ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 11.

**El domingo por la mañana, Clara se levantó temprano; quería ir al cementerio a visitar sus padres. Al llegar, se encaminó hacia la tumba de su madre. Hacía tan poco tiempo que la había enterrado… Se acercó y acarició la foto de Ana Lucía.

—¿Quién te habrá hecho esto? Te juro que lo encontraremos y cuando sepamos quien es, lo lamentará toda su vida —susurró. Cuando estuvo unos minutos allí, se dirigió a una tumba más antigua, la de su padre. Estaba bastante alejada de la de su madre, pero era por los años de diferencia que había entre sus muertes. La chica limpió la tumba de Marcos Cabello y miró la foto. ¡Su padre era tan guapo! Era una pena que hubiera muerto en aquel maldito accidente.

—Buenos días. —Escuchó a su espalda.

—¡Hugo! —La chica sonrió al verle.

—¿Qué haces por aquí? —El hombre se rascó la cabeza. Cada vez que la veía se ponía nervioso.

—Hoy me he levantado con ganas de estar un ratito al lado de mis padres y esta es la única manera que tengo —explicó la chica con pesar. El hombre se acercó a ella y acarició su mejilla.

—Clara, lo siento.

—No te preocupes, de alguna manera, ya he aprendido a vivir sin ellos.

—¿Esta es la tumba de tu padre? —preguntó mientras se acercaba a la misma.

—Sí.

—¿Le querías?

—Murió cuando apenas era un bebé, pero claro que le quería. De hecho, lo quiero mucho.

—Eso está bien, jamás debemos olvidar a las personas que hemos perdido. —Los dos sonrieron.

—¿Vives aquí, Hugo? —inquirió ella mirando una pequeña casita al fondo.

—Sí, este es mi hogar.

—¿No te da miedo vivir en un cementerio?

—La verdad es que no, aquí sé que nadie me va a hacer daño y lo más importante, nadie se va a asustar por verme.

—No digas eso…

—Es algo irremediable, mírame —dijo él mientras se señalaba el rostro.

—No, eso no es así. ¿No tienes familia?

—Ya te dije que no —reiteró en tono duro mientras se acordaba de la visita la noche anterior a ella.

—Está bien, está bien…

—Perdona, no quería hablarte así —se excusó algo avergonzado.

—Hugo, tranquilo. Te entiendo perfectamente.

—¡Hugo! —Una voz se escuchó en el cementerio, a través de los nichos. Al hombre se le cambió el semblante.

—Tengo que dejarte —se despidió bastante nervioso.

—¿Qué te ocurre? Espera —susurró ella al ver su nerviosismo.

—No puedo, tengo que irme. —Y desapareció entre las tumbas. Aquello mosqueó a Clara y sigilosamente le siguió. Él se dirigió a su pequeña casa y entró rápidamente detrás de alguien.

Sin pensárselo dos veces comenzó a caminar hacia allí. Rodeó la casa y con sigilo se dirigió a una pequeña ventana que había al fondo. La persiana estaba un poco alzada y sin pensárselo  más miró a través de ella. Se quedó muda cuando vio con quién estaba Hugo. ¿Qué hacía con aquella persona? ¿De qué se conocían? Rápidamente se marchó de allí, su mente iba a marchas forzadas, no llegaba a entender de qué podían conocerse. Se montó en el coche y se fue a su casa, apuntó todo en una libreta, nadie sabía si aquello podría servirle un futuro.

**El lunes llegó y Alejandro ya tenía toda la información necesaria para mandársela a sus compañeros. Allí había datos nuevos, datos que podían llegar a interesarle. Rápidamente llamó a Fernando y le mandó aquellos documentos por fax. En el cuartel de Fuente Palmera estaban deseando que aquellos papeles llegaran. David estaba muy nervioso últimamente, Fernando lo notaba y no sabía qué hacer para ayudarle.

—David, los documentos de Alejandro vienen en camino —le informó metiendo la cabeza en su despacho. El chico estaba mirando por la ventana, con la mirada perdida.

—Está bien.

—Oye, ¿Qué te pasa? —Fernando entró y se sentó esperando a que se sincerara con él.

—Me siento como un inútil en esta investigación y además…

—¿Además? —preguntó él. Allí había pasado algo que le estaba haciendo sentir muy mal.

—Es Marta.

—¿Marta? Yo creí que Corina le había dejado las cosas bien claras.

—Vino a buscarme anoche. Yo no quería que Corina se enterara de nada y salí sin que se diera cuenta a la calle, ella ya estaba metida en la cama. Yo solo quería dejarle las cosas claras a esa mujer, repetirle por última vez que no quería nada con ella, y cuando salí me estaba esperando.

—David… —susurró él temiéndose lo peor.

—No es lo que piensas. Por supuesto no me acosté con ella y jamás lo haría, pero…

—¿Pero?

—¡Me besó, Fernando!

—¿Cómo? —Él no quería ser partícipe de aquello, ahora lo sabía y se convertía en cómplice de su amigo.

—Me besó, aunque ni que decirte tengo que rápidamente yo la separé de mí. Le dije todo lo que quería y te aseguro que no volverá a buscarme.

—Me habías asustado —suspiró Fernando.

—Aun así yo me siento fatal. Aunque fue un beso que me dio ella, yo me siento muy mal. ¿Se lo debo de decir a Corina? Fue algo que no pude impedir, y en que cuanto pude lo hice, la separé de mí y le canté las cuarentas, pero no sé si hice bien en salir de casa, en ir a verla, en…

—Tranquilo. —Fernando se levantó y se dirigió a dónde estaba él y como un buen amigo lo abrazó. Estaba seguro que en ese momento era lo que más necesitaba.

—Fernando, me siento infinitamente mal. ¿Qué debo hacer?

—Si yo fuera tú, hablaría con tu mujer. Corina es muy comprensiva y lo va a entender. Por cierto, ¿Qué clase de beso fue? —Volvió a preguntar preocupado. David se rascó la cabeza y se sentó en la butaca.

—Un beso —se limitó a decir.

—¡Joder, David! Sé un poco más explícito. ¡Con legua o sin lengua!

—Con lengua. Por eso me siento tan mal —gruñó él mientras le pegaba un puñetazo a la pared.

—Eso no es lo importante. ¿Te gustó?

—¡No, por dios! —gritó.

—Entonces no hay problema. Eso es lo realmente importante. Amigo, habla con tu mujer, ella te va a entender, aunque no quiero ni imaginarme lo que esta vez le puede hacer a Marta. —Los dos sonrieron y el ambiente se relajó.

—Hablaré con ella esta misma tarde. Fernando, si la pierdo a ella y a mis hijos no sé lo que sería capaz de hacer —susurró.

—No los vas a perder, Corina te ama y te va a comprender, yo lo sé.

—Eso espero, lo que sé es que no voy a ser capaz de vivir con esto aquí. —Se echó la mano al pecho.

En ese momento llamaron a la puerta, era Antonia con unos documentos en la mano.

—Han llegado estos papeles por fax de una comisaría de Córdoba.

—Gracias, Antonia. Los estábamos esperando. —David se sentó en la butaca con los ojos llenos de lágrimas, aquella situación estaba pudiendo con él. Cuando Antonia se marchó, Fernando se percató de ello y no dijo nada, simplemente fue y lo abrazó.

—Fernando, no puedo trabajar así —se lamentó él mientras se levantaba.

—Ya son casi las dos, Corina está a punto de salir del colegio. Me tengo que ir, tengo que hablar con ella —dijo con nerviosismo, sin apenas acordarse de aquellos papeles.

—Vete, yo revisaré estos papeles cuando vuelva esta tarde.

—Por favor, que lo que te he contado quede entre tú y yo. No puedo permitirme que Corina se entere por otra persona que no sea yo.

—No lo dudes, vete tranquilo.

David cogió su chaqueta y salió de la comisaría como alma que lleva el diablo. Si su matrimonio se iba al garete, Marta lo lamentaría de por vida, nadie se metía con su familia y si tenía algo claro en la vida era que lucharía por ellos con uñas y dientes.

**Cuando Alejandro llegó a casa de su prima Alexia reinaba la paz. Ese día habían quedado para comer fuera con unos amigos de Mario del trabajo. Se tendió en el sofá y descansó un poco. Pensó en Paula y sonrió. Aquella chica iba a volverlo loco. Se levantó para hacer la comida, estaba hambriento y sacó una pizza de la nevera. La metió al horno y fue a lavarse las manos. Entonces sonó el timbre de la casa. Cuando abrió se quedó con la boca abierta. ¿Qué hacía ella allí?

—Hola —saludó Paula con una caja de gambas en la mano.

—¿Paula? —preguntó él sorprendido.

—Sí, no soy un fantasma. —Sonrió.

—Pasa, no te quedes ahí. —La invitó algo nervioso.

—Te preguntarás qué hago aquí, pero es que Alexia me llamó y tenía hoy la tarde libre…

—Alexia… —El chico sonrió al pensar en la bruja de tu prima.

—Sí, me llamó y me dijo que hoy estarían todo el día fuera y que te avisara que cenarían fuera también. —Ambos sonrieron.

—No me lo puedo creer, ¡Podía haberme avisado!

—No te preocupes que no me escandalizo de verte descalzo.

—Estaba haciendo una pizza, ¿te gusta?

—Sí, yo he traído gambas.

—Pongo otra pizza, entonces. —Los dos entraron en la cocina y ella puso las gambas en un plato mientras él metía la otra pizza en el horno.

—¿Qué quieres beber?

—Una coca cola estaría bien. —Él le extendió una.

—Estás muy guapa —le dijo él mientras la acorralaba en contra de la encimera de la cocina.

—Gracias…

—Voy a besarte —le susurró.

—Hazlo. —Lo empujó ella con decisión. Él la besó y notó como la pasión comenzaba a hacer estragos en sus cuerpos, pero la comida estaba casi preparada y debían almorzar.

—Paula, me vas a volver loco…

—Ahora almorcemos.

La comida trascurrió rápida mientras los dos comían con ganas. Reían con las ocurrencias de Alejandro y cuando se dieron cuenta era muy tarde.

—Vaya se ha pasado el tiempo volando —dijo ella.

—¿Te apetece ver una peli? —propuso él mientras recogían la cocina.

—Sí, claro que me apetece. ¿Qué películas tienes?

—La verdad que ninguna, pero seguro que algo echarán en la televisión.

Se tendieron en el sofá y Alejandro la abrazó mientras se tapaban con una bonita manta de corazones que seguramente sería de una de las gemelas. Olió su pelo y suspiró.

—¿Te gusta alguna serie en especial? —preguntó ella. Él no respondió. Al darse la vuelta para ver por qué no respondía se encontró con su cara, sus ojos, su pelo, que la escrutaba.

—Me gustas tú —susurró al oído. Ella se estremeció.

—Alejandro… —El chico la besó con ansia, como si se fuera a esfumar de un momento a otro.

—No te puedes llegar a imagina cómo me gustas.

—Me alegro. —Ella esbozó una bonita sonrisa.

—Venga, veamos algo. —Alejandro la volvió a abrazar y puso una serie titulada “El cuerpo del delito” Él solo deseaba hacerle el amor, pero esperaría a que ella diera ese paso tan importante.

**Cuando David llegó a casa, Corina ya había llegado. Al entrar se dio cuenta de que un silencio sospechoso inundaba la estancia. Escuchó a su mujer tararear algo en la cocina y las lágrimas volvieron a sus ojos. Jamás creyó que podía sentirse tan mal por algo que ni el mismo había hecho, pero aquello le dolía. Se había dado cuenta que sin Corina él no era nadie y nada más que de pensar que podía perderla, se moría de miedo. Se retiró las lágrimas de los ojos y entró en la cocina.

—¡Hola amor, menos mal que has venido pronto! —Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—¿Y los niños? —preguntó él al no verlos por ningún lado.

—Mi madre les ha hecho su comida favorita, ya sabes, le encanta malcriarlos y se han quedado allí a almorzar. —Él pensó que todo se estaba poniendo de su parte para que hablara a solas con su mujer.

—Corina… —comenzó a hablar él mientras se sentaba en un taburete.

—¿Qué te ocurre? —La chica apagó el gas y se volvió, los ojos enrojecidos de su marido la escrutaban y en ese momento se dio cuenta de que algo estaba ocurriendo.

—Tenemos que hablar —se limitó a decir en un hilo de voz.

—David, no me asustes. —Ella se temió lo peor, aquello le había estado rondando la cabeza durante días y ahora posiblemente, hubiera sucedido de verdad.

—Yo…

—¿Te has acostado con ella, verdad? —preguntó en un tono firme mientras la voz se le quebraba.

—¡No! Déjame explicarte…

—¿Qué quieres explicarme, David? ¿Qué anoche saliste a las tantas de la noche y fuiste a verla? ¿Te crees que yo no te vi por la ventana mientras te acercabas a su coche?

—Corina, ¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque confiaba en ti y pensé que me lo contarías, pero en la vida me imaginé que pudieras hacer nada con esa maldita mujer.

—Yo no hice nada —susurró.

—¿Entonces? —Ella se puso las manos en las caderas esperando una respuesta.

—Fue ella, yo…

—¿Qué fue ella? ¡A qué demonios te refieres! —Jamás había visto a Corina en aquella tesitura, pero la entendía. Si alguien hubiera besado a su mujer de la manera que Marta lo besó a él se moriría de la rabia y de los celos.

—¡Me besó! —gritó él mientras se ponía en pie y se tocaba el pelo de manera compulsiva.

—¿Cómo? —Corina se sentó, no podía soportar aquello ni un minuto más.

—Yo no quería…

—David, ¿Por qué tuviste que salir? —preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas.

—Pensé que si te enterabas iba a ser peor, mucho peor. Por eso decidí salir yo, sin que nadie lo supiera y ponerla en su sitio de una vez por todas, pero ella fue rápida y cuando me quise dar cuenta la tenía encima. Besándome.

—Oh, dios mío —se lamentó ella mientras se tapaba la boca.

—Tienes que entenderlo, yo no hice nada. En cuanto pasó me la quité de encima y le dije todo lo que pensaba de ella. Ahora tienes que perdonarme. Solo quería que esto terminara de una maldita vez, por eso salí a verla. —Corina se hundió completamente. Lloró de una manera brutal y David lo hizo con ella. La abrazó y no la soltó hasta que se recompuso. No sabía el tiempo que había pasado, pero eso no le importaba.

—David…

—¿Estás mejor?

—Sí.

—¿Me vas a dejar? —preguntó mientras la miraba con un dolor extremo reflejado en su cara.

—Yo…

—¡Corina, tienes que creerme! Sabes cómo soy. Yo jamás haría algo que hiciera daño a mi familia y menos a ti o a los niños que sois lo que más quiero en el mundo.

—Tranquilo, confío en ti —susurró mientras se sentaba encima de él y hundía su cara en el cuello del chico. En ese momento David comenzó a llorar como un niño pequeño. Toda la tensión acumulada desde el día anterior había explotado en aquel momento.

—Gracias, amor.

—Esa tipa me lo va a pagar. ¿Cómo pudo hacerte eso?

—Está loca, Corina. Prométeme que no te vas a acercar a ella. Con lo que yo le dije anoche creo que le quedó bastante claro todo.

—David, ¿Cómo quieres que me quede quieta ante una cosa así? ¿Y el mal rato que nos  ha hecho pasar a los dos?

—En especial a mí. No he dormido en toda la noche y cuando se lo he contado a Fernando…

—¿Se lo has contado a Fernando? —preguntó ella con la boca abierta.

—Estaba muy mal, no te puedes hacer una idea. Entró en mi despacho y en cuanto me sonsacó un poco de información, se lo conté. No podía tener eso más guardado y él fue quien me aconsejó que tenía que decírtelo. Yo sé que entre nosotros no debe de haber ninguna clase de secreto, pero el miedo que tenía a perderos era tan grande que…

—David, no te voy a mentir: estoy dolida, muy dolida. Pero sé que tú no tuviste nada que ver, tampoco me puedo enfadar contigo por una cosa que no fuiste tú quien la propiciaste. Pero es que solo de pensar que alguien más que no sea yo ha besado esta boca…        —La chica le pasó el dedo por encima de los labios posesivamente—, es que me muero de los celos. No puedo soportarlo.

—Sabes que mis besos son solo tuyos. —El chico la abrazó, no quería perderla jamás. Y rozó sus labios con los de ella.

—Oh, David. He pasado mucho miedo cuando te he visto entrar con esa cara. ¡Me he temido lo peor!

—Corina, quiero tener otro hijo contigo —dijo él sin ton ni son.

—¿Cómo? —preguntó ella clavando sus ojos en los de él.

—Quiero agrandar mi familia. Sé que es a ti a la que incumbe profesionalmente, pero necesito otro bebé en casa, sentir que mi familia es grande y que os tengo a todos conmigo.

—¿No te basta con esos dos demonios de Luis y Carmen?

—No, quiero otro bebé.

—Pero la niña aún está muy pequeña. Yo no sé si es el mejor momento.

—¿Pero tú quieres volver a adoptar? —Ella se quedó callada y lo pensó detenidamente.

—No me importaría, pero cuando Carmen estuviera un poco más mayor. Ahora mismo me tiro de los pelos con los dos, imagínate con otra personita más.

—Está bien, entonces esperaremos un poco para comenzar el proceso nuevamente.           —Él rozó su nariz con la de ella- No me creo que no estés enfadada conmigo. Que te haya contado todo y estemos así, tan bien, abrazados el uno al otro.

—Te vuelvo a repetir que confío en ti. Sino ya me hubiera marchado de esta casa con mis niños. —Aquello le dolió a David. Solo de pensarlo se ponía enfermo.

—No repitas eso nunca más, por favor.

—Está bien, tranquilo.

—Si os pierdo, me muero —dijo en un tono lastimero.

—Oye, ¿no tienes hambre? —Ambos miraron el reloj, eran más de las cuatro de la tarde. ¿Cuánto tiempo llevaban así?

—Sí, la verdad es que sí.

—Vamos a almorzar y luego recogeremos a los niños y daremos un paseo.

—¿De verdad no estás enfadada? —Él volvió a cogerla de la cintura antes de que se levantara.

—Te lo vuelvo a repetir. No estoy enfadada, solo dolorida, pero por la situación. No es nada personal contigo, eres mi marido y te creo. —El chico sonrió y le dio gracias a dios por haber puesto a aquella mujer en su camino.

—Esta noche vamos a ir a cenar fuera. Quiero que hablemos más detenidamente de lo que te acabo de proponer y además, necesito tener un rato de intimidad contigo. ¿Crees que a tu madre le importará quedarse con los niños?

—¿Me vas a invitar a cenar? ¿Está usted haciéndome la pelota, señor Parker?

—No es hacerte la pelota, es que te quiero.

—Oh… —Ella se acercó a él y lo besó con pasión. Ya no sabría vivir sin él, era tan fuerte lo que sentía…

—No me beses así porque si no te aseguro que no llegamos a la cocina.

—No necesito entrar en la cocina.

—Vaya, por lo que veo tienes ganas de guerra.

Ella comenzó a correr hacia el cuarto y David la siguió. Cuando la tuvo cerca la agarró y la tiró encima de la cama. Comenzó a besarla con furia. Solo de pensar que podía haberla perdido le hacía sentirse el peor de los hombres. Aquello había significado mucho para él y esperaba que aquella maldita mujer no se volviera a acercar a él o sino tendría que tomar medidas mucho más fuertes.

Corina le miró a los ojos y sonrió. Sabía que él no haría nada que le hiciera daño y por eso le creía, porque estaba complemente enamorada de él y porque ya no sabría enfrentarse a una vida sin su David en ella. Le retiró el pelo de cara volvió a besarlo. Ahora disfrutaría del momento, pero algún día, Marta León le pagaría todo lo que había hecho sufrir a su marido con aquel beso y también a ella.

**A las seis de la tarde, Fernando volvió a comisaría. No había dejado de pensar en David y en Corina. ¿Habría arreglado todo aquel asunto? Suspiró y se sentó en su butaca. Sacó los papeles que Alejandro le había mandado. Comenzó a mirarlos y se dio cuenta de que allí había información muy valiosa, información de la que no disponían y que no sabía si Clara tendría conocimiento de ello. Jamás le había hablado de algo así. Sacó el número de teléfono y llamó a Parker.

—¿Sí? —preguntó él con voz adormilada al otro lado del altavoz.

—¿David?

—Hola Fernando, perdona. Me había quedado durmiendo.

—¿Durmiendo?

—Sí, ya sabes es lo que tienen las reconciliaciones. Que agotan. —Él le guiñó un ojo a Corina que lo miraba desde el otro lado de la cama. No podía ser más bonita. Amaba a su mujer con todo su corazón.

—Vaya, me alegro que todo se haya arreglado.

—Es lo que tiene tener a la mejor mujer del mundo. —Corina sonrió mientras se desperezaba.

—Bueno, déjame que discrepe en ese punto. —Los dos sonrieron y en especial, Fernando, al recordar a su querida Andrea.

—¿Ha ocurrido algo?

—He leído el informe que me ha mandado Alejandro y hay cosas bastantes interesantes.

—¿Cómo qué?

—Ah, no. Si quieres, lo siento mucho, pero vas a tener que venir a comisaría.

—Fernando… —suspiró él.

—Esto hay que hablarlo en persona.

—Está bien, en un cuarto de hora estaré allí.

La conexión se cortó y Fernando siguió mirando aquel informe como si no hubiera leído uno en la vida. Pasados unos minutos David entró por la puerta, aquel chico era un torbellino.

—Antes de nada, enhorabuena. —Fernando le dio un abrazo amistoso y David sonrió. Se le veía visiblemente más relajado.

—Gracias. Ahora dime que has encontrado.

—Míralo con tus propios ojos. —El chico le extendió el informe. David lo leyó por encima y miró a su compañero.

—¿Clara sabe esto? —dijo señalando un punto.

—Yo creo que no, porque ella jamás nos ha hablado de eso.

—Ana Lucía era médico. ¡Pero si nosotros creíamos que solo había tenido el negocio de pintura! —exclamó él.

—Yo creo que jamás ejerció.

—¿Cómo qué no? Aquí pone que Marcos Cabello, su marido, era médico también.

—Sí, lo sé. Esto es muy extraño. ¿Por qué Clara no sabe que su madre era médico?

—No lo sé, fue como si hubiera borrado ese dato de su vida. La gente no ha comentado nada de eso en el pueblo y si allí no se comenta es porque no se sabe. Ya sabes cómo son…

—Es verdad. ¿Qué más pone?

—Solo tuvo una hija y un aborto posterior.

—Esa niña es Clara.

—Exacto.

—Mira, aquí pone que tuvo una relación con un tal Emilio Ibáñez.

—Deberíamos hablar con ese hombre. ¿Dónde vive?

—Pues no lo sé, aquí solo pone Cádiz.

—Está bien, buscaremos información sobre él e iremos a hacerle una visita. Quizás su relación no fue buena y haya vuelta del pasado para vengarse por cualquier motivo.

—Bien pensado, Fernando.

—La llamaban “Linda” —Se sorprendió David— ¿Lo sabrá Clara?

—Tampoco ha hablado nunca de eso. Creo que desconocía muchas cosas de su madre.

—Por ahora vamos a callarnos todo esto que sabemos. No quiero ponerla nerviosa. Cuando sepamos algo más, le diremos que busque en casa de su madre algo que nos pueda servir.

—Está bien. Este Alejandro es un crack. Esa base de datos es la hostia. Mira toda la información que nos ha facilitado.

—Tenía una hermana, Rebeca. Sus padres murieron cuando ella era aún muy joven.

—Vaya, ¿qué habrá sido de esa hermana?

—No tengo ni idea, ¿Conocerá Clara algo sobre esa mujer? No me extrañaría que ocurriera algo con ella y también puede ser una posible sospechosa.

—Tenemos que buscarla, al menos para hablar con ella y así que nos cuente algo más sobre la vida de “Linda” —Los dos sonrieron.

—Mañana seguimos con todo esto. Tengo que irme, he invitado esta noche a cenar a Corina.

—Te veo mucho más contento y más animado.

—Después de lo que me ha pasado hoy con mi mujer y teniendo toda esta información, soy el hombre más feliz del mundo. —Estuvo a punto de contarle lo de la posible adopción de un tercer hijo, pero decidió callar hasta que tuvieran algo completamente claro.

—Haces bien en estar feliz. ¿Dónde las vas a llevar?

—Iremos a Fuente Palmera al mesón nuevo que han abierto. ¿Sabes de cuál te hablo?

—Sí, está cerca de mi antigua casa.

—No podemos alejarnos mucho más porque dejamos a los niños con mi suegra y tenemos que volver pronto.

Los dos amigos salieron por la puerta, eran las siete de la tarde y la noche estaba empezando a caer. Se montaron en el coche y se dirigieron al pueblo. Sin percatarse que detrás de comisaría salía una persona encapuchada. “Pronto tendréis novedades” —susurró.

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