ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 10.

TREINTA Y CINCO AÑOS ANTES:

            —¿Cómo estás? —preguntó él mientras se sentaba a su lado en aquella grande cama.

            —Buenos días —dijo Linda mientras abría los ojos.

            —¿Qué quieres hacer hoy?

            —Lo que tú quieras —añadió ella levantándose aún desnuda.

            —¿Qué te preocupa? Te noto extraña.

            —No, nada. No es nada. —Resopló y se acordó de Emilio y de su pequeña. Ya hacía varios meses que los había dejado y todavía no había vuelto. Los seguía recordando, pero se había acostumbrado a su nueva vida y apenas los echaba de menos.

            —¿Es porque pronto yo tendré que volver a mi casa?

            —Sí, es por eso —mintió ella.

            —Bueno, tranquila. Tú sabes que si quieres, puedes venirte conmigo. Ya sabes que te quiero.

            —¿Cómo has dicho? —preguntó ella mientras se ponía su bonito y caro vestido azul celeste.

            —Me he enamorado de ti, preciosa. Eso es algo que ya no puedo ocultar. —Hacía apenas seis meses que se conocieron en una de las conferencias de medicina a las que Linda asistió, allí estaba él, un reputado médico que sin duda no era indiferente para ninguna mujer. Sus ojos oscuros y su pelo negro la volvieron loca desde el primer momento en que lo vio. Luego a él le ocurrió lo mismo con ella y sin darse cuenta, de un día para otro, comenzaron algo parecido a una relación.

            —¿Cómo has podido enamorarte de mí? —preguntó ella mientras pensaba en la familia que había dejado atrás y que él desconocía completamente.

            —Somos jóvenes y sin ataduras, ¿Por qué no iba a poder enamorarme de ti? —Él la besó dulcemente en los labios.

            —Yo…

            —No digas nada, en quince minutos tenemos que estar abajo desayunando. Nos esperan en la clínica.

            —Es cierto. —En ese momento pensó que tenía que ir a ver a su familia. Sonrió al pensar en esa palabra: familia. Ella misma la había perdido y no podía reprochárselo a nadie.

            —Piénsate lo de venirte conmigo, sé que no es un lugar dónde tú estás acostumbrada a vivir, pero se vive bien y en paz, además siempre te puedo ofrecer un trabajo. —Se quedó pensativa mientras se recogía su melena en un bonito moño.

            —Lo pensaré. —Ya llevaban varios meses de relación y la verdad que es ese hombre le gustaba mucho y podía llevar una vida buena y acomodada a su lado, no le iba a faltar nada. Se rascó una ceja y pensó que sí, que sería lo mejor. Pero no podía enterarse de la familia que había dejado, aquello sería su gran secreto.

            —¿Es necesario que vaya hoy a la clínica? Tengo unos asuntos urgentes que resolver antes de marcharme a vivir contigo. —Eso le despistaría.

            —¿Te vienes conmigo? —preguntó él contento.

            —Sí, cariño. Me voy contigo.

            —Está bien, arregla esos asuntos, yo te esperaré.

            —No sé cuánto tardaré. —Se sinceró ella.

            —Hasta dentro de tres días no nos iremos, así que no te preocupes. —Linda se tocó el vientre y suspiró. ¿Qué iba a hacer sola en el mundo y con otro hijo? Nadie sabía aún de su embarazo, ni siquiera aquel hombre al que tenía embelesado. Tenía que despedirse de su antigua familia y marcharse junto a él, para crear una nueva.

            —Está bien, ahora me tengo que ir, pero cuando vuelva tengo que hablar contigo urgentemente. —La chica pensó en contarle su embarazo. Estaba de más de tres meses, pronto comenzaría a notársele.

            —¿Qué ocurre? —preguntó él asustado.

            —Hasta entonces no te diré nada, es una sorpresa —le confesó ella sonriendo mientras metía en su bolso un papel que tenía celosamente guardado donde ponía lo de su embarazo, se lo dio el médico el día que le dijo que estaba embarazada. No podía dejarlo allí, él podía descubrirlo.

            —Está bien, pero no tardes mucho, mi vida. —Él la besó en los labios. Y ella salió por la puerta.

Rápidamente se fue a la estación de trenes y compró un billete. El viaje se le hizo largo, no tenía nada con qué entretenerse, por lo que se pasó todo el camino acariciando su ya abultada barriga. Cuando llegó, tomó un taxi y se encaminó hacia la cabaña de Emilio. Cuando llegó, pudo observar que el hombre estaba sentado en la orilla de la playa junto a una preciosa niña. Juntos hacía un castillo de arena y sonreían. Aquella pequeña sería su pequeña, por un momento los ojos se le llenaron de lágrimas, ¿Cómo podía haberla abandonado tan pequeña? Rebeca tendría que haberse quedado cuidándola, pero el día que llegaron a Córdoba, se deshizo de su hermana como pudo, ella no iba a alimentar una boca más y jamás volvió a saber nada de ella.

            —¿Qué haces tú aquí? —preguntó Emilio mientras se acercaba a ella con la niña en brazos.

            —He venido a veros ahora que he tenido un hueco.

            —¿Llevas más de seis meses trabajando sin parar como para que no hayas podido venir a hacernos ni una mísera visita? —Linda miró a aquella niña que la miraba extrañada. Le echó los brazos, pero la pequeña se abrazó al cuello de su padre asustada—. ¿Pretendas que te conozca? ¡La abandonaste como a un perro! —gritó él encolerizado.

            —No grites, la vas a asustar —susurró ella a sabiendas de que era verdad todo lo que le estaba diciendo.

            —¿A qué has venido? —le preguntó mientras abría la puerta de su pequeña cabaña. ¿A por las cosas que dejaste el día que te marchaste? Están en el mismo lugar, pero intenta no tardar mucho, no vaya a ser que te dé alergia en esta pequeña cabaña —dijo él con dureza.

            —Emilio… —Ella intentó acercarse a él.

            —No te acerques ni a mí ni a mi hija. —En ese momento una arcada se apoderó de Linda y corrió al baño, dónde vomitó. Emilio miró a su hija extrañado y luego se percató del papel que sobresalía del bolso de aquella mujer. Se acercó y tras cogerlo lo leyó. ¡Estaba embarazada! Si había algo claro allí, es que ese bebé no era hijo suyo, por lo que ella tenía a alguien más. Volvió a soltarlo donde estaba y ni se inmutó cuando la vio salir.

            —Yo… —comenzó a decir.

            —Ni se te ocurra decir una palabra más. Te quiero fuera de mi casa ya. —Ella no dijo nada más, cogió su bolso y se acercó a la niña. Sabía que no tenía ningún derecho sobre ella. Los perdió todos el día que la abandonó siendo tan solo un bebé.  Cuando la pequeña la vio tan cerca, se asustó. ¿Quién era aquella mujer? Volvió a abrazarse al cuello de su padre mientras comenzaba a llorar. A Linda se le llenaron los ojos de lágrimas y se dirigió a la puerta.

            —Yo jamás quise que esto acabara así —dijo a sabiendas de que todo aquello lo había propiciado ella y que ahora había otro hombre en su vida.

            —Vete de aquí, ¡Largo! —gritó él.

Linda no dijo nada más, salió cabizbaja de aquella pequeña cabaña que tan buenos recuerdos le traía y se marchó. Puso rumbo a dónde su nuevo amor y su nueva vida la esperaban. Quizás todo fuera mucho mejor a partir de aquel momento.

**Hugo se bajó de su coche y llamó a la puerta. Estaba a punto de marcharse cuando la puerta finalmente se abrió.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Solo quería verte, me siento algo solo. Al fin y al cabo eres la única familia que me queda en el mundo.

—Pasa, pero pronto tendrás que marcharte, por ahora no quiero que te relacionen conmigo. —El chico entró a aquella casa, todo estaba limpio y ordenado.

—¿Y tu marido?

—No está, ha salido. —Ella se sentó en el sofá y se encendió un cigarro. Él la miró y suspiró, ¿por qué no podían tener una relación como lo que realmente eran?

—Solo quería un poco de compañía, pero si molesto me voy.

—No, no molestas. —Se limitó a decir sin mirarle.

—¿Por qué no me miras cuando te hablo? —inquirió él algo apenado.

—Cómo entenderás no eres nada satisfactorio de ver.

—¿Cómo puedes decirme eso a sabiendas de que si estoy así es por un accidente que sufrí?

—¡Si, un maldito accidente en el que también perdí a Israel! ¿Lo recuerdas? ¿Te acuerdas de Israel? —preguntó ella alterada mientras se levantaba y miraba por la ventana con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo también lo perdí y lo siento en el alma, pero no fue culpa mía.

—Creaste una maldita mentira a partir de todo eso y no te lo voy a perdonar jamás. Entiendo que ese fuera el final de Israel, pero lo que no llego a entender aún y, fíjate si han pasado años, es cómo tuviste la sangre fría de mentir como un bellaco como lo hiciste —dijo algo más sosegada.

—Tenía que hacerlo. Israel solo nos tenía a nosotros dos, nadie lo iba a echar en falta y yo necesitaba, ya sabes…

—¡Sí, sé lo que necesitabas, pero yo quería enterrar a Israel y no pude hacerlo!

—Lo siento, sé que eres la única que sabes toda la verdad sobre esto —se excusó señalándose el rostro—, pero…

—Ni peros ni nada, Hugo. —La última palabra la extendió más de la cuenta.

—Por favor, entiéndeme…

—Mira, yo no voy a vivir toda mi santa vida con esto aquí guardado. —La mujer se llevó la mano al pecho—. Algún día lo confesaré todo y entonces tendrás que dar explicaciones.

—No, no puedes hacerlo, tu sabes por qué he hecho todo esto, ella ha sido lo primordial en mi vida.

—¡¿Pero de que te sirve todo esto que estás haciendo?! —gritó ella.

—De mucho, cada día me sirve de más. Ahora me voy, ya veo que no puedo contar contigo para nada, prefiero estar rodeado de muertos, ellos al menos no se involucran en todo.

—Eso, vete. Y no me involucro en todo, es simplemente que yo quería a mi Israel y por tu maldita culpa ni enterrarlo pude. —Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.

—¡Yo también le quería, joder! —gritó el hombre fuera de sí.

—Vete.

—Por supuesto que me voy. —El hombre se marchó hacia la puerta—. Y por cierto, intenta no meterte más con mi aspecto, creo que bastante desgracia tengo yo como para encima tener que escuchar tus comentarios despectivos.

—¡Qué te largues te he dicho!

La puerta se cerró y Hugo volvió a meterse en su coche. Se miró en el espejo retrovisor y se dio cuenta de que cada día parecía más un monstruo, pero contra eso no podía hacer nada. ¿Qué iba a hacer después de tantos años? Miró hacia la casa y la vio mirando por la ventana. No podía contar con aquella mujer, ni aun siendo de su propia familia. Se sentía más solo que la una, pero no podía hacer nada. Arrancó su vehículo y se dirigió de nuevo al cementerio. Ahora aquel era su verdadero hogar, un lugar donde se sentía seguro y a gusto consigo mismo. Se tendió en el sofá y cerró los ojos. Por un momento imaginó su aspecto antes de aquel accidente, y sonrió. Luego recordó a Israel y unas lágrimas comenzaron a correr por su cara. ¿Cómo podía haberle hecho aquello? Sin más, suspiró y creyó que lo mejor sería no pensar más en aquel tema.

**Cuando Paula salió de casa, Alejandro se bajó del coche para recibirla. Ninguno de los dos sabía cómo actuar, pero tenían que aparentar normalidad.

—Estás preciosa —dijo él embelesado.

—Gracias, tú también estás muy bien —añadió ella algo avergonzada mientras le daba dos besos.

—He pensado que podíamos ir a cenar a Córdoba. Cerca de donde yo trabajo hay un bar que parece estar bien. Luego podemos ir a tomarnos una copa a algún pub

—A mí me parece perfecto. —Ambos se montaron en el coche y durante el trayecto fueron hablando sobre sus trabajos y sus vidas, pero sin profundizar mucho. Aún se sentían cohibidos, aún no sabían cómo habían llegado a tener aquella cita. Al llegar al bar, Paula se quedó con la boca abierta, era un lugar bonito y cuidado y el personal se mostraban muy atentos con ellos.

—Es un lugar muy bonito, Alejandro. Aunque tiene pinta de ser caro.

—Por eso no te preocupes, esta noche todo corre de mi cuenta. —El chico sonrió y a Paula le aleteó el corazón.

—¿En qué piensas? —le preguntó cuándo el camarero se marchó a por sus bebidas.

—En que aun no entiendo cómo estamos tú y yo aquí sentados, teniendo una cita.           —Los dos sonrieron.

—Esas brujas de Alexia y Andrea se han encargado de todo —dijo él risueño.

—Son un caso.

—De todas formas, les estaré eternamente agradecido por habernos liado de esta manera. —Sus miradas se cruzaron y ella, nerviosa, rápidamente miró al suelo.

—Es muy bonito eso que has dicho —susurró.

—Es lo que siento —dijo él con una seductora voz—. No te voy a negar que desde que te vi en el cumpleaños de David me llamaste muchísimo la atención. Me encanta tu melena, pareces una leona. —Ella se sonrojó.

—A todo el mundo le gusta mi pelo.

—Toda tú eres bonita.

—Alejandro, vas a conseguir que me ponga colorada —dijo ella mientras ponía un gesto que a enterneció al chico.

—¿Sabes? Yo no quería conocer a nadie. Mi corazón antes de venirme a vivir al pueblo con mis primos, estaba completamente cerrado.

—Oh…

—Sí, señorita. Pero luego apareciste tú y…

—¿Le dijiste a Alexia que le pidiera mi número a Andrea?

—No, tan solo dije que eras guapa cuando te soltamos en tu casa y después de eso, ella solita se encargó de todo. Mi prima es una mujer muy buena, hemos estado muchos años separados pero es como si el tiempo no hubiera pasado para nosotros. La quiero como a una hermana y ella solo quiere verme feliz, por eso ha hecho todo esto.

—¿Qué te ha podido pasar para que tuvieras el corazón cerrado? —El camarero llegó con la bebida y pidieron la cena.

—Hace tres años de mi ruptura con Noah. Yo creí que era la mujer de mi vida, pero gracias a dios me di cuenta de que no era ella.

—¿Qué ocurrió? —preguntó ella mientras le daba un sorbo a su coca cola.

—Noah y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. Estuvimos varios años  juntos hasta que algo terrible ocurrió, su hermana gemela murió y decidió marcharse sin darme ningún tipo de explicación. Estuve mucho tiempo pensando en qué habría sido de ella sin saber absolutamente nada. La recordaba a todas horas, de noche y de día. Hasta que, hace más de ocho años, mi prima Alexia apareció en mi vida. Yo no sabía que era mi prima, y llevaba la investigación sobre el asesinato de su padre y a la vez el de mi padre, sin darme cuenta comencé a sentir algo por ella.

—¿Por tu prima? —preguntó ella sorprendida.

—Sí, yo no sabía que éramos primos. No quería reconocerlo, Mario ya existía en su vida, pero gracias a dios, pude frenarlo a tiempo. Fue entonces cuando Noah volvió. Ella fue quién me hizo olvidar complemente lo que pude llegar a sentir por Alexia. Me contó cómo se sentía, porqué me abandonó de aquella manera y yo la perdoné. Después de eso estuvimos cinco años maravillosos de relación, al menos para mí. Hace tres años, tenía una conferencia fuera de Madrid y la dejé en casa, ella no quiso acompañarme. Cuando llegué a Barcelona, que era el lugar dónde se haría la conferencia, me informaron qué se había anulado y sin pensármelo me volví a mi casa, para estar el fin de semana junto a ella. Cual no fue mi sorpresa cuando llegué y la encontré en la cama con su jefe. —El chico apretó el vaso en su mano. Aún recordaba ese momento como si hubiera sido ayer.

—Oh, lo siento.

—No lo sientas, si nada de eso hubiera pasado, hoy en día tú y yo no estaríamos aquí.           —Él sonrió  y la cogió de la mano.

—Alejandro… —comenzó a decir ella.

—No digas nada, ahora quiero que me cuentes algo de tu vida. —Eso la tranquilizó.

—Bueno, soy enfermera. Desde que tengo uso de razón viví como madrina, Gema, pero ella falleció hace poco. Decidí venirme aquí porque Isabela y Alberto me brindaron su casa y Andrea y Fernando me han dado un trabajo. Necesitaba dejar atrás mi vida en Rota, sabía que no podría vivir con tantos recuerdos. Mi madrina ha sido lo único que he tenido en la vida y no podía en aquella casa.

—Los dos nos hemos ido a Fuente Palmera para olvidar —dijo él con pesar.

—Sí…

—Me alegro tanto de haberme venido, quizás mi vida cambie para siempre.

—Y la mía —dijo ella tímidamente.

—Paula, ¿y tus padres? —preguntó él mientras se metía en la boca el primer bocado de la cena.

—No los recuerdo, murieron cuando yo era muy pequeña.

—¿Qué les ocurrió?

—Por lo que mi tía siempre me ha dicho, un accidente de tráfico. Los dos murieron en el acto y yo me quedé con Gema.

—Vaya, lo siento.

—Hace mucho de eso, pero me hubiera gustado saber qué se siente al tener unos padres.

—Yo viví siempre sin mi padre biológico, pero mi madre, Mónica, se casó con Alfonso cuando yo era un niño y ha sido muy bueno para mí. El padre que nunca tuve. —Sonrió al recordar a aquel hombre bonachón al que quería con toda su alma.

—Me alegro mucho por ti. Yo lo más parecido a unos padres que estoy experimentando es con Isabela y Alberto. Se portan muy bien conmigo, me cuidan y se preocupan por mí.

—Estás preciosa esta noche —dijo él cambiando de tema.

—Zalamero. —Ambos sonrieron.

—No soy un zalamero, solo digo la verdad.

La cena transcurrió tranquila, entre charlas y confidencias. Cuando salieron del bar un fuerte aguacero estaba cayendo. Alejandro le prestó su chaqueta a la chica y rápidamente se metieron en el coche. Al entrar ella bostezó.

—Vaya, veo que tienes ganas de fiesta —dijo él irónicamente.

—No te rías de mí. Anoche me quedé cuidando a Aurora y no veas la lata que me dio. No durmió hasta que llegaron sus padres.

—¿Quieres que te lleve a casa ya?

—Lo preferiría. Otro día quedamos para tomarnos algo, pero invitó yo. Hoy estoy muy cansada, no puedo más.

—Cómo tú quieras. —El chico se acercó a ella y un olor exquisito a colonia llenaron las fosas nasales de Paula. Alejandro la besó, con ganas, con ansias y cuando se separaron sus miradas se cruzaron.

—Oh, dios mío. Alejandro…. —dijo ella mientras abría mucho los ojos.

—Tranquila, Paula. Solo ha sido un beso… —Alejandro rozó su nariz con la de ella.

—Me ha gustado mucho —susurró la chica.

—A mí también, pero esto me asusta. No quiero precipitarme —comenzó a decir el chico con su frente pegada a la de ella. El agua golpeaba fuerte los cristales.

—Te entiendo, no te preocupes. Ahora volvamos a casa. —Alejandro le dio un rápido beso en los labios y comenzó la marcha hacia el pueblo.

Cuando llegaron a casa de Paula, él la acompañó y la tapó con su chaqueta, seguía lloviendo a mares.

—Te dejo en casita, sana y salva —le susurró él al oído mientras ella sacaba las llaves del bolso.

—Muchas gracias por la invitación, me lo he pasado muy bien contigo esta noche. Ahora debo entrar. —Alejandro no dijo nada, sonrió y la apretó contra la pared. Ella lo miró con sus grandes ojos marrones, asustada.

—Tranquila, solo voy a besarte. Eres preciosa y me vuelves loco. —El chico la volvió a besar hasta dejarla sin aliento. “Jamás me han besado así” —pensó Paula.

—Buenas noches, que descanses —dijo mientras se dirigía al coche. Ella sonrió y lo saludó con la mano. Luego entró en casa y cuando cerró la puerta se llevó la mano al pecho. Aquel chico le gustaba más de cuenta y no sabía hasta qué punto podía ser bueno aquel sentimiento.

**Aquella noche David no dejaba de moverse en la cama. Corina, algo preocupada por él, se incorporó.

—David, ¿qué te ocurre? —le preguntó al oído.

—No puedo dormir. —Se sentó y ambos se quedaron mirándose con la simple luz de la luna que entraba por la ventana.

—¿Es por la tormenta? —preguntó ella risueña.

—No, a mí no me dan miedo las tormentas.

—¿Entonces?

—Corina, aunque no lo exprese, me siento muy mal por no saber cómo llevar este tema. En otras ocasiones, ya tendría algo. Alguna cosa de qué valerme para llegar al fondo del asunto, pero es que mira el tiempo que ha pasado y no hay nada que pueda hacer.

—Bueno, ahora tenéis más ayuda. Contáis con Mario y Alejandro.

—Sí, y eso es un arma de doble filo. Por un lado es perfecto, contamos con dos personas más para que nos ayuden, pero por otro me siendo un inútil que no soy capaz de hacer nada por mí solo en esta investigación.

—No digas eso. —Ella le acarició suavemente la mejilla y él sonrió.

—Corina, ¿qué hago? No sé cuál es el siguiente paso y eso nunca me ha pasado.

—Tienes que hablar con Clara y que sea ella misma sea quien busque algo de información en casa de su madre. —David la miró y sonrió.

—Nos escuchaste el otro día cuando hablábamos, ¿verdad?

—Yo no quería, pero… —comenzó a decir ella nerviosa.

—No pasa nada, cariño. Tranquila. Tienes razón, me esperaré al lunes para llamar a Clara y entre en casa de su madre a buscar algo.

—Yo puedo acompañarla.

—Corina, déjala a ella.

—Quizás no quiera enfrentarse a eso ella sola. —Se excusó la chica.

—Bueno, habla tú con ella. Si accede, ayúdala. —Se limitó a decir él.

—Te noto tenso. Son las doce de la noche, tienes que descansar.

—También me preocupa mi padre. No te he dicho nada, pero me ha llamado para decirme que se encuentra preocupado por Jade.

—Los hombres os asustáis con todo. Simplemente está embarazada, cuando pase los primeros meses del embarazo, ella volverá a ser la que era.

—No sé, él dice que la nota extraña y que quiere llevarla a un médico que la revise bien.

—Bueno, nunca está de mal una buena revisión médica y más estando en ese estado.

—Me dijo que durante esta semana que entra la iba a llevar a un médico de pago para que le haga un buen chequeo.

—Pronto tendrá al bebé, ya casi está de cuatro meses.

—Dios mío, Corina. Voy a tener un hermano a mi edad. —Él sonrió con ganas. Ella lo siguió.

—¿Quién te lo iba a decir? ¿Y quién iba a decir que Antonio iba a encontrar a una chica como Jade a su edad?

—Oye, tampoco es tan viejo.

—Yo no digo que sea viejo, además tu padre es un hombre guapo y apuesto.

—¡Oye! —exclamó él mientras le hacía cosquillas.

—¡Se parece a ti! —dijo ella muerta de risa.

—Corina, es verdad que estoy tenso, muy tenso —le dijo el chico en tono meloso mientras se recostaba encima de ella y comenzaba a besarle el cuello.

—¡Parker! —exclamó ella.

—¡Calla! —susurró él bajito. Corina no dijo nada más, simplemente se abandonó a los besos de su marido.

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