¿Donde puedo adquirir “Silencio efímero”?

¡Muy buenos días a mis lectores! Hago esta entrada para dejaros los enlaces de los lugares donde podéis adquirir mi segunda novela.

  1. Si queréis un ejemplar firmado y dedicado por mí podéis pedírmelo por privado por mis redes sociales:
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  2. Página web de Editorial Leibros
  3. Amazon  
  4. Y en librerías también podéis encargarlas.
  5. Y también he dejado algunos ejemplares tanto de Silencio efímero como Llámalo destino en la librería de María José en Fuente Palmera, donde podréis adquirirlos.

¡Ya estoy recibiendo algunas críticas sobre la historia de Sofía y son muy buenas! Siempre hay cositas que mejorar pero que mis lectores me digan que les ha llenado mi novela, que los ha emocionado… ¡No hay mejor regalo!

¡Os mando un gran beso!

Silvia.

 

 

 

SILENCIO EFÍMERO. ¿CÓMO SURGIÓ? Y ALGUNA QUE OTRA CURIOSIDAD DEL LIBRO…

Cómo os comenté esta mañana en las redes sociales, voy a retomar el blog. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que comentar un poco mi última novela publicada con Leibros? Silencio efímero.

cubierta final

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ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 13

TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

**Ana Lucía se encontraba cabizbaja. Marcos sabía algo. Estaba más que convencida. Desde que se mudó a vivir con él, todo había ido bien, pero hacía varios días que apenas le hablaba y se mostraba muy frio con ella. ¿Qué le estaba pasando? Se sentía sola, muy sola. Solo quería tener a su hija con ella. Decidió que lo dejaría todo de nuevo. Haría lo mismo que hizo con Emilio, pero del revés. Abandonaría su casa e intentaría comenzar una nueva vida al lado de Emilio y su pequeña hija.

Aún era muy temprano. Apenas las seis de la mañana cuando se acercó a la cama y besó la cabeza de su marido, de Marcos. Él no sabía dónde se iba, pero en cuanto se despertara lo sabría. No quiso mirar más allá de él, por lo que cerró la puerta a su espalda, encendió el coche y se marchó.

Todo el camino fue pensando en lo mala persona que era. Dejó a Emilio y a su niña en casa para comenzar una vida con Marcos, el hombre perfecto. Era guapo, atractivo, médico y tenía mucho dinero. Ahora nada de eso importaba, su frialdad era increíble y ya sentía que no le quería lo suficiente como para seguir a su lado. Ya nada era relevante en su vida en aquel pequeño pueblo, sabía que se convertía en la peor mujer del mundo, pero se marcharía para encontrar de nuevo el amor al lado de Emilio, abandonando, como hizo hacía más de  un año, a su antigua familia.

Aparcó el coche cerca de la pequeña casita del hombre y notó como el aire fresco de la mañana le daba en la cara. Era refrescante y le hacía sentir bien. Seguro que si hablaban podrían llegar a arreglar las cosas. Él la quería y de eso estaba completamente segura. Se bajó del vehículo y llamó tímidamente a la casa. Nadie abrió. Miró el reloj: Las nueve de la mañana. ¿Dónde estarían tan temprano él y la niña?

Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Se acercó a la ventana e intentó mirar en el interior de la vivienda, pero allí no había nadie. Todo estaba en silencio y una gran oscuridad inundaba la estancia.

            —¿A quién buscas? —preguntaron a su espalda.

            —A Emilio, ¿sabes dónde está? —Se dio la vuelta y pudo ver a un anciano que lo miraba con una mirada extraña.

            —Vaya, tu eres Linda —dijo él al reconocerla—. ¿Dónde te has metido todo este tiempo?

            —Trabajo —se limitó a decir ella.

            —Chica, ¿en serio vienes buscando a Emilia y a su hija?

            —Sí, los estoy buscando.

            —Creo que es un poco tarde… —se lamentó el hombre mirando al suelo.

            —¿Tarde? ¿Qué ha pasado? —preguntó ella nerviosa mientras se acercaba al anciano.

            —Hace una semana hubo una gran tormenta…

            —¿Y qué pasó? ¡Habla, maldita sea! —gritó Ana Lucía.

            —Lo pilló faenando y llevaba a su hija con él.

            —¿Cómo? ¡Dime que están bien! —La mujer cogió al hombre del brazo, incluso llegándole a hacer daño con la fuerza que ejercía.

            —El barco apareció, pero ellos no. Se los tragó el mar.

            —¡No! —Volvió a gritar mientras se tiraba del pelo y caía al suelo llorando.

            —Lo siento mucho, muchacha. La tormenta fue brutal y no pudieron volver.

            —¡Eso no puede ser verdad! Mi hija era muy pequeña, ¿Por qué se la llevó?

            —Chica, no me hagas hablar. Todos aquí en el pueblo sabemos que lo abandonaste con un bebé, así que ahora no vengas pidiendo explicaciones. Él no tenía con quién dejar a su hija, por lo que si quería comer diariamente, se la tenía que llevar a faenar. Ese día el cielo nos gritaba que iba a haber una gran tormenta, pero él pareció no percatarse de ello. Se marcharon muy temprano, cuando los más mayores nos asomamos, su barco ya no estaba. A las cinco de la tarde, ya estaba casi de noche y seguían sin volver, por lo que nos comenzamos a preocupar. Esa misma noche, los más jóvenes salieron a buscarlos con sus barcos, todos conocían a Emilio y sabían que le había pasado algo, él tenía un gran dominio en su profesión y sabía cómo actuar, pero la tormenta fue tan brutal que no encontraron más que un barco a la deriva.

            —Esto tiene que ser una pesadilla. Mi pequeña, mi niña bonita… —lloriqueaba la mujer.

            —Lo siento mucho, pero aun así no me duelen sus lágrimas. Usted los abandonó y en parte es culpa suya lo que ha ocurrido. Él tenía que darle de comer a esa pequeña diariamente y esa era su única preocupación. Usted no pensó jamás en eso. Encima tenía que salir a faenar con la niña, cosa que agravaba más la situación.

            —Lo sé… —La mujer se sentó en el suelo, al lado del coche, mientras las lágrimas le recorrían la cara.

            —El pueblo está muy afectado. La misma noche que encontramos el barco, hicimos una capilla ardiente en la iglesia. Fue algo simbólico.

            —No…

            —Se declararon tres días de luto. Emilio y su hija eran muy queridos en este pueblo y más a sabiendas de la vida que le había tocado vivir, después de que una mujer como tú le hubiera hecho lo que le hizo.

            —Yo no quería… —La mujer se arañaba los brazos de la impotencia. ¿Por qué había tenido que dejarlos? ¿Por qué tuvo que aceptar ese trabajo y conocer a Marcos?

            —No creo que te sea difícil olvidarlos, ya una vez lo hiciste, por lo que ahora no te costará ningún trabajo.

            —¡No digas eso! Yo los quería…

            —Los abandonaste.

            —¡Cállate!

            —Te dejo sola para que llores lo que tu corazón hubiera podido llegar a sentir por esos seres a los que abandonaste.

El hombre se alejó y ella se quedó mirando aquella pequeña cabaña. Allí había vivido momentos buenísimos, que ya había pasado a un pasado, porque aquellas personas habían muerto. Su querido Emilio y su pequeña ya no existían. En ese momento recordó la última vez que miró a su hija, y lloró. Lloró por la impotencia de no haberla disfrutado más y de no haberse ocupado de ella como una madre.

Los pensamientos la abrumaban. Allí estaba el coche de Emilio, justo en la puerta y la casa solitaria. A saber cuándo se volvería abrir aquella cabaña o cuándo volverían a conducir aquel coche. Entonces miró hacia el puerto, justo a unos  metros de ella, y vio el barco. Estaba lleno de flores y pancartas de apoyo a los fallecidos. ¡No había derecho a que una desgracia así hubiera ocurrido!

**Alexia estaba en casa preparando algo para la cena. Llevaba todo el día con el cuerpo revuelto por la noticia que le había dado aquella misma mañana a la familia de David. Aquella chica se veía tan llena de vida, que le dolía en el alma haberle tenido que confesar algo tan desagradable.

—Mami, tita Érika está al teléfono —le informó Daniela mientras entraba con el inalámbrico en la mano.

—Gracias, cariño. Ve a jugar con tu hermana hasta que os llame para cenar. —Alexia acarició aquella cabeza rubia de su niña y sonrió.

—¿Hola?

—¡Alexia! —gritó Érika al otro lado de la línea.

—¿Pasa algo? —preguntó ella asustada por el grito que había pegado su hermana.

—No, solo quería preguntarte por mi hermano Alejandro. ¿Es verdad que está con una chica? —Alexia sonrió y se rascó la frente. Su hermana no cambiaría nunca.

—Sí, es verdad.

—¡Quiero saberlo todo!

—Se llama Paula y la conoció en la fiesta de cumpleaños de unos amigos. Ella fue invitada por Corina y a él lo llevé yo; acababa de llegar y creí que lo mejor sería que saliera para que le diera el aire.

—¡Oh, dios mío! No me lo creo.

—Pues créetelo, está como un chavalín de quice años. ¡Enamoradito!

—¿Pero cuánto tiempo llevan juntos? —Érika se recostó sobre el sofá de su casa y miró al techo con los ojos llenos de ilusión por lo que su hermana le estaba contando.

—Algo más de dos meses, pero está siendo algo intenso. Se ven diariamente y ya no pueden pasar el uno sin el otro.

—Qué bonito…

—¿Quién te lo ha contado? Porque Alejandro no quería que se supiera nada hasta que él mismo decidiera contároslo. —La chica se levantó y miró la sopa, que ya estaba prácticamente hecha.

—Me lo ha contado un pajarito —dijo ella pícaramente.

—Ya, un pajarito moreno de ojos oscuros, ¿Verdad? —se carcajeó al pensar en su tía Mónica, la madre de Alejandro.

—¡Cómo lo sabes! Ella está loca de contenta. Ayer estuve en casa de tu abuela Claudia. Fui a visitarla, que por cierto, está como una rosa, y tu tía estaba allí y empezamos a hablar y me lo contó todo.

—Mi tía no va a cambiar jamás. —Las dos sonrieron.

—Oye, pronto tendremos que vernos. —La chica se levantó y fue al cuarto de juegos donde el torbellino de su hijo Daniel no dejaba de tocar la flauta—. ¡Daniel, que está Javier estudiando! —Alexia no pudo hacer otra cosa que sonreír.

—¡Érika, este niño no se calla ni debajo de agua! Mañana tengo un examen, que lo sepas —replicó Javier que salió de su cuarto. Érika sonrió y le pasó el teléfono a su hermano.

—¿Hola?

—¡Javier! —gritó Alexia al escuchar a su hermano pequeño. Él era fruto de la relación entre la madre de Érika y su padre. Ellas dos no eran hermanas biológicas pero se querían como si lo fueran. Por cosas del destino, Alejandro resultó ser hermano por parte de padre de Érika y primo de sangre de Alexia, ya sus madres eran hermanas—. ¿Cómo estás?

—Hola guapísima. Bien, algo liado con los exámenes y amargado con Daniel, que mientras más años cumple, más revoltoso es.

—Tengo muchas ganas de verte –susurró melancólica al pensar que finalmente se quedó al cuidado de Érika cuando sus padres murieron. Ella quería cuidarle pero Érika se sentía tan mal por el trato que le había dado toda la vida que quiso enmendar sus errores y mimarlo. Desde aquel momento se convirtieron en madre e hijo y se querían como si realmente lo fueran.

—Y yo, a ver si algún día venís. A ti tengo muchas ganas de verte, pero a mis gemelas más.

—¡Oye! —Los dos se carcajearon—. Ahora va a estar difícil puesto que tenemos mucho trabajo, tanto Mario como yo, pero siempre podríais venir vosotros.

—¿De verdad?

—¡Claro! Mi casa es grande y tengo alguna habitación vacía y creo que Alejandro pronto se va a alquilar algo por aquí cerca, por lo que podríamos repartirnos.

—¡Háblalo con Érika! Yo me muero por ganas de ir. A ver si tengo tanta suerte como Alejandro y encuentro una chica guapa.

—Vaya con mi hermanito, parece que ya no eres tan pequeño.

—¡Voy a cumplir dieciséis años en breve!

—Es verdad, perdón.

—Te dejo que tengo que estudiar. Hablamos pronto, preciosa. —Y el chico le pasó el teléfono a su hermana.

—Qué guapo está, Alexia. No te lo puedes imaginar.

—Quiere venir al pueblo, ¿por qué no nos hacéis una visita?

—Lo hablaré con Leo, a nosotros nos encantaría. —Aplaudió la chica.

—Pues háblalo pronto porque estoy deseando de veros. Ahora tengo que dejarte, mis niñas se mueren de hambre.

—Dales un besito de mi parte.

—Lo haré y tú dale otro a ese torbellino de Daniel.

Cuando colgó el teléfono, Alexia llamó a su familia y todos se rodearon alrededor de la mesa. Estaba loca de contenta de saber que su hermana estaba barajando la posibilidad de ir a verlos. Ojalá su tía Mónica, la madre de Alejandro, y Alfonso, su padrastro, se animaran también, aunque sabía que su abuela ya estaba más mayor para hacer ese viaje tan largo, pero por ver a su nieta, sabía que lo haría.

**Cuando Alejandro se bajó del coche, Paula ya le había tapado los ojos con su pañuelo.

—Es una sorpresa. ¡Estate quieto! —Sonrió ella.

—No puedo, cariño. No veo nada.

—En eso consiste la cosa. Aquí hay un escalón. —El chico subió y un silencio llenó la estancia.

—¿Paula?

—Ya estamos llegando no te desesperes. —La chica comenzó a andar por un largo pasillo, hasta llegar a una puerta. La abrió y ambos entraron.

—¿Puedo abrir los ojos ya?

—No, espérate un momento. —Paula se separó de él, pero al momento se acercó rápidamente.

—Ya puedes abrirlos. —El chico se quitó el pañuelo que le cubría los ojos y entonces vio una bonita habitación. Una luz tenue llenaba la estancia y una música comenzó a sonar por algún lado de aquel maravilloso lugar.

—Paula… —susurró él.

—No hables, no digas nada. Siempre me has dicho que nunca propiciarías una situación que pudiera hacerme sentir incómoda y ahora he sido yo la que te he traído aquí. Porque quiero estar contigo, porque me gustas mucho, porque te quiero. —El chico suspiró y la cogió por la cintura.

—Me has sorprendido mucho. Le mordió suavemente la oreja.

—Mira ahí, en ese rincón nos han preparado una mesa con una cena estupenda.

—¿En serio? —Sonrió él mientras se retiraba de ella para mirar al lugar dónde le había  indicado. En un rincón, había una íntima mesa, con varios platos—. Esto tiene muy buena pinta.

—Eso tiene buena pinta y la noche también —susurró ella mientras se acercaba para besarle.

—¿Tienes hambre? —preguntó él.

—Ahora mismo no, creo que podré esperar un poco. —Ella rozó su nariz con la de él.

—Paula, me vas a volver loco…

—Eso quiero —se sinceró ella.

—¿Por qué has hecho todo esto? —le preguntaba mientras la besaba.

—Te lo acabo de explicar. Me encantas y quiero estar contigo. Quería transmitirme que no me sentía incómoda. Alejandro, me temo que estoy muy enamorada de ti.

—Paula, Paula…

—Dime…

—No creía que volviera a decir esto en mi vida, pero yo también te quiero.

—¿Mucho o poco? —ronroneó ella.

—Más de lo que jamás me imaginé. Estoy enamoradísimo de ti.

—Me gusta escuchar eso. —Alejandro la acercó a la cama y la sentó en el borde.

—¿Hasta cuándo tenemos esta maravillosa habitación?

—Hasta mañana a las doce.

—Has hecho bien en traerme a Córdoba. Aquí estaremos más tranquilos…

—No quiero cenar, Alejandro. Quiero estar contigo… —le dijo ella mientras sus ojos se clavaban en los de él.

—Está bien, mi amor. No hay nada que desee más en la vida.

El chico la echó sobre el colchón mientras comenzaba a besarla suavemente. Los besos comenzaron a descender por el cuello de la chica, hasta llegar a su vientre. Aquella noche prometía y estaban dispuestos a disfrutarla al máximo.

**Clara seguía metida en casa. Se acababa de dar una ducha y lo que más le apetecía en ese momento era ponerse lo primero que pillara en el armario y salir de casa a tomarse una copa o a cenar. Pero ¿sola? Miró su agenda telefónica y no encontró a nadie a quien llamar. Corina y David estarían en casa con los niños. Andrea y Fernando estaría cuidando de Aurora y Paula estaría con Alejandro. ¡Era imposible, no tenía a nadie con quien salir! Así que se dio por vencida. Jamás en la vida pensó que llegaría a sentirse tan sola siendo tan joven. Se acercó a la cocina para prepararse algo para cenar y metió una pequeña pizza en el microondas. Lo cronometró para tres minutos y se dirigió al salón para recoger una taza en la que esa misma tarde se había tomado el café. Cuando volvió a la cocina, la metió en el fregadero y miró hacia la ventana. Le había parecido ver algo, pero quizás fuera fruto de su imaginación. Una farola iluminaba el ambiente, se acercó para echar hacia abajo la persiana y miró hacia el exterior. En ese momento sonó el teléfono. Le habían mandado un mensaje. Miró hacia la mesita, dónde tenía el móvil y volvió a mirar hacia la ventana. Un grito inundó la estancia. ¡¿Quién era aquella persona?! Un encapuchado la estaba observando. Clara no podía dejar de gritar, se había quedado bloqueada, no podía echar la persiana hacia abajo. No podía verle el rostro, solo la capucha negra.

—¿Quién eres? —gritó como una posesa. En ese momento el encapuchado se volvió y se llevó un dedo a la boca en señal de silencio. Clara atinó a echar la persiana y luego miró que todos los cerrojos de la casa estuvieran echados.

Con el pulso aún acelerado, cogió el teléfono fijo de su casa y marcó el número de Corina.

—¿Sí? —contestó David que acababa de salir de la ducha.

—¿David? —preguntó ella en un grito.

—¿Clara?

—¡Una persona encapuchada me ha estado mirando por la ventana de mi cocina!                —gritó la chica fuera de sí y muerta de miedo.

—Tranquila, no sabemos de quién se trata, pero creemos que no quiere hacer daño.

—¿Cómo sabes eso?

—Esta misma mañana lo vimos en comisaría, estaba en las inmediaciones, pero cuando salí ya no había nadie. Además, ha estado vigilándonos a Fernando y a mí. Nos ha mandado una nota, y ponía que no quería hacernos daño, simplemente quería vigilarnos porque tiene una información muy valiosa y está buscando el momento oportuno para confesarlo.

—Dios mío… —susurró ella.

—Sabe algo sobre el asesinato de tu madre, no me cabe la menor duda.

—¿Tenéis algo más? Yo necesito saber algo.

—Clara, esta investigación llegó un punto que la tuvimos que tornar secreta. Entiendo que seas familiar, la hija de la persona asesinada y te prometo que pronto sabrás algo. Solo te diré que hemos encontrado información valiosa y que estamos estudiándolo pacientemente para no dar ningún paso en falso.

—Yo no puedo vivir con esta incertidumbre.

—Tienes que hacerlo, mañana mismo vamos a hacer algo de vital importancia. Te prometo que pronto sabrás más cosas.

—Está bien, no te voy a presionar. En cuanto puedas me llamas. Intentaré estar tranquila, aunque lo dudo.

—Tienes que estarlo. Esa persona, quienquiera que sea, no puede olernos el miedo, sino sí que nos podría hacer daño.

—Lo sé… —se sinceró ella mientras se terminaba la pizza.

—Yo te llamo. Hasta pronto.

Cuando la conexión se cortó, Corina entró en la habitación y lo abrazó. Esa misma tarde había estado hablando sobre la persona encapuchada y ella se moría de miedo, pero estar junto a él hacía que disminuyera el temor que sentía.

—Ten mucho cuidado mañana.

—Lo tendré, no tienes que temer por nada —susurró mientras besaba la cabeza de su mujer.

 

 

 

 

**Al día siguiente, David y Fernando salieron muy temprano en dirección a casa de Emilio Ibáñez. David tenía  un mal presentimiento, allí no encontrarían nada.

—¿Por qué tan callado? —le preguntó Fernando mientras lo miraba de reojo.

—Sé que vamos a hacer este viaje para nada, esta mañana me he levantado con un mal presentimiento.

—Eso nunca lo sabremos si no vamos. Por cierto, ayer quedaste en contarme algo, y te juré que no te daría un minuto más. —David sonrió levemente.

—Creo que sé quién es Rebeca —dijo él de pronto.

—¿Rebeca?

—La hermana de Ana Lucía. Ella es la persona encapuchada.

—¡Por dios, David! ¿De dónde sacas eso? —El chico hizo un mal gesto con el volante.

—Cuidado —le advirtió David—. Ayer vi a la persona encapuchada en la puerta de comisaría cuando estábamos en mi despacho. Tú llamaste a Paula para advertirse sobre la seguridad de Aurora y entonces yo salí. Fernando, no he tardado más de unos segundos en llegar a la puerta y a la única persona que me encuentro es a Antonia. Que misteriosamente, trae una carta en su mano dirigida a nosotros.

—Pero…

—No, yo estoy seguro. Llevo unos días pensando en qué pasó con la hermana de Ana Lucía y juraría por dios que se trata de Antonia, ella es la persona que tiene información para darnos.

—Pero yo no creo que coincidan en edad.

—Eso ya está todo mirado. Antonia tiene cincuenta años. Ana Lucía, en el momento de su muerte, tenía cincuenta y ocho años. Por lo que su hermana Rebeca, ocho años menor que ella, tendría la misma edad de Antonia, cincuenta.

—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? Es una acusación muy grave para decirla sin pruebas.

—Yo solo te cuento lo que vi y lo que he intuido. No te contaría esto si no tuviera un mínimo de seguridad en mis palabras.

—Está bien, indagaremos más sobre eso.

—Antonia ha estado vigilándonos y a Clara también. Ella me llamó anoche, había visto a la persona encapuchada justo en la ventana de su cocina, observándola a través de ella.

—No me puedo imaginar a Antonia así, pero no dudo de tu trabajo, por lo que intentaremos investigar sobre eso.

—Ella es Rebeca, no me cabe la menor duda.

Llegaron a la dirección indicada después de varias horas de camino. Allí solo estaba el puerto cerca y una serie de cabañas.

—Es el número cinco —le informó Fernando mientras miraba unos papeles.  Los chicos bajaron una pequeña rampa de madera que llevaba hasta la arena de la playa, dónde comenzaban las cabañas.

—Esto está prácticamente desierto, seguramente no viva nadie aquí ya.

—¿Tú crees? —El chico llamó a la puerta de la cabaña indicada. Todo estaba lleno de mugre, olvidada por el tiempo. Estaba claro que allí no vivía nadie y que llevaba deshabitada muchísimos años.

—Aquí no nos va a abrir nadie —suspiró David. Entonces divisaron como dos cabañas más adelante el movimiento de una mujer tendiendo la ropa en el pequeño porche que tenían las cabañas en la parte delantera. David le hizo un gesto a Fernando y los dos se dirigieron hasta allí.

—Buenos días. —La mujer, ya mayor, los miró con sus grandes ojos azules. Asustada.

—¿Qué quieren de mí? —se limitó a preguntar.

—Solo queremos saber qué fue del hombre que vivía dos cabañas más allá. —David señaló hacia la misma.

—No sé de qué me están hablando.

—¿Conoce a Emilio Ibáñez?

—Oh, Emilio… —sollozó la mujer.

—¿Lo conoce?

—Lo conocía. —En ese momento los dos se llevaron los dedos a las sienes. Emilio ya no estaba para poder contar algo sobre la vida de “Linda”

—¿Podemos pasar para que nos cuente algo más?

—No, creo que aquí estamos bien. —La mujer le indicó dos sillas que había junto a una mecedora y los tres tomaron asiento en aquel estrecho porche.

—¿Cómo se llama usted? —le preguntó Fernando mientras apuntaba.

—Soy Manuela, aun así no quiero que mi nombre conste en ningún lugar.

—Está bien. —El chico soltó el bolígrafo.

—Ahora sí, cuéntenos que pasó con Emilio.

—Su barco naufragó hace muchos años y murieron —dijo la mujer mientras se tocaba su blanco y estropajoso pelo.

—¿Murieron?

—Sí, él y su hija.

—¿Su hija? —preguntaron extrañados.

—Ese hombre había sufrido mucho. La mujer con la que vivía lo dejó con una niña pequeña, aún era un bebé y se tuvo que preocupar por sacarla adelante solo. No contaba absolutamente con nadie. De vez en cuando nos dejaba a la niña con las vecinas, pero nosotras teníamos nuestros trabajos y quehaceres y no podíamos hacernos cargo de ella, por lo que normalmente, la niña salía a faenar con él diariamente.

—¿Qué edad tenía esa niña?

—Dos años más o menos. Cuando se dio el naufragio tenía sobre esa edad. Fue una gran conmoción para el pueblo, porque él era muy querido y su niña también. Era un ángel y los queríamos, pero ese día hubo una gran tormenta y en vista de que no volvían, salieron a buscarlos. Entonces encontraron el barco a la deriva y entendieron que la vida de aquel luchador y de su pequeña había finalizado.

—Vaya por dios…. —susurró Fernando.

—¿Quién era la madre de esa niña? —preguntó David.

—El tiempo que vivió aquí, a mi jamás me gustó y cuando me enteré que los había abandonado para irse lejos de aquí con otro hombre, me hirvió la sangre, por eso entre todos intentamos ayudar a aquel pobre hombre en todo lo que pudimos.

—¿Es esta mujer? —Le acercaron la foto de Ana Lucía.

—Sí, es ella. Jamás olvidaría esa mirada y mucho menos sus ojos. —La mujer retiró rápidamente la foto.

—¿Llegó a enterarse de lo ocurrido?

—Claro que sí, justo una semana después del naufragio, cuando el pueblo ya había pasado los tres días de luto oficial por la muerte de nuestros vecinos, ella vino a buscarlos, pero no sabía nada. Otro vecino, que en paz descanse, le contó toda la verdad, yo estaba mirando por la ventana de mi cabaña. Pareció no tomárselo nada bien, estuvo un rato tirada en el suelo llorando, pero se marchó.

—Ana Lucía perdió a una hija…

—Clara no tiene ni idea de esto, es algo impensable para ella.

—Me imagino, su madre llevó una doble vida. Dos relaciones al  mismo tiempo, con dos hijas casi de la misma edad.

—¿Y el aborto que ponía en los informes?

—Me imagino que sería después de tener a Clara. La hija que sale reflejada en los datos de su vida es Clara, y el aborto sería uno posterior. Su primera hija es como si nunca hubiera existido.

—Pobre niña, morir con apenas dos años de edad y habiéndola abandonado su madre.

—Es horrible —dijo David.

—¿Veis ese barco? —La mujer señaló un viejo barco anclado en la playa—. Ese es con el que Emilio y su hija naufragaron. Ya hace muchos años que nadie le lleva flores, pero hasta entonces, de vez en cuando alguien le llevaba algunas para que su presencia jamás se borrara de nuestros corazones.

—Eso es muy bonito.

—Fue algo muy fuerte para el pueblo, ya que Emilio era un hombre muy querido y trabajador. Cuando sus compañeros de faena sintieron su ausencia, se sintieron solos, vacíos…

—Lo entendemos.

—Yo creo que ya no puedo contaros nada más, eso es todo lo que sé.

—Está bien, le agradecemos mucho su confianza para contarnos una historia tan terrible.

Los hombres se despidieron de aquella anciana y se dirigieron hacia el barco. Estaba viejo y repleto de flores secas por los años.

—Esto era lo último que me esperaba —se sinceró David mientras miraba hacia el mar.

—Ahora tenemos nueva información. Clara tenía una hermana, una hermana mayor de la que siquiera sabe su existencia.

—No podemos callar esto por mucho tiempo más, la citaré en comisaría para que se entere de todo esto.

—Está bien, como tú veas.

Ambos se dirigieron al coche y pusieron rumbo al pueblo. Creían que llevarían más información y que habrían conocido a Emilio, pero aquel hombre estaba muerto desde hacía muchos años, al igual que su hija. Tendrían que comenzar a investigar por otros lados. Además, de pensar en el tema de Rebeca.

**Ya había entrado la tarde, hacía un ambiente cálido y todas sonreían. El parque estaba abarrotado de gente.

—Que buen día hace —dijo Andrea mientras colocaba bien la mantita de su niña. Paula estaba sentada a su lado, con una sonrisa perenne en la cara.

—Hace un día muy soleado y bueno, pero creo que para unas más que para otras.          —Clara aplaudió mientras miraba a Paula. No le había contado nada pero sabía por su expresión que algo había pasado con Alejandro.

—Queremos saberlo todo —gritó Corina mientras se sentaba a su lado en el banco. La chica se sonrojó.

—No pasó nada —mintió.

—Paula, ya eres de la familia, estás cosas me las tienes que contar y más sabiendo que yo te estoy ayudando mucho con mi primo. Os dejo intimidad… —comenzó a decir Alexia mientras miraba que las gemelas y los hijos de Corina jugaban alegremente en la zona habilitada para ello.

—¡Alexia! —Todas sonrieron.

—Paula, cuéntanoslo. —Se empeñó Clara. Andrea no perdía de vista a la que se había convertido en su amiga.

—Bueno, como sabéis ya llevamos varios meses juntos y él jamás me ha insinuado nada referente, ya sabéis, al sexo… —Paula se sonrojó y miró al suelo. Todas las demás la miraban con expectación.

—¡Ve al grano! —Andrea la miró nerviosa.

—Siempre me dijo que dejaría a que yo diera el primer paso y así fue. La otra noche, pillé un hotel en el centro de Córdoba, le preparé una cena muy especial y…

—¿Y? —gritaron todas al unísono.

—Pasó.

—¿Qué pasó?

—Hicimos el amor.

—Oh… —Todas volvieron a aplaudir.

—No sabes cómo me alegro. —Alexia la cogió de la mano y se la acarició.

—¿Una vez nada más? —preguntó Clara, que era la más descarada de todas en esos temas.

—Pues no, varias. —Todas se carcajearon.

—Vaya con mi primo, no conocía yo esa faceta de él. —Alexia volvió a mirar hacia donde los niños jugaban. Todo pasó de una manera rápida. Lo único que pudo ver fue a Corina correr hacia la salida del parque y cuando se percató de lo que pasaba, ella corrió detrás. Todas se pusieron en alerta. Alguien con una capucha negra corría con Carmen en brazos. Los gritos de Luis habían alertado a las mujeres.

—¡Suéltala! —gritaba Corina mientras corría detrás de aquella figura y veía como la cara de su hija pequeña se desfiguraba por el llanto.

—¡Vamos, entre las dos, lo alcanzaremos!

—¡Está muy lejos! —le gritó Corina a Alexia. Siguieron corriendo. La persona encapuchada miró hacia atrás y al verlas tan cerca, soltó a la niña en una esquina y corrió por una cuesta que lo llevaría hasta el campo de futbol del pueblo. Lo perdieron de vista rápidamente y no volvieron a verle más.

—¿Estás bien, reina? —le preguntó Corina a la niña mientras la cogía en brazos y lloraba a la par de ella.

—Oh, dios mío que susto… —suspiró Alexia. Detrás llegaron Clara y Paula.

—¿Pero qué ha pasado? —gritó la primera.

—¡Alguien ha intentado llevarse a mi niña!

—Estaba encapuchado —alegó Paula.

—Sí, no he pasado más miedo en mi vida. —Corina se levantó con su hija en brazos y se dirigieron al parque, donde Andrea vigilaba a los demás niños. Luis estaba llorando en los brazos de la misma.

—Ya está no llores que la hermanita está bien. —Lo tranquilizó su madre.

—Mami… —El niño se aferró al cuello de Corina.

—¿Tú has podido ver algo? —Le preguntó mientras le retiraba el flequillo de la cara.

—Mami… —Seguía llorando. Estaba bloqueado y pensó que sería mejor no presionarlo más. En ese momento llegó Daniela de la mano de Julia y se acercaron a Alexia.

—Mamá, nosotras si hemos visto a esa persona. —Todas centraron su atención en aquel par de niñas.

—¿Qué habéis visto? —preguntó Corina nerviosa.

—Solo hemos visto que es una mujer.

—¿Una mujer? ¿Cómo lo sabéis?

—Le hemos visto la cara y sabemos que era una mujer.

—¿Qué recordáis de ella? Tenéis que decir algo más. —Alexia se puso de rodilla delante de sus niñas.

—Yo recuerdo que tenía los labios de color, solo me he fijado en eso.

—¿Has visto si era mayor o joven?

—No, mamá. Solo hemos visto que tenía los labios rojos.

—Está bien, al menos sabemos que es una mujer —suspiró Corina.

—Creo que deberíamos irnos de aquí —apuntó Andrea con Aurora en brazos.

—Toda la gente se ha esfumado. —Clara miró a su alrededor, el parque se había quedado completamente vacío.

—¿Ni siquiera han preguntado qué ha pasado? —preguntó Paula.

—Ya conocerás la mecánica aquí, tranquila.

Todas se dirigieron a casa de Corina, dónde la dejaron con sus niñas y luego cada una se volvió a su casa. Cuando David llegó a casa, eran más de las nueve de la noche, llevaban horas en comisaría intentando de averiguar algo más, pero solo dieron con la declaración de fallecimiento de Emilio y su hija.

—David, tenemos que hablar —dijo Corina muy seria mientras se tomaba un vaso de vino sentada en el salón, con una luz tenue.

—¿Qué ha pasado? —Él se alertó del tono de voz de su mujer.

—No te asustes, pero hoy hemos vuelto a ver a la persona encapuchada. —David se puso completamente rígido—. Ha intentado llevarse a Carmen.

—¿Qué dices? —gritó.

—No grites, por fin he conseguido que se duerman. —Corina se levantó y lo abrazó.

—Dime que mi hija está bien.

—Sí, tranquilo. Está dormidita en su habitación.

—Cuéntame que ha pasado. —Ambos se sentaron en el sofá y Corina le contó todo con lujo de detalles.

—Creo que sé quién es.

—¿Cómo? —preguntó ella incrédula.

—Rebeca, la hermana de Ana Lucía.

—¿Ha aparecido? —Se incorporó de un salto en el sofá.

—No, pero tengo sospechas de saber quién es. —David le contó todo lo que ocurrió aquella mañana que vio a la persona encapuchada en comisaría y todo lo que pensaba sobre Antonia.

—¿Antonia? David, ¿tienes alguna clase de prueba?

—No, no la tengo. Fernando me dice lo mismo, pero estoy seguro.

—¡Por dios, esa mujer es como vuestra madre, en la vida os haría daño! —gritó ella.

—Tenemos que hacer algo para capturarla, pero ya no sé qué más pensar. ¡Estoy totalmente bloqueado! —El chico se llevó las manos al pelo.

—¿Qué ha pasado hoy en Cádiz? —David levantó la vista y le contó todo lo que Manuela, aquella anciana le había contado sobre la vida de Emilio y su niña.

—Y eso es todo…

—David, no me lo puedo creer…

—Pues créetelo. Ana Lucía tenía una doble vida. Una familia en Cádiz y otra aquí.

—¿Clara sabe algo?

—No sabe nada…

—No quiero ni imaginarme qué pasará cuando se entere. Su hermana mayor está muerta y ella ni siquiera sabe de su existencia.

—Yo no sé cómo afrontar todo esto. Está claro que alguien mató a Ana Lucía, pero ¿quién? Su familia anterior está muerta…

—Vamos a pensar, David. Yo te ayudaré a encontrar al asesino.

—Gracias, amor.

—Sé que todo esto está pudiendo contigo, por eso quiero ayudarte. Mañana mismo llamo a Clara a primera hora y vamos a buscar en casa de su madre.

—No quiero que le cuentes nada de lo que te he contado aún, yo mismo lo haré. Voy a llamarla para decirle que mañana debéis de buscar en casa de Ana Lucía alguna pista.

—Está bien, cariño.

El chico se levantó rápidamente y fue a ver a sus niños. Tras darle un beso marcó el número de Clara y estuvo un rato hablando con ella. No opuso resistencia en ir al día siguiente al buscar alguna pista. Quedó con Corina a las nueve. Era festivo y ésta no trabajaba. Todo parecía encajar.

**A la mañana siguiente, cuando el pueblo despertó, todo estaba empapelado con fotos de una persona encapuchada. Se buscaba a alguien con esas características, quizás alguien hubiera visto algo más. Corina llegó a casa con los folios en la mano. Ella solita se había encargado de echarle una mano a su marido.

—¿De dónde vienes? —preguntó David mientras entraba en el salón con Carmen en brazos.

—De echarte una mano.

—No me asustes, Corina. Tus manos me las conozco ya. —David dejó a la niña en el suelo y se acercó a ella.

—Me he levantado muy temprano y he impreso estos folios. Ya están esparcidos por todo el pueblo, si alguien sabe algo sobre esa persona, llamará.

—Corina… —En el fondo sabía que era buena idea, ¿por qué no se le había ocurrido a él?

—También he ido a Fuente Palmera y lo he puesto allí. La gente de las aldeas van allí y si saben algo nos lo harán saber —continuó ella.

—Gracias —susurró él mientras le besaba el cuello.

—No sé si he hecho bien o mal, pero quería ayudarte.

—Has hecho muy bien y me hubiera encantado que esa idea se me hubiera ocurrido a mí, pero estoy muy orgulloso de ti. Como siempre, me echarás una mano para llegar al fondo del asunto.

—Alguien llamará o se pondrá en contacto con nosotros, no te preocupes. —Ella rozó su nariz con la de él.

—Ahora tienes que irte, Clara te espera.

—Tienes razón, ya son casi las nueve. —La chica besó a sus hijos, cogió el bolso y se marchó.

Clara estaba esperándola en la esquina que habían quedado y se saludaron con dos besos.

—Menos mal que me dijo David que vendrías conmigo. En esa casa no entro yo sola ni muerta.

—Sabes que siempre hemos sido amigas y ahora menos que nunca iba a dejarte sola.

—Gracias, de verdad.

Cuando llegaron a la casa, Clara metió la llave en la cerradura y comenzó a respirar con dificultad.

—¿Estás bien? Si quieres nos vamos. —Corina le abrazó.

—No, estoy bien. Quiero saber de una puñetera vez que pasó. —Corina suspiró al pensar en todo lo que ella no sabía sobre el pasado de su madre.

—Entro aquí y miles de recuerdos me vienen a la mente —susurró la chica mientras soltaban los bolsos encima del sofá. Abrieron las ventanas y la casa comenzó a airearse. Llevaba meses cerrada, nadie había puesto un pie allí desde que ocurrió el asesinato.

—Es normal…

—Sé de una caja donde mi madre guardaba recuerdos. Jamás me ha dejado que mire que había en el interior, pero no sé dónde la escondía últimamente.

Comenzaron por todos los cajones habidos y por haber en los muebles de la casa, luego fueron al cuarto de Ana Lucía, allí tampoco había nada. Corina se acercó a la mesita de noche y cogió una foto que había en el centro.

—¿Es tu padre?

—Sí, él era mi padre —suspiró ella mientras se acercaba para contemplar mejor la foto.

—Era muy guapo.

—Sí, mucho. Siempre me han dicho que me parezco a él.

—Y tienen razón, te pareces mucho a él. —Corina acarició la cara de Clara, una lágrima comenzaba a rondar mejilla abajo.

—¡Mira, allí está la caja! —La chica cogió un taburete y se subió encima de él, hasta llegar a lo alto del armario. La bajó y se sentaron en la cama a observar los documentos.

—Clara, creo que deberías esperar a que viniera David, aquí hay muchas cosas y… —La chica comenzó a llorar de nuevo y asintió. No se sentía preparada para ver todo aquello en ese momento, tenía que tranquilizarse. Su madre había guardado aquella caja celosamente durante años y sabía que  iba a descubrir algo muy gordo.

Corina llamó a su marido, que inmediatamente dejó a los niños con la abuela María y se dirigió a la casa de Ana Lucía. Cuando la chica le abrió la puerta, con la mirada le informó de que habían encontrado algo.

—Clara… —le dijo cariñosamente David mientras se acercaba a ella, que seguía sentada en la cama.

—Sé que ahí hay algo y tengo miedo de enterarme de toda la verdad. Mi madre jamás me dejó mirar que había en el interior.

—Tienes que ser fuerte. —Ella asintió y se acercó a la caja. De allí sacó unos documentos. Corina la miraba con expectación. Lloraba y lloraba, pero no decía nada, aquello estaba poniendo muy nervioso a David y a su mujer.

—Clara, di algo.

—Era médico. ¡Eran médicos! —gritó con los diplomas de sus padres en las manos.

—Sí… —susurró Corina.

—¿Quiénes son? —preguntó la chica mientras extendía una foto en la que una Ana Lucía mucho más joven salía tendida en la playa con una gran barriga, al lado de un apuesto señor.

—Es Emilio Ibáñez. Él fue pareja de tu madre, antes que Marcos.

—¿Estaba embarazada? ¿Él era mi padre? —preguntó nerviosamente.

—No, tu padre era Marcos.

—¿Entonces? ¿Qué significa esa barriga? —gritó.

—Tu madre tuvo una hija con Emilio, tu hermana mayor.

—¿Tengo una hermana mayor? —Se tapó la boca para ahogar un grito de dolor.

—Siento decirte que tenías, ella murió. —Las lágrimas de la chica comenzaron a salir de una forma brutal.

—Tienes que tranquilizarte, esto no es nada bueno para ti ni para tu salud.

—¿Cómo me voy a tranquilizar? —David se sentó a su lado y quitándole de la mano la foto, volvió a relatar la historia contada por aquella anciana y la chica lloró y lloró hasta que se quedó sin lágrimas.

—Sabes que lo siento mucho, yo no quería que te enteraras así, pero esto está llegando a su final.

—¿Los abandonó? ¿Cómo pudo abandonarlos? —susurró ella mientras apretaba contra su pecho la foto de una niña pequeña, que no era ella, sino su hermana mayor.

—Se enamoró de tu padre y se vino a vivir con él aquí. ´

—Y los dejó a ellos allí…

—Un día fue a buscarlos y se enteró que habían fallecido hacía apenas una semana.            —Corina miraba a aquella chica y se moría de la pena, era tan frágil.

—No entiendo cómo mi madre pudo tener esto guardado tanto tiempo. Ahora entiendo muchas cosas. Cuando yo era pequeña me regaló una muñeca grande y gorda y todas las noches, después de que papá muriera, dormíamos juntas. Ella,  la muñeca y yo. Me decía que era como  mi hermana, que debería quererla como a una hermana. Ella nunca olvido a su hija.

—Lo extraño es que no cuenta como hija de tu madre. En la base de datos cuenta que tu madre tuvo una hija y un aborto.

—Esa niña soy yo y el aborto fue posterior a mí. Se enteró que estaba embarazada poco después de la muerte de mi padre y del disgusto que tenía o sabe dios qué, abortó.

—Es horrible…

—Tuvo que sufrir mucho, pero le estaba merecido por haber abandonado a su familia y a una niña pequeña. ¡Era su hija! ¡Mi hermana!

—Sí, pero piensa que si eso no hubiera ocurrido, jamás hubieras nacido.

—¡Lo hubiera preferido! Mi vida es una mierda. Yo antes era alguien, una gran abogada, luego me dediqué a lo que realmente me gustaba y me convertí en una escritora aclamada por todos, pero a alguien se le ocurrió plasmar en la realidad una historia de mi último libro y mi madre fue la persona perjudicada. ¡La mataron! Y ahí acabo todo para mí…

—No llores más… —Corina la abrazó.

—Corina, tenía otra vida. Todo fue una gran mentira, seguramente siempre le habré recordado a su primera hija.

—No, tú eres una persona excelente y ella te quería.

—Eso no lo podré llegar a saber nunca. Está muerta y jamás me lo podrá decir a la cara. —Sacó un pañuelo y se secó las lágrimas.

—Debes tranquilizarte. —En ese momento sonó el teléfono de David. La cara del chico se oscureció. Corina supo que algo malo había ocurrido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó nerviosa, aun abrazando a Clara.

—Ha ocurrido algo en el cementerio…

—¿En el cementerio? —gritó Clara al percatarse de que Hugo vivía allí.

—Sí, Hugo está muy mal. Alguien lo ha acuchillado. —El chico se tocó el pelo en señal de nerviosismo.

—¿Dónde está? —preguntó nerviosa.

—Se lo han llevado a Reina Sofía, a Córdoba. No creo que aguante hasta que lleguemos. Fernando me ha dicho que se estaba muriendo.

—¿Quién ha podido hacer algo así? —preguntó Corina.

—No lo sé, pero tengo que ir lo antes posible.

—Nosotras vamos contigo —dijeron casi a la vez.

—Está bien, pero rápido.

Clara volvió a mirar la caja y cogió una foto en la que su padre estaba al lado de Ana Lucía. Quería a Marcos Cabello igual que cuando era pequeña. ¡Todo sería tan distinto si él estuviera a su lado! Se metió la foto en el bolsillo de la chaqueta y cerraron la puerta con ansia, Hugo estaba muy enfermo y nadie sabía que le había sucedido.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 12.

31 DE DICIEMBRE. TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

            —Mi vida, hoy comenzamos un año nuevo —Le dijo Emilio a su pequeña. La niña lo miraba con sus grandes ojos mientras le tocaba la cara. No hablaba mucho, quizás porque sentía lo mal que estaba su padre y el trabajo que le estaba costando el criarla él solo.

Emilio se levantó y miró el reloj. Eran las diez de la noche, pronto empezarían otra etapa de sus vidas. Cogió la comida de su hija y se sentó a su lado, metiéndole la primera cucharada en la boca.

            —Ya ha pasado más de un año y medio desde que mamá se marchó. —La niña hizo un puchero, parecía saber de lo que le estaba hablando—, pero no te preocupes, porque papá siempre va a estar contigo, aunque no sea físicamente, pero de corazón tú y yo siempre estaremos juntos, reina.

            —Pa-papá. —dijo ella sonriendo.

            —Me encanta cuando me llamas así, pero más me gustaría poder tener una conversación contigo, aunque entiendo que solo tengas dos añitos. —Emilio miró a su hija fijamente a los ojos—. Papá está pensando algo, una cosa que tiene que hacer quiera o no, y quizás nos tengamos que separar, mi amor. Yo no quiero y te juro por lo más sagrado que aunque nos separemos, algún día te buscaré. Te buscaré y volveremos a ser lo que somos ahora, porque recuerda que jamás en la vida voy a dejar de quererte y de sentir esto tan grande que siento por ti. —Le besó la cabeza a su niña que lo miraba con fascinación.

            —¿Por qué? —preguntó la pequeña de repente con su media lengua.

            —Porque va a ser lo mejor para los dos, cariño. Yo seguiré haciéndome cargo de ti, aunque sea de otra forma de cómo lo estoy haciendo ahora, pero jamás en la vida te olvidaré y como te he dicho, te buscaré hasta que nuestra vida vuelva a ser la que es ahora. Estés donde estés.

Sonrió, pero no pensó que la vida daba muchas vueltas y que quizás se tropezara con algo más en el camino.

Cuando Corina y David entraron en el nuevo mesón, vieron que estaba lleno de gente, era la novedad y estaba abarrotado.

—¿Queda alguna mesa, Javier? —preguntó al camarero, a quién conocía de toda la vida.

—Sí, allí tengo una al fondo. —El chico los acompañó y cuando se sentaron él se marchó.

—Este sitio es genial, van a tener mucha aceptación. —En ese momento a David le cambió la cara. Corina se dio cuenta y miró hacia donde miraba su marido. En una mesa no lejana a ellos estaban sentados Carlos y Marta.

—Vaya por dios, que casualidad. —La chica suspiró y se miró los dedos de la mano con nerviosismo.

—Tranquila, nadie nos va a echar a perder la noche. No se va a acercar y si lo hace ya me encargaré yo de que se vaya de aquí.

—¿Estás seguro?

—Sí, no quiero que te pongas nerviosa. —David desvió la mirada y su mirada se cruzó con la de Marta que sonrió con coquetería. A aquella mujer no le quedaban las cosas claras.

—No, ya sabes que más templanza que yo no tiene nadie.

—Esta noche hemos venido a disfrutar de una buena cena y a hablar de lo que te propuse, ¿lo recuerdas? —Le tocó la mano cariñosamente y ella sonrió.

—Sí, y no tengo nada que objetar, solo lo que te dije este mediodía. Quiero que Carmen esté un poco más mayor cuando comencemos con la adopción.

—Vale, no hay problema. Esperaremos, se hará como tú quieras. —Ella volvió a sonreír. El camarero les trajo la comida y cenaron tranquilamente, entre risas y complicidad. Olvidaron por completo que aquella mujer estaba allí, muy cerca de ellos.

—Es tarde, no podemos tardar mucho en marcharnos. Mi madre se querrá acostar.

—Sí, en cuanto termines nos vamos. Ha sido una cena cortita, pero lo hemos pasado bien, ¿verdad?

—Claro que sí, cariño. Ahora tengo que ir al baño un momento.

—Está bien, yo voy a ir pagando la cuenta.

La chica se levantó y se dirigió al baño sin ni siquiera mirar a Marta, que desde su mesa la seguía con la mirada. Cuando se percató de que David fue a pagar a la barra, se excusó con su marido y se dirigió al baño. Al entrar, vio a Corina lavándose las manos.

—Hombre, pero mira a quién tenemos aquí. A la persona que va metiendo la cabeza de quién se le pone por delante en los charcos de barro. —Corina sonrió y la miró a través del espejo.

—Cállate —se limitó a decir ella. Aquello no le gustó a Marta, ella quería picarla y que comenzara a gritar para llamar la atención de todos y así provocar una discusión entre su marido y la chica.

—Hija, te podías haber arreglado un poquito más —comentó la mujer mientras se encendía un cigarro, echada sobre la pared. Corina se miró, ella estaba bien, llevaba una bonita falda negra con una camisa color vino, algo recatada pero en condiciones.

—Todas no podemos lucir ese vestidito negro que tú llevas. A mí no me gusta exhibirme de esa manera. —Corina tiró el trozo de papel con qué se había secado las manos y se quedó mirándola.

—¿Crees que con este vestido podré llevar a tu marido a la cama?

—¿Te digo la verdad?

—Sí.

—Lo dudo, David no es así —dijo ella con tranquilidad.

—Tu marido besa muy bien. —Corina empezó a quedarse sin paciencia y cruzó los brazos.

—Sé que le has robado un beso, mi marido me lo cuenta todo. —Marta se sorprendió ante aquello, creía que David no le había contado nada. Creía que aquel sería el detonante de su separación.

—¿Robado? —preguntó melosa.

—Pues sí, robado.

—¿Estás segura? —La mujer le pegó una calada a su cigarro.

—Confío en mi marido completamente, jamás me ha dado motivos para desconfiar de él. Siempre tiene que haber cosas en una pareja, pero créeme que esto para mí no es nada, porque sé que fuiste tú quien propiciaste aquel beso y que en cuanto pudo, David te retiró de él.

—Tranquila, me recreé todo lo que pude. Por lo que pude ver, besa bastante bien.

—No sigas por ahí. —Corina se acercó un poco más a ella.

—Sigo por dónde quiero y no me importa decirte que me muero por tener a ese hombretón metido en mi cama. ¡No sabes la suerte que tienes de tener un marido así de guapo y con esos músculos!

—Estás colmando mi paciencia, Marta. Será mejor que te calles —le aconsejó Corina mientras se acercaba a la puerta.

—¡Tú no te vas de aquí! —Marta la cogió de mala manera por el brazo y ella se deshizo rápidamente.

—¡Suéltame, maldita bestia! —gritó Corina.

—Tú también me gustas. Los tres podríamos hacer muchas cosas juntos. —La voz de Marta era tentadora.

—Yo jamás en la vida compartiría a mi marido con nadie y menos contigo, zorra. —La última palabra la deslizó las de la cuenta, se recreó mientras la decía.

—Este vestido —dijo señalándose aquel minúsculo vestido negro—, podría hacer que tu marido cayera en mis redes.

—¿Estás segura de eso? —preguntó Corina con una extraña sonrisa.

—Por supuesto que sí —afirmó la chica con el mentón levantado para aparentar fortaleza.

—Entonces lo más sensato es que ese vestido esté fuera. —Corina se acercó cariñosamente a la mujer.

—¿Ves? Es muy fácil cariño. Así lo estás haciendo genial. —La chica se acercó Marta y prácticamente puso sus labios sobre los de ella.

—Déjame que te quite este vestido.

—¿Tú no me has dicho que jamás compartirías a tu marido conmigo? —preguntó la mujer jadeando.

—Sí, porque te quiero para mí solita —le susurró Corina al oído. Aquello hizo que a Marta se le pusieran los vellos de punta. La chica subió aquel minúsculo vestido negro por encima de la cabeza de Marta y miró su cuerpo—. Vaya, no estás nada mal.

—Así me gusta.

—Ahora quiero ver que escondes debajo de este sujetador tan bonito que llevas.                  —Corina, con el vestido en la mano, se acercó a ella y desabrochó el sujetador. Los pechos de la mujer quedaron al aire y la chica volvió a sonreír peligrosamente—. Cierra los ojos, amor.

—Lo haré. —Marta cerró los ojos a la espera de algo más por parte de Corina y entonces escuchó una carcajada  y abrió los ojos. La chica estaba al lado de la puerta con el vestido, el sujetador y unas toallas en la mano.

—Eh, ¿adónde vas? —preguntó Marta nerviosa mientras intentaba taparse un poco con sus manos.

—Esto es por el  mal rato que le hiciste pasar a mi marido, luego a mí y por todo lo que me has dicho ahora. Jamás me acostaría contigo, eres una ingenua. Ahora me marcho. Por cierto, no busques ninguna toalla con la que taparte porque me las he llevado todas. —Cerró la puerta y se marchó.

—¡Esta me las vas a pagar!

Cuando Corina salió, David estaba algo desesperado esperándola en la puerta del local.

—¿Te ha dado un apretón? —le preguntó él en tono jocoso.

—Algo parecido. —Sonrió mientras entraban en el coche y le enseñaba todo lo que llevaba en la mano. Las toallas se las había dejado al camarero a la entrada.

—¿Qué has hecho, Corina? —pe preguntó él cuando vio el vestido negro de Marta en sus manos.

—Me lo debía. —Entonces le contó lo que había hecho y ambos se carcajearon.

—¡Eres tremenda! Cómo nos metamos en un lio vas a responder tú.

—Qué va, primero tendrá que probarlo.

—¿Qué vas a hacer con esa ropa?

—¿No es ese el coche de Carlos? Voy a dejársela en el capó. —Corina se bajó y dejó la ropa allí. No pudo dejar de sonreír cuando escuchó los gritos de la chica dentro del local. Hubiera pagado por haber visto que estaba pasando allí.

—¡Estás loca! —le gritó David cuando entró.

—Sí, estoy loca por ti. Y cuando me tocan una de las cosas que más me duelen, me las pagan.

DOS MESES DESPUÉS

—Antonia, dime que por fin has encontrado algo sobre Emilio Ibáñez —pidió David a la secretaria cuando pasó por su despacho.

—David, sabes que estamos hasta arriba de trabajo, no puedo con todo.

—¡Pero si ya han pasado dos meses desde que te lo pedí! —Se desesperó él, aunque intentó mantener la compostura, quería muchísimo a aquella mujer y era cierto que en aquel tramo de tiempo que había pasado, una serie de acontecimientos y robos habían hecho que el cuartel fuera algo fuera de control.

—Lo siento, me pondré en cuanto tenga un rato, pero de hoy no pasará —dijo la mujer con pena.

—Antonia, lo siento. No me tengas nada en cuenta, ya sabes que no puedo estar sin tener información, pero yo te entiendo y sé que eres una persona competente. —La mujer sonrió.

—Yo sabía que no me estabas gritando en serio. Ahora mismo me pongo, que le den a todo esto. —Antonia apartó un montón de papeles y comenzó a teclear en el ordenador.

—En cuanto tengas algo, llévamelo a mi despacho.

—No lo dudes ni un momento.

David se marchó a su despacho, donde Fernando lo esperaba ansioso.

—Tengo que hablar contigo.

—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó él mientras resoplaba.

—Yo no sé si a ti te ha pasado, pero yo he visto en mi casa más de una vez merodeando una persona encapuchada. —La mente de David comenzó a ir a mil por hora.

—¿Cómo dices? —preguntó mientras se inclinaba del asiento.

—Llevo varios días que cada vez que saco la basura veo  a una persona encapuchada cerca de mi casa y te juro por lo más sagrado que sé que me está vigilando a mí. —Fernando suspiró.

—Yo también lo he visto —dijo el chico pensativo—. Hace unos días, fui a llevar a mi sobrino Darío a su casa, ya estaba entrada la noche y cuando volví una persona encapuchada se adentró en mi calle. Pero como ahora estamos en época de carnavales, lo último que me pensé era que me estuviera vigilando.

—Sí y creo que deberíamos hacer algo.

—¿Pero porque nos iba a vigilar a nosotros?

—David, somos los que estamos llevando el tema del asesinato de Ana Lucía, seguramente nos estén acechando para quién sabe qué.

—Yo no tengo miedo, pero si me asusta lo que pueda pasarle a mi familia.

—Oh, dios mío. ¡No había pensado en Aurora y Andrea! Con todo este lío… Ahora mismo voy a llamar a Paula para que tenga más ojos de los que ya tiene con mi hija. —El chico marcó el número de teléfono y se dio la vuelta. En ese instante, David miró por la ventana y entonces el pulsó comenzó a acelerársele. ¿Quién era esa persona? ¿Qué estaba haciendo allí? El encapuchado se encontraba allí mismo, en la puerta de comisaría. Cuando David salió corriendo, él también lo hizo. Le había visto como lo observaba a través de la ventana. Por nada del mundo se dejaría ver.

Cuando el chico llegó a la puerta, allí no había nadie. Solo se escuchaba el sonido de los pájaros a primera hora de la mañana. Antonia apareció de la nada, venía de recoger las cartas del buzón.

—Antonia, ¿de dónde vienes? —preguntó él algo receloso.

—De recoger las cartas, como todas las mañanas. ¿De dónde voy a venir?

—¿Hay algo nuevo?

—Una carta dirigida para ti y para Fernando. Pero no tiene remitente. —La mujer se la extendió.

—No te preocupes. Gracias.

—David, estoy imprimiendo lo que me has pedido, no hay mucho, pero algo os servirá.

—Está bien, gracias.

El chico entró de nuevo en su despacho, algo descolocado.

—¿Adónde has ido? —le preguntó Fernando mientras se sentaba cómodamente en la butaca de su compañero.

—Estaba mirando por la ventana y vi al encapuchado. —Al chico se le abrieron los ojos como platos.

—¿Y me lo dices así? —gritó Fernando.

—Cuando he salido a ver quién era solo me he encontrado con Antonia en la puerta                —prosiguió él.

—¿Y?

—Me ha dado esta carta, por lo visto es para ti y para mí, aunque no tiene remitente.

—¿La has leído? —le preguntó mientras la cogía en sus manos.

—No, no la he llegado a abrir aún.

El chico la abrió y unas palabras inundaban aquel trozo de papel. “Os observo diariamente, pero no me temáis, no quiero haceros daño. Simplemente sé cosas que os servirán para aclarar la investigación que tenéis en manos. El día que crea oportuno y que me decida, os haré llegar una información bastante valiosa, aún no sé cómo lo haré, pero os enteraréis”

—¿Qué mierda es esto? —preguntó Fernando mientras tiraba la carta encima de la mesa.

—Lo que ves, al menos sabemos que no nos quiere hacer daño, solo nos observa             —suspiró David de una manera un tanto extraña.

—Dime que estás pensando ahora mismo —le exigió mientras se acercaba a él.

—Aún estoy recabando cosas en mi mente, tengo que pensarlas mejor. Te prometo que mañana mismo tendrás más información acerca de lo que estoy pensando.

—No te daré ni un minuto más.

En ese mismo instante entró Antonia con unos papeles en la mano.

—¿Has encontrado algo interesante? —preguntó David sin mirarla.

—Sí, alguna que otra cosa, pero no hay mucha información válida, al menos para llevar a cabo una investigación por asesinato —se sinceró la mujer.

—Gracias, Antonia. —Rápidamente salió del despacho.

Le echó un vistazo y luego le pasó el informe a su compañero, que lo miró con lentitud, impregnándose de cada una de las letras que componían aquel papel.

—¿Tenemos algo? —preguntó Fernando.

—Nada, solo una dirección.

—Tendremos que ir entonces. Mañana mismo saldremos de aquí a primera hora. ¿Entendido?

—Sí, claro. Mañana mismo iremos a casa de Emilio Ibáñez.

—¿Crees que encontraremos algo que nos sea de utilidad?

—Al menos tenemos que intentarlo. Información sobre Ana Lucía nos tiene que dar, porque tuvieron una relación de algún tiempo y tenía que  conocerla, así que no creo que nos volvamos de manos vacías.

—¿Crees que deberíamos haberle contado todo esto a Clara?

—Esto es información secreta, parte de una investigación por asesinato y creo que nadie debe saberla a parte de nosotros que somos los que estamos trabajando en el caso        —recalcó David bastante serio.

—A ti te ocurre algo y no quieres decírmelo, es así de sencillo —le dijo Fernando mientras se levantaba de la silla.

—Pues sí, me pasa algo, pero ya te he dicho que mañana sabrás todo lo que tengas que saber.

—Vale, vale. —El chico levantó las manos en señal de rendición—. No preguntaré más.

—Ahora tengo que irme, mi mujer y mis hijos me están esperando en casa.

—¿No te da miedo el encapuchado?  —preguntó Fernando mientras se ponía la chaqueta.

—Para nada, ojala me lo encuentre de cara para saber finalmente de quién se trata.

—Estás muy raro, David —susurró Fernando mientras salían de aquel despacho.

**Antonio y Jade se encontraban en la sala de espera. En breve les tocaría su turno. La chica había seguido con los continuos malestares, los mareos y todo lo que ello conllevaba. Un día, Antonio había decidido que no se lo pensarían más e irían al médico que le hicieran unas pruebas, su hijo tenía que venir bien al mundo y no podía ocurrir lo contrario, al menos sin que hubieran luchado por saber qué ocurría allí.

—Tengo miedo —susurró una consumida Jade. Su barriga era abultada, ya estaba de 6 meses y las ojeras le pillaban gran parte de la cara. Había perdido mucho peso y todo se lo achacaban al embarazo, pero ya comenzaban a dudar que ese fuera realmente el motivo.

—Tranquilo, seguramente te hará falta hierro. Alexia es una gran doctora y encontrará una solución. —En ese momento salió la paciente que estaba dentro y ellos se adentraron en la consulta.

—Buenos días —les saludó Alexia algo seria y preocupada.

—Buenos días, doctora. Venimos a por los resultados practicados a mi mujer hace unos días. —Antonio habló por la chica mientras la ayudaba a sentarse.

—No tengo buenas noticias —dijo Alexia. Los dos la miraron rápidamente.

—¿Qué le pasa a mi hijo? —preguntó Jade mientras apretaba con fuerza la mano de Antonio.

—Tu hijo está perfectamente, no te preocupes por él. Pero sí tenemos que preocuparnos por tu estado de salud.

—¿Tiene anemia? —preguntó Antonio rezando porque tan solo fuera eso.

—Ojala fuera eso. Es muy difícil en mi posición dar este tipo de noticias, pero…

—¡Hable de una maldita vez, doctora! —gritó Antonio mientras Jade comenzaba a llorar, temiéndose lo peor.

—Jade, estás enferma. Tienes cáncer de mama y contra eso, en tu estado no podemos hacer nada.

—¿Cómo? —preguntó ella apenas sin voz.

—¡Eso no puede ser cierto, ha tenido que haber un error! —escupió Antonio mientras se levantaba de la silla.

—Siento mucho comunicarles esta noticia, pero es la realidad. Jade está muy enferma y no podemos ponerle ningún tipo de medicación en su estado.

—Oh, dios mío… —se lamentó ella.

—¡Yo me niego a creer una cosa así! —vociferó el hombre.

—Lo siento, de verdad que lo siento, pero no podemos hacer nada, al menos hasta que vuestro hijo nazca. —Alexia se levantó y abrazó a la chica.

—Alexia… —Jade lloraba en su hombro.

—Tranquila, seguro que cuando tengas a tu bebé, podemos ponerte una buena medicación y te recuperarás. —La chica la mecía en sus brazos, a sabiendas de que poco podrían hacer por ella. La madre de Alexia, Julia, había estado en la misma tesitura de Jade, cuando se quedó embarazada de ella, le diagnosticaron un cáncer de mama. El mismo día que Alexia nació, Julia murió. No pudo aguantar el parto.

—Ojala sea cierto —susurró Antonio mientras que se desmoronaba en una esquina de la consulta. El hombre cayó lentamente al suelo, con la espalda pegada a la pared mientras lloraba desconsoladamente. Alexia se levantó y ayudó a Antonio a incorporarse, tenía que mantener la compostura, al menos delante de Jade.

—Tienes que ser fuerte —le aconsejó mientras le ayudaba a sentarse en la camilla—. Al menos por ella. Jade es la persona que está enferma y encima embarazada, tú eres quién tienes que ser fuerte en esta relación. Tú eres quién tienes que subirla a ella. —Los ojos de la chica comenzaron a llenársele de lágrimas.

—¿Cómo voy a hacer eso? Amo a esa mujer más que a nada en el mundo. Es la madre de mi segundo hijo y la adoro, ¿cómo crees que puedo afrontar la idea de perderla?

—Siendo fuerte y mirando hacia el futuro. Cuando el bebé nazca nos pondremos manos a la obra para que tu mujer se cure. —El hombre pareció dejar de llorar. Jade, al otro extremo de la consulta seguía llorando.

—No sé si tendré fuerzas.

—No estáis en condiciones de salir solos de aquí. Ahora mismo llamaré a David y le contaré todo lo que ha pasado en estas cuatro paredes.

—¿A mi hijo? —preguntó él mientras se limpiaba las lágrimas.

—Sí, para eso está la familia. No podéis estar solo ahora mismo, por lo que tu hijo y tu nuera estarán con vosotros.

—Sí, será mejor que los llames. —Antonio se recostó sobre la camilla y cerró los ojos. Jade lo miraba desde su asiento y sentía cómo le dolía el corazón. ¿Y si se moría sin conocer a su bebé? Tenía que ser fuerte y luchar por él y por Antonio. Tras haber pensado esto, se secó las lágrimas y se prometió no llorar nunca más, sería fuerte y sacaría a su familia hacia delante, aunque eso le costara la vida.

—Acabo de hablar con él y vienen hacia aquí. No tardarán.

—¿Les has contado lo que ocurre? —preguntó Jade.

—No, solo le he dicho que venga a recogeros porque no estáis bien.

—Alexia, voy a luchar por mi bebé y por él —dijo la chica  mientras señalaba a aquel hombre que recostado en la camilla lloraba con un niño pequeño.

—Haces bien, Jade.

—Sé que esto es mortal, está avanzado y aún me quedan tres meses de embarazo…          —Alexia le tocó la cara en señal de apoyo, darle ánimos, sería como nadar contracorriente. Aquella enfermedad estaba muy avanzada y tres meses más sin medicación podía ser letal.

**Alejandro esperaba ansioso a Paula en la puerta de su casa. Llevaban dos meses juntos y estaba completamente hechizado por aquella muchacha. Cada día que pasaba necesitaba más estás cerca de ella, hacer cosas los dos como una pareja consolidada y lo más importante: Había olvidado complemente a Noah. Era algo que lo llevaba atormentado años, pero ahora todo había pasado y el único motivo por el que se levantaba cada mañana era ella, Paula.

A los pocos minutos la chica salió y lo abrazó con ímpetu. Ya no sabría cómo estar sin él, llevaban tantos días juntos la mayoría de las horas que cuando no estaba con él era como si le faltara algo. Ambos se abrazaron y se montaron en el coche del chico.

—Qué bonita pareja hacen —suspiró Isabela mientras terminaba de colocar la vajilla.

—Sí, yo creía que ese chico no iría en serio con ella, pero creo que me estaba equivocando —le respondió Alberto mientras bebía de su café.

—La quiero tanto… —susurró ella.

—Yo también, lleva en casa poco tiempo pero es verdad que nos hemos acostumbrado a ella rápidamente.

—Espero que no se vaya en mucho tiempo.

—Pues creo que será todo lo contrario. Mírala lo feliz que está con ese chico, en cualquier momento nos dan la sorpresa y se casan.

—Ojalá, así tendremos dos nietos. Aurora y el hijo de estos dos.

—Aurora es un ángel, no puede ser más linda. —Sonrió el hombre al recordar a aquella muñeca que tenían locos a toda la familia.

—Por cierto, ¿se sabe algo de la familia de Alejandro? —preguntó la mujer mientras se sentaba al lado de su marido con una taza de café en la mano.

—Hablé con Paula sobre eso y me dijo que aquí en el pueblo vivía con su prima Alexia, que es la médico que hay ahora en el centro de salud, su marido y unas niñas que tienen. Su madre y su abuela viven en Madrid.

—No sabía nada. Quizás algún día vengan a verlo y podamos conocer a la familia de ese chaval.

—A mí me gustaría, la verdad.

—Pues no se hable más; cuando vengan, los invitaremos a comer en casa.

—Buena idea, Isabela.

El hombre se acercó a su mujer y la besó con amor, cada día que pasaba la quería  más y no podía imaginarse una vida sin ella.

**Hugo estaba limpiando unos nichos que se habían ensuciado por el mal tiempo, cuando escuchó una voz a su espalda.

—Tengo que hablar contigo. —El hombre se giró y la vio.

—¿Qué haces aquí? Alguien podría verte y sé de antemano que tú no quieres que te relacionen conmigo. —La cogió del brazo y la metió en su pequeña casita.

—Vaya, aquí vives —dijo mientras pasaba un dedo por encima de la mesa para ver el polvo que habría acumulado.

—Sí, aquí vivo. ¿Qué quieres?

—Oh, Hugo, tranquilízate, no me mires así —le dijo ella mientras se tiraba en el sofá con gesto cómico.

—Me estás colmando la paciencia.

—Solo vengo a decirte, que pronto todo se sabrá.

—¡Tú eres tonta! Soy tu familia, prácticamente la única familia que tienes y me vas a terminar de arruinar la vida.

—No me insultes, maldito cabrón. Si quieres te vuelvo a recordar a mi querido Israel.

—No, mejor no le nombres.

—Él ya no está, pero para eso estoy yo, para revivirlo en la vida diaria, para hacerle justicia.

—Bueno, entonces lo que no entiendo es porque amenazas tanto, lo que tienes que hacer es ir y decir ya todo lo que sabes.

—Todavía no es el momento, mi querido Hugo.

—No te entiendo, te juro que no te entiendo —dijo él algo exasperado.

—Pues entiéndeme —le exigió ella mientras se levantaba del sillón—, porque por lo único que realmente vivo es por hacerle justicia a Israel y no sabes cómo me duele verte diariamente, maldito imbécil. ¡Yo lo quería, joder! Él era mi vida…

—No llores. —Hugo intentó acercarse a ella.

—¡No te me acerques! —le gritó mientras le pegaba un manotazo para deshacerse de él.

—Yo solo quería…

—Tú no quieres a nada ni a nadie —sentenció ella.

—Sí que quiero a alguien, más que a mi vida.

—Lo sé, imbécil. Lo sé…

La mujer recogió sus cosas y se marchó. Algún día Hugo pagaría por lo que había hecho en pasado. No era oro todo lo que relucía en aquella historia y ella misma se encargaría de desenmascararlo todo, aunque en el fondo le doliera.

**Al llegar a casa de Antonio, un dolor imposible de descifrar se incrustó en su alma. Nada más entrar, miró al sofá donde su mujer llevaba meses tendida con un gran malestar. Ahora sabían el motivo de todo aquello. Algo le decía que tenía que seguir adelante, aunque sabía que Jade no lo haría. Ella se mostraba fuerte, no había soltado ni una sola lágrima desde que Corina y David habían ido a recogerlos al médico, al contrario se había mostrado como era ella antes de comenzar a sentirse tan mal. Se notaba que quería sacar a la que ahora era su familia a flote.

—Debes de estar tranquila —le aconsejó Corina mientras le acariciaba su mano. La chica se había llevado una gran impresión al enterarse de aquella desafortunada noticia y temían por la vida de Jade y la del bebé.

—Lo estaré, no te preocupes. Además, yo me encargaré de Antonio. —Sabía que sus días estaban contados, aquel malestar que sentía en el cuerpo era algo nuevo para ella y sin ningún tipo de medicación todo se complicaba mucho más.

—Jade, vendremos a veros más a menudo, pero no lo pierdas de vista. Lo he acompañado a su cuarto. Al parecer el tranquilizante que le ha puesto Alexia le ha hecho efecto —susurró David mientras ayudaba a la chica a sentarse en el sofá. Antonio estaba realmente mal y no sabía si podría asimilar algún día aquella fatídica noticia.

—No te preocupes, tu padre estará bien

—Si hay algo más que podamos hacer, solo tienes que decírnoslo —le dijo Corina mientras se ponía su bonito pañuelo de seda atado al cuello.

—Por ahora nada. Yo me encargaré de cuidar a mi bebé y a Antonio. En esta casa nadie se va a hundir, todos saldremos a flote. —En ese momento David se percató de los ojos vidriosos de la chica y la abrazó.

—Gracias. Mi padre está muy enamorado de ti y sé que se encuentra en ese estado porque no puede imaginarse una vida solo y con un bebé.

—Aún quedan algunos meses para que nazca.

—¿Cuándo tienes la cita para el ginecólogo? Aún no sabéis si es niño o niña.

—No sé si quiero saberlo. Este ángel que va a venir al mundo va a ser igual de querido siendo varón o hembra. —La mujer se tocó la barriga cariñosamente mientras se limpiaba una lágrima que recorría su mejilla.

—Por supuesto que sí. Todos estamos deseando su llegada. —Corina la abrazó y David, finalmente, se sumó al  mismo.

—Os estoy muy agradecida de que nos deis tantos ánimos, en realidad, los necesitamos.

—Para eso está la familia. Tenéis mi número y el de Corina, podéis llamar cuando queráis, en el momento que os surja cualquier imprevisto. Nosotros no tardaremos en venir a ayudaros.

—Si mañana necesitáis algo, llamarme a mí. David estará todo el día fuera, tiene que ir a Cádiz por motivos de trabajo.

—Está bien, ahora debéis descansar. Gracias de nuevo por todo lo que estáis haciendo por nosotros.

—¿Quieres que os prepare algo de cena antes de irme? —preguntó David.

—No, gracias. No creo que en esta casa haya nadie con ánimos de comer.

—Jade, estás embarazada. Piensa en tu bebé —le recriminó cariñosamente Corina mientras se acercaban a la puerta.

—Comeré algo, no lo dudéis.

Los despidió con una gran sonrisa en sus labios mientras se alejaban con el coche. Luego entró en casa y cerró la puerta. Sigilosamente se dirigió a su cuarto y encontró a Antonio que dormía como un angelito metido en la cama. Entonces fue cuando se marchó al salón y se tendió en el sofá. Lloró y lloró hasta que ya no tenía ni una lágrima que derramar. ¿Cómo podía haberle ocurrido aquello a ella? Toda la vida luchando por tener una vida mejor. Toda la vida siendo la criada de otros. La intentaron asesinar. La tiraron a una cuneta. Y cuando la vida parece sonreírle tras encontrar a un buen hombre y quedarse embarazada, ahora le ocurre aquella grande tragedia.

Por la mirada de Alexia, sabía que no le quedaba mucho de vida. Quizás ni conociera a su bebé. Cerró los ojos al pensar en aquello, ¿Cómo podía la vida ser tan injusta con ella? Decidió que sentiría a su pequeño dentro el tiempo que le quedara, exprimiría al máximo aquel momento, por si acaso jamás podía llegar a verle la carita. Se acarició suavemente su abultada barriga y sonrió. Le acababa de dar una patada y ella calificó aquel gesto como un empujoncito de ánimo.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 11.

**El domingo por la mañana, Clara se levantó temprano; quería ir al cementerio a visitar sus padres. Al llegar, se encaminó hacia la tumba de su madre. Hacía tan poco tiempo que la había enterrado… Se acercó y acarició la foto de Ana Lucía.

—¿Quién te habrá hecho esto? Te juro que lo encontraremos y cuando sepamos quien es, lo lamentará toda su vida —susurró. Cuando estuvo unos minutos allí, se dirigió a una tumba más antigua, la de su padre. Estaba bastante alejada de la de su madre, pero era por los años de diferencia que había entre sus muertes. La chica limpió la tumba de Marcos Cabello y miró la foto. ¡Su padre era tan guapo! Era una pena que hubiera muerto en aquel maldito accidente.

—Buenos días. —Escuchó a su espalda.

—¡Hugo! —La chica sonrió al verle.

—¿Qué haces por aquí? —El hombre se rascó la cabeza. Cada vez que la veía se ponía nervioso.

—Hoy me he levantado con ganas de estar un ratito al lado de mis padres y esta es la única manera que tengo —explicó la chica con pesar. El hombre se acercó a ella y acarició su mejilla.

—Clara, lo siento.

—No te preocupes, de alguna manera, ya he aprendido a vivir sin ellos.

—¿Esta es la tumba de tu padre? —preguntó mientras se acercaba a la misma.

—Sí.

—¿Le querías?

—Murió cuando apenas era un bebé, pero claro que le quería. De hecho, lo quiero mucho.

—Eso está bien, jamás debemos olvidar a las personas que hemos perdido. —Los dos sonrieron.

—¿Vives aquí, Hugo? —inquirió ella mirando una pequeña casita al fondo.

—Sí, este es mi hogar.

—¿No te da miedo vivir en un cementerio?

—La verdad es que no, aquí sé que nadie me va a hacer daño y lo más importante, nadie se va a asustar por verme.

—No digas eso…

—Es algo irremediable, mírame —dijo él mientras se señalaba el rostro.

—No, eso no es así. ¿No tienes familia?

—Ya te dije que no —reiteró en tono duro mientras se acordaba de la visita la noche anterior a ella.

—Está bien, está bien…

—Perdona, no quería hablarte así —se excusó algo avergonzado.

—Hugo, tranquilo. Te entiendo perfectamente.

—¡Hugo! —Una voz se escuchó en el cementerio, a través de los nichos. Al hombre se le cambió el semblante.

—Tengo que dejarte —se despidió bastante nervioso.

—¿Qué te ocurre? Espera —susurró ella al ver su nerviosismo.

—No puedo, tengo que irme. —Y desapareció entre las tumbas. Aquello mosqueó a Clara y sigilosamente le siguió. Él se dirigió a su pequeña casa y entró rápidamente detrás de alguien.

Sin pensárselo dos veces comenzó a caminar hacia allí. Rodeó la casa y con sigilo se dirigió a una pequeña ventana que había al fondo. La persiana estaba un poco alzada y sin pensárselo  más miró a través de ella. Se quedó muda cuando vio con quién estaba Hugo. ¿Qué hacía con aquella persona? ¿De qué se conocían? Rápidamente se marchó de allí, su mente iba a marchas forzadas, no llegaba a entender de qué podían conocerse. Se montó en el coche y se fue a su casa, apuntó todo en una libreta, nadie sabía si aquello podría servirle un futuro.

**El lunes llegó y Alejandro ya tenía toda la información necesaria para mandársela a sus compañeros. Allí había datos nuevos, datos que podían llegar a interesarle. Rápidamente llamó a Fernando y le mandó aquellos documentos por fax. En el cuartel de Fuente Palmera estaban deseando que aquellos papeles llegaran. David estaba muy nervioso últimamente, Fernando lo notaba y no sabía qué hacer para ayudarle.

—David, los documentos de Alejandro vienen en camino —le informó metiendo la cabeza en su despacho. El chico estaba mirando por la ventana, con la mirada perdida.

—Está bien.

—Oye, ¿Qué te pasa? —Fernando entró y se sentó esperando a que se sincerara con él.

—Me siento como un inútil en esta investigación y además…

—¿Además? —preguntó él. Allí había pasado algo que le estaba haciendo sentir muy mal.

—Es Marta.

—¿Marta? Yo creí que Corina le había dejado las cosas bien claras.

—Vino a buscarme anoche. Yo no quería que Corina se enterara de nada y salí sin que se diera cuenta a la calle, ella ya estaba metida en la cama. Yo solo quería dejarle las cosas claras a esa mujer, repetirle por última vez que no quería nada con ella, y cuando salí me estaba esperando.

—David… —susurró él temiéndose lo peor.

—No es lo que piensas. Por supuesto no me acosté con ella y jamás lo haría, pero…

—¿Pero?

—¡Me besó, Fernando!

—¿Cómo? —Él no quería ser partícipe de aquello, ahora lo sabía y se convertía en cómplice de su amigo.

—Me besó, aunque ni que decirte tengo que rápidamente yo la separé de mí. Le dije todo lo que quería y te aseguro que no volverá a buscarme.

—Me habías asustado —suspiró Fernando.

—Aun así yo me siento fatal. Aunque fue un beso que me dio ella, yo me siento muy mal. ¿Se lo debo de decir a Corina? Fue algo que no pude impedir, y en que cuanto pude lo hice, la separé de mí y le canté las cuarentas, pero no sé si hice bien en salir de casa, en ir a verla, en…

—Tranquilo. —Fernando se levantó y se dirigió a dónde estaba él y como un buen amigo lo abrazó. Estaba seguro que en ese momento era lo que más necesitaba.

—Fernando, me siento infinitamente mal. ¿Qué debo hacer?

—Si yo fuera tú, hablaría con tu mujer. Corina es muy comprensiva y lo va a entender. Por cierto, ¿Qué clase de beso fue? —Volvió a preguntar preocupado. David se rascó la cabeza y se sentó en la butaca.

—Un beso —se limitó a decir.

—¡Joder, David! Sé un poco más explícito. ¡Con legua o sin lengua!

—Con lengua. Por eso me siento tan mal —gruñó él mientras le pegaba un puñetazo a la pared.

—Eso no es lo importante. ¿Te gustó?

—¡No, por dios! —gritó.

—Entonces no hay problema. Eso es lo realmente importante. Amigo, habla con tu mujer, ella te va a entender, aunque no quiero ni imaginarme lo que esta vez le puede hacer a Marta. —Los dos sonrieron y el ambiente se relajó.

—Hablaré con ella esta misma tarde. Fernando, si la pierdo a ella y a mis hijos no sé lo que sería capaz de hacer —susurró.

—No los vas a perder, Corina te ama y te va a comprender, yo lo sé.

—Eso espero, lo que sé es que no voy a ser capaz de vivir con esto aquí. —Se echó la mano al pecho.

En ese momento llamaron a la puerta, era Antonia con unos documentos en la mano.

—Han llegado estos papeles por fax de una comisaría de Córdoba.

—Gracias, Antonia. Los estábamos esperando. —David se sentó en la butaca con los ojos llenos de lágrimas, aquella situación estaba pudiendo con él. Cuando Antonia se marchó, Fernando se percató de ello y no dijo nada, simplemente fue y lo abrazó.

—Fernando, no puedo trabajar así —se lamentó él mientras se levantaba.

—Ya son casi las dos, Corina está a punto de salir del colegio. Me tengo que ir, tengo que hablar con ella —dijo con nerviosismo, sin apenas acordarse de aquellos papeles.

—Vete, yo revisaré estos papeles cuando vuelva esta tarde.

—Por favor, que lo que te he contado quede entre tú y yo. No puedo permitirme que Corina se entere por otra persona que no sea yo.

—No lo dudes, vete tranquilo.

David cogió su chaqueta y salió de la comisaría como alma que lleva el diablo. Si su matrimonio se iba al garete, Marta lo lamentaría de por vida, nadie se metía con su familia y si tenía algo claro en la vida era que lucharía por ellos con uñas y dientes.

**Cuando Alejandro llegó a casa de su prima Alexia reinaba la paz. Ese día habían quedado para comer fuera con unos amigos de Mario del trabajo. Se tendió en el sofá y descansó un poco. Pensó en Paula y sonrió. Aquella chica iba a volverlo loco. Se levantó para hacer la comida, estaba hambriento y sacó una pizza de la nevera. La metió al horno y fue a lavarse las manos. Entonces sonó el timbre de la casa. Cuando abrió se quedó con la boca abierta. ¿Qué hacía ella allí?

—Hola —saludó Paula con una caja de gambas en la mano.

—¿Paula? —preguntó él sorprendido.

—Sí, no soy un fantasma. —Sonrió.

—Pasa, no te quedes ahí. —La invitó algo nervioso.

—Te preguntarás qué hago aquí, pero es que Alexia me llamó y tenía hoy la tarde libre…

—Alexia… —El chico sonrió al pensar en la bruja de tu prima.

—Sí, me llamó y me dijo que hoy estarían todo el día fuera y que te avisara que cenarían fuera también. —Ambos sonrieron.

—No me lo puedo creer, ¡Podía haberme avisado!

—No te preocupes que no me escandalizo de verte descalzo.

—Estaba haciendo una pizza, ¿te gusta?

—Sí, yo he traído gambas.

—Pongo otra pizza, entonces. —Los dos entraron en la cocina y ella puso las gambas en un plato mientras él metía la otra pizza en el horno.

—¿Qué quieres beber?

—Una coca cola estaría bien. —Él le extendió una.

—Estás muy guapa —le dijo él mientras la acorralaba en contra de la encimera de la cocina.

—Gracias…

—Voy a besarte —le susurró.

—Hazlo. —Lo empujó ella con decisión. Él la besó y notó como la pasión comenzaba a hacer estragos en sus cuerpos, pero la comida estaba casi preparada y debían almorzar.

—Paula, me vas a volver loco…

—Ahora almorcemos.

La comida trascurrió rápida mientras los dos comían con ganas. Reían con las ocurrencias de Alejandro y cuando se dieron cuenta era muy tarde.

—Vaya se ha pasado el tiempo volando —dijo ella.

—¿Te apetece ver una peli? —propuso él mientras recogían la cocina.

—Sí, claro que me apetece. ¿Qué películas tienes?

—La verdad que ninguna, pero seguro que algo echarán en la televisión.

Se tendieron en el sofá y Alejandro la abrazó mientras se tapaban con una bonita manta de corazones que seguramente sería de una de las gemelas. Olió su pelo y suspiró.

—¿Te gusta alguna serie en especial? —preguntó ella. Él no respondió. Al darse la vuelta para ver por qué no respondía se encontró con su cara, sus ojos, su pelo, que la escrutaba.

—Me gustas tú —susurró al oído. Ella se estremeció.

—Alejandro… —El chico la besó con ansia, como si se fuera a esfumar de un momento a otro.

—No te puedes llegar a imagina cómo me gustas.

—Me alegro. —Ella esbozó una bonita sonrisa.

—Venga, veamos algo. —Alejandro la volvió a abrazar y puso una serie titulada “El cuerpo del delito” Él solo deseaba hacerle el amor, pero esperaría a que ella diera ese paso tan importante.

**Cuando David llegó a casa, Corina ya había llegado. Al entrar se dio cuenta de que un silencio sospechoso inundaba la estancia. Escuchó a su mujer tararear algo en la cocina y las lágrimas volvieron a sus ojos. Jamás creyó que podía sentirse tan mal por algo que ni el mismo había hecho, pero aquello le dolía. Se había dado cuenta que sin Corina él no era nadie y nada más que de pensar que podía perderla, se moría de miedo. Se retiró las lágrimas de los ojos y entró en la cocina.

—¡Hola amor, menos mal que has venido pronto! —Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—¿Y los niños? —preguntó él al no verlos por ningún lado.

—Mi madre les ha hecho su comida favorita, ya sabes, le encanta malcriarlos y se han quedado allí a almorzar. —Él pensó que todo se estaba poniendo de su parte para que hablara a solas con su mujer.

—Corina… —comenzó a hablar él mientras se sentaba en un taburete.

—¿Qué te ocurre? —La chica apagó el gas y se volvió, los ojos enrojecidos de su marido la escrutaban y en ese momento se dio cuenta de que algo estaba ocurriendo.

—Tenemos que hablar —se limitó a decir en un hilo de voz.

—David, no me asustes. —Ella se temió lo peor, aquello le había estado rondando la cabeza durante días y ahora posiblemente, hubiera sucedido de verdad.

—Yo…

—¿Te has acostado con ella, verdad? —preguntó en un tono firme mientras la voz se le quebraba.

—¡No! Déjame explicarte…

—¿Qué quieres explicarme, David? ¿Qué anoche saliste a las tantas de la noche y fuiste a verla? ¿Te crees que yo no te vi por la ventana mientras te acercabas a su coche?

—Corina, ¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque confiaba en ti y pensé que me lo contarías, pero en la vida me imaginé que pudieras hacer nada con esa maldita mujer.

—Yo no hice nada —susurró.

—¿Entonces? —Ella se puso las manos en las caderas esperando una respuesta.

—Fue ella, yo…

—¿Qué fue ella? ¡A qué demonios te refieres! —Jamás había visto a Corina en aquella tesitura, pero la entendía. Si alguien hubiera besado a su mujer de la manera que Marta lo besó a él se moriría de la rabia y de los celos.

—¡Me besó! —gritó él mientras se ponía en pie y se tocaba el pelo de manera compulsiva.

—¿Cómo? —Corina se sentó, no podía soportar aquello ni un minuto más.

—Yo no quería…

—David, ¿Por qué tuviste que salir? —preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas.

—Pensé que si te enterabas iba a ser peor, mucho peor. Por eso decidí salir yo, sin que nadie lo supiera y ponerla en su sitio de una vez por todas, pero ella fue rápida y cuando me quise dar cuenta la tenía encima. Besándome.

—Oh, dios mío —se lamentó ella mientras se tapaba la boca.

—Tienes que entenderlo, yo no hice nada. En cuanto pasó me la quité de encima y le dije todo lo que pensaba de ella. Ahora tienes que perdonarme. Solo quería que esto terminara de una maldita vez, por eso salí a verla. —Corina se hundió completamente. Lloró de una manera brutal y David lo hizo con ella. La abrazó y no la soltó hasta que se recompuso. No sabía el tiempo que había pasado, pero eso no le importaba.

—David…

—¿Estás mejor?

—Sí.

—¿Me vas a dejar? —preguntó mientras la miraba con un dolor extremo reflejado en su cara.

—Yo…

—¡Corina, tienes que creerme! Sabes cómo soy. Yo jamás haría algo que hiciera daño a mi familia y menos a ti o a los niños que sois lo que más quiero en el mundo.

—Tranquilo, confío en ti —susurró mientras se sentaba encima de él y hundía su cara en el cuello del chico. En ese momento David comenzó a llorar como un niño pequeño. Toda la tensión acumulada desde el día anterior había explotado en aquel momento.

—Gracias, amor.

—Esa tipa me lo va a pagar. ¿Cómo pudo hacerte eso?

—Está loca, Corina. Prométeme que no te vas a acercar a ella. Con lo que yo le dije anoche creo que le quedó bastante claro todo.

—David, ¿Cómo quieres que me quede quieta ante una cosa así? ¿Y el mal rato que nos  ha hecho pasar a los dos?

—En especial a mí. No he dormido en toda la noche y cuando se lo he contado a Fernando…

—¿Se lo has contado a Fernando? —preguntó ella con la boca abierta.

—Estaba muy mal, no te puedes hacer una idea. Entró en mi despacho y en cuanto me sonsacó un poco de información, se lo conté. No podía tener eso más guardado y él fue quien me aconsejó que tenía que decírtelo. Yo sé que entre nosotros no debe de haber ninguna clase de secreto, pero el miedo que tenía a perderos era tan grande que…

—David, no te voy a mentir: estoy dolida, muy dolida. Pero sé que tú no tuviste nada que ver, tampoco me puedo enfadar contigo por una cosa que no fuiste tú quien la propiciaste. Pero es que solo de pensar que alguien más que no sea yo ha besado esta boca…        —La chica le pasó el dedo por encima de los labios posesivamente—, es que me muero de los celos. No puedo soportarlo.

—Sabes que mis besos son solo tuyos. —El chico la abrazó, no quería perderla jamás. Y rozó sus labios con los de ella.

—Oh, David. He pasado mucho miedo cuando te he visto entrar con esa cara. ¡Me he temido lo peor!

—Corina, quiero tener otro hijo contigo —dijo él sin ton ni son.

—¿Cómo? —preguntó ella clavando sus ojos en los de él.

—Quiero agrandar mi familia. Sé que es a ti a la que incumbe profesionalmente, pero necesito otro bebé en casa, sentir que mi familia es grande y que os tengo a todos conmigo.

—¿No te basta con esos dos demonios de Luis y Carmen?

—No, quiero otro bebé.

—Pero la niña aún está muy pequeña. Yo no sé si es el mejor momento.

—¿Pero tú quieres volver a adoptar? —Ella se quedó callada y lo pensó detenidamente.

—No me importaría, pero cuando Carmen estuviera un poco más mayor. Ahora mismo me tiro de los pelos con los dos, imagínate con otra personita más.

—Está bien, entonces esperaremos un poco para comenzar el proceso nuevamente.           —Él rozó su nariz con la de ella- No me creo que no estés enfadada conmigo. Que te haya contado todo y estemos así, tan bien, abrazados el uno al otro.

—Te vuelvo a repetir que confío en ti. Sino ya me hubiera marchado de esta casa con mis niños. —Aquello le dolió a David. Solo de pensarlo se ponía enfermo.

—No repitas eso nunca más, por favor.

—Está bien, tranquilo.

—Si os pierdo, me muero —dijo en un tono lastimero.

—Oye, ¿no tienes hambre? —Ambos miraron el reloj, eran más de las cuatro de la tarde. ¿Cuánto tiempo llevaban así?

—Sí, la verdad es que sí.

—Vamos a almorzar y luego recogeremos a los niños y daremos un paseo.

—¿De verdad no estás enfadada? —Él volvió a cogerla de la cintura antes de que se levantara.

—Te lo vuelvo a repetir. No estoy enfadada, solo dolorida, pero por la situación. No es nada personal contigo, eres mi marido y te creo. —El chico sonrió y le dio gracias a dios por haber puesto a aquella mujer en su camino.

—Esta noche vamos a ir a cenar fuera. Quiero que hablemos más detenidamente de lo que te acabo de proponer y además, necesito tener un rato de intimidad contigo. ¿Crees que a tu madre le importará quedarse con los niños?

—¿Me vas a invitar a cenar? ¿Está usted haciéndome la pelota, señor Parker?

—No es hacerte la pelota, es que te quiero.

—Oh… —Ella se acercó a él y lo besó con pasión. Ya no sabría vivir sin él, era tan fuerte lo que sentía…

—No me beses así porque si no te aseguro que no llegamos a la cocina.

—No necesito entrar en la cocina.

—Vaya, por lo que veo tienes ganas de guerra.

Ella comenzó a correr hacia el cuarto y David la siguió. Cuando la tuvo cerca la agarró y la tiró encima de la cama. Comenzó a besarla con furia. Solo de pensar que podía haberla perdido le hacía sentirse el peor de los hombres. Aquello había significado mucho para él y esperaba que aquella maldita mujer no se volviera a acercar a él o sino tendría que tomar medidas mucho más fuertes.

Corina le miró a los ojos y sonrió. Sabía que él no haría nada que le hiciera daño y por eso le creía, porque estaba complemente enamorada de él y porque ya no sabría enfrentarse a una vida sin su David en ella. Le retiró el pelo de cara volvió a besarlo. Ahora disfrutaría del momento, pero algún día, Marta León le pagaría todo lo que había hecho sufrir a su marido con aquel beso y también a ella.

**A las seis de la tarde, Fernando volvió a comisaría. No había dejado de pensar en David y en Corina. ¿Habría arreglado todo aquel asunto? Suspiró y se sentó en su butaca. Sacó los papeles que Alejandro le había mandado. Comenzó a mirarlos y se dio cuenta de que allí había información muy valiosa, información de la que no disponían y que no sabía si Clara tendría conocimiento de ello. Jamás le había hablado de algo así. Sacó el número de teléfono y llamó a Parker.

—¿Sí? —preguntó él con voz adormilada al otro lado del altavoz.

—¿David?

—Hola Fernando, perdona. Me había quedado durmiendo.

—¿Durmiendo?

—Sí, ya sabes es lo que tienen las reconciliaciones. Que agotan. —Él le guiñó un ojo a Corina que lo miraba desde el otro lado de la cama. No podía ser más bonita. Amaba a su mujer con todo su corazón.

—Vaya, me alegro que todo se haya arreglado.

—Es lo que tiene tener a la mejor mujer del mundo. —Corina sonrió mientras se desperezaba.

—Bueno, déjame que discrepe en ese punto. —Los dos sonrieron y en especial, Fernando, al recordar a su querida Andrea.

—¿Ha ocurrido algo?

—He leído el informe que me ha mandado Alejandro y hay cosas bastantes interesantes.

—¿Cómo qué?

—Ah, no. Si quieres, lo siento mucho, pero vas a tener que venir a comisaría.

—Fernando… —suspiró él.

—Esto hay que hablarlo en persona.

—Está bien, en un cuarto de hora estaré allí.

La conexión se cortó y Fernando siguió mirando aquel informe como si no hubiera leído uno en la vida. Pasados unos minutos David entró por la puerta, aquel chico era un torbellino.

—Antes de nada, enhorabuena. —Fernando le dio un abrazo amistoso y David sonrió. Se le veía visiblemente más relajado.

—Gracias. Ahora dime que has encontrado.

—Míralo con tus propios ojos. —El chico le extendió el informe. David lo leyó por encima y miró a su compañero.

—¿Clara sabe esto? —dijo señalando un punto.

—Yo creo que no, porque ella jamás nos ha hablado de eso.

—Ana Lucía era médico. ¡Pero si nosotros creíamos que solo había tenido el negocio de pintura! —exclamó él.

—Yo creo que jamás ejerció.

—¿Cómo qué no? Aquí pone que Marcos Cabello, su marido, era médico también.

—Sí, lo sé. Esto es muy extraño. ¿Por qué Clara no sabe que su madre era médico?

—No lo sé, fue como si hubiera borrado ese dato de su vida. La gente no ha comentado nada de eso en el pueblo y si allí no se comenta es porque no se sabe. Ya sabes cómo son…

—Es verdad. ¿Qué más pone?

—Solo tuvo una hija y un aborto posterior.

—Esa niña es Clara.

—Exacto.

—Mira, aquí pone que tuvo una relación con un tal Emilio Ibáñez.

—Deberíamos hablar con ese hombre. ¿Dónde vive?

—Pues no lo sé, aquí solo pone Cádiz.

—Está bien, buscaremos información sobre él e iremos a hacerle una visita. Quizás su relación no fue buena y haya vuelta del pasado para vengarse por cualquier motivo.

—Bien pensado, Fernando.

—La llamaban “Linda” —Se sorprendió David— ¿Lo sabrá Clara?

—Tampoco ha hablado nunca de eso. Creo que desconocía muchas cosas de su madre.

—Por ahora vamos a callarnos todo esto que sabemos. No quiero ponerla nerviosa. Cuando sepamos algo más, le diremos que busque en casa de su madre algo que nos pueda servir.

—Está bien. Este Alejandro es un crack. Esa base de datos es la hostia. Mira toda la información que nos ha facilitado.

—Tenía una hermana, Rebeca. Sus padres murieron cuando ella era aún muy joven.

—Vaya, ¿qué habrá sido de esa hermana?

—No tengo ni idea, ¿Conocerá Clara algo sobre esa mujer? No me extrañaría que ocurriera algo con ella y también puede ser una posible sospechosa.

—Tenemos que buscarla, al menos para hablar con ella y así que nos cuente algo más sobre la vida de “Linda” —Los dos sonrieron.

—Mañana seguimos con todo esto. Tengo que irme, he invitado esta noche a cenar a Corina.

—Te veo mucho más contento y más animado.

—Después de lo que me ha pasado hoy con mi mujer y teniendo toda esta información, soy el hombre más feliz del mundo. —Estuvo a punto de contarle lo de la posible adopción de un tercer hijo, pero decidió callar hasta que tuvieran algo completamente claro.

—Haces bien en estar feliz. ¿Dónde las vas a llevar?

—Iremos a Fuente Palmera al mesón nuevo que han abierto. ¿Sabes de cuál te hablo?

—Sí, está cerca de mi antigua casa.

—No podemos alejarnos mucho más porque dejamos a los niños con mi suegra y tenemos que volver pronto.

Los dos amigos salieron por la puerta, eran las siete de la tarde y la noche estaba empezando a caer. Se montaron en el coche y se dirigieron al pueblo. Sin percatarse que detrás de comisaría salía una persona encapuchada. “Pronto tendréis novedades” —susurró.

ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 10.

TREINTA Y CINCO AÑOS ANTES:

            —¿Cómo estás? —preguntó él mientras se sentaba a su lado en aquella grande cama.

            —Buenos días —dijo Linda mientras abría los ojos.

            —¿Qué quieres hacer hoy?

            —Lo que tú quieras —añadió ella levantándose aún desnuda.

            —¿Qué te preocupa? Te noto extraña.

            —No, nada. No es nada. —Resopló y se acordó de Emilio y de su pequeña. Ya hacía varios meses que los había dejado y todavía no había vuelto. Los seguía recordando, pero se había acostumbrado a su nueva vida y apenas los echaba de menos.

            —¿Es porque pronto yo tendré que volver a mi casa?

            —Sí, es por eso —mintió ella.

            —Bueno, tranquila. Tú sabes que si quieres, puedes venirte conmigo. Ya sabes que te quiero.

            —¿Cómo has dicho? —preguntó ella mientras se ponía su bonito y caro vestido azul celeste.

            —Me he enamorado de ti, preciosa. Eso es algo que ya no puedo ocultar. —Hacía apenas seis meses que se conocieron en una de las conferencias de medicina a las que Linda asistió, allí estaba él, un reputado médico que sin duda no era indiferente para ninguna mujer. Sus ojos oscuros y su pelo negro la volvieron loca desde el primer momento en que lo vio. Luego a él le ocurrió lo mismo con ella y sin darse cuenta, de un día para otro, comenzaron algo parecido a una relación.

            —¿Cómo has podido enamorarte de mí? —preguntó ella mientras pensaba en la familia que había dejado atrás y que él desconocía completamente.

            —Somos jóvenes y sin ataduras, ¿Por qué no iba a poder enamorarme de ti? —Él la besó dulcemente en los labios.

            —Yo…

            —No digas nada, en quince minutos tenemos que estar abajo desayunando. Nos esperan en la clínica.

            —Es cierto. —En ese momento pensó que tenía que ir a ver a su familia. Sonrió al pensar en esa palabra: familia. Ella misma la había perdido y no podía reprochárselo a nadie.

            —Piénsate lo de venirte conmigo, sé que no es un lugar dónde tú estás acostumbrada a vivir, pero se vive bien y en paz, además siempre te puedo ofrecer un trabajo. —Se quedó pensativa mientras se recogía su melena en un bonito moño.

            —Lo pensaré. —Ya llevaban varios meses de relación y la verdad que es ese hombre le gustaba mucho y podía llevar una vida buena y acomodada a su lado, no le iba a faltar nada. Se rascó una ceja y pensó que sí, que sería lo mejor. Pero no podía enterarse de la familia que había dejado, aquello sería su gran secreto.

            —¿Es necesario que vaya hoy a la clínica? Tengo unos asuntos urgentes que resolver antes de marcharme a vivir contigo. —Eso le despistaría.

            —¿Te vienes conmigo? —preguntó él contento.

            —Sí, cariño. Me voy contigo.

            —Está bien, arregla esos asuntos, yo te esperaré.

            —No sé cuánto tardaré. —Se sinceró ella.

            —Hasta dentro de tres días no nos iremos, así que no te preocupes. —Linda se tocó el vientre y suspiró. ¿Qué iba a hacer sola en el mundo y con otro hijo? Nadie sabía aún de su embarazo, ni siquiera aquel hombre al que tenía embelesado. Tenía que despedirse de su antigua familia y marcharse junto a él, para crear una nueva.

            —Está bien, ahora me tengo que ir, pero cuando vuelva tengo que hablar contigo urgentemente. —La chica pensó en contarle su embarazo. Estaba de más de tres meses, pronto comenzaría a notársele.

            —¿Qué ocurre? —preguntó él asustado.

            —Hasta entonces no te diré nada, es una sorpresa —le confesó ella sonriendo mientras metía en su bolso un papel que tenía celosamente guardado donde ponía lo de su embarazo, se lo dio el médico el día que le dijo que estaba embarazada. No podía dejarlo allí, él podía descubrirlo.

            —Está bien, pero no tardes mucho, mi vida. —Él la besó en los labios. Y ella salió por la puerta.

Rápidamente se fue a la estación de trenes y compró un billete. El viaje se le hizo largo, no tenía nada con qué entretenerse, por lo que se pasó todo el camino acariciando su ya abultada barriga. Cuando llegó, tomó un taxi y se encaminó hacia la cabaña de Emilio. Cuando llegó, pudo observar que el hombre estaba sentado en la orilla de la playa junto a una preciosa niña. Juntos hacía un castillo de arena y sonreían. Aquella pequeña sería su pequeña, por un momento los ojos se le llenaron de lágrimas, ¿Cómo podía haberla abandonado tan pequeña? Rebeca tendría que haberse quedado cuidándola, pero el día que llegaron a Córdoba, se deshizo de su hermana como pudo, ella no iba a alimentar una boca más y jamás volvió a saber nada de ella.

            —¿Qué haces tú aquí? —preguntó Emilio mientras se acercaba a ella con la niña en brazos.

            —He venido a veros ahora que he tenido un hueco.

            —¿Llevas más de seis meses trabajando sin parar como para que no hayas podido venir a hacernos ni una mísera visita? —Linda miró a aquella niña que la miraba extrañada. Le echó los brazos, pero la pequeña se abrazó al cuello de su padre asustada—. ¿Pretendas que te conozca? ¡La abandonaste como a un perro! —gritó él encolerizado.

            —No grites, la vas a asustar —susurró ella a sabiendas de que era verdad todo lo que le estaba diciendo.

            —¿A qué has venido? —le preguntó mientras abría la puerta de su pequeña cabaña. ¿A por las cosas que dejaste el día que te marchaste? Están en el mismo lugar, pero intenta no tardar mucho, no vaya a ser que te dé alergia en esta pequeña cabaña —dijo él con dureza.

            —Emilio… —Ella intentó acercarse a él.

            —No te acerques ni a mí ni a mi hija. —En ese momento una arcada se apoderó de Linda y corrió al baño, dónde vomitó. Emilio miró a su hija extrañado y luego se percató del papel que sobresalía del bolso de aquella mujer. Se acercó y tras cogerlo lo leyó. ¡Estaba embarazada! Si había algo claro allí, es que ese bebé no era hijo suyo, por lo que ella tenía a alguien más. Volvió a soltarlo donde estaba y ni se inmutó cuando la vio salir.

            —Yo… —comenzó a decir.

            —Ni se te ocurra decir una palabra más. Te quiero fuera de mi casa ya. —Ella no dijo nada más, cogió su bolso y se acercó a la niña. Sabía que no tenía ningún derecho sobre ella. Los perdió todos el día que la abandonó siendo tan solo un bebé.  Cuando la pequeña la vio tan cerca, se asustó. ¿Quién era aquella mujer? Volvió a abrazarse al cuello de su padre mientras comenzaba a llorar. A Linda se le llenaron los ojos de lágrimas y se dirigió a la puerta.

            —Yo jamás quise que esto acabara así —dijo a sabiendas de que todo aquello lo había propiciado ella y que ahora había otro hombre en su vida.

            —Vete de aquí, ¡Largo! —gritó él.

Linda no dijo nada más, salió cabizbaja de aquella pequeña cabaña que tan buenos recuerdos le traía y se marchó. Puso rumbo a dónde su nuevo amor y su nueva vida la esperaban. Quizás todo fuera mucho mejor a partir de aquel momento.

**Hugo se bajó de su coche y llamó a la puerta. Estaba a punto de marcharse cuando la puerta finalmente se abrió.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Solo quería verte, me siento algo solo. Al fin y al cabo eres la única familia que me queda en el mundo.

—Pasa, pero pronto tendrás que marcharte, por ahora no quiero que te relacionen conmigo. —El chico entró a aquella casa, todo estaba limpio y ordenado.

—¿Y tu marido?

—No está, ha salido. —Ella se sentó en el sofá y se encendió un cigarro. Él la miró y suspiró, ¿por qué no podían tener una relación como lo que realmente eran?

—Solo quería un poco de compañía, pero si molesto me voy.

—No, no molestas. —Se limitó a decir sin mirarle.

—¿Por qué no me miras cuando te hablo? —inquirió él algo apenado.

—Cómo entenderás no eres nada satisfactorio de ver.

—¿Cómo puedes decirme eso a sabiendas de que si estoy así es por un accidente que sufrí?

—¡Si, un maldito accidente en el que también perdí a Israel! ¿Lo recuerdas? ¿Te acuerdas de Israel? —preguntó ella alterada mientras se levantaba y miraba por la ventana con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo también lo perdí y lo siento en el alma, pero no fue culpa mía.

—Creaste una maldita mentira a partir de todo eso y no te lo voy a perdonar jamás. Entiendo que ese fuera el final de Israel, pero lo que no llego a entender aún y, fíjate si han pasado años, es cómo tuviste la sangre fría de mentir como un bellaco como lo hiciste —dijo algo más sosegada.

—Tenía que hacerlo. Israel solo nos tenía a nosotros dos, nadie lo iba a echar en falta y yo necesitaba, ya sabes…

—¡Sí, sé lo que necesitabas, pero yo quería enterrar a Israel y no pude hacerlo!

—Lo siento, sé que eres la única que sabes toda la verdad sobre esto —se excusó señalándose el rostro—, pero…

—Ni peros ni nada, Hugo. —La última palabra la extendió más de la cuenta.

—Por favor, entiéndeme…

—Mira, yo no voy a vivir toda mi santa vida con esto aquí guardado. —La mujer se llevó la mano al pecho—. Algún día lo confesaré todo y entonces tendrás que dar explicaciones.

—No, no puedes hacerlo, tu sabes por qué he hecho todo esto, ella ha sido lo primordial en mi vida.

—¡¿Pero de que te sirve todo esto que estás haciendo?! —gritó ella.

—De mucho, cada día me sirve de más. Ahora me voy, ya veo que no puedo contar contigo para nada, prefiero estar rodeado de muertos, ellos al menos no se involucran en todo.

—Eso, vete. Y no me involucro en todo, es simplemente que yo quería a mi Israel y por tu maldita culpa ni enterrarlo pude. —Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.

—¡Yo también le quería, joder! —gritó el hombre fuera de sí.

—Vete.

—Por supuesto que me voy. —El hombre se marchó hacia la puerta—. Y por cierto, intenta no meterte más con mi aspecto, creo que bastante desgracia tengo yo como para encima tener que escuchar tus comentarios despectivos.

—¡Qué te largues te he dicho!

La puerta se cerró y Hugo volvió a meterse en su coche. Se miró en el espejo retrovisor y se dio cuenta de que cada día parecía más un monstruo, pero contra eso no podía hacer nada. ¿Qué iba a hacer después de tantos años? Miró hacia la casa y la vio mirando por la ventana. No podía contar con aquella mujer, ni aun siendo de su propia familia. Se sentía más solo que la una, pero no podía hacer nada. Arrancó su vehículo y se dirigió de nuevo al cementerio. Ahora aquel era su verdadero hogar, un lugar donde se sentía seguro y a gusto consigo mismo. Se tendió en el sofá y cerró los ojos. Por un momento imaginó su aspecto antes de aquel accidente, y sonrió. Luego recordó a Israel y unas lágrimas comenzaron a correr por su cara. ¿Cómo podía haberle hecho aquello? Sin más, suspiró y creyó que lo mejor sería no pensar más en aquel tema.

**Cuando Paula salió de casa, Alejandro se bajó del coche para recibirla. Ninguno de los dos sabía cómo actuar, pero tenían que aparentar normalidad.

—Estás preciosa —dijo él embelesado.

—Gracias, tú también estás muy bien —añadió ella algo avergonzada mientras le daba dos besos.

—He pensado que podíamos ir a cenar a Córdoba. Cerca de donde yo trabajo hay un bar que parece estar bien. Luego podemos ir a tomarnos una copa a algún pub

—A mí me parece perfecto. —Ambos se montaron en el coche y durante el trayecto fueron hablando sobre sus trabajos y sus vidas, pero sin profundizar mucho. Aún se sentían cohibidos, aún no sabían cómo habían llegado a tener aquella cita. Al llegar al bar, Paula se quedó con la boca abierta, era un lugar bonito y cuidado y el personal se mostraban muy atentos con ellos.

—Es un lugar muy bonito, Alejandro. Aunque tiene pinta de ser caro.

—Por eso no te preocupes, esta noche todo corre de mi cuenta. —El chico sonrió y a Paula le aleteó el corazón.

—¿En qué piensas? —le preguntó cuándo el camarero se marchó a por sus bebidas.

—En que aun no entiendo cómo estamos tú y yo aquí sentados, teniendo una cita.           —Los dos sonrieron.

—Esas brujas de Alexia y Andrea se han encargado de todo —dijo él risueño.

—Son un caso.

—De todas formas, les estaré eternamente agradecido por habernos liado de esta manera. —Sus miradas se cruzaron y ella, nerviosa, rápidamente miró al suelo.

—Es muy bonito eso que has dicho —susurró.

—Es lo que siento —dijo él con una seductora voz—. No te voy a negar que desde que te vi en el cumpleaños de David me llamaste muchísimo la atención. Me encanta tu melena, pareces una leona. —Ella se sonrojó.

—A todo el mundo le gusta mi pelo.

—Toda tú eres bonita.

—Alejandro, vas a conseguir que me ponga colorada —dijo ella mientras ponía un gesto que a enterneció al chico.

—¿Sabes? Yo no quería conocer a nadie. Mi corazón antes de venirme a vivir al pueblo con mis primos, estaba completamente cerrado.

—Oh…

—Sí, señorita. Pero luego apareciste tú y…

—¿Le dijiste a Alexia que le pidiera mi número a Andrea?

—No, tan solo dije que eras guapa cuando te soltamos en tu casa y después de eso, ella solita se encargó de todo. Mi prima es una mujer muy buena, hemos estado muchos años separados pero es como si el tiempo no hubiera pasado para nosotros. La quiero como a una hermana y ella solo quiere verme feliz, por eso ha hecho todo esto.

—¿Qué te ha podido pasar para que tuvieras el corazón cerrado? —El camarero llegó con la bebida y pidieron la cena.

—Hace tres años de mi ruptura con Noah. Yo creí que era la mujer de mi vida, pero gracias a dios me di cuenta de que no era ella.

—¿Qué ocurrió? —preguntó ella mientras le daba un sorbo a su coca cola.

—Noah y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. Estuvimos varios años  juntos hasta que algo terrible ocurrió, su hermana gemela murió y decidió marcharse sin darme ningún tipo de explicación. Estuve mucho tiempo pensando en qué habría sido de ella sin saber absolutamente nada. La recordaba a todas horas, de noche y de día. Hasta que, hace más de ocho años, mi prima Alexia apareció en mi vida. Yo no sabía que era mi prima, y llevaba la investigación sobre el asesinato de su padre y a la vez el de mi padre, sin darme cuenta comencé a sentir algo por ella.

—¿Por tu prima? —preguntó ella sorprendida.

—Sí, yo no sabía que éramos primos. No quería reconocerlo, Mario ya existía en su vida, pero gracias a dios, pude frenarlo a tiempo. Fue entonces cuando Noah volvió. Ella fue quién me hizo olvidar complemente lo que pude llegar a sentir por Alexia. Me contó cómo se sentía, porqué me abandonó de aquella manera y yo la perdoné. Después de eso estuvimos cinco años maravillosos de relación, al menos para mí. Hace tres años, tenía una conferencia fuera de Madrid y la dejé en casa, ella no quiso acompañarme. Cuando llegué a Barcelona, que era el lugar dónde se haría la conferencia, me informaron qué se había anulado y sin pensármelo me volví a mi casa, para estar el fin de semana junto a ella. Cual no fue mi sorpresa cuando llegué y la encontré en la cama con su jefe. —El chico apretó el vaso en su mano. Aún recordaba ese momento como si hubiera sido ayer.

—Oh, lo siento.

—No lo sientas, si nada de eso hubiera pasado, hoy en día tú y yo no estaríamos aquí.           —Él sonrió  y la cogió de la mano.

—Alejandro… —comenzó a decir ella.

—No digas nada, ahora quiero que me cuentes algo de tu vida. —Eso la tranquilizó.

—Bueno, soy enfermera. Desde que tengo uso de razón viví como madrina, Gema, pero ella falleció hace poco. Decidí venirme aquí porque Isabela y Alberto me brindaron su casa y Andrea y Fernando me han dado un trabajo. Necesitaba dejar atrás mi vida en Rota, sabía que no podría vivir con tantos recuerdos. Mi madrina ha sido lo único que he tenido en la vida y no podía en aquella casa.

—Los dos nos hemos ido a Fuente Palmera para olvidar —dijo él con pesar.

—Sí…

—Me alegro tanto de haberme venido, quizás mi vida cambie para siempre.

—Y la mía —dijo ella tímidamente.

—Paula, ¿y tus padres? —preguntó él mientras se metía en la boca el primer bocado de la cena.

—No los recuerdo, murieron cuando yo era muy pequeña.

—¿Qué les ocurrió?

—Por lo que mi tía siempre me ha dicho, un accidente de tráfico. Los dos murieron en el acto y yo me quedé con Gema.

—Vaya, lo siento.

—Hace mucho de eso, pero me hubiera gustado saber qué se siente al tener unos padres.

—Yo viví siempre sin mi padre biológico, pero mi madre, Mónica, se casó con Alfonso cuando yo era un niño y ha sido muy bueno para mí. El padre que nunca tuve. —Sonrió al recordar a aquel hombre bonachón al que quería con toda su alma.

—Me alegro mucho por ti. Yo lo más parecido a unos padres que estoy experimentando es con Isabela y Alberto. Se portan muy bien conmigo, me cuidan y se preocupan por mí.

—Estás preciosa esta noche —dijo él cambiando de tema.

—Zalamero. —Ambos sonrieron.

—No soy un zalamero, solo digo la verdad.

La cena transcurrió tranquila, entre charlas y confidencias. Cuando salieron del bar un fuerte aguacero estaba cayendo. Alejandro le prestó su chaqueta a la chica y rápidamente se metieron en el coche. Al entrar ella bostezó.

—Vaya, veo que tienes ganas de fiesta —dijo él irónicamente.

—No te rías de mí. Anoche me quedé cuidando a Aurora y no veas la lata que me dio. No durmió hasta que llegaron sus padres.

—¿Quieres que te lleve a casa ya?

—Lo preferiría. Otro día quedamos para tomarnos algo, pero invitó yo. Hoy estoy muy cansada, no puedo más.

—Cómo tú quieras. —El chico se acercó a ella y un olor exquisito a colonia llenaron las fosas nasales de Paula. Alejandro la besó, con ganas, con ansias y cuando se separaron sus miradas se cruzaron.

—Oh, dios mío. Alejandro…. —dijo ella mientras abría mucho los ojos.

—Tranquila, Paula. Solo ha sido un beso… —Alejandro rozó su nariz con la de ella.

—Me ha gustado mucho —susurró la chica.

—A mí también, pero esto me asusta. No quiero precipitarme —comenzó a decir el chico con su frente pegada a la de ella. El agua golpeaba fuerte los cristales.

—Te entiendo, no te preocupes. Ahora volvamos a casa. —Alejandro le dio un rápido beso en los labios y comenzó la marcha hacia el pueblo.

Cuando llegaron a casa de Paula, él la acompañó y la tapó con su chaqueta, seguía lloviendo a mares.

—Te dejo en casita, sana y salva —le susurró él al oído mientras ella sacaba las llaves del bolso.

—Muchas gracias por la invitación, me lo he pasado muy bien contigo esta noche. Ahora debo entrar. —Alejandro no dijo nada, sonrió y la apretó contra la pared. Ella lo miró con sus grandes ojos marrones, asustada.

—Tranquila, solo voy a besarte. Eres preciosa y me vuelves loco. —El chico la volvió a besar hasta dejarla sin aliento. “Jamás me han besado así” —pensó Paula.

—Buenas noches, que descanses —dijo mientras se dirigía al coche. Ella sonrió y lo saludó con la mano. Luego entró en casa y cuando cerró la puerta se llevó la mano al pecho. Aquel chico le gustaba más de cuenta y no sabía hasta qué punto podía ser bueno aquel sentimiento.

**Aquella noche David no dejaba de moverse en la cama. Corina, algo preocupada por él, se incorporó.

—David, ¿qué te ocurre? —le preguntó al oído.

—No puedo dormir. —Se sentó y ambos se quedaron mirándose con la simple luz de la luna que entraba por la ventana.

—¿Es por la tormenta? —preguntó ella risueña.

—No, a mí no me dan miedo las tormentas.

—¿Entonces?

—Corina, aunque no lo exprese, me siento muy mal por no saber cómo llevar este tema. En otras ocasiones, ya tendría algo. Alguna cosa de qué valerme para llegar al fondo del asunto, pero es que mira el tiempo que ha pasado y no hay nada que pueda hacer.

—Bueno, ahora tenéis más ayuda. Contáis con Mario y Alejandro.

—Sí, y eso es un arma de doble filo. Por un lado es perfecto, contamos con dos personas más para que nos ayuden, pero por otro me siendo un inútil que no soy capaz de hacer nada por mí solo en esta investigación.

—No digas eso. —Ella le acarició suavemente la mejilla y él sonrió.

—Corina, ¿qué hago? No sé cuál es el siguiente paso y eso nunca me ha pasado.

—Tienes que hablar con Clara y que sea ella misma sea quien busque algo de información en casa de su madre. —David la miró y sonrió.

—Nos escuchaste el otro día cuando hablábamos, ¿verdad?

—Yo no quería, pero… —comenzó a decir ella nerviosa.

—No pasa nada, cariño. Tranquila. Tienes razón, me esperaré al lunes para llamar a Clara y entre en casa de su madre a buscar algo.

—Yo puedo acompañarla.

—Corina, déjala a ella.

—Quizás no quiera enfrentarse a eso ella sola. —Se excusó la chica.

—Bueno, habla tú con ella. Si accede, ayúdala. —Se limitó a decir él.

—Te noto tenso. Son las doce de la noche, tienes que descansar.

—También me preocupa mi padre. No te he dicho nada, pero me ha llamado para decirme que se encuentra preocupado por Jade.

—Los hombres os asustáis con todo. Simplemente está embarazada, cuando pase los primeros meses del embarazo, ella volverá a ser la que era.

—No sé, él dice que la nota extraña y que quiere llevarla a un médico que la revise bien.

—Bueno, nunca está de mal una buena revisión médica y más estando en ese estado.

—Me dijo que durante esta semana que entra la iba a llevar a un médico de pago para que le haga un buen chequeo.

—Pronto tendrá al bebé, ya casi está de cuatro meses.

—Dios mío, Corina. Voy a tener un hermano a mi edad. —Él sonrió con ganas. Ella lo siguió.

—¿Quién te lo iba a decir? ¿Y quién iba a decir que Antonio iba a encontrar a una chica como Jade a su edad?

—Oye, tampoco es tan viejo.

—Yo no digo que sea viejo, además tu padre es un hombre guapo y apuesto.

—¡Oye! —exclamó él mientras le hacía cosquillas.

—¡Se parece a ti! —dijo ella muerta de risa.

—Corina, es verdad que estoy tenso, muy tenso —le dijo el chico en tono meloso mientras se recostaba encima de ella y comenzaba a besarle el cuello.

—¡Parker! —exclamó ella.

—¡Calla! —susurró él bajito. Corina no dijo nada más, simplemente se abandonó a los besos de su marido.

¡Magnifico sorteo de Ana González Rey!

Mi amiga y compañera Anita tiene activo un sorteo que os va a gustar mucho. Se sortea un libro en papel de su novela “Un cubata con sabor a café” y tengo que deciros que es una historia que me cautivó por completo, de principio a fin y no podía dejar de leer en ningún momento. ¡Animaros a participar porque no os vais a arrepentir!

Os dejo por aquí las bases del concurso que la autora ha dejado en su blog:  http://anitansf.blogspot.com.es/2017/01/sorteo-de-mi-libro-en-papel-un-cubata.html

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Información:

-El sorteo estará activo desde el 30/01/2017 hasta el 01/03/2017 hora española.
-Habrá un único ganador
– Sólo se envía en territorio español.
– El envío será ordinario quedando exenta si no llegara o no se recibiera en las condiciones adecuadas.
– El sorteo puede estar sujeto a modificaciones.
– Tendrá que haber un mínimo de 10 participantes.
– Informaré del ganador/a en el blog y en mis redes sociales. Tendrá 5 días para comunicarse conmigo, por privado, en alguna de mis redes sociales o escribiendo al correo anitameiga13@gmail.com , sino se procederá a volver a sortearlo, quedando fuera el ganador, y se repetirán las mismas acciones.

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