ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 7.

**Isabela estaba de nuevo en casa ya que habían decidido no alargar más aquellas vacaciones. No había plazas en el crucero y tras enterarse de la muerte de aquella mujer no le quedaban ganas de estar allí. Se echó un café y se sentó a la mesa de la cocina, mirando por la ventana. De pronto algo la sacó de sus pensamientos, era la vibración del móvil.

—Sí?

—¿Isabela? —preguntó una voz al otro lado del teléfono.

—Sí, soy yo.

—Soy Paula, no sé si me recordará. —La mujer se levantó y se fue hacia el jardín.

—Claro que te recuerdo, ¿te ocurre algo?

—No, es que me siento sola y como me disteis vuestro número pensé que no te importaría que te llamara y hablar un rato. —La chica se hizo un ovillo en el sillón que tenía al lado de la cama de su madrina y la miró. Seguía dormida, tenía una paz increíble en el rostro, al menos moriría tranquila.

—Oh, hija, claro que no. ¿Cómo sigue tu madrina?

—Peor, los médicos  no le dan muchos días más y yo no sé qué hacer con mi vida.

—Paula… —La chica comenzó a llorar al otro lado del teléfono. Sabía que no contaba con  nadie y no entendía que hacía llamando a aquella mujer, cuando apenas la conocía de nada, pero necesitaba escuchar su cálida voz al otro lado de la línea.

—Estoy sola, Isabela. Solo la tengo a ella y cuando falté, se acabó. No me siento preparada para quedarme aquí, en estas tierras que tantos recuerdos me traen y menos en nuestra casa, sería imposible. —El llanto de ella le erizó el pelo a la mujer.

—Siempre que quieras puedes venirte a casa con nosotros.

—No, eso no. Yo no quiero ser una carga para nadie.

—Pero, podíamos ayudarte a encontrar un trabajo. No serías una carga en absoluto, trabajarías y vivirías en mi casa, como si fueras nuestra hija.

—No lo sé, Isabela…

—Cuando ocurra, al menos vente una temporada a casa, hasta que encuentres trabajo, luego puedes alquilarte algo si quieres. —Paula se quedó pensando. Quizás no fuera tan mala idea—. Además, puedes ayudarle a Andrea con el bebé.

—Sí, tienes razón.

—Yo mismo hablaré con ella y se lo comentaré y desde ahora me pondré a buscarte un trabajo. Te recomendaré en el centro de salud.

—Está bien, no me quedará vida para agradecerte esto, Isabela. —La mujer estaba cada vez más enternecida con aquella chica.

—No tienes que darme las gracias, te ayudaremos en todo lo que podamos.

—Volveré a llamarte.

La llamada se cortó e Isabela supo en aquel momento que a la madrina de aquella muchacha no le quedaba mucho tiempo. Tenía que agradecerle lo que había hecho por Andrea el día del nacimiento de Aurora, y lo haría. Rápidamente subió a una de las habitaciones de arriba y comenzó a habilitarla. Algo le decía que no tardaría en llegar.

**Jade estaba recostada en el sofá. Antonio se acercó y besó su mano. Ella sonrió levemente.

—¿Qué te ocurre, princesa?

—No me encuentro nada bien.

—¿Qué te duele?

—Nada en especial pero todo en general. —El hombre se preocupó y tocó su frente.

—Parece que no tienes fiebre, si quieres podemos ir al centro médico, allí te revisarán.

—No amor, tranquilo. Mañana estaré como nueva. —Ella le lanzó una sonrisa que le derritió.

—Tengo que salir, he quedado con unos de mis amigos —dijo el hombre poniéndose la chaqueta.

—Claro, tienes que seguir viendo a tus amigos de siempre. —Aquella chica era tan comprensiva que no podía creerlo, cada día la quería más y ya no podía imaginar la vida sin ella.

—Volveré lo antes posible, me muero por ver esta noche una película contigo.

—¡No olvides que va a estar en televisión mi película favorita! Posdata: Te quiero.

—Nada más que el nombre ya me suena a que va a ser la típica romanticona.

—¡Su protagonista es Gerald  Butler!

—¡Vaya! Que sorpresa. —Jade sonrió y se metió debajo de la manta.

—Anda, vete ya que se te va a hacer tarde.

Cuando el hombre salió por la puerta, la chica dejó de sonreír y volvió a tirarse en el sofá. Se sentía tan mal que no podía ni ponerse en pie para ir a tomarse algo, pero no quería alarmar a su querido Antonio. Pronto pasaría aquel malestar y ella volvería a ser la misma de siempre.

**A media mañana la casa de Clara ya había sido revisada. La policía había hecho un buen trabajo.

—Esto es todo lo que hemos podido encontrar. —Les comentó David a Fernando que estaba con Clara en un lateral de la casa, sentados en un banco. Corina hubiera matado por haber estado allí, pero era totalmente imposible, no podía ausentarse de su trabajo.

—¿Crees que se podrá obtener algún ADN de esos objetos? —preguntó Fernando mientras señalaba la bolsa donde se encontraba la gorra y el pañuelo.

—Quizás se encuentre algún cabello en la gorra. Eso podría servirnos. —David se sentó junto a ellos.

—No entiendo que quieren de mí. —Clara estaba ojerosa, liada en una manta y con una tila en la mano.

—Nosotros tampoco lo sabemos. Esta mañana hemos ido al local donde a tu madre se le echaron las fotos. Hemos hablado con su propietaria.

—¿Qué os ha dicho? —La chica se sobresaltó y miró con los ojos muy abiertos a los chicos.

—¿Conoces a Amanda y a Carlos?

—No, no me suenan de nada.

—La chica me dijo que Carlos era el cartero del pueblo.

—¿Cómo? ¿Carlos es el hombre que está en las fotos con mi madre? —Clara no podía creerlo, ¿qué hacía su madre con su buen amigo Carlos en una situación tan íntima?

—Sí, la propietaria del local, Marta León, es su mujer.

—Sigo sin entender nada. —Clara estaba aturdida con lo que se acababa de enterar sobre Carlos, aquel hombre siempre había sido amigo de su madre y desde que era pequeña le recordaba en sus vidas.

—Esta tarde vamos a ir a hablar con ellos, por ahora no podemos decir nada puesto que no tenemos pruebas para inculpar a nadie. —Fernando miró a David que estaba con la mirada perdida.

—De todas formas creo que es necesario que habléis con Hugo. ¿Qué  hacía ese hombre hoy en mi casa? Y sobre todo después de lo que me ocurrió.

—No es necesario que me busquen, estoy aquí —escucharon la voz del hombre a su espalda.

—¿Qué hace aquí de nuevo? —preguntó David mientras se levantaba del banco.

—Se me está acusando de algo que yo no he hecho. Os he escuchado hablar y sé que me culpáis de ser la persona que esta mañana ha entrado en casa de Clara. Yo no he tenido nada que ver.

—Entonces, ¿qué hacía aquí justo en ese momento? —Fernando fue claro en su pregunta.

—Tan solo quería preocuparme por ella, no me gusta que esté sola.

—¡Pero porqué te empeñas en interesarte por  mí! ¡No me interesas! Déjame vivir mi vida —gritó la chica fuera de sí.

—Clara…

—¿Qué quieres de mí? ¿Qué es lo que te interesa? ¡Me tienes agobiada, harta y desconcertada!

—Tranquilízate. —Le aconsejó David haciéndole un gesto con la mano. Hugo miró a la chica debajo de aquella masa de carne que colgaba en su rostro.

—Te doy miedo, ¿verdad? —preguntó con pena.

—¡No es eso! De un día para otro apareces en mi casa, en mi vida. Luego casualmente eres quien encuentra el cuerpo de mi madre, a la que han asesinado y finalmente, te encuentro en el porche de mi chalet después de que alguien me hubiera perseguido. ¿Qué quieres que piense de tu persona?

—Hugo, ¿llegó a ver quién salió de casa de Clara? —Fernando sacó una pequeña libreta.

—No, yo no vi a nadie. Cuando llegué al porche, esa gorra y el pañuelo ya estaban tirados ahí.

—¿Sabe que de aquí vamos a sacar ADN, verdad? —preguntó David intentando intimidar al hombre.

—Lo sé, pero no me importa, yo no tengo nada que ver.

—¿Por casualidad conoce usted un local situado en Écija llamado “El deseo”? —El hombre se quedó parado, sin saber que decir, pero finalmente reaccionó.

—No, yo no conozco ese lugar.

—¡¿Por qué mientes?! —Clara estaba perdiendo los nervios.

—Creo que será mejor que me vaya a casa, aquí ya está todo dicho, nadie cree lo que cuento.

—Sí, vete, es lo mejor —le dijo la chica con dureza.

—Aún no tenemos ninguna prueba, pero en cuanto la tengamos nos pondremos en contacto con usted.

—Colaboraré en todo lo que pueda. Yo soy inocente y no tengo miedo.

Tras esto, el hombre se marchó cabizbajo hacia su vehículo y se perdió en la carretera. Fernando y David acompañaron a Clara al interior de la casa y luego se marcharon.

**Al llegar a comisaría, Antonia le estaba esperando con un informe en mano sobre la vida de Ana Lucía.

—¿Algo interesante? —preguntó el chico mientras cogía los documentos.

—No, tampoco he podido recaudar mucho puesto que ha tenido una vida normal, sin altibajos.

—Está bien, gracias por  hacerte cargo de esto. Voy a ir a darle un repaso.

—Por cierto, ha llamado el forense y me ha informado que pronto llamará, tras hacer la autopsia a Ana Lucía.

—En cuanto se ponga en contacto con la comisaría, me pasas la llamada.

—Parker, me ha dicho que ha encontrado algo muy importante —dijo la mujer preocupada.

—¿Algo importante?

—Sí, pero no sé de qué se trata.

—Esperaremos entonces, me voy a mi despacho, estaré allí por si alguien me necesita.

El chico se sentó y con ansia cogió el informe que Antonia le había preparado. Todo parecía normal, no había nada que pudiera salirse de lo habitual. En ese momento sonó su puerta y Fernando entró como una tromba.

—¿Has encontrado algo en esos documentos?

—Está todo en orden. Ana Lucía se casó con Marcos Cabello y de ese matrimonio nació Clara. Cuando ésta apenas tenía un año, Marcos murió.

—¿Algo más? —preguntó Fernando.

—Nada, solo que tras la muerte de su marido se dedicó a hacer esculturas y a la pintura, de eso ha salido ella y su hija hacia adelante.

—¿Sabías que Clara es abogada?

—No, ¿quién te lo ha dicho?

—Andrea, ya sabes como es. Lo sabe absolutamente todo de todo el mundo. —Los dos se carcajearon.

—Lo que me parece extraño es que Corina no me lo haya comentado. O no lo sabe o es que se le ha olvidado. Por cierto, ¿cómo sigue Aurora? Con todo este embrollo hace mucho que no la vemos.

—Preciosa, mi niña es la más bonita del  mundo —dijo el chico con amor.

—Me alegro que esté tan bien. Luis me pregunta mucho por ella, Carmen aún es muy pequeña.

—¿Recuerdas a Paula? —preguntó Fernando sin previo aviso.

—¿La chica que ayudó a Andrea en el parto?

—Sí. Se ha puesto en contacto con mi tía Isabela, por lo visto su madrina se está muriendo y se va a venir a vivir aquí.

—¿Aquí? —preguntó David incrédulo.

—Exacto, mi tía le ha dado cobijo en su casa hasta que encuentre algún trabajo y pueda buscarse algo.

—Eso está bien, si se hubiera enterado Corina ella misma le habría ofrecido nuestra casa, ya sabes como es. —El chico sonrió de nuevo al recordar a la bruja de su mujer, ¿cómo había podido vivir tantos años sin ella?

—Paula va a ayudar a Andrea con la niña, ya sabes que tiene que incorporarse al trabajo a media jornada. En ese tiempo va a hacer cargo de Aurora.

—Nadie mejor que ella, que la trajo al mundo.

—Por eso nos pareció buena idea cuando mi tía nos lo dijo. Andrea podrá tener un tiempo para ella, desde que Aurora nació solo tiene ojos para la  niña. —Fernando se enterneció al recordar a sus dos princesas.

—Tenemos que quedar para hacer una cena algún día.

—Sí, y podríamos invitar a Mario para que venga con Alexia y sus niñas.

—Por supuesto, no has podido tener mejor idea. —Ambos sonrieron.

El teléfono sonó de nuevo, era Mario, en esta ocasión tenía noticias frescas. Los chicos se quedaron boquiabiertos cuando el forense les contó lo que había averiguado.

**A las ocho de la tarde, como habían quedado esa misma mañana, Mario entraba con Alexia y sus hijas en casa de David y Corina. Andrea y Fernando no habían podido ir, Aurora tenía un poco de fiebre y creían que lo mejor era no sacarla de casa.

—¡Qué alegría que estéis por aquí! —Corina besó a las gemelas que la premiaron con una gran sonrisa.

—¿Y Luis? —preguntó Julia.

—Está con Carmen en la habitación de juegos. ¿Queréis ir con ellos?

—¡Sí! —gritaron las dos a la vez, luego salieron corriendo por el pasillo, ellas ya sabían el camino.

—Vaya, se ponen de acuerdo hasta para contestar. —Sonrió Corina mientras Alexia y ella entraban en el salón y se acomodaban.

—Corina, ¿sabes tú qué les pasa a esos dos? —La chica señaló a David y Mario que desde que habían llegado no habían dejado de cuchichear.

—Ni idea. A mí me llamó mi marido y me dijo que esta noche ibais a venir a casa, que tenían que hablar de algo muy importante.

—Yo quiero saber de qué se trata, ¿tú no? —Alexia miró con una sonrisa pícara a Corina.

—¡Me muero de ganas! —le confesó la chica y las dos rieron. Sus maridos se percataron de ello y las miraron.

—¿Qué os pasa? —preguntó Mario mientras se sentaba en uno de los sofás.

—Eso mismo me pregunto yo. —David entró con algunas cosas para picar.

—Nos ocurre que sabemos que algo ha pasado y no nos lo queréis contar. Nosotras estamos encantadas con esta cena, pero queremos saber qué es eso que tanto cuchicheáis a nuestras espaldas. —En ese momento los chicos se miraron y se dieron cuenta que no había sido buena idea quedar para hablar de algo tan delicado con sus mujeres delante.

—Chicas, tranquilas —dijo David intentando ganar tiempo.

—No, aquí ocurre algo y no nos vamos a mover hasta que nos lo contéis. —Corina tenía las ideas claras.

—Bueno, vamos a cenar y mientras os lo contamos. —Mario se rindió ante ellas y David le dedicó una mirada asesina. Todos se acomodaron y disfrutaron de la cena, mientras los pequeños comían en una mesita que habían preparado para ellos cuatro.

—¿Vais a contarnos ahora que pasa? —Alexia estaba nerviosa.

—Cómo sabéis esta mañana le he hecho la autopsia a Ana Lucía, la madre de  Clara.                    —Las chicas le miraron expectantes—. Y he descubierto algo, que me ha parecido extraño, aunque nunca se podía descartar esa posibilidad.

—Ana Lucía fue violada antes de morir —soltó David sin más. Alexia y Corina abrieron mucho los ojos y se llevaron las manos a la boca.

—¿Eso era aquello tan importante que habías visto y no querías vaticinar antes de que se llevara a cabo la autopsia? —Alexia miró a su marido.

—Sí, de eso se trataba.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó Corina en un susurro, aquello le había impresionado infinitamente.

—Solo sé que la violaron y luego la asfixiaron para finalmente colgarla y simular la muerte de la protagonista del libro de Clara.

—Qué horror —susurró Alexia.

—¿Quién ha podido hacer algo así? —Corina soltó el tenedor, ya apenas tenía hambre.

—Eso no lo sabemos, tenemos a varias personas a las que vamos a interrogar, pero hasta entonces no puedo adelantar nada, sencillamente porque no lo sé.

—¿Quiénes son las personas de las que sospechas?

—Fuimos al local que frecuentaba Ana Lucía y allí hablamos con una tal Marta León que es la propietaria y su marido es la persona que se estaba acostando con la mujer, junto con Amanda otra chica, en las fotos que nos dio Clara. —Los tres le miraron sin entender nada—. Por lo visto, es un local de intercambio de parejas y sirve también para buscar sexo sin compromiso, ella iba allí. El marido de Marta, quien se acostaba con Ana Lucía, es el cartero del pueblo.

—¿Carlos? —preguntó Corina extrañada. A aquel hombre le conocían en toda la colonia, era jovial, alegre y siempre tenía una sonrisa para todo el mundo.

—El mismo. Tenemos que hablar con él y con la chica rubia, Amanda. Además de ellos, también tenemos que barajar la posibilidad de que Hugo haya tenido algo que ver. Tiene un comportamiento muy extraño con Clara, y lo de esta mañana nos ha dejado a todos descolocados, aunque él lo niegue mil veces.

—Del semen que he extraído de la vagina de Ana Lucía podemos sacar muestras de ADN, además creo que la gorra  que se encontró en la casa de Clara esta mañana ya ha sido enviada para que saquen algún ADN de ahí. Si lo conseguimos y coinciden, sabremos que la persona que mató a Ana Lucía y quien entró en casa de Clara será la misma persona.

—¿Cuándo será el entierro? —preguntó Alexia.

—El cuerpo se le dará a su hija mañana mismo, así que en cuanto ella lo organice.

—Me imagino que será muy pronto. —Corina bebió de su copa.

—¿Cuándo vais a ir a hablar con Carlos y Amanda? —preguntó Mario.

—Mañana mismo, a las cuatro y media nos hemos citado en su casa.

—Sinceramente, ¿qué opinas de todo esto? —Mario miró a David que se removía inquieto en su silla.

—Pienso que alguien del pasado de Ana Lucía ha vuelto y ha querido hacerle daño a ella y a su hija y la mejor manera ha sido recreando la muerte plasmada en el libro de su hija.

—Creo que sois unos grandes profesionales y lo vais a conseguir. —Alexia sonrió a aquellos dos chicos que estaban algo decaídos por la dificultad del caso.

—Eso espero, Alexia, porque hasta que no resuelvo un caso, no descanso —rio el policía.

—Yo doy fe de ello. —Corina besó en la mejilla a su esposo.

Todos parecieron tranquilizarse y decidieron disfrutar de aquella cena.

**Cuando Alberto llegó a casa, su mujer estaba contenta, con la música puesta mientras hacía la cena. Tarareaba una canción de David Bustamante que en ese momento sonaba.

—¡Vaya, que alegría veo por aquí!

—¡Estoy feliz! —gritó Isabela.

—A ver, cuéntame que te pasa. —Alberto la abrazó y los dos sonrieron.

—Muy pronto dejaremos de estar solos.

—¿Por qué dices eso? —preguntó el hombre con curiosidad.

—¡Paula se va a venir a vivir con nosotros! —Alberto le miró con recelo.

—¿Qué has dicho?

—¡Lo que has escuchado! Esta mañana me llamó y me contó lo sola que estaba. Me dijo que cuando su madrina muriera no sabía que iba a hacer con su vida y entonces le dije que podía venirse aquí para buscar trabajo y que mientras lo hacía podía quedarse en nuestra casa. ¿No te importa verdad? —De los labios del hombre salió una sonrisa.

—Claro que no, tenemos que ayudar a esa pobre chica.

—¡Va a ser como si tuviera una hija! Aún no me lo creo.

—¿Dónde va a trabajar?

—Por ahora va a ayudar a Andrea a cuidar a Aurora mientras ella comienza su trabajo, luego buscará algo por su cuenta.

—Aquí puede quedarse el tiempo que desee. —Habían soñado tanto tiempo con tener un hijo, que nunca llegó, que no podían creer que fueran a ejercer a algo parecido a unos padres con aquella chica.

—Sí, eso mismo le he dicho yo.

—¿Se sabe cómo está su madrina?

—Mal, por lo que me dijo esta mañana está empeorando a pasos agigantados.

—Qué pena. Menos mal que con nosotros va a estar cuidada y jamás le va a faltar nada.

—¡Va a ser cómo nuestra niña! Esa niña que nunca tuvimos. —Alberto sonrió y besó a su mujer, le gustaba verla feliz y aquel era el mejor momento para estarlo.

**A las cuatro en punto David y Fernando entraban por la puerta de casa de Marta León. Carlos estaba sentado en una butaca, mientras veía la televisión.

—Buenas tardes. —El chico se levantó y saludó a aquel par de policías. Ellos le devolvieron el saludo.

—Veníamos para hablar con usted, ya hemos hablado con Marta. —La chica sonreía desde otro sofá. Los chicos se acomodaron también.

—Voy a ayudar en todo lo que pueda, aunque desde ya les digo que yo no he tenido nada que ver.

—Está bien, pero primero hablemos —dijo David  con autoridad.

—¿De qué conocía usted a Ana Lucía? —Fernando sacó un papel dónde apuntó las preguntas qué quería hacerle para que no se le olvidara nada.

—De toda la vida. Esa mujer siempre ha sido conocida en el pueblo por la desgracia que ocurrió en su vida, desde entonces todo el mundo se volcó en apoyarla y yo fui una de esas personas.

—¿Desgracia? —preguntó David sin saber a qué se refería.

—Sí, cuando Clara aún no había cumplido un año, su marido murió  y ella se quedó sola para criar a su hija.

—¿Qué le ocurrió a su marido?

—Un accidente de coche. Yo mismo le encontré y llamé a la ambulancia, luego os lo podéis imaginar. Fue algo muy triste, aún recuerdo la cara de tristeza que tenía Marcos metido en aquella caja de muertos, pase el tiempo que pase jamás me olvido de él.

—¿Conocía usted a Marcos Cabello?

—Claro que sí, él era muy conocido en el pueblo, era un hombre amable y quería mucho a su familia, sobre todo a su hija. Pero aquel fatídico día él murió y nada pudimos hacer.

—Vaya… —Fernando apuntó todos aquello datos.

—Como les estaba diciendo, desde que su marido murió, ella quedó algo desamparada porque con la herencia de él les duró para unos años. Así fue criando a su hija, hasta que decidió montar un negocio de pintura y escultura y a partir de entonces se dedicó exclusivamente a eso. Pero la cosa no fue bien y yo mismo le tuve que prestar dinero para que pagara algunas facturas y pudiera darle de comer a su hija. Aquellas cantidades se fueron acumulando y últimamente me debía unas cantidades bastante grandes, por eso yo le pedía algún que otro favor a cambio.

—¿Sexo?

—Sí. —Los chicos miraron a su mujer, que no se inmutó de su sitio—. Por ella no os preocupéis, tenemos una relación abierta y no se va a molestar, al igual que yo no me molesto de que otros hombre se fijen en ella. —Marta le esbozó una bonita sonrisa a David y éste miró hacia otro lado.

—¿Qué ocurrió la noche de estas fotos?

—Yo solo puedo deciros que quedé con Amanda. Marta la guio hasta donde nosotros estábamos, la habitación oscura y nos dedicamos a disfrutar. Es verdad que luego tuve una discusión con ella a la salida, pero fue por lo que os contado, le dije que necesitaba que me devolviese el dinero y no quiso.

—¿Pasó algo en esa discusión? —Carlos se tensó y se removió inquieto en el sofá.

—No, solo fueron unas palabras, luego entré en el local para recoger a mi mujer y venirnos a casa.

—Está bien, con esto será suficiente.

—Si puedo ayudar en algo más, avísenme. Amanda se ha ido al extranjero por asuntos personales, pero ella no ha tenido nada que ver, es una chica que jamás ha tenido un problema con nadie.

—Le avisaremos. Intentaremos hablar con Amanda más adelante.

Los  chicos se levantaron y se dirigieron a la puerta. Marta les acompañó y antes de que se marcharan cogió la mano de David y le sonrió.

—Parker, aquí estoy para lo que necesites; sea lo que sea. —El chico se quedó completamente sorprendido, por lo que no dijo nada, simplemente retiró la mano y se dirigió al coche.

—Vaya, por lo que veo esa mujer quiere algo más contigo —le dijo Fernando riéndose mientras se montaban en el coche.

—Pues que ni lo intente.

**El tiempo había pasado. Tres meses duros, en los que la investigación no había avanzado. Solo habían sacado en claro algunas cosas, pero no eran suficientes para llegar al fondo del asunto. Parker cada día estaba más nervioso, Clara no dejaba de preguntarle todos los días por la investigación por la muerte de su madre, y él no sabía que decirle. Corina, como siempre, le había intentado ayudar pensando en qué podía haber ocurrido, pero la chica tenía mil cosas en la cabeza con los niños y el colegio y no podía dar todo el potencial que ella tenía para resolver casos.

Hacía tan solo dos días que Paula había enterrado a Gema. Habían sido unos meses en los que la chica se hizo más fuerte aún. Horas y horas junto a aquella persona a la que se lo debía todo, no quería perderla pero tampoco quería verla en aquel estado, quería que descansara en paz. Hasta que una noche, decidió abandonarse al descanso eterno. Para la chica fue el mazazo más grande que había recibido jamás, pero allí tenía a Isabela, que desde aquel día en el que le ofreció su casa, junto a su marido, se había convertido en un gran apoyo para ella, la quería como a una madre y así la veía.

—Mi amor, tenemos que irnos. —La suave voz de Isabela se escuchó a la espalda de Paula, que estaba haciendo su maleta junto a Irene, su mejor amiga.

—Paula, quédate conmigo, no te vayas —le suplicó la chica. Su amiga había dado un bajón bastante grande aquellos meses y quería cuidar de ella y animarla.

—No puedo quedarme aquí, tienes que entenderlo, Irene. Todo me recuerda a Gema.

—¿Qué vas a hacer con la casa?

—La conservaré. Está a mi nombre, ella se encargó de dejarlo todo preparado para cuando este día llegara. Te he dejado las llaves para que vengas a darle una vuelta de vez en cuando.

—Irene, puedes venir a verla cuando quieras al pueblo, estaremos encantados de recibirte a ti también. —La chica sonrió tímidamente.

—Lo tendré en cuenta. Prométeme que me escribirás cuando llegues. —Las dos amigas se abrazaron al llegar a la puerta de la casa.

—Claro que te escribiré y te llamaré  muy a menudo.

—Sé muy feliz, cariño —susurró Irene a su gran amiga, que sin poderlo remediar comenzó a llorar.

—Chicas, tenemos que irnos o se nos hará de noche. —Alberto, ya montado en el coche, las esperaba.

Dándose un último abrazo a sabiendas de que pasaría el tiempo antes de que se volvieran a ver, Irene y Paula volvieron a abrazarse antes de que partiera hacia el pueblo. En silencio se metió en el coche y se puso el cinturón. Todo el camino fue abrazada a un peluche, el peluche que sus padres dejaron para ella antes de que los dos murieran, aquel era el último recuerdo que tenía de ellos y no quería separarse de él por nada en el mundo.

**En comisaría, como siempre, reinaba el caos. Parker, desde hacía unos meses estaba más insoportable que nunca. El no saber por dónde iba la cosa con respecto al asesinato de Ana Lucía, le estaba matando.

—David, el forense acaba de llegar —le informó Antonia metiendo la cabeza por la puerta de su despacho.

—¿Ha llegado Fernando también?

—Sí, está con él. Te esperan en la sala de interrogatorios, allí he convocado la reunión.

—Está bien, vamos. —El chico se levantó de la butaca con pesadez, estaba cansado de aquella vida en la que vivir con una incertidumbre tan grande como es un asesinato era lo normal. Necesitaba al menos saber algo nuevo, tener nuevas informaciones, para poder llegar al final de aquella pesadilla. Cuando llegaron a la habitación, allí estaban Mario y Fernando hablando.

—Buenos días, chicos —saludó algo cansado.

—David, alégrate, Mario nos trae noticias —dijo Fernando sonriendo.

—El ADN obtenido del cabello encontrado en la gorra y del semen extraído de Ana Lucía, coinciden. La misma persona que la mató, entró más tarde en casa de Clara para darle aquel susto.

—Por fin alguna noticia fresca con la que poder trabajar —sonrió por primera vez en mucho tiempo David.

—Tengo otra noticia y es que, como me mandasteis, he obtenido el ADN de Hugo y Carlos.

—¿Coinciden? —preguntó el chico pegando un salto de la silla, los nervios iban a poder con él.

—No, no coincide con el ADN de ninguno de los dos. Son inocentes, al menos de haber violado a Ana Lucía y de haber entrado en casa de Clara.

—Lo que no sabemos es si indirectamente, tienen algo que ver con el asesinato.

—Tampoco tenemos pruebas que los inculpen de eso —les informó Fernando.

—Entonces, Hugo y Carlos no nos mentían cuando decían que no tenían nada que ver en toda esta historia.

—La ciencia nos prueba que no mentían. —Mario cogió su carpeta para sacar otros documentos.

—Tanto Hugo como Carlos están fuera de sospechas. Amanda y Clara, cómo tú pensabas —recalcó Fernando—, no tuvieron nada que ver, el asesinato lo llevó a cabo un hombre, supuestamente.

—Les llamaré para decirles que tenemos las pruebas y que están totalmente fuera de sospecha. Sigo sin fiarme absolutamente nada de ellos dos, pero es que no me fio de nadie —rio con pesar David.

—Por último, he buscado lo que me pediste. —Mario extendió unos papeles a Fernando.

—¿Qué es eso? —preguntó David sin saber a qué se referían.

—Cómo te vi tan saturado por la situación, decidí pedirle a Mario que buscara en los viejos archivos sobre la autopsia de Marcos Cabello, el marido de Ana Lucía y padre de Clara. Teníamos que salir de dudas de que ese hombre pudiera estar vivo.

—Fernando, sabemos que ese hombre está muerto, hemos tenido en nuestras manos documentos relativos a su fallecimiento. —David no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Bueno, he tenido que buscar muchísimo en los viejos archivos, pero por fin di con la autopsia. Se practicó el 20 de septiembre de hace más de treinta y cinco años. Ese hombre tuvo un accidente de coche y por lo que he podido comprobar en los documentos, todo está en orden. Murió por un traumatismo en la cabeza, ese fue el detonante final de su muerte, aunque hubo muchísimas heridas y rasguños más en todo su cuerpo. Además, he encontrado esto. Os lo he traído para que os quedéis más tranquilos.

—¿De qué se trata? —preguntó Fernando mientras cogía aquel sobre despintado por el tiempo.

—Son las fotos de la autopsia. Ahí tenéis a Marcos Cabello. —Los chicos abrieron el sobre y vieron varias fotos viejas, en la cama de aquella fría habitación de autopsias se encontraba el cuerpo sin vida de un hombre. De cabello oscuro y cara magullada por las heridas.

—Es él, yo he visto fotos de este hombre en casa de Clara y no hay duda.

—Entonces, fuera el pensamiento de que este hombre pudiera estar vivo, es absurdo. Además, hay que llamar a Hugo y a Carlos. Yo llamaré a Hugo. —Fernando se lo apuntó en su libreta. David puso los ojos en blanco nada más que de pensar que Marta León, la mujer de Carlos, se pusiera el teléfono. Hacía meses que lo estaba molestando con mensajes que él borraba para quitarle importancia y Corina no sufriera por algo que no tenía sentido. Él amaba a su mujer y jamás en la vida estaría con nadie que no fuera ella.

—Está bien, yo llamaré a Carlos —dijo por fin.

—Tengo que marcharme, las gemelas me esperan a la salida del colegio —les informó Mario mientras recogían sus cosas.

—Nos ha sido de gran ayuda. —Fernando le tendió la mano.

—Ya sabéis, dicen que hay que tener amigos hasta en el infierno. —Los tres se carcajearon.

—Nos vemos pronto, nuestras mujeres no tardarán en formar un guateque de esos que montan ellas. —Volvieron a reírse al pensar en lo tremendas que eran.

**Eran las cuatro de la tarde y el turno comenzaba para Alexia. Le encantaba aquel trabajo, cada día conocía mejor a sus pacientes, al ser un pueblo tan pequeño, todo el mundo se conocía y al final se creaban vínculos que en otros lugares no sucedía. Miró la hora de su próximo paciente. A las cuatro y veinte; aún quedaban varios minutos. Por lo que se sentó en su butaca y echó la cabeza hacia atrás. Aquel día se había levantado muy temprano y se moría del sueño. Justo cuando estaba echando una pequeña cabezadita, su móvil comenzó a vibrar.

—¿Sí? —Lo cogió la chica sin mirar ni de quien se trataba.

—Alexia, que alegría oírte. —La voz de su tía Mónica al otro lado de la línea la tranquilizó. Llevaba muchos días sin hablar con ella, pero sabía que siempre le tendría para lo que necesitara. La madre de Alexia era su hermana pequeña y por cosas del destino, cuando ella murió, separaron a la chica de su familia materna, hasta que años atrás se habían reencontrado de nuevo y desde entonces el vínculo jamás se había desvanecido.

—¡Tía! —gritó—. No sabes cómo me alegro de que me estés llamando.

—Alexia, necesito tu ayuda, no sé qué hacer con tu primo Alejandro. —Mónica había tenido un hijo, Alejandro, que tenía la misma edad que su prima Alexia. Era policía y residía en Madrid, junto a toda la familia de la chica.

—¿Qué le ocurre? ¿Está peor? —Alexia se retrepó en el asiento, estaba muy preocupada por el estado de su primo.

—Ya sabes, desde que encontró a Noah con otro en la cama no es el mismo.

—¡Pero de eso hace mucho tiempo!

—Pues está peor que si lo hubiera descubierto ayer. No puede dejar de pensar en ella, no come, no hablar, no se expresa… No sé qué hacer con él. Tampoco está rindiendo en el trabajo, sus compañeros me lo han comentado y me da miedo de que le despidan, entonces será cuando la depresión pase a un grado mayor.

—Alejandro es un chico joven, guapo y con un gran futuro por delante, no puede estar recordando toda su vida a Noah, tiene que salir, relacionarse…

—Eso lo sé hija, pero él no lo entiende. Llega de trabajar y se encierra en su habitación durante horas y horas y si se relaciona con alguien es porque tu abuela o yo vayamos a verlo.

—Está peor de lo que yo me creía… —susurró la chica. Entonces recordó algo que Mario le había dicho hacía unos días—. Oye, tía. He pensado algo, pero no sé qué pensarás tú de eso.

—Si es por ayudar a mi hijo, ¡yo estaré encantada!

—Hace unos días, me comentó Mario que en la comisaría que hay no muy lejos de dónde él trabaja, habían echado a uno de los policías por haberlo pillado robando cosas que no le pertenecían y ese puesto por ahora está vacante. Un compañero que desayuna con él todas las mañanas fue quien se lo dijo. Estaban buscando a alguien y había pensado…

—¿En Alejandro? Si pudiera trabajar fuera de aquí y conocer gente nueva, sería lo mejor en su situación.

—La comisaría está en Córdoba capital. Aquí se vive muy bien, y estoy segura que le vendrá bien.

—Coméntaselo a Mario a ver si el puesto sigue vacante y luego llama a tu primo. Yo no me atrevo a decirle nada. Muerde. —Las dos se rieron con ganas.

—Eres tremenda, tía.

—Tremendo es tu primo.

—Tengo que dejarte, ya va a venir el primer paciente de la tarde. En cuanto llegue a casa, hablo con Mario y él se encargará de todo, ya sabes que quiere a Alejandro como si fuera su hermano.

—Lo sé hija, y eso me reconforta mucho.

La conexión se cortó y Alexia miró la foto de su madre que le sonreía desde un extremo de la mesa. Ella le devolvió la sonrisa y entonces unos golpecitos se escucharon en la puerta.

—¡Adelante! —gritó ella.

—Hola, Alexia. ¿Me recuerdas? —Una delgada y demacrada Jade entró por la consulta.

—Claro que te recuerdo, tú eres la pareja de Antonio, el padre de David. ¿Qué te ocurre, Jade? —Alexia se acercó a ella y de cerca pudo observar mejor el peor aspecto de la chica. Ellas habían coincidido en más de una ocasión y siempre había estado espléndida. No entendía aquel cambio tan brusco.

—Me encuentro muy mal. Antonio no sabe que estoy aquí, ni quiero que lo sepa, no quiero que sufra, yo lo quiero mucho y…

—Jade, tranquila. Dime qué te pasa. —Alexia se sentó en su butaca y Jade en una de las sillas de la consulta.

—Llevo varios meses muy decaída, con vómitos y con mucho sueño. Me paso el día entero durmiendo y Antonio está preocupado pero yo no sé qué decirle para que se despreocupe. —Alexia sonrió.

—Jade, ¿hay alguna posibilidad de que puedas estar embarazada? —La chica se llevó las manos a la cara y con los ojos muy abiertos miró a Alexia. ¿Cómo no se le había ocurrido?

—Sí, claro que hay posibilidades.

—Saldremos de dudas ahora mismo, no te preocupes —le dio un botecito para que orinara y de ahí tomarían las pruebas. En menos de dos minutos la chica apareció por la puerta y antes de lo que se esperaban llegó la noticia. Estaba esperando un bebé.

—Dios mío, ¿cómo no me he dado cuenta antes? —se preguntaba la chica mientras se tendía en la camilla y Alexia la reconocía.

—¿Cuánto hace que no te viene el periodo?

—Más de tres meses.

—Creo que estarás de unos tres o cuatro meses, pero eso tendrá que decírtelo un ginecólogo.

—¿Un ginecólogo? Yo quiero que sea una mujer.

—No te preocupes por eso, no hay problema. Yo tengo una conocida que puede atenderte cuando lo desees. Aquí tienes su tarjeta, llámala y dile que vas a de mi parte, así te dará cita antes. —La chica le guiñó un ojo a Jade.

—Un hijo… —susurró ella mientras miraba aquella tarjeta.

—Sí, un hijo que te va a hacer la mujer más feliz del mundo.

—¿Cómo le voy a decir esto a Antonio?

—Eso es fácil. Seguramente se va a alegrar.

—Ahora tengo que irme. Muchas gracias, llamaré a tu amiga y te comentaré lo que me haya dicho.

—Está bien, Jade. Aquí estaré para lo que necesites.

La chica salió de la consulta totalmente desconcertada, ¿Cómo podía no haberse dado cuenta de que estaba embarazada? Al otro lado de la puerta, Alexia sonrió. David iba a tener un hermanito.

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