ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 13

TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

**Ana Lucía se encontraba cabizbaja. Marcos sabía algo. Estaba más que convencida. Desde que se mudó a vivir con él, todo había ido bien, pero hacía varios días que apenas le hablaba y se mostraba muy frio con ella. ¿Qué le estaba pasando? Se sentía sola, muy sola. Solo quería tener a su hija con ella. Decidió que lo dejaría todo de nuevo. Haría lo mismo que hizo con Emilio, pero del revés. Abandonaría su casa e intentaría comenzar una nueva vida al lado de Emilio y su pequeña hija.

Aún era muy temprano. Apenas las seis de la mañana cuando se acercó a la cama y besó la cabeza de su marido, de Marcos. Él no sabía dónde se iba, pero en cuanto se despertara lo sabría. No quiso mirar más allá de él, por lo que cerró la puerta a su espalda, encendió el coche y se marchó.

Todo el camino fue pensando en lo mala persona que era. Dejó a Emilio y a su niña en casa para comenzar una vida con Marcos, el hombre perfecto. Era guapo, atractivo, médico y tenía mucho dinero. Ahora nada de eso importaba, su frialdad era increíble y ya sentía que no le quería lo suficiente como para seguir a su lado. Ya nada era relevante en su vida en aquel pequeño pueblo, sabía que se convertía en la peor mujer del mundo, pero se marcharía para encontrar de nuevo el amor al lado de Emilio, abandonando, como hizo hacía más de  un año, a su antigua familia.

Aparcó el coche cerca de la pequeña casita del hombre y notó como el aire fresco de la mañana le daba en la cara. Era refrescante y le hacía sentir bien. Seguro que si hablaban podrían llegar a arreglar las cosas. Él la quería y de eso estaba completamente segura. Se bajó del vehículo y llamó tímidamente a la casa. Nadie abrió. Miró el reloj: Las nueve de la mañana. ¿Dónde estarían tan temprano él y la niña?

Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Se acercó a la ventana e intentó mirar en el interior de la vivienda, pero allí no había nadie. Todo estaba en silencio y una gran oscuridad inundaba la estancia.

            —¿A quién buscas? —preguntaron a su espalda.

            —A Emilio, ¿sabes dónde está? —Se dio la vuelta y pudo ver a un anciano que lo miraba con una mirada extraña.

            —Vaya, tu eres Linda —dijo él al reconocerla—. ¿Dónde te has metido todo este tiempo?

            —Trabajo —se limitó a decir ella.

            —Chica, ¿en serio vienes buscando a Emilia y a su hija?

            —Sí, los estoy buscando.

            —Creo que es un poco tarde… —se lamentó el hombre mirando al suelo.

            —¿Tarde? ¿Qué ha pasado? —preguntó ella nerviosa mientras se acercaba al anciano.

            —Hace una semana hubo una gran tormenta…

            —¿Y qué pasó? ¡Habla, maldita sea! —gritó Ana Lucía.

            —Lo pilló faenando y llevaba a su hija con él.

            —¿Cómo? ¡Dime que están bien! —La mujer cogió al hombre del brazo, incluso llegándole a hacer daño con la fuerza que ejercía.

            —El barco apareció, pero ellos no. Se los tragó el mar.

            —¡No! —Volvió a gritar mientras se tiraba del pelo y caía al suelo llorando.

            —Lo siento mucho, muchacha. La tormenta fue brutal y no pudieron volver.

            —¡Eso no puede ser verdad! Mi hija era muy pequeña, ¿Por qué se la llevó?

            —Chica, no me hagas hablar. Todos aquí en el pueblo sabemos que lo abandonaste con un bebé, así que ahora no vengas pidiendo explicaciones. Él no tenía con quién dejar a su hija, por lo que si quería comer diariamente, se la tenía que llevar a faenar. Ese día el cielo nos gritaba que iba a haber una gran tormenta, pero él pareció no percatarse de ello. Se marcharon muy temprano, cuando los más mayores nos asomamos, su barco ya no estaba. A las cinco de la tarde, ya estaba casi de noche y seguían sin volver, por lo que nos comenzamos a preocupar. Esa misma noche, los más jóvenes salieron a buscarlos con sus barcos, todos conocían a Emilio y sabían que le había pasado algo, él tenía un gran dominio en su profesión y sabía cómo actuar, pero la tormenta fue tan brutal que no encontraron más que un barco a la deriva.

            —Esto tiene que ser una pesadilla. Mi pequeña, mi niña bonita… —lloriqueaba la mujer.

            —Lo siento mucho, pero aun así no me duelen sus lágrimas. Usted los abandonó y en parte es culpa suya lo que ha ocurrido. Él tenía que darle de comer a esa pequeña diariamente y esa era su única preocupación. Usted no pensó jamás en eso. Encima tenía que salir a faenar con la niña, cosa que agravaba más la situación.

            —Lo sé… —La mujer se sentó en el suelo, al lado del coche, mientras las lágrimas le recorrían la cara.

            —El pueblo está muy afectado. La misma noche que encontramos el barco, hicimos una capilla ardiente en la iglesia. Fue algo simbólico.

            —No…

            —Se declararon tres días de luto. Emilio y su hija eran muy queridos en este pueblo y más a sabiendas de la vida que le había tocado vivir, después de que una mujer como tú le hubiera hecho lo que le hizo.

            —Yo no quería… —La mujer se arañaba los brazos de la impotencia. ¿Por qué había tenido que dejarlos? ¿Por qué tuvo que aceptar ese trabajo y conocer a Marcos?

            —No creo que te sea difícil olvidarlos, ya una vez lo hiciste, por lo que ahora no te costará ningún trabajo.

            —¡No digas eso! Yo los quería…

            —Los abandonaste.

            —¡Cállate!

            —Te dejo sola para que llores lo que tu corazón hubiera podido llegar a sentir por esos seres a los que abandonaste.

El hombre se alejó y ella se quedó mirando aquella pequeña cabaña. Allí había vivido momentos buenísimos, que ya había pasado a un pasado, porque aquellas personas habían muerto. Su querido Emilio y su pequeña ya no existían. En ese momento recordó la última vez que miró a su hija, y lloró. Lloró por la impotencia de no haberla disfrutado más y de no haberse ocupado de ella como una madre.

Los pensamientos la abrumaban. Allí estaba el coche de Emilio, justo en la puerta y la casa solitaria. A saber cuándo se volvería abrir aquella cabaña o cuándo volverían a conducir aquel coche. Entonces miró hacia el puerto, justo a unos  metros de ella, y vio el barco. Estaba lleno de flores y pancartas de apoyo a los fallecidos. ¡No había derecho a que una desgracia así hubiera ocurrido!

**Alexia estaba en casa preparando algo para la cena. Llevaba todo el día con el cuerpo revuelto por la noticia que le había dado aquella misma mañana a la familia de David. Aquella chica se veía tan llena de vida, que le dolía en el alma haberle tenido que confesar algo tan desagradable.

—Mami, tita Érika está al teléfono —le informó Daniela mientras entraba con el inalámbrico en la mano.

—Gracias, cariño. Ve a jugar con tu hermana hasta que os llame para cenar. —Alexia acarició aquella cabeza rubia de su niña y sonrió.

—¿Hola?

—¡Alexia! —gritó Érika al otro lado de la línea.

—¿Pasa algo? —preguntó ella asustada por el grito que había pegado su hermana.

—No, solo quería preguntarte por mi hermano Alejandro. ¿Es verdad que está con una chica? —Alexia sonrió y se rascó la frente. Su hermana no cambiaría nunca.

—Sí, es verdad.

—¡Quiero saberlo todo!

—Se llama Paula y la conoció en la fiesta de cumpleaños de unos amigos. Ella fue invitada por Corina y a él lo llevé yo; acababa de llegar y creí que lo mejor sería que saliera para que le diera el aire.

—¡Oh, dios mío! No me lo creo.

—Pues créetelo, está como un chavalín de quice años. ¡Enamoradito!

—¿Pero cuánto tiempo llevan juntos? —Érika se recostó sobre el sofá de su casa y miró al techo con los ojos llenos de ilusión por lo que su hermana le estaba contando.

—Algo más de dos meses, pero está siendo algo intenso. Se ven diariamente y ya no pueden pasar el uno sin el otro.

—Qué bonito…

—¿Quién te lo ha contado? Porque Alejandro no quería que se supiera nada hasta que él mismo decidiera contároslo. —La chica se levantó y miró la sopa, que ya estaba prácticamente hecha.

—Me lo ha contado un pajarito —dijo ella pícaramente.

—Ya, un pajarito moreno de ojos oscuros, ¿Verdad? —se carcajeó al pensar en su tía Mónica, la madre de Alejandro.

—¡Cómo lo sabes! Ella está loca de contenta. Ayer estuve en casa de tu abuela Claudia. Fui a visitarla, que por cierto, está como una rosa, y tu tía estaba allí y empezamos a hablar y me lo contó todo.

—Mi tía no va a cambiar jamás. —Las dos sonrieron.

—Oye, pronto tendremos que vernos. —La chica se levantó y fue al cuarto de juegos donde el torbellino de su hijo Daniel no dejaba de tocar la flauta—. ¡Daniel, que está Javier estudiando! —Alexia no pudo hacer otra cosa que sonreír.

—¡Érika, este niño no se calla ni debajo de agua! Mañana tengo un examen, que lo sepas —replicó Javier que salió de su cuarto. Érika sonrió y le pasó el teléfono a su hermano.

—¿Hola?

—¡Javier! —gritó Alexia al escuchar a su hermano pequeño. Él era fruto de la relación entre la madre de Érika y su padre. Ellas dos no eran hermanas biológicas pero se querían como si lo fueran. Por cosas del destino, Alejandro resultó ser hermano por parte de padre de Érika y primo de sangre de Alexia, ya sus madres eran hermanas—. ¿Cómo estás?

—Hola guapísima. Bien, algo liado con los exámenes y amargado con Daniel, que mientras más años cumple, más revoltoso es.

—Tengo muchas ganas de verte –susurró melancólica al pensar que finalmente se quedó al cuidado de Érika cuando sus padres murieron. Ella quería cuidarle pero Érika se sentía tan mal por el trato que le había dado toda la vida que quiso enmendar sus errores y mimarlo. Desde aquel momento se convirtieron en madre e hijo y se querían como si realmente lo fueran.

—Y yo, a ver si algún día venís. A ti tengo muchas ganas de verte, pero a mis gemelas más.

—¡Oye! —Los dos se carcajearon—. Ahora va a estar difícil puesto que tenemos mucho trabajo, tanto Mario como yo, pero siempre podríais venir vosotros.

—¿De verdad?

—¡Claro! Mi casa es grande y tengo alguna habitación vacía y creo que Alejandro pronto se va a alquilar algo por aquí cerca, por lo que podríamos repartirnos.

—¡Háblalo con Érika! Yo me muero por ganas de ir. A ver si tengo tanta suerte como Alejandro y encuentro una chica guapa.

—Vaya con mi hermanito, parece que ya no eres tan pequeño.

—¡Voy a cumplir dieciséis años en breve!

—Es verdad, perdón.

—Te dejo que tengo que estudiar. Hablamos pronto, preciosa. —Y el chico le pasó el teléfono a su hermana.

—Qué guapo está, Alexia. No te lo puedes imaginar.

—Quiere venir al pueblo, ¿por qué no nos hacéis una visita?

—Lo hablaré con Leo, a nosotros nos encantaría. —Aplaudió la chica.

—Pues háblalo pronto porque estoy deseando de veros. Ahora tengo que dejarte, mis niñas se mueren de hambre.

—Dales un besito de mi parte.

—Lo haré y tú dale otro a ese torbellino de Daniel.

Cuando colgó el teléfono, Alexia llamó a su familia y todos se rodearon alrededor de la mesa. Estaba loca de contenta de saber que su hermana estaba barajando la posibilidad de ir a verlos. Ojalá su tía Mónica, la madre de Alejandro, y Alfonso, su padrastro, se animaran también, aunque sabía que su abuela ya estaba más mayor para hacer ese viaje tan largo, pero por ver a su nieta, sabía que lo haría.

**Cuando Alejandro se bajó del coche, Paula ya le había tapado los ojos con su pañuelo.

—Es una sorpresa. ¡Estate quieto! —Sonrió ella.

—No puedo, cariño. No veo nada.

—En eso consiste la cosa. Aquí hay un escalón. —El chico subió y un silencio llenó la estancia.

—¿Paula?

—Ya estamos llegando no te desesperes. —La chica comenzó a andar por un largo pasillo, hasta llegar a una puerta. La abrió y ambos entraron.

—¿Puedo abrir los ojos ya?

—No, espérate un momento. —Paula se separó de él, pero al momento se acercó rápidamente.

—Ya puedes abrirlos. —El chico se quitó el pañuelo que le cubría los ojos y entonces vio una bonita habitación. Una luz tenue llenaba la estancia y una música comenzó a sonar por algún lado de aquel maravilloso lugar.

—Paula… —susurró él.

—No hables, no digas nada. Siempre me has dicho que nunca propiciarías una situación que pudiera hacerme sentir incómoda y ahora he sido yo la que te he traído aquí. Porque quiero estar contigo, porque me gustas mucho, porque te quiero. —El chico suspiró y la cogió por la cintura.

—Me has sorprendido mucho. Le mordió suavemente la oreja.

—Mira ahí, en ese rincón nos han preparado una mesa con una cena estupenda.

—¿En serio? —Sonrió él mientras se retiraba de ella para mirar al lugar dónde le había  indicado. En un rincón, había una íntima mesa, con varios platos—. Esto tiene muy buena pinta.

—Eso tiene buena pinta y la noche también —susurró ella mientras se acercaba para besarle.

—¿Tienes hambre? —preguntó él.

—Ahora mismo no, creo que podré esperar un poco. —Ella rozó su nariz con la de él.

—Paula, me vas a volver loco…

—Eso quiero —se sinceró ella.

—¿Por qué has hecho todo esto? —le preguntaba mientras la besaba.

—Te lo acabo de explicar. Me encantas y quiero estar contigo. Quería transmitirme que no me sentía incómoda. Alejandro, me temo que estoy muy enamorada de ti.

—Paula, Paula…

—Dime…

—No creía que volviera a decir esto en mi vida, pero yo también te quiero.

—¿Mucho o poco? —ronroneó ella.

—Más de lo que jamás me imaginé. Estoy enamoradísimo de ti.

—Me gusta escuchar eso. —Alejandro la acercó a la cama y la sentó en el borde.

—¿Hasta cuándo tenemos esta maravillosa habitación?

—Hasta mañana a las doce.

—Has hecho bien en traerme a Córdoba. Aquí estaremos más tranquilos…

—No quiero cenar, Alejandro. Quiero estar contigo… —le dijo ella mientras sus ojos se clavaban en los de él.

—Está bien, mi amor. No hay nada que desee más en la vida.

El chico la echó sobre el colchón mientras comenzaba a besarla suavemente. Los besos comenzaron a descender por el cuello de la chica, hasta llegar a su vientre. Aquella noche prometía y estaban dispuestos a disfrutarla al máximo.

**Clara seguía metida en casa. Se acababa de dar una ducha y lo que más le apetecía en ese momento era ponerse lo primero que pillara en el armario y salir de casa a tomarse una copa o a cenar. Pero ¿sola? Miró su agenda telefónica y no encontró a nadie a quien llamar. Corina y David estarían en casa con los niños. Andrea y Fernando estaría cuidando de Aurora y Paula estaría con Alejandro. ¡Era imposible, no tenía a nadie con quien salir! Así que se dio por vencida. Jamás en la vida pensó que llegaría a sentirse tan sola siendo tan joven. Se acercó a la cocina para prepararse algo para cenar y metió una pequeña pizza en el microondas. Lo cronometró para tres minutos y se dirigió al salón para recoger una taza en la que esa misma tarde se había tomado el café. Cuando volvió a la cocina, la metió en el fregadero y miró hacia la ventana. Le había parecido ver algo, pero quizás fuera fruto de su imaginación. Una farola iluminaba el ambiente, se acercó para echar hacia abajo la persiana y miró hacia el exterior. En ese momento sonó el teléfono. Le habían mandado un mensaje. Miró hacia la mesita, dónde tenía el móvil y volvió a mirar hacia la ventana. Un grito inundó la estancia. ¡¿Quién era aquella persona?! Un encapuchado la estaba observando. Clara no podía dejar de gritar, se había quedado bloqueada, no podía echar la persiana hacia abajo. No podía verle el rostro, solo la capucha negra.

—¿Quién eres? —gritó como una posesa. En ese momento el encapuchado se volvió y se llevó un dedo a la boca en señal de silencio. Clara atinó a echar la persiana y luego miró que todos los cerrojos de la casa estuvieran echados.

Con el pulso aún acelerado, cogió el teléfono fijo de su casa y marcó el número de Corina.

—¿Sí? —contestó David que acababa de salir de la ducha.

—¿David? —preguntó ella en un grito.

—¿Clara?

—¡Una persona encapuchada me ha estado mirando por la ventana de mi cocina!                —gritó la chica fuera de sí y muerta de miedo.

—Tranquila, no sabemos de quién se trata, pero creemos que no quiere hacer daño.

—¿Cómo sabes eso?

—Esta misma mañana lo vimos en comisaría, estaba en las inmediaciones, pero cuando salí ya no había nadie. Además, ha estado vigilándonos a Fernando y a mí. Nos ha mandado una nota, y ponía que no quería hacernos daño, simplemente quería vigilarnos porque tiene una información muy valiosa y está buscando el momento oportuno para confesarlo.

—Dios mío… —susurró ella.

—Sabe algo sobre el asesinato de tu madre, no me cabe la menor duda.

—¿Tenéis algo más? Yo necesito saber algo.

—Clara, esta investigación llegó un punto que la tuvimos que tornar secreta. Entiendo que seas familiar, la hija de la persona asesinada y te prometo que pronto sabrás algo. Solo te diré que hemos encontrado información valiosa y que estamos estudiándolo pacientemente para no dar ningún paso en falso.

—Yo no puedo vivir con esta incertidumbre.

—Tienes que hacerlo, mañana mismo vamos a hacer algo de vital importancia. Te prometo que pronto sabrás más cosas.

—Está bien, no te voy a presionar. En cuanto puedas me llamas. Intentaré estar tranquila, aunque lo dudo.

—Tienes que estarlo. Esa persona, quienquiera que sea, no puede olernos el miedo, sino sí que nos podría hacer daño.

—Lo sé… —se sinceró ella mientras se terminaba la pizza.

—Yo te llamo. Hasta pronto.

Cuando la conexión se cortó, Corina entró en la habitación y lo abrazó. Esa misma tarde había estado hablando sobre la persona encapuchada y ella se moría de miedo, pero estar junto a él hacía que disminuyera el temor que sentía.

—Ten mucho cuidado mañana.

—Lo tendré, no tienes que temer por nada —susurró mientras besaba la cabeza de su mujer.

 

 

 

 

**Al día siguiente, David y Fernando salieron muy temprano en dirección a casa de Emilio Ibáñez. David tenía  un mal presentimiento, allí no encontrarían nada.

—¿Por qué tan callado? —le preguntó Fernando mientras lo miraba de reojo.

—Sé que vamos a hacer este viaje para nada, esta mañana me he levantado con un mal presentimiento.

—Eso nunca lo sabremos si no vamos. Por cierto, ayer quedaste en contarme algo, y te juré que no te daría un minuto más. —David sonrió levemente.

—Creo que sé quién es Rebeca —dijo él de pronto.

—¿Rebeca?

—La hermana de Ana Lucía. Ella es la persona encapuchada.

—¡Por dios, David! ¿De dónde sacas eso? —El chico hizo un mal gesto con el volante.

—Cuidado —le advirtió David—. Ayer vi a la persona encapuchada en la puerta de comisaría cuando estábamos en mi despacho. Tú llamaste a Paula para advertirse sobre la seguridad de Aurora y entonces yo salí. Fernando, no he tardado más de unos segundos en llegar a la puerta y a la única persona que me encuentro es a Antonia. Que misteriosamente, trae una carta en su mano dirigida a nosotros.

—Pero…

—No, yo estoy seguro. Llevo unos días pensando en qué pasó con la hermana de Ana Lucía y juraría por dios que se trata de Antonia, ella es la persona que tiene información para darnos.

—Pero yo no creo que coincidan en edad.

—Eso ya está todo mirado. Antonia tiene cincuenta años. Ana Lucía, en el momento de su muerte, tenía cincuenta y ocho años. Por lo que su hermana Rebeca, ocho años menor que ella, tendría la misma edad de Antonia, cincuenta.

—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? Es una acusación muy grave para decirla sin pruebas.

—Yo solo te cuento lo que vi y lo que he intuido. No te contaría esto si no tuviera un mínimo de seguridad en mis palabras.

—Está bien, indagaremos más sobre eso.

—Antonia ha estado vigilándonos y a Clara también. Ella me llamó anoche, había visto a la persona encapuchada justo en la ventana de su cocina, observándola a través de ella.

—No me puedo imaginar a Antonia así, pero no dudo de tu trabajo, por lo que intentaremos investigar sobre eso.

—Ella es Rebeca, no me cabe la menor duda.

Llegaron a la dirección indicada después de varias horas de camino. Allí solo estaba el puerto cerca y una serie de cabañas.

—Es el número cinco —le informó Fernando mientras miraba unos papeles.  Los chicos bajaron una pequeña rampa de madera que llevaba hasta la arena de la playa, dónde comenzaban las cabañas.

—Esto está prácticamente desierto, seguramente no viva nadie aquí ya.

—¿Tú crees? —El chico llamó a la puerta de la cabaña indicada. Todo estaba lleno de mugre, olvidada por el tiempo. Estaba claro que allí no vivía nadie y que llevaba deshabitada muchísimos años.

—Aquí no nos va a abrir nadie —suspiró David. Entonces divisaron como dos cabañas más adelante el movimiento de una mujer tendiendo la ropa en el pequeño porche que tenían las cabañas en la parte delantera. David le hizo un gesto a Fernando y los dos se dirigieron hasta allí.

—Buenos días. —La mujer, ya mayor, los miró con sus grandes ojos azules. Asustada.

—¿Qué quieren de mí? —se limitó a preguntar.

—Solo queremos saber qué fue del hombre que vivía dos cabañas más allá. —David señaló hacia la misma.

—No sé de qué me están hablando.

—¿Conoce a Emilio Ibáñez?

—Oh, Emilio… —sollozó la mujer.

—¿Lo conoce?

—Lo conocía. —En ese momento los dos se llevaron los dedos a las sienes. Emilio ya no estaba para poder contar algo sobre la vida de “Linda”

—¿Podemos pasar para que nos cuente algo más?

—No, creo que aquí estamos bien. —La mujer le indicó dos sillas que había junto a una mecedora y los tres tomaron asiento en aquel estrecho porche.

—¿Cómo se llama usted? —le preguntó Fernando mientras apuntaba.

—Soy Manuela, aun así no quiero que mi nombre conste en ningún lugar.

—Está bien. —El chico soltó el bolígrafo.

—Ahora sí, cuéntenos que pasó con Emilio.

—Su barco naufragó hace muchos años y murieron —dijo la mujer mientras se tocaba su blanco y estropajoso pelo.

—¿Murieron?

—Sí, él y su hija.

—¿Su hija? —preguntaron extrañados.

—Ese hombre había sufrido mucho. La mujer con la que vivía lo dejó con una niña pequeña, aún era un bebé y se tuvo que preocupar por sacarla adelante solo. No contaba absolutamente con nadie. De vez en cuando nos dejaba a la niña con las vecinas, pero nosotras teníamos nuestros trabajos y quehaceres y no podíamos hacernos cargo de ella, por lo que normalmente, la niña salía a faenar con él diariamente.

—¿Qué edad tenía esa niña?

—Dos años más o menos. Cuando se dio el naufragio tenía sobre esa edad. Fue una gran conmoción para el pueblo, porque él era muy querido y su niña también. Era un ángel y los queríamos, pero ese día hubo una gran tormenta y en vista de que no volvían, salieron a buscarlos. Entonces encontraron el barco a la deriva y entendieron que la vida de aquel luchador y de su pequeña había finalizado.

—Vaya por dios…. —susurró Fernando.

—¿Quién era la madre de esa niña? —preguntó David.

—El tiempo que vivió aquí, a mi jamás me gustó y cuando me enteré que los había abandonado para irse lejos de aquí con otro hombre, me hirvió la sangre, por eso entre todos intentamos ayudar a aquel pobre hombre en todo lo que pudimos.

—¿Es esta mujer? —Le acercaron la foto de Ana Lucía.

—Sí, es ella. Jamás olvidaría esa mirada y mucho menos sus ojos. —La mujer retiró rápidamente la foto.

—¿Llegó a enterarse de lo ocurrido?

—Claro que sí, justo una semana después del naufragio, cuando el pueblo ya había pasado los tres días de luto oficial por la muerte de nuestros vecinos, ella vino a buscarlos, pero no sabía nada. Otro vecino, que en paz descanse, le contó toda la verdad, yo estaba mirando por la ventana de mi cabaña. Pareció no tomárselo nada bien, estuvo un rato tirada en el suelo llorando, pero se marchó.

—Ana Lucía perdió a una hija…

—Clara no tiene ni idea de esto, es algo impensable para ella.

—Me imagino, su madre llevó una doble vida. Dos relaciones al  mismo tiempo, con dos hijas casi de la misma edad.

—¿Y el aborto que ponía en los informes?

—Me imagino que sería después de tener a Clara. La hija que sale reflejada en los datos de su vida es Clara, y el aborto sería uno posterior. Su primera hija es como si nunca hubiera existido.

—Pobre niña, morir con apenas dos años de edad y habiéndola abandonado su madre.

—Es horrible —dijo David.

—¿Veis ese barco? —La mujer señaló un viejo barco anclado en la playa—. Ese es con el que Emilio y su hija naufragaron. Ya hace muchos años que nadie le lleva flores, pero hasta entonces, de vez en cuando alguien le llevaba algunas para que su presencia jamás se borrara de nuestros corazones.

—Eso es muy bonito.

—Fue algo muy fuerte para el pueblo, ya que Emilio era un hombre muy querido y trabajador. Cuando sus compañeros de faena sintieron su ausencia, se sintieron solos, vacíos…

—Lo entendemos.

—Yo creo que ya no puedo contaros nada más, eso es todo lo que sé.

—Está bien, le agradecemos mucho su confianza para contarnos una historia tan terrible.

Los hombres se despidieron de aquella anciana y se dirigieron hacia el barco. Estaba viejo y repleto de flores secas por los años.

—Esto era lo último que me esperaba —se sinceró David mientras miraba hacia el mar.

—Ahora tenemos nueva información. Clara tenía una hermana, una hermana mayor de la que siquiera sabe su existencia.

—No podemos callar esto por mucho tiempo más, la citaré en comisaría para que se entere de todo esto.

—Está bien, como tú veas.

Ambos se dirigieron al coche y pusieron rumbo al pueblo. Creían que llevarían más información y que habrían conocido a Emilio, pero aquel hombre estaba muerto desde hacía muchos años, al igual que su hija. Tendrían que comenzar a investigar por otros lados. Además, de pensar en el tema de Rebeca.

**Ya había entrado la tarde, hacía un ambiente cálido y todas sonreían. El parque estaba abarrotado de gente.

—Que buen día hace —dijo Andrea mientras colocaba bien la mantita de su niña. Paula estaba sentada a su lado, con una sonrisa perenne en la cara.

—Hace un día muy soleado y bueno, pero creo que para unas más que para otras.          —Clara aplaudió mientras miraba a Paula. No le había contado nada pero sabía por su expresión que algo había pasado con Alejandro.

—Queremos saberlo todo —gritó Corina mientras se sentaba a su lado en el banco. La chica se sonrojó.

—No pasó nada —mintió.

—Paula, ya eres de la familia, estás cosas me las tienes que contar y más sabiendo que yo te estoy ayudando mucho con mi primo. Os dejo intimidad… —comenzó a decir Alexia mientras miraba que las gemelas y los hijos de Corina jugaban alegremente en la zona habilitada para ello.

—¡Alexia! —Todas sonrieron.

—Paula, cuéntanoslo. —Se empeñó Clara. Andrea no perdía de vista a la que se había convertido en su amiga.

—Bueno, como sabéis ya llevamos varios meses juntos y él jamás me ha insinuado nada referente, ya sabéis, al sexo… —Paula se sonrojó y miró al suelo. Todas las demás la miraban con expectación.

—¡Ve al grano! —Andrea la miró nerviosa.

—Siempre me dijo que dejaría a que yo diera el primer paso y así fue. La otra noche, pillé un hotel en el centro de Córdoba, le preparé una cena muy especial y…

—¿Y? —gritaron todas al unísono.

—Pasó.

—¿Qué pasó?

—Hicimos el amor.

—Oh… —Todas volvieron a aplaudir.

—No sabes cómo me alegro. —Alexia la cogió de la mano y se la acarició.

—¿Una vez nada más? —preguntó Clara, que era la más descarada de todas en esos temas.

—Pues no, varias. —Todas se carcajearon.

—Vaya con mi primo, no conocía yo esa faceta de él. —Alexia volvió a mirar hacia donde los niños jugaban. Todo pasó de una manera rápida. Lo único que pudo ver fue a Corina correr hacia la salida del parque y cuando se percató de lo que pasaba, ella corrió detrás. Todas se pusieron en alerta. Alguien con una capucha negra corría con Carmen en brazos. Los gritos de Luis habían alertado a las mujeres.

—¡Suéltala! —gritaba Corina mientras corría detrás de aquella figura y veía como la cara de su hija pequeña se desfiguraba por el llanto.

—¡Vamos, entre las dos, lo alcanzaremos!

—¡Está muy lejos! —le gritó Corina a Alexia. Siguieron corriendo. La persona encapuchada miró hacia atrás y al verlas tan cerca, soltó a la niña en una esquina y corrió por una cuesta que lo llevaría hasta el campo de futbol del pueblo. Lo perdieron de vista rápidamente y no volvieron a verle más.

—¿Estás bien, reina? —le preguntó Corina a la niña mientras la cogía en brazos y lloraba a la par de ella.

—Oh, dios mío que susto… —suspiró Alexia. Detrás llegaron Clara y Paula.

—¿Pero qué ha pasado? —gritó la primera.

—¡Alguien ha intentado llevarse a mi niña!

—Estaba encapuchado —alegó Paula.

—Sí, no he pasado más miedo en mi vida. —Corina se levantó con su hija en brazos y se dirigieron al parque, donde Andrea vigilaba a los demás niños. Luis estaba llorando en los brazos de la misma.

—Ya está no llores que la hermanita está bien. —Lo tranquilizó su madre.

—Mami… —El niño se aferró al cuello de Corina.

—¿Tú has podido ver algo? —Le preguntó mientras le retiraba el flequillo de la cara.

—Mami… —Seguía llorando. Estaba bloqueado y pensó que sería mejor no presionarlo más. En ese momento llegó Daniela de la mano de Julia y se acercaron a Alexia.

—Mamá, nosotras si hemos visto a esa persona. —Todas centraron su atención en aquel par de niñas.

—¿Qué habéis visto? —preguntó Corina nerviosa.

—Solo hemos visto que es una mujer.

—¿Una mujer? ¿Cómo lo sabéis?

—Le hemos visto la cara y sabemos que era una mujer.

—¿Qué recordáis de ella? Tenéis que decir algo más. —Alexia se puso de rodilla delante de sus niñas.

—Yo recuerdo que tenía los labios de color, solo me he fijado en eso.

—¿Has visto si era mayor o joven?

—No, mamá. Solo hemos visto que tenía los labios rojos.

—Está bien, al menos sabemos que es una mujer —suspiró Corina.

—Creo que deberíamos irnos de aquí —apuntó Andrea con Aurora en brazos.

—Toda la gente se ha esfumado. —Clara miró a su alrededor, el parque se había quedado completamente vacío.

—¿Ni siquiera han preguntado qué ha pasado? —preguntó Paula.

—Ya conocerás la mecánica aquí, tranquila.

Todas se dirigieron a casa de Corina, dónde la dejaron con sus niñas y luego cada una se volvió a su casa. Cuando David llegó a casa, eran más de las nueve de la noche, llevaban horas en comisaría intentando de averiguar algo más, pero solo dieron con la declaración de fallecimiento de Emilio y su hija.

—David, tenemos que hablar —dijo Corina muy seria mientras se tomaba un vaso de vino sentada en el salón, con una luz tenue.

—¿Qué ha pasado? —Él se alertó del tono de voz de su mujer.

—No te asustes, pero hoy hemos vuelto a ver a la persona encapuchada. —David se puso completamente rígido—. Ha intentado llevarse a Carmen.

—¿Qué dices? —gritó.

—No grites, por fin he conseguido que se duerman. —Corina se levantó y lo abrazó.

—Dime que mi hija está bien.

—Sí, tranquilo. Está dormidita en su habitación.

—Cuéntame que ha pasado. —Ambos se sentaron en el sofá y Corina le contó todo con lujo de detalles.

—Creo que sé quién es.

—¿Cómo? —preguntó ella incrédula.

—Rebeca, la hermana de Ana Lucía.

—¿Ha aparecido? —Se incorporó de un salto en el sofá.

—No, pero tengo sospechas de saber quién es. —David le contó todo lo que ocurrió aquella mañana que vio a la persona encapuchada en comisaría y todo lo que pensaba sobre Antonia.

—¿Antonia? David, ¿tienes alguna clase de prueba?

—No, no la tengo. Fernando me dice lo mismo, pero estoy seguro.

—¡Por dios, esa mujer es como vuestra madre, en la vida os haría daño! —gritó ella.

—Tenemos que hacer algo para capturarla, pero ya no sé qué más pensar. ¡Estoy totalmente bloqueado! —El chico se llevó las manos al pelo.

—¿Qué ha pasado hoy en Cádiz? —David levantó la vista y le contó todo lo que Manuela, aquella anciana le había contado sobre la vida de Emilio y su niña.

—Y eso es todo…

—David, no me lo puedo creer…

—Pues créetelo. Ana Lucía tenía una doble vida. Una familia en Cádiz y otra aquí.

—¿Clara sabe algo?

—No sabe nada…

—No quiero ni imaginarme qué pasará cuando se entere. Su hermana mayor está muerta y ella ni siquiera sabe de su existencia.

—Yo no sé cómo afrontar todo esto. Está claro que alguien mató a Ana Lucía, pero ¿quién? Su familia anterior está muerta…

—Vamos a pensar, David. Yo te ayudaré a encontrar al asesino.

—Gracias, amor.

—Sé que todo esto está pudiendo contigo, por eso quiero ayudarte. Mañana mismo llamo a Clara a primera hora y vamos a buscar en casa de su madre.

—No quiero que le cuentes nada de lo que te he contado aún, yo mismo lo haré. Voy a llamarla para decirle que mañana debéis de buscar en casa de Ana Lucía alguna pista.

—Está bien, cariño.

El chico se levantó rápidamente y fue a ver a sus niños. Tras darle un beso marcó el número de Clara y estuvo un rato hablando con ella. No opuso resistencia en ir al día siguiente al buscar alguna pista. Quedó con Corina a las nueve. Era festivo y ésta no trabajaba. Todo parecía encajar.

**A la mañana siguiente, cuando el pueblo despertó, todo estaba empapelado con fotos de una persona encapuchada. Se buscaba a alguien con esas características, quizás alguien hubiera visto algo más. Corina llegó a casa con los folios en la mano. Ella solita se había encargado de echarle una mano a su marido.

—¿De dónde vienes? —preguntó David mientras entraba en el salón con Carmen en brazos.

—De echarte una mano.

—No me asustes, Corina. Tus manos me las conozco ya. —David dejó a la niña en el suelo y se acercó a ella.

—Me he levantado muy temprano y he impreso estos folios. Ya están esparcidos por todo el pueblo, si alguien sabe algo sobre esa persona, llamará.

—Corina… —En el fondo sabía que era buena idea, ¿por qué no se le había ocurrido a él?

—También he ido a Fuente Palmera y lo he puesto allí. La gente de las aldeas van allí y si saben algo nos lo harán saber —continuó ella.

—Gracias —susurró él mientras le besaba el cuello.

—No sé si he hecho bien o mal, pero quería ayudarte.

—Has hecho muy bien y me hubiera encantado que esa idea se me hubiera ocurrido a mí, pero estoy muy orgulloso de ti. Como siempre, me echarás una mano para llegar al fondo del asunto.

—Alguien llamará o se pondrá en contacto con nosotros, no te preocupes. —Ella rozó su nariz con la de él.

—Ahora tienes que irte, Clara te espera.

—Tienes razón, ya son casi las nueve. —La chica besó a sus hijos, cogió el bolso y se marchó.

Clara estaba esperándola en la esquina que habían quedado y se saludaron con dos besos.

—Menos mal que me dijo David que vendrías conmigo. En esa casa no entro yo sola ni muerta.

—Sabes que siempre hemos sido amigas y ahora menos que nunca iba a dejarte sola.

—Gracias, de verdad.

Cuando llegaron a la casa, Clara metió la llave en la cerradura y comenzó a respirar con dificultad.

—¿Estás bien? Si quieres nos vamos. —Corina le abrazó.

—No, estoy bien. Quiero saber de una puñetera vez que pasó. —Corina suspiró al pensar en todo lo que ella no sabía sobre el pasado de su madre.

—Entro aquí y miles de recuerdos me vienen a la mente —susurró la chica mientras soltaban los bolsos encima del sofá. Abrieron las ventanas y la casa comenzó a airearse. Llevaba meses cerrada, nadie había puesto un pie allí desde que ocurrió el asesinato.

—Es normal…

—Sé de una caja donde mi madre guardaba recuerdos. Jamás me ha dejado que mire que había en el interior, pero no sé dónde la escondía últimamente.

Comenzaron por todos los cajones habidos y por haber en los muebles de la casa, luego fueron al cuarto de Ana Lucía, allí tampoco había nada. Corina se acercó a la mesita de noche y cogió una foto que había en el centro.

—¿Es tu padre?

—Sí, él era mi padre —suspiró ella mientras se acercaba para contemplar mejor la foto.

—Era muy guapo.

—Sí, mucho. Siempre me han dicho que me parezco a él.

—Y tienen razón, te pareces mucho a él. —Corina acarició la cara de Clara, una lágrima comenzaba a rondar mejilla abajo.

—¡Mira, allí está la caja! —La chica cogió un taburete y se subió encima de él, hasta llegar a lo alto del armario. La bajó y se sentaron en la cama a observar los documentos.

—Clara, creo que deberías esperar a que viniera David, aquí hay muchas cosas y… —La chica comenzó a llorar de nuevo y asintió. No se sentía preparada para ver todo aquello en ese momento, tenía que tranquilizarse. Su madre había guardado aquella caja celosamente durante años y sabía que  iba a descubrir algo muy gordo.

Corina llamó a su marido, que inmediatamente dejó a los niños con la abuela María y se dirigió a la casa de Ana Lucía. Cuando la chica le abrió la puerta, con la mirada le informó de que habían encontrado algo.

—Clara… —le dijo cariñosamente David mientras se acercaba a ella, que seguía sentada en la cama.

—Sé que ahí hay algo y tengo miedo de enterarme de toda la verdad. Mi madre jamás me dejó mirar que había en el interior.

—Tienes que ser fuerte. —Ella asintió y se acercó a la caja. De allí sacó unos documentos. Corina la miraba con expectación. Lloraba y lloraba, pero no decía nada, aquello estaba poniendo muy nervioso a David y a su mujer.

—Clara, di algo.

—Era médico. ¡Eran médicos! —gritó con los diplomas de sus padres en las manos.

—Sí… —susurró Corina.

—¿Quiénes son? —preguntó la chica mientras extendía una foto en la que una Ana Lucía mucho más joven salía tendida en la playa con una gran barriga, al lado de un apuesto señor.

—Es Emilio Ibáñez. Él fue pareja de tu madre, antes que Marcos.

—¿Estaba embarazada? ¿Él era mi padre? —preguntó nerviosamente.

—No, tu padre era Marcos.

—¿Entonces? ¿Qué significa esa barriga? —gritó.

—Tu madre tuvo una hija con Emilio, tu hermana mayor.

—¿Tengo una hermana mayor? —Se tapó la boca para ahogar un grito de dolor.

—Siento decirte que tenías, ella murió. —Las lágrimas de la chica comenzaron a salir de una forma brutal.

—Tienes que tranquilizarte, esto no es nada bueno para ti ni para tu salud.

—¿Cómo me voy a tranquilizar? —David se sentó a su lado y quitándole de la mano la foto, volvió a relatar la historia contada por aquella anciana y la chica lloró y lloró hasta que se quedó sin lágrimas.

—Sabes que lo siento mucho, yo no quería que te enteraras así, pero esto está llegando a su final.

—¿Los abandonó? ¿Cómo pudo abandonarlos? —susurró ella mientras apretaba contra su pecho la foto de una niña pequeña, que no era ella, sino su hermana mayor.

—Se enamoró de tu padre y se vino a vivir con él aquí. ´

—Y los dejó a ellos allí…

—Un día fue a buscarlos y se enteró que habían fallecido hacía apenas una semana.            —Corina miraba a aquella chica y se moría de la pena, era tan frágil.

—No entiendo cómo mi madre pudo tener esto guardado tanto tiempo. Ahora entiendo muchas cosas. Cuando yo era pequeña me regaló una muñeca grande y gorda y todas las noches, después de que papá muriera, dormíamos juntas. Ella,  la muñeca y yo. Me decía que era como  mi hermana, que debería quererla como a una hermana. Ella nunca olvido a su hija.

—Lo extraño es que no cuenta como hija de tu madre. En la base de datos cuenta que tu madre tuvo una hija y un aborto.

—Esa niña soy yo y el aborto fue posterior a mí. Se enteró que estaba embarazada poco después de la muerte de mi padre y del disgusto que tenía o sabe dios qué, abortó.

—Es horrible…

—Tuvo que sufrir mucho, pero le estaba merecido por haber abandonado a su familia y a una niña pequeña. ¡Era su hija! ¡Mi hermana!

—Sí, pero piensa que si eso no hubiera ocurrido, jamás hubieras nacido.

—¡Lo hubiera preferido! Mi vida es una mierda. Yo antes era alguien, una gran abogada, luego me dediqué a lo que realmente me gustaba y me convertí en una escritora aclamada por todos, pero a alguien se le ocurrió plasmar en la realidad una historia de mi último libro y mi madre fue la persona perjudicada. ¡La mataron! Y ahí acabo todo para mí…

—No llores más… —Corina la abrazó.

—Corina, tenía otra vida. Todo fue una gran mentira, seguramente siempre le habré recordado a su primera hija.

—No, tú eres una persona excelente y ella te quería.

—Eso no lo podré llegar a saber nunca. Está muerta y jamás me lo podrá decir a la cara. —Sacó un pañuelo y se secó las lágrimas.

—Debes tranquilizarte. —En ese momento sonó el teléfono de David. La cara del chico se oscureció. Corina supo que algo malo había ocurrido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó nerviosa, aun abrazando a Clara.

—Ha ocurrido algo en el cementerio…

—¿En el cementerio? —gritó Clara al percatarse de que Hugo vivía allí.

—Sí, Hugo está muy mal. Alguien lo ha acuchillado. —El chico se tocó el pelo en señal de nerviosismo.

—¿Dónde está? —preguntó nerviosa.

—Se lo han llevado a Reina Sofía, a Córdoba. No creo que aguante hasta que lleguemos. Fernando me ha dicho que se estaba muriendo.

—¿Quién ha podido hacer algo así? —preguntó Corina.

—No lo sé, pero tengo que ir lo antes posible.

—Nosotras vamos contigo —dijeron casi a la vez.

—Está bien, pero rápido.

Clara volvió a mirar la caja y cogió una foto en la que su padre estaba al lado de Ana Lucía. Quería a Marcos Cabello igual que cuando era pequeña. ¡Todo sería tan distinto si él estuviera a su lado! Se metió la foto en el bolsillo de la chaqueta y cerraron la puerta con ansia, Hugo estaba muy enfermo y nadie sabía que le había sucedido.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 12.

31 DE DICIEMBRE. TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

            —Mi vida, hoy comenzamos un año nuevo —Le dijo Emilio a su pequeña. La niña lo miraba con sus grandes ojos mientras le tocaba la cara. No hablaba mucho, quizás porque sentía lo mal que estaba su padre y el trabajo que le estaba costando el criarla él solo.

Emilio se levantó y miró el reloj. Eran las diez de la noche, pronto empezarían otra etapa de sus vidas. Cogió la comida de su hija y se sentó a su lado, metiéndole la primera cucharada en la boca.

            —Ya ha pasado más de un año y medio desde que mamá se marchó. —La niña hizo un puchero, parecía saber de lo que le estaba hablando—, pero no te preocupes, porque papá siempre va a estar contigo, aunque no sea físicamente, pero de corazón tú y yo siempre estaremos juntos, reina.

            —Pa-papá. —dijo ella sonriendo.

            —Me encanta cuando me llamas así, pero más me gustaría poder tener una conversación contigo, aunque entiendo que solo tengas dos añitos. —Emilio miró a su hija fijamente a los ojos—. Papá está pensando algo, una cosa que tiene que hacer quiera o no, y quizás nos tengamos que separar, mi amor. Yo no quiero y te juro por lo más sagrado que aunque nos separemos, algún día te buscaré. Te buscaré y volveremos a ser lo que somos ahora, porque recuerda que jamás en la vida voy a dejar de quererte y de sentir esto tan grande que siento por ti. —Le besó la cabeza a su niña que lo miraba con fascinación.

            —¿Por qué? —preguntó la pequeña de repente con su media lengua.

            —Porque va a ser lo mejor para los dos, cariño. Yo seguiré haciéndome cargo de ti, aunque sea de otra forma de cómo lo estoy haciendo ahora, pero jamás en la vida te olvidaré y como te he dicho, te buscaré hasta que nuestra vida vuelva a ser la que es ahora. Estés donde estés.

Sonrió, pero no pensó que la vida daba muchas vueltas y que quizás se tropezara con algo más en el camino.

Cuando Corina y David entraron en el nuevo mesón, vieron que estaba lleno de gente, era la novedad y estaba abarrotado.

—¿Queda alguna mesa, Javier? —preguntó al camarero, a quién conocía de toda la vida.

—Sí, allí tengo una al fondo. —El chico los acompañó y cuando se sentaron él se marchó.

—Este sitio es genial, van a tener mucha aceptación. —En ese momento a David le cambió la cara. Corina se dio cuenta y miró hacia donde miraba su marido. En una mesa no lejana a ellos estaban sentados Carlos y Marta.

—Vaya por dios, que casualidad. —La chica suspiró y se miró los dedos de la mano con nerviosismo.

—Tranquila, nadie nos va a echar a perder la noche. No se va a acercar y si lo hace ya me encargaré yo de que se vaya de aquí.

—¿Estás seguro?

—Sí, no quiero que te pongas nerviosa. —David desvió la mirada y su mirada se cruzó con la de Marta que sonrió con coquetería. A aquella mujer no le quedaban las cosas claras.

—No, ya sabes que más templanza que yo no tiene nadie.

—Esta noche hemos venido a disfrutar de una buena cena y a hablar de lo que te propuse, ¿lo recuerdas? —Le tocó la mano cariñosamente y ella sonrió.

—Sí, y no tengo nada que objetar, solo lo que te dije este mediodía. Quiero que Carmen esté un poco más mayor cuando comencemos con la adopción.

—Vale, no hay problema. Esperaremos, se hará como tú quieras. —Ella volvió a sonreír. El camarero les trajo la comida y cenaron tranquilamente, entre risas y complicidad. Olvidaron por completo que aquella mujer estaba allí, muy cerca de ellos.

—Es tarde, no podemos tardar mucho en marcharnos. Mi madre se querrá acostar.

—Sí, en cuanto termines nos vamos. Ha sido una cena cortita, pero lo hemos pasado bien, ¿verdad?

—Claro que sí, cariño. Ahora tengo que ir al baño un momento.

—Está bien, yo voy a ir pagando la cuenta.

La chica se levantó y se dirigió al baño sin ni siquiera mirar a Marta, que desde su mesa la seguía con la mirada. Cuando se percató de que David fue a pagar a la barra, se excusó con su marido y se dirigió al baño. Al entrar, vio a Corina lavándose las manos.

—Hombre, pero mira a quién tenemos aquí. A la persona que va metiendo la cabeza de quién se le pone por delante en los charcos de barro. —Corina sonrió y la miró a través del espejo.

—Cállate —se limitó a decir ella. Aquello no le gustó a Marta, ella quería picarla y que comenzara a gritar para llamar la atención de todos y así provocar una discusión entre su marido y la chica.

—Hija, te podías haber arreglado un poquito más —comentó la mujer mientras se encendía un cigarro, echada sobre la pared. Corina se miró, ella estaba bien, llevaba una bonita falda negra con una camisa color vino, algo recatada pero en condiciones.

—Todas no podemos lucir ese vestidito negro que tú llevas. A mí no me gusta exhibirme de esa manera. —Corina tiró el trozo de papel con qué se había secado las manos y se quedó mirándola.

—¿Crees que con este vestido podré llevar a tu marido a la cama?

—¿Te digo la verdad?

—Sí.

—Lo dudo, David no es así —dijo ella con tranquilidad.

—Tu marido besa muy bien. —Corina empezó a quedarse sin paciencia y cruzó los brazos.

—Sé que le has robado un beso, mi marido me lo cuenta todo. —Marta se sorprendió ante aquello, creía que David no le había contado nada. Creía que aquel sería el detonante de su separación.

—¿Robado? —preguntó melosa.

—Pues sí, robado.

—¿Estás segura? —La mujer le pegó una calada a su cigarro.

—Confío en mi marido completamente, jamás me ha dado motivos para desconfiar de él. Siempre tiene que haber cosas en una pareja, pero créeme que esto para mí no es nada, porque sé que fuiste tú quien propiciaste aquel beso y que en cuanto pudo, David te retiró de él.

—Tranquila, me recreé todo lo que pude. Por lo que pude ver, besa bastante bien.

—No sigas por ahí. —Corina se acercó un poco más a ella.

—Sigo por dónde quiero y no me importa decirte que me muero por tener a ese hombretón metido en mi cama. ¡No sabes la suerte que tienes de tener un marido así de guapo y con esos músculos!

—Estás colmando mi paciencia, Marta. Será mejor que te calles —le aconsejó Corina mientras se acercaba a la puerta.

—¡Tú no te vas de aquí! —Marta la cogió de mala manera por el brazo y ella se deshizo rápidamente.

—¡Suéltame, maldita bestia! —gritó Corina.

—Tú también me gustas. Los tres podríamos hacer muchas cosas juntos. —La voz de Marta era tentadora.

—Yo jamás en la vida compartiría a mi marido con nadie y menos contigo, zorra. —La última palabra la deslizó las de la cuenta, se recreó mientras la decía.

—Este vestido —dijo señalándose aquel minúsculo vestido negro—, podría hacer que tu marido cayera en mis redes.

—¿Estás segura de eso? —preguntó Corina con una extraña sonrisa.

—Por supuesto que sí —afirmó la chica con el mentón levantado para aparentar fortaleza.

—Entonces lo más sensato es que ese vestido esté fuera. —Corina se acercó cariñosamente a la mujer.

—¿Ves? Es muy fácil cariño. Así lo estás haciendo genial. —La chica se acercó Marta y prácticamente puso sus labios sobre los de ella.

—Déjame que te quite este vestido.

—¿Tú no me has dicho que jamás compartirías a tu marido conmigo? —preguntó la mujer jadeando.

—Sí, porque te quiero para mí solita —le susurró Corina al oído. Aquello hizo que a Marta se le pusieran los vellos de punta. La chica subió aquel minúsculo vestido negro por encima de la cabeza de Marta y miró su cuerpo—. Vaya, no estás nada mal.

—Así me gusta.

—Ahora quiero ver que escondes debajo de este sujetador tan bonito que llevas.                  —Corina, con el vestido en la mano, se acercó a ella y desabrochó el sujetador. Los pechos de la mujer quedaron al aire y la chica volvió a sonreír peligrosamente—. Cierra los ojos, amor.

—Lo haré. —Marta cerró los ojos a la espera de algo más por parte de Corina y entonces escuchó una carcajada  y abrió los ojos. La chica estaba al lado de la puerta con el vestido, el sujetador y unas toallas en la mano.

—Eh, ¿adónde vas? —preguntó Marta nerviosa mientras intentaba taparse un poco con sus manos.

—Esto es por el  mal rato que le hiciste pasar a mi marido, luego a mí y por todo lo que me has dicho ahora. Jamás me acostaría contigo, eres una ingenua. Ahora me marcho. Por cierto, no busques ninguna toalla con la que taparte porque me las he llevado todas. —Cerró la puerta y se marchó.

—¡Esta me las vas a pagar!

Cuando Corina salió, David estaba algo desesperado esperándola en la puerta del local.

—¿Te ha dado un apretón? —le preguntó él en tono jocoso.

—Algo parecido. —Sonrió mientras entraban en el coche y le enseñaba todo lo que llevaba en la mano. Las toallas se las había dejado al camarero a la entrada.

—¿Qué has hecho, Corina? —pe preguntó él cuando vio el vestido negro de Marta en sus manos.

—Me lo debía. —Entonces le contó lo que había hecho y ambos se carcajearon.

—¡Eres tremenda! Cómo nos metamos en un lio vas a responder tú.

—Qué va, primero tendrá que probarlo.

—¿Qué vas a hacer con esa ropa?

—¿No es ese el coche de Carlos? Voy a dejársela en el capó. —Corina se bajó y dejó la ropa allí. No pudo dejar de sonreír cuando escuchó los gritos de la chica dentro del local. Hubiera pagado por haber visto que estaba pasando allí.

—¡Estás loca! —le gritó David cuando entró.

—Sí, estoy loca por ti. Y cuando me tocan una de las cosas que más me duelen, me las pagan.

DOS MESES DESPUÉS

—Antonia, dime que por fin has encontrado algo sobre Emilio Ibáñez —pidió David a la secretaria cuando pasó por su despacho.

—David, sabes que estamos hasta arriba de trabajo, no puedo con todo.

—¡Pero si ya han pasado dos meses desde que te lo pedí! —Se desesperó él, aunque intentó mantener la compostura, quería muchísimo a aquella mujer y era cierto que en aquel tramo de tiempo que había pasado, una serie de acontecimientos y robos habían hecho que el cuartel fuera algo fuera de control.

—Lo siento, me pondré en cuanto tenga un rato, pero de hoy no pasará —dijo la mujer con pena.

—Antonia, lo siento. No me tengas nada en cuenta, ya sabes que no puedo estar sin tener información, pero yo te entiendo y sé que eres una persona competente. —La mujer sonrió.

—Yo sabía que no me estabas gritando en serio. Ahora mismo me pongo, que le den a todo esto. —Antonia apartó un montón de papeles y comenzó a teclear en el ordenador.

—En cuanto tengas algo, llévamelo a mi despacho.

—No lo dudes ni un momento.

David se marchó a su despacho, donde Fernando lo esperaba ansioso.

—Tengo que hablar contigo.

—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó él mientras resoplaba.

—Yo no sé si a ti te ha pasado, pero yo he visto en mi casa más de una vez merodeando una persona encapuchada. —La mente de David comenzó a ir a mil por hora.

—¿Cómo dices? —preguntó mientras se inclinaba del asiento.

—Llevo varios días que cada vez que saco la basura veo  a una persona encapuchada cerca de mi casa y te juro por lo más sagrado que sé que me está vigilando a mí. —Fernando suspiró.

—Yo también lo he visto —dijo el chico pensativo—. Hace unos días, fui a llevar a mi sobrino Darío a su casa, ya estaba entrada la noche y cuando volví una persona encapuchada se adentró en mi calle. Pero como ahora estamos en época de carnavales, lo último que me pensé era que me estuviera vigilando.

—Sí y creo que deberíamos hacer algo.

—¿Pero porque nos iba a vigilar a nosotros?

—David, somos los que estamos llevando el tema del asesinato de Ana Lucía, seguramente nos estén acechando para quién sabe qué.

—Yo no tengo miedo, pero si me asusta lo que pueda pasarle a mi familia.

—Oh, dios mío. ¡No había pensado en Aurora y Andrea! Con todo este lío… Ahora mismo voy a llamar a Paula para que tenga más ojos de los que ya tiene con mi hija. —El chico marcó el número de teléfono y se dio la vuelta. En ese instante, David miró por la ventana y entonces el pulsó comenzó a acelerársele. ¿Quién era esa persona? ¿Qué estaba haciendo allí? El encapuchado se encontraba allí mismo, en la puerta de comisaría. Cuando David salió corriendo, él también lo hizo. Le había visto como lo observaba a través de la ventana. Por nada del mundo se dejaría ver.

Cuando el chico llegó a la puerta, allí no había nadie. Solo se escuchaba el sonido de los pájaros a primera hora de la mañana. Antonia apareció de la nada, venía de recoger las cartas del buzón.

—Antonia, ¿de dónde vienes? —preguntó él algo receloso.

—De recoger las cartas, como todas las mañanas. ¿De dónde voy a venir?

—¿Hay algo nuevo?

—Una carta dirigida para ti y para Fernando. Pero no tiene remitente. —La mujer se la extendió.

—No te preocupes. Gracias.

—David, estoy imprimiendo lo que me has pedido, no hay mucho, pero algo os servirá.

—Está bien, gracias.

El chico entró de nuevo en su despacho, algo descolocado.

—¿Adónde has ido? —le preguntó Fernando mientras se sentaba cómodamente en la butaca de su compañero.

—Estaba mirando por la ventana y vi al encapuchado. —Al chico se le abrieron los ojos como platos.

—¿Y me lo dices así? —gritó Fernando.

—Cuando he salido a ver quién era solo me he encontrado con Antonia en la puerta                —prosiguió él.

—¿Y?

—Me ha dado esta carta, por lo visto es para ti y para mí, aunque no tiene remitente.

—¿La has leído? —le preguntó mientras la cogía en sus manos.

—No, no la he llegado a abrir aún.

El chico la abrió y unas palabras inundaban aquel trozo de papel. “Os observo diariamente, pero no me temáis, no quiero haceros daño. Simplemente sé cosas que os servirán para aclarar la investigación que tenéis en manos. El día que crea oportuno y que me decida, os haré llegar una información bastante valiosa, aún no sé cómo lo haré, pero os enteraréis”

—¿Qué mierda es esto? —preguntó Fernando mientras tiraba la carta encima de la mesa.

—Lo que ves, al menos sabemos que no nos quiere hacer daño, solo nos observa             —suspiró David de una manera un tanto extraña.

—Dime que estás pensando ahora mismo —le exigió mientras se acercaba a él.

—Aún estoy recabando cosas en mi mente, tengo que pensarlas mejor. Te prometo que mañana mismo tendrás más información acerca de lo que estoy pensando.

—No te daré ni un minuto más.

En ese mismo instante entró Antonia con unos papeles en la mano.

—¿Has encontrado algo interesante? —preguntó David sin mirarla.

—Sí, alguna que otra cosa, pero no hay mucha información válida, al menos para llevar a cabo una investigación por asesinato —se sinceró la mujer.

—Gracias, Antonia. —Rápidamente salió del despacho.

Le echó un vistazo y luego le pasó el informe a su compañero, que lo miró con lentitud, impregnándose de cada una de las letras que componían aquel papel.

—¿Tenemos algo? —preguntó Fernando.

—Nada, solo una dirección.

—Tendremos que ir entonces. Mañana mismo saldremos de aquí a primera hora. ¿Entendido?

—Sí, claro. Mañana mismo iremos a casa de Emilio Ibáñez.

—¿Crees que encontraremos algo que nos sea de utilidad?

—Al menos tenemos que intentarlo. Información sobre Ana Lucía nos tiene que dar, porque tuvieron una relación de algún tiempo y tenía que  conocerla, así que no creo que nos volvamos de manos vacías.

—¿Crees que deberíamos haberle contado todo esto a Clara?

—Esto es información secreta, parte de una investigación por asesinato y creo que nadie debe saberla a parte de nosotros que somos los que estamos trabajando en el caso        —recalcó David bastante serio.

—A ti te ocurre algo y no quieres decírmelo, es así de sencillo —le dijo Fernando mientras se levantaba de la silla.

—Pues sí, me pasa algo, pero ya te he dicho que mañana sabrás todo lo que tengas que saber.

—Vale, vale. —El chico levantó las manos en señal de rendición—. No preguntaré más.

—Ahora tengo que irme, mi mujer y mis hijos me están esperando en casa.

—¿No te da miedo el encapuchado?  —preguntó Fernando mientras se ponía la chaqueta.

—Para nada, ojala me lo encuentre de cara para saber finalmente de quién se trata.

—Estás muy raro, David —susurró Fernando mientras salían de aquel despacho.

**Antonio y Jade se encontraban en la sala de espera. En breve les tocaría su turno. La chica había seguido con los continuos malestares, los mareos y todo lo que ello conllevaba. Un día, Antonio había decidido que no se lo pensarían más e irían al médico que le hicieran unas pruebas, su hijo tenía que venir bien al mundo y no podía ocurrir lo contrario, al menos sin que hubieran luchado por saber qué ocurría allí.

—Tengo miedo —susurró una consumida Jade. Su barriga era abultada, ya estaba de 6 meses y las ojeras le pillaban gran parte de la cara. Había perdido mucho peso y todo se lo achacaban al embarazo, pero ya comenzaban a dudar que ese fuera realmente el motivo.

—Tranquilo, seguramente te hará falta hierro. Alexia es una gran doctora y encontrará una solución. —En ese momento salió la paciente que estaba dentro y ellos se adentraron en la consulta.

—Buenos días —les saludó Alexia algo seria y preocupada.

—Buenos días, doctora. Venimos a por los resultados practicados a mi mujer hace unos días. —Antonio habló por la chica mientras la ayudaba a sentarse.

—No tengo buenas noticias —dijo Alexia. Los dos la miraron rápidamente.

—¿Qué le pasa a mi hijo? —preguntó Jade mientras apretaba con fuerza la mano de Antonio.

—Tu hijo está perfectamente, no te preocupes por él. Pero sí tenemos que preocuparnos por tu estado de salud.

—¿Tiene anemia? —preguntó Antonio rezando porque tan solo fuera eso.

—Ojala fuera eso. Es muy difícil en mi posición dar este tipo de noticias, pero…

—¡Hable de una maldita vez, doctora! —gritó Antonio mientras Jade comenzaba a llorar, temiéndose lo peor.

—Jade, estás enferma. Tienes cáncer de mama y contra eso, en tu estado no podemos hacer nada.

—¿Cómo? —preguntó ella apenas sin voz.

—¡Eso no puede ser cierto, ha tenido que haber un error! —escupió Antonio mientras se levantaba de la silla.

—Siento mucho comunicarles esta noticia, pero es la realidad. Jade está muy enferma y no podemos ponerle ningún tipo de medicación en su estado.

—Oh, dios mío… —se lamentó ella.

—¡Yo me niego a creer una cosa así! —vociferó el hombre.

—Lo siento, de verdad que lo siento, pero no podemos hacer nada, al menos hasta que vuestro hijo nazca. —Alexia se levantó y abrazó a la chica.

—Alexia… —Jade lloraba en su hombro.

—Tranquila, seguro que cuando tengas a tu bebé, podemos ponerte una buena medicación y te recuperarás. —La chica la mecía en sus brazos, a sabiendas de que poco podrían hacer por ella. La madre de Alexia, Julia, había estado en la misma tesitura de Jade, cuando se quedó embarazada de ella, le diagnosticaron un cáncer de mama. El mismo día que Alexia nació, Julia murió. No pudo aguantar el parto.

—Ojala sea cierto —susurró Antonio mientras que se desmoronaba en una esquina de la consulta. El hombre cayó lentamente al suelo, con la espalda pegada a la pared mientras lloraba desconsoladamente. Alexia se levantó y ayudó a Antonio a incorporarse, tenía que mantener la compostura, al menos delante de Jade.

—Tienes que ser fuerte —le aconsejó mientras le ayudaba a sentarse en la camilla—. Al menos por ella. Jade es la persona que está enferma y encima embarazada, tú eres quién tienes que ser fuerte en esta relación. Tú eres quién tienes que subirla a ella. —Los ojos de la chica comenzaron a llenársele de lágrimas.

—¿Cómo voy a hacer eso? Amo a esa mujer más que a nada en el mundo. Es la madre de mi segundo hijo y la adoro, ¿cómo crees que puedo afrontar la idea de perderla?

—Siendo fuerte y mirando hacia el futuro. Cuando el bebé nazca nos pondremos manos a la obra para que tu mujer se cure. —El hombre pareció dejar de llorar. Jade, al otro extremo de la consulta seguía llorando.

—No sé si tendré fuerzas.

—No estáis en condiciones de salir solos de aquí. Ahora mismo llamaré a David y le contaré todo lo que ha pasado en estas cuatro paredes.

—¿A mi hijo? —preguntó él mientras se limpiaba las lágrimas.

—Sí, para eso está la familia. No podéis estar solo ahora mismo, por lo que tu hijo y tu nuera estarán con vosotros.

—Sí, será mejor que los llames. —Antonio se recostó sobre la camilla y cerró los ojos. Jade lo miraba desde su asiento y sentía cómo le dolía el corazón. ¿Y si se moría sin conocer a su bebé? Tenía que ser fuerte y luchar por él y por Antonio. Tras haber pensado esto, se secó las lágrimas y se prometió no llorar nunca más, sería fuerte y sacaría a su familia hacia delante, aunque eso le costara la vida.

—Acabo de hablar con él y vienen hacia aquí. No tardarán.

—¿Les has contado lo que ocurre? —preguntó Jade.

—No, solo le he dicho que venga a recogeros porque no estáis bien.

—Alexia, voy a luchar por mi bebé y por él —dijo la chica  mientras señalaba a aquel hombre que recostado en la camilla lloraba con un niño pequeño.

—Haces bien, Jade.

—Sé que esto es mortal, está avanzado y aún me quedan tres meses de embarazo…          —Alexia le tocó la cara en señal de apoyo, darle ánimos, sería como nadar contracorriente. Aquella enfermedad estaba muy avanzada y tres meses más sin medicación podía ser letal.

**Alejandro esperaba ansioso a Paula en la puerta de su casa. Llevaban dos meses juntos y estaba completamente hechizado por aquella muchacha. Cada día que pasaba necesitaba más estás cerca de ella, hacer cosas los dos como una pareja consolidada y lo más importante: Había olvidado complemente a Noah. Era algo que lo llevaba atormentado años, pero ahora todo había pasado y el único motivo por el que se levantaba cada mañana era ella, Paula.

A los pocos minutos la chica salió y lo abrazó con ímpetu. Ya no sabría cómo estar sin él, llevaban tantos días juntos la mayoría de las horas que cuando no estaba con él era como si le faltara algo. Ambos se abrazaron y se montaron en el coche del chico.

—Qué bonita pareja hacen —suspiró Isabela mientras terminaba de colocar la vajilla.

—Sí, yo creía que ese chico no iría en serio con ella, pero creo que me estaba equivocando —le respondió Alberto mientras bebía de su café.

—La quiero tanto… —susurró ella.

—Yo también, lleva en casa poco tiempo pero es verdad que nos hemos acostumbrado a ella rápidamente.

—Espero que no se vaya en mucho tiempo.

—Pues creo que será todo lo contrario. Mírala lo feliz que está con ese chico, en cualquier momento nos dan la sorpresa y se casan.

—Ojalá, así tendremos dos nietos. Aurora y el hijo de estos dos.

—Aurora es un ángel, no puede ser más linda. —Sonrió el hombre al recordar a aquella muñeca que tenían locos a toda la familia.

—Por cierto, ¿se sabe algo de la familia de Alejandro? —preguntó la mujer mientras se sentaba al lado de su marido con una taza de café en la mano.

—Hablé con Paula sobre eso y me dijo que aquí en el pueblo vivía con su prima Alexia, que es la médico que hay ahora en el centro de salud, su marido y unas niñas que tienen. Su madre y su abuela viven en Madrid.

—No sabía nada. Quizás algún día vengan a verlo y podamos conocer a la familia de ese chaval.

—A mí me gustaría, la verdad.

—Pues no se hable más; cuando vengan, los invitaremos a comer en casa.

—Buena idea, Isabela.

El hombre se acercó a su mujer y la besó con amor, cada día que pasaba la quería  más y no podía imaginarse una vida sin ella.

**Hugo estaba limpiando unos nichos que se habían ensuciado por el mal tiempo, cuando escuchó una voz a su espalda.

—Tengo que hablar contigo. —El hombre se giró y la vio.

—¿Qué haces aquí? Alguien podría verte y sé de antemano que tú no quieres que te relacionen conmigo. —La cogió del brazo y la metió en su pequeña casita.

—Vaya, aquí vives —dijo mientras pasaba un dedo por encima de la mesa para ver el polvo que habría acumulado.

—Sí, aquí vivo. ¿Qué quieres?

—Oh, Hugo, tranquilízate, no me mires así —le dijo ella mientras se tiraba en el sofá con gesto cómico.

—Me estás colmando la paciencia.

—Solo vengo a decirte, que pronto todo se sabrá.

—¡Tú eres tonta! Soy tu familia, prácticamente la única familia que tienes y me vas a terminar de arruinar la vida.

—No me insultes, maldito cabrón. Si quieres te vuelvo a recordar a mi querido Israel.

—No, mejor no le nombres.

—Él ya no está, pero para eso estoy yo, para revivirlo en la vida diaria, para hacerle justicia.

—Bueno, entonces lo que no entiendo es porque amenazas tanto, lo que tienes que hacer es ir y decir ya todo lo que sabes.

—Todavía no es el momento, mi querido Hugo.

—No te entiendo, te juro que no te entiendo —dijo él algo exasperado.

—Pues entiéndeme —le exigió ella mientras se levantaba del sillón—, porque por lo único que realmente vivo es por hacerle justicia a Israel y no sabes cómo me duele verte diariamente, maldito imbécil. ¡Yo lo quería, joder! Él era mi vida…

—No llores. —Hugo intentó acercarse a ella.

—¡No te me acerques! —le gritó mientras le pegaba un manotazo para deshacerse de él.

—Yo solo quería…

—Tú no quieres a nada ni a nadie —sentenció ella.

—Sí que quiero a alguien, más que a mi vida.

—Lo sé, imbécil. Lo sé…

La mujer recogió sus cosas y se marchó. Algún día Hugo pagaría por lo que había hecho en pasado. No era oro todo lo que relucía en aquella historia y ella misma se encargaría de desenmascararlo todo, aunque en el fondo le doliera.

**Al llegar a casa de Antonio, un dolor imposible de descifrar se incrustó en su alma. Nada más entrar, miró al sofá donde su mujer llevaba meses tendida con un gran malestar. Ahora sabían el motivo de todo aquello. Algo le decía que tenía que seguir adelante, aunque sabía que Jade no lo haría. Ella se mostraba fuerte, no había soltado ni una sola lágrima desde que Corina y David habían ido a recogerlos al médico, al contrario se había mostrado como era ella antes de comenzar a sentirse tan mal. Se notaba que quería sacar a la que ahora era su familia a flote.

—Debes de estar tranquila —le aconsejó Corina mientras le acariciaba su mano. La chica se había llevado una gran impresión al enterarse de aquella desafortunada noticia y temían por la vida de Jade y la del bebé.

—Lo estaré, no te preocupes. Además, yo me encargaré de Antonio. —Sabía que sus días estaban contados, aquel malestar que sentía en el cuerpo era algo nuevo para ella y sin ningún tipo de medicación todo se complicaba mucho más.

—Jade, vendremos a veros más a menudo, pero no lo pierdas de vista. Lo he acompañado a su cuarto. Al parecer el tranquilizante que le ha puesto Alexia le ha hecho efecto —susurró David mientras ayudaba a la chica a sentarse en el sofá. Antonio estaba realmente mal y no sabía si podría asimilar algún día aquella fatídica noticia.

—No te preocupes, tu padre estará bien

—Si hay algo más que podamos hacer, solo tienes que decírnoslo —le dijo Corina mientras se ponía su bonito pañuelo de seda atado al cuello.

—Por ahora nada. Yo me encargaré de cuidar a mi bebé y a Antonio. En esta casa nadie se va a hundir, todos saldremos a flote. —En ese momento David se percató de los ojos vidriosos de la chica y la abrazó.

—Gracias. Mi padre está muy enamorado de ti y sé que se encuentra en ese estado porque no puede imaginarse una vida solo y con un bebé.

—Aún quedan algunos meses para que nazca.

—¿Cuándo tienes la cita para el ginecólogo? Aún no sabéis si es niño o niña.

—No sé si quiero saberlo. Este ángel que va a venir al mundo va a ser igual de querido siendo varón o hembra. —La mujer se tocó la barriga cariñosamente mientras se limpiaba una lágrima que recorría su mejilla.

—Por supuesto que sí. Todos estamos deseando su llegada. —Corina la abrazó y David, finalmente, se sumó al  mismo.

—Os estoy muy agradecida de que nos deis tantos ánimos, en realidad, los necesitamos.

—Para eso está la familia. Tenéis mi número y el de Corina, podéis llamar cuando queráis, en el momento que os surja cualquier imprevisto. Nosotros no tardaremos en venir a ayudaros.

—Si mañana necesitáis algo, llamarme a mí. David estará todo el día fuera, tiene que ir a Cádiz por motivos de trabajo.

—Está bien, ahora debéis descansar. Gracias de nuevo por todo lo que estáis haciendo por nosotros.

—¿Quieres que os prepare algo de cena antes de irme? —preguntó David.

—No, gracias. No creo que en esta casa haya nadie con ánimos de comer.

—Jade, estás embarazada. Piensa en tu bebé —le recriminó cariñosamente Corina mientras se acercaban a la puerta.

—Comeré algo, no lo dudéis.

Los despidió con una gran sonrisa en sus labios mientras se alejaban con el coche. Luego entró en casa y cerró la puerta. Sigilosamente se dirigió a su cuarto y encontró a Antonio que dormía como un angelito metido en la cama. Entonces fue cuando se marchó al salón y se tendió en el sofá. Lloró y lloró hasta que ya no tenía ni una lágrima que derramar. ¿Cómo podía haberle ocurrido aquello a ella? Toda la vida luchando por tener una vida mejor. Toda la vida siendo la criada de otros. La intentaron asesinar. La tiraron a una cuneta. Y cuando la vida parece sonreírle tras encontrar a un buen hombre y quedarse embarazada, ahora le ocurre aquella grande tragedia.

Por la mirada de Alexia, sabía que no le quedaba mucho de vida. Quizás ni conociera a su bebé. Cerró los ojos al pensar en aquello, ¿Cómo podía la vida ser tan injusta con ella? Decidió que sentiría a su pequeño dentro el tiempo que le quedara, exprimiría al máximo aquel momento, por si acaso jamás podía llegar a verle la carita. Se acarició suavemente su abultada barriga y sonrió. Le acababa de dar una patada y ella calificó aquel gesto como un empujoncito de ánimo.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 11.

**El domingo por la mañana, Clara se levantó temprano; quería ir al cementerio a visitar sus padres. Al llegar, se encaminó hacia la tumba de su madre. Hacía tan poco tiempo que la había enterrado… Se acercó y acarició la foto de Ana Lucía.

—¿Quién te habrá hecho esto? Te juro que lo encontraremos y cuando sepamos quien es, lo lamentará toda su vida —susurró. Cuando estuvo unos minutos allí, se dirigió a una tumba más antigua, la de su padre. Estaba bastante alejada de la de su madre, pero era por los años de diferencia que había entre sus muertes. La chica limpió la tumba de Marcos Cabello y miró la foto. ¡Su padre era tan guapo! Era una pena que hubiera muerto en aquel maldito accidente.

—Buenos días. —Escuchó a su espalda.

—¡Hugo! —La chica sonrió al verle.

—¿Qué haces por aquí? —El hombre se rascó la cabeza. Cada vez que la veía se ponía nervioso.

—Hoy me he levantado con ganas de estar un ratito al lado de mis padres y esta es la única manera que tengo —explicó la chica con pesar. El hombre se acercó a ella y acarició su mejilla.

—Clara, lo siento.

—No te preocupes, de alguna manera, ya he aprendido a vivir sin ellos.

—¿Esta es la tumba de tu padre? —preguntó mientras se acercaba a la misma.

—Sí.

—¿Le querías?

—Murió cuando apenas era un bebé, pero claro que le quería. De hecho, lo quiero mucho.

—Eso está bien, jamás debemos olvidar a las personas que hemos perdido. —Los dos sonrieron.

—¿Vives aquí, Hugo? —inquirió ella mirando una pequeña casita al fondo.

—Sí, este es mi hogar.

—¿No te da miedo vivir en un cementerio?

—La verdad es que no, aquí sé que nadie me va a hacer daño y lo más importante, nadie se va a asustar por verme.

—No digas eso…

—Es algo irremediable, mírame —dijo él mientras se señalaba el rostro.

—No, eso no es así. ¿No tienes familia?

—Ya te dije que no —reiteró en tono duro mientras se acordaba de la visita la noche anterior a ella.

—Está bien, está bien…

—Perdona, no quería hablarte así —se excusó algo avergonzado.

—Hugo, tranquilo. Te entiendo perfectamente.

—¡Hugo! —Una voz se escuchó en el cementerio, a través de los nichos. Al hombre se le cambió el semblante.

—Tengo que dejarte —se despidió bastante nervioso.

—¿Qué te ocurre? Espera —susurró ella al ver su nerviosismo.

—No puedo, tengo que irme. —Y desapareció entre las tumbas. Aquello mosqueó a Clara y sigilosamente le siguió. Él se dirigió a su pequeña casa y entró rápidamente detrás de alguien.

Sin pensárselo dos veces comenzó a caminar hacia allí. Rodeó la casa y con sigilo se dirigió a una pequeña ventana que había al fondo. La persiana estaba un poco alzada y sin pensárselo  más miró a través de ella. Se quedó muda cuando vio con quién estaba Hugo. ¿Qué hacía con aquella persona? ¿De qué se conocían? Rápidamente se marchó de allí, su mente iba a marchas forzadas, no llegaba a entender de qué podían conocerse. Se montó en el coche y se fue a su casa, apuntó todo en una libreta, nadie sabía si aquello podría servirle un futuro.

**El lunes llegó y Alejandro ya tenía toda la información necesaria para mandársela a sus compañeros. Allí había datos nuevos, datos que podían llegar a interesarle. Rápidamente llamó a Fernando y le mandó aquellos documentos por fax. En el cuartel de Fuente Palmera estaban deseando que aquellos papeles llegaran. David estaba muy nervioso últimamente, Fernando lo notaba y no sabía qué hacer para ayudarle.

—David, los documentos de Alejandro vienen en camino —le informó metiendo la cabeza en su despacho. El chico estaba mirando por la ventana, con la mirada perdida.

—Está bien.

—Oye, ¿Qué te pasa? —Fernando entró y se sentó esperando a que se sincerara con él.

—Me siento como un inútil en esta investigación y además…

—¿Además? —preguntó él. Allí había pasado algo que le estaba haciendo sentir muy mal.

—Es Marta.

—¿Marta? Yo creí que Corina le había dejado las cosas bien claras.

—Vino a buscarme anoche. Yo no quería que Corina se enterara de nada y salí sin que se diera cuenta a la calle, ella ya estaba metida en la cama. Yo solo quería dejarle las cosas claras a esa mujer, repetirle por última vez que no quería nada con ella, y cuando salí me estaba esperando.

—David… —susurró él temiéndose lo peor.

—No es lo que piensas. Por supuesto no me acosté con ella y jamás lo haría, pero…

—¿Pero?

—¡Me besó, Fernando!

—¿Cómo? —Él no quería ser partícipe de aquello, ahora lo sabía y se convertía en cómplice de su amigo.

—Me besó, aunque ni que decirte tengo que rápidamente yo la separé de mí. Le dije todo lo que quería y te aseguro que no volverá a buscarme.

—Me habías asustado —suspiró Fernando.

—Aun así yo me siento fatal. Aunque fue un beso que me dio ella, yo me siento muy mal. ¿Se lo debo de decir a Corina? Fue algo que no pude impedir, y en que cuanto pude lo hice, la separé de mí y le canté las cuarentas, pero no sé si hice bien en salir de casa, en ir a verla, en…

—Tranquilo. —Fernando se levantó y se dirigió a dónde estaba él y como un buen amigo lo abrazó. Estaba seguro que en ese momento era lo que más necesitaba.

—Fernando, me siento infinitamente mal. ¿Qué debo hacer?

—Si yo fuera tú, hablaría con tu mujer. Corina es muy comprensiva y lo va a entender. Por cierto, ¿Qué clase de beso fue? —Volvió a preguntar preocupado. David se rascó la cabeza y se sentó en la butaca.

—Un beso —se limitó a decir.

—¡Joder, David! Sé un poco más explícito. ¡Con legua o sin lengua!

—Con lengua. Por eso me siento tan mal —gruñó él mientras le pegaba un puñetazo a la pared.

—Eso no es lo importante. ¿Te gustó?

—¡No, por dios! —gritó.

—Entonces no hay problema. Eso es lo realmente importante. Amigo, habla con tu mujer, ella te va a entender, aunque no quiero ni imaginarme lo que esta vez le puede hacer a Marta. —Los dos sonrieron y el ambiente se relajó.

—Hablaré con ella esta misma tarde. Fernando, si la pierdo a ella y a mis hijos no sé lo que sería capaz de hacer —susurró.

—No los vas a perder, Corina te ama y te va a comprender, yo lo sé.

—Eso espero, lo que sé es que no voy a ser capaz de vivir con esto aquí. —Se echó la mano al pecho.

En ese momento llamaron a la puerta, era Antonia con unos documentos en la mano.

—Han llegado estos papeles por fax de una comisaría de Córdoba.

—Gracias, Antonia. Los estábamos esperando. —David se sentó en la butaca con los ojos llenos de lágrimas, aquella situación estaba pudiendo con él. Cuando Antonia se marchó, Fernando se percató de ello y no dijo nada, simplemente fue y lo abrazó.

—Fernando, no puedo trabajar así —se lamentó él mientras se levantaba.

—Ya son casi las dos, Corina está a punto de salir del colegio. Me tengo que ir, tengo que hablar con ella —dijo con nerviosismo, sin apenas acordarse de aquellos papeles.

—Vete, yo revisaré estos papeles cuando vuelva esta tarde.

—Por favor, que lo que te he contado quede entre tú y yo. No puedo permitirme que Corina se entere por otra persona que no sea yo.

—No lo dudes, vete tranquilo.

David cogió su chaqueta y salió de la comisaría como alma que lleva el diablo. Si su matrimonio se iba al garete, Marta lo lamentaría de por vida, nadie se metía con su familia y si tenía algo claro en la vida era que lucharía por ellos con uñas y dientes.

**Cuando Alejandro llegó a casa de su prima Alexia reinaba la paz. Ese día habían quedado para comer fuera con unos amigos de Mario del trabajo. Se tendió en el sofá y descansó un poco. Pensó en Paula y sonrió. Aquella chica iba a volverlo loco. Se levantó para hacer la comida, estaba hambriento y sacó una pizza de la nevera. La metió al horno y fue a lavarse las manos. Entonces sonó el timbre de la casa. Cuando abrió se quedó con la boca abierta. ¿Qué hacía ella allí?

—Hola —saludó Paula con una caja de gambas en la mano.

—¿Paula? —preguntó él sorprendido.

—Sí, no soy un fantasma. —Sonrió.

—Pasa, no te quedes ahí. —La invitó algo nervioso.

—Te preguntarás qué hago aquí, pero es que Alexia me llamó y tenía hoy la tarde libre…

—Alexia… —El chico sonrió al pensar en la bruja de tu prima.

—Sí, me llamó y me dijo que hoy estarían todo el día fuera y que te avisara que cenarían fuera también. —Ambos sonrieron.

—No me lo puedo creer, ¡Podía haberme avisado!

—No te preocupes que no me escandalizo de verte descalzo.

—Estaba haciendo una pizza, ¿te gusta?

—Sí, yo he traído gambas.

—Pongo otra pizza, entonces. —Los dos entraron en la cocina y ella puso las gambas en un plato mientras él metía la otra pizza en el horno.

—¿Qué quieres beber?

—Una coca cola estaría bien. —Él le extendió una.

—Estás muy guapa —le dijo él mientras la acorralaba en contra de la encimera de la cocina.

—Gracias…

—Voy a besarte —le susurró.

—Hazlo. —Lo empujó ella con decisión. Él la besó y notó como la pasión comenzaba a hacer estragos en sus cuerpos, pero la comida estaba casi preparada y debían almorzar.

—Paula, me vas a volver loco…

—Ahora almorcemos.

La comida trascurrió rápida mientras los dos comían con ganas. Reían con las ocurrencias de Alejandro y cuando se dieron cuenta era muy tarde.

—Vaya se ha pasado el tiempo volando —dijo ella.

—¿Te apetece ver una peli? —propuso él mientras recogían la cocina.

—Sí, claro que me apetece. ¿Qué películas tienes?

—La verdad que ninguna, pero seguro que algo echarán en la televisión.

Se tendieron en el sofá y Alejandro la abrazó mientras se tapaban con una bonita manta de corazones que seguramente sería de una de las gemelas. Olió su pelo y suspiró.

—¿Te gusta alguna serie en especial? —preguntó ella. Él no respondió. Al darse la vuelta para ver por qué no respondía se encontró con su cara, sus ojos, su pelo, que la escrutaba.

—Me gustas tú —susurró al oído. Ella se estremeció.

—Alejandro… —El chico la besó con ansia, como si se fuera a esfumar de un momento a otro.

—No te puedes llegar a imagina cómo me gustas.

—Me alegro. —Ella esbozó una bonita sonrisa.

—Venga, veamos algo. —Alejandro la volvió a abrazar y puso una serie titulada “El cuerpo del delito” Él solo deseaba hacerle el amor, pero esperaría a que ella diera ese paso tan importante.

**Cuando David llegó a casa, Corina ya había llegado. Al entrar se dio cuenta de que un silencio sospechoso inundaba la estancia. Escuchó a su mujer tararear algo en la cocina y las lágrimas volvieron a sus ojos. Jamás creyó que podía sentirse tan mal por algo que ni el mismo había hecho, pero aquello le dolía. Se había dado cuenta que sin Corina él no era nadie y nada más que de pensar que podía perderla, se moría de miedo. Se retiró las lágrimas de los ojos y entró en la cocina.

—¡Hola amor, menos mal que has venido pronto! —Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—¿Y los niños? —preguntó él al no verlos por ningún lado.

—Mi madre les ha hecho su comida favorita, ya sabes, le encanta malcriarlos y se han quedado allí a almorzar. —Él pensó que todo se estaba poniendo de su parte para que hablara a solas con su mujer.

—Corina… —comenzó a hablar él mientras se sentaba en un taburete.

—¿Qué te ocurre? —La chica apagó el gas y se volvió, los ojos enrojecidos de su marido la escrutaban y en ese momento se dio cuenta de que algo estaba ocurriendo.

—Tenemos que hablar —se limitó a decir en un hilo de voz.

—David, no me asustes. —Ella se temió lo peor, aquello le había estado rondando la cabeza durante días y ahora posiblemente, hubiera sucedido de verdad.

—Yo…

—¿Te has acostado con ella, verdad? —preguntó en un tono firme mientras la voz se le quebraba.

—¡No! Déjame explicarte…

—¿Qué quieres explicarme, David? ¿Qué anoche saliste a las tantas de la noche y fuiste a verla? ¿Te crees que yo no te vi por la ventana mientras te acercabas a su coche?

—Corina, ¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque confiaba en ti y pensé que me lo contarías, pero en la vida me imaginé que pudieras hacer nada con esa maldita mujer.

—Yo no hice nada —susurró.

—¿Entonces? —Ella se puso las manos en las caderas esperando una respuesta.

—Fue ella, yo…

—¿Qué fue ella? ¡A qué demonios te refieres! —Jamás había visto a Corina en aquella tesitura, pero la entendía. Si alguien hubiera besado a su mujer de la manera que Marta lo besó a él se moriría de la rabia y de los celos.

—¡Me besó! —gritó él mientras se ponía en pie y se tocaba el pelo de manera compulsiva.

—¿Cómo? —Corina se sentó, no podía soportar aquello ni un minuto más.

—Yo no quería…

—David, ¿Por qué tuviste que salir? —preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas.

—Pensé que si te enterabas iba a ser peor, mucho peor. Por eso decidí salir yo, sin que nadie lo supiera y ponerla en su sitio de una vez por todas, pero ella fue rápida y cuando me quise dar cuenta la tenía encima. Besándome.

—Oh, dios mío —se lamentó ella mientras se tapaba la boca.

—Tienes que entenderlo, yo no hice nada. En cuanto pasó me la quité de encima y le dije todo lo que pensaba de ella. Ahora tienes que perdonarme. Solo quería que esto terminara de una maldita vez, por eso salí a verla. —Corina se hundió completamente. Lloró de una manera brutal y David lo hizo con ella. La abrazó y no la soltó hasta que se recompuso. No sabía el tiempo que había pasado, pero eso no le importaba.

—David…

—¿Estás mejor?

—Sí.

—¿Me vas a dejar? —preguntó mientras la miraba con un dolor extremo reflejado en su cara.

—Yo…

—¡Corina, tienes que creerme! Sabes cómo soy. Yo jamás haría algo que hiciera daño a mi familia y menos a ti o a los niños que sois lo que más quiero en el mundo.

—Tranquilo, confío en ti —susurró mientras se sentaba encima de él y hundía su cara en el cuello del chico. En ese momento David comenzó a llorar como un niño pequeño. Toda la tensión acumulada desde el día anterior había explotado en aquel momento.

—Gracias, amor.

—Esa tipa me lo va a pagar. ¿Cómo pudo hacerte eso?

—Está loca, Corina. Prométeme que no te vas a acercar a ella. Con lo que yo le dije anoche creo que le quedó bastante claro todo.

—David, ¿Cómo quieres que me quede quieta ante una cosa así? ¿Y el mal rato que nos  ha hecho pasar a los dos?

—En especial a mí. No he dormido en toda la noche y cuando se lo he contado a Fernando…

—¿Se lo has contado a Fernando? —preguntó ella con la boca abierta.

—Estaba muy mal, no te puedes hacer una idea. Entró en mi despacho y en cuanto me sonsacó un poco de información, se lo conté. No podía tener eso más guardado y él fue quien me aconsejó que tenía que decírtelo. Yo sé que entre nosotros no debe de haber ninguna clase de secreto, pero el miedo que tenía a perderos era tan grande que…

—David, no te voy a mentir: estoy dolida, muy dolida. Pero sé que tú no tuviste nada que ver, tampoco me puedo enfadar contigo por una cosa que no fuiste tú quien la propiciaste. Pero es que solo de pensar que alguien más que no sea yo ha besado esta boca…        —La chica le pasó el dedo por encima de los labios posesivamente—, es que me muero de los celos. No puedo soportarlo.

—Sabes que mis besos son solo tuyos. —El chico la abrazó, no quería perderla jamás. Y rozó sus labios con los de ella.

—Oh, David. He pasado mucho miedo cuando te he visto entrar con esa cara. ¡Me he temido lo peor!

—Corina, quiero tener otro hijo contigo —dijo él sin ton ni son.

—¿Cómo? —preguntó ella clavando sus ojos en los de él.

—Quiero agrandar mi familia. Sé que es a ti a la que incumbe profesionalmente, pero necesito otro bebé en casa, sentir que mi familia es grande y que os tengo a todos conmigo.

—¿No te basta con esos dos demonios de Luis y Carmen?

—No, quiero otro bebé.

—Pero la niña aún está muy pequeña. Yo no sé si es el mejor momento.

—¿Pero tú quieres volver a adoptar? —Ella se quedó callada y lo pensó detenidamente.

—No me importaría, pero cuando Carmen estuviera un poco más mayor. Ahora mismo me tiro de los pelos con los dos, imagínate con otra personita más.

—Está bien, entonces esperaremos un poco para comenzar el proceso nuevamente.           —Él rozó su nariz con la de ella- No me creo que no estés enfadada conmigo. Que te haya contado todo y estemos así, tan bien, abrazados el uno al otro.

—Te vuelvo a repetir que confío en ti. Sino ya me hubiera marchado de esta casa con mis niños. —Aquello le dolió a David. Solo de pensarlo se ponía enfermo.

—No repitas eso nunca más, por favor.

—Está bien, tranquilo.

—Si os pierdo, me muero —dijo en un tono lastimero.

—Oye, ¿no tienes hambre? —Ambos miraron el reloj, eran más de las cuatro de la tarde. ¿Cuánto tiempo llevaban así?

—Sí, la verdad es que sí.

—Vamos a almorzar y luego recogeremos a los niños y daremos un paseo.

—¿De verdad no estás enfadada? —Él volvió a cogerla de la cintura antes de que se levantara.

—Te lo vuelvo a repetir. No estoy enfadada, solo dolorida, pero por la situación. No es nada personal contigo, eres mi marido y te creo. —El chico sonrió y le dio gracias a dios por haber puesto a aquella mujer en su camino.

—Esta noche vamos a ir a cenar fuera. Quiero que hablemos más detenidamente de lo que te acabo de proponer y además, necesito tener un rato de intimidad contigo. ¿Crees que a tu madre le importará quedarse con los niños?

—¿Me vas a invitar a cenar? ¿Está usted haciéndome la pelota, señor Parker?

—No es hacerte la pelota, es que te quiero.

—Oh… —Ella se acercó a él y lo besó con pasión. Ya no sabría vivir sin él, era tan fuerte lo que sentía…

—No me beses así porque si no te aseguro que no llegamos a la cocina.

—No necesito entrar en la cocina.

—Vaya, por lo que veo tienes ganas de guerra.

Ella comenzó a correr hacia el cuarto y David la siguió. Cuando la tuvo cerca la agarró y la tiró encima de la cama. Comenzó a besarla con furia. Solo de pensar que podía haberla perdido le hacía sentirse el peor de los hombres. Aquello había significado mucho para él y esperaba que aquella maldita mujer no se volviera a acercar a él o sino tendría que tomar medidas mucho más fuertes.

Corina le miró a los ojos y sonrió. Sabía que él no haría nada que le hiciera daño y por eso le creía, porque estaba complemente enamorada de él y porque ya no sabría enfrentarse a una vida sin su David en ella. Le retiró el pelo de cara volvió a besarlo. Ahora disfrutaría del momento, pero algún día, Marta León le pagaría todo lo que había hecho sufrir a su marido con aquel beso y también a ella.

**A las seis de la tarde, Fernando volvió a comisaría. No había dejado de pensar en David y en Corina. ¿Habría arreglado todo aquel asunto? Suspiró y se sentó en su butaca. Sacó los papeles que Alejandro le había mandado. Comenzó a mirarlos y se dio cuenta de que allí había información muy valiosa, información de la que no disponían y que no sabía si Clara tendría conocimiento de ello. Jamás le había hablado de algo así. Sacó el número de teléfono y llamó a Parker.

—¿Sí? —preguntó él con voz adormilada al otro lado del altavoz.

—¿David?

—Hola Fernando, perdona. Me había quedado durmiendo.

—¿Durmiendo?

—Sí, ya sabes es lo que tienen las reconciliaciones. Que agotan. —Él le guiñó un ojo a Corina que lo miraba desde el otro lado de la cama. No podía ser más bonita. Amaba a su mujer con todo su corazón.

—Vaya, me alegro que todo se haya arreglado.

—Es lo que tiene tener a la mejor mujer del mundo. —Corina sonrió mientras se desperezaba.

—Bueno, déjame que discrepe en ese punto. —Los dos sonrieron y en especial, Fernando, al recordar a su querida Andrea.

—¿Ha ocurrido algo?

—He leído el informe que me ha mandado Alejandro y hay cosas bastantes interesantes.

—¿Cómo qué?

—Ah, no. Si quieres, lo siento mucho, pero vas a tener que venir a comisaría.

—Fernando… —suspiró él.

—Esto hay que hablarlo en persona.

—Está bien, en un cuarto de hora estaré allí.

La conexión se cortó y Fernando siguió mirando aquel informe como si no hubiera leído uno en la vida. Pasados unos minutos David entró por la puerta, aquel chico era un torbellino.

—Antes de nada, enhorabuena. —Fernando le dio un abrazo amistoso y David sonrió. Se le veía visiblemente más relajado.

—Gracias. Ahora dime que has encontrado.

—Míralo con tus propios ojos. —El chico le extendió el informe. David lo leyó por encima y miró a su compañero.

—¿Clara sabe esto? —dijo señalando un punto.

—Yo creo que no, porque ella jamás nos ha hablado de eso.

—Ana Lucía era médico. ¡Pero si nosotros creíamos que solo había tenido el negocio de pintura! —exclamó él.

—Yo creo que jamás ejerció.

—¿Cómo qué no? Aquí pone que Marcos Cabello, su marido, era médico también.

—Sí, lo sé. Esto es muy extraño. ¿Por qué Clara no sabe que su madre era médico?

—No lo sé, fue como si hubiera borrado ese dato de su vida. La gente no ha comentado nada de eso en el pueblo y si allí no se comenta es porque no se sabe. Ya sabes cómo son…

—Es verdad. ¿Qué más pone?

—Solo tuvo una hija y un aborto posterior.

—Esa niña es Clara.

—Exacto.

—Mira, aquí pone que tuvo una relación con un tal Emilio Ibáñez.

—Deberíamos hablar con ese hombre. ¿Dónde vive?

—Pues no lo sé, aquí solo pone Cádiz.

—Está bien, buscaremos información sobre él e iremos a hacerle una visita. Quizás su relación no fue buena y haya vuelta del pasado para vengarse por cualquier motivo.

—Bien pensado, Fernando.

—La llamaban “Linda” —Se sorprendió David— ¿Lo sabrá Clara?

—Tampoco ha hablado nunca de eso. Creo que desconocía muchas cosas de su madre.

—Por ahora vamos a callarnos todo esto que sabemos. No quiero ponerla nerviosa. Cuando sepamos algo más, le diremos que busque en casa de su madre algo que nos pueda servir.

—Está bien. Este Alejandro es un crack. Esa base de datos es la hostia. Mira toda la información que nos ha facilitado.

—Tenía una hermana, Rebeca. Sus padres murieron cuando ella era aún muy joven.

—Vaya, ¿qué habrá sido de esa hermana?

—No tengo ni idea, ¿Conocerá Clara algo sobre esa mujer? No me extrañaría que ocurriera algo con ella y también puede ser una posible sospechosa.

—Tenemos que buscarla, al menos para hablar con ella y así que nos cuente algo más sobre la vida de “Linda” —Los dos sonrieron.

—Mañana seguimos con todo esto. Tengo que irme, he invitado esta noche a cenar a Corina.

—Te veo mucho más contento y más animado.

—Después de lo que me ha pasado hoy con mi mujer y teniendo toda esta información, soy el hombre más feliz del mundo. —Estuvo a punto de contarle lo de la posible adopción de un tercer hijo, pero decidió callar hasta que tuvieran algo completamente claro.

—Haces bien en estar feliz. ¿Dónde las vas a llevar?

—Iremos a Fuente Palmera al mesón nuevo que han abierto. ¿Sabes de cuál te hablo?

—Sí, está cerca de mi antigua casa.

—No podemos alejarnos mucho más porque dejamos a los niños con mi suegra y tenemos que volver pronto.

Los dos amigos salieron por la puerta, eran las siete de la tarde y la noche estaba empezando a caer. Se montaron en el coche y se dirigieron al pueblo. Sin percatarse que detrás de comisaría salía una persona encapuchada. “Pronto tendréis novedades” —susurró.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 10.

TREINTA Y CINCO AÑOS ANTES:

            —¿Cómo estás? —preguntó él mientras se sentaba a su lado en aquella grande cama.

            —Buenos días —dijo Linda mientras abría los ojos.

            —¿Qué quieres hacer hoy?

            —Lo que tú quieras —añadió ella levantándose aún desnuda.

            —¿Qué te preocupa? Te noto extraña.

            —No, nada. No es nada. —Resopló y se acordó de Emilio y de su pequeña. Ya hacía varios meses que los había dejado y todavía no había vuelto. Los seguía recordando, pero se había acostumbrado a su nueva vida y apenas los echaba de menos.

            —¿Es porque pronto yo tendré que volver a mi casa?

            —Sí, es por eso —mintió ella.

            —Bueno, tranquila. Tú sabes que si quieres, puedes venirte conmigo. Ya sabes que te quiero.

            —¿Cómo has dicho? —preguntó ella mientras se ponía su bonito y caro vestido azul celeste.

            —Me he enamorado de ti, preciosa. Eso es algo que ya no puedo ocultar. —Hacía apenas seis meses que se conocieron en una de las conferencias de medicina a las que Linda asistió, allí estaba él, un reputado médico que sin duda no era indiferente para ninguna mujer. Sus ojos oscuros y su pelo negro la volvieron loca desde el primer momento en que lo vio. Luego a él le ocurrió lo mismo con ella y sin darse cuenta, de un día para otro, comenzaron algo parecido a una relación.

            —¿Cómo has podido enamorarte de mí? —preguntó ella mientras pensaba en la familia que había dejado atrás y que él desconocía completamente.

            —Somos jóvenes y sin ataduras, ¿Por qué no iba a poder enamorarme de ti? —Él la besó dulcemente en los labios.

            —Yo…

            —No digas nada, en quince minutos tenemos que estar abajo desayunando. Nos esperan en la clínica.

            —Es cierto. —En ese momento pensó que tenía que ir a ver a su familia. Sonrió al pensar en esa palabra: familia. Ella misma la había perdido y no podía reprochárselo a nadie.

            —Piénsate lo de venirte conmigo, sé que no es un lugar dónde tú estás acostumbrada a vivir, pero se vive bien y en paz, además siempre te puedo ofrecer un trabajo. —Se quedó pensativa mientras se recogía su melena en un bonito moño.

            —Lo pensaré. —Ya llevaban varios meses de relación y la verdad que es ese hombre le gustaba mucho y podía llevar una vida buena y acomodada a su lado, no le iba a faltar nada. Se rascó una ceja y pensó que sí, que sería lo mejor. Pero no podía enterarse de la familia que había dejado, aquello sería su gran secreto.

            —¿Es necesario que vaya hoy a la clínica? Tengo unos asuntos urgentes que resolver antes de marcharme a vivir contigo. —Eso le despistaría.

            —¿Te vienes conmigo? —preguntó él contento.

            —Sí, cariño. Me voy contigo.

            —Está bien, arregla esos asuntos, yo te esperaré.

            —No sé cuánto tardaré. —Se sinceró ella.

            —Hasta dentro de tres días no nos iremos, así que no te preocupes. —Linda se tocó el vientre y suspiró. ¿Qué iba a hacer sola en el mundo y con otro hijo? Nadie sabía aún de su embarazo, ni siquiera aquel hombre al que tenía embelesado. Tenía que despedirse de su antigua familia y marcharse junto a él, para crear una nueva.

            —Está bien, ahora me tengo que ir, pero cuando vuelva tengo que hablar contigo urgentemente. —La chica pensó en contarle su embarazo. Estaba de más de tres meses, pronto comenzaría a notársele.

            —¿Qué ocurre? —preguntó él asustado.

            —Hasta entonces no te diré nada, es una sorpresa —le confesó ella sonriendo mientras metía en su bolso un papel que tenía celosamente guardado donde ponía lo de su embarazo, se lo dio el médico el día que le dijo que estaba embarazada. No podía dejarlo allí, él podía descubrirlo.

            —Está bien, pero no tardes mucho, mi vida. —Él la besó en los labios. Y ella salió por la puerta.

Rápidamente se fue a la estación de trenes y compró un billete. El viaje se le hizo largo, no tenía nada con qué entretenerse, por lo que se pasó todo el camino acariciando su ya abultada barriga. Cuando llegó, tomó un taxi y se encaminó hacia la cabaña de Emilio. Cuando llegó, pudo observar que el hombre estaba sentado en la orilla de la playa junto a una preciosa niña. Juntos hacía un castillo de arena y sonreían. Aquella pequeña sería su pequeña, por un momento los ojos se le llenaron de lágrimas, ¿Cómo podía haberla abandonado tan pequeña? Rebeca tendría que haberse quedado cuidándola, pero el día que llegaron a Córdoba, se deshizo de su hermana como pudo, ella no iba a alimentar una boca más y jamás volvió a saber nada de ella.

            —¿Qué haces tú aquí? —preguntó Emilio mientras se acercaba a ella con la niña en brazos.

            —He venido a veros ahora que he tenido un hueco.

            —¿Llevas más de seis meses trabajando sin parar como para que no hayas podido venir a hacernos ni una mísera visita? —Linda miró a aquella niña que la miraba extrañada. Le echó los brazos, pero la pequeña se abrazó al cuello de su padre asustada—. ¿Pretendas que te conozca? ¡La abandonaste como a un perro! —gritó él encolerizado.

            —No grites, la vas a asustar —susurró ella a sabiendas de que era verdad todo lo que le estaba diciendo.

            —¿A qué has venido? —le preguntó mientras abría la puerta de su pequeña cabaña. ¿A por las cosas que dejaste el día que te marchaste? Están en el mismo lugar, pero intenta no tardar mucho, no vaya a ser que te dé alergia en esta pequeña cabaña —dijo él con dureza.

            —Emilio… —Ella intentó acercarse a él.

            —No te acerques ni a mí ni a mi hija. —En ese momento una arcada se apoderó de Linda y corrió al baño, dónde vomitó. Emilio miró a su hija extrañado y luego se percató del papel que sobresalía del bolso de aquella mujer. Se acercó y tras cogerlo lo leyó. ¡Estaba embarazada! Si había algo claro allí, es que ese bebé no era hijo suyo, por lo que ella tenía a alguien más. Volvió a soltarlo donde estaba y ni se inmutó cuando la vio salir.

            —Yo… —comenzó a decir.

            —Ni se te ocurra decir una palabra más. Te quiero fuera de mi casa ya. —Ella no dijo nada más, cogió su bolso y se acercó a la niña. Sabía que no tenía ningún derecho sobre ella. Los perdió todos el día que la abandonó siendo tan solo un bebé.  Cuando la pequeña la vio tan cerca, se asustó. ¿Quién era aquella mujer? Volvió a abrazarse al cuello de su padre mientras comenzaba a llorar. A Linda se le llenaron los ojos de lágrimas y se dirigió a la puerta.

            —Yo jamás quise que esto acabara así —dijo a sabiendas de que todo aquello lo había propiciado ella y que ahora había otro hombre en su vida.

            —Vete de aquí, ¡Largo! —gritó él.

Linda no dijo nada más, salió cabizbaja de aquella pequeña cabaña que tan buenos recuerdos le traía y se marchó. Puso rumbo a dónde su nuevo amor y su nueva vida la esperaban. Quizás todo fuera mucho mejor a partir de aquel momento.

**Hugo se bajó de su coche y llamó a la puerta. Estaba a punto de marcharse cuando la puerta finalmente se abrió.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Solo quería verte, me siento algo solo. Al fin y al cabo eres la única familia que me queda en el mundo.

—Pasa, pero pronto tendrás que marcharte, por ahora no quiero que te relacionen conmigo. —El chico entró a aquella casa, todo estaba limpio y ordenado.

—¿Y tu marido?

—No está, ha salido. —Ella se sentó en el sofá y se encendió un cigarro. Él la miró y suspiró, ¿por qué no podían tener una relación como lo que realmente eran?

—Solo quería un poco de compañía, pero si molesto me voy.

—No, no molestas. —Se limitó a decir sin mirarle.

—¿Por qué no me miras cuando te hablo? —inquirió él algo apenado.

—Cómo entenderás no eres nada satisfactorio de ver.

—¿Cómo puedes decirme eso a sabiendas de que si estoy así es por un accidente que sufrí?

—¡Si, un maldito accidente en el que también perdí a Israel! ¿Lo recuerdas? ¿Te acuerdas de Israel? —preguntó ella alterada mientras se levantaba y miraba por la ventana con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo también lo perdí y lo siento en el alma, pero no fue culpa mía.

—Creaste una maldita mentira a partir de todo eso y no te lo voy a perdonar jamás. Entiendo que ese fuera el final de Israel, pero lo que no llego a entender aún y, fíjate si han pasado años, es cómo tuviste la sangre fría de mentir como un bellaco como lo hiciste —dijo algo más sosegada.

—Tenía que hacerlo. Israel solo nos tenía a nosotros dos, nadie lo iba a echar en falta y yo necesitaba, ya sabes…

—¡Sí, sé lo que necesitabas, pero yo quería enterrar a Israel y no pude hacerlo!

—Lo siento, sé que eres la única que sabes toda la verdad sobre esto —se excusó señalándose el rostro—, pero…

—Ni peros ni nada, Hugo. —La última palabra la extendió más de la cuenta.

—Por favor, entiéndeme…

—Mira, yo no voy a vivir toda mi santa vida con esto aquí guardado. —La mujer se llevó la mano al pecho—. Algún día lo confesaré todo y entonces tendrás que dar explicaciones.

—No, no puedes hacerlo, tu sabes por qué he hecho todo esto, ella ha sido lo primordial en mi vida.

—¡¿Pero de que te sirve todo esto que estás haciendo?! —gritó ella.

—De mucho, cada día me sirve de más. Ahora me voy, ya veo que no puedo contar contigo para nada, prefiero estar rodeado de muertos, ellos al menos no se involucran en todo.

—Eso, vete. Y no me involucro en todo, es simplemente que yo quería a mi Israel y por tu maldita culpa ni enterrarlo pude. —Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.

—¡Yo también le quería, joder! —gritó el hombre fuera de sí.

—Vete.

—Por supuesto que me voy. —El hombre se marchó hacia la puerta—. Y por cierto, intenta no meterte más con mi aspecto, creo que bastante desgracia tengo yo como para encima tener que escuchar tus comentarios despectivos.

—¡Qué te largues te he dicho!

La puerta se cerró y Hugo volvió a meterse en su coche. Se miró en el espejo retrovisor y se dio cuenta de que cada día parecía más un monstruo, pero contra eso no podía hacer nada. ¿Qué iba a hacer después de tantos años? Miró hacia la casa y la vio mirando por la ventana. No podía contar con aquella mujer, ni aun siendo de su propia familia. Se sentía más solo que la una, pero no podía hacer nada. Arrancó su vehículo y se dirigió de nuevo al cementerio. Ahora aquel era su verdadero hogar, un lugar donde se sentía seguro y a gusto consigo mismo. Se tendió en el sofá y cerró los ojos. Por un momento imaginó su aspecto antes de aquel accidente, y sonrió. Luego recordó a Israel y unas lágrimas comenzaron a correr por su cara. ¿Cómo podía haberle hecho aquello? Sin más, suspiró y creyó que lo mejor sería no pensar más en aquel tema.

**Cuando Paula salió de casa, Alejandro se bajó del coche para recibirla. Ninguno de los dos sabía cómo actuar, pero tenían que aparentar normalidad.

—Estás preciosa —dijo él embelesado.

—Gracias, tú también estás muy bien —añadió ella algo avergonzada mientras le daba dos besos.

—He pensado que podíamos ir a cenar a Córdoba. Cerca de donde yo trabajo hay un bar que parece estar bien. Luego podemos ir a tomarnos una copa a algún pub

—A mí me parece perfecto. —Ambos se montaron en el coche y durante el trayecto fueron hablando sobre sus trabajos y sus vidas, pero sin profundizar mucho. Aún se sentían cohibidos, aún no sabían cómo habían llegado a tener aquella cita. Al llegar al bar, Paula se quedó con la boca abierta, era un lugar bonito y cuidado y el personal se mostraban muy atentos con ellos.

—Es un lugar muy bonito, Alejandro. Aunque tiene pinta de ser caro.

—Por eso no te preocupes, esta noche todo corre de mi cuenta. —El chico sonrió y a Paula le aleteó el corazón.

—¿En qué piensas? —le preguntó cuándo el camarero se marchó a por sus bebidas.

—En que aun no entiendo cómo estamos tú y yo aquí sentados, teniendo una cita.           —Los dos sonrieron.

—Esas brujas de Alexia y Andrea se han encargado de todo —dijo él risueño.

—Son un caso.

—De todas formas, les estaré eternamente agradecido por habernos liado de esta manera. —Sus miradas se cruzaron y ella, nerviosa, rápidamente miró al suelo.

—Es muy bonito eso que has dicho —susurró.

—Es lo que siento —dijo él con una seductora voz—. No te voy a negar que desde que te vi en el cumpleaños de David me llamaste muchísimo la atención. Me encanta tu melena, pareces una leona. —Ella se sonrojó.

—A todo el mundo le gusta mi pelo.

—Toda tú eres bonita.

—Alejandro, vas a conseguir que me ponga colorada —dijo ella mientras ponía un gesto que a enterneció al chico.

—¿Sabes? Yo no quería conocer a nadie. Mi corazón antes de venirme a vivir al pueblo con mis primos, estaba completamente cerrado.

—Oh…

—Sí, señorita. Pero luego apareciste tú y…

—¿Le dijiste a Alexia que le pidiera mi número a Andrea?

—No, tan solo dije que eras guapa cuando te soltamos en tu casa y después de eso, ella solita se encargó de todo. Mi prima es una mujer muy buena, hemos estado muchos años separados pero es como si el tiempo no hubiera pasado para nosotros. La quiero como a una hermana y ella solo quiere verme feliz, por eso ha hecho todo esto.

—¿Qué te ha podido pasar para que tuvieras el corazón cerrado? —El camarero llegó con la bebida y pidieron la cena.

—Hace tres años de mi ruptura con Noah. Yo creí que era la mujer de mi vida, pero gracias a dios me di cuenta de que no era ella.

—¿Qué ocurrió? —preguntó ella mientras le daba un sorbo a su coca cola.

—Noah y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. Estuvimos varios años  juntos hasta que algo terrible ocurrió, su hermana gemela murió y decidió marcharse sin darme ningún tipo de explicación. Estuve mucho tiempo pensando en qué habría sido de ella sin saber absolutamente nada. La recordaba a todas horas, de noche y de día. Hasta que, hace más de ocho años, mi prima Alexia apareció en mi vida. Yo no sabía que era mi prima, y llevaba la investigación sobre el asesinato de su padre y a la vez el de mi padre, sin darme cuenta comencé a sentir algo por ella.

—¿Por tu prima? —preguntó ella sorprendida.

—Sí, yo no sabía que éramos primos. No quería reconocerlo, Mario ya existía en su vida, pero gracias a dios, pude frenarlo a tiempo. Fue entonces cuando Noah volvió. Ella fue quién me hizo olvidar complemente lo que pude llegar a sentir por Alexia. Me contó cómo se sentía, porqué me abandonó de aquella manera y yo la perdoné. Después de eso estuvimos cinco años maravillosos de relación, al menos para mí. Hace tres años, tenía una conferencia fuera de Madrid y la dejé en casa, ella no quiso acompañarme. Cuando llegué a Barcelona, que era el lugar dónde se haría la conferencia, me informaron qué se había anulado y sin pensármelo me volví a mi casa, para estar el fin de semana junto a ella. Cual no fue mi sorpresa cuando llegué y la encontré en la cama con su jefe. —El chico apretó el vaso en su mano. Aún recordaba ese momento como si hubiera sido ayer.

—Oh, lo siento.

—No lo sientas, si nada de eso hubiera pasado, hoy en día tú y yo no estaríamos aquí.           —Él sonrió  y la cogió de la mano.

—Alejandro… —comenzó a decir ella.

—No digas nada, ahora quiero que me cuentes algo de tu vida. —Eso la tranquilizó.

—Bueno, soy enfermera. Desde que tengo uso de razón viví como madrina, Gema, pero ella falleció hace poco. Decidí venirme aquí porque Isabela y Alberto me brindaron su casa y Andrea y Fernando me han dado un trabajo. Necesitaba dejar atrás mi vida en Rota, sabía que no podría vivir con tantos recuerdos. Mi madrina ha sido lo único que he tenido en la vida y no podía en aquella casa.

—Los dos nos hemos ido a Fuente Palmera para olvidar —dijo él con pesar.

—Sí…

—Me alegro tanto de haberme venido, quizás mi vida cambie para siempre.

—Y la mía —dijo ella tímidamente.

—Paula, ¿y tus padres? —preguntó él mientras se metía en la boca el primer bocado de la cena.

—No los recuerdo, murieron cuando yo era muy pequeña.

—¿Qué les ocurrió?

—Por lo que mi tía siempre me ha dicho, un accidente de tráfico. Los dos murieron en el acto y yo me quedé con Gema.

—Vaya, lo siento.

—Hace mucho de eso, pero me hubiera gustado saber qué se siente al tener unos padres.

—Yo viví siempre sin mi padre biológico, pero mi madre, Mónica, se casó con Alfonso cuando yo era un niño y ha sido muy bueno para mí. El padre que nunca tuve. —Sonrió al recordar a aquel hombre bonachón al que quería con toda su alma.

—Me alegro mucho por ti. Yo lo más parecido a unos padres que estoy experimentando es con Isabela y Alberto. Se portan muy bien conmigo, me cuidan y se preocupan por mí.

—Estás preciosa esta noche —dijo él cambiando de tema.

—Zalamero. —Ambos sonrieron.

—No soy un zalamero, solo digo la verdad.

La cena transcurrió tranquila, entre charlas y confidencias. Cuando salieron del bar un fuerte aguacero estaba cayendo. Alejandro le prestó su chaqueta a la chica y rápidamente se metieron en el coche. Al entrar ella bostezó.

—Vaya, veo que tienes ganas de fiesta —dijo él irónicamente.

—No te rías de mí. Anoche me quedé cuidando a Aurora y no veas la lata que me dio. No durmió hasta que llegaron sus padres.

—¿Quieres que te lleve a casa ya?

—Lo preferiría. Otro día quedamos para tomarnos algo, pero invitó yo. Hoy estoy muy cansada, no puedo más.

—Cómo tú quieras. —El chico se acercó a ella y un olor exquisito a colonia llenaron las fosas nasales de Paula. Alejandro la besó, con ganas, con ansias y cuando se separaron sus miradas se cruzaron.

—Oh, dios mío. Alejandro…. —dijo ella mientras abría mucho los ojos.

—Tranquila, Paula. Solo ha sido un beso… —Alejandro rozó su nariz con la de ella.

—Me ha gustado mucho —susurró la chica.

—A mí también, pero esto me asusta. No quiero precipitarme —comenzó a decir el chico con su frente pegada a la de ella. El agua golpeaba fuerte los cristales.

—Te entiendo, no te preocupes. Ahora volvamos a casa. —Alejandro le dio un rápido beso en los labios y comenzó la marcha hacia el pueblo.

Cuando llegaron a casa de Paula, él la acompañó y la tapó con su chaqueta, seguía lloviendo a mares.

—Te dejo en casita, sana y salva —le susurró él al oído mientras ella sacaba las llaves del bolso.

—Muchas gracias por la invitación, me lo he pasado muy bien contigo esta noche. Ahora debo entrar. —Alejandro no dijo nada, sonrió y la apretó contra la pared. Ella lo miró con sus grandes ojos marrones, asustada.

—Tranquila, solo voy a besarte. Eres preciosa y me vuelves loco. —El chico la volvió a besar hasta dejarla sin aliento. “Jamás me han besado así” —pensó Paula.

—Buenas noches, que descanses —dijo mientras se dirigía al coche. Ella sonrió y lo saludó con la mano. Luego entró en casa y cuando cerró la puerta se llevó la mano al pecho. Aquel chico le gustaba más de cuenta y no sabía hasta qué punto podía ser bueno aquel sentimiento.

**Aquella noche David no dejaba de moverse en la cama. Corina, algo preocupada por él, se incorporó.

—David, ¿qué te ocurre? —le preguntó al oído.

—No puedo dormir. —Se sentó y ambos se quedaron mirándose con la simple luz de la luna que entraba por la ventana.

—¿Es por la tormenta? —preguntó ella risueña.

—No, a mí no me dan miedo las tormentas.

—¿Entonces?

—Corina, aunque no lo exprese, me siento muy mal por no saber cómo llevar este tema. En otras ocasiones, ya tendría algo. Alguna cosa de qué valerme para llegar al fondo del asunto, pero es que mira el tiempo que ha pasado y no hay nada que pueda hacer.

—Bueno, ahora tenéis más ayuda. Contáis con Mario y Alejandro.

—Sí, y eso es un arma de doble filo. Por un lado es perfecto, contamos con dos personas más para que nos ayuden, pero por otro me siendo un inútil que no soy capaz de hacer nada por mí solo en esta investigación.

—No digas eso. —Ella le acarició suavemente la mejilla y él sonrió.

—Corina, ¿qué hago? No sé cuál es el siguiente paso y eso nunca me ha pasado.

—Tienes que hablar con Clara y que sea ella misma sea quien busque algo de información en casa de su madre. —David la miró y sonrió.

—Nos escuchaste el otro día cuando hablábamos, ¿verdad?

—Yo no quería, pero… —comenzó a decir ella nerviosa.

—No pasa nada, cariño. Tranquila. Tienes razón, me esperaré al lunes para llamar a Clara y entre en casa de su madre a buscar algo.

—Yo puedo acompañarla.

—Corina, déjala a ella.

—Quizás no quiera enfrentarse a eso ella sola. —Se excusó la chica.

—Bueno, habla tú con ella. Si accede, ayúdala. —Se limitó a decir él.

—Te noto tenso. Son las doce de la noche, tienes que descansar.

—También me preocupa mi padre. No te he dicho nada, pero me ha llamado para decirme que se encuentra preocupado por Jade.

—Los hombres os asustáis con todo. Simplemente está embarazada, cuando pase los primeros meses del embarazo, ella volverá a ser la que era.

—No sé, él dice que la nota extraña y que quiere llevarla a un médico que la revise bien.

—Bueno, nunca está de mal una buena revisión médica y más estando en ese estado.

—Me dijo que durante esta semana que entra la iba a llevar a un médico de pago para que le haga un buen chequeo.

—Pronto tendrá al bebé, ya casi está de cuatro meses.

—Dios mío, Corina. Voy a tener un hermano a mi edad. —Él sonrió con ganas. Ella lo siguió.

—¿Quién te lo iba a decir? ¿Y quién iba a decir que Antonio iba a encontrar a una chica como Jade a su edad?

—Oye, tampoco es tan viejo.

—Yo no digo que sea viejo, además tu padre es un hombre guapo y apuesto.

—¡Oye! —exclamó él mientras le hacía cosquillas.

—¡Se parece a ti! —dijo ella muerta de risa.

—Corina, es verdad que estoy tenso, muy tenso —le dijo el chico en tono meloso mientras se recostaba encima de ella y comenzaba a besarle el cuello.

—¡Parker! —exclamó ella.

—¡Calla! —susurró él bajito. Corina no dijo nada más, simplemente se abandonó a los besos de su marido.

¡Magnifico sorteo de Ana González Rey!

Mi amiga y compañera Anita tiene activo un sorteo que os va a gustar mucho. Se sortea un libro en papel de su novela “Un cubata con sabor a café” y tengo que deciros que es una historia que me cautivó por completo, de principio a fin y no podía dejar de leer en ningún momento. ¡Animaros a participar porque no os vais a arrepentir!

Os dejo por aquí las bases del concurso que la autora ha dejado en su blog:  http://anitansf.blogspot.com.es/2017/01/sorteo-de-mi-libro-en-papel-un-cubata.html

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Información:

-El sorteo estará activo desde el 30/01/2017 hasta el 01/03/2017 hora española.
-Habrá un único ganador
– Sólo se envía en territorio español.
– El envío será ordinario quedando exenta si no llegara o no se recibiera en las condiciones adecuadas.
– El sorteo puede estar sujeto a modificaciones.
– Tendrá que haber un mínimo de 10 participantes.
– Informaré del ganador/a en el blog y en mis redes sociales. Tendrá 5 días para comunicarse conmigo, por privado, en alguna de mis redes sociales o escribiendo al correo anitameiga13@gmail.com , sino se procederá a volver a sortearlo, quedando fuera el ganador, y se repetirán las mismas acciones.

Normas:

Obligatorio
. Escribir, en un comentario, que participas.
. Compartir, de forma pública, en facebook, twitter o instagram y etiquetarme.
. Seguirme en una de mis redes sociales (facebook, twitter o instagram). Dejarme en los comentarios con que usuario lo hacéis. Si alguien deja de seguirme, quedará fuera del sorteo.

Opcional:
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. Seguirme en mis tres redes sociales (dejarme en los comentarios en cuales me seguís y con que nombre).
. Seguir el blog (decírmelo en los comentarios y con que nombre)
.  Poner la imagen del sorteo en vuestro blog (decirme en los comentarios el enlace del blog y donde está situado)
. Hacer una entrada, en vuestro blog, informando del sorteo (dejarme el enlace de la entrada en los comentarios)
P.D: Si hacéis alguna de las opcionales y me dejáis de seguir, quedaréis fuera del sorteo.
Por cada acción de las opcionales, será un extra.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 9.

TREINTA Y SEIS AÑOS ANTES:

Linda ya estaba preparada para comenzar su vida laboral. Cogió su maletín y se acercó a la cuna, donde una preciosa niña llamada Lucía la miraba a través de unos grandes ojos.

            —No me mires así —le dijo ella en un susurro—. Volveré.

            —Entonces es verdad lo que me dijiste. Te marchas. —La voz de Emilio apareció de la nada detrás de ella.

            —Ya sabes que deseo más que nada en el mundo ejercer la medicina.

            —Pero, ¿es necesario que te vayas fuera? Tienes una hija de apenas cinco meses. ¿Piensas dejarla sola?

            —Yo no voy a abandonar a mi hija. La quiero más que a nada en el mundo, pero también quiero el contrato que me han ofertado. ¡No puedo decir que no a una oportunidad así!

            —Linda, por dios. Esta cabeza —señaló— no sirve solo para sujetarte los hombros. ¡Piensa, joder!

            —¡Tú cuidarás bien de ella! Además, mi hermana Rebeca se queda con vosotros.

            —Tu hermana es aún una cría, aunque no dudo que pueda cuidar a nuestra hija mejor que su propia madre —ladró Emilio.

            —Eres un malnacido, ¿Cómo puedes decirme esas cosas tan feas?

            —Tú te lo has buscado. Sabes que al principio me negué a que trabajaras porque yo creía que podía manteneros a las dos, aunque por lo que veo todo lo que te doy es poco, pero ahora lo pienso mejor y si tú no estás bien con lo que yo te puedo ofrecer: ¡Adelante, trabaja! Pero, ¿no podías hacerlo aquí, cerca de tu casa y de los tuyos? ¡Tienes una hija de cinco meses!

            —No voy a pensarlo más. El doctor Zurriaga ha confiado en mí, cosa que tú jamás hiciste. Además, mi trabajo está muy bien remunerado y te juro que te mandaré dinero para la niña.

            —¿Nos abandonas entonces?

            —¡No! vendré a veros.

            —¿Cuándo? —preguntó desesperado.

            —Cuando pueda, yo jamás podría olvidarme de ti. Sé que piensas que no soy la mejor mujer del mundo dejando a mi hija aquí y a ti también, pero no puedo hacer otra cosa. Una oportunidad así no la puedo desperdiciar y espero que lo entiendas.

            —Está bien, Linda. Haz  lo que veas que es mejor para ti.

            —Para mí y para mi familia. —Se acercó a él lentamente.

            —Aléjate de mí, yo no te creo. Te vas y nos vas abandonas —dijo el hombre con pesar. La pequeña parecía haber entendido  a su padre y comenzó a llorar.

            —Ya, reina, no llores. —Emilio cogió a la niña.

            —Mírate, eres un buen padre. Puedes cuidarla mejor que yo.

            —¡Dios mío, escúchate! ¿Verdaderamente me quieres? ¿Quieres a tu hija? —preguntó desesperado.

            —Claro que os quiero. Más que a nada en el mundo, pero me he dado cuenta que el no haber ejercido la medicina desde un principio había sido un error. Un gran error.

            —¿Fue un error elegirme a mí en aquellos momentos, verdad? Podías haber trabajado en lo que realmente te llena, pero aquí, cerca de nosotros.

            —Rebeca os ayudará —sentenció la mujer.

            —Linda, yo no me quiero quedar aquí. —La voz de su hermana se escuchó detrás de ellos. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

            —Rebeca, ¡Tienes que cuidar de mi hija! —gritó Linda.

            —No la obligues a hacer algo que es tu responsabilidad —dijo  Emilio con voz dura, con su hija aún en brazos. La chica miró a su hermana y levantó el mentón en señal de fuerza.

            —Está bien, te vendrás conmigo. Pero olvídate de que yo te mantenga. Te vendrás hasta la nueva ciudad, luego allí te buscarás la vida. —Emilio apretó los puños. ¿En qué se había convertido su mujer?

            —¡Eres mala! ¡Una mala persona! —vociferó el hombre. Lucía se sobresaltó y comenzó a llorar.

            —Cállate, la has asustado.

            —¿Qué me calle? ¡Fuera de mi casa ahora mismo!

No opusieron resistencia. Linda cogió su maleta y Rebeca una mochila con sus pocas pertenencias. Ambas cruzaron el umbral de la puerta a sabiendas de que jamás volverían a aquella casa, ahora comenzaba una nueva vida para Linda. Había cambiado esa vida con un buen puesto de trabajo y asegurada de lujos, por Emilio, que le había ofrecido toda la vida lo que había podido, y su hija Lucía.

            —Tranquila mi vida, papi está aquí. —Cerró la puerta a su espalda y se sentó en el sillón con su hija en brazos. Ahora tocaba una larga temporada de olvido. La mujer a la que amaba desaparecería de su vida. Quizás fuera cierto eso qué dicen que del amor al odio hay un solo paso.

Cuando Marta llegó a su casa, se la llevaban los demonios. Por su cara corría el barro todavía y no podía dejar de pensar en aquella maldita mujer.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó su marido, Carlos, cuando la vio entrar por la puerta.

—Si te lo cuento no te crees.

—Inténtalo —dijo en tono jocoso.

—Fui a ver a Parker, me enteré en comisaría que era su cumpleaños y le mandé un mensaje, le estaba esperando en una esquina cerca de su casa. Me pareció raro que me dijera que sí quería verme cuando desde que me estoy insinuando, siempre me ha dado esquinazo, pero pensé que quizás había cambiado de opinión. Al verle, decidí que lo mejor era tirarme a sus brazos y besarle antes de que se arrepintiera y cuando me vine a dar cuenta tenía a su mujer encima de mí, hecha una fiera y ¡me ha metido la cabeza en un charco lleno de barro!

—¿Cómo? –Carlos se carcajeó, no lo podía creer.

—¡No te rías! No es nada gracioso —le pidió ella con pena mientras se sentaba en el sofá—. Yo iba de buenas, incluso la invité a unirse a nosotros si quería.

—Marta, tienes que entender que no todo el mundo tiene una relación abierta como nosotros. No creo que esa mujer quisiera hacer un trío y compartir a su marido.

—Quizás tengas razón —susurró.

—No se lo tengas en cuenta, es normal que reaccionara así. —El chico se levantó y la abrazó.

—Pero no tenía por qué haberme metido la cabeza en un charco. ¡Es injusto!

—Conozco a esa chica de toda la vida y es más buena que el pan, pero es normal que si le tocan lo que más le duele, pues la chica salte.

—Bueno, pero por haberme hecho lo me hizo, no voy a contarle la verdad a Parker.

—Marta, deberías hacerlo. Eso era un tema que ya lo teníamos hablado —dijo el hombre en tono serio esta vez.

—Quizás me tenga que esperar a que se me pase este enfado que tengo con la mujer de Parker —comentó ella orgullosa.

—Tienes que decírselo, es algo que lo hemos recapacitado mucho como para que ahora te eches atrás.

—¡No! O al menos no ahora.

—Está bien, te doy una semana para que lo confieses, sino seré yo quien vaya a comisaría  y lo cuente todo.

—No me asustas, Carlos —dijo la chica en tono meloso.

—¿Seguro que no?

—No, quizás tengas que utilizar otras técnicas para asustarme. —Con  lentitud lo besó.

—Buscaré esas técnicas entonces.

—¿Quieres darte un baño conmigo? Lo necesito. —Los dos se carcajearon al ver las pintas de la chica.

—Eres un caso, a quién se le ocurre ir a casa de un hombre a buscarlo a sabiendas de que su mujer podía estar allí.

—Parker me tiene loca, daría lo que fuera por tenerlo en mi cama, junto a ti.

—Dudo mucho que eso pueda hacerse realidad algún día, cariño. —Se dirigieron al baño entre risas mientras llenaban la bañera.

**Cuando Paula llegó a casa, rápidamente se puso el pijama y se metió en la cama, ni siquiera se desmaquilló. No podía dejar de pensar en Alejandro, aquel chico tan simpático que había conocido en la fiesta de Corina. Fueron muy amables en llevarla a casa. Un trueno hizo que la chica se estremeciera dentro de la cama, hacía muy mal tiempo fuera y no le gustaban las tormentas.

Después de estar más de media hora metida en la cama y no poder dormirse, se levantó y cogió un álbum de fotos. Allí estaban las únicas fotos que tenía de sus padres, unas fotos que su tía Gema había conservado como oro en paño y que ella jamás perdería. A penas era un bebé, su madre estaba sentada en una silla de enea y su padre de pie junto a ellas. Ambas miraban la cámara, pero su padre con una gran sonrisa las miraba a ellas. Su madre tenía una cara preciosa, se parecía a ella, era morena y con una larga melena. Su padre era un hombre apuesto, de pelo corto.

Apretó aquella foto contra su pecho y suspiró. Todo sería tan diferente si ellos estuvieran a su lado, ¿Por qué tuvieron que morir? Era algo horrible, que jamás había entendido. Tenía ya una edad y se sentía como una niña desprotegida, aunque sabía que Alberto e Isabela estarían siempre a su lado y velarían por su bienestar. Quizás va siendo hora de que forme una familia —pensó la chica— Aunque pronto descartó la idea, allí apenas conocía a nadie y no se sentía con fuerzas de hacerlo después del mazazo que le había dado la vida dejándola sola.

Su móvil vibró, algo que le extrañó. Miró el reloj, eran las dos de la madrugada. Se levantó rápidamente y se quedó de piedra cuando leyó el mensaje que acababan de enviarle. “Soy Alejandro, nos conocimos en la fiesta de Corina. No me preguntes como tengo tu número, eso lo saben mejor que nadie Alexia y Andrea. Si tú quieres podemos vernos y salir a tomar algo para conocernos mejor. En definitiva los dos estamos solos en este pueblo sin conocer a nadie. Buenas noches. Que descanses” Sin poder remediarlo, Paula sonrió. Su jefa era un caso, seguramente se habría puesto de acuerdo con la prima de Alejandro para darle su número de teléfono. Pensó durante varios minutos el contestarle o no, pero decidió que tenía que arriesgar en la vida. “Claro que me apetece salir contigo. Puedes invitarme a cenar este sábado, estaré encantada. Ahora toca descansar. Buenas noches”

Después de aquello, sin poder disimular su entusiasmo volvió a meterse en la cama. Alejandro se había interesado por ella. No podía creerlo. ¡Tenía una cita! Y nada que ponerse ese día, por lo que tendría que ir de compras. Entonces pensó en pedirle a Clara que la acompañara, esa chica se merecía salir de casa y olvidar el episodio tan malo que había ocurrido en su vida meses antes.

**Dos días después, Hugo decidió ir a comisaría para ver cómo iba la investigación. No quería preguntarle a Clara, ya que en más de una ocasión le había tratado como a un perro, aunque Fernando, al decirle que ya habían probado que él no tenía nada que ver, le asegurara que a partir de ahora esa chica no sería tan desagradable con él. Era su día libre y tenía que ir a hacer unas compras al pueblo, aunque no le gustaba salir, puesto que su apariencia no era la mejor y todo el mundo se le quedaba mirando.

Pasó por la plaza y efectivamente, todo el mundo le miró. Intentó pasar lo más rápido posible, necesitaba con urgencia unas cosas de la farmacia y no podía dejar el mandado sin hacer. Cuando por fin pasó la masa de gente que no paraban de mirarle, se fijó en un establecimiento de ropa. Allí dentro estaba Clara, que reía mientras le enseñaba ropa a otra chica. ¿Debía entrar a saludarla? Se quedó petrificado en la puerta mirándola, no se atrevía a hablarle, no sabía cuál sería su reacción. Entonces vio como la chica lo miraba y sonreía. Luego salió de la tienda junto a la otra chica y varias bolsas en la mano.

—Hugo, tenía ganas de verte —susurró la chica.

—Hola, Clara.

—Quería pedirte perdón por cómo te he tratado, yo no quería hablarte así y decirte esas cosas tan feas. Ahora que sé que tú no tuviste nada que ver con la muerte de mi madre, estoy realmente arrepentida.

—No te preocupes, mi sentimiento de admiración hacia tu persona no cambia —dijo el hombre con lo qué intuían era una sonrisa. Paula se quedó mirándole intentando que no se le notara mucho la impresión al ver a una persona con la cara deformada de aquella manera tan brutal.

—Ella es Paula. Ha venido desde Cádiz a trabajar a Silillos y la verdad que  desde que nos hemos conocido, nos hemos caído bastante bien. —Paula le extendió la mano con una sonrisa.

—Encantado, Paula. Me alegro que seáis amigas y Clara tenga con qué entretenerse. Por lo que sé has estado meses encerrada.

—Sí—reconoció la chica con pesar—. No tenía fuerzas para enfrentarme al mundo, pero es verdad que necesitaba salir y despejarme un poco.

—Tenéis que disfrutar de la vida ahora que podéis.

—Por cierto, ¿de dónde vienes?

—De la farmacia, necesitaba hacer unas compras. —Se limitó a responder mientras le enseñaba la bolsa.

—Os invitó a un café —les propuso Clara.

—No creo que sea lo mejor…

—Entiende que me siento fatal por haberte tratado así, quiero arreglarlo, si tomamos un café, podemos hablar tranquilamente.

—Está bien.

Paula pasó por delante de una tienda y se volvió loca, vio un vestido que le encantó, por lo que entró a probárselo mientras ellos tomaban el café. Una vez sentados en el bar, todo el mundo les miraba, pero aquello era indiferente para Hugo. Allí estaba, tomándose un café con Clara Cabello, la persona que más admiraba en la vida.

—Hugo, llevo un tiempo pensando en ti. Perdona si soy un poco indiscreta, pero ¿qué clase de accidente pudo ocurrirte para que te dejara así el rostro? —preguntó la chica mientras daba un sorbo a su café.

—Mi casa ardió una noche mientras mi familia dormía, yo me levanté y justo en ese momento hubo un corto circuito. Mi mujer y mi hija murieron, y yo me quedé así para los restos —dijo señalándose la cara.

—Oh, es terrible —susurró ella.

—Desde ese momento, un buen amigo me ayudó. La última persona en el mundo que yo imaginaba que podría ayudarme fue quien me tendió una mano. Ahora tenemos menos relación, por circunstancias de la vida. Luego me dieron el trabajo en el cementerio, al menos allí nadie cuchichea a mis espaldas cuando paso, refiriéndose a mi aspecto. —Los dos sonrieron.

—Vaya, debió de ser horrible.

—No te lo puedes imaginar, dejar de ver para siempre a tu mujer y a tu hija. Fue lo peor que me ha pasado en la vida con diferencia.

—¿Qué edad tenía tu hija?

—Era muy pequeña, aún no tenía el año.

—Oh…

—Pero eso pasó hace muchos años y de alguna manera he aprendido a vivir sin ellas, aunque no haya un día en que no las recuerde.

—Quiero que sepas que me tienes para lo que necesites.

—Lo sé y te lo agradezco.

—Hugo, me siento fatal. Yo no conocía tu vida, tu historia y te acusé de asesino sin conocerte realmente.

—Son cosas que pasan, estaba en el sitio justo en el momento adecuado. Todo me señalaba a mí, pero tenía fe en que algún día se llegara a la verdad. Y así ha sido, soy inocente y todo el mundo lo sabe.

—Y no sabes cómo me alegro de que eso sea así. Tienes las puertas de mi casa abiertas para lo que desees, solo tienes que llamarme. —La chica le agarró la mano y sonrió. Él no podía creerse lo que le estaba pasando.

—Gracias, Clara. Eres un ángel caído del cielo.

Cuando el hombre se despidió de ella, lo último que recordó era que tenía que ir a comisaría a preguntar por el caso. La felicidad le invadía todos los sentidos.

**Cuando Corina llegó a casa aquella tarde con los niños después de dar un paseo, escuchó las voces de su marido y más chicos en el patio de casa. Al entró vio que se trataba de Mario, Fernando y Alejandro.

—Hola, cariño —le saludó David mientras los otros levantaban la mano.

—Hola.

—Habíamos quedado para hablar sobre el caso con Alejandro y como el tiempo no está muy bien, nos hemos venido aquí que está el patio techado.

—No os preocupéis, yo tengo cosas que hacer con estos diablillos. —Los tres sonrieron y Corina se encerró a dibujar y a leer con los niños en el cuarto de juegos.

—Bueno, esta es toda la información que tenemos. —Fernando echó encima de la mesa el tocho de documentos.

—Mario ya me ha contado algo sobre el caso y la verdad es que no tenéis muchas cosas para buscar a quién mató a esa mujer.

—Tenemos las pruebas de ADN que ya han sido comparadas con las personas de las que sospechábamos, pero al ser ellos inocentes, lo que nos falta son personas con quien comparar esas pruebas. —Mario se tocó el pelo.

—¿Y estáis seguros que sabéis todo el pasado de esa mujer? —preguntó Alejandro mientras se recostaba en la silla.

—Bueno, tenemos lo que Antonia, la secretaria pudo conseguir. —El chico miró los documentos.

—Quizás yo pueda hacer algo con respecto a esto. En la comisaría dónde yo trabajo hay una base de datos bastante grande, que allí podremos encontrar algo más que aquí. ¿Qué os parece?

—¿Harías eso por nosotros? —preguntó David.

—Claro, os dije que os iba a ayudar y lo voy a hacer. Solo que ya hay que esperarse al lunes.

—Sí claro, esperaremos.

—También he pensado —comenzó a decir David— que deberíamos pedirle a Clara que mire bien entre las cosas de su madre, quizás de ahí pueda sacar algo. Lo que está claro y sé de primera mano es que desde que Ana Lucía murió, su hija no ha vuelto a entrar en su casa. Quizás por miedo a los recuerdos o quien sabe por qué, pero tenemos que decírselo para que intente recoger toda la información posible de las cosas de su madre.

—Está bien, el lunes la llamaremos.

—Entonces, lo que tenemos que esperar es que Alejandro mire en la base de datos            —Mario extendió un papel con el nombre de Ana Lucía Madariaga— y decirle a Clara que mire entre las pertenencias de su madre para así ver si podemos sacar algo más en claro de toda esta historia.

—Eso es, ahora debemos irnos —le dijo Alejandro a Mario.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Fernando en tono jocoso. Andrea ya le había contado lo de la cita.

—Mi primo tiene una cita con Paula —canturreo Mario. Corina, que miraba por la ventana, sonrió. ¿Por qué ella no se había enterado de esa cita?

—Vaya, vaya… —dijo David mientras daba un sorbo a su cerveza.

—Pues sí y he quedado con ella a las ocho, así que no puedo tardar. —Alejandro se levantó nervioso de la silla.

—Oye, tranquilo. —Rió Fernando.

—¡No puedo! Estoy muy nervioso.

—Primo, cuéntales lo que te pasó con Noah. —El chico dudó, pero al final le contó a aquellos hombres lo que Noah había hecho con él. Corina se tapó la boca en señal de sorpresa, escondida en la ventana. Sabía que su marido la mataría, pero no podía evitarlo.

—Ahora entendemos tu miedo —le dijo David.

—Paula parece una buena chica. —La defendió Fernando.

—Sí, eso parece. Aunque Noah también lo parecía. —Mario vio la tristeza en los ojos de Alejandro.

—Pero me voy a arriesgar. La chica me gusta y parece buena, creo que me hubiera arrepentido de no haberle pedido la cita.

—Has hecho bien. Cuando Andrea me contó que Alexia la había llamado a la una de la mañana para pedirle el número de Paula, no podía creerlo. Estas mujeres nuestras son tremendas. —Todos se carcajearon.

—La mía creo que no sabe nada. —David sonrió solo de pensar en cómo se pondría cuando se enteraría. Corina desde detrás de la ventana reía por saber que ellos desconocían que ella los estaba escuchando.

—Pronto se enterará, tranquilo. Aquí hay tráfico de información entre estas víboras, en el buen sentido de la palabra.

—Ahora sí que tengo que irme, sino no voy a llegar.

Mario y Alejandro se despidieron de ellos y salieron de la casa. Cuando David y Fernando se quedaron solos, apareció Corina, que no dijo nada.

—Cariño, te tengo noticias frescas —le informó David. Ella se hizo la interesante y se sentó al lado.

—Dime.

—¡Alejandro y Paula tienen una cita!

—Oh, no me digas —gritó ella con entusiasmo.

—¡Sí!

Corina no pudo dejar de reír solo de pensar que ella ya lo sabía. Su marido y Fernando eran unos pardillos, aunque se hacían de querer.

**Antonio estaba muy preocupado por su chica. Aquella mujer morena de ojos claros cada día tenía peor aspecto. Él sabía que era normal en su estado, pero aquello ya estaba sobrepasando límites insospechados. Desde el umbral de la puerta la observó. Jade estaba tendida en el sofá viendo una película, liada en su bata de casa y el pelo recogido en una coleta alta.

—Hola, guapa. —Ella le sonrió y le hizo un sitio a su lado.

—Estoy mejor, antes de que me preguntes. —Lo tranquilizó.

—Esa coleta te sienta de maravilla, no me acostumbro aún a verte sin el velo.

—Pues hazlo, porque en casa no lo puedo tener puesto siempre, sino mi pelo se resentirá y lo perderé todo.

—Haces bien. —Él le acarició la cara en señal de cariño—. ¿Te apetece que salgamos a cenar? No creo que tardes mucho en ponerte algo.

—Antonio, no tengo ánimos para salir a ningún sitio. Esta barriga cada día crece más y la verdad es que no me siento bien. —La chica se tocó una casi inexistente barriga y suspiró.

—Está bien, saldré a comprar algo entonces.

—Me apetece algo que no sea muy pesado.

—Jade, ¿te preocupa algo?

—¿Por qué me preguntas eso ahora? Ya te he dicho que es solo por el embarazo que me siento algo mal —le contestó de mala manera.

—Perdona, no quería incomodarte. —El hombre se levantó para ir a comprar la comida.

—Antonio, perdona. No quería hablarte así, pero con todo esto estoy muy nerviosa. Yo siempre he tenido una vida muy diferente a todo esto que estoy viviendo y ahora para colmo me quedo embarazada, no sé que me depara el futuro y me siento vulnerable con todo lo que dicen las personas que me rodean. —Él sonrió.

—Tranquila, como te he dicho antes, será el embarazo.

—No tardes, no quiero estar sola.

—En menos de lo que imaginas habré vuelto. —Antonio se puso la chaqueta y salió fuera, dónde hacia algo de frío. Ella se levantó del sofá y lo miró por la ventana. Tenía que ir a visitar a Alexia de nuevo, su estado estaba yendo cada vez a peor y no podía seguir así. Se sentía mal, muy mal. Tenía que existir algún tipo de vitamina o algo que la hiciera reaccionar y poder sentirse como una persona. Pronto su hijo llegaría al mundo y quería estar al cien por cien para cuidarle y convertirse en la mejor madre del mundo.

**Cuando Alberto llegó a casa, escuchó a Isabela y Paula sonriendo en la planta de arriba. Él, risueño con aquello, subió las escaleras de dos en dos y se dirigió hacia el cuarto de la chica, de dónde procedían las risas.

—¿Qué os pasa? —preguntó mientras entraba. Se quedó de piedra al ver a Paula. Estaba espléndida.

—¡Nuestra niña tiene una cita! —Aplaudió Isabela.

—Vaya, no sabía nada. Estás guapísima. —Alberto se sentó al borde de la cama mientras la contemplaba.

—Gracias, Alberto.

—Estamos aún pensando que hacerle en el pelo, quizás un recogido le quede bien, pero tiene un pelo bastante frondoso y no sabemos qué hacer con él. —Las dos se carcajearon.

—Sí, un recogido estará bien —dijo él embelesado mientras miraba a aquella chica—. Si no es mucha indiscreción, ¿Con quién vas a salir?

—Con un chico que se llama Alejandro, es policía y acaba de mudarse aquí a Fuente Palmera, aunque trabaja en una comisaría en Córdoba capital. —Alberto miró a la chica de arriba abajo, eso no le hacía gracia.

—Ten cuidado, Paula —se limitó a decirle él.

—Oye, es una chica joven, déjala que disfrute —dijo Isabela mientras terminaba de recogerle el pelo en un romántico moño bajo.

—Tranquilo, sé defenderme sola, toda la vida lo he hecho.

—Sabes que ahora nosotros somos como tus padres, mi vida. —Isabela la besó en la mejilla—. Es normal que nos preocupemos por ti, eres como la hija que dios nunca nos mandó.

—Gracias por tus palabras, yo también os veo a los dos como a mis padres. —Alberto sonrió y volvió a observarla. Aquel pelo recogido, aquel bonito vestido negro y aquellos tacones rojos hacían que la chica estuviera  espectacular.

—Bueno, nosotros nos vamos que en media hora hemos quedado con unos amigos y tenemos que arreglarnos aún. —La mujer cogió a su marido del brazo y cerraron la puerta a sus espaldas. Paula se quedó sola y se miró al espejo. Estaba radiante y deseosa de ver a Alejandro. En ese momento sonó su móvil.

—Dígame.

—¿Nerviosa? —preguntó Clara al otro lado de la línea.

—Clara, estoy muy nerviosa. Apenas faltan quince minutos para que Alejandro me recoja y estoy hecha un flan. No recuerdo la última vez que tuve una cita con un chico. —Las dos sonrieron.

—Tú tranquila que seguro que estás preciosa.

—Isabela me ha ayudado a arreglarme, a elegir el maquillaje, el peinado…

—¡Guau! Por lo que me has contado, esa mujer tiene que ser muy buena.

—Sí, tanto ella como su marido se están portando muy bien conmigo, incluso me han dicho que yo para ellos soy como la hija que jamás tuvieron.

—Oh, dios mío. Eso es algo precioso.

—Sí, al menos no me siento tan desprotegida. ¿Tú cómo estás?

—Bueno, algo mejor —dijo la chica mientras se sentaba en el sofá con un cuenco de caldo de pollo.

—Anímate.

—Eso intento, pero…

—Tienes que ser positiva y pensar que en breve todo este asunto se va a solucionar y van a averiguar qué fue lo que pasó.

—Ojalá. Ya apenas puedo dormir solo de pensar en mi pobre madre.

—Tienes que encontrar algo con qué entretenerte, ¿por qué no comienzas a escribir otro libro?

—Creo que mi vida como escritora se terminó. No me veo con fuerzas de escribir otro libro después de lo que ha pasado con este último.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

—Por ahora tengo unos ahorros que  me van a dar para vivir desahogada durante un tiempo, pero luego creo que volveré a la abogacía. Después de escribir, es lo que mejor se me da.

—Estoy segura de que eres una gran abogada.

—Eso me decían todos antes de que decidiera meterme en este mundo de la escritura, pero es lo que me tiraba y tenía que intentarlo. Seguramente, si algo tan horrible como lo que ha pasado, jamás hubiera sucedido, hubiera muerto escribiendo. Es mi pasión, pero por ahora prefiero dejarlo y creo que jamás lo retomaré. —Al otro lado del teléfono se escuchó el pitido de un coche.

—Clara, tengo que dejarte. Alejandro ya ha llegado.

—Pásalo bien y disfruta mucho. Mañana me tienes que contar todo con lujo de detalles.

—No lo dudes. Hasta mañana. —Paula miró por la ventana y vio como Alejandro la esperaba metido en su coche. Sonrió y como alma que lleva el diablo, se pintó los labios con un brillo rosa muy recatado. Luego cogió el bolso y bajó las escaleras. Isabela le deseó suerte y Alberto tan solo una mirada y algo parecido a una sonrisa.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 8.

**Paula acababa de acomodarse en su nueva casa, allí había decidido estar hasta que encontrara un trabajo estable con el que mantenerse y poder pagarse el alquiler. Fue al baño a mojarse la cara, en breve llegaría Andrea con Aurora, que ya tenía casi cuatro meses de edad; la había visto en fotos y era un amor de niña. Con ese trabajo tendría al menos para sus gastos y para poder cooperar en los gastos de la casa, aunque Isabela se estaba resistiendo, pero al final lo conseguiría.

—¡Paula! —gritó Andrea cuando la vio bajar por las escaleras. Se tiró encima de ella y la abrazó con ímpetu- Lo siento. Siento muchísimo lo de tu madrina.

-Gracias, pero no te preocupes, ella ya está descansando en paz. ¿Cómo está Aurora?     —Fernando se levantó con su hija en brazos y la mostró orgulloso. Estaba gordita, rubia como su madre y con unos inmensos ojos grises.

—Aquí la tienes. Toda tuya. —El chico le pasó a su hija y Paula la besó amorosamente.

—Hola pequeña, soy Paula. Tú y yo vamos a ser muy amigas a partir de ahora. —La niña parecía entenderla, pues con una gran sonrisa le tocaba sus rizos rubios.

—Creo que le gustas. —Sonrió Andrea mientras le tocaba la cabecita a aquella preciosidad. Todos se sentaron en el salón, mientras Isabela no cogía en sí de gozo.

—No sabéis lo contentos que estamos de tener a Paula con nosotros. —La mujer le acarició la mejilla y ella sonrió.

—¿Por qué no habéis tenido hijos?  —preguntó mirado a aquella pareja.

—Mi tía se casó relativamente mayor con Alberto y ese hijo tan preciado por ellos jamás llegó —le informó Fernando.

—Ya era algo mayor cuando Alberto llegó a mi vida. Creí que estaría soltera para siempre, pero apareció él y me desarmó entera. Ya llevamos veinte años felizmente juntos y cada día me alegro más de haberlo encontrado. —El hombre se acercó a Isabela y la besó. Todos sonrieron al ver el amor tan grande que se profesaban aquella pareja.

—Yo sí que puedo decir que esta mujer cambió mi vida. Estaba solo en el mundo, me quedé sin familia muy joven y deambulé de un lado para otro durante muchísimo tiempo, pensando que me moriría solo, pero la encontré y aquí seguimos.

—Me alegro mucho, la vida da cosas buenas a la gente que lo merece.

—¿Cuándo comienzas el trabajo? —preguntó Alberto a Andrea que bebía de su café con ansia, necesitaba cafeína en el cuerpo.

—Mañana mismo. Blanca está liadísima con la peluquería y me ha dicho que tengo que estar jornada completa.

—Yo le he dicho que son muchas horas —replicó Fernando.

—Lo sé, pero nuestra hija va a estar bien cuidada, Paula la quiere mucho.

—De eso no tengáis la menor duda —dijo la chica mientras besaba a aquella niña, que se estaba durmiendo en sus brazos.

—Blanca se ha vuelto a quedar embarazada y necesita más ayuda. Tiene un niño de poco más de un año y otro en camino, no puede sola con la peluquería.

—¿Más sobrinos para Corina y Parker? —Sonrió Fernando al pensar en las travesuras que le contaba David sobre su sobrino, hijo de Raúl, el hermano de Corina, y Blanca.

—Sí, esperan que esta vez sea una niña.

—Los niños nos alegran la vida y yo estoy enamorada de mi Aurora. —Isabela cogió a la niña en brazos y la sacó al jardín para que le diera el aire.

—Confiamos en ti, Paula —dijo Fernando cogiéndola de las manos.

—Sabemos que lo estás pasando mal, pero tú me ayudaste en su día cuando mi hija iba a venir al mundo, y ahora que lo necesitas seremos nosotros quien te ayudemos a ti, no tengas ninguna duda sobre eso. —Una lágrima comenzó a correr por la cara de aquella chica.

—No llores, no me gusta ver llorar a una mujer.

—Esto es muy importante para mí. Jamás en la vida podré agradecerles a Isabela y a Alberto que me hayan acogido en esta casa como a una hija, y a vosotros por confiarme a vuestra hija y darme trabajo.

—Sabemos que no es un trabajo relacionado con lo tuyo, pero pronto encontrarás algo, ya lo verás.

—Gracias, de verdad. ¿A qué hora tengo que estar mañana en vuestra casa?

—A las nueve está bien. Alberto te llevará, nosotros vivimos en Silillos, la aldea de al lado.

—No habrá problema, allí estaré.

**Cuando David llegó a casa, el caos reinaba. Además de sus hijos, estaba su sobrino, el hijo de Raúl. Aquel niño era muy inquieto y cuando se juntaba con Luis, el mundo tenía que echarse a temblar.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó en tono jocoso.

—¡Papi! —gritó Carmen al verlo mientras se echaba a sus brazos.

—David, ayúdame. Me van a volver loca. —Corina salió del cuarto del fondo con un bañito lleno de ropa. Tenía que ir a tenderla al patio.

—Dame, yo la tiendo.

—¡No! Si quieres ayudarme saca a esos demonios de aquí. Llévatelos al parque, adónde quieras, pero entretenlos. —El chico sonrió al ver a su mujer, solo le hacía otro hijo más en su vida.

—Está bien. ¿Quién se viene al parque? —preguntó acaparando toda la atención de aquellos diablos.

—¡Yo! —gritaron los dos al unísono.

—¿Tú te vienes, princesa? —le preguntó David a Carmen que estaba en un rincón jugando con sus muñecas.

—No, ella se viene conmigo que tengo que ir a casa de mi madre en unos minutos. No quiero que le peguen un balonazo ni nada por el estilo.

—Tranquila mi amor, te veo tensa. —El chico abrazó a  su mujer y le besó el cuello.

—¡Lo estoy! Ese demonio de Darío llega a casa y lo revoluciona todo, es igualito que su padre. —Corina sonrió al pensar en su hermano Raúl. Hacía nada que era un adolescente y ahora era un padre de familia, con su mujer, su hijo y otro en camino.

—¡Tita, tita! —Darío comenzó a tirarle del pantalón.

—¿Qué te pasa? —preguntó cariñosamente mientras soltaba el bañito y se ponía a su altura.

—Quiero merendar. —Apenas sabía andar ni hablar, pero era muy espabilado.

—Señorito, usted merendó con los primos hace menos de quince minutos, así que déjeme dudar que tenga hambre. —El pequeño le hizo un puchero mientras Corina lo cogía en brazos—. Y si quieres ir con el tito David y Luis al parque, vas a tener que sentarte en tu sillita, porque eres muy pequeño y no sabes andar bien aún.

—¡No! —gritó el niño mientras cruzaba los brazos sentado en el carrito.

—¿Cómo que no? —dijo Corina riendo.

—Este niño se resiste, ¿eh? —David sonreía mientras se carcajeaba con Luis cogido de la mano.

—¡Llévatelos! —La chica abrió la puerta y aquellos tres hombres desaparecieron camino del parque.

—Mami, ¿vamos a ir a ver a la abuela? —preguntó una tímida Carmen al otro lado de la puerta.

—¿Tú quieres que vayamos?

—Sí.

—Pues dame dos minutos que tienda esto y nos vamos, reina. —La niña sonrió al escuchar aquello. Le encantaba cuando alguien le llamaba reina o princesa. Se fue detrás de su madre hasta el patio.

—Mami, ¿soy la princesa Sofía? —La niña se refería a unos dibujos animados que estaban muy de moda y que la volvían loca.

—Claro, mi niña es la princesa Sofía.

—¿Y por qué no me llamo Sofía?

—Porque Carmen es un nombre muy bonito.

Cuando Corina terminó de tender la ropa, cogió a su niña de la mano y se dirigieron a casa de la abuela María. Al llegar la encontraron sentada en el sofá viendo su telenovela favorita.

—Mamá, por dios. ¿Por qué ves esas cosas? —preguntó Corina mientras la mujer se comía a besos a su nieta.

—Me entretiene. Tu padre se pasa el día en el huerto plantando tomates y pimientos y yo veo novelas.

—Ah, está bien. —Sonrió la chica al pensar en sus padres, eran un caso.

—¿Cómo va la investigación de Parker?

—Llámale David, parece que no eres su suegra. —Las dos rieron con el comentario.

—Tienes razón.

—La investigación va parada, pero seguro que pronto van a dar con el culpable.

—Tu ayuda es muy necesaria, siempre le echas una mano a la hora de resolver los casos.

—Eso intento, pero ahora estoy muy liada.

—¿Has visto a Clara últimamente?

—Hace meses que no la veo. Esa chica se ha refugiado en su casa y no sale de allí. Fui en varias ocasiones pero nadie me abrió la puerta, por lo que finalmente decidí no ir más, si ella me necesitaba, vendría a casa.

—Haces bien, quizás esa chica no quisiera en ese momento la compañía de nadie.             —Carmen entró con un batido en la mano y se sentó al lado de su abuela mientras miraba la televisión.

—Es igual que tú, mírala. —La chica miró con amor a aquella niña que les había cambiado la vida.

—La gente está un poco inquieta en el pueblo. Nadie sabe quién mató a esa mujer ni porqué y quieren una respuesta.

—Lo sé. Sé lo que la gente quiere, pero sin pruebas es imposible poder indagar en el tema.

—Tú descubriste quien mató a Lidia, mi amiga. Puedes ayudar a David, yo lo sé.

—¡Mamá! Me encantaría, pero no saco tiempo de ningún lado.

—Está bien, está bien. No digo más nada.

Pasado un rato, la noche comenzó a aparecer y Corina se marchó a casa con Carmen, allí estarían esperándolas David y Luis, ya se acercaba la hora de dormir, para poder rendir al próximo día.

**Antonio no podía creerlo.

—¡¿Qué estás embarazada?! —gritaba por enésima vez.

—Sí, pero tranquilízate, vas a romper todo lo que se te ponga por delante.

—¡Estoy contentísimo! Un hijo contigo. ¡Te quiero, Jade! —El hombre se abrazó a ella que seguía tumbada en el sofá.

—Alexia me ha recomendado que vaya al ginecólogo. Me ha dado la tarjeta de esta doctora para que llame.

—¡Iremos mañana mismo! Quiero saber de cuánto tiempo estás, si es niña o niño, ¡Todo!

—Aún es pronto, amor —dijo la chica sin ningún entusiasmo.

—No te veo ilusionada, ¿qué te ocurre? —El hombre se sentó alarmado a su vera.

—Estoy muy cansada y no me siento bien. —Se limitó a decir mientras hacía un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos.

—Eso es normal en tu estado, pero tienes que alegrarte, pronto vas a ser mamá. ¡Vamos a ser padres! Ahora mismo voy a llamar a esta doctora para pedir cita. —El hombre cogió el teléfono  después de camelarse a la secretaría consiguió una cita para el día siguiente a las diez de la mañana.

—A las diez en su consulta.

—Está bien, allí estaremos. Ahora déjame dormir. La chica se recostó el sofá y cogió el sueño muy pronto. Antonio se sentó en el sofá de al lado, aún sin creérselo y pensó que sería mejor esperar al día siguiente que hubieran visitado a la médica para darle la noticia a su hijo y a su nuera. Volvió a mirar a su mujer y se llenó de ternura. Se levantó y la tapó con la manta, mientras le daba un tierno beso en la frente.

—Descansa, mi vida.

**El reloj marcaba las nueve de la noche y las gemelas ya estaban metidas en la cama.

—Mami, es muy temprano aún para dormir. —Se quejó Daniela. Alexia se sentó en su cama y le besó la frente.

—Si os meto antes en la cama es para que leáis. Cada una tiene su mesita, su flexo y sus libros, podéis escoger el que queráis, y dentro de una hora vendré para arroparos.

—Está bien —susurró Julia.

Alexia salió por la puerta de la habitación de sus hijas y se dirigió al salón, dónde estaba Mario viendo la televisión.

—¿Has llamado a tu amigo para preguntarle lo de la vacante? —La chica le había contado a su marido todo lo que había hablado con su tía Mónica y al final decidió ayudar a Alejandro.

—Sí, lo he llamado y me ha dicho que el puesto sigue libre. En tres días sería la entrevista, así que hay que avisar a Alejandro lo antes posible, él no sabe nada.

—Si quieres podemos llamarle ahora mismo. —Alexia cogió su móvil y marcó el número de su primo. Al tercer tono lo descolgó.

—¿Sí? —La voz decaída de Alejandro sonó al otro lado de la línea.

—Cariño, ¿cómo estás?

—Hola, Alexia. Te mentiría si te dijese que estoy bien.

—No me digas eso, ya sabes que me duele verte así.

—No puedo olvidarme de ella. —Alejandro estaba sentado en su despacho, revisando unos papeles del trabajo.

—Noah tiene que desaparecer de tú vida y de nuestras vidas. Esa chica no te merece, la quisimos mucho y sabes que era como una hermana para mí, pero después de lo que te hizo, tienes que olvidarte de ella.

—¡Sé que tengo que hacerlo, pero ¿Cómo?!

—¿Has pensado un cambio de aires en tu vida? —preguntó ella con picardía.

—¿Un cambio de aires? ¿A qué te refieres? —Parecía receloso mientras bebía de su copa de Whisky.

—Si yo te dijese que en unos días puedes tener una entrevista de trabajo en una comisaría en Córdoba capital, ¿qué me dirías?

—¿Cómo? Tú has hablado con mi madre y no me digas que no, porque no te creo.

—No, es que un amigo de Mario se lo comentó y pensé en ti —mintió la chica.

—Alexia…

—Alejandro, es por tu bien, si te vienes aquí vas a conocer a gente nueva, vas a cambiar de aires y te va a sentar bien. —Un silencio se hizo al otro lado de la línea.

—De todas formas, creo que me van a despedir por bajo rendimiento —dijo el chico con resignación.

—¿Eso es que sí? —Pegó un grito la chica.

—Alexia, sabes que siempre he sido muy competente en mi trabajo pero esta situación está pudiendo conmigo y no me deja trabajar con claridad, al menos aquí en Madrid. No puedo quitarme esa imagen de Noah con otro de la cabeza y eso me atormenta. Creo que sí, que me voy a ir para Andalucía. Pediré unos días de vacaciones para hacer la entrevista y si todo va bien, presentaré la dimisión en mi trabajo.

—Ese es mi chico —afirmó Mario arrimándose al móvil. Alejandro sonrió al otro lado. Sabía que necesitaba un cambio y aquello sería altamente positivo para él.

—Aquí en casa puedes quedarte el tiempo que necesites, tenemos dos habitaciones vacías —dijo Alexia entusiasmada.

—Mientras encuentro algo de alquiler, me quedaré en vuestra casa.

—¡No me lo creo! —La chica se abrazó a su marido y su primo sonrió nada más que de imaginársela.

—Pasado mañana cogeré el AVE hasta Córdoba. Allí tendréis que venir a recogerme.

—No te preocupes, no hay problema, yo trabajo muy cerca. Aquí te presentaremos a nuestros amigos. Fernando y David son policías y trabajan en Fuente Palmera, ahora mismo llevan un caso muy interesante, sé que te va a gustar —le informó Mario.

—Perfecto. Os llamaré para ponernos de acuerdo. Dale un besito a las gemelas de su tío Alejandro y tened buenas noches.

—¡Buenas noches! —Se despidieron los dos al unísono.

—Ah, y ya puedes llamar a mi madre para decirle que vuestro plan ha salido a pedir de boca —dijo el chico sonriendo.

—Me encanta verte sonreír, ahora la llamaré, tonto.

Y la comunicación se cortó. Alexia se abrazó a su marido y lo besó, gracias a él su primo podía conseguir un trabajo cerca de ellos y podría salir de Madrid, aquella ciudad que tan malos recuerdos le traía, por culpa de quién creía que había sido su gran amor: Noah.

**Clara llevaba sin salir de casa meses. Tan solo hacía la compra y alguna que otra vez salía a correr. Sus ánimos no estaban para tener que ver a nadie. El asesinato de su madre no había manera de que fuera resuelto, se ponía en contacto continuamente con Parker y Treviño, pero siempre les decía lo mismo: No tenían nada por falta de pruebas.

—¿Sí? —Cogió la chica el teléfono mientras tecleaba algo en su ordenador.

—Clara, soy David. Tenemos que hablar.

—¿Qué ha pasado? ¿Se ha sabido algo más? —preguntó mientras se levantaba de la silla bastante alterada.

—Sí, he tenido una reunión con el forense, pero preferiría quedar contigo y así poder hablar.

—Está bien, pero ven a casa, yo no voy a salir.

—Cuando a ti te venga bien, a mí también —dijo el chico mientras veía como su hijo jugaba al futbol con Darío.

—¿Qué estás haciendo ahora mismo? —Quería saber lo antes posible todo lo que había ocurrido.

—Estoy con mi hijo y mi sobrino, pero nos iremos pronto, ya que está anocheciendo. ¿No puedes esperar a mañana?

—David, ¿Cómo voy a esperar a mañana? Si no vas a venir, dímelo por teléfono.

—Está bien, tranquila. En cuanto suelte a los niños en casa, iré.

—No tardes, por favor.

Cuando la conversación finalizó tiró el teléfono encima de la mesa y miró por la ventana. ¿Qué sería aquello tan importante que habían descubierto? Decidió echarse un café. Se dirigió a la cocina mientas se liaba en su bata de casa, un regalo de su madre. Se la acercó a la nariz y la olió, quería a su madre y no entendía como alguien podía haberla violado para después matarla, ¿Quién tendría nada en contra de ella? Estaba segura que Carlos no, puesto que siempre habían sido muy amigos, y aunque ella desconocía el romance que entre ellos existía, sabía que aquel hombre sería incapaz de hacerle nada a su madre. Cogió una taza del mueble y se sirvió. Se sentó en el sofá y cuando iba a dar el primer sorbo, sonó la puerta. ¡David ya había llegado! Rápidamente se levantó y fue a abrir, pero allí había una mujer. Una mujer a la que ella no conocía de nada.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó con recelo.

—¿Clara Cabello? —Aplaudió ella emocionada.

—Sí, soy yo. ¿Qué quiere? —Cerró un poco la puerta.

—Solo quería conocerte, eres divina. —La chica se acercó más a ella y Clara no hizo nada, parecía que se le habían quedado los pies clavados en el suelo.

—¿Divina? ¿Quién es usted? Dígame ahora mismo lo que quiere o llamaré a la policía         —advirtió Clara.

—No quiero hacerte daño, solo conocerte. —Aquellos ojos azules le recordaban a alguien. ¿Quién era aquella mujer? Cuando Clara iba a pegarle un portazo en las narices, vio como un coche entraba en su chalet, era David.

—¿Os conocéis? —preguntó él incomodo mientras se acercaba la puerta.

—Yo… —tartamudeó la mujer.

—Yo no la conozco de nada y parece que tampoco quiere que la conozca, ya que no quiere decirme quién es —informó Clara abriendo la puerta de nuevo. Sabía que estando allí el chico no le pasaría nada.

—Es Marta León, la mujer de Carlos, el cartero. —Marta se puso bien el pelo y le echó una gran sonrisa a David.

—¿Tú eres la mujer de Carlos? ¿Qué haces en mi casa?

—Solo quería conocer a la hija de Ana Lucía —dijo ella algo nerviosa.

—Pues ya me conoce. Le informo que desde que mataron a mi madre no hablo con desconocidos, se lo digo por si vuelve a venir a casa. No le abriré la puerta, así que ahórrese el camino.

—Clara… —susurró aquella mujer con un ápice de tristeza en sus ojos.

—Marta, quizás sea mejor que te vayas. Yo ya he hablado con Carlos este mediodía y le he informado de todo lo concerniente a la investigación que lo involucra a él.

—Lo sé, he hablado con él. —Se limitó a decir—. Ahora tengo que irme. Clara, encantada de conocerte. —Sonrió la mujer a la chica y acercándose a David le susurró algo al oído. Se quedó de piedra. “Estoy a tu disposición, Parker”

Cuando entraron en casa de Clara, el chico aún estaba bastante desconcertado por lo que aquella mujer había hecho, tenía que dejarle las cosas más claras todavía si no quería que fuera Corina quien se encargara de todo.

—¿Esa mujer estaba ligando contigo? —le preguntó Clara con una pequeña sonrisa en los labios mientras le pasaba una taza con café.

—No… —comenzó a titubear el chico.

—Bueno, cuéntame eso tan importante —lo instó la chica para quitarle hierro al asunto.

—Hemos comprobado científicamente que Hugo y Carlos son inocentes de la muerte de tu madre. —Clara se sobresaltó.

—¿Ninguno ha tenido nada que ver?

—Ninguno, los ADN no coinciden con las pruebas tomadas del semen y de el cabello encontrado en la gorra. Hugo tampoco fue quien entró en tu casa algún día.

—Pobre hombre, como he podido ser tan cruel con él; le dije cosas horribles.

—Lo sé, pero no creo que te lo tenga en cuenta, eres tu ídolo y seguro que te lo perdona todo.

—Le pediré disculpas el día que me decida a salir de aquí. —Los dos sonrieron.

—Clara, hay un asunto que tienes que saber. Hemos indagado en lo que tenemos del pasado de tu madre y hemos sabido que tu padre murió.

—Sí, sufrió un accidente de tráfico cuando yo era muy pequeña aún.

—Lo sabemos, Carlos nos lo contó. El forense ha buscado en los viejos archivos de su departamento, ya que la autopsia se la realizaron allí y todo está en orden.

—¿Todo está en orden? ¿Qué me quieres decir con eso?

—Pensamos que tu padre podría tener algo que ver con la muerte de Ana Lucía, ya sabes barajamos todas las posibilidades.

—¡Pero si mi padre está muerto! —La chica se alteró un poco.

—Lo sé, Clara. Tranquilízate. ¿Puedes pasarme una foto de tu padre que le vea? —Ella asintió y levantándose se acercó a la chimenea, cogió una foto y se la entregó. Allí se reflejaba a un feliz Marcos Cabello con su hija clara en brazos, aún era un bebé, pero sonreía alegremente.

—Aunque murió cuando yo era muy pequeña me acuerdo de él. Me decía que yo era su bichito.

—¿Bichito? —preguntó David sonriendo.

—Sí, si cierro los ojos aún le escucho.

—Eso es muy bonito, Clara.

—Muchas veces pienso en cómo sería mi vida si él aún viviera. No estaría tan sola y tendría alguien en quién apoyarme.

—Sabes que, tanto Corina como Alexia se han preocupado mucho por ti. Al igual que Andrea, pero tú no has querido que ellas te apoyen.

—Sé que he sido una terca, pero me da miedo que se acerquen a mí y puedan pasarle algo parecido a mi madre. —David suspiró. A él también le daba miedo.

—No estás sola y lo sabes. Nos tienes a todos nosotros. Espero que a partir de ahora salgas más de estas cuatro paredes y te relaciones con la gente. –El chico se levantó y se dirigieron a la puerta.

—Lo intentaré, David. Lo intentaré.

**Paula estaba muy contenta con la pequeña Aurora, era una niña preciosa que solo pensaba en comer y en dormir. Acababa de bañarla y estaba sentada en el carrito.

—¿Quieres que vayamos a dar a un paseo? —le preguntó la chica mientras besaba su manita. Aurora sonrió en señal de que era lo que más le apetecía.

Las dos salieron de casa, el sol brillaba alto en el cielo y no hacía mucho frío. Aurora fue todo el camino riendo a carcajadas por las canciones que Paula le cantaba. “Espero no perderme” Pensó al ver que era la primera vez que paseaba por aquel pueblo. Al escuchar gritos de niños, cambió de dirección y vio un colegio. Se acercó lentamente mientras seguía cantándole canciones a la niña.

—¿Paula? —gritó alguien mientras pasaba por la puerta de aquel bonito colegio. La chica se giró y vio a alguien conocido. ¿De qué conocía a aquella chica? ¡Era Corina, la amiga de Andrea!

—Hola, Corina. ¿Qué tal? —preguntó mientras le daba dos besos.

—Bien, trabajo aquí —dijo señalando a su espalda.

—Vaya, es un colegio bastante bonito.

—Sí. Por cierto, siento mucho lo de tu madrina. Me lo comentó Andrea.

—No te preocupes, han sido unos meses duros para las dos. Ahora ya descansa en paz que es lo importante —añadió con pesar.

—¿Conoces ya a alguien en el pueblo?

—Pues la verdad es que no, solo a ti, Andrea y Fernando. —Corina comenzó a tramar algo en su cabeza.

—¿Sabes? Este fin de semana es el cumpleaños de David y había pensado hacerle una fiesta sorpresa en casa y por supuesto estás invitada junto a Fernando y Andrea. Llamaré a más amigos, aunque será algo muy íntimo. —La chica no estaba para fiestas pero sonrió y asintió.

—Gracias por invitarme, iré encantada.

—Cuando lo tenga todo previsto os llamaré. —Corina pegó un saltito de alegría, ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

—Está bien.

—Ahora tengo que entrar, ya casi ha finalizado la hora del recreo y tengo a diez monstruos esperándome como fieras. —Las dos rieron a carcajadas por la ocurrencia.

—Aurora, ya va siendo hora de volver a casa —dijo Paula mientras Corina besaba a la pequeña para despedirse de ella. Luego cada una volvió a sus quehaceres.

**El sábado por la mañana cuando Corina estaba preparando todo para la fiesta sorpresa de David, llamaron a la puerta. Lo escondió todo rápidamente y salió.

—¡Qué alegría veros! —exclamó la chica al ver a Antonio y a Jade—. ¿Estás bien? —le preguntó a la chica al ver su aspecto.

—Sí, de eso queríamos hablar con vosotros. ¿Está David?

—Está en el garaje, entrad que le aviso. —Entraron y se sentaron en el salón. Sabían lo de la fiesta para David, pero no iban a asistir por los malestares de Jade.

—¡Feliz cumpleaños, hijo! —Antonio le abrazó al verlo entrar y Jade hizo lo mismo.

—Muchísimas gracias. —El chico sonrió al ver que le entregaban un paquetito perfectamente liado.

—Este es nuestro regalo, aunque tenemos otro para darte. —Un bonito reloj se escondía detrás de aquella caja de color rojo.

—¡Es precioso! Gracias. —En ese momento llegaron los niños, que se abrazaron a su abuelo.

—¿Cuál es el otro regalo? —preguntó el chico mientras cogía a Carmen en brazos y se sentaba al lado de Corina.

—No nos vamos a andar con rodeos.

—¿Te vas a casar con Jade? —preguntó Luis, todos rieron y dejaron que siguiera hablando.

—No, cariño. Jade va a tener un bebé. —David se quedó sin palabras. ¿Iba a tener un hermano a su edad? Tras unos segundos, Corina se levantó y los abrazó. David aún no se había recompuesto de la sorpresa.

—¿No vas a decir nada? –Sonrió Antonio mientras miraba a su hijo.

—Papá… ¡Enhorabuena! No me lo esperaba. —Ambos se abrazaron. Luego besó a Jade y la felicitó.

—¿De cuánto tiempo estás? —le preguntó Corina sentándose a su lado.

—Ayer fuimos al ginecólogo y me revisó, estoy de tres meses.

—¿Sabes si es niño o niña? –David estaba entusiasmado.

—Aún es muy pronto, hijo —le informó el hombre.

—Lo importante es que tú estés bien. —Corina abrazó a Jade, que ese día llevaba un pañuelo color celeste que le resaltaban sus preciosos ojos.

—Yo me encuentro fatal, se lo he comentado a la ginecóloga y me ha dicho que es normal en mi estado.

—Si dentro de un tiempo sigue así, volveremos a visitar a vuestra amiga Alexia.

—¿Te atendió Alexia? —preguntó la chica asombrada.

—Sí, estaba de guardia ese día por la tarde.

—¡Cómo se lo ha callado! —exclamó David.

—Secreto profesional.

—Nosotros nos vamos a ir, Jade necesita descansar.

—Está bien.

—Me alegro mucho de que vayas a ser papá de nuevo —susurró David a su padre al oído cuando se estaba despidiendo de él.

—Gracias y disfruta de tu día, si Jade se sintiera mejor podríamos quedarnos un ratito más, pero no está bien.

—No te preocupes, y gracias por el regalo. —Jade sonrió ya montada en el coche.

—Es increíble que vayas a tener un hermanito a tu edad. —Sonrió Corina mientras besaba a su marido.

—Jamás en la vida creí que mi padre volviera a rehacer su vida. Sus últimos años fueron tan malos con Pepa que lo veía solo para siempre.

—Esa chica llegó de la nada, un día la encontró y decidió ayudarla y ahora mírales, están felices, juntos y esperando a un bebé.

—Sí, es fantástico.

—Por cierto, ¿a qué hora vamos a ir al cine esta tarde? —preguntó Corina a sabiendas del plan trazado con Fernando.

—Cariño, tendremos que ir mañana. Hoy me es imposible, por lo visto Mario ha encontrado algo relativo al caso y he quedado con Fernando para repasarlo.

—Bueno, no te preocupes. Mañana iremos. —Ambos sonrieron.

—Qué feliz soy al cumplir años contigo a mi lado.

—Y yo mi amor, y yo.

**Las horas pasaron rápidas y a las cinco de la tarde Fernando pasó a recoger a David. Corina le guiñó un ojo y justo cuando desaparecieron calle arriba, aparecieron Andrea con Paula y la niña.

—Menos mal que no se han dado cuenta —susurró Paula en tono jocoso.

—Le estamos engañando como un pardillo. —Corina se carcajeó. Entraron en la casa y todas se pudieron a ayudar a la chica a habilitar el salón. Retiraron algunos muebles y sacaron una gran mesa que tenían en el garaje, situándola justo en medio. Luego la prepararon con los cubiertos y todo lo demás.

—¿A quién has invitado? —preguntó Andrea curiosa.

—La verdad es que a poca gente. A vosotros tres, Alexia, Mario y me han dicho que traen a alguien. Y también a Clara, que me ha prometido que iba a venir. Además de los niños, pero a ellos les tengo una mesita preparada en la cocina, ellos cenarán antes y se irán a jugar.

—Entonces no vamos a ser muchos. ¿A quién trae Alexia?

—No lo sé, no podía hablar. Solo me dijo que vendrían encantados pero que traerían a una persona con ellos. En dos horas saldremos de dudas.

—Tienes una casa muy bonita —dijo Paula mirando a su alrededor mientras terminaba de poner los cubiertos.

—Sí, la verdad es que está decorada con mucho gusto —añadió Andrea mientras Corina sonreía.

—No será para tanto.

—Corina, le he contado a Paula lo que te ocurrió con Luis. Eso y muchas cosas más, también lo que pasó con Miriam, la madre biológica de Carmen…

—Vaya, te lo habrá contado como si de una novela se tratase. —Las tres sonrieron mientras se sentaban a tomarse algo.

—Es increíble todo lo que me ha contado.

—Pero para que veas que no solo cuento tus historias, también le he contado la mía. Lo que el malnacido de Santiago le hizo a mi niño —dijo la muchacha con tristeza.

—Andrea, tranquila. Ahora tienes a Aurora, ella tiene que ser el centro de atención en tu vida.

—Y lo es. Cuando estaba embarazada, creía que cuando ella naciera siempre me recordaría  a Víctor, pero no ha sido así. Mi niña es única y aunque todas las noches pienso en mi niño, que ya tendría 12 años, me muero del dolor, pero es como si Aurora hubiera traído una nueva luz a mi vida. —Andrea se emocionó al contarle a aquellas chicas sus sentimientos.

—Me alegro de que te sientas mejor —le susurró Corina mientras la besaba. Ella había sentido la pérdida de Víctor con todo su corazón y también se acordaba de él muy a menudo.

—Ha tenido que ser muy duro. —Se limitó a decir Paula, no sabía que decir en aquellos momentos.

—Mucho. Pero cambiando de tema, ¿Cómo te va en casa de Isabela y Alberto?

—Bien, ellos son muy atentos conmigo y estoy contentísima. Aunque me está costando adaptarme un poco y no porque ellos no me den facilidades, es que yo soy así de complicada.

—Hace poco que has llegado. Ya mismo estarás totalmente adaptada.

—Oye, ¿no viene Blanca? —preguntó Andrea, ya que esa misma mañana se le había olvidado preguntárselo a la chica.

—No, por lo visto se siente muy mal con el embarazo. Jade y Antonio tampoco van a venir. ¡Jade está embarazada! —gritó la chica. Andrea se quedó con la boca abierta.

—¿Qué Antonio ha dejado embarazada a Jade? ¿David va a tener un hermano? —Se llevó las manos a la boca.

—¡Sí! Jamás nos lo imaginamos pero ha rehecho su vida.

—Es increíble. —En ese momento sonó el timbre.

—¿Quién será? —Las tres se miraron. Si era David les chafaría la fiesta. Corina se levantó despacio y miró por la mirilla.

—¡Es Clara! —susurró mientras abría.

—Hola guapa —dijo la chica mientras le daba dos besos.

—¡No sabes la alegría que me da tenerte aquí y que por fin hayas querido salir de esas cuatro paredes! —gritó Corina mientras la abrazaba.

—Mira, a Andrea ya la conoces, ella es Paula. —Las chicas se saludaron.

—¿Cómo estás? —le preguntó Andrea mientras la chica se sentaba con ellas y cogía algo de tomar.

—Mejor, ha pasado un poco el tiempo y saber que Hugo y Carlos no han tenido nada que ver con el asesinato me reconforta, pero también tengo la angustia de que nadie sabe que pudo pasar y mucho menos tenemos pruebas.

—Me contó Andrea lo que le ocurrió a tu madre —susurró Paula. Corina miró a Andrea y sonrieron, eran un caso.

—Ha sido terrible, pero no pierdo la fe en encontrar a quién le hizo eso.

—Sabes que nuestros maridos están haciendo todo lo posible por encontrar algo, no te desesperes porque pronto llegará.

—Por cierto, ¿qué hora es?

—Casi las siete —le informó Clara.

—¡Oh, dios mío! El tiempo se ha pasado volando, en media hora estarán aquí con David.

Pasados quince minutos en los que las chicas no pararon de hablar, la puerta volvió a sonar. Alexia y Mario llegaban con sus niñas y acompañados de otro chico.

—Os presento a mi primo Alejandro Olivares. Ha venido, digamos, a pasar una temporada —dijo Alexia sin saber muy bien que contarles de la situación de su primo. El chico entró y saludó a todas las chicas que allí estaban.

—Es muy guapo —le susurró Clara a Paula. Ésta sonrió.

—Tienes razón.

—Alejandro, ¿a qué te dedicas? —preguntó Andrea mientras Alexia y Mario saludaban a las chicas.

—Soy policía.

—¡Mi marido también! —gritó la chica entusiasmada.

—Sí, algo me ha dicho Mario. Entonces, Tú eres la mujer de Fernando —dijo señalando a Andrea—, y tú la de David –Señaló a Corina que iba hacia la cocina.

—Sí, así es.

—Vaya le tenéis una buena preparada a David, se va a alegrar mucho cuando vea todo esto —dijo Mario mientras tomaba asiento al lado de Alejandro.

—Estarán a punto de llegar —le informó Corina que entraba con varios platos seguida de Alexia y Andrea.

—Entonces tú eres la chica que cuidas de la niña de Andrea. —Alexia se sentó al lado de Paula, que estaba un poco cortada delante de tanta gente desconocida.

—Sí, me ofrecieron el trabajo y no dudé ni un momento en aceptarlo.

—Ella nos ayudó a mí y a mi pequeña el día del parto y le estaremos agradecidas toda la vida. —Andrea la abrazó.

—¡Eso es precioso! —exclamó Clara.

—Veo que estás mejor, me alegro mucho. —Alexia cogió la mano de Clara.

—Sí, ahora sé cosas nuevas del caso y me atormento un poco menos. Solo queda esperar a que todo se solucione. —La chica sonrió, su marido ya le había contado todo.

—Le he contado todo a Alejandro y se ha ofrecido a ayudar en la resolución del caso.

—¿De verdad? —Aplaudió la chica levemente.

—Sí, ahora voy a vivir aquí durante un tiempo, por lo que puedo ayudar en las horas libres que tenga. A mí me gusta mucho resolver casos.

—Es un crack —comenzó a decir Alexia—. Resolvió el caso de la muerte de mi padre y a la misma vez la del suyo y el de mi abuelo.

—¿Y eso cómo es? —preguntó Paula curiosa. Alexia les resumió todo lo acontecido años atrás en su familia y todos se quedaron con la boca abierta.

—O sea, que tú hermana —dijo Andrea mirando a Alexia— resultó ser hermana también de tu primo.

—Exacto. Ellos dos si son hermanos de sangre, nosotras somos hermanas de corazón porque nos hemos criado juntas, pero nos queremos exactamente igual.

—Qué bonito —suspiró Clara. A ella siempre le hubiera encantado tener una hermana.

—Yo nunca he tenido un hermano con quién jugar y siempre he pensado que, de formar una familia, quiero que sea grande. —Todos miraron a Paula, aquella chica tan callada en un principio ahora estaba contando muchas cosas que todos desconocían.

—Yo también me he criado sola. —Clara agarró la mano de Paula—. Te entiendo.

—Érika es lo más. Si algún día se decide a visitarnos, la traeré para que la conozcáis            —dijo  Alexia.

Un coche se escuchó llegar cerca de la casa y se formó un revuelo horrible.

—¡Son ellos! —gritó Andrea mirando el mensaje que le acababa de poner su marido.

Corina cogió a los niños rápidamente y apagaron las luces. Las gemelas se pusieron al lado de su tito Alejandro, ahora era la novedad y no se separaban de ellos ni un ápice. El timbre sonó y todo el mundo calló. A los  pocos minutos, David metió la llave en la cerradura, preguntando qué dónde estarían todos y cuando fue a entrar en el salón, se llevó la sorpresa más grande de su vida. Allí estaban todos sus amigos y él no podía creerlo.

—¡Pero qué es esto! —exclamó mientras miles de guirnaldas caían encima de su cabeza.

—¡Feliz cumpleaños! —gritaron todos.

—Te voy a matar —le dijo David a Fernando mientras lo abrazaba.

—Feliz cumpleaños, cariño. —Corina lo abrazó y él le susurró varias palabras al oído que la hicieron sonreír, luego besó a los niños y a cada una de las personas que habían en su fiesta.

—Vaya, no había escuchado hablar de ti —dijo a Alejandro cuando todo volvió a la normalidad. Los niños cenaban tranquilamente y luego se irían a jugar. Los mayores estaban todos sentados a la mesa degustando las gambas que Corina había preparado de primero.

—Ya ves, si no vengo mi prima Alexia revienta. —Todos rieron. Alejandro miró detenidamente a Paula y ésta sonrió.

—¿Vienes para mucho tiempo? —preguntó Fernando.

—Pues sí. Llegué hace dos días y me hicieron una entrevista de trabajo en una comisaría en Córdoba y rápidamente me dijeron que el puesto era mío, por lo que he mandado mi carta de dimisión a mi antiguo trabajo y ya he firmado el nuevo contrato. Comienzo el lunes.

—Ha dicho que nos ayudará —informó Mario a David y Fernando.

—Eso es perfecto, una mano más siempre viene bien. —Alexia volvió a repetirles la resolución del caso de la muerte de sus padres y el de su abuelo.

—Vaya, eres buenísimo. Yo no sé si hubiera resuelto algo así. —Se sinceró David—. A mí casi siempre me ayuda mi mujer. —Corina sonrió desde el otro extremo de la mesa.

—¿Y cómo que te has venido de Madrid a Andalucía? —preguntó Andrea mientras pelaba una gamba.

—Por cuestiones personales. Allí ya estaba algo agobiado y no podía soportar más aquella situación, menos mal que mis primos me han ayudado a buscar algo aquí. Me ha dado pena dejar allí a mis padres —Pensó en Mónica y Alfonso, su marido, al que quería como a un padre— y a mi abuela Claudia, está muy mayor ya.

—Es por tu bien y lo sabes —le regañó cariñosamente Alexia.

—Cambiando de tema —dijo Corina— ¿Vas a volver a escribir? —Clara casi se atraganta con la gamba que se estaba comiendo.

—Lo dudo. No me veo capacitada para escribir más historias y que todo se refleje en la realidad, como la muerte de mi madre. Tengo que confesaros que me muero de miedo. —Un trueno hizo que todo retumbara.

—Vaya, parece que el tiempo ha empeorado por momentos  —dijo Paula mirando por la ventana.

—Se ha formado una tormenta grandísima, pero no te preocupes, yo te llevaré a casa cuando acabe la fiesta.

—Nosotros podemos acercarla —dijo atropelladamente Alejandro—. ¿Dónde vives?

—En Fuente Palmera —susurró la chica mientras miraba las gambas que le quedaban y se moría de vergüenza. Clara le pegó un pellizco por debajo de le mesa mientras se aguantaba la risa.

—¿Podemos acercarla? —le preguntó el chico a Alexia.

—Claro que sí, en el coche hay sitio, así que no hay problema. Así no tienes que ponerte en carretera con el mal tiempo que hace sin necesidad —le dijo a Fernando.

Cuando las gambas se terminaron, Corina sacó el pollo a la carbonara que llevaba todo el día preparando. Todos le dieron la enhorabuena por lo bueno que le había salido y comieron con ganas. Luego llegó el postre. Una preciosa tarta de chocolate con galletas que Corina había preparado con la ayuda de Andrea. Cuando le cantaron el cumpleaños feliz, los niños se fueron a la cama y los mayores se quedaron un ratito más. Después de recoger la mesa entre todos en un santiamén, se sentaron en el salón.

—Parece que hace frío —dijo David mientras veía a Paula abrazada a ella misma—. Pondré el calefactor.

—Yo había preparado el patio para salir ahora a tomarnos algo allí, pero viendo la noche de perros que hace, mejor que nos quedemos aquí dentro, ¿verdad? —preguntó Corina mientras llegaba con unos cuencos de chucherías y frutos secos.

—Sí, yo creo que es mejor que nos quedemos aquí. —David entró en la cocina. No podía dejar de pensar en Marta León y en lo que le había dicho hacía tan solo unos días. Esa mujer era una descarada y quería contárselo a Corina, pero le daba miedo de estropearlo todo.

—Cariño, ¿qué ocurre? Te he visto algo evadido de nosotros en la fiesta —le preguntó Corina mientras entraba detrás de él a la cocina.

—Corina… —comenzó a decir él con pesar.

—¿Qué ocurre? No me asustes.

-Mira sé que no es el mejor momento para contarte esto pero sé que si no lo hago voy a reventar de un momento a otro y sé que tenía que habértelo comentado hacía un tiempo, pero tenía miedo de perderte y… —¿Qué le pasaba a su marido? Jamás le había dicho que tuviera miedo de perderla.

—Cuéntame ahora mismo que es lo que te pasa.

—Desde hace unos meses una mujer me está molestando y yo te juro por dios que no quiero nada con ella, siempre que intenta algo conmigo yo le freno y le digo que tengo una mujer a la que quiero y que por nada del mundo le haría daño. —David acarició la cara de Corina.

—David, yo jamás dudaría de ti. Sé cómo eres. ¿Quién es esa mujer?

—Marta León, la mujer de Carlos el cartero. Ya sabes que con eso de que tienen una relación abierta, desde que le hicimos la primera visita se me ha estado insinuando y yo ya no sé qué hacer. —En ese momento el móvil de David vibró, era un mensaje, lo abrió y suspiró.

—¿Es ella verdad? —preguntó Corina con la cara de todos los colores del arco iris. La rabia y los celos la estaban consumiendo.

—Sí.

—¿Qué te ha puesto?

—Está fuera, quiere felicitarme. ¿Cómo sabe esa mujer que es mi cumpleaños? —El chico levantó la voz un poco más de la cuenta.

—No grites. Sal y la ves.

—¿Cómo?

—Qué salgas y la veas. Se va a enterar esa que nadie se mete con mi marido. —Corina sonrió peligrosamente.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó él sonriendo. Conocía a su mujer y por las buenas era buenísima, pero por las malas…

—Ya lo verás, coge el paraguas y sal ahora mismo.

David no dijo más nada. Dejó el móvil encima de la mesa y cogió el paraguas. Luego abandonó la casa. Corina entró en el salón y miró hacia la esquina por la ventana, allí estaba el coche, con una mujer dentro. David se acercaba lentamente, hasta llegar a su altura. La mujer se bajó del coche, sin importarle la lluvia y como una loba se tiró encima de David, intentando besarle. Él la separó rápidamente y Corina blasfemó en silencio.

—¡El circo va a empezar, quien quiera verlo que mire por la ventana! —gritó la chica fuera de sí. Salió corriendo y se escuchó la puerta de la calla a su espalda. Todos se miraron y rápidamente se asomaron a la ventana. Desde allí pudieron ver a Corina llegar como una tromba, debajo del gran aguacero que estaba cayendo.

—¡Deja en paz a mi marido! –gritó fuera de sí.

—Tranquila, reina. Si tú quieres podemos pasar un buen rato los tres. —Corina puso las manos en jarras y la miró incrédula. David se retiró, aquello era un duelo entre las dos.

—Esto es el colmo de la desfachatez. —Corina se acercó a ella y cogiéndola de su bonito pelo rubio la puso de rodillas en el suelo mientras le gritaba cosas inteligibles.

—¡Corina, por dios! —gritó David intentando acercarse. Se estaban poniendo chorreando con la lluvia que estaba cayendo.

—¡No te acerques! A esta le dejo yo las cosas claras ahora mismo. —Y sin decir nada más, metió la cabeza de Marta en un charco lleno de fango.

—¡Maldita! —blasfemó Marta cuando consiguió sacar la cabeza del barro.

—Y cuando tú quieras, vuelves a molestar a mi marido —advirtió Corina mientras se acercaba a David y se metía debajo del paraguas con él.

—Marta, te advertí que no te metieras conmigo, te lo he advertido muchas veces, a sabiendas de que esto podía pasar.

—¡No me puedo creer lo que esta mujer me ha hecho! —gritó Marta quitándose con un pañuelo el fango de la cara. Luego se metió en el coche y arrancó—. ¡Maldita y mil veces maldita! —Volvió a gritar antes de perderse calle abajo.

Corina besó a su marido en señal de triunfo y escucharon los gritos y los aplausos dentro de su casa.

—Anda, volvamos dentro, que por suerte nadie del pueblo ha visto la escenita.

—Tranquilo que no te va a volver a molestar más y si lo hace, me lo dices que ya buscaré otra forma más eficaz para que te deje en paz.

Cuando entraron en casa, todos aplaudían a Corina que estaba calada hasta los huesos. Quince minutos después y tras una ducha calentita volvía a entrar al salón.

—¡Ha sido impresionante! –Sonrió Clara.

—Eres una máquina, chica. —Alejandro no podía creerse lo que había visto hacía tan solo unos minutos.

—Ya nos ha contado David la historia, yo hubiera hecho lo mismo. —La animó Andrea.

—¡No nos hemos podido reír más, Corina! —Alexia todavía se carcajeaba junto a su marido.

—Si llego a saber que esto es tan divertido me hubiera venido mucho antes —dijo Paula mientras se sentaba al lado de Alejandro. Él la miró de arriba abajo y rápidamente desvió la mirada, no quería volver a pasar por lo que había sufrido.

La noche trascurrió entre risas mientras recordaban lo sucedido. Sobre las doce, cada uno se marchó a su casa. Habían pasado una noche espléndida y quitando el pequeño percance que había tenido Corina con Marta, todo había salido a pedir de boca. Y lo más importante de todo eran las risas tan buenas que se habían echado.