado nada de eso en el pueblo y si allí no se comenta es porque no se sabe. Ya sabes cómo son…

—Es verdad. ¿Qué más pone?

—Solo tuvo una hija y un aborto posterior.

—Esa niña es Clara.

—Exacto.

—Mira, aquí pone que tuvo una relación con un tal Emilio Ibáñez.

—Deberíamos hablar con ese hombre. ¿Dónde vive?

—Pues no lo sé, aquí solo pone Cádiz.

—Está bien, buscaremos información sobre él e iremos a hacerle una visita. Quizás su relación no fue buena y haya vuelta del pasado para vengarse por cualquier motivo.

—Bien pensado, Fernando.

—La llamaban “Linda” —Se sorprendió David— ¿Lo sabrá Clara?

—Tampoco ha hablado nunca de eso. Creo que desconocía muchas cosas de su madre.

—Por ahora vamos a callarnos todo esto que sabemos. No quiero ponerla nerviosa. Cuando sepamos algo más, le diremos que busque en casa de su madre algo que nos pueda servir.

—Está bien. Este Alejandro es un crack. Esa base de datos es la hostia. Mira toda la información que nos ha facilitado.

—Tenía una hermana, Rebeca. Sus padres murieron cuando ella era aún muy joven.

—Vaya, ¿qué habrá sido de esa hermana?

—No tengo ni idea, ¿Conocerá Clara algo sobre esa mujer? No me extrañaría que ocurriera algo con ella y también puede ser una posible sospechosa.

—Tenemos que buscarla, al menos para hablar con ella y así que nos cuente algo más sobre la vida de “Linda” —Los dos sonrieron.

—Mañana seguimos con todo esto. Tengo que irme, he invitado esta noche a cenar a Corina.

—Te veo mucho más contento y más animado.

—Después de lo que me ha pasado hoy con mi mujer y teniendo toda esta información, soy el hombre más feliz del mundo. —Estuvo a punto de contarle lo de la posible adopción de un tercer hijo, pero decidió callar hasta que tuvieran algo completamente claro.

—Haces bien en estar feliz. ¿Dónde las vas a llevar?

—Iremos a Fuente Palmera al mesón nuevo que han abierto. ¿Sabes de cuál te hablo?

—Sí, está cerca de mi antigua casa.

—No podemos alejarnos mucho más porque dejamos a los niños con mi suegra y tenemos que volver pronto.

Los dos amigos salieron por la puerta, eran las siete de la tarde y la noche estaba empezando a caer. Se montaron en el coche y se dirigieron al pueblo. Sin percatarse que detrás de comisaría salía una persona encapuchada. “Pronto tendréis novedades” —susurró.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 10.

TREINTA Y CINCO AÑOS ANTES:

            —¿Cómo estás? —preguntó él mientras se sentaba a su lado en aquella grande cama.

            —Buenos días —dijo Linda mientras abría los ojos.

            —¿Qué quieres hacer hoy?

            —Lo que tú quieras —añadió ella levantándose aún desnuda.

            —¿Qué te preocupa? Te noto extraña.

            —No, nada. No es nada. —Resopló y se acordó de Emilio y de su pequeña. Ya hacía varios meses que los había dejado y todavía no había vuelto. Los seguía recordando, pero se había acostumbrado a su nueva vida y apenas los echaba de menos.

            —¿Es porque pronto yo tendré que volver a mi casa?

            —Sí, es por eso —mintió ella.

            —Bueno, tranquila. Tú sabes que si quieres, puedes venirte conmigo. Ya sabes que te quiero.

            —¿Cómo has dicho? —preguntó ella mientras se ponía su bonito y caro vestido azul celeste.

            —Me he enamorado de ti, preciosa. Eso es algo que ya no puedo ocultar. —Hacía apenas seis meses que se conocieron en una de las conferencias de medicina a las que Linda asistió, allí estaba él, un reputado médico que sin duda no era indiferente para ninguna mujer. Sus ojos oscuros y su pelo negro la volvieron loca desde el primer momento en que lo vio. Luego a él le ocurrió lo mismo con ella y sin darse cuenta, de un día para otro, comenzaron algo parecido a una relación.

            —¿Cómo has podido enamorarte de mí? —preguntó ella mientras pensaba en la familia que había dejado atrás y que él desconocía completamente.

            —Somos jóvenes y sin ataduras, ¿Por qué no iba a poder enamorarme de ti? —Él la besó dulcemente en los labios.

            —Yo…

            —No digas nada, en quince minutos tenemos que estar abajo desayunando. Nos esperan en la clínica.

            —Es cierto. —En ese momento pensó que tenía que ir a ver a su familia. Sonrió al pensar en esa palabra: familia. Ella misma la había perdido y no podía reprochárselo a nadie.

            —Piénsate lo de venirte conmigo, sé que no es un lugar dónde tú estás acostumbrada a vivir, pero se vive bien y en paz, además siempre te puedo ofrecer un trabajo. —Se quedó pensativa mientras se recogía su melena en un bonito moño.

            —Lo pensaré. —Ya llevaban varios meses de relación y la verdad que es ese hombre le gustaba mucho y podía llevar una vida buena y acomodada a su lado, no le iba a faltar nada. Se rascó una ceja y pensó que sí, que sería lo mejor. Pero no podía enterarse de la familia que había dejado, aquello sería su gran secreto.

            —¿Es necesario que vaya hoy a la clínica? Tengo unos asuntos urgentes que resolver antes de marcharme a vivir contigo. —Eso le despistaría.

            —¿Te vienes conmigo? —preguntó él contento.

            —Sí, cariño. Me voy contigo.

            —Está bien, arregla esos asuntos, yo te esperaré.

            —No sé cuánto tardaré. —Se sinceró ella.

            —Hasta dentro de tres días no nos iremos, así que no te preocupes. —Linda se tocó el vientre y suspiró. ¿Qué iba a hacer sola en el mundo y con otro hijo? Nadie sabía aún de su embarazo, ni siquiera aquel hombre al que tenía embelesado. Tenía que despedirse de su antigua familia y marcharse junto a él, para crear una nueva.

            —Está bien, ahora me tengo que ir, pero cuando vuelva tengo que hablar contigo urgentemente. —La chica pensó en contarle su embarazo. Estaba de más de tres meses, pronto comenzaría a notársele.

            —¿Qué ocurre? —preguntó él asustado.

            —Hasta entonces no te diré nada, es una sorpresa —le confesó ella sonriendo mientras metía en su bolso un papel que tenía celosamente guardado donde ponía lo de su embarazo, se lo dio el médico el día que le dijo que estaba embarazada. No podía dejarlo allí, él podía descubrirlo.

            —Está bien, pero no tardes mucho, mi vida. —Él la besó en los labios. Y ella salió por la puerta.

Rápidamente se fue a la estación de trenes y compró un billete. El viaje se le hizo largo, no tenía nada con qué entretenerse, por lo que se pasó todo el camino acariciando su ya abultada barriga. Cuando llegó, tomó un taxi y se encaminó hacia la cabaña de Emilio. Cuando llegó, pudo observar que el hombre estaba sentado en la orilla de la playa junto a una preciosa niña. Juntos hacía un castillo de arena y sonreían. Aquella pequeña sería su pequeña, por un momento los ojos se le llenaron de lágrimas, ¿Cómo podía haberla abandonado tan pequeña? Rebeca tendría que haberse quedado cuidándola, pero el día que llegaron a Córdoba, se deshizo de su hermana como pudo, ella no iba a alimentar una boca más y jamás volvió a saber nada de ella.

            —¿Qué haces tú aquí? —preguntó Emilio mientras se acercaba a ella con la niña en brazos.

            —He venido a veros ahora que he tenido un hueco.

            —¿Llevas más de seis meses trabajando sin parar como para que no hayas podido venir a hacernos ni una mísera visita? —Linda miró a aquella niña que la miraba extrañada. Le echó los brazos, pero la pequeña se abrazó al cuello de su padre asustada—. ¿Pretendas que te conozca? ¡La abandonaste como a un perro! —gritó él encolerizado.

            —No grites, la vas a asustar —susurró ella a sabiendas de que era verdad todo lo que le estaba diciendo.

            —¿A qué has venido? —le preguntó mientras abría la puerta de su pequeña cabaña. ¿A por las cosas que dejaste el día que te marchaste? Están en el mismo lugar, pero intenta no tardar mucho, no vaya a ser que te dé alergia en esta pequeña cabaña —dijo él con dureza.

            —Emilio… —Ella intentó acercarse a él.

            —No te acerques ni a mí ni a mi hija. —En ese momento una arcada se apoderó de Linda y corrió al baño, dónde vomitó. Emilio miró a su hija extrañado y luego se percató del papel que sobresalía del bolso de aquella mujer. Se acercó y tras cogerlo lo leyó. ¡Estaba embarazada! Si había algo claro allí, es que ese bebé no era hijo suyo, por lo que ella tenía a alguien más. Volvió a soltarlo donde estaba y ni se inmutó cuando la vio salir.

            —Yo… —comenzó a decir.

            —Ni se te ocurra decir una palabra más. Te quiero fuera de mi casa ya. —Ella no dijo nada más, cogió su bolso y se acercó a la niña. Sabía que no tenía ningún derecho sobre ella. Los perdió todos el día que la abandonó siendo tan solo un bebé.  Cuando la pequeña la vio tan cerca, se asustó. ¿Quién era aquella mujer? Volvió a abrazarse al cuello de su padre mientras comenzaba a llorar. A Linda se le llenaron los ojos de lágrimas y se dirigió a la puerta.

            —Yo jamás quise que esto acabara así —dijo a sabiendas de que todo aquello lo había propiciado ella y que ahora había otro hombre en su vida.

            —Vete de aquí, ¡Largo! —gritó él.

Linda no dijo nada más, salió cabizbaja de aquella pequeña cabaña que tan buenos recuerdos le traía y se marchó. Puso rumbo a dónde su nuevo amor y su nueva vida la esperaban. Quizás todo fuera mucho mejor a partir de aquel momento.

**Hugo se bajó de su coche y llamó a la puerta. Estaba a punto de marcharse cuando la puerta finalmente se abrió.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Solo quería verte, me siento algo solo. Al fin y al cabo eres la única familia que me queda en el mundo.

—Pasa, pero pronto tendrás que marcharte, por ahora no quiero que te relacionen conmigo. —El chico entró a aquella casa, todo estaba limpio y ordenado.

—¿Y tu marido?

—No está, ha salido. —Ella se sentó en el sofá y se encendió un cigarro. Él la miró y suspiró, ¿por qué no podían tener una relación como lo que realmente eran?

—Solo quería un poco de compañía, pero si molesto me voy.

—No, no molestas. —Se limitó a decir sin mirarle.

—¿Por qué no me miras cuando te hablo? —inquirió él algo apenado.

—Cómo entenderás no eres nada satisfactorio de ver.

—¿Cómo puedes decirme eso a sabiendas de que si estoy así es por un accidente que sufrí?

—¡Si, un maldito accidente en el que también perdí a Israel! ¿Lo recuerdas? ¿Te acuerdas de Israel? —preguntó ella alterada mientras se levantaba y miraba por la ventana con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo también lo perdí y lo siento en el alma, pero no fue culpa mía.

—Creaste una maldita mentira a partir de todo eso y no te lo voy a perdonar jamás. Entiendo que ese fuera el final de Israel, pero lo que no llego a entender aún y, fíjate si han pasado años, es cómo tuviste la sangre fría de mentir como un bellaco como lo hiciste —dijo algo más sosegada.

—Tenía que hacerlo. Israel solo nos tenía a nosotros dos, nadie lo iba a echar en falta y yo necesitaba, ya sabes…

—¡Sí, sé lo que necesitabas, pero yo quería enterrar a Israel y no pude hacerlo!

—Lo siento, sé que eres la única que sabes toda la verdad sobre esto —se excusó señalándose el rostro—, pero…

—Ni peros ni nada, Hugo. —La última palabra la extendió más de la cuenta.

—Por favor, entiéndeme…

—Mira, yo no voy a vivir toda mi santa vida con esto aquí guardado. —La mujer se llevó la mano al pecho—. Algún día lo confesaré todo y entonces tendrás que dar explicaciones.

—No, no puedes hacerlo, tu sabes por qué he hecho todo esto, ella ha sido lo primordial en mi vida.

—¡¿Pero de que te sirve todo esto que estás haciendo?! —gritó ella.

—De mucho, cada día me sirve de más. Ahora me voy, ya veo que no puedo contar contigo para nada, prefiero estar rodeado de muertos, ellos al menos no se involucran en todo.

—Eso, vete. Y no me involucro en todo, es simplemente que yo quería a mi Israel y por tu maldita culpa ni enterrarlo pude. —Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.

—¡Yo también le quería, joder! —gritó el hombre fuera de sí.

—Vete.

—Por supuesto que me voy. —El hombre se marchó hacia la puerta—. Y por cierto, intenta no meterte más con mi aspecto, creo que bastante desgracia tengo yo como para encima tener que escuchar tus comentarios despectivos.

—¡Qué te largues te he dicho!

La puerta se cerró y Hugo volvió a meterse en su coche. Se miró en el espejo retrovisor y se dio cuenta de que cada día parecía más un monstruo, pero contra eso no podía hacer nada. ¿Qué iba a hacer después de tantos años? Miró hacia la casa y la vio mirando por la ventana. No podía contar con aquella mujer, ni aun siendo de su propia familia. Se sentía más solo que la una, pero no podía hacer nada. Arrancó su vehículo y se dirigió de nuevo al cementerio. Ahora aquel era su verdadero hogar, un lugar donde se sentía seguro y a gusto consigo mismo. Se tendió en el sofá y cerró los ojos. Por un momento imaginó su aspecto antes de aquel accidente, y sonrió. Luego recordó a Israel y unas lágrimas comenzaron a correr por su cara. ¿Cómo podía haberle hecho aquello? Sin más, suspiró y creyó que lo mejor sería no pensar más en aquel tema.

**Cuando Paula salió de casa, Alejandro se bajó del coche para recibirla. Ninguno de los dos sabía cómo actuar, pero tenían que aparentar normalidad.

—Estás preciosa —dijo él embelesado.

—Gracias, tú también estás muy bien —añadió ella algo avergonzada mientras le daba dos besos.

—He pensado que podíamos ir a cenar a Córdoba. Cerca de donde yo trabajo hay un bar que parece estar bien. Luego podemos ir a tomarnos una copa a algún pub

—A mí me parece perfecto. —Ambos se montaron en el coche y durante el trayecto fueron hablando sobre sus trabajos y sus vidas, pero sin profundizar mucho. Aún se sentían cohibidos, aún no sabían cómo habían llegado a tener aquella cita. Al llegar al bar, Paula se quedó con la boca abierta, era un lugar bonito y cuidado y el personal se mostraban muy atentos con ellos.

—Es un lugar muy bonito, Alejandro. Aunque tiene pinta de ser caro.

—Por eso no te preocupes, esta noche todo corre de mi cuenta. —El chico sonrió y a Paula le aleteó el corazón.

—¿En qué piensas? —le preguntó cuándo el camarero se marchó a por sus bebidas.

—En que aun no entiendo cómo estamos tú y yo aquí sentados, teniendo una cita.           —Los dos sonrieron.

—Esas brujas de Alexia y Andrea se han encargado de todo —dijo él risueño.

—Son un caso.

—De todas formas, les estaré eternamente agradecido por habernos liado de esta manera. —Sus miradas se cruzaron y ella, nerviosa, rápidamente miró al suelo.

—Es muy bonito eso que has dicho —susurró.

—Es lo que siento —dijo él con una seductora voz—. No te voy a negar que desde que te vi en el cumpleaños de David me llamaste muchísimo la atención. Me encanta tu melena, pareces una leona. —Ella se sonrojó.

—A todo el mundo le gusta mi pelo.

—Toda tú eres bonita.

—Alejandro, vas a conseguir que me ponga colorada —dijo ella mientras ponía un gesto que a enterneció al chico.

—¿Sabes? Yo no quería conocer a nadie. Mi corazón antes de venirme a vivir al pueblo con mis primos, estaba completamente cerrado.

—Oh…

—Sí, señorita. Pero luego apareciste tú y…

—¿Le dijiste a Alexia que le pidiera mi número a Andrea?

—No, tan solo dije que eras guapa cuando te soltamos en tu casa y después de eso, ella solita se encargó de todo. Mi prima es una mujer muy buena, hemos estado muchos años separados pero es como si el tiempo no hubiera pasado para nosotros. La quiero como a una hermana y ella solo quiere verme feliz, por eso ha hecho todo esto.

—¿Qué te ha podido pasar para que tuvieras el corazón cerrado? —El camarero llegó con la bebida y pidieron la cena.

—Hace tres años de mi ruptura con Noah. Yo creí que era la mujer de mi vida, pero gracias a dios me di cuenta de que no era ella.

—¿Qué ocurrió? —preguntó ella mientras le daba un sorbo a su coca cola.

—Noah y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. Estuvimos varios años  juntos hasta que algo terrible ocurrió, su hermana gemela murió y decidió marcharse sin darme ningún tipo de explicación. Estuve mucho tiempo pensando en qué habría sido de ella sin saber absolutamente nada. La recordaba a todas horas, de noche y de día. Hasta que, hace más de ocho años, mi prima Alexia apareció en mi vida. Yo no sabía que era mi prima, y llevaba la investigación sobre el asesinato de su padre y a la vez el de mi padre, sin darme cuenta comencé a sentir algo por ella.

—¿Por tu prima? —preguntó ella sorprendida.

—Sí, yo no sabía que éramos primos. No quería reconocerlo, Mario ya existía en su vida, pero gracias a dios, pude frenarlo a tiempo. Fue entonces cuando Noah volvió. Ella fue quién me hizo olvidar complemente lo que pude llegar a sentir por Alexia. Me contó cómo se sentía, porqué me abandonó de aquella manera y yo la perdoné. Después de eso estuvimos cinco años maravillosos de relación, al menos para mí. Hace tres años, tenía una conferencia fuera de Madrid y la dejé en casa, ella no quiso acompañarme. Cuando llegué a Barcelona, que era el lugar dónde se haría la conferencia, me informaron qué se había anulado y sin pensármelo me volví a mi casa, para estar el fin de semana junto a ella. Cual no fue mi sorpresa cuando llegué y la encontré en la cama con su jefe. —El chico apretó el vaso en su mano. Aún recordaba ese momento como si hubiera sido ayer.

—Oh, lo siento.

—No lo sientas, si nada de eso hubiera pasado, hoy en día tú y yo no estaríamos aquí.           —Él sonrió  y la cogió de la mano.

—Alejandro… —comenzó a decir ella.

—No digas nada, ahora quiero que me cuentes algo de tu vida. —Eso la tranquilizó.

—Bueno, soy enfermera. Desde que tengo uso de razón viví como madrina, Gema, pero ella falleció hace poco. Decidí venirme aquí porque Isabela y Alberto me brindaron su casa y Andrea y Fernando me han dado un trabajo. Necesitaba dejar atrás mi vida en Rota, sabía que no podría vivir con tantos recuerdos. Mi madrina ha sido lo único que he tenido en la vida y no podía en aquella casa.

—Los dos nos hemos ido a Fuente Palmera para olvidar —dijo él con pesar.

—Sí…

—Me alegro tanto de haberme venido, quizás mi vida cambie para siempre.

—Y la mía —dijo ella tímidamente.

—Paula, ¿y tus padres? —preguntó él mientras se metía en la boca el primer bocado de la cena.

—No los recuerdo, murieron cuando yo era muy pequeña.

—¿Qué les ocurrió?

—Por lo que mi tía siempre me ha dicho, un accidente de tráfico. Los dos murieron en el acto y yo me quedé con Gema.

—Vaya, lo siento.

—Hace mucho de eso, pero me hubiera gustado saber qué se siente al tener unos padres.

—Yo viví siempre sin mi padre biológico, pero mi madre, Mónica, se casó con Alfonso cuando yo era un niño y ha sido muy bueno para mí. El padre que nunca tuve. —Sonrió al recordar a aquel hombre bonachón al que quería con toda su alma.

—Me alegro mucho por ti. Yo lo más parecido a unos padres que estoy experimentando es con Isabela y Alberto. Se portan muy bien conmigo, me cuidan y se preocupan por mí.

—Estás preciosa esta noche —dijo él cambiando de tema.

—Zalamero. —Ambos sonrieron.

—No soy un zalamero, solo digo la verdad.

La cena transcurrió tranquila, entre charlas y confidencias. Cuando salieron del bar un fuerte aguacero estaba cayendo. Alejandro le prestó su chaqueta a la chica y rápidamente se metieron en el coche. Al entrar ella bostezó.

—Vaya, veo que tienes ganas de fiesta —dijo él irónicamente.

—No te rías de mí. Anoche me quedé cuidando a Aurora y no veas la lata que me dio. No durmió hasta que llegaron sus padres.

—¿Quieres que te lleve a casa ya?

—Lo preferiría. Otro día quedamos para tomarnos algo, pero invitó yo. Hoy estoy muy cansada, no puedo más.

—Cómo tú quieras. —El chico se acercó a ella y un olor exquisito a colonia llenaron las fosas nasales de Paula. Alejandro la besó, con ganas, con ansias y cuando se separaron sus miradas se cruzaron.

—Oh, dios mío. Alejandro…. —dijo ella mientras abría mucho los ojos.

—Tranquila, Paula. Solo ha sido un beso… —Alejandro rozó su nariz con la de ella.

—Me ha gustado mucho —susurró la chica.

—A mí también, pero esto me asusta. No quiero precipitarme —comenzó a decir el chico con su frente pegada a la de ella. El agua golpeaba fuerte los cristales.

—Te entiendo, no te preocupes. Ahora volvamos a casa. —Alejandro le dio un rápido beso en los labios y comenzó la marcha hacia el pueblo.

Cuando llegaron a casa de Paula, él la acompañó y la tapó con su chaqueta, seguía lloviendo a mares.

—Te dejo en casita, sana y salva —le susurró él al oído mientras ella sacaba las llaves del bolso.

—Muchas gracias por la invitación, me lo he pasado muy bien contigo esta noche. Ahora debo entrar. —Alejandro no dijo nada, sonrió y la apretó contra la pared. Ella lo miró con sus grandes ojos marrones, asustada.

—Tranquila, solo voy a besarte. Eres preciosa y me vuelves loco. —El chico la volvió a besar hasta dejarla sin aliento. “Jamás me han besado así” —pensó Paula.

—Buenas noches, que descanses —dijo mientras se dirigía al coche. Ella sonrió y lo saludó con la mano. Luego entró en casa y cuando cerró la puerta se llevó la mano al pecho. Aquel chico le gustaba más de cuenta y no sabía hasta qué punto podía ser bueno aquel sentimiento.

**Aquella noche David no dejaba de moverse en la cama. Corina, algo preocupada por él, se incorporó.

—David, ¿qué te ocurre? —le preguntó al oído.

—No puedo dormir. —Se sentó y ambos se quedaron mirándose con la simple luz de la luna que entraba por la ventana.

—¿Es por la tormenta? —preguntó ella risueña.

—No, a mí no me dan miedo las tormentas.

—¿Entonces?

—Corina, aunque no lo exprese, me siento muy mal por no saber cómo llevar este tema. En otras ocasiones, ya tendría algo. Alguna cosa de qué valerme para llegar al fondo del asunto, pero es que mira el tiempo que ha pasado y no hay nada que pueda hacer.

—Bueno, ahora tenéis más ayuda. Contáis con Mario y Alejandro.

—Sí, y eso es un arma de doble filo. Por un lado es perfecto, contamos con dos personas más para que nos ayuden, pero por otro me siendo un inútil que no soy capaz de hacer nada por mí solo en esta investigación.

—No digas eso. —Ella le acarició suavemente la mejilla y él sonrió.

—Corina, ¿qué hago? No sé cuál es el siguiente paso y eso nunca me ha pasado.

—Tienes que hablar con Clara y que sea ella misma sea quien busque algo de información en casa de su madre. —David la miró y sonrió.

—Nos escuchaste el otro día cuando hablábamos, ¿verdad?

—Yo no quería, pero… —comenzó a decir ella nerviosa.

—No pasa nada, cariño. Tranquila. Tienes razón, me esperaré al lunes para llamar a Clara y entre en casa de su madre a buscar algo.

—Yo puedo acompañarla.

—Corina, déjala a ella.

—Quizás no quiera enfrentarse a eso ella sola. —Se excusó la chica.

—Bueno, habla tú con ella. Si accede, ayúdala. —Se limitó a decir él.

—Te noto tenso. Son las doce de la noche, tienes que descansar.

—También me preocupa mi padre. No te he dicho nada, pero me ha llamado para decirme que se encuentra preocupado por Jade.

—Los hombres os asustáis con todo. Simplemente está embarazada, cuando pase los primeros meses del embarazo, ella volverá a ser la que era.

—No sé, él dice que la nota extraña y que quiere llevarla a un médico que la revise bien.

—Bueno, nunca está de mal una buena revisión médica y más estando en ese estado.

—Me dijo que durante esta semana que entra la iba a llevar a un médico de pago para que le haga un buen chequeo.

—Pronto tendrá al bebé, ya casi está de cuatro meses.

—Dios mío, Corina. Voy a tener un hermano a mi edad. —Él sonrió con ganas. Ella lo siguió.

—¿Quién te lo iba a decir? ¿Y quién iba a decir que Antonio iba a encontrar a una chica como Jade a su edad?

—Oye, tampoco es tan viejo.

—Yo no digo que sea viejo, además tu padre es un hombre guapo y apuesto.

—¡Oye! —exclamó él mientras le hacía cosquillas.

—¡Se parece a ti! —dijo ella muerta de risa.

—Corina, es verdad que estoy tenso, muy tenso —le dijo el chico en tono meloso mientras se recostaba encima de ella y comenzaba a besarle el cuello.

—¡Parker! —exclamó ella.

—¡Calla! —susurró él bajito. Corina no dijo nada más, simplemente se abandonó a los besos de su marido.

¡Magnifico sorteo de Ana González Rey!

Mi amiga y compañera Anita tiene activo un sorteo que os va a gustar mucho. Se sortea un libro en papel de su novela “Un cubata con sabor a café” y tengo que deciros que es una historia que me cautivó por completo, de principio a fin y no podía dejar de leer en ningún momento. ¡Animaros a participar porque no os vais a arrepentir!

Os dejo por aquí las bases del concurso que la autora ha dejado en su blog:  http://anitansf.blogspot.com.es/2017/01/sorteo-de-mi-libro-en-papel-un-cubata.html

Mis redes sociales (enlaces en la columna de la izquierda):
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Twitter @anita_nsf
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Información:

-El sorteo estará activo desde el 30/01/2017 hasta el 01/03/2017 hora española.
-Habrá un único ganador
– Sólo se envía en territorio español.
– El envío será ordinario quedando exenta si no llegara o no se recibiera en las condiciones adecuadas.
– El sorteo puede estar sujeto a modificaciones.
– Tendrá que haber un mínimo de 10 participantes.
– Informaré del ganador/a en el blog y en mis redes sociales. Tendrá 5 días para comunicarse conmigo, por privado, en alguna de mis redes sociales o escribiendo al correo anitameiga13@gmail.com , sino se procederá a volver a sortearlo, quedando fuera el ganador, y se repetirán las mismas acciones.

Normas:

Obligatorio
. Escribir, en un comentario, que participas.
. Compartir, de forma pública, en facebook, twitter o instagram y etiquetarme.
. Seguirme en una de mis redes sociales (facebook, twitter o instagram). Dejarme en los comentarios con que usuario lo hacéis. Si alguien deja de seguirme, quedará fuera del sorteo.

Opcional:
. Compartirlo en las tres redes sociales, facebook, twitter e instagram (etiquetarme y decírmelo en los comentarios)
. Seguirme en mis tres redes sociales (dejarme en los comentarios en cuales me seguís y con que nombre).
. Seguir el blog (decírmelo en los comentarios y con que nombre)
.  Poner la imagen del sorteo en vuestro blog (decirme en los comentarios el enlace del blog y donde está situado)
. Hacer una entrada, en vuestro blog, informando del sorteo (dejarme el enlace de la entrada en los comentarios)
P.D: Si hacéis alguna de las opcionales y me dejáis de seguir, quedaréis fuera del sorteo.
Por cada acción de las opcionales, será un extra.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 9.

TREINTA Y SEIS AÑOS ANTES:

Linda ya estaba preparada para comenzar su vida laboral. Cogió su maletín y se acercó a la cuna, donde una preciosa niña llamada Lucía la miraba a través de unos grandes ojos.

            —No me mires así —le dijo ella en un susurro—. Volveré.

            —Entonces es verdad lo que me dijiste. Te marchas. —La voz de Emilio apareció de la nada detrás de ella.

            —Ya sabes que deseo más que nada en el mundo ejercer la medicina.

            —Pero, ¿es necesario que te vayas fuera? Tienes una hija de apenas cinco meses. ¿Piensas dejarla sola?

            —Yo no voy a abandonar a mi hija. La quiero más que a nada en el mundo, pero también quiero el contrato que me han ofertado. ¡No puedo decir que no a una oportunidad así!

            —Linda, por dios. Esta cabeza —señaló— no sirve solo para sujetarte los hombros. ¡Piensa, joder!

            —¡Tú cuidarás bien de ella! Además, mi hermana Rebeca se queda con vosotros.

            —Tu hermana es aún una cría, aunque no dudo que pueda cuidar a nuestra hija mejor que su propia madre —ladró Emilio.

            —Eres un malnacido, ¿Cómo puedes decirme esas cosas tan feas?

            —Tú te lo has buscado. Sabes que al principio me negué a que trabajaras porque yo creía que podía manteneros a las dos, aunque por lo que veo todo lo que te doy es poco, pero ahora lo pienso mejor y si tú no estás bien con lo que yo te puedo ofrecer: ¡Adelante, trabaja! Pero, ¿no podías hacerlo aquí, cerca de tu casa y de los tuyos? ¡Tienes una hija de cinco meses!

            —No voy a pensarlo más. El doctor Zurriaga ha confiado en mí, cosa que tú jamás hiciste. Además, mi trabajo está muy bien remunerado y te juro que te mandaré dinero para la niña.

            —¿Nos abandonas entonces?

            —¡No! vendré a veros.

            —¿Cuándo? —preguntó desesperado.

            —Cuando pueda, yo jamás podría olvidarme de ti. Sé que piensas que no soy la mejor mujer del mundo dejando a mi hija aquí y a ti también, pero no puedo hacer otra cosa. Una oportunidad así no la puedo desperdiciar y espero que lo entiendas.

            —Está bien, Linda. Haz  lo que veas que es mejor para ti.

            —Para mí y para mi familia. —Se acercó a él lentamente.

            —Aléjate de mí, yo no te creo. Te vas y nos vas abandonas —dijo el hombre con pesar. La pequeña parecía haber entendido  a su padre y comenzó a llorar.

            —Ya, reina, no llores. —Emilio cogió a la niña.

            —Mírate, eres un buen padre. Puedes cuidarla mejor que yo.

            —¡Dios mío, escúchate! ¿Verdaderamente me quieres? ¿Quieres a tu hija? —preguntó desesperado.

            —Claro que os quiero. Más que a nada en el mundo, pero me he dado cuenta que el no haber ejercido la medicina desde un principio había sido un error. Un gran error.

            —¿Fue un error elegirme a mí en aquellos momentos, verdad? Podías haber trabajado en lo que realmente te llena, pero aquí, cerca de nosotros.

            —Rebeca os ayudará —sentenció la mujer.

            —Linda, yo no me quiero quedar aquí. —La voz de su hermana se escuchó detrás de ellos. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

            —Rebeca, ¡Tienes que cuidar de mi hija! —gritó Linda.

            —No la obligues a hacer algo que es tu responsabilidad —dijo  Emilio con voz dura, con su hija aún en brazos. La chica miró a su hermana y levantó el mentón en señal de fuerza.

            —Está bien, te vendrás conmigo. Pero olvídate de que yo te mantenga. Te vendrás hasta la nueva ciudad, luego allí te buscarás la vida. —Emilio apretó los puños. ¿En qué se había convertido su mujer?

            —¡Eres mala! ¡Una mala persona! —vociferó el hombre. Lucía se sobresaltó y comenzó a llorar.

            —Cállate, la has asustado.

            —¿Qué me calle? ¡Fuera de mi casa ahora mismo!

No opusieron resistencia. Linda cogió su maleta y Rebeca una mochila con sus pocas pertenencias. Ambas cruzaron el umbral de la puerta a sabiendas de que jamás volverían a aquella casa, ahora comenzaba una nueva vida para Linda. Había cambiado esa vida con un buen puesto de trabajo y asegurada de lujos, por Emilio, que le había ofrecido toda la vida lo que había podido, y su hija Lucía.

            —Tranquila mi vida, papi está aquí. —Cerró la puerta a su espalda y se sentó en el sillón con su hija en brazos. Ahora tocaba una larga temporada de olvido. La mujer a la que amaba desaparecería de su vida. Quizás fuera cierto eso qué dicen que del amor al odio hay un solo paso.

Cuando Marta llegó a su casa, se la llevaban los demonios. Por su cara corría el barro todavía y no podía dejar de pensar en aquella maldita mujer.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó su marido, Carlos, cuando la vio entrar por la puerta.

—Si te lo cuento no te crees.

—Inténtalo —dijo en tono jocoso.

—Fui a ver a Parker, me enteré en comisaría que era su cumpleaños y le mandé un mensaje, le estaba esperando en una esquina cerca de su casa. Me pareció raro que me dijera que sí quería verme cuando desde que me estoy insinuando, siempre me ha dado esquinazo, pero pensé que quizás había cambiado de opinión. Al verle, decidí que lo mejor era tirarme a sus brazos y besarle antes de que se arrepintiera y cuando me vine a dar cuenta tenía a su mujer encima de mí, hecha una fiera y ¡me ha metido la cabeza en un charco lleno de barro!

—¿Cómo? –Carlos se carcajeó, no lo podía creer.

—¡No te rías! No es nada gracioso —le pidió ella con pena mientras se sentaba en el sofá—. Yo iba de buenas, incluso la invité a unirse a nosotros si quería.

—Marta, tienes que entender que no todo el mundo tiene una relación abierta como nosotros. No creo que esa mujer quisiera hacer un trío y compartir a su marido.

—Quizás tengas razón —susurró.

—No se lo tengas en cuenta, es normal que reaccionara así. —El chico se levantó y la abrazó.

—Pero no tenía por qué haberme metido la cabeza en un charco. ¡Es injusto!

—Conozco a esa chica de toda la vida y es más buena que el pan, pero es normal que si le tocan lo que más le duele, pues la chica salte.

—Bueno, pero por haberme hecho lo me hizo, no voy a contarle la verdad a Parker.

—Marta, deberías hacerlo. Eso era un tema que ya lo teníamos hablado —dijo el hombre en tono serio esta vez.

—Quizás me tenga que esperar a que se me pase este enfado que tengo con la mujer de Parker —comentó ella orgullosa.

—Tienes que decírselo, es algo que lo hemos recapacitado mucho como para que ahora te eches atrás.

—¡No! O al menos no ahora.

—Está bien, te doy una semana para que lo confieses, sino seré yo quien vaya a comisaría  y lo cuente todo.

—No me asustas, Carlos —dijo la chica en tono meloso.

—¿Seguro que no?

—No, quizás tengas que utilizar otras técnicas para asustarme. —Con  lentitud lo besó.

—Buscaré esas técnicas entonces.

—¿Quieres darte un baño conmigo? Lo necesito. —Los dos se carcajearon al ver las pintas de la chica.

—Eres un caso, a quién se le ocurre ir a casa de un hombre a buscarlo a sabiendas de que su mujer podía estar allí.

—Parker me tiene loca, daría lo que fuera por tenerlo en mi cama, junto a ti.

—Dudo mucho que eso pueda hacerse realidad algún día, cariño. —Se dirigieron al baño entre risas mientras llenaban la bañera.

**Cuando Paula llegó a casa, rápidamente se puso el pijama y se metió en la cama, ni siquiera se desmaquilló. No podía dejar de pensar en Alejandro, aquel chico tan simpático que había conocido en la fiesta de Corina. Fueron muy amables en llevarla a casa. Un trueno hizo que la chica se estremeciera dentro de la cama, hacía muy mal tiempo fuera y no le gustaban las tormentas.

Después de estar más de media hora metida en la cama y no poder dormirse, se levantó y cogió un álbum de fotos. Allí estaban las únicas fotos que tenía de sus padres, unas fotos que su tía Gema había conservado como oro en paño y que ella jamás perdería. A penas era un bebé, su madre estaba sentada en una silla de enea y su padre de pie junto a ellas. Ambas miraban la cámara, pero su padre con una gran sonrisa las miraba a ellas. Su madre tenía una cara preciosa, se parecía a ella, era morena y con una larga melena. Su padre era un hombre apuesto, de pelo corto.

Apretó aquella foto contra su pecho y suspiró. Todo sería tan diferente si ellos estuvieran a su lado, ¿Por qué tuvieron que morir? Era algo horrible, que jamás había entendido. Tenía ya una edad y se sentía como una niña desprotegida, aunque sabía que Alberto e Isabela estarían siempre a su lado y velarían por su bienestar. Quizás va siendo hora de que forme una familia —pensó la chica— Aunque pronto descartó la idea, allí apenas conocía a nadie y no se sentía con fuerzas de hacerlo después del mazazo que le había dado la vida dejándola sola.

Su móvil vibró, algo que le extrañó. Miró el reloj, eran las dos de la madrugada. Se levantó rápidamente y se quedó de piedra cuando leyó el mensaje que acababan de enviarle. “Soy Alejandro, nos conocimos en la fiesta de Corina. No me preguntes como tengo tu número, eso lo saben mejor que nadie Alexia y Andrea. Si tú quieres podemos vernos y salir a tomar algo para conocernos mejor. En definitiva los dos estamos solos en este pueblo sin conocer a nadie. Buenas noches. Que descanses” Sin poder remediarlo, Paula sonrió. Su jefa era un caso, seguramente se habría puesto de acuerdo con la prima de Alejandro para darle su número de teléfono. Pensó durante varios minutos el contestarle o no, pero decidió que tenía que arriesgar en la vida. “Claro que me apetece salir contigo. Puedes invitarme a cenar este sábado, estaré encantada. Ahora toca descansar. Buenas noches”

Después de aquello, sin poder disimular su entusiasmo volvió a meterse en la cama. Alejandro se había interesado por ella. No podía creerlo. ¡Tenía una cita! Y nada que ponerse ese día, por lo que tendría que ir de compras. Entonces pensó en pedirle a Clara que la acompañara, esa chica se merecía salir de casa y olvidar el episodio tan malo que había ocurrido en su vida meses antes.

**Dos días después, Hugo decidió ir a comisaría para ver cómo iba la investigación. No quería preguntarle a Clara, ya que en más de una ocasión le había tratado como a un perro, aunque Fernando, al decirle que ya habían probado que él no tenía nada que ver, le asegurara que a partir de ahora esa chica no sería tan desagradable con él. Era su día libre y tenía que ir a hacer unas compras al pueblo, aunque no le gustaba salir, puesto que su apariencia no era la mejor y todo el mundo se le quedaba mirando.

Pasó por la plaza y efectivamente, todo el mundo le miró. Intentó pasar lo más rápido posible, necesitaba con urgencia unas cosas de la farmacia y no podía dejar el mandado sin hacer. Cuando por fin pasó la masa de gente que no paraban de mirarle, se fijó en un establecimiento de ropa. Allí dentro estaba Clara, que reía mientras le enseñaba ropa a otra chica. ¿Debía entrar a saludarla? Se quedó petrificado en la puerta mirándola, no se atrevía a hablarle, no sabía cuál sería su reacción. Entonces vio como la chica lo miraba y sonreía. Luego salió de la tienda junto a la otra chica y varias bolsas en la mano.

—Hugo, tenía ganas de verte —susurró la chica.

—Hola, Clara.

—Quería pedirte perdón por cómo te he tratado, yo no quería hablarte así y decirte esas cosas tan feas. Ahora que sé que tú no tuviste nada que ver con la muerte de mi madre, estoy realmente arrepentida.

—No te preocupes, mi sentimiento de admiración hacia tu persona no cambia —dijo el hombre con lo qué intuían era una sonrisa. Paula se quedó mirándole intentando que no se le notara mucho la impresión al ver a una persona con la cara deformada de aquella manera tan brutal.

—Ella es Paula. Ha venido desde Cádiz a trabajar a Silillos y la verdad que  desde que nos hemos conocido, nos hemos caído bastante bien. —Paula le extendió la mano con una sonrisa.

—Encantado, Paula. Me alegro que seáis amigas y Clara tenga con qué entretenerse. Por lo que sé has estado meses encerrada.

—Sí—reconoció la chica con pesar—. No tenía fuerzas para enfrentarme al mundo, pero es verdad que necesitaba salir y despejarme un poco.

—Tenéis que disfrutar de la vida ahora que podéis.

—Por cierto, ¿de dónde vienes?

—De la farmacia, necesitaba hacer unas compras. —Se limitó a responder mientras le enseñaba la bolsa.

—Os invitó a un café —les propuso Clara.

—No creo que sea lo mejor…

—Entiende que me siento fatal por haberte tratado así, quiero arreglarlo, si tomamos un café, podemos hablar tranquilamente.

—Está bien.

Paula pasó por delante de una tienda y se volvió loca, vio un vestido que le encantó, por lo que entró a probárselo mientras ellos tomaban el café. Una vez sentados en el bar, todo el mundo les miraba, pero aquello era indiferente para Hugo. Allí estaba, tomándose un café con Clara Cabello, la persona que más admiraba en la vida.

—Hugo, llevo un tiempo pensando en ti. Perdona si soy un poco indiscreta, pero ¿qué clase de accidente pudo ocurrirte para que te dejara así el rostro? —preguntó la chica mientras daba un sorbo a su café.

—Mi casa ardió una noche mientras mi familia dormía, yo me levanté y justo en ese momento hubo un corto circuito. Mi mujer y mi hija murieron, y yo me quedé así para los restos —dijo señalándose la cara.

—Oh, es terrible —susurró ella.

—Desde ese momento, un buen amigo me ayudó. La última persona en el mundo que yo imaginaba que podría ayudarme fue quien me tendió una mano. Ahora tenemos menos relación, por circunstancias de la vida. Luego me dieron el trabajo en el cementerio, al menos allí nadie cuchichea a mis espaldas cuando paso, refiriéndose a mi aspecto. —Los dos sonrieron.

—Vaya, debió de ser horrible.

—No te lo puedes imaginar, dejar de ver para siempre a tu mujer y a tu hija. Fue lo peor que me ha pasado en la vida con diferencia.

—¿Qué edad tenía tu hija?

—Era muy pequeña, aún no tenía el año.

—Oh…

—Pero eso pasó hace muchos años y de alguna manera he aprendido a vivir sin ellas, aunque no haya un día en que no las recuerde.

—Quiero que sepas que me tienes para lo que necesites.

—Lo sé y te lo agradezco.

—Hugo, me siento fatal. Yo no conocía tu vida, tu historia y te acusé de asesino sin conocerte realmente.

—Son cosas que pasan, estaba en el sitio justo en el momento adecuado. Todo me señalaba a mí, pero tenía fe en que algún día se llegara a la verdad. Y así ha sido, soy inocente y todo el mundo lo sabe.

—Y no sabes cómo me alegro de que eso sea así. Tienes las puertas de mi casa abiertas para lo que desees, solo tienes que llamarme. —La chica le agarró la mano y sonrió. Él no podía creerse lo que le estaba pasando.

—Gracias, Clara. Eres un ángel caído del cielo.

Cuando el hombre se despidió de ella, lo último que recordó era que tenía que ir a comisaría a preguntar por el caso. La felicidad le invadía todos los sentidos.

**Cuando Corina llegó a casa aquella tarde con los niños después de dar un paseo, escuchó las voces de su marido y más chicos en el patio de casa. Al entró vio que se trataba de Mario, Fernando y Alejandro.

—Hola, cariño —le saludó David mientras los otros levantaban la mano.

—Hola.

—Habíamos quedado para hablar sobre el caso con Alejandro y como el tiempo no está muy bien, nos hemos venido aquí que está el patio techado.

—No os preocupéis, yo tengo cosas que hacer con estos diablillos. —Los tres sonrieron y Corina se encerró a dibujar y a leer con los niños en el cuarto de juegos.

—Bueno, esta es toda la información que tenemos. —Fernando echó encima de la mesa el tocho de documentos.

—Mario ya me ha contado algo sobre el caso y la verdad es que no tenéis muchas cosas para buscar a quién mató a esa mujer.

—Tenemos las pruebas de ADN que ya han sido comparadas con las personas de las que sospechábamos, pero al ser ellos inocentes, lo que nos falta son personas con quien comparar esas pruebas. —Mario se tocó el pelo.

—¿Y estáis seguros que sabéis todo el pasado de esa mujer? —preguntó Alejandro mientras se recostaba en la silla.

—Bueno, tenemos lo que Antonia, la secretaria pudo conseguir. —El chico miró los documentos.

—Quizás yo pueda hacer algo con respecto a esto. En la comisaría dónde yo trabajo hay una base de datos bastante grande, que allí podremos encontrar algo más que aquí. ¿Qué os parece?

—¿Harías eso por nosotros? —preguntó David.

—Claro, os dije que os iba a ayudar y lo voy a hacer. Solo que ya hay que esperarse al lunes.

—Sí claro, esperaremos.

—También he pensado —comenzó a decir David— que deberíamos pedirle a Clara que mire bien entre las cosas de su madre, quizás de ahí pueda sacar algo. Lo que está claro y sé de primera mano es que desde que Ana Lucía murió, su hija no ha vuelto a entrar en su casa. Quizás por miedo a los recuerdos o quien sabe por qué, pero tenemos que decírselo para que intente recoger toda la información posible de las cosas de su madre.

—Está bien, el lunes la llamaremos.

—Entonces, lo que tenemos que esperar es que Alejandro mire en la base de datos            —Mario extendió un papel con el nombre de Ana Lucía Madariaga— y decirle a Clara que mire entre las pertenencias de su madre para así ver si podemos sacar algo más en claro de toda esta historia.

—Eso es, ahora debemos irnos —le dijo Alejandro a Mario.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Fernando en tono jocoso. Andrea ya le había contado lo de la cita.

—Mi primo tiene una cita con Paula —canturreo Mario. Corina, que miraba por la ventana, sonrió. ¿Por qué ella no se había enterado de esa cita?

—Vaya, vaya… —dijo David mientras daba un sorbo a su cerveza.

—Pues sí y he quedado con ella a las ocho, así que no puedo tardar. —Alejandro se levantó nervioso de la silla.

—Oye, tranquilo. —Rió Fernando.

—¡No puedo! Estoy muy nervioso.

—Primo, cuéntales lo que te pasó con Noah. —El chico dudó, pero al final le contó a aquellos hombres lo que Noah había hecho con él. Corina se tapó la boca en señal de sorpresa, escondida en la ventana. Sabía que su marido la mataría, pero no podía evitarlo.

—Ahora entendemos tu miedo —le dijo David.

—Paula parece una buena chica. —La defendió Fernando.

—Sí, eso parece. Aunque Noah también lo parecía. —Mario vio la tristeza en los ojos de Alejandro.

—Pero me voy a arriesgar. La chica me gusta y parece buena, creo que me hubiera arrepentido de no haberle pedido la cita.

—Has hecho bien. Cuando Andrea me contó que Alexia la había llamado a la una de la mañana para pedirle el número de Paula, no podía creerlo. Estas mujeres nuestras son tremendas. —Todos se carcajearon.

—La mía creo que no sabe nada. —David sonrió solo de pensar en cómo se pondría cuando se enteraría. Corina desde detrás de la ventana reía por saber que ellos desconocían que ella los estaba escuchando.

—Pronto se enterará, tranquilo. Aquí hay tráfico de información entre estas víboras, en el buen sentido de la palabra.

—Ahora sí que tengo que irme, sino no voy a llegar.

Mario y Alejandro se despidieron de ellos y salieron de la casa. Cuando David y Fernando se quedaron solos, apareció Corina, que no dijo nada.

—Cariño, te tengo noticias frescas —le informó David. Ella se hizo la interesante y se sentó al lado.

—Dime.

—¡Alejandro y Paula tienen una cita!

—Oh, no me digas —gritó ella con entusiasmo.

—¡Sí!

Corina no pudo dejar de reír solo de pensar que ella ya lo sabía. Su marido y Fernando eran unos pardillos, aunque se hacían de querer.

**Antonio estaba muy preocupado por su chica. Aquella mujer morena de ojos claros cada día tenía peor aspecto. Él sabía que era normal en su estado, pero aquello ya estaba sobrepasando límites insospechados. Desde el umbral de la puerta la observó. Jade estaba tendida en el sofá viendo una película, liada en su bata de casa y el pelo recogido en una coleta alta.

—Hola, guapa. —Ella le sonrió y le hizo un sitio a su lado.

—Estoy mejor, antes de que me preguntes. —Lo tranquilizó.

—Esa coleta te sienta de maravilla, no me acostumbro aún a verte sin el velo.

—Pues hazlo, porque en casa no lo puedo tener puesto siempre, sino mi pelo se resentirá y lo perderé todo.

—Haces bien. —Él le acarició la cara en señal de cariño—. ¿Te apetece que salgamos a cenar? No creo que tardes mucho en ponerte algo.

—Antonio, no tengo ánimos para salir a ningún sitio. Esta barriga cada día crece más y la verdad es que no me siento bien. —La chica se tocó una casi inexistente barriga y suspiró.

—Está bien, saldré a comprar algo entonces.

—Me apetece algo que no sea muy pesado.

—Jade, ¿te preocupa algo?

—¿Por qué me preguntas eso ahora? Ya te he dicho que es solo por el embarazo que me siento algo mal —le contestó de mala manera.

—Perdona, no quería incomodarte. —El hombre se levantó para ir a comprar la comida.

—Antonio, perdona. No quería hablarte así, pero con todo esto estoy muy nerviosa. Yo siempre he tenido una vida muy diferente a todo esto que estoy viviendo y ahora para colmo me quedo embarazada, no sé que me depara el futuro y me siento vulnerable con todo lo que dicen las personas que me rodean. —Él sonrió.

—Tranquila, como te he dicho antes, será el embarazo.

—No tardes, no quiero estar sola.

—En menos de lo que imaginas habré vuelto. —Antonio se puso la chaqueta y salió fuera, dónde hacia algo de frío. Ella se levantó del sofá y lo miró por la ventana. Tenía que ir a visitar a Alexia de nuevo, su estado estaba yendo cada vez a peor y no podía seguir así. Se sentía mal, muy mal. Tenía que existir algún tipo de vitamina o algo que la hiciera reaccionar y poder sentirse como una persona. Pronto su hijo llegaría al mundo y quería estar al cien por cien para cuidarle y convertirse en la mejor madre del mundo.

**Cuando Alberto llegó a casa, escuchó a Isabela y Paula sonriendo en la planta de arriba. Él, risueño con aquello, subió las escaleras de dos en dos y se dirigió hacia el cuarto de la chica, de dónde procedían las risas.

—¿Qué os pasa? —preguntó mientras entraba. Se quedó de piedra al ver a Paula. Estaba espléndida.

—¡Nuestra niña tiene una cita! —Aplaudió Isabela.

—Vaya, no sabía nada. Estás guapísima. —Alberto se sentó al borde de la cama mientras la contemplaba.

—Gracias, Alberto.

—Estamos aún pensando que hacerle en el pelo, quizás un recogido le quede bien, pero tiene un pelo bastante frondoso y no sabemos qué hacer con él. —Las dos se carcajearon.

—Sí, un recogido estará bien —dijo él embelesado mientras miraba a aquella chica—. Si no es mucha indiscreción, ¿Con quién vas a salir?

—Con un chico que se llama Alejandro, es policía y acaba de mudarse aquí a Fuente Palmera, aunque trabaja en una comisaría en Córdoba capital. —Alberto miró a la chica de arriba abajo, eso no le hacía gracia.

—Ten cuidado, Paula —se limitó a decirle él.

—Oye, es una chica joven, déjala que disfrute —dijo Isabela mientras terminaba de recogerle el pelo en un romántico moño bajo.

—Tranquilo, sé defenderme sola, toda la vida lo he hecho.

—Sabes que ahora nosotros somos como tus padres, mi vida. —Isabela la besó en la mejilla—. Es normal que nos preocupemos por ti, eres como la hija que dios nunca nos mandó.

—Gracias por tus palabras, yo también os veo a los dos como a mis padres. —Alberto sonrió y volvió a observarla. Aquel pelo recogido, aquel bonito vestido negro y aquellos tacones rojos hacían que la chica estuviera  espectacular.

—Bueno, nosotros nos vamos que en media hora hemos quedado con unos amigos y tenemos que arreglarnos aún. —La mujer cogió a su marido del brazo y cerraron la puerta a sus espaldas. Paula se quedó sola y se miró al espejo. Estaba radiante y deseosa de ver a Alejandro. En ese momento sonó su móvil.

—Dígame.

—¿Nerviosa? —preguntó Clara al otro lado de la línea.

—Clara, estoy muy nerviosa. Apenas faltan quince minutos para que Alejandro me recoja y estoy hecha un flan. No recuerdo la última vez que tuve una cita con un chico. —Las dos sonrieron.

—Tú tranquila que seguro que estás preciosa.

—Isabela me ha ayudado a arreglarme, a elegir el maquillaje, el peinado…

—¡Guau! Por lo que me has contado, esa mujer tiene que ser muy buena.

—Sí, tanto ella como su marido se están portando muy bien conmigo, incluso me han dicho que yo para ellos soy como la hija que jamás tuvieron.

—Oh, dios mío. Eso es algo precioso.

—Sí, al menos no me siento tan desprotegida. ¿Tú cómo estás?

—Bueno, algo mejor —dijo la chica mientras se sentaba en el sofá con un cuenco de caldo de pollo.

—Anímate.

—Eso intento, pero…

—Tienes que ser positiva y pensar que en breve todo este asunto se va a solucionar y van a averiguar qué fue lo que pasó.

—Ojalá. Ya apenas puedo dormir solo de pensar en mi pobre madre.

—Tienes que encontrar algo con qué entretenerte, ¿por qué no comienzas a escribir otro libro?

—Creo que mi vida como escritora se terminó. No me veo con fuerzas de escribir otro libro después de lo que ha pasado con este último.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

—Por ahora tengo unos ahorros que  me van a dar para vivir desahogada durante un tiempo, pero luego creo que volveré a la abogacía. Después de escribir, es lo que mejor se me da.

—Estoy segura de que eres una gran abogada.

—Eso me decían todos antes de que decidiera meterme en este mundo de la escritura, pero es lo que me tiraba y tenía que intentarlo. Seguramente, si algo tan horrible como lo que ha pasado, jamás hubiera sucedido, hubiera muerto escribiendo. Es mi pasión, pero por ahora prefiero dejarlo y creo que jamás lo retomaré. —Al otro lado del teléfono se escuchó el pitido de un coche.

—Clara, tengo que dejarte. Alejandro ya ha llegado.

—Pásalo bien y disfruta mucho. Mañana me tienes que contar todo con lujo de detalles.

—No lo dudes. Hasta mañana. —Paula miró por la ventana y vio como Alejandro la esperaba metido en su coche. Sonrió y como alma que lleva el diablo, se pintó los labios con un brillo rosa muy recatado. Luego cogió el bolso y bajó las escaleras. Isabela le deseó suerte y Alberto tan solo una mirada y algo parecido a una sonrisa.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 8.

**Paula acababa de acomodarse en su nueva casa, allí había decidido estar hasta que encontrara un trabajo estable con el que mantenerse y poder pagarse el alquiler. Fue al baño a mojarse la cara, en breve llegaría Andrea con Aurora, que ya tenía casi cuatro meses de edad; la había visto en fotos y era un amor de niña. Con ese trabajo tendría al menos para sus gastos y para poder cooperar en los gastos de la casa, aunque Isabela se estaba resistiendo, pero al final lo conseguiría.

—¡Paula! —gritó Andrea cuando la vio bajar por las escaleras. Se tiró encima de ella y la abrazó con ímpetu- Lo siento. Siento muchísimo lo de tu madrina.

-Gracias, pero no te preocupes, ella ya está descansando en paz. ¿Cómo está Aurora?     —Fernando se levantó con su hija en brazos y la mostró orgulloso. Estaba gordita, rubia como su madre y con unos inmensos ojos grises.

—Aquí la tienes. Toda tuya. —El chico le pasó a su hija y Paula la besó amorosamente.

—Hola pequeña, soy Paula. Tú y yo vamos a ser muy amigas a partir de ahora. —La niña parecía entenderla, pues con una gran sonrisa le tocaba sus rizos rubios.

—Creo que le gustas. —Sonrió Andrea mientras le tocaba la cabecita a aquella preciosidad. Todos se sentaron en el salón, mientras Isabela no cogía en sí de gozo.

—No sabéis lo contentos que estamos de tener a Paula con nosotros. —La mujer le acarició la mejilla y ella sonrió.

—¿Por qué no habéis tenido hijos?  —preguntó mirado a aquella pareja.

—Mi tía se casó relativamente mayor con Alberto y ese hijo tan preciado por ellos jamás llegó —le informó Fernando.

—Ya era algo mayor cuando Alberto llegó a mi vida. Creí que estaría soltera para siempre, pero apareció él y me desarmó entera. Ya llevamos veinte años felizmente juntos y cada día me alegro más de haberlo encontrado. —El hombre se acercó a Isabela y la besó. Todos sonrieron al ver el amor tan grande que se profesaban aquella pareja.

—Yo sí que puedo decir que esta mujer cambió mi vida. Estaba solo en el mundo, me quedé sin familia muy joven y deambulé de un lado para otro durante muchísimo tiempo, pensando que me moriría solo, pero la encontré y aquí seguimos.

—Me alegro mucho, la vida da cosas buenas a la gente que lo merece.

—¿Cuándo comienzas el trabajo? —preguntó Alberto a Andrea que bebía de su café con ansia, necesitaba cafeína en el cuerpo.

—Mañana mismo. Blanca está liadísima con la peluquería y me ha dicho que tengo que estar jornada completa.

—Yo le he dicho que son muchas horas —replicó Fernando.

—Lo sé, pero nuestra hija va a estar bien cuidada, Paula la quiere mucho.

—De eso no tengáis la menor duda —dijo la chica mientras besaba a aquella niña, que se estaba durmiendo en sus brazos.

—Blanca se ha vuelto a quedar embarazada y necesita más ayuda. Tiene un niño de poco más de un año y otro en camino, no puede sola con la peluquería.

—¿Más sobrinos para Corina y Parker? —Sonrió Fernando al pensar en las travesuras que le contaba David sobre su sobrino, hijo de Raúl, el hermano de Corina, y Blanca.

—Sí, esperan que esta vez sea una niña.

—Los niños nos alegran la vida y yo estoy enamorada de mi Aurora. —Isabela cogió a la niña en brazos y la sacó al jardín para que le diera el aire.

—Confiamos en ti, Paula —dijo Fernando cogiéndola de las manos.

—Sabemos que lo estás pasando mal, pero tú me ayudaste en su día cuando mi hija iba a venir al mundo, y ahora que lo necesitas seremos nosotros quien te ayudemos a ti, no tengas ninguna duda sobre eso. —Una lágrima comenzó a correr por la cara de aquella chica.

—No llores, no me gusta ver llorar a una mujer.

—Esto es muy importante para mí. Jamás en la vida podré agradecerles a Isabela y a Alberto que me hayan acogido en esta casa como a una hija, y a vosotros por confiarme a vuestra hija y darme trabajo.

—Sabemos que no es un trabajo relacionado con lo tuyo, pero pronto encontrarás algo, ya lo verás.

—Gracias, de verdad. ¿A qué hora tengo que estar mañana en vuestra casa?

—A las nueve está bien. Alberto te llevará, nosotros vivimos en Silillos, la aldea de al lado.

—No habrá problema, allí estaré.

**Cuando David llegó a casa, el caos reinaba. Además de sus hijos, estaba su sobrino, el hijo de Raúl. Aquel niño era muy inquieto y cuando se juntaba con Luis, el mundo tenía que echarse a temblar.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó en tono jocoso.

—¡Papi! —gritó Carmen al verlo mientras se echaba a sus brazos.

—David, ayúdame. Me van a volver loca. —Corina salió del cuarto del fondo con un bañito lleno de ropa. Tenía que ir a tenderla al patio.

—Dame, yo la tiendo.

—¡No! Si quieres ayudarme saca a esos demonios de aquí. Llévatelos al parque, adónde quieras, pero entretenlos. —El chico sonrió al ver a su mujer, solo le hacía otro hijo más en su vida.

—Está bien. ¿Quién se viene al parque? —preguntó acaparando toda la atención de aquellos diablos.

—¡Yo! —gritaron los dos al unísono.

—¿Tú te vienes, princesa? —le preguntó David a Carmen que estaba en un rincón jugando con sus muñecas.

—No, ella se viene conmigo que tengo que ir a casa de mi madre en unos minutos. No quiero que le peguen un balonazo ni nada por el estilo.

—Tranquila mi amor, te veo tensa. —El chico abrazó a  su mujer y le besó el cuello.

—¡Lo estoy! Ese demonio de Darío llega a casa y lo revoluciona todo, es igualito que su padre. —Corina sonrió al pensar en su hermano Raúl. Hacía nada que era un adolescente y ahora era un padre de familia, con su mujer, su hijo y otro en camino.

—¡Tita, tita! —Darío comenzó a tirarle del pantalón.

—¿Qué te pasa? —preguntó cariñosamente mientras soltaba el bañito y se ponía a su altura.

—Quiero merendar. —Apenas sabía andar ni hablar, pero era muy espabilado.

—Señorito, usted merendó con los primos hace menos de quince minutos, así que déjeme dudar que tenga hambre. —El pequeño le hizo un puchero mientras Corina lo cogía en brazos—. Y si quieres ir con el tito David y Luis al parque, vas a tener que sentarte en tu sillita, porque eres muy pequeño y no sabes andar bien aún.

—¡No! —gritó el niño mientras cruzaba los brazos sentado en el carrito.

—¿Cómo que no? —dijo Corina riendo.

—Este niño se resiste, ¿eh? —David sonreía mientras se carcajeaba con Luis cogido de la mano.

—¡Llévatelos! —La chica abrió la puerta y aquellos tres hombres desaparecieron camino del parque.

—Mami, ¿vamos a ir a ver a la abuela? —preguntó una tímida Carmen al otro lado de la puerta.

—¿Tú quieres que vayamos?

—Sí.

—Pues dame dos minutos que tienda esto y nos vamos, reina. —La niña sonrió al escuchar aquello. Le encantaba cuando alguien le llamaba reina o princesa. Se fue detrás de su madre hasta el patio.

—Mami, ¿soy la princesa Sofía? —La niña se refería a unos dibujos animados que estaban muy de moda y que la volvían loca.

—Claro, mi niña es la princesa Sofía.

—¿Y por qué no me llamo Sofía?

—Porque Carmen es un nombre muy bonito.

Cuando Corina terminó de tender la ropa, cogió a su niña de la mano y se dirigieron a casa de la abuela María. Al llegar la encontraron sentada en el sofá viendo su telenovela favorita.

—Mamá, por dios. ¿Por qué ves esas cosas? —preguntó Corina mientras la mujer se comía a besos a su nieta.

—Me entretiene. Tu padre se pasa el día en el huerto plantando tomates y pimientos y yo veo novelas.

—Ah, está bien. —Sonrió la chica al pensar en sus padres, eran un caso.

—¿Cómo va la investigación de Parker?

—Llámale David, parece que no eres su suegra. —Las dos rieron con el comentario.

—Tienes razón.

—La investigación va parada, pero seguro que pronto van a dar con el culpable.

—Tu ayuda es muy necesaria, siempre le echas una mano a la hora de resolver los casos.

—Eso intento, pero ahora estoy muy liada.

—¿Has visto a Clara últimamente?

—Hace meses que no la veo. Esa chica se ha refugiado en su casa y no sale de allí. Fui en varias ocasiones pero nadie me abrió la puerta, por lo que finalmente decidí no ir más, si ella me necesitaba, vendría a casa.

—Haces bien, quizás esa chica no quisiera en ese momento la compañía de nadie.             —Carmen entró con un batido en la mano y se sentó al lado de su abuela mientras miraba la televisión.

—Es igual que tú, mírala. —La chica miró con amor a aquella niña que les había cambiado la vida.

—La gente está un poco inquieta en el pueblo. Nadie sabe quién mató a esa mujer ni porqué y quieren una respuesta.

—Lo sé. Sé lo que la gente quiere, pero sin pruebas es imposible poder indagar en el tema.

—Tú descubriste quien mató a Lidia, mi amiga. Puedes ayudar a David, yo lo sé.

—¡Mamá! Me encantaría, pero no saco tiempo de ningún lado.

—Está bien, está bien. No digo más nada.

Pasado un rato, la noche comenzó a aparecer y Corina se marchó a casa con Carmen, allí estarían esperándolas David y Luis, ya se acercaba la hora de dormir, para poder rendir al próximo día.

**Antonio no podía creerlo.

—¡¿Qué estás embarazada?! —gritaba por enésima vez.

—Sí, pero tranquilízate, vas a romper todo lo que se te ponga por delante.

—¡Estoy contentísimo! Un hijo contigo. ¡Te quiero, Jade! —El hombre se abrazó a ella que seguía tumbada en el sofá.

—Alexia me ha recomendado que vaya al ginecólogo. Me ha dado la tarjeta de esta doctora para que llame.

—¡Iremos mañana mismo! Quiero saber de cuánto tiempo estás, si es niña o niño, ¡Todo!

—Aún es pronto, amor —dijo la chica sin ningún entusiasmo.

—No te veo ilusionada, ¿qué te ocurre? —El hombre se sentó alarmado a su vera.

—Estoy muy cansada y no me siento bien. —Se limitó a decir mientras hacía un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos.

—Eso es normal en tu estado, pero tienes que alegrarte, pronto vas a ser mamá. ¡Vamos a ser padres! Ahora mismo voy a llamar a esta doctora para pedir cita. —El hombre cogió el teléfono  después de camelarse a la secretaría consiguió una cita para el día siguiente a las diez de la mañana.

—A las diez en su consulta.

—Está bien, allí estaremos. Ahora déjame dormir. La chica se recostó el sofá y cogió el sueño muy pronto. Antonio se sentó en el sofá de al lado, aún sin creérselo y pensó que sería mejor esperar al día siguiente que hubieran visitado a la médica para darle la noticia a su hijo y a su nuera. Volvió a mirar a su mujer y se llenó de ternura. Se levantó y la tapó con la manta, mientras le daba un tierno beso en la frente.

—Descansa, mi vida.

**El reloj marcaba las nueve de la noche y las gemelas ya estaban metidas en la cama.

—Mami, es muy temprano aún para dormir. —Se quejó Daniela. Alexia se sentó en su cama y le besó la frente.

—Si os meto antes en la cama es para que leáis. Cada una tiene su mesita, su flexo y sus libros, podéis escoger el que queráis, y dentro de una hora vendré para arroparos.

—Está bien —susurró Julia.

Alexia salió por la puerta de la habitación de sus hijas y se dirigió al salón, dónde estaba Mario viendo la televisión.

—¿Has llamado a tu amigo para preguntarle lo de la vacante? —La chica le había contado a su marido todo lo que había hablado con su tía Mónica y al final decidió ayudar a Alejandro.

—Sí, lo he llamado y me ha dicho que el puesto sigue libre. En tres días sería la entrevista, así que hay que avisar a Alejandro lo antes posible, él no sabe nada.

—Si quieres podemos llamarle ahora mismo. —Alexia cogió su móvil y marcó el número de su primo. Al tercer tono lo descolgó.

—¿Sí? —La voz decaída de Alejandro sonó al otro lado de la línea.

—Cariño, ¿cómo estás?

—Hola, Alexia. Te mentiría si te dijese que estoy bien.

—No me digas eso, ya sabes que me duele verte así.

—No puedo olvidarme de ella. —Alejandro estaba sentado en su despacho, revisando unos papeles del trabajo.

—Noah tiene que desaparecer de tú vida y de nuestras vidas. Esa chica no te merece, la quisimos mucho y sabes que era como una hermana para mí, pero después de lo que te hizo, tienes que olvidarte de ella.

—¡Sé que tengo que hacerlo, pero ¿Cómo?!

—¿Has pensado un cambio de aires en tu vida? —preguntó ella con picardía.

—¿Un cambio de aires? ¿A qué te refieres? —Parecía receloso mientras bebía de su copa de Whisky.

—Si yo te dijese que en unos días puedes tener una entrevista de trabajo en una comisaría en Córdoba capital, ¿qué me dirías?

—¿Cómo? Tú has hablado con mi madre y no me digas que no, porque no te creo.

—No, es que un amigo de Mario se lo comentó y pensé en ti —mintió la chica.

—Alexia…

—Alejandro, es por tu bien, si te vienes aquí vas a conocer a gente nueva, vas a cambiar de aires y te va a sentar bien. —Un silencio se hizo al otro lado de la línea.

—De todas formas, creo que me van a despedir por bajo rendimiento —dijo el chico con resignación.

—¿Eso es que sí? —Pegó un grito la chica.

—Alexia, sabes que siempre he sido muy competente en mi trabajo pero esta situación está pudiendo conmigo y no me deja trabajar con claridad, al menos aquí en Madrid. No puedo quitarme esa imagen de Noah con otro de la cabeza y eso me atormenta. Creo que sí, que me voy a ir para Andalucía. Pediré unos días de vacaciones para hacer la entrevista y si todo va bien, presentaré la dimisión en mi trabajo.

—Ese es mi chico —afirmó Mario arrimándose al móvil. Alejandro sonrió al otro lado. Sabía que necesitaba un cambio y aquello sería altamente positivo para él.

—Aquí en casa puedes quedarte el tiempo que necesites, tenemos dos habitaciones vacías —dijo Alexia entusiasmada.

—Mientras encuentro algo de alquiler, me quedaré en vuestra casa.

—¡No me lo creo! —La chica se abrazó a su marido y su primo sonrió nada más que de imaginársela.

—Pasado mañana cogeré el AVE hasta Córdoba. Allí tendréis que venir a recogerme.

—No te preocupes, no hay problema, yo trabajo muy cerca. Aquí te presentaremos a nuestros amigos. Fernando y David son policías y trabajan en Fuente Palmera, ahora mismo llevan un caso muy interesante, sé que te va a gustar —le informó Mario.

—Perfecto. Os llamaré para ponernos de acuerdo. Dale un besito a las gemelas de su tío Alejandro y tened buenas noches.

—¡Buenas noches! —Se despidieron los dos al unísono.

—Ah, y ya puedes llamar a mi madre para decirle que vuestro plan ha salido a pedir de boca —dijo el chico sonriendo.

—Me encanta verte sonreír, ahora la llamaré, tonto.

Y la comunicación se cortó. Alexia se abrazó a su marido y lo besó, gracias a él su primo podía conseguir un trabajo cerca de ellos y podría salir de Madrid, aquella ciudad que tan malos recuerdos le traía, por culpa de quién creía que había sido su gran amor: Noah.

**Clara llevaba sin salir de casa meses. Tan solo hacía la compra y alguna que otra vez salía a correr. Sus ánimos no estaban para tener que ver a nadie. El asesinato de su madre no había manera de que fuera resuelto, se ponía en contacto continuamente con Parker y Treviño, pero siempre les decía lo mismo: No tenían nada por falta de pruebas.

—¿Sí? —Cogió la chica el teléfono mientras tecleaba algo en su ordenador.

—Clara, soy David. Tenemos que hablar.

—¿Qué ha pasado? ¿Se ha sabido algo más? —preguntó mientras se levantaba de la silla bastante alterada.

—Sí, he tenido una reunión con el forense, pero preferiría quedar contigo y así poder hablar.

—Está bien, pero ven a casa, yo no voy a salir.

—Cuando a ti te venga bien, a mí también —dijo el chico mientras veía como su hijo jugaba al futbol con Darío.

—¿Qué estás haciendo ahora mismo? —Quería saber lo antes posible todo lo que había ocurrido.

—Estoy con mi hijo y mi sobrino, pero nos iremos pronto, ya que está anocheciendo. ¿No puedes esperar a mañana?

—David, ¿Cómo voy a esperar a mañana? Si no vas a venir, dímelo por teléfono.

—Está bien, tranquila. En cuanto suelte a los niños en casa, iré.

—No tardes, por favor.

Cuando la conversación finalizó tiró el teléfono encima de la mesa y miró por la ventana. ¿Qué sería aquello tan importante que habían descubierto? Decidió echarse un café. Se dirigió a la cocina mientas se liaba en su bata de casa, un regalo de su madre. Se la acercó a la nariz y la olió, quería a su madre y no entendía como alguien podía haberla violado para después matarla, ¿Quién tendría nada en contra de ella? Estaba segura que Carlos no, puesto que siempre habían sido muy amigos, y aunque ella desconocía el romance que entre ellos existía, sabía que aquel hombre sería incapaz de hacerle nada a su madre. Cogió una taza del mueble y se sirvió. Se sentó en el sofá y cuando iba a dar el primer sorbo, sonó la puerta. ¡David ya había llegado! Rápidamente se levantó y fue a abrir, pero allí había una mujer. Una mujer a la que ella no conocía de nada.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó con recelo.

—¿Clara Cabello? —Aplaudió ella emocionada.

—Sí, soy yo. ¿Qué quiere? —Cerró un poco la puerta.

—Solo quería conocerte, eres divina. —La chica se acercó más a ella y Clara no hizo nada, parecía que se le habían quedado los pies clavados en el suelo.

—¿Divina? ¿Quién es usted? Dígame ahora mismo lo que quiere o llamaré a la policía         —advirtió Clara.

—No quiero hacerte daño, solo conocerte. —Aquellos ojos azules le recordaban a alguien. ¿Quién era aquella mujer? Cuando Clara iba a pegarle un portazo en las narices, vio como un coche entraba en su chalet, era David.

—¿Os conocéis? —preguntó él incomodo mientras se acercaba la puerta.

—Yo… —tartamudeó la mujer.

—Yo no la conozco de nada y parece que tampoco quiere que la conozca, ya que no quiere decirme quién es —informó Clara abriendo la puerta de nuevo. Sabía que estando allí el chico no le pasaría nada.

—Es Marta León, la mujer de Carlos, el cartero. —Marta se puso bien el pelo y le echó una gran sonrisa a David.

—¿Tú eres la mujer de Carlos? ¿Qué haces en mi casa?

—Solo quería conocer a la hija de Ana Lucía —dijo ella algo nerviosa.

—Pues ya me conoce. Le informo que desde que mataron a mi madre no hablo con desconocidos, se lo digo por si vuelve a venir a casa. No le abriré la puerta, así que ahórrese el camino.

—Clara… —susurró aquella mujer con un ápice de tristeza en sus ojos.

—Marta, quizás sea mejor que te vayas. Yo ya he hablado con Carlos este mediodía y le he informado de todo lo concerniente a la investigación que lo involucra a él.

—Lo sé, he hablado con él. —Se limitó a decir—. Ahora tengo que irme. Clara, encantada de conocerte. —Sonrió la mujer a la chica y acercándose a David le susurró algo al oído. Se quedó de piedra. “Estoy a tu disposición, Parker”

Cuando entraron en casa de Clara, el chico aún estaba bastante desconcertado por lo que aquella mujer había hecho, tenía que dejarle las cosas más claras todavía si no quería que fuera Corina quien se encargara de todo.

—¿Esa mujer estaba ligando contigo? —le preguntó Clara con una pequeña sonrisa en los labios mientras le pasaba una taza con café.

—No… —comenzó a titubear el chico.

—Bueno, cuéntame eso tan importante —lo instó la chica para quitarle hierro al asunto.

—Hemos comprobado científicamente que Hugo y Carlos son inocentes de la muerte de tu madre. —Clara se sobresaltó.

—¿Ninguno ha tenido nada que ver?

—Ninguno, los ADN no coinciden con las pruebas tomadas del semen y de el cabello encontrado en la gorra. Hugo tampoco fue quien entró en tu casa algún día.

—Pobre hombre, como he podido ser tan cruel con él; le dije cosas horribles.

—Lo sé, pero no creo que te lo tenga en cuenta, eres tu ídolo y seguro que te lo perdona todo.

—Le pediré disculpas el día que me decida a salir de aquí. —Los dos sonrieron.

—Clara, hay un asunto que tienes que saber. Hemos indagado en lo que tenemos del pasado de tu madre y hemos sabido que tu padre murió.

—Sí, sufrió un accidente de tráfico cuando yo era muy pequeña aún.

—Lo sabemos, Carlos nos lo contó. El forense ha buscado en los viejos archivos de su departamento, ya que la autopsia se la realizaron allí y todo está en orden.

—¿Todo está en orden? ¿Qué me quieres decir con eso?

—Pensamos que tu padre podría tener algo que ver con la muerte de Ana Lucía, ya sabes barajamos todas las posibilidades.

—¡Pero si mi padre está muerto! —La chica se alteró un poco.

—Lo sé, Clara. Tranquilízate. ¿Puedes pasarme una foto de tu padre que le vea? —Ella asintió y levantándose se acercó a la chimenea, cogió una foto y se la entregó. Allí se reflejaba a un feliz Marcos Cabello con su hija clara en brazos, aún era un bebé, pero sonreía alegremente.

—Aunque murió cuando yo era muy pequeña me acuerdo de él. Me decía que yo era su bichito.

—¿Bichito? —preguntó David sonriendo.

—Sí, si cierro los ojos aún le escucho.

—Eso es muy bonito, Clara.

—Muchas veces pienso en cómo sería mi vida si él aún viviera. No estaría tan sola y tendría alguien en quién apoyarme.

—Sabes que, tanto Corina como Alexia se han preocupado mucho por ti. Al igual que Andrea, pero tú no has querido que ellas te apoyen.

—Sé que he sido una terca, pero me da miedo que se acerquen a mí y puedan pasarle algo parecido a mi madre. —David suspiró. A él también le daba miedo.

—No estás sola y lo sabes. Nos tienes a todos nosotros. Espero que a partir de ahora salgas más de estas cuatro paredes y te relaciones con la gente. –El chico se levantó y se dirigieron a la puerta.

—Lo intentaré, David. Lo intentaré.

**Paula estaba muy contenta con la pequeña Aurora, era una niña preciosa que solo pensaba en comer y en dormir. Acababa de bañarla y estaba sentada en el carrito.

—¿Quieres que vayamos a dar a un paseo? —le preguntó la chica mientras besaba su manita. Aurora sonrió en señal de que era lo que más le apetecía.

Las dos salieron de casa, el sol brillaba alto en el cielo y no hacía mucho frío. Aurora fue todo el camino riendo a carcajadas por las canciones que Paula le cantaba. “Espero no perderme” Pensó al ver que era la primera vez que paseaba por aquel pueblo. Al escuchar gritos de niños, cambió de dirección y vio un colegio. Se acercó lentamente mientras seguía cantándole canciones a la niña.

—¿Paula? —gritó alguien mientras pasaba por la puerta de aquel bonito colegio. La chica se giró y vio a alguien conocido. ¿De qué conocía a aquella chica? ¡Era Corina, la amiga de Andrea!

—Hola, Corina. ¿Qué tal? —preguntó mientras le daba dos besos.

—Bien, trabajo aquí —dijo señalando a su espalda.

—Vaya, es un colegio bastante bonito.

—Sí. Por cierto, siento mucho lo de tu madrina. Me lo comentó Andrea.

—No te preocupes, han sido unos meses duros para las dos. Ahora ya descansa en paz que es lo importante —añadió con pesar.

—¿Conoces ya a alguien en el pueblo?

—Pues la verdad es que no, solo a ti, Andrea y Fernando. —Corina comenzó a tramar algo en su cabeza.

—¿Sabes? Este fin de semana es el cumpleaños de David y había pensado hacerle una fiesta sorpresa en casa y por supuesto estás invitada junto a Fernando y Andrea. Llamaré a más amigos, aunque será algo muy íntimo. —La chica no estaba para fiestas pero sonrió y asintió.

—Gracias por invitarme, iré encantada.

—Cuando lo tenga todo previsto os llamaré. —Corina pegó un saltito de alegría, ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

—Está bien.

—Ahora tengo que entrar, ya casi ha finalizado la hora del recreo y tengo a diez monstruos esperándome como fieras. —Las dos rieron a carcajadas por la ocurrencia.

—Aurora, ya va siendo hora de volver a casa —dijo Paula mientras Corina besaba a la pequeña para despedirse de ella. Luego cada una volvió a sus quehaceres.

**El sábado por la mañana cuando Corina estaba preparando todo para la fiesta sorpresa de David, llamaron a la puerta. Lo escondió todo rápidamente y salió.

—¡Qué alegría veros! —exclamó la chica al ver a Antonio y a Jade—. ¿Estás bien? —le preguntó a la chica al ver su aspecto.

—Sí, de eso queríamos hablar con vosotros. ¿Está David?

—Está en el garaje, entrad que le aviso. —Entraron y se sentaron en el salón. Sabían lo de la fiesta para David, pero no iban a asistir por los malestares de Jade.

—¡Feliz cumpleaños, hijo! —Antonio le abrazó al verlo entrar y Jade hizo lo mismo.

—Muchísimas gracias. —El chico sonrió al ver que le entregaban un paquetito perfectamente liado.

—Este es nuestro regalo, aunque tenemos otro para darte. —Un bonito reloj se escondía detrás de aquella caja de color rojo.

—¡Es precioso! Gracias. —En ese momento llegaron los niños, que se abrazaron a su abuelo.

—¿Cuál es el otro regalo? —preguntó el chico mientras cogía a Carmen en brazos y se sentaba al lado de Corina.

—No nos vamos a andar con rodeos.

—¿Te vas a casar con Jade? —preguntó Luis, todos rieron y dejaron que siguiera hablando.

—No, cariño. Jade va a tener un bebé. —David se quedó sin palabras. ¿Iba a tener un hermano a su edad? Tras unos segundos, Corina se levantó y los abrazó. David aún no se había recompuesto de la sorpresa.

—¿No vas a decir nada? –Sonrió Antonio mientras miraba a su hijo.

—Papá… ¡Enhorabuena! No me lo esperaba. —Ambos se abrazaron. Luego besó a Jade y la felicitó.

—¿De cuánto tiempo estás? —le preguntó Corina sentándose a su lado.

—Ayer fuimos al ginecólogo y me revisó, estoy de tres meses.

—¿Sabes si es niño o niña? –David estaba entusiasmado.

—Aún es muy pronto, hijo —le informó el hombre.

—Lo importante es que tú estés bien. —Corina abrazó a Jade, que ese día llevaba un pañuelo color celeste que le resaltaban sus preciosos ojos.

—Yo me encuentro fatal, se lo he comentado a la ginecóloga y me ha dicho que es normal en mi estado.

—Si dentro de un tiempo sigue así, volveremos a visitar a vuestra amiga Alexia.

—¿Te atendió Alexia? —preguntó la chica asombrada.

—Sí, estaba de guardia ese día por la tarde.

—¡Cómo se lo ha callado! —exclamó David.

—Secreto profesional.

—Nosotros nos vamos a ir, Jade necesita descansar.

—Está bien.

—Me alegro mucho de que vayas a ser papá de nuevo —susurró David a su padre al oído cuando se estaba despidiendo de él.

—Gracias y disfruta de tu día, si Jade se sintiera mejor podríamos quedarnos un ratito más, pero no está bien.

—No te preocupes, y gracias por el regalo. —Jade sonrió ya montada en el coche.

—Es increíble que vayas a tener un hermanito a tu edad. —Sonrió Corina mientras besaba a su marido.

—Jamás en la vida creí que mi padre volviera a rehacer su vida. Sus últimos años fueron tan malos con Pepa que lo veía solo para siempre.

—Esa chica llegó de la nada, un día la encontró y decidió ayudarla y ahora mírales, están felices, juntos y esperando a un bebé.

—Sí, es fantástico.

—Por cierto, ¿a qué hora vamos a ir al cine esta tarde? —preguntó Corina a sabiendas del plan trazado con Fernando.

—Cariño, tendremos que ir mañana. Hoy me es imposible, por lo visto Mario ha encontrado algo relativo al caso y he quedado con Fernando para repasarlo.

—Bueno, no te preocupes. Mañana iremos. —Ambos sonrieron.

—Qué feliz soy al cumplir años contigo a mi lado.

—Y yo mi amor, y yo.

**Las horas pasaron rápidas y a las cinco de la tarde Fernando pasó a recoger a David. Corina le guiñó un ojo y justo cuando desaparecieron calle arriba, aparecieron Andrea con Paula y la niña.

—Menos mal que no se han dado cuenta —susurró Paula en tono jocoso.

—Le estamos engañando como un pardillo. —Corina se carcajeó. Entraron en la casa y todas se pudieron a ayudar a la chica a habilitar el salón. Retiraron algunos muebles y sacaron una gran mesa que tenían en el garaje, situándola justo en medio. Luego la prepararon con los cubiertos y todo lo demás.

—¿A quién has invitado? —preguntó Andrea curiosa.

—La verdad es que a poca gente. A vosotros tres, Alexia, Mario y me han dicho que traen a alguien. Y también a Clara, que me ha prometido que iba a venir. Además de los niños, pero a ellos les tengo una mesita preparada en la cocina, ellos cenarán antes y se irán a jugar.

—Entonces no vamos a ser muchos. ¿A quién trae Alexia?

—No lo sé, no podía hablar. Solo me dijo que vendrían encantados pero que traerían a una persona con ellos. En dos horas saldremos de dudas.

—Tienes una casa muy bonita —dijo Paula mirando a su alrededor mientras terminaba de poner los cubiertos.

—Sí, la verdad es que está decorada con mucho gusto —añadió Andrea mientras Corina sonreía.

—No será para tanto.

—Corina, le he contado a Paula lo que te ocurrió con Luis. Eso y muchas cosas más, también lo que pasó con Miriam, la madre biológica de Carmen…

—Vaya, te lo habrá contado como si de una novela se tratase. —Las tres sonrieron mientras se sentaban a tomarse algo.

—Es increíble todo lo que me ha contado.

—Pero para que veas que no solo cuento tus historias, también le he contado la mía. Lo que el malnacido de Santiago le hizo a mi niño —dijo la muchacha con tristeza.

—Andrea, tranquila. Ahora tienes a Aurora, ella tiene que ser el centro de atención en tu vida.

—Y lo es. Cuando estaba embarazada, creía que cuando ella naciera siempre me recordaría  a Víctor, pero no ha sido así. Mi niña es única y aunque todas las noches pienso en mi niño, que ya tendría 12 años, me muero del dolor, pero es como si Aurora hubiera traído una nueva luz a mi vida. —Andrea se emocionó al contarle a aquellas chicas sus sentimientos.

—Me alegro de que te sientas mejor —le susurró Corina mientras la besaba. Ella había sentido la pérdida de Víctor con todo su corazón y también se acordaba de él muy a menudo.

—Ha tenido que ser muy duro. —Se limitó a decir Paula, no sabía que decir en aquellos momentos.

—Mucho. Pero cambiando de tema, ¿Cómo te va en casa de Isabela y Alberto?

—Bien, ellos son muy atentos conmigo y estoy contentísima. Aunque me está costando adaptarme un poco y no porque ellos no me den facilidades, es que yo soy así de complicada.

—Hace poco que has llegado. Ya mismo estarás totalmente adaptada.

—Oye, ¿no viene Blanca? —preguntó Andrea, ya que esa misma mañana se le había olvidado preguntárselo a la chica.

—No, por lo visto se siente muy mal con el embarazo. Jade y Antonio tampoco van a venir. ¡Jade está embarazada! —gritó la chica. Andrea se quedó con la boca abierta.

—¿Qué Antonio ha dejado embarazada a Jade? ¿David va a tener un hermano? —Se llevó las manos a la boca.

—¡Sí! Jamás nos lo imaginamos pero ha rehecho su vida.

—Es increíble. —En ese momento sonó el timbre.

—¿Quién será? —Las tres se miraron. Si era David les chafaría la fiesta. Corina se levantó despacio y miró por la mirilla.

—¡Es Clara! —susurró mientras abría.

—Hola guapa —dijo la chica mientras le daba dos besos.

—¡No sabes la alegría que me da tenerte aquí y que por fin hayas querido salir de esas cuatro paredes! —gritó Corina mientras la abrazaba.

—Mira, a Andrea ya la conoces, ella es Paula. —Las chicas se saludaron.

—¿Cómo estás? —le preguntó Andrea mientras la chica se sentaba con ellas y cogía algo de tomar.

—Mejor, ha pasado un poco el tiempo y saber que Hugo y Carlos no han tenido nada que ver con el asesinato me reconforta, pero también tengo la angustia de que nadie sabe que pudo pasar y mucho menos tenemos pruebas.

—Me contó Andrea lo que le ocurrió a tu madre —susurró Paula. Corina miró a Andrea y sonrieron, eran un caso.

—Ha sido terrible, pero no pierdo la fe en encontrar a quién le hizo eso.

—Sabes que nuestros maridos están haciendo todo lo posible por encontrar algo, no te desesperes porque pronto llegará.

—Por cierto, ¿qué hora es?

—Casi las siete —le informó Clara.

—¡Oh, dios mío! El tiempo se ha pasado volando, en media hora estarán aquí con David.

Pasados quince minutos en los que las chicas no pararon de hablar, la puerta volvió a sonar. Alexia y Mario llegaban con sus niñas y acompañados de otro chico.

—Os presento a mi primo Alejandro Olivares. Ha venido, digamos, a pasar una temporada —dijo Alexia sin saber muy bien que contarles de la situación de su primo. El chico entró y saludó a todas las chicas que allí estaban.

—Es muy guapo —le susurró Clara a Paula. Ésta sonrió.

—Tienes razón.

—Alejandro, ¿a qué te dedicas? —preguntó Andrea mientras Alexia y Mario saludaban a las chicas.

—Soy policía.

—¡Mi marido también! —gritó la chica entusiasmada.

—Sí, algo me ha dicho Mario. Entonces, Tú eres la mujer de Fernando —dijo señalando a Andrea—, y tú la de David –Señaló a Corina que iba hacia la cocina.

—Sí, así es.

—Vaya le tenéis una buena preparada a David, se va a alegrar mucho cuando vea todo esto —dijo Mario mientras tomaba asiento al lado de Alejandro.

—Estarán a punto de llegar —le informó Corina que entraba con varios platos seguida de Alexia y Andrea.

—Entonces tú eres la chica que cuidas de la niña de Andrea. —Alexia se sentó al lado de Paula, que estaba un poco cortada delante de tanta gente desconocida.

—Sí, me ofrecieron el trabajo y no dudé ni un momento en aceptarlo.

—Ella nos ayudó a mí y a mi pequeña el día del parto y le estaremos agradecidas toda la vida. —Andrea la abrazó.

—¡Eso es precioso! —exclamó Clara.

—Veo que estás mejor, me alegro mucho. —Alexia cogió la mano de Clara.

—Sí, ahora sé cosas nuevas del caso y me atormento un poco menos. Solo queda esperar a que todo se solucione. —La chica sonrió, su marido ya le había contado todo.

—Le he contado todo a Alejandro y se ha ofrecido a ayudar en la resolución del caso.

—¿De verdad? —Aplaudió la chica levemente.

—Sí, ahora voy a vivir aquí durante un tiempo, por lo que puedo ayudar en las horas libres que tenga. A mí me gusta mucho resolver casos.

—Es un crack —comenzó a decir Alexia—. Resolvió el caso de la muerte de mi padre y a la misma vez la del suyo y el de mi abuelo.

—¿Y eso cómo es? —preguntó Paula curiosa. Alexia les resumió todo lo acontecido años atrás en su familia y todos se quedaron con la boca abierta.

—O sea, que tú hermana —dijo Andrea mirando a Alexia— resultó ser hermana también de tu primo.

—Exacto. Ellos dos si son hermanos de sangre, nosotras somos hermanas de corazón porque nos hemos criado juntas, pero nos queremos exactamente igual.

—Qué bonito —suspiró Clara. A ella siempre le hubiera encantado tener una hermana.

—Yo nunca he tenido un hermano con quién jugar y siempre he pensado que, de formar una familia, quiero que sea grande. —Todos miraron a Paula, aquella chica tan callada en un principio ahora estaba contando muchas cosas que todos desconocían.

—Yo también me he criado sola. —Clara agarró la mano de Paula—. Te entiendo.

—Érika es lo más. Si algún día se decide a visitarnos, la traeré para que la conozcáis            —dijo  Alexia.

Un coche se escuchó llegar cerca de la casa y se formó un revuelo horrible.

—¡Son ellos! —gritó Andrea mirando el mensaje que le acababa de poner su marido.

Corina cogió a los niños rápidamente y apagaron las luces. Las gemelas se pusieron al lado de su tito Alejandro, ahora era la novedad y no se separaban de ellos ni un ápice. El timbre sonó y todo el mundo calló. A los  pocos minutos, David metió la llave en la cerradura, preguntando qué dónde estarían todos y cuando fue a entrar en el salón, se llevó la sorpresa más grande de su vida. Allí estaban todos sus amigos y él no podía creerlo.

—¡Pero qué es esto! —exclamó mientras miles de guirnaldas caían encima de su cabeza.

—¡Feliz cumpleaños! —gritaron todos.

—Te voy a matar —le dijo David a Fernando mientras lo abrazaba.

—Feliz cumpleaños, cariño. —Corina lo abrazó y él le susurró varias palabras al oído que la hicieron sonreír, luego besó a los niños y a cada una de las personas que habían en su fiesta.

—Vaya, no había escuchado hablar de ti —dijo a Alejandro cuando todo volvió a la normalidad. Los niños cenaban tranquilamente y luego se irían a jugar. Los mayores estaban todos sentados a la mesa degustando las gambas que Corina había preparado de primero.

—Ya ves, si no vengo mi prima Alexia revienta. —Todos rieron. Alejandro miró detenidamente a Paula y ésta sonrió.

—¿Vienes para mucho tiempo? —preguntó Fernando.

—Pues sí. Llegué hace dos días y me hicieron una entrevista de trabajo en una comisaría en Córdoba y rápidamente me dijeron que el puesto era mío, por lo que he mandado mi carta de dimisión a mi antiguo trabajo y ya he firmado el nuevo contrato. Comienzo el lunes.

—Ha dicho que nos ayudará —informó Mario a David y Fernando.

—Eso es perfecto, una mano más siempre viene bien. —Alexia volvió a repetirles la resolución del caso de la muerte de sus padres y el de su abuelo.

—Vaya, eres buenísimo. Yo no sé si hubiera resuelto algo así. —Se sinceró David—. A mí casi siempre me ayuda mi mujer. —Corina sonrió desde el otro extremo de la mesa.

—¿Y cómo que te has venido de Madrid a Andalucía? —preguntó Andrea mientras pelaba una gamba.

—Por cuestiones personales. Allí ya estaba algo agobiado y no podía soportar más aquella situación, menos mal que mis primos me han ayudado a buscar algo aquí. Me ha dado pena dejar allí a mis padres —Pensó en Mónica y Alfonso, su marido, al que quería como a un padre— y a mi abuela Claudia, está muy mayor ya.

—Es por tu bien y lo sabes —le regañó cariñosamente Alexia.

—Cambiando de tema —dijo Corina— ¿Vas a volver a escribir? —Clara casi se atraganta con la gamba que se estaba comiendo.

—Lo dudo. No me veo capacitada para escribir más historias y que todo se refleje en la realidad, como la muerte de mi madre. Tengo que confesaros que me muero de miedo. —Un trueno hizo que todo retumbara.

—Vaya, parece que el tiempo ha empeorado por momentos  —dijo Paula mirando por la ventana.

—Se ha formado una tormenta grandísima, pero no te preocupes, yo te llevaré a casa cuando acabe la fiesta.

—Nosotros podemos acercarla —dijo atropelladamente Alejandro—. ¿Dónde vives?

—En Fuente Palmera —susurró la chica mientras miraba las gambas que le quedaban y se moría de vergüenza. Clara le pegó un pellizco por debajo de le mesa mientras se aguantaba la risa.

—¿Podemos acercarla? —le preguntó el chico a Alexia.

—Claro que sí, en el coche hay sitio, así que no hay problema. Así no tienes que ponerte en carretera con el mal tiempo que hace sin necesidad —le dijo a Fernando.

Cuando las gambas se terminaron, Corina sacó el pollo a la carbonara que llevaba todo el día preparando. Todos le dieron la enhorabuena por lo bueno que le había salido y comieron con ganas. Luego llegó el postre. Una preciosa tarta de chocolate con galletas que Corina había preparado con la ayuda de Andrea. Cuando le cantaron el cumpleaños feliz, los niños se fueron a la cama y los mayores se quedaron un ratito más. Después de recoger la mesa entre todos en un santiamén, se sentaron en el salón.

—Parece que hace frío —dijo David mientras veía a Paula abrazada a ella misma—. Pondré el calefactor.

—Yo había preparado el patio para salir ahora a tomarnos algo allí, pero viendo la noche de perros que hace, mejor que nos quedemos aquí dentro, ¿verdad? —preguntó Corina mientras llegaba con unos cuencos de chucherías y frutos secos.

—Sí, yo creo que es mejor que nos quedemos aquí. —David entró en la cocina. No podía dejar de pensar en Marta León y en lo que le había dicho hacía tan solo unos días. Esa mujer era una descarada y quería contárselo a Corina, pero le daba miedo de estropearlo todo.

—Cariño, ¿qué ocurre? Te he visto algo evadido de nosotros en la fiesta —le preguntó Corina mientras entraba detrás de él a la cocina.

—Corina… —comenzó a decir él con pesar.

—¿Qué ocurre? No me asustes.

-Mira sé que no es el mejor momento para contarte esto pero sé que si no lo hago voy a reventar de un momento a otro y sé que tenía que habértelo comentado hacía un tiempo, pero tenía miedo de perderte y… —¿Qué le pasaba a su marido? Jamás le había dicho que tuviera miedo de perderla.

—Cuéntame ahora mismo que es lo que te pasa.

—Desde hace unos meses una mujer me está molestando y yo te juro por dios que no quiero nada con ella, siempre que intenta algo conmigo yo le freno y le digo que tengo una mujer a la que quiero y que por nada del mundo le haría daño. —David acarició la cara de Corina.

—David, yo jamás dudaría de ti. Sé cómo eres. ¿Quién es esa mujer?

—Marta León, la mujer de Carlos el cartero. Ya sabes que con eso de que tienen una relación abierta, desde que le hicimos la primera visita se me ha estado insinuando y yo ya no sé qué hacer. —En ese momento el móvil de David vibró, era un mensaje, lo abrió y suspiró.

—¿Es ella verdad? —preguntó Corina con la cara de todos los colores del arco iris. La rabia y los celos la estaban consumiendo.

—Sí.

—¿Qué te ha puesto?

—Está fuera, quiere felicitarme. ¿Cómo sabe esa mujer que es mi cumpleaños? —El chico levantó la voz un poco más de la cuenta.

—No grites. Sal y la ves.

—¿Cómo?

—Qué salgas y la veas. Se va a enterar esa que nadie se mete con mi marido. —Corina sonrió peligrosamente.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó él sonriendo. Conocía a su mujer y por las buenas era buenísima, pero por las malas…

—Ya lo verás, coge el paraguas y sal ahora mismo.

David no dijo más nada. Dejó el móvil encima de la mesa y cogió el paraguas. Luego abandonó la casa. Corina entró en el salón y miró hacia la esquina por la ventana, allí estaba el coche, con una mujer dentro. David se acercaba lentamente, hasta llegar a su altura. La mujer se bajó del coche, sin importarle la lluvia y como una loba se tiró encima de David, intentando besarle. Él la separó rápidamente y Corina blasfemó en silencio.

—¡El circo va a empezar, quien quiera verlo que mire por la ventana! —gritó la chica fuera de sí. Salió corriendo y se escuchó la puerta de la calla a su espalda. Todos se miraron y rápidamente se asomaron a la ventana. Desde allí pudieron ver a Corina llegar como una tromba, debajo del gran aguacero que estaba cayendo.

—¡Deja en paz a mi marido! –gritó fuera de sí.

—Tranquila, reina. Si tú quieres podemos pasar un buen rato los tres. —Corina puso las manos en jarras y la miró incrédula. David se retiró, aquello era un duelo entre las dos.

—Esto es el colmo de la desfachatez. —Corina se acercó a ella y cogiéndola de su bonito pelo rubio la puso de rodillas en el suelo mientras le gritaba cosas inteligibles.

—¡Corina, por dios! —gritó David intentando acercarse. Se estaban poniendo chorreando con la lluvia que estaba cayendo.

—¡No te acerques! A esta le dejo yo las cosas claras ahora mismo. —Y sin decir nada más, metió la cabeza de Marta en un charco lleno de fango.

—¡Maldita! —blasfemó Marta cuando consiguió sacar la cabeza del barro.

—Y cuando tú quieras, vuelves a molestar a mi marido —advirtió Corina mientras se acercaba a David y se metía debajo del paraguas con él.

—Marta, te advertí que no te metieras conmigo, te lo he advertido muchas veces, a sabiendas de que esto podía pasar.

—¡No me puedo creer lo que esta mujer me ha hecho! —gritó Marta quitándose con un pañuelo el fango de la cara. Luego se metió en el coche y arrancó—. ¡Maldita y mil veces maldita! —Volvió a gritar antes de perderse calle abajo.

Corina besó a su marido en señal de triunfo y escucharon los gritos y los aplausos dentro de su casa.

—Anda, volvamos dentro, que por suerte nadie del pueblo ha visto la escenita.

—Tranquilo que no te va a volver a molestar más y si lo hace, me lo dices que ya buscaré otra forma más eficaz para que te deje en paz.

Cuando entraron en casa, todos aplaudían a Corina que estaba calada hasta los huesos. Quince minutos después y tras una ducha calentita volvía a entrar al salón.

—¡Ha sido impresionante! –Sonrió Clara.

—Eres una máquina, chica. —Alejandro no podía creerse lo que había visto hacía tan solo unos minutos.

—Ya nos ha contado David la historia, yo hubiera hecho lo mismo. —La animó Andrea.

—¡No nos hemos podido reír más, Corina! —Alexia todavía se carcajeaba junto a su marido.

—Si llego a saber que esto es tan divertido me hubiera venido mucho antes —dijo Paula mientras se sentaba al lado de Alejandro. Él la miró de arriba abajo y rápidamente desvió la mirada, no quería volver a pasar por lo que había sufrido.

La noche trascurrió entre risas mientras recordaban lo sucedido. Sobre las doce, cada uno se marchó a su casa. Habían pasado una noche espléndida y quitando el pequeño percance que había tenido Corina con Marta, todo había salido a pedir de boca. Y lo más importante de todo eran las risas tan buenas que se habían echado.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 7.

**Isabela estaba de nuevo en casa ya que habían decidido no alargar más aquellas vacaciones. No había plazas en el crucero y tras enterarse de la muerte de aquella mujer no le quedaban ganas de estar allí. Se echó un café y se sentó a la mesa de la cocina, mirando por la ventana. De pronto algo la sacó de sus pensamientos, era la vibración del móvil.

—Sí?

—¿Isabela? —preguntó una voz al otro lado del teléfono.

—Sí, soy yo.

—Soy Paula, no sé si me recordará. —La mujer se levantó y se fue hacia el jardín.

—Claro que te recuerdo, ¿te ocurre algo?

—No, es que me siento sola y como me disteis vuestro número pensé que no te importaría que te llamara y hablar un rato. —La chica se hizo un ovillo en el sillón que tenía al lado de la cama de su madrina y la miró. Seguía dormida, tenía una paz increíble en el rostro, al menos moriría tranquila.

—Oh, hija, claro que no. ¿Cómo sigue tu madrina?

—Peor, los médicos  no le dan muchos días más y yo no sé qué hacer con mi vida.

—Paula… —La chica comenzó a llorar al otro lado del teléfono. Sabía que no contaba con  nadie y no entendía que hacía llamando a aquella mujer, cuando apenas la conocía de nada, pero necesitaba escuchar su cálida voz al otro lado de la línea.

—Estoy sola, Isabela. Solo la tengo a ella y cuando falté, se acabó. No me siento preparada para quedarme aquí, en estas tierras que tantos recuerdos me traen y menos en nuestra casa, sería imposible. —El llanto de ella le erizó el pelo a la mujer.

—Siempre que quieras puedes venirte a casa con nosotros.

—No, eso no. Yo no quiero ser una carga para nadie.

—Pero, podíamos ayudarte a encontrar un trabajo. No serías una carga en absoluto, trabajarías y vivirías en mi casa, como si fueras nuestra hija.

—No lo sé, Isabela…

—Cuando ocurra, al menos vente una temporada a casa, hasta que encuentres trabajo, luego puedes alquilarte algo si quieres. —Paula se quedó pensando. Quizás no fuera tan mala idea—. Además, puedes ayudarle a Andrea con el bebé.

—Sí, tienes razón.

—Yo mismo hablaré con ella y se lo comentaré y desde ahora me pondré a buscarte un trabajo. Te recomendaré en el centro de salud.

—Está bien, no me quedará vida para agradecerte esto, Isabela. —La mujer estaba cada vez más enternecida con aquella chica.

—No tienes que darme las gracias, te ayudaremos en todo lo que podamos.

—Volveré a llamarte.

La llamada se cortó e Isabela supo en aquel momento que a la madrina de aquella muchacha no le quedaba mucho tiempo. Tenía que agradecerle lo que había hecho por Andrea el día del nacimiento de Aurora, y lo haría. Rápidamente subió a una de las habitaciones de arriba y comenzó a habilitarla. Algo le decía que no tardaría en llegar.

**Jade estaba recostada en el sofá. Antonio se acercó y besó su mano. Ella sonrió levemente.

—¿Qué te ocurre, princesa?

—No me encuentro nada bien.

—¿Qué te duele?

—Nada en especial pero todo en general. —El hombre se preocupó y tocó su frente.

—Parece que no tienes fiebre, si quieres podemos ir al centro médico, allí te revisarán.

—No amor, tranquilo. Mañana estaré como nueva. —Ella le lanzó una sonrisa que le derritió.

—Tengo que salir, he quedado con unos de mis amigos —dijo el hombre poniéndose la chaqueta.

—Claro, tienes que seguir viendo a tus amigos de siempre. —Aquella chica era tan comprensiva que no podía creerlo, cada día la quería más y ya no podía imaginar la vida sin ella.

—Volveré lo antes posible, me muero por ver esta noche una película contigo.

—¡No olvides que va a estar en televisión mi película favorita! Posdata: Te quiero.

—Nada más que el nombre ya me suena a que va a ser la típica romanticona.

—¡Su protagonista es Gerald  Butler!

—¡Vaya! Que sorpresa. —Jade sonrió y se metió debajo de la manta.

—Anda, vete ya que se te va a hacer tarde.

Cuando el hombre salió por la puerta, la chica dejó de sonreír y volvió a tirarse en el sofá. Se sentía tan mal que no podía ni ponerse en pie para ir a tomarse algo, pero no quería alarmar a su querido Antonio. Pronto pasaría aquel malestar y ella volvería a ser la misma de siempre.

**A media mañana la casa de Clara ya había sido revisada. La policía había hecho un buen trabajo.

—Esto es todo lo que hemos podido encontrar. —Les comentó David a Fernando que estaba con Clara en un lateral de la casa, sentados en un banco. Corina hubiera matado por haber estado allí, pero era totalmente imposible, no podía ausentarse de su trabajo.

—¿Crees que se podrá obtener algún ADN de esos objetos? —preguntó Fernando mientras señalaba la bolsa donde se encontraba la gorra y el pañuelo.

—Quizás se encuentre algún cabello en la gorra. Eso podría servirnos. —David se sentó junto a ellos.

—No entiendo que quieren de mí. —Clara estaba ojerosa, liada en una manta y con una tila en la mano.

—Nosotros tampoco lo sabemos. Esta mañana hemos ido al local donde a tu madre se le echaron las fotos. Hemos hablado con su propietaria.

—¿Qué os ha dicho? —La chica se sobresaltó y miró con los ojos muy abiertos a los chicos.

—¿Conoces a Amanda y a Carlos?

—No, no me suenan de nada.

—La chica me dijo que Carlos era el cartero del pueblo.

—¿Cómo? ¿Carlos es el hombre que está en las fotos con mi madre? —Clara no podía creerlo, ¿qué hacía su madre con su buen amigo Carlos en una situación tan íntima?

—Sí, la propietaria del local, Marta León, es su mujer.

—Sigo sin entender nada. —Clara estaba aturdida con lo que se acababa de enterar sobre Carlos, aquel hombre siempre había sido amigo de su madre y desde que era pequeña le recordaba en sus vidas.

—Esta tarde vamos a ir a hablar con ellos, por ahora no podemos decir nada puesto que no tenemos pruebas para inculpar a nadie. —Fernando miró a David que estaba con la mirada perdida.

—De todas formas creo que es necesario que habléis con Hugo. ¿Qué  hacía ese hombre hoy en mi casa? Y sobre todo después de lo que me ocurrió.

—No es necesario que me busquen, estoy aquí —escucharon la voz del hombre a su espalda.

—¿Qué hace aquí de nuevo? —preguntó David mientras se levantaba del banco.

—Se me está acusando de algo que yo no he hecho. Os he escuchado hablar y sé que me culpáis de ser la persona que esta mañana ha entrado en casa de Clara. Yo no he tenido nada que ver.

—Entonces, ¿qué hacía aquí justo en ese momento? —Fernando fue claro en su pregunta.

—Tan solo quería preocuparme por ella, no me gusta que esté sola.

—¡Pero porqué te empeñas en interesarte por  mí! ¡No me interesas! Déjame vivir mi vida —gritó la chica fuera de sí.

—Clara…

—¿Qué quieres de mí? ¿Qué es lo que te interesa? ¡Me tienes agobiada, harta y desconcertada!

—Tranquilízate. —Le aconsejó David haciéndole un gesto con la mano. Hugo miró a la chica debajo de aquella masa de carne que colgaba en su rostro.

—Te doy miedo, ¿verdad? —preguntó con pena.

—¡No es eso! De un día para otro apareces en mi casa, en mi vida. Luego casualmente eres quien encuentra el cuerpo de mi madre, a la que han asesinado y finalmente, te encuentro en el porche de mi chalet después de que alguien me hubiera perseguido. ¿Qué quieres que piense de tu persona?

—Hugo, ¿llegó a ver quién salió de casa de Clara? —Fernando sacó una pequeña libreta.

—No, yo no vi a nadie. Cuando llegué al porche, esa gorra y el pañuelo ya estaban tirados ahí.

—¿Sabe que de aquí vamos a sacar ADN, verdad? —preguntó David intentando intimidar al hombre.

—Lo sé, pero no me importa, yo no tengo nada que ver.

—¿Por casualidad conoce usted un local situado en Écija llamado “El deseo”? —El hombre se quedó parado, sin saber que decir, pero finalmente reaccionó.

—No, yo no conozco ese lugar.

—¡¿Por qué mientes?! —Clara estaba perdiendo los nervios.

—Creo que será mejor que me vaya a casa, aquí ya está todo dicho, nadie cree lo que cuento.

—Sí, vete, es lo mejor —le dijo la chica con dureza.

—Aún no tenemos ninguna prueba, pero en cuanto la tengamos nos pondremos en contacto con usted.

—Colaboraré en todo lo que pueda. Yo soy inocente y no tengo miedo.

Tras esto, el hombre se marchó cabizbajo hacia su vehículo y se perdió en la carretera. Fernando y David acompañaron a Clara al interior de la casa y luego se marcharon.

**Al llegar a comisaría, Antonia le estaba esperando con un informe en mano sobre la vida de Ana Lucía.

—¿Algo interesante? —preguntó el chico mientras cogía los documentos.

—No, tampoco he podido recaudar mucho puesto que ha tenido una vida normal, sin altibajos.

—Está bien, gracias por  hacerte cargo de esto. Voy a ir a darle un repaso.

—Por cierto, ha llamado el forense y me ha informado que pronto llamará, tras hacer la autopsia a Ana Lucía.

—En cuanto se ponga en contacto con la comisaría, me pasas la llamada.

—Parker, me ha dicho que ha encontrado algo muy importante —dijo la mujer preocupada.

—¿Algo importante?

—Sí, pero no sé de qué se trata.

—Esperaremos entonces, me voy a mi despacho, estaré allí por si alguien me necesita.

El chico se sentó y con ansia cogió el informe que Antonia le había preparado. Todo parecía normal, no había nada que pudiera salirse de lo habitual. En ese momento sonó su puerta y Fernando entró como una tromba.

—¿Has encontrado algo en esos documentos?

—Está todo en orden. Ana Lucía se casó con Marcos Cabello y de ese matrimonio nació Clara. Cuando ésta apenas tenía un año, Marcos murió.

—¿Algo más? —preguntó Fernando.

—Nada, solo que tras la muerte de su marido se dedicó a hacer esculturas y a la pintura, de eso ha salido ella y su hija hacia adelante.

—¿Sabías que Clara es abogada?

—No, ¿quién te lo ha dicho?

—Andrea, ya sabes como es. Lo sabe absolutamente todo de todo el mundo. —Los dos se carcajearon.

—Lo que me parece extraño es que Corina no me lo haya comentado. O no lo sabe o es que se le ha olvidado. Por cierto, ¿cómo sigue Aurora? Con todo este embrollo hace mucho que no la vemos.

—Preciosa, mi niña es la más bonita del  mundo —dijo el chico con amor.

—Me alegro que esté tan bien. Luis me pregunta mucho por ella, Carmen aún es muy pequeña.

—¿Recuerdas a Paula? —preguntó Fernando sin previo aviso.

—¿La chica que ayudó a Andrea en el parto?

—Sí. Se ha puesto en contacto con mi tía Isabela, por lo visto su madrina se está muriendo y se va a venir a vivir aquí.

—¿Aquí? —preguntó David incrédulo.

—Exacto, mi tía le ha dado cobijo en su casa hasta que encuentre algún trabajo y pueda buscarse algo.

—Eso está bien, si se hubiera enterado Corina ella misma le habría ofrecido nuestra casa, ya sabes como es. —El chico sonrió de nuevo al recordar a la bruja de su mujer, ¿cómo había podido vivir tantos años sin ella?

—Paula va a ayudar a Andrea con la niña, ya sabes que tiene que incorporarse al trabajo a media jornada. En ese tiempo va a hacer cargo de Aurora.

—Nadie mejor que ella, que la trajo al mundo.

—Por eso nos pareció buena idea cuando mi tía nos lo dijo. Andrea podrá tener un tiempo para ella, desde que Aurora nació solo tiene ojos para la  niña. —Fernando se enterneció al recordar a sus dos princesas.

—Tenemos que quedar para hacer una cena algún día.

—Sí, y podríamos invitar a Mario para que venga con Alexia y sus niñas.

—Por supuesto, no has podido tener mejor idea. —Ambos sonrieron.

El teléfono sonó de nuevo, era Mario, en esta ocasión tenía noticias frescas. Los chicos se quedaron boquiabiertos cuando el forense les contó lo que había averiguado.

**A las ocho de la tarde, como habían quedado esa misma mañana, Mario entraba con Alexia y sus hijas en casa de David y Corina. Andrea y Fernando no habían podido ir, Aurora tenía un poco de fiebre y creían que lo mejor era no sacarla de casa.

—¡Qué alegría que estéis por aquí! —Corina besó a las gemelas que la premiaron con una gran sonrisa.

—¿Y Luis? —preguntó Julia.

—Está con Carmen en la habitación de juegos. ¿Queréis ir con ellos?

—¡Sí! —gritaron las dos a la vez, luego salieron corriendo por el pasillo, ellas ya sabían el camino.

—Vaya, se ponen de acuerdo hasta para contestar. —Sonrió Corina mientras Alexia y ella entraban en el salón y se acomodaban.

—Corina, ¿sabes tú qué les pasa a esos dos? —La chica señaló a David y Mario que desde que habían llegado no habían dejado de cuchichear.

—Ni idea. A mí me llamó mi marido y me dijo que esta noche ibais a venir a casa, que tenían que hablar de algo muy importante.

—Yo quiero saber de qué se trata, ¿tú no? —Alexia miró con una sonrisa pícara a Corina.

—¡Me muero de ganas! —le confesó la chica y las dos rieron. Sus maridos se percataron de ello y las miraron.

—¿Qué os pasa? —preguntó Mario mientras se sentaba en uno de los sofás.

—Eso mismo me pregunto yo. —David entró con algunas cosas para picar.

—Nos ocurre que sabemos que algo ha pasado y no nos lo queréis contar. Nosotras estamos encantadas con esta cena, pero queremos saber qué es eso que tanto cuchicheáis a nuestras espaldas. —En ese momento los chicos se miraron y se dieron cuenta que no había sido buena idea quedar para hablar de algo tan delicado con sus mujeres delante.

—Chicas, tranquilas —dijo David intentando ganar tiempo.

—No, aquí ocurre algo y no nos vamos a mover hasta que nos lo contéis. —Corina tenía las ideas claras.

—Bueno, vamos a cenar y mientras os lo contamos. —Mario se rindió ante ellas y David le dedicó una mirada asesina. Todos se acomodaron y disfrutaron de la cena, mientras los pequeños comían en una mesita que habían preparado para ellos cuatro.

—¿Vais a contarnos ahora que pasa? —Alexia estaba nerviosa.

—Cómo sabéis esta mañana le he hecho la autopsia a Ana Lucía, la madre de  Clara.                    —Las chicas le miraron expectantes—. Y he descubierto algo, que me ha parecido extraño, aunque nunca se podía descartar esa posibilidad.

—Ana Lucía fue violada antes de morir —soltó David sin más. Alexia y Corina abrieron mucho los ojos y se llevaron las manos a la boca.

—¿Eso era aquello tan importante que habías visto y no querías vaticinar antes de que se llevara a cabo la autopsia? —Alexia miró a su marido.

—Sí, de eso se trataba.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó Corina en un susurro, aquello le había impresionado infinitamente.

—Solo sé que la violaron y luego la asfixiaron para finalmente colgarla y simular la muerte de la protagonista del libro de Clara.

—Qué horror —susurró Alexia.

—¿Quién ha podido hacer algo así? —Corina soltó el tenedor, ya apenas tenía hambre.

—Eso no lo sabemos, tenemos a varias personas a las que vamos a interrogar, pero hasta entonces no puedo adelantar nada, sencillamente porque no lo sé.

—¿Quiénes son las personas de las que sospechas?

—Fuimos al local que frecuentaba Ana Lucía y allí hablamos con una tal Marta León que es la propietaria y su marido es la persona que se estaba acostando con la mujer, junto con Amanda otra chica, en las fotos que nos dio Clara. —Los tres le miraron sin entender nada—. Por lo visto, es un local de intercambio de parejas y sirve también para buscar sexo sin compromiso, ella iba allí. El marido de Marta, quien se acostaba con Ana Lucía, es el cartero del pueblo.

—¿Carlos? —preguntó Corina extrañada. A aquel hombre le conocían en toda la colonia, era jovial, alegre y siempre tenía una sonrisa para todo el mundo.

—El mismo. Tenemos que hablar con él y con la chica rubia, Amanda. Además de ellos, también tenemos que barajar la posibilidad de que Hugo haya tenido algo que ver. Tiene un comportamiento muy extraño con Clara, y lo de esta mañana nos ha dejado a todos descolocados, aunque él lo niegue mil veces.

—Del semen que he extraído de la vagina de Ana Lucía podemos sacar muestras de ADN, además creo que la gorra  que se encontró en la casa de Clara esta mañana ya ha sido enviada para que saquen algún ADN de ahí. Si lo conseguimos y coinciden, sabremos que la persona que mató a Ana Lucía y quien entró en casa de Clara será la misma persona.

—¿Cuándo será el entierro? —preguntó Alexia.

—El cuerpo se le dará a su hija mañana mismo, así que en cuanto ella lo organice.

—Me imagino que será muy pronto. —Corina bebió de su copa.

—¿Cuándo vais a ir a hablar con Carlos y Amanda? —preguntó Mario.

—Mañana mismo, a las cuatro y media nos hemos citado en su casa.

—Sinceramente, ¿qué opinas de todo esto? —Mario miró a David que se removía inquieto en su silla.

—Pienso que alguien del pasado de Ana Lucía ha vuelto y ha querido hacerle daño a ella y a su hija y la mejor manera ha sido recreando la muerte plasmada en el libro de su hija.

—Creo que sois unos grandes profesionales y lo vais a conseguir. —Alexia sonrió a aquellos dos chicos que estaban algo decaídos por la dificultad del caso.

—Eso espero, Alexia, porque hasta que no resuelvo un caso, no descanso —rio el policía.

—Yo doy fe de ello. —Corina besó en la mejilla a su esposo.

Todos parecieron tranquilizarse y decidieron disfrutar de aquella cena.

**Cuando Alberto llegó a casa, su mujer estaba contenta, con la música puesta mientras hacía la cena. Tarareaba una canción de David Bustamante que en ese momento sonaba.

—¡Vaya, que alegría veo por aquí!

—¡Estoy feliz! —gritó Isabela.

—A ver, cuéntame que te pasa. —Alberto la abrazó y los dos sonrieron.

—Muy pronto dejaremos de estar solos.

—¿Por qué dices eso? —preguntó el hombre con curiosidad.

—¡Paula se va a venir a vivir con nosotros! —Alberto le miró con recelo.

—¿Qué has dicho?

—¡Lo que has escuchado! Esta mañana me llamó y me contó lo sola que estaba. Me dijo que cuando su madrina muriera no sabía que iba a hacer con su vida y entonces le dije que podía venirse aquí para buscar trabajo y que mientras lo hacía podía quedarse en nuestra casa. ¿No te importa verdad? —De los labios del hombre salió una sonrisa.

—Claro que no, tenemos que ayudar a esa pobre chica.

—¡Va a ser como si tuviera una hija! Aún no me lo creo.

—¿Dónde va a trabajar?

—Por ahora va a ayudar a Andrea a cuidar a Aurora mientras ella comienza su trabajo, luego buscará algo por su cuenta.

—Aquí puede quedarse el tiempo que desee. —Habían soñado tanto tiempo con tener un hijo, que nunca llegó, que no podían creer que fueran a ejercer a algo parecido a unos padres con aquella chica.

—Sí, eso mismo le he dicho yo.

—¿Se sabe cómo está su madrina?

—Mal, por lo que me dijo esta mañana está empeorando a pasos agigantados.

—Qué pena. Menos mal que con nosotros va a estar cuidada y jamás le va a faltar nada.

—¡Va a ser cómo nuestra niña! Esa niña que nunca tuvimos. —Alberto sonrió y besó a su mujer, le gustaba verla feliz y aquel era el mejor momento para estarlo.

**A las cuatro en punto David y Fernando entraban por la puerta de casa de Marta León. Carlos estaba sentado en una butaca, mientras veía la televisión.

—Buenas tardes. —El chico se levantó y saludó a aquel par de policías. Ellos le devolvieron el saludo.

—Veníamos para hablar con usted, ya hemos hablado con Marta. —La chica sonreía desde otro sofá. Los chicos se acomodaron también.

—Voy a ayudar en todo lo que pueda, aunque desde ya les digo que yo no he tenido nada que ver.

—Está bien, pero primero hablemos —dijo David  con autoridad.

—¿De qué conocía usted a Ana Lucía? —Fernando sacó un papel dónde apuntó las preguntas qué quería hacerle para que no se le olvidara nada.

—De toda la vida. Esa mujer siempre ha sido conocida en el pueblo por la desgracia que ocurrió en su vida, desde entonces todo el mundo se volcó en apoyarla y yo fui una de esas personas.

—¿Desgracia? —preguntó David sin saber a qué se refería.

—Sí, cuando Clara aún no había cumplido un año, su marido murió  y ella se quedó sola para criar a su hija.

—¿Qué le ocurrió a su marido?

—Un accidente de coche. Yo mismo le encontré y llamé a la ambulancia, luego os lo podéis imaginar. Fue algo muy triste, aún recuerdo la cara de tristeza que tenía Marcos metido en aquella caja de muertos, pase el tiempo que pase jamás me olvido de él.

—¿Conocía usted a Marcos Cabello?

—Claro que sí, él era muy conocido en el pueblo, era un hombre amable y quería mucho a su familia, sobre todo a su hija. Pero aquel fatídico día él murió y nada pudimos hacer.

—Vaya… —Fernando apuntó todos aquello datos.

—Como les estaba diciendo, desde que su marido murió, ella quedó algo desamparada porque con la herencia de él les duró para unos años. Así fue criando a su hija, hasta que decidió montar un negocio de pintura y escultura y a partir de entonces se dedicó exclusivamente a eso. Pero la cosa no fue bien y yo mismo le tuve que prestar dinero para que pagara algunas facturas y pudiera darle de comer a su hija. Aquellas cantidades se fueron acumulando y últimamente me debía unas cantidades bastante grandes, por eso yo le pedía algún que otro favor a cambio.

—¿Sexo?

—Sí. —Los chicos miraron a su mujer, que no se inmutó de su sitio—. Por ella no os preocupéis, tenemos una relación abierta y no se va a molestar, al igual que yo no me molesto de que otros hombre se fijen en ella. —Marta le esbozó una bonita sonrisa a David y éste miró hacia otro lado.

—¿Qué ocurrió la noche de estas fotos?

—Yo solo puedo deciros que quedé con Amanda. Marta la guio hasta donde nosotros estábamos, la habitación oscura y nos dedicamos a disfrutar. Es verdad que luego tuve una discusión con ella a la salida, pero fue por lo que os contado, le dije que necesitaba que me devolviese el dinero y no quiso.

—¿Pasó algo en esa discusión? —Carlos se tensó y se removió inquieto en el sofá.

—No, solo fueron unas palabras, luego entré en el local para recoger a mi mujer y venirnos a casa.

—Está bien, con esto será suficiente.

—Si puedo ayudar en algo más, avísenme. Amanda se ha ido al extranjero por asuntos personales, pero ella no ha tenido nada que ver, es una chica que jamás ha tenido un problema con nadie.

—Le avisaremos. Intentaremos hablar con Amanda más adelante.

Los  chicos se levantaron y se dirigieron a la puerta. Marta les acompañó y antes de que se marcharan cogió la mano de David y le sonrió.

—Parker, aquí estoy para lo que necesites; sea lo que sea. —El chico se quedó completamente sorprendido, por lo que no dijo nada, simplemente retiró la mano y se dirigió al coche.

—Vaya, por lo que veo esa mujer quiere algo más contigo —le dijo Fernando riéndose mientras se montaban en el coche.

—Pues que ni lo intente.

**El tiempo había pasado. Tres meses duros, en los que la investigación no había avanzado. Solo habían sacado en claro algunas cosas, pero no eran suficientes para llegar al fondo del asunto. Parker cada día estaba más nervioso, Clara no dejaba de preguntarle todos los días por la investigación por la muerte de su madre, y él no sabía que decirle. Corina, como siempre, le había intentado ayudar pensando en qué podía haber ocurrido, pero la chica tenía mil cosas en la cabeza con los niños y el colegio y no podía dar todo el potencial que ella tenía para resolver casos.

Hacía tan solo dos días que Paula había enterrado a Gema. Habían sido unos meses en los que la chica se hizo más fuerte aún. Horas y horas junto a aquella persona a la que se lo debía todo, no quería perderla pero tampoco quería verla en aquel estado, quería que descansara en paz. Hasta que una noche, decidió abandonarse al descanso eterno. Para la chica fue el mazazo más grande que había recibido jamás, pero allí tenía a Isabela, que desde aquel día en el que le ofreció su casa, junto a su marido, se había convertido en un gran apoyo para ella, la quería como a una madre y así la veía.

—Mi amor, tenemos que irnos. —La suave voz de Isabela se escuchó a la espalda de Paula, que estaba haciendo su maleta junto a Irene, su mejor amiga.

—Paula, quédate conmigo, no te vayas —le suplicó la chica. Su amiga había dado un bajón bastante grande aquellos meses y quería cuidar de ella y animarla.

—No puedo quedarme aquí, tienes que entenderlo, Irene. Todo me recuerda a Gema.

—¿Qué vas a hacer con la casa?

—La conservaré. Está a mi nombre, ella se encargó de dejarlo todo preparado para cuando este día llegara. Te he dejado las llaves para que vengas a darle una vuelta de vez en cuando.

—Irene, puedes venir a verla cuando quieras al pueblo, estaremos encantados de recibirte a ti también. —La chica sonrió tímidamente.

—Lo tendré en cuenta. Prométeme que me escribirás cuando llegues. —Las dos amigas se abrazaron al llegar a la puerta de la casa.

—Claro que te escribiré y te llamaré  muy a menudo.

—Sé muy feliz, cariño —susurró Irene a su gran amiga, que sin poderlo remediar comenzó a llorar.

—Chicas, tenemos que irnos o se nos hará de noche. —Alberto, ya montado en el coche, las esperaba.

Dándose un último abrazo a sabiendas de que pasaría el tiempo antes de que se volvieran a ver, Irene y Paula volvieron a abrazarse antes de que partiera hacia el pueblo. En silencio se metió en el coche y se puso el cinturón. Todo el camino fue abrazada a un peluche, el peluche que sus padres dejaron para ella antes de que los dos murieran, aquel era el último recuerdo que tenía de ellos y no quería separarse de él por nada en el mundo.

**En comisaría, como siempre, reinaba el caos. Parker, desde hacía unos meses estaba más insoportable que nunca. El no saber por dónde iba la cosa con respecto al asesinato de Ana Lucía, le estaba matando.

—David, el forense acaba de llegar —le informó Antonia metiendo la cabeza por la puerta de su despacho.

—¿Ha llegado Fernando también?

—Sí, está con él. Te esperan en la sala de interrogatorios, allí he convocado la reunión.

—Está bien, vamos. —El chico se levantó de la butaca con pesadez, estaba cansado de aquella vida en la que vivir con una incertidumbre tan grande como es un asesinato era lo normal. Necesitaba al menos saber algo nuevo, tener nuevas informaciones, para poder llegar al final de aquella pesadilla. Cuando llegaron a la habitación, allí estaban Mario y Fernando hablando.

—Buenos días, chicos —saludó algo cansado.

—David, alégrate, Mario nos trae noticias —dijo Fernando sonriendo.

—El ADN obtenido del cabello encontrado en la gorra y del semen extraído de Ana Lucía, coinciden. La misma persona que la mató, entró más tarde en casa de Clara para darle aquel susto.

—Por fin alguna noticia fresca con la que poder trabajar —sonrió por primera vez en mucho tiempo David.

—Tengo otra noticia y es que, como me mandasteis, he obtenido el ADN de Hugo y Carlos.

—¿Coinciden? —preguntó el chico pegando un salto de la silla, los nervios iban a poder con él.

—No, no coincide con el ADN de ninguno de los dos. Son inocentes, al menos de haber violado a Ana Lucía y de haber entrado en casa de Clara.

—Lo que no sabemos es si indirectamente, tienen algo que ver con el asesinato.

—Tampoco tenemos pruebas que los inculpen de eso —les informó Fernando.

—Entonces, Hugo y Carlos no nos mentían cuando decían que no tenían nada que ver en toda esta historia.

—La ciencia nos prueba que no mentían. —Mario cogió su carpeta para sacar otros documentos.

—Tanto Hugo como Carlos están fuera de sospechas. Amanda y Clara, cómo tú pensabas —recalcó Fernando—, no tuvieron nada que ver, el asesinato lo llevó a cabo un hombre, supuestamente.

—Les llamaré para decirles que tenemos las pruebas y que están totalmente fuera de sospecha. Sigo sin fiarme absolutamente nada de ellos dos, pero es que no me fio de nadie —rio con pesar David.

—Por último, he buscado lo que me pediste. —Mario extendió unos papeles a Fernando.

—¿Qué es eso? —preguntó David sin saber a qué se referían.

—Cómo te vi tan saturado por la situación, decidí pedirle a Mario que buscara en los viejos archivos sobre la autopsia de Marcos Cabello, el marido de Ana Lucía y padre de Clara. Teníamos que salir de dudas de que ese hombre pudiera estar vivo.

—Fernando, sabemos que ese hombre está muerto, hemos tenido en nuestras manos documentos relativos a su fallecimiento. —David no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Bueno, he tenido que buscar muchísimo en los viejos archivos, pero por fin di con la autopsia. Se practicó el 20 de septiembre de hace más de treinta y cinco años. Ese hombre tuvo un accidente de coche y por lo que he podido comprobar en los documentos, todo está en orden. Murió por un traumatismo en la cabeza, ese fue el detonante final de su muerte, aunque hubo muchísimas heridas y rasguños más en todo su cuerpo. Además, he encontrado esto. Os lo he traído para que os quedéis más tranquilos.

—¿De qué se trata? —preguntó Fernando mientras cogía aquel sobre despintado por el tiempo.

—Son las fotos de la autopsia. Ahí tenéis a Marcos Cabello. —Los chicos abrieron el sobre y vieron varias fotos viejas, en la cama de aquella fría habitación de autopsias se encontraba el cuerpo sin vida de un hombre. De cabello oscuro y cara magullada por las heridas.

—Es él, yo he visto fotos de este hombre en casa de Clara y no hay duda.

—Entonces, fuera el pensamiento de que este hombre pudiera estar vivo, es absurdo. Además, hay que llamar a Hugo y a Carlos. Yo llamaré a Hugo. —Fernando se lo apuntó en su libreta. David puso los ojos en blanco nada más que de pensar que Marta León, la mujer de Carlos, se pusiera el teléfono. Hacía meses que lo estaba molestando con mensajes que él borraba para quitarle importancia y Corina no sufriera por algo que no tenía sentido. Él amaba a su mujer y jamás en la vida estaría con nadie que no fuera ella.

—Está bien, yo llamaré a Carlos —dijo por fin.

—Tengo que marcharme, las gemelas me esperan a la salida del colegio —les informó Mario mientras recogían sus cosas.

—Nos ha sido de gran ayuda. —Fernando le tendió la mano.

—Ya sabéis, dicen que hay que tener amigos hasta en el infierno. —Los tres se carcajearon.

—Nos vemos pronto, nuestras mujeres no tardarán en formar un guateque de esos que montan ellas. —Volvieron a reírse al pensar en lo tremendas que eran.

**Eran las cuatro de la tarde y el turno comenzaba para Alexia. Le encantaba aquel trabajo, cada día conocía mejor a sus pacientes, al ser un pueblo tan pequeño, todo el mundo se conocía y al final se creaban vínculos que en otros lugares no sucedía. Miró la hora de su próximo paciente. A las cuatro y veinte; aún quedaban varios minutos. Por lo que se sentó en su butaca y echó la cabeza hacia atrás. Aquel día se había levantado muy temprano y se moría del sueño. Justo cuando estaba echando una pequeña cabezadita, su móvil comenzó a vibrar.

—¿Sí? —Lo cogió la chica sin mirar ni de quien se trataba.

—Alexia, que alegría oírte. —La voz de su tía Mónica al otro lado de la línea la tranquilizó. Llevaba muchos días sin hablar con ella, pero sabía que siempre le tendría para lo que necesitara. La madre de Alexia era su hermana pequeña y por cosas del destino, cuando ella murió, separaron a la chica de su familia materna, hasta que años atrás se habían reencontrado de nuevo y desde entonces el vínculo jamás se había desvanecido.

—¡Tía! —gritó—. No sabes cómo me alegro de que me estés llamando.

—Alexia, necesito tu ayuda, no sé qué hacer con tu primo Alejandro. —Mónica había tenido un hijo, Alejandro, que tenía la misma edad que su prima Alexia. Era policía y residía en Madrid, junto a toda la familia de la chica.

—¿Qué le ocurre? ¿Está peor? —Alexia se retrepó en el asiento, estaba muy preocupada por el estado de su primo.

—Ya sabes, desde que encontró a Noah con otro en la cama no es el mismo.

—¡Pero de eso hace mucho tiempo!

—Pues está peor que si lo hubiera descubierto ayer. No puede dejar de pensar en ella, no come, no hablar, no se expresa… No sé qué hacer con él. Tampoco está rindiendo en el trabajo, sus compañeros me lo han comentado y me da miedo de que le despidan, entonces será cuando la depresión pase a un grado mayor.

—Alejandro es un chico joven, guapo y con un gran futuro por delante, no puede estar recordando toda su vida a Noah, tiene que salir, relacionarse…

—Eso lo sé hija, pero él no lo entiende. Llega de trabajar y se encierra en su habitación durante horas y horas y si se relaciona con alguien es porque tu abuela o yo vayamos a verlo.

—Está peor de lo que yo me creía… —susurró la chica. Entonces recordó algo que Mario le había dicho hacía unos días—. Oye, tía. He pensado algo, pero no sé qué pensarás tú de eso.

—Si es por ayudar a mi hijo, ¡yo estaré encantada!

—Hace unos días, me comentó Mario que en la comisaría que hay no muy lejos de dónde él trabaja, habían echado a uno de los policías por haberlo pillado robando cosas que no le pertenecían y ese puesto por ahora está vacante. Un compañero que desayuna con él todas las mañanas fue quien se lo dijo. Estaban buscando a alguien y había pensado…

—¿En Alejandro? Si pudiera trabajar fuera de aquí y conocer gente nueva, sería lo mejor en su situación.

—La comisaría está en Córdoba capital. Aquí se vive muy bien, y estoy segura que le vendrá bien.

—Coméntaselo a Mario a ver si el puesto sigue vacante y luego llama a tu primo. Yo no me atrevo a decirle nada. Muerde. —Las dos se rieron con ganas.

—Eres tremenda, tía.

—Tremendo es tu primo.

—Tengo que dejarte, ya va a venir el primer paciente de la tarde. En cuanto llegue a casa, hablo con Mario y él se encargará de todo, ya sabes que quiere a Alejandro como si fuera su hermano.

—Lo sé hija, y eso me reconforta mucho.

La conexión se cortó y Alexia miró la foto de su madre que le sonreía desde un extremo de la mesa. Ella le devolvió la sonrisa y entonces unos golpecitos se escucharon en la puerta.

—¡Adelante! —gritó ella.

—Hola, Alexia. ¿Me recuerdas? —Una delgada y demacrada Jade entró por la consulta.

—Claro que te recuerdo, tú eres la pareja de Antonio, el padre de David. ¿Qué te ocurre, Jade? —Alexia se acercó a ella y de cerca pudo observar mejor el peor aspecto de la chica. Ellas habían coincidido en más de una ocasión y siempre había estado espléndida. No entendía aquel cambio tan brusco.

—Me encuentro muy mal. Antonio no sabe que estoy aquí, ni quiero que lo sepa, no quiero que sufra, yo lo quiero mucho y…

—Jade, tranquila. Dime qué te pasa. —Alexia se sentó en su butaca y Jade en una de las sillas de la consulta.

—Llevo varios meses muy decaída, con vómitos y con mucho sueño. Me paso el día entero durmiendo y Antonio está preocupado pero yo no sé qué decirle para que se despreocupe. —Alexia sonrió.

—Jade, ¿hay alguna posibilidad de que puedas estar embarazada? —La chica se llevó las manos a la cara y con los ojos muy abiertos miró a Alexia. ¿Cómo no se le había ocurrido?

—Sí, claro que hay posibilidades.

—Saldremos de dudas ahora mismo, no te preocupes —le dio un botecito para que orinara y de ahí tomarían las pruebas. En menos de dos minutos la chica apareció por la puerta y antes de lo que se esperaban llegó la noticia. Estaba esperando un bebé.

—Dios mío, ¿cómo no me he dado cuenta antes? —se preguntaba la chica mientras se tendía en la camilla y Alexia la reconocía.

—¿Cuánto hace que no te viene el periodo?

—Más de tres meses.

—Creo que estarás de unos tres o cuatro meses, pero eso tendrá que decírtelo un ginecólogo.

—¿Un ginecólogo? Yo quiero que sea una mujer.

—No te preocupes por eso, no hay problema. Yo tengo una conocida que puede atenderte cuando lo desees. Aquí tienes su tarjeta, llámala y dile que vas a de mi parte, así te dará cita antes. —La chica le guiñó un ojo a Jade.

—Un hijo… —susurró ella mientras miraba aquella tarjeta.

—Sí, un hijo que te va a hacer la mujer más feliz del mundo.

—¿Cómo le voy a decir esto a Antonio?

—Eso es fácil. Seguramente se va a alegrar.

—Ahora tengo que irme. Muchas gracias, llamaré a tu amiga y te comentaré lo que me haya dicho.

—Está bien, Jade. Aquí estaré para lo que necesites.

La chica salió de la consulta totalmente desconcertada, ¿Cómo podía no haberse dado cuenta de que estaba embarazada? Al otro lado de la puerta, Alexia sonrió. David iba a tener un hermanito.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 6.

TREINTA Y SEIS AÑOS ANTES:

            —Cuando la niña nazca, voy a buscar trabajo en lo que realmente me gusta: La medicina —le dijo Linda a su hermana Rebeca mientras le peinaba su larga melena rubia. Era de noche y el viento golpeaba fuerte las ventanas.

            —¿Se lo has dicho a Emilio? Yo creo que esa idea no le va a gustar. Sabes que es un hombre muy conservador y en más de una ocasión le he escuchado hablar sobre ese mismo tema. Él decía que tanto a ti como a su hija jamás le faltaría nada porque se encargaría de trabajar muy duro para conseguirlo. No concibe que tú trabajes, siento decírtelo, pero es así.

            —Pues tendrá que acostumbrarse. Yo no puedo dedicar mi vida a criar hijos y a ponerme gorda. Necesito ejercer la medicina, ir a convenciones, sentirme una persona realizada.

            —Yo te entiendo, pero…

            —Pero nada, no me sirve de nada eso que me cuentas. Tendrá que hacerse a la idea de todo esto porque es lo que habrá cuando mi hija nazca.

            —¿Por qué hablas así? Llevo un tiempo notándote que cuando hablas de Emilio, ya no lo haces como antes. —Rebeca se separó de su hermana y la miró a los ojos.

            —Al principio es todo muy bonito y más cuando sabes que es algo prohibido. Te entran más ganas aún, pero todo cambia y al final llegamos a la cruda realidad. ¿Qué es de mi vida? He estado años y años estudiando una carrera para convertirme en un gran médico y mírame como estoy —dijo señalándose la barriga y luego el pelo—; no puedo ir ni a la peluquería.

            —Yo puedo echarte el tinte, por eso no te preocupes.

            —No es eso. Yo necesito tener vida social, como la tenía antes de venirme aquí. Necesito ver gente, ir a una peluquería y que me pinten el pelo, me corten, me hagan las uñas… Aquí no puedo hacer nada de eso. Emilio trabaja pero solo gana para comer y poco más, lo que te he dicho antes son lujos para mí. —Rebeca suspiró. Allí estaba la verdadera Linda, a la que le gustaba lo bueno.

            —No te preocupes por eso, yo…

            —Rebeca, no tengo ropa. Mírame que pintas llevo. Ayer le pedí a Emilio dinero para comprarme unos míseros pantalones y unos zapatos porque los que tengo están rotos y me dijo que eso supondría mucho en nuestra economía familiar.

            —Yo puedo dejarte algunos si los necesitas.

            —¿Con esta barriga? Necesito tener a la niña ya para hacer algo con mi vida. —En ese momento se escuchó la puerta y Emilio entró completamente mojado por la lluvia.

            —Cariño, ¿cómo estás? —le preguntó mientras besaba dulcemente la mejilla de su mujer.

            —Mal, ¿No me ves? —Rebeca miró con lástima a su cuñado.

            —¿Qué te pasa? —preguntó él asustado.

            —Estoy gorda y no tengo nada que ponerme. Necesito relacionarme con la gente y aquí puedo hacer de todo menos eso. No sé si ésta es la vida que yo quería para mí. —Al segundo se arrepintió de haber dicho aquello. Rebeca se puso las manos en la cabeza y se marchó a su cuarto.

            —Linda, te doy lo que  buenamente puedo.

            —¡Lo sé! Pero necesito más, y yo tengo estas dos manos para trabajar, además de una carrera de medicina que ejercer.

            —No me gustaría que tuvieras que salir a trabajar, ¡tienes que cuidar de la niña cuando nazca!

            —No voy a discutir más este tema. Cuando la niña crezca un poco, voy a volver a lo mío, te pongas como te pongas.

            —¿No me vas a tener en cuenta para una opinión así? Yo solo quiero lo mejor para ti y para mi hija.

            —¿Y no te das cuenta que lo mejor para mí es escapar de este maldito lugar?

            —¿Maldito lugar? —preguntó Emilio con mirada triste—. Este lugar es al que te viniste cuando tu madre te echó de casa, aquí concebimos a nuestra hija y aquí vives hoy en día. No entiendo cómo puedes ser tan dura.

            —Necesito dormir —dijo ella levantándose.

            —Sí, vete. Es lo mejor que puedes hacer cuando quieres eludir los problemas.

Un portazo se escuchó y Emilio se tiró en el sofá. ¿Tan mala vida le estaba dando a su mujer? No llegaba a entenderlo. Pocas mujeres trabajan en aquella época y su mujer no tenía por qué ser una de ellas. Se levantó y se preparó la cena, aquella noche se avecinaba una gran tormenta y quería estar pronto en la cama.

**A las siete de la tarde, Alexia  fue a casa de Corina. Había dejado a las niñas con Mario; quería ver a su amiga Clara, preocuparse por ella y el estado en el que se encontraría.

—¿Estás preparada? —preguntó a Corina mientras se sentaba en el sofá.

—Solo dos minutos —dijo ésta mientras sacaba un pequeño espejo y el maquillaje. Últimamente estaba algo ojerosa y no podía descuidarse.

—He hablado con Mario. La autopsia está programada para pasado mañana. Me ha dicho que la asesinaron y que ha visto algo más cuando reconoció al cadáver antes de meterlo en la cámara frigorífica.

—¿Qué descubrió? —preguntó la chica mientras terminaba de pintarse.

—No lo sé, no me lo ha querido decir. Por lo visto es algo grave y quiere confirmarlo antes.

—¿No le has insistido? —preguntó Corina incrédula pensando que ella a David le sacaba toda la información que quería y una pequeña sonrisa salió de sus labios.

—No, he preferido no hacerlo. ¿Cómo estará Clara?

—Me imagino que mal. —Corina decidió suprimir la frialdad con qué recibió la noticia de la muerte de su madre.

—Ahora saldremos de dudas.

Cogieron sus bolsos y decidieron ir en el coche de Corina ya que el Chalet de Clara estaba a las afueras del pueblo y había que entrar en la carretera. Al aparcar, vieron cómo la chica miró por la ventana y seguidamente la echó de mala manera.

—¿Será una señal de que no quiere ver a nadie? —preguntó Alexia incrédula. Corina se bajó del coche y llamó durante un rato mientras Alexia la esperaba cerca del coche. Nadie abrió la puerta.

—Parece que no le apetece ver a nadie.

—Voy a llamarla. —Sacó el teléfono del bolso y marcó el número de su móvil. Nada. Luego el fijo. Igual.

—Voy a acercarme a la ventana del salón. —Corina se acercó y vio por una rendija que la chica estaba tendida en el sofá con un cojín sobre la cabeza. Seguramente no querría saber nada de nadie.

—¡Clara! ¿Estás bien? —No se inmutó del lugar dónde estaba tendida. Volvió a preguntarle en varias ocasiones hasta que volvió al coche junto a Alexia.

—No quiere recibirnos.

—Pero si acabamos de ver que está en casa.

—Sí, pero no le apetecerá vernos. Vámonos, quizás hayamos venido en mal momento.     —Cuando se montaron en el coche escucharon una voz que procedía de la ventana desde dónde Corina había estado mirando.

—¡Iros, no quiero que nadie más muerta a mi costa! —Ambas se miraron atónitas ante los gritos de Clara. Se bajaron del coche y vieron cómo la chica miraba a través de aquella pequeña rendija de la ventana. Por lo que pudieron observar tenía el pelo enmarañado y unas grandes ojeras cubrían su rostro.

—No digas eso —susurró Alexia.

—¡No quiero saber nada de nadie! Ahora sí que me he quedado sola para siempre. ¡Se acabó la gran escritora! Alguien está llevando mis historias a la realidad. ¿Qué más queda por pasarme? —preguntó fuera de sí.

—Deja que hablemos contigo, te vendrá bien —le aconsejó Corina.

—No, no voy a salir de aquí. No quiero que  me maten y menos que vosotras os involucréis en esto por ser mis amigas. ¡Marcharse, no quiero que os ocurra nada malo! —dicho esto pegó echó la persiana del todo y volvió a refugiarse en su hogar.

—Clara está peor de lo que yo pensaba —susurró Alexia mientras se montaba en el coche.

—Ella cree que la muerte de su madre es la misma que la madre de Noelia, la protagonista de su libro.

—¿Crees que eso será verdad?

—Por lo que he hablado con David, todo indica que alguien se está encargando, de cómo ha dicho Clara, llevar sus historias a la realidad. Primero la muerte de su madre…

—¿Cómo sigue su libro? Yo aún no me lo he terminado, sólo sé que muere la madre de la protagonista.

—Yo estoy rozando el final y no hay más muertes. Quién se haya encargado de matar a Ana Lucía, ha tenido que leerse el libro de Clara. La ejecución del asesinato ha sido la misma. Estrangulamiento y luego la cuelgan de un pino en el cementerio más cercano.

—Qué horror… —Alexia se tapó la cara con el pañuelo que cubría su cuello.

—Es muy rocambolesco y morboso este tema para quien lo haya hecho. Es verdad que nadie la avisó para que encontrara el cuerpo de su madre. A la protagonista del libro, sí.

—Pero sí la llamaron, le mandaron un mensaje al móvil amenazándola y le echaron al buzón esas fotos con la nota incluida, por lo que me contaste.

—La historia ha sido diferente en la realidad que en la ficción, pero el asesinato ejecutado de la misma manera.

—Todo esto me da mucho miedo, Corina. ¡Yo vivo en la casa de Clara!

—No te harán nada.

—No sé cómo le caerá a Clara que no le haya consultado, pero tras enterarme, llamé al cerrajero y he puesto tres cerraduras de refuerzo en la puerta de entrada y otras tantas en los balcones. No quiero que mi familia corra peligro. Si estamos en este pueblo, en parte es por ella, porque nos animó a aceptar los trabajos alegando que nos dejaría su casa en alquiler a un buen precio y nos ayudaría en todo lo que pudiera. Me da miedo que pueda pasarnos algo, más que nada a mis gemelas.

—Te entiendo, Alexia. Lo mejor en estos casos es no meter demasiado las narices dónde no nos llaman. Yo siempre suelo hacer todo lo contrario. —Las dos sonrieron—. Pero en esta ocasión, me da miedo.

Al llegar a la casa de Corina, Alexia se despidió de ella y se encaminó a su casa. Su maravillosa familia la estaría esperando y pronto llegaría la noche, tenían que estar juntos.

**Paula se sentó al lado de la cama de Gema y le cogió la mano dulcemente. Sintió como la puerta de la habitación se cerraba a su espalda.

—Paula, ¿Cómo estás? —preguntó el Doctor Castilla, encargado del caso de Gema y un gran compañero suyo de trabajo.

—Mal, estoy muy mal. —La chica se echó las manos a la cara y comenzó a llorar desconsoladamente.

—No, no llores… —El chico la acunó en sus brazos y retiró su frondosa melena rubia de la cara.

—¿Cómo puede estar en coma? ¿Se despertará?

—Sabes que está  muy enferma. Cuando la trajiste para que la reconociera la primera vez, sabía que esto podía pasar. Su tumor está muy avanzado. Ahora mismo está tranquila.

—No puedo verla así…

—¿Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea?

—Sí, lo sé Lorenzo. Muchísimas gracias. —Por primera vez la chica sonrió.

—En cuanto a lo de si volverá a despertar, te aconsejo que te prepares para lo peor.

—Oh, dios…

—No quiero ser duro contigo ni nada por el estilo —le decía el chico dulcemente—. Pero ya sabes que mi trabajo es informar de la verdad a los familiares de los pacientes que se encuentran en estas circunstancias.

—Estoy de acuerdo y haces muy bien.

—Ahora me tengo que ir, pero para lo que necesites tienes mi número personal y yo te atenderé sea la hora que sea.

—Gracias, te estaré siempre agradecida.

El médico, tras dedicarle una bonita sonrisa, salió de la habitación y dejó a Paula de nuevo a solas con su madrina. Tenía que mentalizarse que el fin estaba cerca y que pronto la perdería. Se sentó a su lado en la butaca que le habían habilitado y acarició suavemente la mano de la mujer.

—Tranquila, mi Gema, seguiré tu consejo y cumpliré tu última voluntad. Cuando tú faltes intentaré ser feliz. Pero tendré que irme de aquí, porque sin ti en este lugar nada volverá a tener sentido.

**Isabela parecía una niña con zapatos nuevos. Aquella misma tarde saldría a comprar los billetes para el crucero y ya estaban en la habitación del hotel. Era espaciosa, limpia y tenía todo lo necesario para ser completamente feliz los días que estuvieran allí.

—¿Te apetece algo de comer? —preguntó melosamente Alberto mientras la abrazaba por la cintura.

—Si te digo la verdad, tengo algo de hambre.

—¿Salimos a comer algo antes de que anochezca? Podemos comprar los billetes mañana con más tranquilidad.

—Está bien. —La mujer se volvió y besó los labios de su marido. Le quería, más que a nada en el mundo y le hubiera encantado poder tener un hijo con él.

—No se hable más, nos vamos ya. —Cogió el bolso y salieron al rellano.

—Oh, se me han olvidado las llaves, espera que las cojo en un momento. —Isabela se dio la vuelta pero pronto escuchó el tintineo de las llaves en su bolsillo, por lo que se giró de nuevo, contenta porque estaba de vacaciones. Entonces vio algo que no entendió. Alberto estaba al borde de las escaleras del rellano y sin previo aviso se tiró rodando por las mismas.

—¡Alberto! —gritó la mujer cerrando la puerta a su espalda.

—¡Isabela, me he caído! —La mujer calló por el miedo tan grande que sentía de ver a su marido tirado en el suelo, pero ella misma había visto cómo él mismo se había tirado y había provocado la caída.

—No te preocupes, pronto vendrá alguien. —Una limpiadora apareció de la nada y comenzó a gritar con todas sus fuerzas. En dos minutos medio hotel estaba enterado de lo sucedido.

—Ya hemos llamado a la ambulancia, señora. No tardarán en llegar —le informó un amable recepcionista.

—¿Te duele algo? —preguntó la mujer a su marido que ya se encontraba sentado en los sofás de la recepción del hotel.

—No sé cómo he podido caerme. —Isabela miró al suelo y recordó cómo había ocurrido todo, tenía que haber un error. Pero ella misma había visto con sus propios ojos que él había propiciado aquello.

—No te preocupes, pronto vendrá alguien. —El hombre se quejó de un dolor en el brazo. La ambulancia no tardó en llegar y le llevaron al hospital de Rota, allí lo reconocerían y verían si aquella caída había sido algo más que eso, una simple caída.

**Antonio cada día estaba más feliz de la llegada de Jade a su vida y aún no podía creer lo dichoso que era. Su vida era un infierno, aquella soledad le estaba matando, hasta que llegó ella. Aquel ángel que le mandaron desde muy lejos para que su vida volviera a tener sentido.

—Acabo de ver en las noticias lo de la madre de la escritora —le informó la chica que estaba preparando la cena.

—Me lo dijo David esta mañana cuando le llamé para invitarlos a comer. No podían venir por eso mismo, tenía mucho trabajo.

—Es horrible. ¿Quién habría querido asesinar a esa pobre mujer?

—Nunca se sabe Jade, nunca se sabe…

—Tu hijo tiene que estar acostumbrado a ese tipo de cosas, ¿Verdad?

—Sí, él ya ha solucionado varios asesinatos.

—Se ve un chico trabajador y a gusto con lo que hace, no dudo ni un momento que lo resolverá —dijo Jade con una sonrisa.

—Sí, a ver si puede con este caso. —Antonio miró al frente y sus labios se curvaron ligeramente.

**Al salir de aquella consulta médica, Alberto llevaba un brazo escayolado, se lo había partido. Isabela no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido hacía apenas una hora, cuando con sus propios ojos había visto lo que su marido había hecho.

—Señor, ¿conoce usted a Paula? —preguntó Alberto al médico que le había atendido. Isabela lo miró con recelo.

—¿A qué Paula se refiere?

—Paula, solo sé que se llama así. Es enfermera en este hospital. —Alberto se la describió cómo era físicamente.

—Siendo así solo puede ser Paula Jiménez.

—¿La conoce? —preguntó el hombre con entusiasmo. Isabela decidió no abrir la boca. ¿Qué hacía su marido preguntando por aquella chica?

—Solo sé que ahora no va a venir a trabajar en unos días, tiene a un familiar muy enfermo.

—¿No puede decirme dónde puedo encontrarla?

—Eso es algo privado.

—Por favor, sería muy amable si… —comenzó a decir el hombre.

—Mire, ahí está. Puede hablar tranquilamente con ella. —Paula estaba al fondo del pasillo sacando unas cosas de una máquina expendedora. Alberto se quedó mirándola y le dio las gracias a aquel doctor. Sin ni siquiera mirar a su mujer comenzó a andar en dirección dónde estaba la chavala e Isabela corrió detrás de él hasta alcanzarlo.

—¿Paula? —La chica lo miró con desconfianza—. ¿No me recuerdas?

—Perdone pero no sé quién es.

—Soy Tío de Fernando, el marido de Andrea. Tú la encontraste en la playa…

—Ah, sí claro. ¿Qué te ha ocurrido? —preguntó alarmada mirando su brazo.

—Ha sido una caída tonta, no tiene importancia.

—Hola, Paula —intervino Isabela.

—¿Cómo está? —La chica le tendió la mano.

—Nos hemos enterado que tienes a un familiar muy enfermo.

—Sí, mi madrina, tiene un tumor cerebral y ha entrado en coma.

—Oh, es horrible…

—Sí, no sé cómo voy a afrontar esto, pero tendré que salir adelante.

—Nosotros te podemos ayudar en lo que necesites. —Alberto tocó su brazo cariñosamente.

—Gracias, pero no creo que puedan hacer nada por mí, ni por Gema, desgraciadamente.

—Si cuando ella falte necesitas algo, no dudes en llamarnos, éste es mi número y éste el de mi mujer. —El hombre le tendió un papel con los números apuntados.

—Gracias, os necesito llamaré.

—Si quieres puedes dejarnos tu móvil, así podremos interesarnos por ti y por el estado de tu madrina. —Isabela volvió a mirar a su marido con los ojos muy abiertos. No conocía de nada a esa mujer, ¿Por qué tenía que ser tan amable con ella?

—Sí, claro. —Ella sacó una tarjeta y se la tendió.

—Ahora tenemos que irnos, Paula. —Isabela cogió a su marido del brazo sano.

—Gracias por vuestra confianza. Darles recuerdos a Andrea, Fernando y al bebé.

—Se lo daremos. —Alberto sonrió dulcemente y pasó sus dedos por la mejilla de la chica, ella se retiró lo más delicadamente posible, para no parecer desconfiada.

Paula sonrió tímidamente y se marchó a la habitación donde estaba Gema. ¿Qué quería aquel matrimonio de ella? Aquello le tenía muy inquieta y no sabía qué pensar, apenas los había conocido hacía unas semanas con el nacimiento de la pequeña Aurora, pero no sabía nada de ellos. Pensó en llamar a Andrea para preguntarle por la niña y hablar un rato con ella, pero pensó que cualquier momento sería mejor que aquel, por lo que se sentó en una butaca y abrió su comida. Gema seguía dormida y no había señales de que fuera a despertarse.

**Isabela entró como una tromba por la habitación del hotel. No había pronunciado ni una sola palabra en todo el trayecto desde el hospital hasta allí.

—¿Qué te ocurre, mi amor? —preguntó Alberto mientras la cogía por la cintura.

—Ya entiendo por qué querías venir a Rota. No era por regalarme un viaje ni por pasar unas vacaciones conmigo. ¡Querías saber de ella!

—No entiendo por qué dices eso.

—Alberto, ¡Te vi cómo te tirabas por las escaleras, pero me callé! Ahora sí sé que lo hiciste para tener una excusa e ir al hospital para poder ver a Paula y saber algo más de ella. ¡Eres odioso!

—Te estás equivocando.

—¡No, no me equivoco! ¿Por qué querías comprar un crucero justamente en Rota? ¡Para venir aquí, simular una caída e ir al hospital y verla! Y encima delante de mis narices. —La mujer comenzó a sollozar mientras se sentaba en la cama. Su matrimonio con Alberto siempre había sido algo ejemplar, no entendía por qué le hacía aquello. Paula era una chica joven y bonita, cosa que a ella ya le faltaba, pero le quería, le quería como jamás en la vida había querido a nadie.

—Mi amor, no pienses cosas raras. Me resbalé y al estar en el hospital, solo quise saber algo de ella. Recordé que ayudó a Andrea en el parto, no le busques los tres pies al gato, por favor. —La mujer se dio la vuelta para mirarle.

—¿Me estás diciendo la verdad?

—Por supuesto que sí, yo solo te quiero a ti. A nadie más. —Isabela lo miró con los ojos acuosos y él la besó. No se resistió a sus besos. Aquellos que tanto les gustaban.

—No me engañes jamás, Alberto. No podría soportarlo.

—Me gusta que te pongas celosa y como una fiera saques las uñas por lo que es tuyo.

—Dios mío, no sé qué me pasaría si te perdiera…

—No pienses eso porque jamás va a ocurrir. —Ella seguía acariciando la melena de su marido.

—Eso espero porque te juro que me muero.

—Isabela, solo quería saber qué tal le iba la vida y si le di nuestros teléfonos fue por lo que nos enteramos que su madrina está muy mal. Ella ayudó a Andrea cuando lo necesitó y me siento en deuda con ella.

—Tienes toda la razón, perdóname.

—No tengo nada que perdonarte, amor.

Se abrazaron y Alberto pulsó el botón del mando a distancia para encender la televisión. Los dos se quedaron petrificados cuando en las noticias vieron la cara de Ana Lucía Madariaga, la madre de la gran escritora Clara Cabello. Había muerto y todo apuntaba a un asesinato.

**El lunes Corina se incorporaba al trabajo, por lo que se levantó muy temprano para tenerlo todo preparado antes de irse a trabajar.

—Hoy se sabrán los resultados de la autopsia —dijo David mientras se tomaba el café. Corina le miró mientras untaba su tostada con mantequilla. Su marido tenía muy mala cara y aquel fin de semana había estado muy extraño.

—¿Vas a contarme de una vez por todas lo que te ocurre? —preguntó ella cariñosamente.

—Corina… —En ese momento recordó lo que habló con Fernando, no debía decirle a nadie sobre sus especulaciones acerca de Clara y el asesinato.

—Habla David, no te vuelvas a quedar callado.

—Ya sabes que te conté la reacción de Clara al enterarse de la muerte de su madre. Fue como si le hubiera contado algo normal, algo cotidiano. Más tarde al llegar a comisaría estaba esperándonos, echa un mar de lágrimas y no me gustó su actitud.

—¿Estás insinuando…?

—No insinúo nada, porque no tengo pruebas, si las tuviera lo afirmaría. —Corina miró a su marido con los ojos muy abiertos. No podía creerlo.

—No sé qué decirte. Cuando fui con Alexia a casa de Clara, no nos quiso atender, pero la vimos muy afectada, nos decía que no quería que nosotras fuéramos víctimas como su madre a su costa, que por eso no hablaba con nosotras. No la entendí muy bien, pero quizás se sienta muy culpable de todo lo que ha pasado. Prácticamente han recreado el asesinato principal de su libro con su madre. Han matado a Ana Lucía y ella cree que ha sido por su culpa, por escribir el libro.

—Esa mujer tenía un pasado muy oscuro y vamos a averiguar qué fue lo que pasó. Aún quedan muchos cabos por atar.

—¿Quién ha podido hacer algo así? Alguien ha tenido que leer su libro detenidamente, alguien que supiera que era hija de Ana Lucía y entonces lo planeó todo. Haría el asesinato justamente igual que el de su libro, así la sospecha caería sobre ella.

—Mi sospecha no cayó en ella por esa razón, fue por su actitud.

—Lo sé, pero…

—Mi amor, tengo que irme. Cuando vuelva te contaré todo lo que sepa, aunque sé que algún día me costará mi puesto de trabajo —dijo el chico en tono jocoso mientras cogía su chaqueta.

—¿Adónde vas ahora?

—Fernando recaudó información sobre el local dónde fotografiaron a Ana Lucía y vamos a ir. Está en Écija y queremos que nos digan con quién estuvo esa noche y qué más saben de ella.

—No sabía eso del local —Corina interesada se fue andando detrás de su marido hasta el coche, que estaba aparcado justo en la puerta.

—Sí, es un lugar dónde la gente va a conocer a otras personas para tener sexo e intercambiar parejas.

—¿Crees que Clara sabía algo de eso?

—Lo dudo muchísimo, pero habrá que aclararlo. ¡Suerte en tu primer día de curso!

El chico se montó en el coche y se marchó. Corina se quedó cavilando durante un rato en el jardín sobre todo lo que su marido le había contado. Lo que tenía más que claro era que Clara no tenía nada que ver en el asesinato de su madre y tendría que demostrarlo, pero no quería inmiscuirse en nada. De pronto el llanto de Carmen la sacó de sus pensamientos y al mirar el reloj, tuvo que correr para llegar a tiempo su primer día de trabajo.

**Cuando Fernando y David se bajaron vieron ante ellos un local con fachada oscura y algo sucia. Aquel lugar no les daba buena espina, pero era su trabajo y tenían que entrar.

—Vamos, hay que salir de dudas —le animó Fernando.

—No me gusta nada este sitio.

—Lo sé, pero no nos queda otro remedio. —Llamaron a la puerta pero no le abrió nadie. Parecía estar cerrado. Cuando estaban a punto de abandonar e irse, una mano se posó en el hombro de David.

—¿Buscabais algo? —preguntó una mujer rubia de ojos claros.

—Necesitamos hablar con el encargado del local.

—Puede considerarse que soy yo.

—¿Puede considerarse? —preguntó Fernando.

—Soy Marta León, mi padre es el dueño, pero ha fallecido muy recientemente y aún estamos con el papeleo de la herencia, aunque se puede considerar que yo soy la propietaria.

—Está bien, Marta, entonces hablaremos contigo. —Ella asintió y abrió una puerta contigua al local. Era un pequeño despacho, todo estaba ordenado y limpio y una luz tenue entraba por una ventana situada justamente en el centro.

—Muy bien, cuéntenme a qué han venido. —La mujer se sentó en su butaca y los dos hombres en un sofá. Marta era atractiva, muy atractiva y tuvieron que pensar en otras cosas para no mirarla más de la cuenta.

—¿Conoce a esta mujer? —Fernando se levantó y extendió la foto de Ana Lucía en la mesa.

—Sí, ella viene por aquí muy a menudo.

—Ha muerto, no sé si lo sabe. Todo indica a que ha sido asesinada.

—Oh, no sabía nada, que horror. —Marta hizo un gesto exagerado llevándose las manos a la boca.

—A su hija le llegaron estas fotos justo el día antes de ella morir. Cómo puedes ver está en este local con varias personas practicando sexo.

—Sí, esa es la finalidad de este local. Aquí la gente viene a divertirse y a pasárselo bien, a conocerse y si les apetece, tener sexo.

—Sí, eso ya lo sabemos, pero queremos saber si esa noche ocurrió algo extraño o si conoce a las personas que están con ella.

—Esa foto las tomarían no hace mucho, ya que la vi por aquí. Esa noche una de mis camareras  no se sentía bien, por lo visto tenía gastroenteritis y tuvo que marcharse a casa, por lo que tuve que meterme detrás de la barra a atender a la clientela, puesto que a esas horas nadie estaría disponible para trabajar. Recuerdo que ella llegó al local y se sentó en una de las mesas del fondo, justo unos minutos después llegó esta chica —dijo señalando a la rubia—. Sé que se llama Amanda y que vive a unas calles de aquí. Estuvieron hablando un rato y luego, juntas se fueron hacia un reservado, dónde les estaba esperando un hombre.

—¿Conoce a la chica?

—Bueno, solo sé lo que le he dicho: su nombre y que vive por aquí cerca.

—Está bien, sigue —le indicó David.

—Antes de que ellas entraran en el reservado y unos minutos después de que Ana Lucía llegara al local, un hombre entró detrás de ella. Me asusté porque tenía la cara tapada con un pañuelo, no sé veía nada de sus facciones y pensé que venía a robarnos, pero solo se sentó y me pidió una coca cola.

—¿Qué más recuerda de ese tipo?

—A parte del pañuelo llevaba una gorra, por lo que no sé si era rubio, moreno…

—Prosigue. —Volvió a mandar David, que quería llegar pronto al fondo de la cuestión.

—Cuando ellas dos entraron en el reservado, él se levantó y las siguió. Se quedó en una esquina del local, sin llegar ni tan siquiera acercarse al reservado, puesto que está completamente prohibido si no eres parte de las personas que lo han reservado. Me puse a atender a otros clientes y a los pocos minutos le vi irse como alma que lleva el diablo.

—¿Le vio echar las fotos?

—La verdad es que no, pero estoy segura que fue él. Cuando le llevé el refresco a la mesa, tenía una cámara de fotos junto a su cartera.

—Esta información está siendo muy útil —David escribía todo en una pequeña libreta—. ¿Conoce al chico que acompañó a Ana Lucía y a Amanda aquella noche en el reservado?

—Sí, bueno… —La chica comenzó a tartamudear.

—¿Qué le ocurre?

—No, nada. Mire, sé que muchas personas no entienden esto que les voy a decir, pero él es Carlos, mi marido. —Los chicos se miraron con cara de circunstancias. ¿Qué hacía el marido de ella metido en el reservado con aquellas dos mujeres?—. Nosotros tenemos una relación liberal y a mí no me importa que él disfrute con otras mujeres.

—Todo eso es respetable. —Se limitó a decir Fernando aún aturdido.

—Necesitaríamos que, tanto Amanda como Carlos, hablaran con nosotros.

—Está bien, yo se lo haré saber. ¿De dónde vienen vosotros?

—De Fuente Palmera, allí se encuentra la comisaría en la que trabajamos, pero si no os viene bien, podemos venir nosotros en cualquier momento a hablar con ellos.

—Sí, será lo mejor. Mi marido trabaja en Silillos, es el cartero, pero no tiene mucho tiempo y no creo que pueda llegarse a comisaría y de Amanda solo puedo deciros dónde vive y poco más.

—Está bien. Apúnteme su dirección aquí y mañana como muy tarde vendremos a hablar con ellos.

—Mañana a las cuatro y media le vendría bien a Carlos. —La mujer les miró con sus grandes ojos azules y ellos se intimidaron.

—Está bien, a esa hora estaremos en su casa. ¿Por casualidad no tendrá el número de teléfono de Amanda?

—No, no dispongo de él, pero mañana yo misma les llevaré a su casa.

—Perfecto. —Se estrecharon las manos y los chicos salieron de aquel pequeño despacho y se dirigieron al coche.

—¿Qué te parece? —preguntó David mientras se ponía el cinturón de seguridad.

—Que tenemos que hablar con estas dos personas. Aunque…

—¿Aunque?

—¿Qué opinas sobre el hombre con el rostro tapado y gorra?

—Solo se me ocurre una idea.

—¿Hugo?

—El mismo. Tendremos que hablar con él, aunque sí ha sido él, nos lo negará, pero…

—Tenemos que intentarlo al menos. Primero vamos a hablar con Carlos y Amanda y luego lo haremos con Hugo.

**Cuando Carlos llegó a casa, Marta le estaba esperando mientras se tomaba un whisky. Estaba nerviosa por todo lo que había pasado, ¿Cómo podía estar muerta aquella mujer que tanto frecuentaba su local? Ella misma había pasado buenos ratos con su marido y Ana Lucía y en el fondo le daba mucho miedo lo que había ocurrido. Sabía de la deuda que tenía con Carlos, él le prestó una cantidad de dinero y ella jamás se lo había devuelto y tampoco podía olvidar la discusión que tuvieron aquella misma noche, la noche de las fotos.

—Marta, ¿estás en casa? —Las llaves se escucharon caer en el recipiente que tenían preparado para ello en la entradita de casa.

—Carlos, necesitamos hablar. Las cosas se están poniendo muy negras. —El hombre la miró sin entender nada.

—La policía ha venido esta mañana al local; ya saben lo de Ana Lucía. Hasta su hija han llegado unas fotos comprometidas de ellas en el local, contigo y con Amanda. Quieren hablar contigo y que les cuentes que pasó, al igual que con ella.

—¿Cómo puede ser posible? —El hombre comenzó a tocarse el pelo y a blasfemar.

—Tranquilízate, tú no has hecho nada. —Él la miró con una mirada oscura.

—Tienes razón, no tengo por qué tener miedo.

—¿Sabes algo que yo no sepa? —le preguntó ella mientras le acariciaba la espalda.

—No sé nada más. Solo lo que te conté.

—¿Por qué discutisteis aquella noche? ¿Fue otra vez por el dinero?

—Ya sabes que me debía una gran cantidad y no me la va a devolver, ya no. Su hija no me va a dar ni un duro y me muero de coraje solo de pensarlo. Aquella noche solo le recordé que quería lo que era mío. Es cierto que quizás me pasé, la cosa fue a mayores y…

—¿Y?

—No, nada. Solo fue eso. ¿Cuándo van a hablar conmigo?

—Mañana mismo. A las cuatro y media estarán aquí.

—Esa mujer nos va a dar problemas hasta estando muerta. ¡No la soporto! —Marta lo miró con tristeza.

—Pero en la cama si pasabas ratos buenos con ella —susurró.

—Sí, ese era el único lugar donde ella y yo podíamos estar juntos y sin pelear. He llegado a odiarla, Marta. Y te juro que no estoy siendo un exagerado. Cuando tú prestas algo con buena fe y pasa el tiempo y no se preocupan en devolvértelo, al final la paciencia se agota.

—Tranquilo, olvídate de esa deuda. Ya no la vamos a cobrar. Intentaremos vivir como hasta ahora.

—Lo intentaremos, Marta. Lo intentaremos.

**Corina estaba en el patio del colegio. Sus niños seguían tan guapos como siempre y ella estaba feliz de poder estar otro año más junto a ellos. Luis se abrazó a la pierna de su madre y ella acarició su cabeza, luego el niño se marchó.

—¡Corina! —Un grito la hizo mirar hacia la verja del colegio.

—¡Clara, qué estás haciendo aquí! —La chica estaba en pijama, con el pelo revuelto y los ojos extremadamente abiertos.

—¡Me han estado persiguiendo! —Corina abrió la verja y ella entró rápidamente. Ambas se sentaron en las escaleras principales del colegio y Corina la cogió de la mano.

—Cuéntame que te ha pasado —le pidió con tranquilidad, mientras las dos se sentaban.

—Yo estaba en casa, no quería salir porque no quiero relacionarme con nadie y que les pase nada como a mi madre. —La chica comenzó a llorar y Corina miró a su alrededor cerciorándose que los niños estaban jugando y tranquilos—. Esta mañana cuando me desperté, decidí ir a tirar la basura y cuando llegué lo encontré todo revuelto. ¡Alguien ha entrado en mi casa! No pude ver mucho, solo sé que era un hombre. Con el rostro cubierto con un pañuelo negro y también tenía una gorra. Cuando se percató de que le había visto comenzó a correr detrás de mí, yo subí las escaleras y me fui escabullendo en las habitaciones y cuando él estuvo lo suficientemente lejos, volví a bajarlas y me refugié en la cocina. Entonces le vi salir por la puerta.

—Clara, ¿sabes de quién se trata? —preguntó Corina en un susurró de voz. Miró a su alrededor por si veía a alguien, pero solo estaban los pequeños.

—A los pocos minutos cuando salí, volví a encontrarme una sombra en el porche del chalet. Miré hacia el suelo y allí estaba tirado el pañuelo que el hombre llevaba en la cabeza y la gorra. Sentí un ruido a mi izquierda. No quería mirar, pero él estaba allí, mirándome impasible.

—¿Quién? —Corina estaba impaciente.

—¡Hugo!

—¿Hugo es quién encontró a tu madre? —La mente de la chica iba a marchas forzadas, su marido le había contado todo, pero estaba nerviosa y le costaba recordar.

—Sí, el mismo. —Clara seguía llorando sin parar.

—¿Te dijo algo?

—Le pregunté que qué hacía allí y me dijo que solo quería saber cómo estaba. Luego afirmé que aquello era suyo, pero me lo negó, me dijo que acababa de llegar al chalet, pero no me lo creo. Además, ¿qué hace él haciéndome visitas a mí? El otro día le dejé bien claro que no quería se me acercara.

—Quizás sea verdad lo que te dijo…

—¡No! Él ha sido el culpable de todo y no entiendo por qué. —Otros profesores, al escuchar los gritos, salieron a donde estaban ellas.

—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó el director. Un hombre mayor y muy amable.

—Luciano, ella es Clara Cabello, su madre murió hace poco y está muy nerviosa porque afirma que alguien ha entrado en su casa y la ha perseguido.

—Muchacha, tienes que llamar a la policía —le aconsejó él.

—Ahora mismo lo haré, no se preocupe.

—Si quieres puedo llamar yo a David y enterarle de todo. Tú estás muy nerviosa.

—Está bien, gracias. —Corina cogió su bolso y sacó el móvil y un pañuelo para que Clara se limpiara las lágrimas. Luego marcó el número de su marido y espero a qué descolgara el teléfono.