ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 13

TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

**Ana Lucía se encontraba cabizbaja. Marcos sabía algo. Estaba más que convencida. Desde que se mudó a vivir con él, todo había ido bien, pero hacía varios días que apenas le hablaba y se mostraba muy frio con ella. ¿Qué le estaba pasando? Se sentía sola, muy sola. Solo quería tener a su hija con ella. Decidió que lo dejaría todo de nuevo. Haría lo mismo que hizo con Emilio, pero del revés. Abandonaría su casa e intentaría comenzar una nueva vida al lado de Emilio y su pequeña hija.

Aún era muy temprano. Apenas las seis de la mañana cuando se acercó a la cama y besó la cabeza de su marido, de Marcos. Él no sabía dónde se iba, pero en cuanto se despertara lo sabría. No quiso mirar más allá de él, por lo que cerró la puerta a su espalda, encendió el coche y se marchó.

Todo el camino fue pensando en lo mala persona que era. Dejó a Emilio y a su niña en casa para comenzar una vida con Marcos, el hombre perfecto. Era guapo, atractivo, médico y tenía mucho dinero. Ahora nada de eso importaba, su frialdad era increíble y ya sentía que no le quería lo suficiente como para seguir a su lado. Ya nada era relevante en su vida en aquel pequeño pueblo, sabía que se convertía en la peor mujer del mundo, pero se marcharía para encontrar de nuevo el amor al lado de Emilio, abandonando, como hizo hacía más de  un año, a su antigua familia.

Aparcó el coche cerca de la pequeña casita del hombre y notó como el aire fresco de la mañana le daba en la cara. Era refrescante y le hacía sentir bien. Seguro que si hablaban podrían llegar a arreglar las cosas. Él la quería y de eso estaba completamente segura. Se bajó del vehículo y llamó tímidamente a la casa. Nadie abrió. Miró el reloj: Las nueve de la mañana. ¿Dónde estarían tan temprano él y la niña?

Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Se acercó a la ventana e intentó mirar en el interior de la vivienda, pero allí no había nadie. Todo estaba en silencio y una gran oscuridad inundaba la estancia.

            —¿A quién buscas? —preguntaron a su espalda.

            —A Emilio, ¿sabes dónde está? —Se dio la vuelta y pudo ver a un anciano que lo miraba con una mirada extraña.

            —Vaya, tu eres Linda —dijo él al reconocerla—. ¿Dónde te has metido todo este tiempo?

            —Trabajo —se limitó a decir ella.

            —Chica, ¿en serio vienes buscando a Emilia y a su hija?

            —Sí, los estoy buscando.

            —Creo que es un poco tarde… —se lamentó el hombre mirando al suelo.

            —¿Tarde? ¿Qué ha pasado? —preguntó ella nerviosa mientras se acercaba al anciano.

            —Hace una semana hubo una gran tormenta…

            —¿Y qué pasó? ¡Habla, maldita sea! —gritó Ana Lucía.

            —Lo pilló faenando y llevaba a su hija con él.

            —¿Cómo? ¡Dime que están bien! —La mujer cogió al hombre del brazo, incluso llegándole a hacer daño con la fuerza que ejercía.

            —El barco apareció, pero ellos no. Se los tragó el mar.

            —¡No! —Volvió a gritar mientras se tiraba del pelo y caía al suelo llorando.

            —Lo siento mucho, muchacha. La tormenta fue brutal y no pudieron volver.

            —¡Eso no puede ser verdad! Mi hija era muy pequeña, ¿Por qué se la llevó?

            —Chica, no me hagas hablar. Todos aquí en el pueblo sabemos que lo abandonaste con un bebé, así que ahora no vengas pidiendo explicaciones. Él no tenía con quién dejar a su hija, por lo que si quería comer diariamente, se la tenía que llevar a faenar. Ese día el cielo nos gritaba que iba a haber una gran tormenta, pero él pareció no percatarse de ello. Se marcharon muy temprano, cuando los más mayores nos asomamos, su barco ya no estaba. A las cinco de la tarde, ya estaba casi de noche y seguían sin volver, por lo que nos comenzamos a preocupar. Esa misma noche, los más jóvenes salieron a buscarlos con sus barcos, todos conocían a Emilio y sabían que le había pasado algo, él tenía un gran dominio en su profesión y sabía cómo actuar, pero la tormenta fue tan brutal que no encontraron más que un barco a la deriva.

            —Esto tiene que ser una pesadilla. Mi pequeña, mi niña bonita… —lloriqueaba la mujer.

            —Lo siento mucho, pero aun así no me duelen sus lágrimas. Usted los abandonó y en parte es culpa suya lo que ha ocurrido. Él tenía que darle de comer a esa pequeña diariamente y esa era su única preocupación. Usted no pensó jamás en eso. Encima tenía que salir a faenar con la niña, cosa que agravaba más la situación.

            —Lo sé… —La mujer se sentó en el suelo, al lado del coche, mientras las lágrimas le recorrían la cara.

            —El pueblo está muy afectado. La misma noche que encontramos el barco, hicimos una capilla ardiente en la iglesia. Fue algo simbólico.

            —No…

            —Se declararon tres días de luto. Emilio y su hija eran muy queridos en este pueblo y más a sabiendas de la vida que le había tocado vivir, después de que una mujer como tú le hubiera hecho lo que le hizo.

            —Yo no quería… —La mujer se arañaba los brazos de la impotencia. ¿Por qué había tenido que dejarlos? ¿Por qué tuvo que aceptar ese trabajo y conocer a Marcos?

            —No creo que te sea difícil olvidarlos, ya una vez lo hiciste, por lo que ahora no te costará ningún trabajo.

            —¡No digas eso! Yo los quería…

            —Los abandonaste.

            —¡Cállate!

            —Te dejo sola para que llores lo que tu corazón hubiera podido llegar a sentir por esos seres a los que abandonaste.

El hombre se alejó y ella se quedó mirando aquella pequeña cabaña. Allí había vivido momentos buenísimos, que ya había pasado a un pasado, porque aquellas personas habían muerto. Su querido Emilio y su pequeña ya no existían. En ese momento recordó la última vez que miró a su hija, y lloró. Lloró por la impotencia de no haberla disfrutado más y de no haberse ocupado de ella como una madre.

Los pensamientos la abrumaban. Allí estaba el coche de Emilio, justo en la puerta y la casa solitaria. A saber cuándo se volvería abrir aquella cabaña o cuándo volverían a conducir aquel coche. Entonces miró hacia el puerto, justo a unos  metros de ella, y vio el barco. Estaba lleno de flores y pancartas de apoyo a los fallecidos. ¡No había derecho a que una desgracia así hubiera ocurrido!

**Alexia estaba en casa preparando algo para la cena. Llevaba todo el día con el cuerpo revuelto por la noticia que le había dado aquella misma mañana a la familia de David. Aquella chica se veía tan llena de vida, que le dolía en el alma haberle tenido que confesar algo tan desagradable.

—Mami, tita Érika está al teléfono —le informó Daniela mientras entraba con el inalámbrico en la mano.

—Gracias, cariño. Ve a jugar con tu hermana hasta que os llame para cenar. —Alexia acarició aquella cabeza rubia de su niña y sonrió.

—¿Hola?

—¡Alexia! —gritó Érika al otro lado de la línea.

—¿Pasa algo? —preguntó ella asustada por el grito que había pegado su hermana.

—No, solo quería preguntarte por mi hermano Alejandro. ¿Es verdad que está con una chica? —Alexia sonrió y se rascó la frente. Su hermana no cambiaría nunca.

—Sí, es verdad.

—¡Quiero saberlo todo!

—Se llama Paula y la conoció en la fiesta de cumpleaños de unos amigos. Ella fue invitada por Corina y a él lo llevé yo; acababa de llegar y creí que lo mejor sería que saliera para que le diera el aire.

—¡Oh, dios mío! No me lo creo.

—Pues créetelo, está como un chavalín de quice años. ¡Enamoradito!

—¿Pero cuánto tiempo llevan juntos? —Érika se recostó sobre el sofá de su casa y miró al techo con los ojos llenos de ilusión por lo que su hermana le estaba contando.

—Algo más de dos meses, pero está siendo algo intenso. Se ven diariamente y ya no pueden pasar el uno sin el otro.

—Qué bonito…

—¿Quién te lo ha contado? Porque Alejandro no quería que se supiera nada hasta que él mismo decidiera contároslo. —La chica se levantó y miró la sopa, que ya estaba prácticamente hecha.

—Me lo ha contado un pajarito —dijo ella pícaramente.

—Ya, un pajarito moreno de ojos oscuros, ¿Verdad? —se carcajeó al pensar en su tía Mónica, la madre de Alejandro.

—¡Cómo lo sabes! Ella está loca de contenta. Ayer estuve en casa de tu abuela Claudia. Fui a visitarla, que por cierto, está como una rosa, y tu tía estaba allí y empezamos a hablar y me lo contó todo.

—Mi tía no va a cambiar jamás. —Las dos sonrieron.

—Oye, pronto tendremos que vernos. —La chica se levantó y fue al cuarto de juegos donde el torbellino de su hijo Daniel no dejaba de tocar la flauta—. ¡Daniel, que está Javier estudiando! —Alexia no pudo hacer otra cosa que sonreír.

—¡Érika, este niño no se calla ni debajo de agua! Mañana tengo un examen, que lo sepas —replicó Javier que salió de su cuarto. Érika sonrió y le pasó el teléfono a su hermano.

—¿Hola?

—¡Javier! —gritó Alexia al escuchar a su hermano pequeño. Él era fruto de la relación entre la madre de Érika y su padre. Ellas dos no eran hermanas biológicas pero se querían como si lo fueran. Por cosas del destino, Alejandro resultó ser hermano por parte de padre de Érika y primo de sangre de Alexia, ya sus madres eran hermanas—. ¿Cómo estás?

—Hola guapísima. Bien, algo liado con los exámenes y amargado con Daniel, que mientras más años cumple, más revoltoso es.

—Tengo muchas ganas de verte –susurró melancólica al pensar que finalmente se quedó al cuidado de Érika cuando sus padres murieron. Ella quería cuidarle pero Érika se sentía tan mal por el trato que le había dado toda la vida que quiso enmendar sus errores y mimarlo. Desde aquel momento se convirtieron en madre e hijo y se querían como si realmente lo fueran.

—Y yo, a ver si algún día venís. A ti tengo muchas ganas de verte, pero a mis gemelas más.

—¡Oye! —Los dos se carcajearon—. Ahora va a estar difícil puesto que tenemos mucho trabajo, tanto Mario como yo, pero siempre podríais venir vosotros.

—¿De verdad?

—¡Claro! Mi casa es grande y tengo alguna habitación vacía y creo que Alejandro pronto se va a alquilar algo por aquí cerca, por lo que podríamos repartirnos.

—¡Háblalo con Érika! Yo me muero por ganas de ir. A ver si tengo tanta suerte como Alejandro y encuentro una chica guapa.

—Vaya con mi hermanito, parece que ya no eres tan pequeño.

—¡Voy a cumplir dieciséis años en breve!

—Es verdad, perdón.

—Te dejo que tengo que estudiar. Hablamos pronto, preciosa. —Y el chico le pasó el teléfono a su hermana.

—Qué guapo está, Alexia. No te lo puedes imaginar.

—Quiere venir al pueblo, ¿por qué no nos hacéis una visita?

—Lo hablaré con Leo, a nosotros nos encantaría. —Aplaudió la chica.

—Pues háblalo pronto porque estoy deseando de veros. Ahora tengo que dejarte, mis niñas se mueren de hambre.

—Dales un besito de mi parte.

—Lo haré y tú dale otro a ese torbellino de Daniel.

Cuando colgó el teléfono, Alexia llamó a su familia y todos se rodearon alrededor de la mesa. Estaba loca de contenta de saber que su hermana estaba barajando la posibilidad de ir a verlos. Ojalá su tía Mónica, la madre de Alejandro, y Alfonso, su padrastro, se animaran también, aunque sabía que su abuela ya estaba más mayor para hacer ese viaje tan largo, pero por ver a su nieta, sabía que lo haría.

**Cuando Alejandro se bajó del coche, Paula ya le había tapado los ojos con su pañuelo.

—Es una sorpresa. ¡Estate quieto! —Sonrió ella.

—No puedo, cariño. No veo nada.

—En eso consiste la cosa. Aquí hay un escalón. —El chico subió y un silencio llenó la estancia.

—¿Paula?

—Ya estamos llegando no te desesperes. —La chica comenzó a andar por un largo pasillo, hasta llegar a una puerta. La abrió y ambos entraron.

—¿Puedo abrir los ojos ya?

—No, espérate un momento. —Paula se separó de él, pero al momento se acercó rápidamente.

—Ya puedes abrirlos. —El chico se quitó el pañuelo que le cubría los ojos y entonces vio una bonita habitación. Una luz tenue llenaba la estancia y una música comenzó a sonar por algún lado de aquel maravilloso lugar.

—Paula… —susurró él.

—No hables, no digas nada. Siempre me has dicho que nunca propiciarías una situación que pudiera hacerme sentir incómoda y ahora he sido yo la que te he traído aquí. Porque quiero estar contigo, porque me gustas mucho, porque te quiero. —El chico suspiró y la cogió por la cintura.

—Me has sorprendido mucho. Le mordió suavemente la oreja.

—Mira ahí, en ese rincón nos han preparado una mesa con una cena estupenda.

—¿En serio? —Sonrió él mientras se retiraba de ella para mirar al lugar dónde le había  indicado. En un rincón, había una íntima mesa, con varios platos—. Esto tiene muy buena pinta.

—Eso tiene buena pinta y la noche también —susurró ella mientras se acercaba para besarle.

—¿Tienes hambre? —preguntó él.

—Ahora mismo no, creo que podré esperar un poco. —Ella rozó su nariz con la de él.

—Paula, me vas a volver loco…

—Eso quiero —se sinceró ella.

—¿Por qué has hecho todo esto? —le preguntaba mientras la besaba.

—Te lo acabo de explicar. Me encantas y quiero estar contigo. Quería transmitirme que no me sentía incómoda. Alejandro, me temo que estoy muy enamorada de ti.

—Paula, Paula…

—Dime…

—No creía que volviera a decir esto en mi vida, pero yo también te quiero.

—¿Mucho o poco? —ronroneó ella.

—Más de lo que jamás me imaginé. Estoy enamoradísimo de ti.

—Me gusta escuchar eso. —Alejandro la acercó a la cama y la sentó en el borde.

—¿Hasta cuándo tenemos esta maravillosa habitación?

—Hasta mañana a las doce.

—Has hecho bien en traerme a Córdoba. Aquí estaremos más tranquilos…

—No quiero cenar, Alejandro. Quiero estar contigo… —le dijo ella mientras sus ojos se clavaban en los de él.

—Está bien, mi amor. No hay nada que desee más en la vida.

El chico la echó sobre el colchón mientras comenzaba a besarla suavemente. Los besos comenzaron a descender por el cuello de la chica, hasta llegar a su vientre. Aquella noche prometía y estaban dispuestos a disfrutarla al máximo.

**Clara seguía metida en casa. Se acababa de dar una ducha y lo que más le apetecía en ese momento era ponerse lo primero que pillara en el armario y salir de casa a tomarse una copa o a cenar. Pero ¿sola? Miró su agenda telefónica y no encontró a nadie a quien llamar. Corina y David estarían en casa con los niños. Andrea y Fernando estaría cuidando de Aurora y Paula estaría con Alejandro. ¡Era imposible, no tenía a nadie con quien salir! Así que se dio por vencida. Jamás en la vida pensó que llegaría a sentirse tan sola siendo tan joven. Se acercó a la cocina para prepararse algo para cenar y metió una pequeña pizza en el microondas. Lo cronometró para tres minutos y se dirigió al salón para recoger una taza en la que esa misma tarde se había tomado el café. Cuando volvió a la cocina, la metió en el fregadero y miró hacia la ventana. Le había parecido ver algo, pero quizás fuera fruto de su imaginación. Una farola iluminaba el ambiente, se acercó para echar hacia abajo la persiana y miró hacia el exterior. En ese momento sonó el teléfono. Le habían mandado un mensaje. Miró hacia la mesita, dónde tenía el móvil y volvió a mirar hacia la ventana. Un grito inundó la estancia. ¡¿Quién era aquella persona?! Un encapuchado la estaba observando. Clara no podía dejar de gritar, se había quedado bloqueada, no podía echar la persiana hacia abajo. No podía verle el rostro, solo la capucha negra.

—¿Quién eres? —gritó como una posesa. En ese momento el encapuchado se volvió y se llevó un dedo a la boca en señal de silencio. Clara atinó a echar la persiana y luego miró que todos los cerrojos de la casa estuvieran echados.

Con el pulso aún acelerado, cogió el teléfono fijo de su casa y marcó el número de Corina.

—¿Sí? —contestó David que acababa de salir de la ducha.

—¿David? —preguntó ella en un grito.

—¿Clara?

—¡Una persona encapuchada me ha estado mirando por la ventana de mi cocina!                —gritó la chica fuera de sí y muerta de miedo.

—Tranquila, no sabemos de quién se trata, pero creemos que no quiere hacer daño.

—¿Cómo sabes eso?

—Esta misma mañana lo vimos en comisaría, estaba en las inmediaciones, pero cuando salí ya no había nadie. Además, ha estado vigilándonos a Fernando y a mí. Nos ha mandado una nota, y ponía que no quería hacernos daño, simplemente quería vigilarnos porque tiene una información muy valiosa y está buscando el momento oportuno para confesarlo.

—Dios mío… —susurró ella.

—Sabe algo sobre el asesinato de tu madre, no me cabe la menor duda.

—¿Tenéis algo más? Yo necesito saber algo.

—Clara, esta investigación llegó un punto que la tuvimos que tornar secreta. Entiendo que seas familiar, la hija de la persona asesinada y te prometo que pronto sabrás algo. Solo te diré que hemos encontrado información valiosa y que estamos estudiándolo pacientemente para no dar ningún paso en falso.

—Yo no puedo vivir con esta incertidumbre.

—Tienes que hacerlo, mañana mismo vamos a hacer algo de vital importancia. Te prometo que pronto sabrás más cosas.

—Está bien, no te voy a presionar. En cuanto puedas me llamas. Intentaré estar tranquila, aunque lo dudo.

—Tienes que estarlo. Esa persona, quienquiera que sea, no puede olernos el miedo, sino sí que nos podría hacer daño.

—Lo sé… —se sinceró ella mientras se terminaba la pizza.

—Yo te llamo. Hasta pronto.

Cuando la conexión se cortó, Corina entró en la habitación y lo abrazó. Esa misma tarde había estado hablando sobre la persona encapuchada y ella se moría de miedo, pero estar junto a él hacía que disminuyera el temor que sentía.

—Ten mucho cuidado mañana.

—Lo tendré, no tienes que temer por nada —susurró mientras besaba la cabeza de su mujer.

 

 

 

 

**Al día siguiente, David y Fernando salieron muy temprano en dirección a casa de Emilio Ibáñez. David tenía  un mal presentimiento, allí no encontrarían nada.

—¿Por qué tan callado? —le preguntó Fernando mientras lo miraba de reojo.

—Sé que vamos a hacer este viaje para nada, esta mañana me he levantado con un mal presentimiento.

—Eso nunca lo sabremos si no vamos. Por cierto, ayer quedaste en contarme algo, y te juré que no te daría un minuto más. —David sonrió levemente.

—Creo que sé quién es Rebeca —dijo él de pronto.

—¿Rebeca?

—La hermana de Ana Lucía. Ella es la persona encapuchada.

—¡Por dios, David! ¿De dónde sacas eso? —El chico hizo un mal gesto con el volante.

—Cuidado —le advirtió David—. Ayer vi a la persona encapuchada en la puerta de comisaría cuando estábamos en mi despacho. Tú llamaste a Paula para advertirse sobre la seguridad de Aurora y entonces yo salí. Fernando, no he tardado más de unos segundos en llegar a la puerta y a la única persona que me encuentro es a Antonia. Que misteriosamente, trae una carta en su mano dirigida a nosotros.

—Pero…

—No, yo estoy seguro. Llevo unos días pensando en qué pasó con la hermana de Ana Lucía y juraría por dios que se trata de Antonia, ella es la persona que tiene información para darnos.

—Pero yo no creo que coincidan en edad.

—Eso ya está todo mirado. Antonia tiene cincuenta años. Ana Lucía, en el momento de su muerte, tenía cincuenta y ocho años. Por lo que su hermana Rebeca, ocho años menor que ella, tendría la misma edad de Antonia, cincuenta.

—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? Es una acusación muy grave para decirla sin pruebas.

—Yo solo te cuento lo que vi y lo que he intuido. No te contaría esto si no tuviera un mínimo de seguridad en mis palabras.

—Está bien, indagaremos más sobre eso.

—Antonia ha estado vigilándonos y a Clara también. Ella me llamó anoche, había visto a la persona encapuchada justo en la ventana de su cocina, observándola a través de ella.

—No me puedo imaginar a Antonia así, pero no dudo de tu trabajo, por lo que intentaremos investigar sobre eso.

—Ella es Rebeca, no me cabe la menor duda.

Llegaron a la dirección indicada después de varias horas de camino. Allí solo estaba el puerto cerca y una serie de cabañas.

—Es el número cinco —le informó Fernando mientras miraba unos papeles.  Los chicos bajaron una pequeña rampa de madera que llevaba hasta la arena de la playa, dónde comenzaban las cabañas.

—Esto está prácticamente desierto, seguramente no viva nadie aquí ya.

—¿Tú crees? —El chico llamó a la puerta de la cabaña indicada. Todo estaba lleno de mugre, olvidada por el tiempo. Estaba claro que allí no vivía nadie y que llevaba deshabitada muchísimos años.

—Aquí no nos va a abrir nadie —suspiró David. Entonces divisaron como dos cabañas más adelante el movimiento de una mujer tendiendo la ropa en el pequeño porche que tenían las cabañas en la parte delantera. David le hizo un gesto a Fernando y los dos se dirigieron hasta allí.

—Buenos días. —La mujer, ya mayor, los miró con sus grandes ojos azules. Asustada.

—¿Qué quieren de mí? —se limitó a preguntar.

—Solo queremos saber qué fue del hombre que vivía dos cabañas más allá. —David señaló hacia la misma.

—No sé de qué me están hablando.

—¿Conoce a Emilio Ibáñez?

—Oh, Emilio… —sollozó la mujer.

—¿Lo conoce?

—Lo conocía. —En ese momento los dos se llevaron los dedos a las sienes. Emilio ya no estaba para poder contar algo sobre la vida de “Linda”

—¿Podemos pasar para que nos cuente algo más?

—No, creo que aquí estamos bien. —La mujer le indicó dos sillas que había junto a una mecedora y los tres tomaron asiento en aquel estrecho porche.

—¿Cómo se llama usted? —le preguntó Fernando mientras apuntaba.

—Soy Manuela, aun así no quiero que mi nombre conste en ningún lugar.

—Está bien. —El chico soltó el bolígrafo.

—Ahora sí, cuéntenos que pasó con Emilio.

—Su barco naufragó hace muchos años y murieron —dijo la mujer mientras se tocaba su blanco y estropajoso pelo.

—¿Murieron?

—Sí, él y su hija.

—¿Su hija? —preguntaron extrañados.

—Ese hombre había sufrido mucho. La mujer con la que vivía lo dejó con una niña pequeña, aún era un bebé y se tuvo que preocupar por sacarla adelante solo. No contaba absolutamente con nadie. De vez en cuando nos dejaba a la niña con las vecinas, pero nosotras teníamos nuestros trabajos y quehaceres y no podíamos hacernos cargo de ella, por lo que normalmente, la niña salía a faenar con él diariamente.

—¿Qué edad tenía esa niña?

—Dos años más o menos. Cuando se dio el naufragio tenía sobre esa edad. Fue una gran conmoción para el pueblo, porque él era muy querido y su niña también. Era un ángel y los queríamos, pero ese día hubo una gran tormenta y en vista de que no volvían, salieron a buscarlos. Entonces encontraron el barco a la deriva y entendieron que la vida de aquel luchador y de su pequeña había finalizado.

—Vaya por dios…. —susurró Fernando.

—¿Quién era la madre de esa niña? —preguntó David.

—El tiempo que vivió aquí, a mi jamás me gustó y cuando me enteré que los había abandonado para irse lejos de aquí con otro hombre, me hirvió la sangre, por eso entre todos intentamos ayudar a aquel pobre hombre en todo lo que pudimos.

—¿Es esta mujer? —Le acercaron la foto de Ana Lucía.

—Sí, es ella. Jamás olvidaría esa mirada y mucho menos sus ojos. —La mujer retiró rápidamente la foto.

—¿Llegó a enterarse de lo ocurrido?

—Claro que sí, justo una semana después del naufragio, cuando el pueblo ya había pasado los tres días de luto oficial por la muerte de nuestros vecinos, ella vino a buscarlos, pero no sabía nada. Otro vecino, que en paz descanse, le contó toda la verdad, yo estaba mirando por la ventana de mi cabaña. Pareció no tomárselo nada bien, estuvo un rato tirada en el suelo llorando, pero se marchó.

—Ana Lucía perdió a una hija…

—Clara no tiene ni idea de esto, es algo impensable para ella.

—Me imagino, su madre llevó una doble vida. Dos relaciones al  mismo tiempo, con dos hijas casi de la misma edad.

—¿Y el aborto que ponía en los informes?

—Me imagino que sería después de tener a Clara. La hija que sale reflejada en los datos de su vida es Clara, y el aborto sería uno posterior. Su primera hija es como si nunca hubiera existido.

—Pobre niña, morir con apenas dos años de edad y habiéndola abandonado su madre.

—Es horrible —dijo David.

—¿Veis ese barco? —La mujer señaló un viejo barco anclado en la playa—. Ese es con el que Emilio y su hija naufragaron. Ya hace muchos años que nadie le lleva flores, pero hasta entonces, de vez en cuando alguien le llevaba algunas para que su presencia jamás se borrara de nuestros corazones.

—Eso es muy bonito.

—Fue algo muy fuerte para el pueblo, ya que Emilio era un hombre muy querido y trabajador. Cuando sus compañeros de faena sintieron su ausencia, se sintieron solos, vacíos…

—Lo entendemos.

—Yo creo que ya no puedo contaros nada más, eso es todo lo que sé.

—Está bien, le agradecemos mucho su confianza para contarnos una historia tan terrible.

Los hombres se despidieron de aquella anciana y se dirigieron hacia el barco. Estaba viejo y repleto de flores secas por los años.

—Esto era lo último que me esperaba —se sinceró David mientras miraba hacia el mar.

—Ahora tenemos nueva información. Clara tenía una hermana, una hermana mayor de la que siquiera sabe su existencia.

—No podemos callar esto por mucho tiempo más, la citaré en comisaría para que se entere de todo esto.

—Está bien, como tú veas.

Ambos se dirigieron al coche y pusieron rumbo al pueblo. Creían que llevarían más información y que habrían conocido a Emilio, pero aquel hombre estaba muerto desde hacía muchos años, al igual que su hija. Tendrían que comenzar a investigar por otros lados. Además, de pensar en el tema de Rebeca.

**Ya había entrado la tarde, hacía un ambiente cálido y todas sonreían. El parque estaba abarrotado de gente.

—Que buen día hace —dijo Andrea mientras colocaba bien la mantita de su niña. Paula estaba sentada a su lado, con una sonrisa perenne en la cara.

—Hace un día muy soleado y bueno, pero creo que para unas más que para otras.          —Clara aplaudió mientras miraba a Paula. No le había contado nada pero sabía por su expresión que algo había pasado con Alejandro.

—Queremos saberlo todo —gritó Corina mientras se sentaba a su lado en el banco. La chica se sonrojó.

—No pasó nada —mintió.

—Paula, ya eres de la familia, estás cosas me las tienes que contar y más sabiendo que yo te estoy ayudando mucho con mi primo. Os dejo intimidad… —comenzó a decir Alexia mientras miraba que las gemelas y los hijos de Corina jugaban alegremente en la zona habilitada para ello.

—¡Alexia! —Todas sonrieron.

—Paula, cuéntanoslo. —Se empeñó Clara. Andrea no perdía de vista a la que se había convertido en su amiga.

—Bueno, como sabéis ya llevamos varios meses juntos y él jamás me ha insinuado nada referente, ya sabéis, al sexo… —Paula se sonrojó y miró al suelo. Todas las demás la miraban con expectación.

—¡Ve al grano! —Andrea la miró nerviosa.

—Siempre me dijo que dejaría a que yo diera el primer paso y así fue. La otra noche, pillé un hotel en el centro de Córdoba, le preparé una cena muy especial y…

—¿Y? —gritaron todas al unísono.

—Pasó.

—¿Qué pasó?

—Hicimos el amor.

—Oh… —Todas volvieron a aplaudir.

—No sabes cómo me alegro. —Alexia la cogió de la mano y se la acarició.

—¿Una vez nada más? —preguntó Clara, que era la más descarada de todas en esos temas.

—Pues no, varias. —Todas se carcajearon.

—Vaya con mi primo, no conocía yo esa faceta de él. —Alexia volvió a mirar hacia donde los niños jugaban. Todo pasó de una manera rápida. Lo único que pudo ver fue a Corina correr hacia la salida del parque y cuando se percató de lo que pasaba, ella corrió detrás. Todas se pusieron en alerta. Alguien con una capucha negra corría con Carmen en brazos. Los gritos de Luis habían alertado a las mujeres.

—¡Suéltala! —gritaba Corina mientras corría detrás de aquella figura y veía como la cara de su hija pequeña se desfiguraba por el llanto.

—¡Vamos, entre las dos, lo alcanzaremos!

—¡Está muy lejos! —le gritó Corina a Alexia. Siguieron corriendo. La persona encapuchada miró hacia atrás y al verlas tan cerca, soltó a la niña en una esquina y corrió por una cuesta que lo llevaría hasta el campo de futbol del pueblo. Lo perdieron de vista rápidamente y no volvieron a verle más.

—¿Estás bien, reina? —le preguntó Corina a la niña mientras la cogía en brazos y lloraba a la par de ella.

—Oh, dios mío que susto… —suspiró Alexia. Detrás llegaron Clara y Paula.

—¿Pero qué ha pasado? —gritó la primera.

—¡Alguien ha intentado llevarse a mi niña!

—Estaba encapuchado —alegó Paula.

—Sí, no he pasado más miedo en mi vida. —Corina se levantó con su hija en brazos y se dirigieron al parque, donde Andrea vigilaba a los demás niños. Luis estaba llorando en los brazos de la misma.

—Ya está no llores que la hermanita está bien. —Lo tranquilizó su madre.

—Mami… —El niño se aferró al cuello de Corina.

—¿Tú has podido ver algo? —Le preguntó mientras le retiraba el flequillo de la cara.

—Mami… —Seguía llorando. Estaba bloqueado y pensó que sería mejor no presionarlo más. En ese momento llegó Daniela de la mano de Julia y se acercaron a Alexia.

—Mamá, nosotras si hemos visto a esa persona. —Todas centraron su atención en aquel par de niñas.

—¿Qué habéis visto? —preguntó Corina nerviosa.

—Solo hemos visto que es una mujer.

—¿Una mujer? ¿Cómo lo sabéis?

—Le hemos visto la cara y sabemos que era una mujer.

—¿Qué recordáis de ella? Tenéis que decir algo más. —Alexia se puso de rodilla delante de sus niñas.

—Yo recuerdo que tenía los labios de color, solo me he fijado en eso.

—¿Has visto si era mayor o joven?

—No, mamá. Solo hemos visto que tenía los labios rojos.

—Está bien, al menos sabemos que es una mujer —suspiró Corina.

—Creo que deberíamos irnos de aquí —apuntó Andrea con Aurora en brazos.

—Toda la gente se ha esfumado. —Clara miró a su alrededor, el parque se había quedado completamente vacío.

—¿Ni siquiera han preguntado qué ha pasado? —preguntó Paula.

—Ya conocerás la mecánica aquí, tranquila.

Todas se dirigieron a casa de Corina, dónde la dejaron con sus niñas y luego cada una se volvió a su casa. Cuando David llegó a casa, eran más de las nueve de la noche, llevaban horas en comisaría intentando de averiguar algo más, pero solo dieron con la declaración de fallecimiento de Emilio y su hija.

—David, tenemos que hablar —dijo Corina muy seria mientras se tomaba un vaso de vino sentada en el salón, con una luz tenue.

—¿Qué ha pasado? —Él se alertó del tono de voz de su mujer.

—No te asustes, pero hoy hemos vuelto a ver a la persona encapuchada. —David se puso completamente rígido—. Ha intentado llevarse a Carmen.

—¿Qué dices? —gritó.

—No grites, por fin he conseguido que se duerman. —Corina se levantó y lo abrazó.

—Dime que mi hija está bien.

—Sí, tranquilo. Está dormidita en su habitación.

—Cuéntame que ha pasado. —Ambos se sentaron en el sofá y Corina le contó todo con lujo de detalles.

—Creo que sé quién es.

—¿Cómo? —preguntó ella incrédula.

—Rebeca, la hermana de Ana Lucía.

—¿Ha aparecido? —Se incorporó de un salto en el sofá.

—No, pero tengo sospechas de saber quién es. —David le contó todo lo que ocurrió aquella mañana que vio a la persona encapuchada en comisaría y todo lo que pensaba sobre Antonia.

—¿Antonia? David, ¿tienes alguna clase de prueba?

—No, no la tengo. Fernando me dice lo mismo, pero estoy seguro.

—¡Por dios, esa mujer es como vuestra madre, en la vida os haría daño! —gritó ella.

—Tenemos que hacer algo para capturarla, pero ya no sé qué más pensar. ¡Estoy totalmente bloqueado! —El chico se llevó las manos al pelo.

—¿Qué ha pasado hoy en Cádiz? —David levantó la vista y le contó todo lo que Manuela, aquella anciana le había contado sobre la vida de Emilio y su niña.

—Y eso es todo…

—David, no me lo puedo creer…

—Pues créetelo. Ana Lucía tenía una doble vida. Una familia en Cádiz y otra aquí.

—¿Clara sabe algo?

—No sabe nada…

—No quiero ni imaginarme qué pasará cuando se entere. Su hermana mayor está muerta y ella ni siquiera sabe de su existencia.

—Yo no sé cómo afrontar todo esto. Está claro que alguien mató a Ana Lucía, pero ¿quién? Su familia anterior está muerta…

—Vamos a pensar, David. Yo te ayudaré a encontrar al asesino.

—Gracias, amor.

—Sé que todo esto está pudiendo contigo, por eso quiero ayudarte. Mañana mismo llamo a Clara a primera hora y vamos a buscar en casa de su madre.

—No quiero que le cuentes nada de lo que te he contado aún, yo mismo lo haré. Voy a llamarla para decirle que mañana debéis de buscar en casa de Ana Lucía alguna pista.

—Está bien, cariño.

El chico se levantó rápidamente y fue a ver a sus niños. Tras darle un beso marcó el número de Clara y estuvo un rato hablando con ella. No opuso resistencia en ir al día siguiente al buscar alguna pista. Quedó con Corina a las nueve. Era festivo y ésta no trabajaba. Todo parecía encajar.

**A la mañana siguiente, cuando el pueblo despertó, todo estaba empapelado con fotos de una persona encapuchada. Se buscaba a alguien con esas características, quizás alguien hubiera visto algo más. Corina llegó a casa con los folios en la mano. Ella solita se había encargado de echarle una mano a su marido.

—¿De dónde vienes? —preguntó David mientras entraba en el salón con Carmen en brazos.

—De echarte una mano.

—No me asustes, Corina. Tus manos me las conozco ya. —David dejó a la niña en el suelo y se acercó a ella.

—Me he levantado muy temprano y he impreso estos folios. Ya están esparcidos por todo el pueblo, si alguien sabe algo sobre esa persona, llamará.

—Corina… —En el fondo sabía que era buena idea, ¿por qué no se le había ocurrido a él?

—También he ido a Fuente Palmera y lo he puesto allí. La gente de las aldeas van allí y si saben algo nos lo harán saber —continuó ella.

—Gracias —susurró él mientras le besaba el cuello.

—No sé si he hecho bien o mal, pero quería ayudarte.

—Has hecho muy bien y me hubiera encantado que esa idea se me hubiera ocurrido a mí, pero estoy muy orgulloso de ti. Como siempre, me echarás una mano para llegar al fondo del asunto.

—Alguien llamará o se pondrá en contacto con nosotros, no te preocupes. —Ella rozó su nariz con la de él.

—Ahora tienes que irte, Clara te espera.

—Tienes razón, ya son casi las nueve. —La chica besó a sus hijos, cogió el bolso y se marchó.

Clara estaba esperándola en la esquina que habían quedado y se saludaron con dos besos.

—Menos mal que me dijo David que vendrías conmigo. En esa casa no entro yo sola ni muerta.

—Sabes que siempre hemos sido amigas y ahora menos que nunca iba a dejarte sola.

—Gracias, de verdad.

Cuando llegaron a la casa, Clara metió la llave en la cerradura y comenzó a respirar con dificultad.

—¿Estás bien? Si quieres nos vamos. —Corina le abrazó.

—No, estoy bien. Quiero saber de una puñetera vez que pasó. —Corina suspiró al pensar en todo lo que ella no sabía sobre el pasado de su madre.

—Entro aquí y miles de recuerdos me vienen a la mente —susurró la chica mientras soltaban los bolsos encima del sofá. Abrieron las ventanas y la casa comenzó a airearse. Llevaba meses cerrada, nadie había puesto un pie allí desde que ocurrió el asesinato.

—Es normal…

—Sé de una caja donde mi madre guardaba recuerdos. Jamás me ha dejado que mire que había en el interior, pero no sé dónde la escondía últimamente.

Comenzaron por todos los cajones habidos y por haber en los muebles de la casa, luego fueron al cuarto de Ana Lucía, allí tampoco había nada. Corina se acercó a la mesita de noche y cogió una foto que había en el centro.

—¿Es tu padre?

—Sí, él era mi padre —suspiró ella mientras se acercaba para contemplar mejor la foto.

—Era muy guapo.

—Sí, mucho. Siempre me han dicho que me parezco a él.

—Y tienen razón, te pareces mucho a él. —Corina acarició la cara de Clara, una lágrima comenzaba a rondar mejilla abajo.

—¡Mira, allí está la caja! —La chica cogió un taburete y se subió encima de él, hasta llegar a lo alto del armario. La bajó y se sentaron en la cama a observar los documentos.

—Clara, creo que deberías esperar a que viniera David, aquí hay muchas cosas y… —La chica comenzó a llorar de nuevo y asintió. No se sentía preparada para ver todo aquello en ese momento, tenía que tranquilizarse. Su madre había guardado aquella caja celosamente durante años y sabía que  iba a descubrir algo muy gordo.

Corina llamó a su marido, que inmediatamente dejó a los niños con la abuela María y se dirigió a la casa de Ana Lucía. Cuando la chica le abrió la puerta, con la mirada le informó de que habían encontrado algo.

—Clara… —le dijo cariñosamente David mientras se acercaba a ella, que seguía sentada en la cama.

—Sé que ahí hay algo y tengo miedo de enterarme de toda la verdad. Mi madre jamás me dejó mirar que había en el interior.

—Tienes que ser fuerte. —Ella asintió y se acercó a la caja. De allí sacó unos documentos. Corina la miraba con expectación. Lloraba y lloraba, pero no decía nada, aquello estaba poniendo muy nervioso a David y a su mujer.

—Clara, di algo.

—Era médico. ¡Eran médicos! —gritó con los diplomas de sus padres en las manos.

—Sí… —susurró Corina.

—¿Quiénes son? —preguntó la chica mientras extendía una foto en la que una Ana Lucía mucho más joven salía tendida en la playa con una gran barriga, al lado de un apuesto señor.

—Es Emilio Ibáñez. Él fue pareja de tu madre, antes que Marcos.

—¿Estaba embarazada? ¿Él era mi padre? —preguntó nerviosamente.

—No, tu padre era Marcos.

—¿Entonces? ¿Qué significa esa barriga? —gritó.

—Tu madre tuvo una hija con Emilio, tu hermana mayor.

—¿Tengo una hermana mayor? —Se tapó la boca para ahogar un grito de dolor.

—Siento decirte que tenías, ella murió. —Las lágrimas de la chica comenzaron a salir de una forma brutal.

—Tienes que tranquilizarte, esto no es nada bueno para ti ni para tu salud.

—¿Cómo me voy a tranquilizar? —David se sentó a su lado y quitándole de la mano la foto, volvió a relatar la historia contada por aquella anciana y la chica lloró y lloró hasta que se quedó sin lágrimas.

—Sabes que lo siento mucho, yo no quería que te enteraras así, pero esto está llegando a su final.

—¿Los abandonó? ¿Cómo pudo abandonarlos? —susurró ella mientras apretaba contra su pecho la foto de una niña pequeña, que no era ella, sino su hermana mayor.

—Se enamoró de tu padre y se vino a vivir con él aquí. ´

—Y los dejó a ellos allí…

—Un día fue a buscarlos y se enteró que habían fallecido hacía apenas una semana.            —Corina miraba a aquella chica y se moría de la pena, era tan frágil.

—No entiendo cómo mi madre pudo tener esto guardado tanto tiempo. Ahora entiendo muchas cosas. Cuando yo era pequeña me regaló una muñeca grande y gorda y todas las noches, después de que papá muriera, dormíamos juntas. Ella,  la muñeca y yo. Me decía que era como  mi hermana, que debería quererla como a una hermana. Ella nunca olvido a su hija.

—Lo extraño es que no cuenta como hija de tu madre. En la base de datos cuenta que tu madre tuvo una hija y un aborto.

—Esa niña soy yo y el aborto fue posterior a mí. Se enteró que estaba embarazada poco después de la muerte de mi padre y del disgusto que tenía o sabe dios qué, abortó.

—Es horrible…

—Tuvo que sufrir mucho, pero le estaba merecido por haber abandonado a su familia y a una niña pequeña. ¡Era su hija! ¡Mi hermana!

—Sí, pero piensa que si eso no hubiera ocurrido, jamás hubieras nacido.

—¡Lo hubiera preferido! Mi vida es una mierda. Yo antes era alguien, una gran abogada, luego me dediqué a lo que realmente me gustaba y me convertí en una escritora aclamada por todos, pero a alguien se le ocurrió plasmar en la realidad una historia de mi último libro y mi madre fue la persona perjudicada. ¡La mataron! Y ahí acabo todo para mí…

—No llores más… —Corina la abrazó.

—Corina, tenía otra vida. Todo fue una gran mentira, seguramente siempre le habré recordado a su primera hija.

—No, tú eres una persona excelente y ella te quería.

—Eso no lo podré llegar a saber nunca. Está muerta y jamás me lo podrá decir a la cara. —Sacó un pañuelo y se secó las lágrimas.

—Debes tranquilizarte. —En ese momento sonó el teléfono de David. La cara del chico se oscureció. Corina supo que algo malo había ocurrido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó nerviosa, aun abrazando a Clara.

—Ha ocurrido algo en el cementerio…

—¿En el cementerio? —gritó Clara al percatarse de que Hugo vivía allí.

—Sí, Hugo está muy mal. Alguien lo ha acuchillado. —El chico se tocó el pelo en señal de nerviosismo.

—¿Dónde está? —preguntó nerviosa.

—Se lo han llevado a Reina Sofía, a Córdoba. No creo que aguante hasta que lleguemos. Fernando me ha dicho que se estaba muriendo.

—¿Quién ha podido hacer algo así? —preguntó Corina.

—No lo sé, pero tengo que ir lo antes posible.

—Nosotras vamos contigo —dijeron casi a la vez.

—Está bien, pero rápido.

Clara volvió a mirar la caja y cogió una foto en la que su padre estaba al lado de Ana Lucía. Quería a Marcos Cabello igual que cuando era pequeña. ¡Todo sería tan distinto si él estuviera a su lado! Se metió la foto en el bolsillo de la chaqueta y cerraron la puerta con ansia, Hugo estaba muy enfermo y nadie sabía que le había sucedido.

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