ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 9.

TREINTA Y SEIS AÑOS ANTES:

Linda ya estaba preparada para comenzar su vida laboral. Cogió su maletín y se acercó a la cuna, donde una preciosa niña llamada Lucía la miraba a través de unos grandes ojos.

            —No me mires así —le dijo ella en un susurro—. Volveré.

            —Entonces es verdad lo que me dijiste. Te marchas. —La voz de Emilio apareció de la nada detrás de ella.

            —Ya sabes que deseo más que nada en el mundo ejercer la medicina.

            —Pero, ¿es necesario que te vayas fuera? Tienes una hija de apenas cinco meses. ¿Piensas dejarla sola?

            —Yo no voy a abandonar a mi hija. La quiero más que a nada en el mundo, pero también quiero el contrato que me han ofertado. ¡No puedo decir que no a una oportunidad así!

            —Linda, por dios. Esta cabeza —señaló— no sirve solo para sujetarte los hombros. ¡Piensa, joder!

            —¡Tú cuidarás bien de ella! Además, mi hermana Rebeca se queda con vosotros.

            —Tu hermana es aún una cría, aunque no dudo que pueda cuidar a nuestra hija mejor que su propia madre —ladró Emilio.

            —Eres un malnacido, ¿Cómo puedes decirme esas cosas tan feas?

            —Tú te lo has buscado. Sabes que al principio me negué a que trabajaras porque yo creía que podía manteneros a las dos, aunque por lo que veo todo lo que te doy es poco, pero ahora lo pienso mejor y si tú no estás bien con lo que yo te puedo ofrecer: ¡Adelante, trabaja! Pero, ¿no podías hacerlo aquí, cerca de tu casa y de los tuyos? ¡Tienes una hija de cinco meses!

            —No voy a pensarlo más. El doctor Zurriaga ha confiado en mí, cosa que tú jamás hiciste. Además, mi trabajo está muy bien remunerado y te juro que te mandaré dinero para la niña.

            —¿Nos abandonas entonces?

            —¡No! vendré a veros.

            —¿Cuándo? —preguntó desesperado.

            —Cuando pueda, yo jamás podría olvidarme de ti. Sé que piensas que no soy la mejor mujer del mundo dejando a mi hija aquí y a ti también, pero no puedo hacer otra cosa. Una oportunidad así no la puedo desperdiciar y espero que lo entiendas.

            —Está bien, Linda. Haz  lo que veas que es mejor para ti.

            —Para mí y para mi familia. —Se acercó a él lentamente.

            —Aléjate de mí, yo no te creo. Te vas y nos vas abandonas —dijo el hombre con pesar. La pequeña parecía haber entendido  a su padre y comenzó a llorar.

            —Ya, reina, no llores. —Emilio cogió a la niña.

            —Mírate, eres un buen padre. Puedes cuidarla mejor que yo.

            —¡Dios mío, escúchate! ¿Verdaderamente me quieres? ¿Quieres a tu hija? —preguntó desesperado.

            —Claro que os quiero. Más que a nada en el mundo, pero me he dado cuenta que el no haber ejercido la medicina desde un principio había sido un error. Un gran error.

            —¿Fue un error elegirme a mí en aquellos momentos, verdad? Podías haber trabajado en lo que realmente te llena, pero aquí, cerca de nosotros.

            —Rebeca os ayudará —sentenció la mujer.

            —Linda, yo no me quiero quedar aquí. —La voz de su hermana se escuchó detrás de ellos. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

            —Rebeca, ¡Tienes que cuidar de mi hija! —gritó Linda.

            —No la obligues a hacer algo que es tu responsabilidad —dijo  Emilio con voz dura, con su hija aún en brazos. La chica miró a su hermana y levantó el mentón en señal de fuerza.

            —Está bien, te vendrás conmigo. Pero olvídate de que yo te mantenga. Te vendrás hasta la nueva ciudad, luego allí te buscarás la vida. —Emilio apretó los puños. ¿En qué se había convertido su mujer?

            —¡Eres mala! ¡Una mala persona! —vociferó el hombre. Lucía se sobresaltó y comenzó a llorar.

            —Cállate, la has asustado.

            —¿Qué me calle? ¡Fuera de mi casa ahora mismo!

No opusieron resistencia. Linda cogió su maleta y Rebeca una mochila con sus pocas pertenencias. Ambas cruzaron el umbral de la puerta a sabiendas de que jamás volverían a aquella casa, ahora comenzaba una nueva vida para Linda. Había cambiado esa vida con un buen puesto de trabajo y asegurada de lujos, por Emilio, que le había ofrecido toda la vida lo que había podido, y su hija Lucía.

            —Tranquila mi vida, papi está aquí. —Cerró la puerta a su espalda y se sentó en el sillón con su hija en brazos. Ahora tocaba una larga temporada de olvido. La mujer a la que amaba desaparecería de su vida. Quizás fuera cierto eso qué dicen que del amor al odio hay un solo paso.

Cuando Marta llegó a su casa, se la llevaban los demonios. Por su cara corría el barro todavía y no podía dejar de pensar en aquella maldita mujer.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó su marido, Carlos, cuando la vio entrar por la puerta.

—Si te lo cuento no te crees.

—Inténtalo —dijo en tono jocoso.

—Fui a ver a Parker, me enteré en comisaría que era su cumpleaños y le mandé un mensaje, le estaba esperando en una esquina cerca de su casa. Me pareció raro que me dijera que sí quería verme cuando desde que me estoy insinuando, siempre me ha dado esquinazo, pero pensé que quizás había cambiado de opinión. Al verle, decidí que lo mejor era tirarme a sus brazos y besarle antes de que se arrepintiera y cuando me vine a dar cuenta tenía a su mujer encima de mí, hecha una fiera y ¡me ha metido la cabeza en un charco lleno de barro!

—¿Cómo? –Carlos se carcajeó, no lo podía creer.

—¡No te rías! No es nada gracioso —le pidió ella con pena mientras se sentaba en el sofá—. Yo iba de buenas, incluso la invité a unirse a nosotros si quería.

—Marta, tienes que entender que no todo el mundo tiene una relación abierta como nosotros. No creo que esa mujer quisiera hacer un trío y compartir a su marido.

—Quizás tengas razón —susurró.

—No se lo tengas en cuenta, es normal que reaccionara así. —El chico se levantó y la abrazó.

—Pero no tenía por qué haberme metido la cabeza en un charco. ¡Es injusto!

—Conozco a esa chica de toda la vida y es más buena que el pan, pero es normal que si le tocan lo que más le duele, pues la chica salte.

—Bueno, pero por haberme hecho lo me hizo, no voy a contarle la verdad a Parker.

—Marta, deberías hacerlo. Eso era un tema que ya lo teníamos hablado —dijo el hombre en tono serio esta vez.

—Quizás me tenga que esperar a que se me pase este enfado que tengo con la mujer de Parker —comentó ella orgullosa.

—Tienes que decírselo, es algo que lo hemos recapacitado mucho como para que ahora te eches atrás.

—¡No! O al menos no ahora.

—Está bien, te doy una semana para que lo confieses, sino seré yo quien vaya a comisaría  y lo cuente todo.

—No me asustas, Carlos —dijo la chica en tono meloso.

—¿Seguro que no?

—No, quizás tengas que utilizar otras técnicas para asustarme. —Con  lentitud lo besó.

—Buscaré esas técnicas entonces.

—¿Quieres darte un baño conmigo? Lo necesito. —Los dos se carcajearon al ver las pintas de la chica.

—Eres un caso, a quién se le ocurre ir a casa de un hombre a buscarlo a sabiendas de que su mujer podía estar allí.

—Parker me tiene loca, daría lo que fuera por tenerlo en mi cama, junto a ti.

—Dudo mucho que eso pueda hacerse realidad algún día, cariño. —Se dirigieron al baño entre risas mientras llenaban la bañera.

**Cuando Paula llegó a casa, rápidamente se puso el pijama y se metió en la cama, ni siquiera se desmaquilló. No podía dejar de pensar en Alejandro, aquel chico tan simpático que había conocido en la fiesta de Corina. Fueron muy amables en llevarla a casa. Un trueno hizo que la chica se estremeciera dentro de la cama, hacía muy mal tiempo fuera y no le gustaban las tormentas.

Después de estar más de media hora metida en la cama y no poder dormirse, se levantó y cogió un álbum de fotos. Allí estaban las únicas fotos que tenía de sus padres, unas fotos que su tía Gema había conservado como oro en paño y que ella jamás perdería. A penas era un bebé, su madre estaba sentada en una silla de enea y su padre de pie junto a ellas. Ambas miraban la cámara, pero su padre con una gran sonrisa las miraba a ellas. Su madre tenía una cara preciosa, se parecía a ella, era morena y con una larga melena. Su padre era un hombre apuesto, de pelo corto.

Apretó aquella foto contra su pecho y suspiró. Todo sería tan diferente si ellos estuvieran a su lado, ¿Por qué tuvieron que morir? Era algo horrible, que jamás había entendido. Tenía ya una edad y se sentía como una niña desprotegida, aunque sabía que Alberto e Isabela estarían siempre a su lado y velarían por su bienestar. Quizás va siendo hora de que forme una familia —pensó la chica— Aunque pronto descartó la idea, allí apenas conocía a nadie y no se sentía con fuerzas de hacerlo después del mazazo que le había dado la vida dejándola sola.

Su móvil vibró, algo que le extrañó. Miró el reloj, eran las dos de la madrugada. Se levantó rápidamente y se quedó de piedra cuando leyó el mensaje que acababan de enviarle. “Soy Alejandro, nos conocimos en la fiesta de Corina. No me preguntes como tengo tu número, eso lo saben mejor que nadie Alexia y Andrea. Si tú quieres podemos vernos y salir a tomar algo para conocernos mejor. En definitiva los dos estamos solos en este pueblo sin conocer a nadie. Buenas noches. Que descanses” Sin poder remediarlo, Paula sonrió. Su jefa era un caso, seguramente se habría puesto de acuerdo con la prima de Alejandro para darle su número de teléfono. Pensó durante varios minutos el contestarle o no, pero decidió que tenía que arriesgar en la vida. “Claro que me apetece salir contigo. Puedes invitarme a cenar este sábado, estaré encantada. Ahora toca descansar. Buenas noches”

Después de aquello, sin poder disimular su entusiasmo volvió a meterse en la cama. Alejandro se había interesado por ella. No podía creerlo. ¡Tenía una cita! Y nada que ponerse ese día, por lo que tendría que ir de compras. Entonces pensó en pedirle a Clara que la acompañara, esa chica se merecía salir de casa y olvidar el episodio tan malo que había ocurrido en su vida meses antes.

**Dos días después, Hugo decidió ir a comisaría para ver cómo iba la investigación. No quería preguntarle a Clara, ya que en más de una ocasión le había tratado como a un perro, aunque Fernando, al decirle que ya habían probado que él no tenía nada que ver, le asegurara que a partir de ahora esa chica no sería tan desagradable con él. Era su día libre y tenía que ir a hacer unas compras al pueblo, aunque no le gustaba salir, puesto que su apariencia no era la mejor y todo el mundo se le quedaba mirando.

Pasó por la plaza y efectivamente, todo el mundo le miró. Intentó pasar lo más rápido posible, necesitaba con urgencia unas cosas de la farmacia y no podía dejar el mandado sin hacer. Cuando por fin pasó la masa de gente que no paraban de mirarle, se fijó en un establecimiento de ropa. Allí dentro estaba Clara, que reía mientras le enseñaba ropa a otra chica. ¿Debía entrar a saludarla? Se quedó petrificado en la puerta mirándola, no se atrevía a hablarle, no sabía cuál sería su reacción. Entonces vio como la chica lo miraba y sonreía. Luego salió de la tienda junto a la otra chica y varias bolsas en la mano.

—Hugo, tenía ganas de verte —susurró la chica.

—Hola, Clara.

—Quería pedirte perdón por cómo te he tratado, yo no quería hablarte así y decirte esas cosas tan feas. Ahora que sé que tú no tuviste nada que ver con la muerte de mi madre, estoy realmente arrepentida.

—No te preocupes, mi sentimiento de admiración hacia tu persona no cambia —dijo el hombre con lo qué intuían era una sonrisa. Paula se quedó mirándole intentando que no se le notara mucho la impresión al ver a una persona con la cara deformada de aquella manera tan brutal.

—Ella es Paula. Ha venido desde Cádiz a trabajar a Silillos y la verdad que  desde que nos hemos conocido, nos hemos caído bastante bien. —Paula le extendió la mano con una sonrisa.

—Encantado, Paula. Me alegro que seáis amigas y Clara tenga con qué entretenerse. Por lo que sé has estado meses encerrada.

—Sí—reconoció la chica con pesar—. No tenía fuerzas para enfrentarme al mundo, pero es verdad que necesitaba salir y despejarme un poco.

—Tenéis que disfrutar de la vida ahora que podéis.

—Por cierto, ¿de dónde vienes?

—De la farmacia, necesitaba hacer unas compras. —Se limitó a responder mientras le enseñaba la bolsa.

—Os invitó a un café —les propuso Clara.

—No creo que sea lo mejor…

—Entiende que me siento fatal por haberte tratado así, quiero arreglarlo, si tomamos un café, podemos hablar tranquilamente.

—Está bien.

Paula pasó por delante de una tienda y se volvió loca, vio un vestido que le encantó, por lo que entró a probárselo mientras ellos tomaban el café. Una vez sentados en el bar, todo el mundo les miraba, pero aquello era indiferente para Hugo. Allí estaba, tomándose un café con Clara Cabello, la persona que más admiraba en la vida.

—Hugo, llevo un tiempo pensando en ti. Perdona si soy un poco indiscreta, pero ¿qué clase de accidente pudo ocurrirte para que te dejara así el rostro? —preguntó la chica mientras daba un sorbo a su café.

—Mi casa ardió una noche mientras mi familia dormía, yo me levanté y justo en ese momento hubo un corto circuito. Mi mujer y mi hija murieron, y yo me quedé así para los restos —dijo señalándose la cara.

—Oh, es terrible —susurró ella.

—Desde ese momento, un buen amigo me ayudó. La última persona en el mundo que yo imaginaba que podría ayudarme fue quien me tendió una mano. Ahora tenemos menos relación, por circunstancias de la vida. Luego me dieron el trabajo en el cementerio, al menos allí nadie cuchichea a mis espaldas cuando paso, refiriéndose a mi aspecto. —Los dos sonrieron.

—Vaya, debió de ser horrible.

—No te lo puedes imaginar, dejar de ver para siempre a tu mujer y a tu hija. Fue lo peor que me ha pasado en la vida con diferencia.

—¿Qué edad tenía tu hija?

—Era muy pequeña, aún no tenía el año.

—Oh…

—Pero eso pasó hace muchos años y de alguna manera he aprendido a vivir sin ellas, aunque no haya un día en que no las recuerde.

—Quiero que sepas que me tienes para lo que necesites.

—Lo sé y te lo agradezco.

—Hugo, me siento fatal. Yo no conocía tu vida, tu historia y te acusé de asesino sin conocerte realmente.

—Son cosas que pasan, estaba en el sitio justo en el momento adecuado. Todo me señalaba a mí, pero tenía fe en que algún día se llegara a la verdad. Y así ha sido, soy inocente y todo el mundo lo sabe.

—Y no sabes cómo me alegro de que eso sea así. Tienes las puertas de mi casa abiertas para lo que desees, solo tienes que llamarme. —La chica le agarró la mano y sonrió. Él no podía creerse lo que le estaba pasando.

—Gracias, Clara. Eres un ángel caído del cielo.

Cuando el hombre se despidió de ella, lo último que recordó era que tenía que ir a comisaría a preguntar por el caso. La felicidad le invadía todos los sentidos.

**Cuando Corina llegó a casa aquella tarde con los niños después de dar un paseo, escuchó las voces de su marido y más chicos en el patio de casa. Al entró vio que se trataba de Mario, Fernando y Alejandro.

—Hola, cariño —le saludó David mientras los otros levantaban la mano.

—Hola.

—Habíamos quedado para hablar sobre el caso con Alejandro y como el tiempo no está muy bien, nos hemos venido aquí que está el patio techado.

—No os preocupéis, yo tengo cosas que hacer con estos diablillos. —Los tres sonrieron y Corina se encerró a dibujar y a leer con los niños en el cuarto de juegos.

—Bueno, esta es toda la información que tenemos. —Fernando echó encima de la mesa el tocho de documentos.

—Mario ya me ha contado algo sobre el caso y la verdad es que no tenéis muchas cosas para buscar a quién mató a esa mujer.

—Tenemos las pruebas de ADN que ya han sido comparadas con las personas de las que sospechábamos, pero al ser ellos inocentes, lo que nos falta son personas con quien comparar esas pruebas. —Mario se tocó el pelo.

—¿Y estáis seguros que sabéis todo el pasado de esa mujer? —preguntó Alejandro mientras se recostaba en la silla.

—Bueno, tenemos lo que Antonia, la secretaria pudo conseguir. —El chico miró los documentos.

—Quizás yo pueda hacer algo con respecto a esto. En la comisaría dónde yo trabajo hay una base de datos bastante grande, que allí podremos encontrar algo más que aquí. ¿Qué os parece?

—¿Harías eso por nosotros? —preguntó David.

—Claro, os dije que os iba a ayudar y lo voy a hacer. Solo que ya hay que esperarse al lunes.

—Sí claro, esperaremos.

—También he pensado —comenzó a decir David— que deberíamos pedirle a Clara que mire bien entre las cosas de su madre, quizás de ahí pueda sacar algo. Lo que está claro y sé de primera mano es que desde que Ana Lucía murió, su hija no ha vuelto a entrar en su casa. Quizás por miedo a los recuerdos o quien sabe por qué, pero tenemos que decírselo para que intente recoger toda la información posible de las cosas de su madre.

—Está bien, el lunes la llamaremos.

—Entonces, lo que tenemos que esperar es que Alejandro mire en la base de datos            —Mario extendió un papel con el nombre de Ana Lucía Madariaga— y decirle a Clara que mire entre las pertenencias de su madre para así ver si podemos sacar algo más en claro de toda esta historia.

—Eso es, ahora debemos irnos —le dijo Alejandro a Mario.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Fernando en tono jocoso. Andrea ya le había contado lo de la cita.

—Mi primo tiene una cita con Paula —canturreo Mario. Corina, que miraba por la ventana, sonrió. ¿Por qué ella no se había enterado de esa cita?

—Vaya, vaya… —dijo David mientras daba un sorbo a su cerveza.

—Pues sí y he quedado con ella a las ocho, así que no puedo tardar. —Alejandro se levantó nervioso de la silla.

—Oye, tranquilo. —Rió Fernando.

—¡No puedo! Estoy muy nervioso.

—Primo, cuéntales lo que te pasó con Noah. —El chico dudó, pero al final le contó a aquellos hombres lo que Noah había hecho con él. Corina se tapó la boca en señal de sorpresa, escondida en la ventana. Sabía que su marido la mataría, pero no podía evitarlo.

—Ahora entendemos tu miedo —le dijo David.

—Paula parece una buena chica. —La defendió Fernando.

—Sí, eso parece. Aunque Noah también lo parecía. —Mario vio la tristeza en los ojos de Alejandro.

—Pero me voy a arriesgar. La chica me gusta y parece buena, creo que me hubiera arrepentido de no haberle pedido la cita.

—Has hecho bien. Cuando Andrea me contó que Alexia la había llamado a la una de la mañana para pedirle el número de Paula, no podía creerlo. Estas mujeres nuestras son tremendas. —Todos se carcajearon.

—La mía creo que no sabe nada. —David sonrió solo de pensar en cómo se pondría cuando se enteraría. Corina desde detrás de la ventana reía por saber que ellos desconocían que ella los estaba escuchando.

—Pronto se enterará, tranquilo. Aquí hay tráfico de información entre estas víboras, en el buen sentido de la palabra.

—Ahora sí que tengo que irme, sino no voy a llegar.

Mario y Alejandro se despidieron de ellos y salieron de la casa. Cuando David y Fernando se quedaron solos, apareció Corina, que no dijo nada.

—Cariño, te tengo noticias frescas —le informó David. Ella se hizo la interesante y se sentó al lado.

—Dime.

—¡Alejandro y Paula tienen una cita!

—Oh, no me digas —gritó ella con entusiasmo.

—¡Sí!

Corina no pudo dejar de reír solo de pensar que ella ya lo sabía. Su marido y Fernando eran unos pardillos, aunque se hacían de querer.

**Antonio estaba muy preocupado por su chica. Aquella mujer morena de ojos claros cada día tenía peor aspecto. Él sabía que era normal en su estado, pero aquello ya estaba sobrepasando límites insospechados. Desde el umbral de la puerta la observó. Jade estaba tendida en el sofá viendo una película, liada en su bata de casa y el pelo recogido en una coleta alta.

—Hola, guapa. —Ella le sonrió y le hizo un sitio a su lado.

—Estoy mejor, antes de que me preguntes. —Lo tranquilizó.

—Esa coleta te sienta de maravilla, no me acostumbro aún a verte sin el velo.

—Pues hazlo, porque en casa no lo puedo tener puesto siempre, sino mi pelo se resentirá y lo perderé todo.

—Haces bien. —Él le acarició la cara en señal de cariño—. ¿Te apetece que salgamos a cenar? No creo que tardes mucho en ponerte algo.

—Antonio, no tengo ánimos para salir a ningún sitio. Esta barriga cada día crece más y la verdad es que no me siento bien. —La chica se tocó una casi inexistente barriga y suspiró.

—Está bien, saldré a comprar algo entonces.

—Me apetece algo que no sea muy pesado.

—Jade, ¿te preocupa algo?

—¿Por qué me preguntas eso ahora? Ya te he dicho que es solo por el embarazo que me siento algo mal —le contestó de mala manera.

—Perdona, no quería incomodarte. —El hombre se levantó para ir a comprar la comida.

—Antonio, perdona. No quería hablarte así, pero con todo esto estoy muy nerviosa. Yo siempre he tenido una vida muy diferente a todo esto que estoy viviendo y ahora para colmo me quedo embarazada, no sé que me depara el futuro y me siento vulnerable con todo lo que dicen las personas que me rodean. —Él sonrió.

—Tranquila, como te he dicho antes, será el embarazo.

—No tardes, no quiero estar sola.

—En menos de lo que imaginas habré vuelto. —Antonio se puso la chaqueta y salió fuera, dónde hacia algo de frío. Ella se levantó del sofá y lo miró por la ventana. Tenía que ir a visitar a Alexia de nuevo, su estado estaba yendo cada vez a peor y no podía seguir así. Se sentía mal, muy mal. Tenía que existir algún tipo de vitamina o algo que la hiciera reaccionar y poder sentirse como una persona. Pronto su hijo llegaría al mundo y quería estar al cien por cien para cuidarle y convertirse en la mejor madre del mundo.

**Cuando Alberto llegó a casa, escuchó a Isabela y Paula sonriendo en la planta de arriba. Él, risueño con aquello, subió las escaleras de dos en dos y se dirigió hacia el cuarto de la chica, de dónde procedían las risas.

—¿Qué os pasa? —preguntó mientras entraba. Se quedó de piedra al ver a Paula. Estaba espléndida.

—¡Nuestra niña tiene una cita! —Aplaudió Isabela.

—Vaya, no sabía nada. Estás guapísima. —Alberto se sentó al borde de la cama mientras la contemplaba.

—Gracias, Alberto.

—Estamos aún pensando que hacerle en el pelo, quizás un recogido le quede bien, pero tiene un pelo bastante frondoso y no sabemos qué hacer con él. —Las dos se carcajearon.

—Sí, un recogido estará bien —dijo él embelesado mientras miraba a aquella chica—. Si no es mucha indiscreción, ¿Con quién vas a salir?

—Con un chico que se llama Alejandro, es policía y acaba de mudarse aquí a Fuente Palmera, aunque trabaja en una comisaría en Córdoba capital. —Alberto miró a la chica de arriba abajo, eso no le hacía gracia.

—Ten cuidado, Paula —se limitó a decirle él.

—Oye, es una chica joven, déjala que disfrute —dijo Isabela mientras terminaba de recogerle el pelo en un romántico moño bajo.

—Tranquilo, sé defenderme sola, toda la vida lo he hecho.

—Sabes que ahora nosotros somos como tus padres, mi vida. —Isabela la besó en la mejilla—. Es normal que nos preocupemos por ti, eres como la hija que dios nunca nos mandó.

—Gracias por tus palabras, yo también os veo a los dos como a mis padres. —Alberto sonrió y volvió a observarla. Aquel pelo recogido, aquel bonito vestido negro y aquellos tacones rojos hacían que la chica estuviera  espectacular.

—Bueno, nosotros nos vamos que en media hora hemos quedado con unos amigos y tenemos que arreglarnos aún. —La mujer cogió a su marido del brazo y cerraron la puerta a sus espaldas. Paula se quedó sola y se miró al espejo. Estaba radiante y deseosa de ver a Alejandro. En ese momento sonó su móvil.

—Dígame.

—¿Nerviosa? —preguntó Clara al otro lado de la línea.

—Clara, estoy muy nerviosa. Apenas faltan quince minutos para que Alejandro me recoja y estoy hecha un flan. No recuerdo la última vez que tuve una cita con un chico. —Las dos sonrieron.

—Tú tranquila que seguro que estás preciosa.

—Isabela me ha ayudado a arreglarme, a elegir el maquillaje, el peinado…

—¡Guau! Por lo que me has contado, esa mujer tiene que ser muy buena.

—Sí, tanto ella como su marido se están portando muy bien conmigo, incluso me han dicho que yo para ellos soy como la hija que jamás tuvieron.

—Oh, dios mío. Eso es algo precioso.

—Sí, al menos no me siento tan desprotegida. ¿Tú cómo estás?

—Bueno, algo mejor —dijo la chica mientras se sentaba en el sofá con un cuenco de caldo de pollo.

—Anímate.

—Eso intento, pero…

—Tienes que ser positiva y pensar que en breve todo este asunto se va a solucionar y van a averiguar qué fue lo que pasó.

—Ojalá. Ya apenas puedo dormir solo de pensar en mi pobre madre.

—Tienes que encontrar algo con qué entretenerte, ¿por qué no comienzas a escribir otro libro?

—Creo que mi vida como escritora se terminó. No me veo con fuerzas de escribir otro libro después de lo que ha pasado con este último.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

—Por ahora tengo unos ahorros que  me van a dar para vivir desahogada durante un tiempo, pero luego creo que volveré a la abogacía. Después de escribir, es lo que mejor se me da.

—Estoy segura de que eres una gran abogada.

—Eso me decían todos antes de que decidiera meterme en este mundo de la escritura, pero es lo que me tiraba y tenía que intentarlo. Seguramente, si algo tan horrible como lo que ha pasado, jamás hubiera sucedido, hubiera muerto escribiendo. Es mi pasión, pero por ahora prefiero dejarlo y creo que jamás lo retomaré. —Al otro lado del teléfono se escuchó el pitido de un coche.

—Clara, tengo que dejarte. Alejandro ya ha llegado.

—Pásalo bien y disfruta mucho. Mañana me tienes que contar todo con lujo de detalles.

—No lo dudes. Hasta mañana. —Paula miró por la ventana y vio como Alejandro la esperaba metido en su coche. Sonrió y como alma que lleva el diablo, se pintó los labios con un brillo rosa muy recatado. Luego cogió el bolso y bajó las escaleras. Isabela le deseó suerte y Alberto tan solo una mirada y algo parecido a una sonrisa.

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