ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 8.

**Paula acababa de acomodarse en su nueva casa, allí había decidido estar hasta que encontrara un trabajo estable con el que mantenerse y poder pagarse el alquiler. Fue al baño a mojarse la cara, en breve llegaría Andrea con Aurora, que ya tenía casi cuatro meses de edad; la había visto en fotos y era un amor de niña. Con ese trabajo tendría al menos para sus gastos y para poder cooperar en los gastos de la casa, aunque Isabela se estaba resistiendo, pero al final lo conseguiría.

—¡Paula! —gritó Andrea cuando la vio bajar por las escaleras. Se tiró encima de ella y la abrazó con ímpetu- Lo siento. Siento muchísimo lo de tu madrina.

-Gracias, pero no te preocupes, ella ya está descansando en paz. ¿Cómo está Aurora?     —Fernando se levantó con su hija en brazos y la mostró orgulloso. Estaba gordita, rubia como su madre y con unos inmensos ojos grises.

—Aquí la tienes. Toda tuya. —El chico le pasó a su hija y Paula la besó amorosamente.

—Hola pequeña, soy Paula. Tú y yo vamos a ser muy amigas a partir de ahora. —La niña parecía entenderla, pues con una gran sonrisa le tocaba sus rizos rubios.

—Creo que le gustas. —Sonrió Andrea mientras le tocaba la cabecita a aquella preciosidad. Todos se sentaron en el salón, mientras Isabela no cogía en sí de gozo.

—No sabéis lo contentos que estamos de tener a Paula con nosotros. —La mujer le acarició la mejilla y ella sonrió.

—¿Por qué no habéis tenido hijos?  —preguntó mirado a aquella pareja.

—Mi tía se casó relativamente mayor con Alberto y ese hijo tan preciado por ellos jamás llegó —le informó Fernando.

—Ya era algo mayor cuando Alberto llegó a mi vida. Creí que estaría soltera para siempre, pero apareció él y me desarmó entera. Ya llevamos veinte años felizmente juntos y cada día me alegro más de haberlo encontrado. —El hombre se acercó a Isabela y la besó. Todos sonrieron al ver el amor tan grande que se profesaban aquella pareja.

—Yo sí que puedo decir que esta mujer cambió mi vida. Estaba solo en el mundo, me quedé sin familia muy joven y deambulé de un lado para otro durante muchísimo tiempo, pensando que me moriría solo, pero la encontré y aquí seguimos.

—Me alegro mucho, la vida da cosas buenas a la gente que lo merece.

—¿Cuándo comienzas el trabajo? —preguntó Alberto a Andrea que bebía de su café con ansia, necesitaba cafeína en el cuerpo.

—Mañana mismo. Blanca está liadísima con la peluquería y me ha dicho que tengo que estar jornada completa.

—Yo le he dicho que son muchas horas —replicó Fernando.

—Lo sé, pero nuestra hija va a estar bien cuidada, Paula la quiere mucho.

—De eso no tengáis la menor duda —dijo la chica mientras besaba a aquella niña, que se estaba durmiendo en sus brazos.

—Blanca se ha vuelto a quedar embarazada y necesita más ayuda. Tiene un niño de poco más de un año y otro en camino, no puede sola con la peluquería.

—¿Más sobrinos para Corina y Parker? —Sonrió Fernando al pensar en las travesuras que le contaba David sobre su sobrino, hijo de Raúl, el hermano de Corina, y Blanca.

—Sí, esperan que esta vez sea una niña.

—Los niños nos alegran la vida y yo estoy enamorada de mi Aurora. —Isabela cogió a la niña en brazos y la sacó al jardín para que le diera el aire.

—Confiamos en ti, Paula —dijo Fernando cogiéndola de las manos.

—Sabemos que lo estás pasando mal, pero tú me ayudaste en su día cuando mi hija iba a venir al mundo, y ahora que lo necesitas seremos nosotros quien te ayudemos a ti, no tengas ninguna duda sobre eso. —Una lágrima comenzó a correr por la cara de aquella chica.

—No llores, no me gusta ver llorar a una mujer.

—Esto es muy importante para mí. Jamás en la vida podré agradecerles a Isabela y a Alberto que me hayan acogido en esta casa como a una hija, y a vosotros por confiarme a vuestra hija y darme trabajo.

—Sabemos que no es un trabajo relacionado con lo tuyo, pero pronto encontrarás algo, ya lo verás.

—Gracias, de verdad. ¿A qué hora tengo que estar mañana en vuestra casa?

—A las nueve está bien. Alberto te llevará, nosotros vivimos en Silillos, la aldea de al lado.

—No habrá problema, allí estaré.

**Cuando David llegó a casa, el caos reinaba. Además de sus hijos, estaba su sobrino, el hijo de Raúl. Aquel niño era muy inquieto y cuando se juntaba con Luis, el mundo tenía que echarse a temblar.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó en tono jocoso.

—¡Papi! —gritó Carmen al verlo mientras se echaba a sus brazos.

—David, ayúdame. Me van a volver loca. —Corina salió del cuarto del fondo con un bañito lleno de ropa. Tenía que ir a tenderla al patio.

—Dame, yo la tiendo.

—¡No! Si quieres ayudarme saca a esos demonios de aquí. Llévatelos al parque, adónde quieras, pero entretenlos. —El chico sonrió al ver a su mujer, solo le hacía otro hijo más en su vida.

—Está bien. ¿Quién se viene al parque? —preguntó acaparando toda la atención de aquellos diablos.

—¡Yo! —gritaron los dos al unísono.

—¿Tú te vienes, princesa? —le preguntó David a Carmen que estaba en un rincón jugando con sus muñecas.

—No, ella se viene conmigo que tengo que ir a casa de mi madre en unos minutos. No quiero que le peguen un balonazo ni nada por el estilo.

—Tranquila mi amor, te veo tensa. —El chico abrazó a  su mujer y le besó el cuello.

—¡Lo estoy! Ese demonio de Darío llega a casa y lo revoluciona todo, es igualito que su padre. —Corina sonrió al pensar en su hermano Raúl. Hacía nada que era un adolescente y ahora era un padre de familia, con su mujer, su hijo y otro en camino.

—¡Tita, tita! —Darío comenzó a tirarle del pantalón.

—¿Qué te pasa? —preguntó cariñosamente mientras soltaba el bañito y se ponía a su altura.

—Quiero merendar. —Apenas sabía andar ni hablar, pero era muy espabilado.

—Señorito, usted merendó con los primos hace menos de quince minutos, así que déjeme dudar que tenga hambre. —El pequeño le hizo un puchero mientras Corina lo cogía en brazos—. Y si quieres ir con el tito David y Luis al parque, vas a tener que sentarte en tu sillita, porque eres muy pequeño y no sabes andar bien aún.

—¡No! —gritó el niño mientras cruzaba los brazos sentado en el carrito.

—¿Cómo que no? —dijo Corina riendo.

—Este niño se resiste, ¿eh? —David sonreía mientras se carcajeaba con Luis cogido de la mano.

—¡Llévatelos! —La chica abrió la puerta y aquellos tres hombres desaparecieron camino del parque.

—Mami, ¿vamos a ir a ver a la abuela? —preguntó una tímida Carmen al otro lado de la puerta.

—¿Tú quieres que vayamos?

—Sí.

—Pues dame dos minutos que tienda esto y nos vamos, reina. —La niña sonrió al escuchar aquello. Le encantaba cuando alguien le llamaba reina o princesa. Se fue detrás de su madre hasta el patio.

—Mami, ¿soy la princesa Sofía? —La niña se refería a unos dibujos animados que estaban muy de moda y que la volvían loca.

—Claro, mi niña es la princesa Sofía.

—¿Y por qué no me llamo Sofía?

—Porque Carmen es un nombre muy bonito.

Cuando Corina terminó de tender la ropa, cogió a su niña de la mano y se dirigieron a casa de la abuela María. Al llegar la encontraron sentada en el sofá viendo su telenovela favorita.

—Mamá, por dios. ¿Por qué ves esas cosas? —preguntó Corina mientras la mujer se comía a besos a su nieta.

—Me entretiene. Tu padre se pasa el día en el huerto plantando tomates y pimientos y yo veo novelas.

—Ah, está bien. —Sonrió la chica al pensar en sus padres, eran un caso.

—¿Cómo va la investigación de Parker?

—Llámale David, parece que no eres su suegra. —Las dos rieron con el comentario.

—Tienes razón.

—La investigación va parada, pero seguro que pronto van a dar con el culpable.

—Tu ayuda es muy necesaria, siempre le echas una mano a la hora de resolver los casos.

—Eso intento, pero ahora estoy muy liada.

—¿Has visto a Clara últimamente?

—Hace meses que no la veo. Esa chica se ha refugiado en su casa y no sale de allí. Fui en varias ocasiones pero nadie me abrió la puerta, por lo que finalmente decidí no ir más, si ella me necesitaba, vendría a casa.

—Haces bien, quizás esa chica no quisiera en ese momento la compañía de nadie.             —Carmen entró con un batido en la mano y se sentó al lado de su abuela mientras miraba la televisión.

—Es igual que tú, mírala. —La chica miró con amor a aquella niña que les había cambiado la vida.

—La gente está un poco inquieta en el pueblo. Nadie sabe quién mató a esa mujer ni porqué y quieren una respuesta.

—Lo sé. Sé lo que la gente quiere, pero sin pruebas es imposible poder indagar en el tema.

—Tú descubriste quien mató a Lidia, mi amiga. Puedes ayudar a David, yo lo sé.

—¡Mamá! Me encantaría, pero no saco tiempo de ningún lado.

—Está bien, está bien. No digo más nada.

Pasado un rato, la noche comenzó a aparecer y Corina se marchó a casa con Carmen, allí estarían esperándolas David y Luis, ya se acercaba la hora de dormir, para poder rendir al próximo día.

**Antonio no podía creerlo.

—¡¿Qué estás embarazada?! —gritaba por enésima vez.

—Sí, pero tranquilízate, vas a romper todo lo que se te ponga por delante.

—¡Estoy contentísimo! Un hijo contigo. ¡Te quiero, Jade! —El hombre se abrazó a ella que seguía tumbada en el sofá.

—Alexia me ha recomendado que vaya al ginecólogo. Me ha dado la tarjeta de esta doctora para que llame.

—¡Iremos mañana mismo! Quiero saber de cuánto tiempo estás, si es niña o niño, ¡Todo!

—Aún es pronto, amor —dijo la chica sin ningún entusiasmo.

—No te veo ilusionada, ¿qué te ocurre? —El hombre se sentó alarmado a su vera.

—Estoy muy cansada y no me siento bien. —Se limitó a decir mientras hacía un gran esfuerzo por mantener los ojos abiertos.

—Eso es normal en tu estado, pero tienes que alegrarte, pronto vas a ser mamá. ¡Vamos a ser padres! Ahora mismo voy a llamar a esta doctora para pedir cita. —El hombre cogió el teléfono  después de camelarse a la secretaría consiguió una cita para el día siguiente a las diez de la mañana.

—A las diez en su consulta.

—Está bien, allí estaremos. Ahora déjame dormir. La chica se recostó el sofá y cogió el sueño muy pronto. Antonio se sentó en el sofá de al lado, aún sin creérselo y pensó que sería mejor esperar al día siguiente que hubieran visitado a la médica para darle la noticia a su hijo y a su nuera. Volvió a mirar a su mujer y se llenó de ternura. Se levantó y la tapó con la manta, mientras le daba un tierno beso en la frente.

—Descansa, mi vida.

**El reloj marcaba las nueve de la noche y las gemelas ya estaban metidas en la cama.

—Mami, es muy temprano aún para dormir. —Se quejó Daniela. Alexia se sentó en su cama y le besó la frente.

—Si os meto antes en la cama es para que leáis. Cada una tiene su mesita, su flexo y sus libros, podéis escoger el que queráis, y dentro de una hora vendré para arroparos.

—Está bien —susurró Julia.

Alexia salió por la puerta de la habitación de sus hijas y se dirigió al salón, dónde estaba Mario viendo la televisión.

—¿Has llamado a tu amigo para preguntarle lo de la vacante? —La chica le había contado a su marido todo lo que había hablado con su tía Mónica y al final decidió ayudar a Alejandro.

—Sí, lo he llamado y me ha dicho que el puesto sigue libre. En tres días sería la entrevista, así que hay que avisar a Alejandro lo antes posible, él no sabe nada.

—Si quieres podemos llamarle ahora mismo. —Alexia cogió su móvil y marcó el número de su primo. Al tercer tono lo descolgó.

—¿Sí? —La voz decaída de Alejandro sonó al otro lado de la línea.

—Cariño, ¿cómo estás?

—Hola, Alexia. Te mentiría si te dijese que estoy bien.

—No me digas eso, ya sabes que me duele verte así.

—No puedo olvidarme de ella. —Alejandro estaba sentado en su despacho, revisando unos papeles del trabajo.

—Noah tiene que desaparecer de tú vida y de nuestras vidas. Esa chica no te merece, la quisimos mucho y sabes que era como una hermana para mí, pero después de lo que te hizo, tienes que olvidarte de ella.

—¡Sé que tengo que hacerlo, pero ¿Cómo?!

—¿Has pensado un cambio de aires en tu vida? —preguntó ella con picardía.

—¿Un cambio de aires? ¿A qué te refieres? —Parecía receloso mientras bebía de su copa de Whisky.

—Si yo te dijese que en unos días puedes tener una entrevista de trabajo en una comisaría en Córdoba capital, ¿qué me dirías?

—¿Cómo? Tú has hablado con mi madre y no me digas que no, porque no te creo.

—No, es que un amigo de Mario se lo comentó y pensé en ti —mintió la chica.

—Alexia…

—Alejandro, es por tu bien, si te vienes aquí vas a conocer a gente nueva, vas a cambiar de aires y te va a sentar bien. —Un silencio se hizo al otro lado de la línea.

—De todas formas, creo que me van a despedir por bajo rendimiento —dijo el chico con resignación.

—¿Eso es que sí? —Pegó un grito la chica.

—Alexia, sabes que siempre he sido muy competente en mi trabajo pero esta situación está pudiendo conmigo y no me deja trabajar con claridad, al menos aquí en Madrid. No puedo quitarme esa imagen de Noah con otro de la cabeza y eso me atormenta. Creo que sí, que me voy a ir para Andalucía. Pediré unos días de vacaciones para hacer la entrevista y si todo va bien, presentaré la dimisión en mi trabajo.

—Ese es mi chico —afirmó Mario arrimándose al móvil. Alejandro sonrió al otro lado. Sabía que necesitaba un cambio y aquello sería altamente positivo para él.

—Aquí en casa puedes quedarte el tiempo que necesites, tenemos dos habitaciones vacías —dijo Alexia entusiasmada.

—Mientras encuentro algo de alquiler, me quedaré en vuestra casa.

—¡No me lo creo! —La chica se abrazó a su marido y su primo sonrió nada más que de imaginársela.

—Pasado mañana cogeré el AVE hasta Córdoba. Allí tendréis que venir a recogerme.

—No te preocupes, no hay problema, yo trabajo muy cerca. Aquí te presentaremos a nuestros amigos. Fernando y David son policías y trabajan en Fuente Palmera, ahora mismo llevan un caso muy interesante, sé que te va a gustar —le informó Mario.

—Perfecto. Os llamaré para ponernos de acuerdo. Dale un besito a las gemelas de su tío Alejandro y tened buenas noches.

—¡Buenas noches! —Se despidieron los dos al unísono.

—Ah, y ya puedes llamar a mi madre para decirle que vuestro plan ha salido a pedir de boca —dijo el chico sonriendo.

—Me encanta verte sonreír, ahora la llamaré, tonto.

Y la comunicación se cortó. Alexia se abrazó a su marido y lo besó, gracias a él su primo podía conseguir un trabajo cerca de ellos y podría salir de Madrid, aquella ciudad que tan malos recuerdos le traía, por culpa de quién creía que había sido su gran amor: Noah.

**Clara llevaba sin salir de casa meses. Tan solo hacía la compra y alguna que otra vez salía a correr. Sus ánimos no estaban para tener que ver a nadie. El asesinato de su madre no había manera de que fuera resuelto, se ponía en contacto continuamente con Parker y Treviño, pero siempre les decía lo mismo: No tenían nada por falta de pruebas.

—¿Sí? —Cogió la chica el teléfono mientras tecleaba algo en su ordenador.

—Clara, soy David. Tenemos que hablar.

—¿Qué ha pasado? ¿Se ha sabido algo más? —preguntó mientras se levantaba de la silla bastante alterada.

—Sí, he tenido una reunión con el forense, pero preferiría quedar contigo y así poder hablar.

—Está bien, pero ven a casa, yo no voy a salir.

—Cuando a ti te venga bien, a mí también —dijo el chico mientras veía como su hijo jugaba al futbol con Darío.

—¿Qué estás haciendo ahora mismo? —Quería saber lo antes posible todo lo que había ocurrido.

—Estoy con mi hijo y mi sobrino, pero nos iremos pronto, ya que está anocheciendo. ¿No puedes esperar a mañana?

—David, ¿Cómo voy a esperar a mañana? Si no vas a venir, dímelo por teléfono.

—Está bien, tranquila. En cuanto suelte a los niños en casa, iré.

—No tardes, por favor.

Cuando la conversación finalizó tiró el teléfono encima de la mesa y miró por la ventana. ¿Qué sería aquello tan importante que habían descubierto? Decidió echarse un café. Se dirigió a la cocina mientas se liaba en su bata de casa, un regalo de su madre. Se la acercó a la nariz y la olió, quería a su madre y no entendía como alguien podía haberla violado para después matarla, ¿Quién tendría nada en contra de ella? Estaba segura que Carlos no, puesto que siempre habían sido muy amigos, y aunque ella desconocía el romance que entre ellos existía, sabía que aquel hombre sería incapaz de hacerle nada a su madre. Cogió una taza del mueble y se sirvió. Se sentó en el sofá y cuando iba a dar el primer sorbo, sonó la puerta. ¡David ya había llegado! Rápidamente se levantó y fue a abrir, pero allí había una mujer. Una mujer a la que ella no conocía de nada.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó con recelo.

—¿Clara Cabello? —Aplaudió ella emocionada.

—Sí, soy yo. ¿Qué quiere? —Cerró un poco la puerta.

—Solo quería conocerte, eres divina. —La chica se acercó más a ella y Clara no hizo nada, parecía que se le habían quedado los pies clavados en el suelo.

—¿Divina? ¿Quién es usted? Dígame ahora mismo lo que quiere o llamaré a la policía         —advirtió Clara.

—No quiero hacerte daño, solo conocerte. —Aquellos ojos azules le recordaban a alguien. ¿Quién era aquella mujer? Cuando Clara iba a pegarle un portazo en las narices, vio como un coche entraba en su chalet, era David.

—¿Os conocéis? —preguntó él incomodo mientras se acercaba la puerta.

—Yo… —tartamudeó la mujer.

—Yo no la conozco de nada y parece que tampoco quiere que la conozca, ya que no quiere decirme quién es —informó Clara abriendo la puerta de nuevo. Sabía que estando allí el chico no le pasaría nada.

—Es Marta León, la mujer de Carlos, el cartero. —Marta se puso bien el pelo y le echó una gran sonrisa a David.

—¿Tú eres la mujer de Carlos? ¿Qué haces en mi casa?

—Solo quería conocer a la hija de Ana Lucía —dijo ella algo nerviosa.

—Pues ya me conoce. Le informo que desde que mataron a mi madre no hablo con desconocidos, se lo digo por si vuelve a venir a casa. No le abriré la puerta, así que ahórrese el camino.

—Clara… —susurró aquella mujer con un ápice de tristeza en sus ojos.

—Marta, quizás sea mejor que te vayas. Yo ya he hablado con Carlos este mediodía y le he informado de todo lo concerniente a la investigación que lo involucra a él.

—Lo sé, he hablado con él. —Se limitó a decir—. Ahora tengo que irme. Clara, encantada de conocerte. —Sonrió la mujer a la chica y acercándose a David le susurró algo al oído. Se quedó de piedra. “Estoy a tu disposición, Parker”

Cuando entraron en casa de Clara, el chico aún estaba bastante desconcertado por lo que aquella mujer había hecho, tenía que dejarle las cosas más claras todavía si no quería que fuera Corina quien se encargara de todo.

—¿Esa mujer estaba ligando contigo? —le preguntó Clara con una pequeña sonrisa en los labios mientras le pasaba una taza con café.

—No… —comenzó a titubear el chico.

—Bueno, cuéntame eso tan importante —lo instó la chica para quitarle hierro al asunto.

—Hemos comprobado científicamente que Hugo y Carlos son inocentes de la muerte de tu madre. —Clara se sobresaltó.

—¿Ninguno ha tenido nada que ver?

—Ninguno, los ADN no coinciden con las pruebas tomadas del semen y de el cabello encontrado en la gorra. Hugo tampoco fue quien entró en tu casa algún día.

—Pobre hombre, como he podido ser tan cruel con él; le dije cosas horribles.

—Lo sé, pero no creo que te lo tenga en cuenta, eres tu ídolo y seguro que te lo perdona todo.

—Le pediré disculpas el día que me decida a salir de aquí. —Los dos sonrieron.

—Clara, hay un asunto que tienes que saber. Hemos indagado en lo que tenemos del pasado de tu madre y hemos sabido que tu padre murió.

—Sí, sufrió un accidente de tráfico cuando yo era muy pequeña aún.

—Lo sabemos, Carlos nos lo contó. El forense ha buscado en los viejos archivos de su departamento, ya que la autopsia se la realizaron allí y todo está en orden.

—¿Todo está en orden? ¿Qué me quieres decir con eso?

—Pensamos que tu padre podría tener algo que ver con la muerte de Ana Lucía, ya sabes barajamos todas las posibilidades.

—¡Pero si mi padre está muerto! —La chica se alteró un poco.

—Lo sé, Clara. Tranquilízate. ¿Puedes pasarme una foto de tu padre que le vea? —Ella asintió y levantándose se acercó a la chimenea, cogió una foto y se la entregó. Allí se reflejaba a un feliz Marcos Cabello con su hija clara en brazos, aún era un bebé, pero sonreía alegremente.

—Aunque murió cuando yo era muy pequeña me acuerdo de él. Me decía que yo era su bichito.

—¿Bichito? —preguntó David sonriendo.

—Sí, si cierro los ojos aún le escucho.

—Eso es muy bonito, Clara.

—Muchas veces pienso en cómo sería mi vida si él aún viviera. No estaría tan sola y tendría alguien en quién apoyarme.

—Sabes que, tanto Corina como Alexia se han preocupado mucho por ti. Al igual que Andrea, pero tú no has querido que ellas te apoyen.

—Sé que he sido una terca, pero me da miedo que se acerquen a mí y puedan pasarle algo parecido a mi madre. —David suspiró. A él también le daba miedo.

—No estás sola y lo sabes. Nos tienes a todos nosotros. Espero que a partir de ahora salgas más de estas cuatro paredes y te relaciones con la gente. –El chico se levantó y se dirigieron a la puerta.

—Lo intentaré, David. Lo intentaré.

**Paula estaba muy contenta con la pequeña Aurora, era una niña preciosa que solo pensaba en comer y en dormir. Acababa de bañarla y estaba sentada en el carrito.

—¿Quieres que vayamos a dar a un paseo? —le preguntó la chica mientras besaba su manita. Aurora sonrió en señal de que era lo que más le apetecía.

Las dos salieron de casa, el sol brillaba alto en el cielo y no hacía mucho frío. Aurora fue todo el camino riendo a carcajadas por las canciones que Paula le cantaba. “Espero no perderme” Pensó al ver que era la primera vez que paseaba por aquel pueblo. Al escuchar gritos de niños, cambió de dirección y vio un colegio. Se acercó lentamente mientras seguía cantándole canciones a la niña.

—¿Paula? —gritó alguien mientras pasaba por la puerta de aquel bonito colegio. La chica se giró y vio a alguien conocido. ¿De qué conocía a aquella chica? ¡Era Corina, la amiga de Andrea!

—Hola, Corina. ¿Qué tal? —preguntó mientras le daba dos besos.

—Bien, trabajo aquí —dijo señalando a su espalda.

—Vaya, es un colegio bastante bonito.

—Sí. Por cierto, siento mucho lo de tu madrina. Me lo comentó Andrea.

—No te preocupes, han sido unos meses duros para las dos. Ahora ya descansa en paz que es lo importante —añadió con pesar.

—¿Conoces ya a alguien en el pueblo?

—Pues la verdad es que no, solo a ti, Andrea y Fernando. —Corina comenzó a tramar algo en su cabeza.

—¿Sabes? Este fin de semana es el cumpleaños de David y había pensado hacerle una fiesta sorpresa en casa y por supuesto estás invitada junto a Fernando y Andrea. Llamaré a más amigos, aunque será algo muy íntimo. —La chica no estaba para fiestas pero sonrió y asintió.

—Gracias por invitarme, iré encantada.

—Cuando lo tenga todo previsto os llamaré. —Corina pegó un saltito de alegría, ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

—Está bien.

—Ahora tengo que entrar, ya casi ha finalizado la hora del recreo y tengo a diez monstruos esperándome como fieras. —Las dos rieron a carcajadas por la ocurrencia.

—Aurora, ya va siendo hora de volver a casa —dijo Paula mientras Corina besaba a la pequeña para despedirse de ella. Luego cada una volvió a sus quehaceres.

**El sábado por la mañana cuando Corina estaba preparando todo para la fiesta sorpresa de David, llamaron a la puerta. Lo escondió todo rápidamente y salió.

—¡Qué alegría veros! —exclamó la chica al ver a Antonio y a Jade—. ¿Estás bien? —le preguntó a la chica al ver su aspecto.

—Sí, de eso queríamos hablar con vosotros. ¿Está David?

—Está en el garaje, entrad que le aviso. —Entraron y se sentaron en el salón. Sabían lo de la fiesta para David, pero no iban a asistir por los malestares de Jade.

—¡Feliz cumpleaños, hijo! —Antonio le abrazó al verlo entrar y Jade hizo lo mismo.

—Muchísimas gracias. —El chico sonrió al ver que le entregaban un paquetito perfectamente liado.

—Este es nuestro regalo, aunque tenemos otro para darte. —Un bonito reloj se escondía detrás de aquella caja de color rojo.

—¡Es precioso! Gracias. —En ese momento llegaron los niños, que se abrazaron a su abuelo.

—¿Cuál es el otro regalo? —preguntó el chico mientras cogía a Carmen en brazos y se sentaba al lado de Corina.

—No nos vamos a andar con rodeos.

—¿Te vas a casar con Jade? —preguntó Luis, todos rieron y dejaron que siguiera hablando.

—No, cariño. Jade va a tener un bebé. —David se quedó sin palabras. ¿Iba a tener un hermano a su edad? Tras unos segundos, Corina se levantó y los abrazó. David aún no se había recompuesto de la sorpresa.

—¿No vas a decir nada? –Sonrió Antonio mientras miraba a su hijo.

—Papá… ¡Enhorabuena! No me lo esperaba. —Ambos se abrazaron. Luego besó a Jade y la felicitó.

—¿De cuánto tiempo estás? —le preguntó Corina sentándose a su lado.

—Ayer fuimos al ginecólogo y me revisó, estoy de tres meses.

—¿Sabes si es niño o niña? –David estaba entusiasmado.

—Aún es muy pronto, hijo —le informó el hombre.

—Lo importante es que tú estés bien. —Corina abrazó a Jade, que ese día llevaba un pañuelo color celeste que le resaltaban sus preciosos ojos.

—Yo me encuentro fatal, se lo he comentado a la ginecóloga y me ha dicho que es normal en mi estado.

—Si dentro de un tiempo sigue así, volveremos a visitar a vuestra amiga Alexia.

—¿Te atendió Alexia? —preguntó la chica asombrada.

—Sí, estaba de guardia ese día por la tarde.

—¡Cómo se lo ha callado! —exclamó David.

—Secreto profesional.

—Nosotros nos vamos a ir, Jade necesita descansar.

—Está bien.

—Me alegro mucho de que vayas a ser papá de nuevo —susurró David a su padre al oído cuando se estaba despidiendo de él.

—Gracias y disfruta de tu día, si Jade se sintiera mejor podríamos quedarnos un ratito más, pero no está bien.

—No te preocupes, y gracias por el regalo. —Jade sonrió ya montada en el coche.

—Es increíble que vayas a tener un hermanito a tu edad. —Sonrió Corina mientras besaba a su marido.

—Jamás en la vida creí que mi padre volviera a rehacer su vida. Sus últimos años fueron tan malos con Pepa que lo veía solo para siempre.

—Esa chica llegó de la nada, un día la encontró y decidió ayudarla y ahora mírales, están felices, juntos y esperando a un bebé.

—Sí, es fantástico.

—Por cierto, ¿a qué hora vamos a ir al cine esta tarde? —preguntó Corina a sabiendas del plan trazado con Fernando.

—Cariño, tendremos que ir mañana. Hoy me es imposible, por lo visto Mario ha encontrado algo relativo al caso y he quedado con Fernando para repasarlo.

—Bueno, no te preocupes. Mañana iremos. —Ambos sonrieron.

—Qué feliz soy al cumplir años contigo a mi lado.

—Y yo mi amor, y yo.

**Las horas pasaron rápidas y a las cinco de la tarde Fernando pasó a recoger a David. Corina le guiñó un ojo y justo cuando desaparecieron calle arriba, aparecieron Andrea con Paula y la niña.

—Menos mal que no se han dado cuenta —susurró Paula en tono jocoso.

—Le estamos engañando como un pardillo. —Corina se carcajeó. Entraron en la casa y todas se pudieron a ayudar a la chica a habilitar el salón. Retiraron algunos muebles y sacaron una gran mesa que tenían en el garaje, situándola justo en medio. Luego la prepararon con los cubiertos y todo lo demás.

—¿A quién has invitado? —preguntó Andrea curiosa.

—La verdad es que a poca gente. A vosotros tres, Alexia, Mario y me han dicho que traen a alguien. Y también a Clara, que me ha prometido que iba a venir. Además de los niños, pero a ellos les tengo una mesita preparada en la cocina, ellos cenarán antes y se irán a jugar.

—Entonces no vamos a ser muchos. ¿A quién trae Alexia?

—No lo sé, no podía hablar. Solo me dijo que vendrían encantados pero que traerían a una persona con ellos. En dos horas saldremos de dudas.

—Tienes una casa muy bonita —dijo Paula mirando a su alrededor mientras terminaba de poner los cubiertos.

—Sí, la verdad es que está decorada con mucho gusto —añadió Andrea mientras Corina sonreía.

—No será para tanto.

—Corina, le he contado a Paula lo que te ocurrió con Luis. Eso y muchas cosas más, también lo que pasó con Miriam, la madre biológica de Carmen…

—Vaya, te lo habrá contado como si de una novela se tratase. —Las tres sonrieron mientras se sentaban a tomarse algo.

—Es increíble todo lo que me ha contado.

—Pero para que veas que no solo cuento tus historias, también le he contado la mía. Lo que el malnacido de Santiago le hizo a mi niño —dijo la muchacha con tristeza.

—Andrea, tranquila. Ahora tienes a Aurora, ella tiene que ser el centro de atención en tu vida.

—Y lo es. Cuando estaba embarazada, creía que cuando ella naciera siempre me recordaría  a Víctor, pero no ha sido así. Mi niña es única y aunque todas las noches pienso en mi niño, que ya tendría 12 años, me muero del dolor, pero es como si Aurora hubiera traído una nueva luz a mi vida. —Andrea se emocionó al contarle a aquellas chicas sus sentimientos.

—Me alegro de que te sientas mejor —le susurró Corina mientras la besaba. Ella había sentido la pérdida de Víctor con todo su corazón y también se acordaba de él muy a menudo.

—Ha tenido que ser muy duro. —Se limitó a decir Paula, no sabía que decir en aquellos momentos.

—Mucho. Pero cambiando de tema, ¿Cómo te va en casa de Isabela y Alberto?

—Bien, ellos son muy atentos conmigo y estoy contentísima. Aunque me está costando adaptarme un poco y no porque ellos no me den facilidades, es que yo soy así de complicada.

—Hace poco que has llegado. Ya mismo estarás totalmente adaptada.

—Oye, ¿no viene Blanca? —preguntó Andrea, ya que esa misma mañana se le había olvidado preguntárselo a la chica.

—No, por lo visto se siente muy mal con el embarazo. Jade y Antonio tampoco van a venir. ¡Jade está embarazada! —gritó la chica. Andrea se quedó con la boca abierta.

—¿Qué Antonio ha dejado embarazada a Jade? ¿David va a tener un hermano? —Se llevó las manos a la boca.

—¡Sí! Jamás nos lo imaginamos pero ha rehecho su vida.

—Es increíble. —En ese momento sonó el timbre.

—¿Quién será? —Las tres se miraron. Si era David les chafaría la fiesta. Corina se levantó despacio y miró por la mirilla.

—¡Es Clara! —susurró mientras abría.

—Hola guapa —dijo la chica mientras le daba dos besos.

—¡No sabes la alegría que me da tenerte aquí y que por fin hayas querido salir de esas cuatro paredes! —gritó Corina mientras la abrazaba.

—Mira, a Andrea ya la conoces, ella es Paula. —Las chicas se saludaron.

—¿Cómo estás? —le preguntó Andrea mientras la chica se sentaba con ellas y cogía algo de tomar.

—Mejor, ha pasado un poco el tiempo y saber que Hugo y Carlos no han tenido nada que ver con el asesinato me reconforta, pero también tengo la angustia de que nadie sabe que pudo pasar y mucho menos tenemos pruebas.

—Me contó Andrea lo que le ocurrió a tu madre —susurró Paula. Corina miró a Andrea y sonrieron, eran un caso.

—Ha sido terrible, pero no pierdo la fe en encontrar a quién le hizo eso.

—Sabes que nuestros maridos están haciendo todo lo posible por encontrar algo, no te desesperes porque pronto llegará.

—Por cierto, ¿qué hora es?

—Casi las siete —le informó Clara.

—¡Oh, dios mío! El tiempo se ha pasado volando, en media hora estarán aquí con David.

Pasados quince minutos en los que las chicas no pararon de hablar, la puerta volvió a sonar. Alexia y Mario llegaban con sus niñas y acompañados de otro chico.

—Os presento a mi primo Alejandro Olivares. Ha venido, digamos, a pasar una temporada —dijo Alexia sin saber muy bien que contarles de la situación de su primo. El chico entró y saludó a todas las chicas que allí estaban.

—Es muy guapo —le susurró Clara a Paula. Ésta sonrió.

—Tienes razón.

—Alejandro, ¿a qué te dedicas? —preguntó Andrea mientras Alexia y Mario saludaban a las chicas.

—Soy policía.

—¡Mi marido también! —gritó la chica entusiasmada.

—Sí, algo me ha dicho Mario. Entonces, Tú eres la mujer de Fernando —dijo señalando a Andrea—, y tú la de David –Señaló a Corina que iba hacia la cocina.

—Sí, así es.

—Vaya le tenéis una buena preparada a David, se va a alegrar mucho cuando vea todo esto —dijo Mario mientras tomaba asiento al lado de Alejandro.

—Estarán a punto de llegar —le informó Corina que entraba con varios platos seguida de Alexia y Andrea.

—Entonces tú eres la chica que cuidas de la niña de Andrea. —Alexia se sentó al lado de Paula, que estaba un poco cortada delante de tanta gente desconocida.

—Sí, me ofrecieron el trabajo y no dudé ni un momento en aceptarlo.

—Ella nos ayudó a mí y a mi pequeña el día del parto y le estaremos agradecidas toda la vida. —Andrea la abrazó.

—¡Eso es precioso! —exclamó Clara.

—Veo que estás mejor, me alegro mucho. —Alexia cogió la mano de Clara.

—Sí, ahora sé cosas nuevas del caso y me atormento un poco menos. Solo queda esperar a que todo se solucione. —La chica sonrió, su marido ya le había contado todo.

—Le he contado todo a Alejandro y se ha ofrecido a ayudar en la resolución del caso.

—¿De verdad? —Aplaudió la chica levemente.

—Sí, ahora voy a vivir aquí durante un tiempo, por lo que puedo ayudar en las horas libres que tenga. A mí me gusta mucho resolver casos.

—Es un crack —comenzó a decir Alexia—. Resolvió el caso de la muerte de mi padre y a la misma vez la del suyo y el de mi abuelo.

—¿Y eso cómo es? —preguntó Paula curiosa. Alexia les resumió todo lo acontecido años atrás en su familia y todos se quedaron con la boca abierta.

—O sea, que tú hermana —dijo Andrea mirando a Alexia— resultó ser hermana también de tu primo.

—Exacto. Ellos dos si son hermanos de sangre, nosotras somos hermanas de corazón porque nos hemos criado juntas, pero nos queremos exactamente igual.

—Qué bonito —suspiró Clara. A ella siempre le hubiera encantado tener una hermana.

—Yo nunca he tenido un hermano con quién jugar y siempre he pensado que, de formar una familia, quiero que sea grande. —Todos miraron a Paula, aquella chica tan callada en un principio ahora estaba contando muchas cosas que todos desconocían.

—Yo también me he criado sola. —Clara agarró la mano de Paula—. Te entiendo.

—Érika es lo más. Si algún día se decide a visitarnos, la traeré para que la conozcáis            —dijo  Alexia.

Un coche se escuchó llegar cerca de la casa y se formó un revuelo horrible.

—¡Son ellos! —gritó Andrea mirando el mensaje que le acababa de poner su marido.

Corina cogió a los niños rápidamente y apagaron las luces. Las gemelas se pusieron al lado de su tito Alejandro, ahora era la novedad y no se separaban de ellos ni un ápice. El timbre sonó y todo el mundo calló. A los  pocos minutos, David metió la llave en la cerradura, preguntando qué dónde estarían todos y cuando fue a entrar en el salón, se llevó la sorpresa más grande de su vida. Allí estaban todos sus amigos y él no podía creerlo.

—¡Pero qué es esto! —exclamó mientras miles de guirnaldas caían encima de su cabeza.

—¡Feliz cumpleaños! —gritaron todos.

—Te voy a matar —le dijo David a Fernando mientras lo abrazaba.

—Feliz cumpleaños, cariño. —Corina lo abrazó y él le susurró varias palabras al oído que la hicieron sonreír, luego besó a los niños y a cada una de las personas que habían en su fiesta.

—Vaya, no había escuchado hablar de ti —dijo a Alejandro cuando todo volvió a la normalidad. Los niños cenaban tranquilamente y luego se irían a jugar. Los mayores estaban todos sentados a la mesa degustando las gambas que Corina había preparado de primero.

—Ya ves, si no vengo mi prima Alexia revienta. —Todos rieron. Alejandro miró detenidamente a Paula y ésta sonrió.

—¿Vienes para mucho tiempo? —preguntó Fernando.

—Pues sí. Llegué hace dos días y me hicieron una entrevista de trabajo en una comisaría en Córdoba y rápidamente me dijeron que el puesto era mío, por lo que he mandado mi carta de dimisión a mi antiguo trabajo y ya he firmado el nuevo contrato. Comienzo el lunes.

—Ha dicho que nos ayudará —informó Mario a David y Fernando.

—Eso es perfecto, una mano más siempre viene bien. —Alexia volvió a repetirles la resolución del caso de la muerte de sus padres y el de su abuelo.

—Vaya, eres buenísimo. Yo no sé si hubiera resuelto algo así. —Se sinceró David—. A mí casi siempre me ayuda mi mujer. —Corina sonrió desde el otro extremo de la mesa.

—¿Y cómo que te has venido de Madrid a Andalucía? —preguntó Andrea mientras pelaba una gamba.

—Por cuestiones personales. Allí ya estaba algo agobiado y no podía soportar más aquella situación, menos mal que mis primos me han ayudado a buscar algo aquí. Me ha dado pena dejar allí a mis padres —Pensó en Mónica y Alfonso, su marido, al que quería como a un padre— y a mi abuela Claudia, está muy mayor ya.

—Es por tu bien y lo sabes —le regañó cariñosamente Alexia.

—Cambiando de tema —dijo Corina— ¿Vas a volver a escribir? —Clara casi se atraganta con la gamba que se estaba comiendo.

—Lo dudo. No me veo capacitada para escribir más historias y que todo se refleje en la realidad, como la muerte de mi madre. Tengo que confesaros que me muero de miedo. —Un trueno hizo que todo retumbara.

—Vaya, parece que el tiempo ha empeorado por momentos  —dijo Paula mirando por la ventana.

—Se ha formado una tormenta grandísima, pero no te preocupes, yo te llevaré a casa cuando acabe la fiesta.

—Nosotros podemos acercarla —dijo atropelladamente Alejandro—. ¿Dónde vives?

—En Fuente Palmera —susurró la chica mientras miraba las gambas que le quedaban y se moría de vergüenza. Clara le pegó un pellizco por debajo de le mesa mientras se aguantaba la risa.

—¿Podemos acercarla? —le preguntó el chico a Alexia.

—Claro que sí, en el coche hay sitio, así que no hay problema. Así no tienes que ponerte en carretera con el mal tiempo que hace sin necesidad —le dijo a Fernando.

Cuando las gambas se terminaron, Corina sacó el pollo a la carbonara que llevaba todo el día preparando. Todos le dieron la enhorabuena por lo bueno que le había salido y comieron con ganas. Luego llegó el postre. Una preciosa tarta de chocolate con galletas que Corina había preparado con la ayuda de Andrea. Cuando le cantaron el cumpleaños feliz, los niños se fueron a la cama y los mayores se quedaron un ratito más. Después de recoger la mesa entre todos en un santiamén, se sentaron en el salón.

—Parece que hace frío —dijo David mientras veía a Paula abrazada a ella misma—. Pondré el calefactor.

—Yo había preparado el patio para salir ahora a tomarnos algo allí, pero viendo la noche de perros que hace, mejor que nos quedemos aquí dentro, ¿verdad? —preguntó Corina mientras llegaba con unos cuencos de chucherías y frutos secos.

—Sí, yo creo que es mejor que nos quedemos aquí. —David entró en la cocina. No podía dejar de pensar en Marta León y en lo que le había dicho hacía tan solo unos días. Esa mujer era una descarada y quería contárselo a Corina, pero le daba miedo de estropearlo todo.

—Cariño, ¿qué ocurre? Te he visto algo evadido de nosotros en la fiesta —le preguntó Corina mientras entraba detrás de él a la cocina.

—Corina… —comenzó a decir él con pesar.

—¿Qué ocurre? No me asustes.

-Mira sé que no es el mejor momento para contarte esto pero sé que si no lo hago voy a reventar de un momento a otro y sé que tenía que habértelo comentado hacía un tiempo, pero tenía miedo de perderte y… —¿Qué le pasaba a su marido? Jamás le había dicho que tuviera miedo de perderla.

—Cuéntame ahora mismo que es lo que te pasa.

—Desde hace unos meses una mujer me está molestando y yo te juro por dios que no quiero nada con ella, siempre que intenta algo conmigo yo le freno y le digo que tengo una mujer a la que quiero y que por nada del mundo le haría daño. —David acarició la cara de Corina.

—David, yo jamás dudaría de ti. Sé cómo eres. ¿Quién es esa mujer?

—Marta León, la mujer de Carlos el cartero. Ya sabes que con eso de que tienen una relación abierta, desde que le hicimos la primera visita se me ha estado insinuando y yo ya no sé qué hacer. —En ese momento el móvil de David vibró, era un mensaje, lo abrió y suspiró.

—¿Es ella verdad? —preguntó Corina con la cara de todos los colores del arco iris. La rabia y los celos la estaban consumiendo.

—Sí.

—¿Qué te ha puesto?

—Está fuera, quiere felicitarme. ¿Cómo sabe esa mujer que es mi cumpleaños? —El chico levantó la voz un poco más de la cuenta.

—No grites. Sal y la ves.

—¿Cómo?

—Qué salgas y la veas. Se va a enterar esa que nadie se mete con mi marido. —Corina sonrió peligrosamente.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó él sonriendo. Conocía a su mujer y por las buenas era buenísima, pero por las malas…

—Ya lo verás, coge el paraguas y sal ahora mismo.

David no dijo más nada. Dejó el móvil encima de la mesa y cogió el paraguas. Luego abandonó la casa. Corina entró en el salón y miró hacia la esquina por la ventana, allí estaba el coche, con una mujer dentro. David se acercaba lentamente, hasta llegar a su altura. La mujer se bajó del coche, sin importarle la lluvia y como una loba se tiró encima de David, intentando besarle. Él la separó rápidamente y Corina blasfemó en silencio.

—¡El circo va a empezar, quien quiera verlo que mire por la ventana! —gritó la chica fuera de sí. Salió corriendo y se escuchó la puerta de la calla a su espalda. Todos se miraron y rápidamente se asomaron a la ventana. Desde allí pudieron ver a Corina llegar como una tromba, debajo del gran aguacero que estaba cayendo.

—¡Deja en paz a mi marido! –gritó fuera de sí.

—Tranquila, reina. Si tú quieres podemos pasar un buen rato los tres. —Corina puso las manos en jarras y la miró incrédula. David se retiró, aquello era un duelo entre las dos.

—Esto es el colmo de la desfachatez. —Corina se acercó a ella y cogiéndola de su bonito pelo rubio la puso de rodillas en el suelo mientras le gritaba cosas inteligibles.

—¡Corina, por dios! —gritó David intentando acercarse. Se estaban poniendo chorreando con la lluvia que estaba cayendo.

—¡No te acerques! A esta le dejo yo las cosas claras ahora mismo. —Y sin decir nada más, metió la cabeza de Marta en un charco lleno de fango.

—¡Maldita! —blasfemó Marta cuando consiguió sacar la cabeza del barro.

—Y cuando tú quieras, vuelves a molestar a mi marido —advirtió Corina mientras se acercaba a David y se metía debajo del paraguas con él.

—Marta, te advertí que no te metieras conmigo, te lo he advertido muchas veces, a sabiendas de que esto podía pasar.

—¡No me puedo creer lo que esta mujer me ha hecho! —gritó Marta quitándose con un pañuelo el fango de la cara. Luego se metió en el coche y arrancó—. ¡Maldita y mil veces maldita! —Volvió a gritar antes de perderse calle abajo.

Corina besó a su marido en señal de triunfo y escucharon los gritos y los aplausos dentro de su casa.

—Anda, volvamos dentro, que por suerte nadie del pueblo ha visto la escenita.

—Tranquilo que no te va a volver a molestar más y si lo hace, me lo dices que ya buscaré otra forma más eficaz para que te deje en paz.

Cuando entraron en casa, todos aplaudían a Corina que estaba calada hasta los huesos. Quince minutos después y tras una ducha calentita volvía a entrar al salón.

—¡Ha sido impresionante! –Sonrió Clara.

—Eres una máquina, chica. —Alejandro no podía creerse lo que había visto hacía tan solo unos minutos.

—Ya nos ha contado David la historia, yo hubiera hecho lo mismo. —La animó Andrea.

—¡No nos hemos podido reír más, Corina! —Alexia todavía se carcajeaba junto a su marido.

—Si llego a saber que esto es tan divertido me hubiera venido mucho antes —dijo Paula mientras se sentaba al lado de Alejandro. Él la miró de arriba abajo y rápidamente desvió la mirada, no quería volver a pasar por lo que había sufrido.

La noche trascurrió entre risas mientras recordaban lo sucedido. Sobre las doce, cada uno se marchó a su casa. Habían pasado una noche espléndida y quitando el pequeño percance que había tenido Corina con Marta, todo había salido a pedir de boca. Y lo más importante de todo eran las risas tan buenas que se habían echado.

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