ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 12.

31 DE DICIEMBRE. TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

            —Mi vida, hoy comenzamos un año nuevo —Le dijo Emilio a su pequeña. La niña lo miraba con sus grandes ojos mientras le tocaba la cara. No hablaba mucho, quizás porque sentía lo mal que estaba su padre y el trabajo que le estaba costando el criarla él solo.

Emilio se levantó y miró el reloj. Eran las diez de la noche, pronto empezarían otra etapa de sus vidas. Cogió la comida de su hija y se sentó a su lado, metiéndole la primera cucharada en la boca.

            —Ya ha pasado más de un año y medio desde que mamá se marchó. —La niña hizo un puchero, parecía saber de lo que le estaba hablando—, pero no te preocupes, porque papá siempre va a estar contigo, aunque no sea físicamente, pero de corazón tú y yo siempre estaremos juntos, reina.

            —Pa-papá. —dijo ella sonriendo.

            —Me encanta cuando me llamas así, pero más me gustaría poder tener una conversación contigo, aunque entiendo que solo tengas dos añitos. —Emilio miró a su hija fijamente a los ojos—. Papá está pensando algo, una cosa que tiene que hacer quiera o no, y quizás nos tengamos que separar, mi amor. Yo no quiero y te juro por lo más sagrado que aunque nos separemos, algún día te buscaré. Te buscaré y volveremos a ser lo que somos ahora, porque recuerda que jamás en la vida voy a dejar de quererte y de sentir esto tan grande que siento por ti. —Le besó la cabeza a su niña que lo miraba con fascinación.

            —¿Por qué? —preguntó la pequeña de repente con su media lengua.

            —Porque va a ser lo mejor para los dos, cariño. Yo seguiré haciéndome cargo de ti, aunque sea de otra forma de cómo lo estoy haciendo ahora, pero jamás en la vida te olvidaré y como te he dicho, te buscaré hasta que nuestra vida vuelva a ser la que es ahora. Estés donde estés.

Sonrió, pero no pensó que la vida daba muchas vueltas y que quizás se tropezara con algo más en el camino.

Cuando Corina y David entraron en el nuevo mesón, vieron que estaba lleno de gente, era la novedad y estaba abarrotado.

—¿Queda alguna mesa, Javier? —preguntó al camarero, a quién conocía de toda la vida.

—Sí, allí tengo una al fondo. —El chico los acompañó y cuando se sentaron él se marchó.

—Este sitio es genial, van a tener mucha aceptación. —En ese momento a David le cambió la cara. Corina se dio cuenta y miró hacia donde miraba su marido. En una mesa no lejana a ellos estaban sentados Carlos y Marta.

—Vaya por dios, que casualidad. —La chica suspiró y se miró los dedos de la mano con nerviosismo.

—Tranquila, nadie nos va a echar a perder la noche. No se va a acercar y si lo hace ya me encargaré yo de que se vaya de aquí.

—¿Estás seguro?

—Sí, no quiero que te pongas nerviosa. —David desvió la mirada y su mirada se cruzó con la de Marta que sonrió con coquetería. A aquella mujer no le quedaban las cosas claras.

—No, ya sabes que más templanza que yo no tiene nadie.

—Esta noche hemos venido a disfrutar de una buena cena y a hablar de lo que te propuse, ¿lo recuerdas? —Le tocó la mano cariñosamente y ella sonrió.

—Sí, y no tengo nada que objetar, solo lo que te dije este mediodía. Quiero que Carmen esté un poco más mayor cuando comencemos con la adopción.

—Vale, no hay problema. Esperaremos, se hará como tú quieras. —Ella volvió a sonreír. El camarero les trajo la comida y cenaron tranquilamente, entre risas y complicidad. Olvidaron por completo que aquella mujer estaba allí, muy cerca de ellos.

—Es tarde, no podemos tardar mucho en marcharnos. Mi madre se querrá acostar.

—Sí, en cuanto termines nos vamos. Ha sido una cena cortita, pero lo hemos pasado bien, ¿verdad?

—Claro que sí, cariño. Ahora tengo que ir al baño un momento.

—Está bien, yo voy a ir pagando la cuenta.

La chica se levantó y se dirigió al baño sin ni siquiera mirar a Marta, que desde su mesa la seguía con la mirada. Cuando se percató de que David fue a pagar a la barra, se excusó con su marido y se dirigió al baño. Al entrar, vio a Corina lavándose las manos.

—Hombre, pero mira a quién tenemos aquí. A la persona que va metiendo la cabeza de quién se le pone por delante en los charcos de barro. —Corina sonrió y la miró a través del espejo.

—Cállate —se limitó a decir ella. Aquello no le gustó a Marta, ella quería picarla y que comenzara a gritar para llamar la atención de todos y así provocar una discusión entre su marido y la chica.

—Hija, te podías haber arreglado un poquito más —comentó la mujer mientras se encendía un cigarro, echada sobre la pared. Corina se miró, ella estaba bien, llevaba una bonita falda negra con una camisa color vino, algo recatada pero en condiciones.

—Todas no podemos lucir ese vestidito negro que tú llevas. A mí no me gusta exhibirme de esa manera. —Corina tiró el trozo de papel con qué se había secado las manos y se quedó mirándola.

—¿Crees que con este vestido podré llevar a tu marido a la cama?

—¿Te digo la verdad?

—Sí.

—Lo dudo, David no es así —dijo ella con tranquilidad.

—Tu marido besa muy bien. —Corina empezó a quedarse sin paciencia y cruzó los brazos.

—Sé que le has robado un beso, mi marido me lo cuenta todo. —Marta se sorprendió ante aquello, creía que David no le había contado nada. Creía que aquel sería el detonante de su separación.

—¿Robado? —preguntó melosa.

—Pues sí, robado.

—¿Estás segura? —La mujer le pegó una calada a su cigarro.

—Confío en mi marido completamente, jamás me ha dado motivos para desconfiar de él. Siempre tiene que haber cosas en una pareja, pero créeme que esto para mí no es nada, porque sé que fuiste tú quien propiciaste aquel beso y que en cuanto pudo, David te retiró de él.

—Tranquila, me recreé todo lo que pude. Por lo que pude ver, besa bastante bien.

—No sigas por ahí. —Corina se acercó un poco más a ella.

—Sigo por dónde quiero y no me importa decirte que me muero por tener a ese hombretón metido en mi cama. ¡No sabes la suerte que tienes de tener un marido así de guapo y con esos músculos!

—Estás colmando mi paciencia, Marta. Será mejor que te calles —le aconsejó Corina mientras se acercaba a la puerta.

—¡Tú no te vas de aquí! —Marta la cogió de mala manera por el brazo y ella se deshizo rápidamente.

—¡Suéltame, maldita bestia! —gritó Corina.

—Tú también me gustas. Los tres podríamos hacer muchas cosas juntos. —La voz de Marta era tentadora.

—Yo jamás en la vida compartiría a mi marido con nadie y menos contigo, zorra. —La última palabra la deslizó las de la cuenta, se recreó mientras la decía.

—Este vestido —dijo señalándose aquel minúsculo vestido negro—, podría hacer que tu marido cayera en mis redes.

—¿Estás segura de eso? —preguntó Corina con una extraña sonrisa.

—Por supuesto que sí —afirmó la chica con el mentón levantado para aparentar fortaleza.

—Entonces lo más sensato es que ese vestido esté fuera. —Corina se acercó cariñosamente a la mujer.

—¿Ves? Es muy fácil cariño. Así lo estás haciendo genial. —La chica se acercó Marta y prácticamente puso sus labios sobre los de ella.

—Déjame que te quite este vestido.

—¿Tú no me has dicho que jamás compartirías a tu marido conmigo? —preguntó la mujer jadeando.

—Sí, porque te quiero para mí solita —le susurró Corina al oído. Aquello hizo que a Marta se le pusieran los vellos de punta. La chica subió aquel minúsculo vestido negro por encima de la cabeza de Marta y miró su cuerpo—. Vaya, no estás nada mal.

—Así me gusta.

—Ahora quiero ver que escondes debajo de este sujetador tan bonito que llevas.                  —Corina, con el vestido en la mano, se acercó a ella y desabrochó el sujetador. Los pechos de la mujer quedaron al aire y la chica volvió a sonreír peligrosamente—. Cierra los ojos, amor.

—Lo haré. —Marta cerró los ojos a la espera de algo más por parte de Corina y entonces escuchó una carcajada  y abrió los ojos. La chica estaba al lado de la puerta con el vestido, el sujetador y unas toallas en la mano.

—Eh, ¿adónde vas? —preguntó Marta nerviosa mientras intentaba taparse un poco con sus manos.

—Esto es por el  mal rato que le hiciste pasar a mi marido, luego a mí y por todo lo que me has dicho ahora. Jamás me acostaría contigo, eres una ingenua. Ahora me marcho. Por cierto, no busques ninguna toalla con la que taparte porque me las he llevado todas. —Cerró la puerta y se marchó.

—¡Esta me las vas a pagar!

Cuando Corina salió, David estaba algo desesperado esperándola en la puerta del local.

—¿Te ha dado un apretón? —le preguntó él en tono jocoso.

—Algo parecido. —Sonrió mientras entraban en el coche y le enseñaba todo lo que llevaba en la mano. Las toallas se las había dejado al camarero a la entrada.

—¿Qué has hecho, Corina? —pe preguntó él cuando vio el vestido negro de Marta en sus manos.

—Me lo debía. —Entonces le contó lo que había hecho y ambos se carcajearon.

—¡Eres tremenda! Cómo nos metamos en un lio vas a responder tú.

—Qué va, primero tendrá que probarlo.

—¿Qué vas a hacer con esa ropa?

—¿No es ese el coche de Carlos? Voy a dejársela en el capó. —Corina se bajó y dejó la ropa allí. No pudo dejar de sonreír cuando escuchó los gritos de la chica dentro del local. Hubiera pagado por haber visto que estaba pasando allí.

—¡Estás loca! —le gritó David cuando entró.

—Sí, estoy loca por ti. Y cuando me tocan una de las cosas que más me duelen, me las pagan.

DOS MESES DESPUÉS

—Antonia, dime que por fin has encontrado algo sobre Emilio Ibáñez —pidió David a la secretaria cuando pasó por su despacho.

—David, sabes que estamos hasta arriba de trabajo, no puedo con todo.

—¡Pero si ya han pasado dos meses desde que te lo pedí! —Se desesperó él, aunque intentó mantener la compostura, quería muchísimo a aquella mujer y era cierto que en aquel tramo de tiempo que había pasado, una serie de acontecimientos y robos habían hecho que el cuartel fuera algo fuera de control.

—Lo siento, me pondré en cuanto tenga un rato, pero de hoy no pasará —dijo la mujer con pena.

—Antonia, lo siento. No me tengas nada en cuenta, ya sabes que no puedo estar sin tener información, pero yo te entiendo y sé que eres una persona competente. —La mujer sonrió.

—Yo sabía que no me estabas gritando en serio. Ahora mismo me pongo, que le den a todo esto. —Antonia apartó un montón de papeles y comenzó a teclear en el ordenador.

—En cuanto tengas algo, llévamelo a mi despacho.

—No lo dudes ni un momento.

David se marchó a su despacho, donde Fernando lo esperaba ansioso.

—Tengo que hablar contigo.

—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó él mientras resoplaba.

—Yo no sé si a ti te ha pasado, pero yo he visto en mi casa más de una vez merodeando una persona encapuchada. —La mente de David comenzó a ir a mil por hora.

—¿Cómo dices? —preguntó mientras se inclinaba del asiento.

—Llevo varios días que cada vez que saco la basura veo  a una persona encapuchada cerca de mi casa y te juro por lo más sagrado que sé que me está vigilando a mí. —Fernando suspiró.

—Yo también lo he visto —dijo el chico pensativo—. Hace unos días, fui a llevar a mi sobrino Darío a su casa, ya estaba entrada la noche y cuando volví una persona encapuchada se adentró en mi calle. Pero como ahora estamos en época de carnavales, lo último que me pensé era que me estuviera vigilando.

—Sí y creo que deberíamos hacer algo.

—¿Pero porque nos iba a vigilar a nosotros?

—David, somos los que estamos llevando el tema del asesinato de Ana Lucía, seguramente nos estén acechando para quién sabe qué.

—Yo no tengo miedo, pero si me asusta lo que pueda pasarle a mi familia.

—Oh, dios mío. ¡No había pensado en Aurora y Andrea! Con todo este lío… Ahora mismo voy a llamar a Paula para que tenga más ojos de los que ya tiene con mi hija. —El chico marcó el número de teléfono y se dio la vuelta. En ese instante, David miró por la ventana y entonces el pulsó comenzó a acelerársele. ¿Quién era esa persona? ¿Qué estaba haciendo allí? El encapuchado se encontraba allí mismo, en la puerta de comisaría. Cuando David salió corriendo, él también lo hizo. Le había visto como lo observaba a través de la ventana. Por nada del mundo se dejaría ver.

Cuando el chico llegó a la puerta, allí no había nadie. Solo se escuchaba el sonido de los pájaros a primera hora de la mañana. Antonia apareció de la nada, venía de recoger las cartas del buzón.

—Antonia, ¿de dónde vienes? —preguntó él algo receloso.

—De recoger las cartas, como todas las mañanas. ¿De dónde voy a venir?

—¿Hay algo nuevo?

—Una carta dirigida para ti y para Fernando. Pero no tiene remitente. —La mujer se la extendió.

—No te preocupes. Gracias.

—David, estoy imprimiendo lo que me has pedido, no hay mucho, pero algo os servirá.

—Está bien, gracias.

El chico entró de nuevo en su despacho, algo descolocado.

—¿Adónde has ido? —le preguntó Fernando mientras se sentaba cómodamente en la butaca de su compañero.

—Estaba mirando por la ventana y vi al encapuchado. —Al chico se le abrieron los ojos como platos.

—¿Y me lo dices así? —gritó Fernando.

—Cuando he salido a ver quién era solo me he encontrado con Antonia en la puerta                —prosiguió él.

—¿Y?

—Me ha dado esta carta, por lo visto es para ti y para mí, aunque no tiene remitente.

—¿La has leído? —le preguntó mientras la cogía en sus manos.

—No, no la he llegado a abrir aún.

El chico la abrió y unas palabras inundaban aquel trozo de papel. “Os observo diariamente, pero no me temáis, no quiero haceros daño. Simplemente sé cosas que os servirán para aclarar la investigación que tenéis en manos. El día que crea oportuno y que me decida, os haré llegar una información bastante valiosa, aún no sé cómo lo haré, pero os enteraréis”

—¿Qué mierda es esto? —preguntó Fernando mientras tiraba la carta encima de la mesa.

—Lo que ves, al menos sabemos que no nos quiere hacer daño, solo nos observa             —suspiró David de una manera un tanto extraña.

—Dime que estás pensando ahora mismo —le exigió mientras se acercaba a él.

—Aún estoy recabando cosas en mi mente, tengo que pensarlas mejor. Te prometo que mañana mismo tendrás más información acerca de lo que estoy pensando.

—No te daré ni un minuto más.

En ese mismo instante entró Antonia con unos papeles en la mano.

—¿Has encontrado algo interesante? —preguntó David sin mirarla.

—Sí, alguna que otra cosa, pero no hay mucha información válida, al menos para llevar a cabo una investigación por asesinato —se sinceró la mujer.

—Gracias, Antonia. —Rápidamente salió del despacho.

Le echó un vistazo y luego le pasó el informe a su compañero, que lo miró con lentitud, impregnándose de cada una de las letras que componían aquel papel.

—¿Tenemos algo? —preguntó Fernando.

—Nada, solo una dirección.

—Tendremos que ir entonces. Mañana mismo saldremos de aquí a primera hora. ¿Entendido?

—Sí, claro. Mañana mismo iremos a casa de Emilio Ibáñez.

—¿Crees que encontraremos algo que nos sea de utilidad?

—Al menos tenemos que intentarlo. Información sobre Ana Lucía nos tiene que dar, porque tuvieron una relación de algún tiempo y tenía que  conocerla, así que no creo que nos volvamos de manos vacías.

—¿Crees que deberíamos haberle contado todo esto a Clara?

—Esto es información secreta, parte de una investigación por asesinato y creo que nadie debe saberla a parte de nosotros que somos los que estamos trabajando en el caso        —recalcó David bastante serio.

—A ti te ocurre algo y no quieres decírmelo, es así de sencillo —le dijo Fernando mientras se levantaba de la silla.

—Pues sí, me pasa algo, pero ya te he dicho que mañana sabrás todo lo que tengas que saber.

—Vale, vale. —El chico levantó las manos en señal de rendición—. No preguntaré más.

—Ahora tengo que irme, mi mujer y mis hijos me están esperando en casa.

—¿No te da miedo el encapuchado?  —preguntó Fernando mientras se ponía la chaqueta.

—Para nada, ojala me lo encuentre de cara para saber finalmente de quién se trata.

—Estás muy raro, David —susurró Fernando mientras salían de aquel despacho.

**Antonio y Jade se encontraban en la sala de espera. En breve les tocaría su turno. La chica había seguido con los continuos malestares, los mareos y todo lo que ello conllevaba. Un día, Antonio había decidido que no se lo pensarían más e irían al médico que le hicieran unas pruebas, su hijo tenía que venir bien al mundo y no podía ocurrir lo contrario, al menos sin que hubieran luchado por saber qué ocurría allí.

—Tengo miedo —susurró una consumida Jade. Su barriga era abultada, ya estaba de 6 meses y las ojeras le pillaban gran parte de la cara. Había perdido mucho peso y todo se lo achacaban al embarazo, pero ya comenzaban a dudar que ese fuera realmente el motivo.

—Tranquilo, seguramente te hará falta hierro. Alexia es una gran doctora y encontrará una solución. —En ese momento salió la paciente que estaba dentro y ellos se adentraron en la consulta.

—Buenos días —les saludó Alexia algo seria y preocupada.

—Buenos días, doctora. Venimos a por los resultados practicados a mi mujer hace unos días. —Antonio habló por la chica mientras la ayudaba a sentarse.

—No tengo buenas noticias —dijo Alexia. Los dos la miraron rápidamente.

—¿Qué le pasa a mi hijo? —preguntó Jade mientras apretaba con fuerza la mano de Antonio.

—Tu hijo está perfectamente, no te preocupes por él. Pero sí tenemos que preocuparnos por tu estado de salud.

—¿Tiene anemia? —preguntó Antonio rezando porque tan solo fuera eso.

—Ojala fuera eso. Es muy difícil en mi posición dar este tipo de noticias, pero…

—¡Hable de una maldita vez, doctora! —gritó Antonio mientras Jade comenzaba a llorar, temiéndose lo peor.

—Jade, estás enferma. Tienes cáncer de mama y contra eso, en tu estado no podemos hacer nada.

—¿Cómo? —preguntó ella apenas sin voz.

—¡Eso no puede ser cierto, ha tenido que haber un error! —escupió Antonio mientras se levantaba de la silla.

—Siento mucho comunicarles esta noticia, pero es la realidad. Jade está muy enferma y no podemos ponerle ningún tipo de medicación en su estado.

—Oh, dios mío… —se lamentó ella.

—¡Yo me niego a creer una cosa así! —vociferó el hombre.

—Lo siento, de verdad que lo siento, pero no podemos hacer nada, al menos hasta que vuestro hijo nazca. —Alexia se levantó y abrazó a la chica.

—Alexia… —Jade lloraba en su hombro.

—Tranquila, seguro que cuando tengas a tu bebé, podemos ponerte una buena medicación y te recuperarás. —La chica la mecía en sus brazos, a sabiendas de que poco podrían hacer por ella. La madre de Alexia, Julia, había estado en la misma tesitura de Jade, cuando se quedó embarazada de ella, le diagnosticaron un cáncer de mama. El mismo día que Alexia nació, Julia murió. No pudo aguantar el parto.

—Ojala sea cierto —susurró Antonio mientras que se desmoronaba en una esquina de la consulta. El hombre cayó lentamente al suelo, con la espalda pegada a la pared mientras lloraba desconsoladamente. Alexia se levantó y ayudó a Antonio a incorporarse, tenía que mantener la compostura, al menos delante de Jade.

—Tienes que ser fuerte —le aconsejó mientras le ayudaba a sentarse en la camilla—. Al menos por ella. Jade es la persona que está enferma y encima embarazada, tú eres quién tienes que ser fuerte en esta relación. Tú eres quién tienes que subirla a ella. —Los ojos de la chica comenzaron a llenársele de lágrimas.

—¿Cómo voy a hacer eso? Amo a esa mujer más que a nada en el mundo. Es la madre de mi segundo hijo y la adoro, ¿cómo crees que puedo afrontar la idea de perderla?

—Siendo fuerte y mirando hacia el futuro. Cuando el bebé nazca nos pondremos manos a la obra para que tu mujer se cure. —El hombre pareció dejar de llorar. Jade, al otro extremo de la consulta seguía llorando.

—No sé si tendré fuerzas.

—No estáis en condiciones de salir solos de aquí. Ahora mismo llamaré a David y le contaré todo lo que ha pasado en estas cuatro paredes.

—¿A mi hijo? —preguntó él mientras se limpiaba las lágrimas.

—Sí, para eso está la familia. No podéis estar solo ahora mismo, por lo que tu hijo y tu nuera estarán con vosotros.

—Sí, será mejor que los llames. —Antonio se recostó sobre la camilla y cerró los ojos. Jade lo miraba desde su asiento y sentía cómo le dolía el corazón. ¿Y si se moría sin conocer a su bebé? Tenía que ser fuerte y luchar por él y por Antonio. Tras haber pensado esto, se secó las lágrimas y se prometió no llorar nunca más, sería fuerte y sacaría a su familia hacia delante, aunque eso le costara la vida.

—Acabo de hablar con él y vienen hacia aquí. No tardarán.

—¿Les has contado lo que ocurre? —preguntó Jade.

—No, solo le he dicho que venga a recogeros porque no estáis bien.

—Alexia, voy a luchar por mi bebé y por él —dijo la chica  mientras señalaba a aquel hombre que recostado en la camilla lloraba con un niño pequeño.

—Haces bien, Jade.

—Sé que esto es mortal, está avanzado y aún me quedan tres meses de embarazo…          —Alexia le tocó la cara en señal de apoyo, darle ánimos, sería como nadar contracorriente. Aquella enfermedad estaba muy avanzada y tres meses más sin medicación podía ser letal.

**Alejandro esperaba ansioso a Paula en la puerta de su casa. Llevaban dos meses juntos y estaba completamente hechizado por aquella muchacha. Cada día que pasaba necesitaba más estás cerca de ella, hacer cosas los dos como una pareja consolidada y lo más importante: Había olvidado complemente a Noah. Era algo que lo llevaba atormentado años, pero ahora todo había pasado y el único motivo por el que se levantaba cada mañana era ella, Paula.

A los pocos minutos la chica salió y lo abrazó con ímpetu. Ya no sabría cómo estar sin él, llevaban tantos días juntos la mayoría de las horas que cuando no estaba con él era como si le faltara algo. Ambos se abrazaron y se montaron en el coche del chico.

—Qué bonita pareja hacen —suspiró Isabela mientras terminaba de colocar la vajilla.

—Sí, yo creía que ese chico no iría en serio con ella, pero creo que me estaba equivocando —le respondió Alberto mientras bebía de su café.

—La quiero tanto… —susurró ella.

—Yo también, lleva en casa poco tiempo pero es verdad que nos hemos acostumbrado a ella rápidamente.

—Espero que no se vaya en mucho tiempo.

—Pues creo que será todo lo contrario. Mírala lo feliz que está con ese chico, en cualquier momento nos dan la sorpresa y se casan.

—Ojalá, así tendremos dos nietos. Aurora y el hijo de estos dos.

—Aurora es un ángel, no puede ser más linda. —Sonrió el hombre al recordar a aquella muñeca que tenían locos a toda la familia.

—Por cierto, ¿se sabe algo de la familia de Alejandro? —preguntó la mujer mientras se sentaba al lado de su marido con una taza de café en la mano.

—Hablé con Paula sobre eso y me dijo que aquí en el pueblo vivía con su prima Alexia, que es la médico que hay ahora en el centro de salud, su marido y unas niñas que tienen. Su madre y su abuela viven en Madrid.

—No sabía nada. Quizás algún día vengan a verlo y podamos conocer a la familia de ese chaval.

—A mí me gustaría, la verdad.

—Pues no se hable más; cuando vengan, los invitaremos a comer en casa.

—Buena idea, Isabela.

El hombre se acercó a su mujer y la besó con amor, cada día que pasaba la quería  más y no podía imaginarse una vida sin ella.

**Hugo estaba limpiando unos nichos que se habían ensuciado por el mal tiempo, cuando escuchó una voz a su espalda.

—Tengo que hablar contigo. —El hombre se giró y la vio.

—¿Qué haces aquí? Alguien podría verte y sé de antemano que tú no quieres que te relacionen conmigo. —La cogió del brazo y la metió en su pequeña casita.

—Vaya, aquí vives —dijo mientras pasaba un dedo por encima de la mesa para ver el polvo que habría acumulado.

—Sí, aquí vivo. ¿Qué quieres?

—Oh, Hugo, tranquilízate, no me mires así —le dijo ella mientras se tiraba en el sofá con gesto cómico.

—Me estás colmando la paciencia.

—Solo vengo a decirte, que pronto todo se sabrá.

—¡Tú eres tonta! Soy tu familia, prácticamente la única familia que tienes y me vas a terminar de arruinar la vida.

—No me insultes, maldito cabrón. Si quieres te vuelvo a recordar a mi querido Israel.

—No, mejor no le nombres.

—Él ya no está, pero para eso estoy yo, para revivirlo en la vida diaria, para hacerle justicia.

—Bueno, entonces lo que no entiendo es porque amenazas tanto, lo que tienes que hacer es ir y decir ya todo lo que sabes.

—Todavía no es el momento, mi querido Hugo.

—No te entiendo, te juro que no te entiendo —dijo él algo exasperado.

—Pues entiéndeme —le exigió ella mientras se levantaba del sillón—, porque por lo único que realmente vivo es por hacerle justicia a Israel y no sabes cómo me duele verte diariamente, maldito imbécil. ¡Yo lo quería, joder! Él era mi vida…

—No llores. —Hugo intentó acercarse a ella.

—¡No te me acerques! —le gritó mientras le pegaba un manotazo para deshacerse de él.

—Yo solo quería…

—Tú no quieres a nada ni a nadie —sentenció ella.

—Sí que quiero a alguien, más que a mi vida.

—Lo sé, imbécil. Lo sé…

La mujer recogió sus cosas y se marchó. Algún día Hugo pagaría por lo que había hecho en pasado. No era oro todo lo que relucía en aquella historia y ella misma se encargaría de desenmascararlo todo, aunque en el fondo le doliera.

**Al llegar a casa de Antonio, un dolor imposible de descifrar se incrustó en su alma. Nada más entrar, miró al sofá donde su mujer llevaba meses tendida con un gran malestar. Ahora sabían el motivo de todo aquello. Algo le decía que tenía que seguir adelante, aunque sabía que Jade no lo haría. Ella se mostraba fuerte, no había soltado ni una sola lágrima desde que Corina y David habían ido a recogerlos al médico, al contrario se había mostrado como era ella antes de comenzar a sentirse tan mal. Se notaba que quería sacar a la que ahora era su familia a flote.

—Debes de estar tranquila —le aconsejó Corina mientras le acariciaba su mano. La chica se había llevado una gran impresión al enterarse de aquella desafortunada noticia y temían por la vida de Jade y la del bebé.

—Lo estaré, no te preocupes. Además, yo me encargaré de Antonio. —Sabía que sus días estaban contados, aquel malestar que sentía en el cuerpo era algo nuevo para ella y sin ningún tipo de medicación todo se complicaba mucho más.

—Jade, vendremos a veros más a menudo, pero no lo pierdas de vista. Lo he acompañado a su cuarto. Al parecer el tranquilizante que le ha puesto Alexia le ha hecho efecto —susurró David mientras ayudaba a la chica a sentarse en el sofá. Antonio estaba realmente mal y no sabía si podría asimilar algún día aquella fatídica noticia.

—No te preocupes, tu padre estará bien

—Si hay algo más que podamos hacer, solo tienes que decírnoslo —le dijo Corina mientras se ponía su bonito pañuelo de seda atado al cuello.

—Por ahora nada. Yo me encargaré de cuidar a mi bebé y a Antonio. En esta casa nadie se va a hundir, todos saldremos a flote. —En ese momento David se percató de los ojos vidriosos de la chica y la abrazó.

—Gracias. Mi padre está muy enamorado de ti y sé que se encuentra en ese estado porque no puede imaginarse una vida solo y con un bebé.

—Aún quedan algunos meses para que nazca.

—¿Cuándo tienes la cita para el ginecólogo? Aún no sabéis si es niño o niña.

—No sé si quiero saberlo. Este ángel que va a venir al mundo va a ser igual de querido siendo varón o hembra. —La mujer se tocó la barriga cariñosamente mientras se limpiaba una lágrima que recorría su mejilla.

—Por supuesto que sí. Todos estamos deseando su llegada. —Corina la abrazó y David, finalmente, se sumó al  mismo.

—Os estoy muy agradecida de que nos deis tantos ánimos, en realidad, los necesitamos.

—Para eso está la familia. Tenéis mi número y el de Corina, podéis llamar cuando queráis, en el momento que os surja cualquier imprevisto. Nosotros no tardaremos en venir a ayudaros.

—Si mañana necesitáis algo, llamarme a mí. David estará todo el día fuera, tiene que ir a Cádiz por motivos de trabajo.

—Está bien, ahora debéis descansar. Gracias de nuevo por todo lo que estáis haciendo por nosotros.

—¿Quieres que os prepare algo de cena antes de irme? —preguntó David.

—No, gracias. No creo que en esta casa haya nadie con ánimos de comer.

—Jade, estás embarazada. Piensa en tu bebé —le recriminó cariñosamente Corina mientras se acercaban a la puerta.

—Comeré algo, no lo dudéis.

Los despidió con una gran sonrisa en sus labios mientras se alejaban con el coche. Luego entró en casa y cerró la puerta. Sigilosamente se dirigió a su cuarto y encontró a Antonio que dormía como un angelito metido en la cama. Entonces fue cuando se marchó al salón y se tendió en el sofá. Lloró y lloró hasta que ya no tenía ni una lágrima que derramar. ¿Cómo podía haberle ocurrido aquello a ella? Toda la vida luchando por tener una vida mejor. Toda la vida siendo la criada de otros. La intentaron asesinar. La tiraron a una cuneta. Y cuando la vida parece sonreírle tras encontrar a un buen hombre y quedarse embarazada, ahora le ocurre aquella grande tragedia.

Por la mirada de Alexia, sabía que no le quedaba mucho de vida. Quizás ni conociera a su bebé. Cerró los ojos al pensar en aquello, ¿Cómo podía la vida ser tan injusta con ella? Decidió que sentiría a su pequeño dentro el tiempo que le quedara, exprimiría al máximo aquel momento, por si acaso jamás podía llegar a verle la carita. Se acarició suavemente su abultada barriga y sonrió. Le acababa de dar una patada y ella calificó aquel gesto como un empujoncito de ánimo.

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