ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 6.

TREINTA Y SEIS AÑOS ANTES:

            —Cuando la niña nazca, voy a buscar trabajo en lo que realmente me gusta: La medicina —le dijo Linda a su hermana Rebeca mientras le peinaba su larga melena rubia. Era de noche y el viento golpeaba fuerte las ventanas.

            —¿Se lo has dicho a Emilio? Yo creo que esa idea no le va a gustar. Sabes que es un hombre muy conservador y en más de una ocasión le he escuchado hablar sobre ese mismo tema. Él decía que tanto a ti como a su hija jamás le faltaría nada porque se encargaría de trabajar muy duro para conseguirlo. No concibe que tú trabajes, siento decírtelo, pero es así.

            —Pues tendrá que acostumbrarse. Yo no puedo dedicar mi vida a criar hijos y a ponerme gorda. Necesito ejercer la medicina, ir a convenciones, sentirme una persona realizada.

            —Yo te entiendo, pero…

            —Pero nada, no me sirve de nada eso que me cuentas. Tendrá que hacerse a la idea de todo esto porque es lo que habrá cuando mi hija nazca.

            —¿Por qué hablas así? Llevo un tiempo notándote que cuando hablas de Emilio, ya no lo haces como antes. —Rebeca se separó de su hermana y la miró a los ojos.

            —Al principio es todo muy bonito y más cuando sabes que es algo prohibido. Te entran más ganas aún, pero todo cambia y al final llegamos a la cruda realidad. ¿Qué es de mi vida? He estado años y años estudiando una carrera para convertirme en un gran médico y mírame como estoy —dijo señalándose la barriga y luego el pelo—; no puedo ir ni a la peluquería.

            —Yo puedo echarte el tinte, por eso no te preocupes.

            —No es eso. Yo necesito tener vida social, como la tenía antes de venirme aquí. Necesito ver gente, ir a una peluquería y que me pinten el pelo, me corten, me hagan las uñas… Aquí no puedo hacer nada de eso. Emilio trabaja pero solo gana para comer y poco más, lo que te he dicho antes son lujos para mí. —Rebeca suspiró. Allí estaba la verdadera Linda, a la que le gustaba lo bueno.

            —No te preocupes por eso, yo…

            —Rebeca, no tengo ropa. Mírame que pintas llevo. Ayer le pedí a Emilio dinero para comprarme unos míseros pantalones y unos zapatos porque los que tengo están rotos y me dijo que eso supondría mucho en nuestra economía familiar.

            —Yo puedo dejarte algunos si los necesitas.

            —¿Con esta barriga? Necesito tener a la niña ya para hacer algo con mi vida. —En ese momento se escuchó la puerta y Emilio entró completamente mojado por la lluvia.

            —Cariño, ¿cómo estás? —le preguntó mientras besaba dulcemente la mejilla de su mujer.

            —Mal, ¿No me ves? —Rebeca miró con lástima a su cuñado.

            —¿Qué te pasa? —preguntó él asustado.

            —Estoy gorda y no tengo nada que ponerme. Necesito relacionarme con la gente y aquí puedo hacer de todo menos eso. No sé si ésta es la vida que yo quería para mí. —Al segundo se arrepintió de haber dicho aquello. Rebeca se puso las manos en la cabeza y se marchó a su cuarto.

            —Linda, te doy lo que  buenamente puedo.

            —¡Lo sé! Pero necesito más, y yo tengo estas dos manos para trabajar, además de una carrera de medicina que ejercer.

            —No me gustaría que tuvieras que salir a trabajar, ¡tienes que cuidar de la niña cuando nazca!

            —No voy a discutir más este tema. Cuando la niña crezca un poco, voy a volver a lo mío, te pongas como te pongas.

            —¿No me vas a tener en cuenta para una opinión así? Yo solo quiero lo mejor para ti y para mi hija.

            —¿Y no te das cuenta que lo mejor para mí es escapar de este maldito lugar?

            —¿Maldito lugar? —preguntó Emilio con mirada triste—. Este lugar es al que te viniste cuando tu madre te echó de casa, aquí concebimos a nuestra hija y aquí vives hoy en día. No entiendo cómo puedes ser tan dura.

            —Necesito dormir —dijo ella levantándose.

            —Sí, vete. Es lo mejor que puedes hacer cuando quieres eludir los problemas.

Un portazo se escuchó y Emilio se tiró en el sofá. ¿Tan mala vida le estaba dando a su mujer? No llegaba a entenderlo. Pocas mujeres trabajan en aquella época y su mujer no tenía por qué ser una de ellas. Se levantó y se preparó la cena, aquella noche se avecinaba una gran tormenta y quería estar pronto en la cama.

**A las siete de la tarde, Alexia  fue a casa de Corina. Había dejado a las niñas con Mario; quería ver a su amiga Clara, preocuparse por ella y el estado en el que se encontraría.

—¿Estás preparada? —preguntó a Corina mientras se sentaba en el sofá.

—Solo dos minutos —dijo ésta mientras sacaba un pequeño espejo y el maquillaje. Últimamente estaba algo ojerosa y no podía descuidarse.

—He hablado con Mario. La autopsia está programada para pasado mañana. Me ha dicho que la asesinaron y que ha visto algo más cuando reconoció al cadáver antes de meterlo en la cámara frigorífica.

—¿Qué descubrió? —preguntó la chica mientras terminaba de pintarse.

—No lo sé, no me lo ha querido decir. Por lo visto es algo grave y quiere confirmarlo antes.

—¿No le has insistido? —preguntó Corina incrédula pensando que ella a David le sacaba toda la información que quería y una pequeña sonrisa salió de sus labios.

—No, he preferido no hacerlo. ¿Cómo estará Clara?

—Me imagino que mal. —Corina decidió suprimir la frialdad con qué recibió la noticia de la muerte de su madre.

—Ahora saldremos de dudas.

Cogieron sus bolsos y decidieron ir en el coche de Corina ya que el Chalet de Clara estaba a las afueras del pueblo y había que entrar en la carretera. Al aparcar, vieron cómo la chica miró por la ventana y seguidamente la echó de mala manera.

—¿Será una señal de que no quiere ver a nadie? —preguntó Alexia incrédula. Corina se bajó del coche y llamó durante un rato mientras Alexia la esperaba cerca del coche. Nadie abrió la puerta.

—Parece que no le apetece ver a nadie.

—Voy a llamarla. —Sacó el teléfono del bolso y marcó el número de su móvil. Nada. Luego el fijo. Igual.

—Voy a acercarme a la ventana del salón. —Corina se acercó y vio por una rendija que la chica estaba tendida en el sofá con un cojín sobre la cabeza. Seguramente no querría saber nada de nadie.

—¡Clara! ¿Estás bien? —No se inmutó del lugar dónde estaba tendida. Volvió a preguntarle en varias ocasiones hasta que volvió al coche junto a Alexia.

—No quiere recibirnos.

—Pero si acabamos de ver que está en casa.

—Sí, pero no le apetecerá vernos. Vámonos, quizás hayamos venido en mal momento.     —Cuando se montaron en el coche escucharon una voz que procedía de la ventana desde dónde Corina había estado mirando.

—¡Iros, no quiero que nadie más muerta a mi costa! —Ambas se miraron atónitas ante los gritos de Clara. Se bajaron del coche y vieron cómo la chica miraba a través de aquella pequeña rendija de la ventana. Por lo que pudieron observar tenía el pelo enmarañado y unas grandes ojeras cubrían su rostro.

—No digas eso —susurró Alexia.

—¡No quiero saber nada de nadie! Ahora sí que me he quedado sola para siempre. ¡Se acabó la gran escritora! Alguien está llevando mis historias a la realidad. ¿Qué más queda por pasarme? —preguntó fuera de sí.

—Deja que hablemos contigo, te vendrá bien —le aconsejó Corina.

—No, no voy a salir de aquí. No quiero que  me maten y menos que vosotras os involucréis en esto por ser mis amigas. ¡Marcharse, no quiero que os ocurra nada malo! —dicho esto pegó echó la persiana del todo y volvió a refugiarse en su hogar.

—Clara está peor de lo que yo pensaba —susurró Alexia mientras se montaba en el coche.

—Ella cree que la muerte de su madre es la misma que la madre de Noelia, la protagonista de su libro.

—¿Crees que eso será verdad?

—Por lo que he hablado con David, todo indica que alguien se está encargando, de cómo ha dicho Clara, llevar sus historias a la realidad. Primero la muerte de su madre…

—¿Cómo sigue su libro? Yo aún no me lo he terminado, sólo sé que muere la madre de la protagonista.

—Yo estoy rozando el final y no hay más muertes. Quién se haya encargado de matar a Ana Lucía, ha tenido que leerse el libro de Clara. La ejecución del asesinato ha sido la misma. Estrangulamiento y luego la cuelgan de un pino en el cementerio más cercano.

—Qué horror… —Alexia se tapó la cara con el pañuelo que cubría su cuello.

—Es muy rocambolesco y morboso este tema para quien lo haya hecho. Es verdad que nadie la avisó para que encontrara el cuerpo de su madre. A la protagonista del libro, sí.

—Pero sí la llamaron, le mandaron un mensaje al móvil amenazándola y le echaron al buzón esas fotos con la nota incluida, por lo que me contaste.

—La historia ha sido diferente en la realidad que en la ficción, pero el asesinato ejecutado de la misma manera.

—Todo esto me da mucho miedo, Corina. ¡Yo vivo en la casa de Clara!

—No te harán nada.

—No sé cómo le caerá a Clara que no le haya consultado, pero tras enterarme, llamé al cerrajero y he puesto tres cerraduras de refuerzo en la puerta de entrada y otras tantas en los balcones. No quiero que mi familia corra peligro. Si estamos en este pueblo, en parte es por ella, porque nos animó a aceptar los trabajos alegando que nos dejaría su casa en alquiler a un buen precio y nos ayudaría en todo lo que pudiera. Me da miedo que pueda pasarnos algo, más que nada a mis gemelas.

—Te entiendo, Alexia. Lo mejor en estos casos es no meter demasiado las narices dónde no nos llaman. Yo siempre suelo hacer todo lo contrario. —Las dos sonrieron—. Pero en esta ocasión, me da miedo.

Al llegar a la casa de Corina, Alexia se despidió de ella y se encaminó a su casa. Su maravillosa familia la estaría esperando y pronto llegaría la noche, tenían que estar juntos.

**Paula se sentó al lado de la cama de Gema y le cogió la mano dulcemente. Sintió como la puerta de la habitación se cerraba a su espalda.

—Paula, ¿Cómo estás? —preguntó el Doctor Castilla, encargado del caso de Gema y un gran compañero suyo de trabajo.

—Mal, estoy muy mal. —La chica se echó las manos a la cara y comenzó a llorar desconsoladamente.

—No, no llores… —El chico la acunó en sus brazos y retiró su frondosa melena rubia de la cara.

—¿Cómo puede estar en coma? ¿Se despertará?

—Sabes que está  muy enferma. Cuando la trajiste para que la reconociera la primera vez, sabía que esto podía pasar. Su tumor está muy avanzado. Ahora mismo está tranquila.

—No puedo verla así…

—¿Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea?

—Sí, lo sé Lorenzo. Muchísimas gracias. —Por primera vez la chica sonrió.

—En cuanto a lo de si volverá a despertar, te aconsejo que te prepares para lo peor.

—Oh, dios…

—No quiero ser duro contigo ni nada por el estilo —le decía el chico dulcemente—. Pero ya sabes que mi trabajo es informar de la verdad a los familiares de los pacientes que se encuentran en estas circunstancias.

—Estoy de acuerdo y haces muy bien.

—Ahora me tengo que ir, pero para lo que necesites tienes mi número personal y yo te atenderé sea la hora que sea.

—Gracias, te estaré siempre agradecida.

El médico, tras dedicarle una bonita sonrisa, salió de la habitación y dejó a Paula de nuevo a solas con su madrina. Tenía que mentalizarse que el fin estaba cerca y que pronto la perdería. Se sentó a su lado en la butaca que le habían habilitado y acarició suavemente la mano de la mujer.

—Tranquila, mi Gema, seguiré tu consejo y cumpliré tu última voluntad. Cuando tú faltes intentaré ser feliz. Pero tendré que irme de aquí, porque sin ti en este lugar nada volverá a tener sentido.

**Isabela parecía una niña con zapatos nuevos. Aquella misma tarde saldría a comprar los billetes para el crucero y ya estaban en la habitación del hotel. Era espaciosa, limpia y tenía todo lo necesario para ser completamente feliz los días que estuvieran allí.

—¿Te apetece algo de comer? —preguntó melosamente Alberto mientras la abrazaba por la cintura.

—Si te digo la verdad, tengo algo de hambre.

—¿Salimos a comer algo antes de que anochezca? Podemos comprar los billetes mañana con más tranquilidad.

—Está bien. —La mujer se volvió y besó los labios de su marido. Le quería, más que a nada en el mundo y le hubiera encantado poder tener un hijo con él.

—No se hable más, nos vamos ya. —Cogió el bolso y salieron al rellano.

—Oh, se me han olvidado las llaves, espera que las cojo en un momento. —Isabela se dio la vuelta pero pronto escuchó el tintineo de las llaves en su bolsillo, por lo que se giró de nuevo, contenta porque estaba de vacaciones. Entonces vio algo que no entendió. Alberto estaba al borde de las escaleras del rellano y sin previo aviso se tiró rodando por las mismas.

—¡Alberto! —gritó la mujer cerrando la puerta a su espalda.

—¡Isabela, me he caído! —La mujer calló por el miedo tan grande que sentía de ver a su marido tirado en el suelo, pero ella misma había visto cómo él mismo se había tirado y había provocado la caída.

—No te preocupes, pronto vendrá alguien. —Una limpiadora apareció de la nada y comenzó a gritar con todas sus fuerzas. En dos minutos medio hotel estaba enterado de lo sucedido.

—Ya hemos llamado a la ambulancia, señora. No tardarán en llegar —le informó un amable recepcionista.

—¿Te duele algo? —preguntó la mujer a su marido que ya se encontraba sentado en los sofás de la recepción del hotel.

—No sé cómo he podido caerme. —Isabela miró al suelo y recordó cómo había ocurrido todo, tenía que haber un error. Pero ella misma había visto con sus propios ojos que él había propiciado aquello.

—No te preocupes, pronto vendrá alguien. —El hombre se quejó de un dolor en el brazo. La ambulancia no tardó en llegar y le llevaron al hospital de Rota, allí lo reconocerían y verían si aquella caída había sido algo más que eso, una simple caída.

**Antonio cada día estaba más feliz de la llegada de Jade a su vida y aún no podía creer lo dichoso que era. Su vida era un infierno, aquella soledad le estaba matando, hasta que llegó ella. Aquel ángel que le mandaron desde muy lejos para que su vida volviera a tener sentido.

—Acabo de ver en las noticias lo de la madre de la escritora —le informó la chica que estaba preparando la cena.

—Me lo dijo David esta mañana cuando le llamé para invitarlos a comer. No podían venir por eso mismo, tenía mucho trabajo.

—Es horrible. ¿Quién habría querido asesinar a esa pobre mujer?

—Nunca se sabe Jade, nunca se sabe…

—Tu hijo tiene que estar acostumbrado a ese tipo de cosas, ¿Verdad?

—Sí, él ya ha solucionado varios asesinatos.

—Se ve un chico trabajador y a gusto con lo que hace, no dudo ni un momento que lo resolverá —dijo Jade con una sonrisa.

—Sí, a ver si puede con este caso. —Antonio miró al frente y sus labios se curvaron ligeramente.

**Al salir de aquella consulta médica, Alberto llevaba un brazo escayolado, se lo había partido. Isabela no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido hacía apenas una hora, cuando con sus propios ojos había visto lo que su marido había hecho.

—Señor, ¿conoce usted a Paula? —preguntó Alberto al médico que le había atendido. Isabela lo miró con recelo.

—¿A qué Paula se refiere?

—Paula, solo sé que se llama así. Es enfermera en este hospital. —Alberto se la describió cómo era físicamente.

—Siendo así solo puede ser Paula Jiménez.

—¿La conoce? —preguntó el hombre con entusiasmo. Isabela decidió no abrir la boca. ¿Qué hacía su marido preguntando por aquella chica?

—Solo sé que ahora no va a venir a trabajar en unos días, tiene a un familiar muy enfermo.

—¿No puede decirme dónde puedo encontrarla?

—Eso es algo privado.

—Por favor, sería muy amable si… —comenzó a decir el hombre.

—Mire, ahí está. Puede hablar tranquilamente con ella. —Paula estaba al fondo del pasillo sacando unas cosas de una máquina expendedora. Alberto se quedó mirándola y le dio las gracias a aquel doctor. Sin ni siquiera mirar a su mujer comenzó a andar en dirección dónde estaba la chavala e Isabela corrió detrás de él hasta alcanzarlo.

—¿Paula? —La chica lo miró con desconfianza—. ¿No me recuerdas?

—Perdone pero no sé quién es.

—Soy Tío de Fernando, el marido de Andrea. Tú la encontraste en la playa…

—Ah, sí claro. ¿Qué te ha ocurrido? —preguntó alarmada mirando su brazo.

—Ha sido una caída tonta, no tiene importancia.

—Hola, Paula —intervino Isabela.

—¿Cómo está? —La chica le tendió la mano.

—Nos hemos enterado que tienes a un familiar muy enfermo.

—Sí, mi madrina, tiene un tumor cerebral y ha entrado en coma.

—Oh, es horrible…

—Sí, no sé cómo voy a afrontar esto, pero tendré que salir adelante.

—Nosotros te podemos ayudar en lo que necesites. —Alberto tocó su brazo cariñosamente.

—Gracias, pero no creo que puedan hacer nada por mí, ni por Gema, desgraciadamente.

—Si cuando ella falte necesitas algo, no dudes en llamarnos, éste es mi número y éste el de mi mujer. —El hombre le tendió un papel con los números apuntados.

—Gracias, os necesito llamaré.

—Si quieres puedes dejarnos tu móvil, así podremos interesarnos por ti y por el estado de tu madrina. —Isabela volvió a mirar a su marido con los ojos muy abiertos. No conocía de nada a esa mujer, ¿Por qué tenía que ser tan amable con ella?

—Sí, claro. —Ella sacó una tarjeta y se la tendió.

—Ahora tenemos que irnos, Paula. —Isabela cogió a su marido del brazo sano.

—Gracias por vuestra confianza. Darles recuerdos a Andrea, Fernando y al bebé.

—Se lo daremos. —Alberto sonrió dulcemente y pasó sus dedos por la mejilla de la chica, ella se retiró lo más delicadamente posible, para no parecer desconfiada.

Paula sonrió tímidamente y se marchó a la habitación donde estaba Gema. ¿Qué quería aquel matrimonio de ella? Aquello le tenía muy inquieta y no sabía qué pensar, apenas los había conocido hacía unas semanas con el nacimiento de la pequeña Aurora, pero no sabía nada de ellos. Pensó en llamar a Andrea para preguntarle por la niña y hablar un rato con ella, pero pensó que cualquier momento sería mejor que aquel, por lo que se sentó en una butaca y abrió su comida. Gema seguía dormida y no había señales de que fuera a despertarse.

**Isabela entró como una tromba por la habitación del hotel. No había pronunciado ni una sola palabra en todo el trayecto desde el hospital hasta allí.

—¿Qué te ocurre, mi amor? —preguntó Alberto mientras la cogía por la cintura.

—Ya entiendo por qué querías venir a Rota. No era por regalarme un viaje ni por pasar unas vacaciones conmigo. ¡Querías saber de ella!

—No entiendo por qué dices eso.

—Alberto, ¡Te vi cómo te tirabas por las escaleras, pero me callé! Ahora sí sé que lo hiciste para tener una excusa e ir al hospital para poder ver a Paula y saber algo más de ella. ¡Eres odioso!

—Te estás equivocando.

—¡No, no me equivoco! ¿Por qué querías comprar un crucero justamente en Rota? ¡Para venir aquí, simular una caída e ir al hospital y verla! Y encima delante de mis narices. —La mujer comenzó a sollozar mientras se sentaba en la cama. Su matrimonio con Alberto siempre había sido algo ejemplar, no entendía por qué le hacía aquello. Paula era una chica joven y bonita, cosa que a ella ya le faltaba, pero le quería, le quería como jamás en la vida había querido a nadie.

—Mi amor, no pienses cosas raras. Me resbalé y al estar en el hospital, solo quise saber algo de ella. Recordé que ayudó a Andrea en el parto, no le busques los tres pies al gato, por favor. —La mujer se dio la vuelta para mirarle.

—¿Me estás diciendo la verdad?

—Por supuesto que sí, yo solo te quiero a ti. A nadie más. —Isabela lo miró con los ojos acuosos y él la besó. No se resistió a sus besos. Aquellos que tanto les gustaban.

—No me engañes jamás, Alberto. No podría soportarlo.

—Me gusta que te pongas celosa y como una fiera saques las uñas por lo que es tuyo.

—Dios mío, no sé qué me pasaría si te perdiera…

—No pienses eso porque jamás va a ocurrir. —Ella seguía acariciando la melena de su marido.

—Eso espero porque te juro que me muero.

—Isabela, solo quería saber qué tal le iba la vida y si le di nuestros teléfonos fue por lo que nos enteramos que su madrina está muy mal. Ella ayudó a Andrea cuando lo necesitó y me siento en deuda con ella.

—Tienes toda la razón, perdóname.

—No tengo nada que perdonarte, amor.

Se abrazaron y Alberto pulsó el botón del mando a distancia para encender la televisión. Los dos se quedaron petrificados cuando en las noticias vieron la cara de Ana Lucía Madariaga, la madre de la gran escritora Clara Cabello. Había muerto y todo apuntaba a un asesinato.

**El lunes Corina se incorporaba al trabajo, por lo que se levantó muy temprano para tenerlo todo preparado antes de irse a trabajar.

—Hoy se sabrán los resultados de la autopsia —dijo David mientras se tomaba el café. Corina le miró mientras untaba su tostada con mantequilla. Su marido tenía muy mala cara y aquel fin de semana había estado muy extraño.

—¿Vas a contarme de una vez por todas lo que te ocurre? —preguntó ella cariñosamente.

—Corina… —En ese momento recordó lo que habló con Fernando, no debía decirle a nadie sobre sus especulaciones acerca de Clara y el asesinato.

—Habla David, no te vuelvas a quedar callado.

—Ya sabes que te conté la reacción de Clara al enterarse de la muerte de su madre. Fue como si le hubiera contado algo normal, algo cotidiano. Más tarde al llegar a comisaría estaba esperándonos, echa un mar de lágrimas y no me gustó su actitud.

—¿Estás insinuando…?

—No insinúo nada, porque no tengo pruebas, si las tuviera lo afirmaría. —Corina miró a su marido con los ojos muy abiertos. No podía creerlo.

—No sé qué decirte. Cuando fui con Alexia a casa de Clara, no nos quiso atender, pero la vimos muy afectada, nos decía que no quería que nosotras fuéramos víctimas como su madre a su costa, que por eso no hablaba con nosotras. No la entendí muy bien, pero quizás se sienta muy culpable de todo lo que ha pasado. Prácticamente han recreado el asesinato principal de su libro con su madre. Han matado a Ana Lucía y ella cree que ha sido por su culpa, por escribir el libro.

—Esa mujer tenía un pasado muy oscuro y vamos a averiguar qué fue lo que pasó. Aún quedan muchos cabos por atar.

—¿Quién ha podido hacer algo así? Alguien ha tenido que leer su libro detenidamente, alguien que supiera que era hija de Ana Lucía y entonces lo planeó todo. Haría el asesinato justamente igual que el de su libro, así la sospecha caería sobre ella.

—Mi sospecha no cayó en ella por esa razón, fue por su actitud.

—Lo sé, pero…

—Mi amor, tengo que irme. Cuando vuelva te contaré todo lo que sepa, aunque sé que algún día me costará mi puesto de trabajo —dijo el chico en tono jocoso mientras cogía su chaqueta.

—¿Adónde vas ahora?

—Fernando recaudó información sobre el local dónde fotografiaron a Ana Lucía y vamos a ir. Está en Écija y queremos que nos digan con quién estuvo esa noche y qué más saben de ella.

—No sabía eso del local —Corina interesada se fue andando detrás de su marido hasta el coche, que estaba aparcado justo en la puerta.

—Sí, es un lugar dónde la gente va a conocer a otras personas para tener sexo e intercambiar parejas.

—¿Crees que Clara sabía algo de eso?

—Lo dudo muchísimo, pero habrá que aclararlo. ¡Suerte en tu primer día de curso!

El chico se montó en el coche y se marchó. Corina se quedó cavilando durante un rato en el jardín sobre todo lo que su marido le había contado. Lo que tenía más que claro era que Clara no tenía nada que ver en el asesinato de su madre y tendría que demostrarlo, pero no quería inmiscuirse en nada. De pronto el llanto de Carmen la sacó de sus pensamientos y al mirar el reloj, tuvo que correr para llegar a tiempo su primer día de trabajo.

**Cuando Fernando y David se bajaron vieron ante ellos un local con fachada oscura y algo sucia. Aquel lugar no les daba buena espina, pero era su trabajo y tenían que entrar.

—Vamos, hay que salir de dudas —le animó Fernando.

—No me gusta nada este sitio.

—Lo sé, pero no nos queda otro remedio. —Llamaron a la puerta pero no le abrió nadie. Parecía estar cerrado. Cuando estaban a punto de abandonar e irse, una mano se posó en el hombro de David.

—¿Buscabais algo? —preguntó una mujer rubia de ojos claros.

—Necesitamos hablar con el encargado del local.

—Puede considerarse que soy yo.

—¿Puede considerarse? —preguntó Fernando.

—Soy Marta León, mi padre es el dueño, pero ha fallecido muy recientemente y aún estamos con el papeleo de la herencia, aunque se puede considerar que yo soy la propietaria.

—Está bien, Marta, entonces hablaremos contigo. —Ella asintió y abrió una puerta contigua al local. Era un pequeño despacho, todo estaba ordenado y limpio y una luz tenue entraba por una ventana situada justamente en el centro.

—Muy bien, cuéntenme a qué han venido. —La mujer se sentó en su butaca y los dos hombres en un sofá. Marta era atractiva, muy atractiva y tuvieron que pensar en otras cosas para no mirarla más de la cuenta.

—¿Conoce a esta mujer? —Fernando se levantó y extendió la foto de Ana Lucía en la mesa.

—Sí, ella viene por aquí muy a menudo.

—Ha muerto, no sé si lo sabe. Todo indica a que ha sido asesinada.

—Oh, no sabía nada, que horror. —Marta hizo un gesto exagerado llevándose las manos a la boca.

—A su hija le llegaron estas fotos justo el día antes de ella morir. Cómo puedes ver está en este local con varias personas practicando sexo.

—Sí, esa es la finalidad de este local. Aquí la gente viene a divertirse y a pasárselo bien, a conocerse y si les apetece, tener sexo.

—Sí, eso ya lo sabemos, pero queremos saber si esa noche ocurrió algo extraño o si conoce a las personas que están con ella.

—Esa foto las tomarían no hace mucho, ya que la vi por aquí. Esa noche una de mis camareras  no se sentía bien, por lo visto tenía gastroenteritis y tuvo que marcharse a casa, por lo que tuve que meterme detrás de la barra a atender a la clientela, puesto que a esas horas nadie estaría disponible para trabajar. Recuerdo que ella llegó al local y se sentó en una de las mesas del fondo, justo unos minutos después llegó esta chica —dijo señalando a la rubia—. Sé que se llama Amanda y que vive a unas calles de aquí. Estuvieron hablando un rato y luego, juntas se fueron hacia un reservado, dónde les estaba esperando un hombre.

—¿Conoce a la chica?

—Bueno, solo sé lo que le he dicho: su nombre y que vive por aquí cerca.

—Está bien, sigue —le indicó David.

—Antes de que ellas entraran en el reservado y unos minutos después de que Ana Lucía llegara al local, un hombre entró detrás de ella. Me asusté porque tenía la cara tapada con un pañuelo, no sé veía nada de sus facciones y pensé que venía a robarnos, pero solo se sentó y me pidió una coca cola.

—¿Qué más recuerda de ese tipo?

—A parte del pañuelo llevaba una gorra, por lo que no sé si era rubio, moreno…

—Prosigue. —Volvió a mandar David, que quería llegar pronto al fondo de la cuestión.

—Cuando ellas dos entraron en el reservado, él se levantó y las siguió. Se quedó en una esquina del local, sin llegar ni tan siquiera acercarse al reservado, puesto que está completamente prohibido si no eres parte de las personas que lo han reservado. Me puse a atender a otros clientes y a los pocos minutos le vi irse como alma que lleva el diablo.

—¿Le vio echar las fotos?

—La verdad es que no, pero estoy segura que fue él. Cuando le llevé el refresco a la mesa, tenía una cámara de fotos junto a su cartera.

—Esta información está siendo muy útil —David escribía todo en una pequeña libreta—. ¿Conoce al chico que acompañó a Ana Lucía y a Amanda aquella noche en el reservado?

—Sí, bueno… —La chica comenzó a tartamudear.

—¿Qué le ocurre?

—No, nada. Mire, sé que muchas personas no entienden esto que les voy a decir, pero él es Carlos, mi marido. —Los chicos se miraron con cara de circunstancias. ¿Qué hacía el marido de ella metido en el reservado con aquellas dos mujeres?—. Nosotros tenemos una relación liberal y a mí no me importa que él disfrute con otras mujeres.

—Todo eso es respetable. —Se limitó a decir Fernando aún aturdido.

—Necesitaríamos que, tanto Amanda como Carlos, hablaran con nosotros.

—Está bien, yo se lo haré saber. ¿De dónde vienen vosotros?

—De Fuente Palmera, allí se encuentra la comisaría en la que trabajamos, pero si no os viene bien, podemos venir nosotros en cualquier momento a hablar con ellos.

—Sí, será lo mejor. Mi marido trabaja en Silillos, es el cartero, pero no tiene mucho tiempo y no creo que pueda llegarse a comisaría y de Amanda solo puedo deciros dónde vive y poco más.

—Está bien. Apúnteme su dirección aquí y mañana como muy tarde vendremos a hablar con ellos.

—Mañana a las cuatro y media le vendría bien a Carlos. —La mujer les miró con sus grandes ojos azules y ellos se intimidaron.

—Está bien, a esa hora estaremos en su casa. ¿Por casualidad no tendrá el número de teléfono de Amanda?

—No, no dispongo de él, pero mañana yo misma les llevaré a su casa.

—Perfecto. —Se estrecharon las manos y los chicos salieron de aquel pequeño despacho y se dirigieron al coche.

—¿Qué te parece? —preguntó David mientras se ponía el cinturón de seguridad.

—Que tenemos que hablar con estas dos personas. Aunque…

—¿Aunque?

—¿Qué opinas sobre el hombre con el rostro tapado y gorra?

—Solo se me ocurre una idea.

—¿Hugo?

—El mismo. Tendremos que hablar con él, aunque sí ha sido él, nos lo negará, pero…

—Tenemos que intentarlo al menos. Primero vamos a hablar con Carlos y Amanda y luego lo haremos con Hugo.

**Cuando Carlos llegó a casa, Marta le estaba esperando mientras se tomaba un whisky. Estaba nerviosa por todo lo que había pasado, ¿Cómo podía estar muerta aquella mujer que tanto frecuentaba su local? Ella misma había pasado buenos ratos con su marido y Ana Lucía y en el fondo le daba mucho miedo lo que había ocurrido. Sabía de la deuda que tenía con Carlos, él le prestó una cantidad de dinero y ella jamás se lo había devuelto y tampoco podía olvidar la discusión que tuvieron aquella misma noche, la noche de las fotos.

—Marta, ¿estás en casa? —Las llaves se escucharon caer en el recipiente que tenían preparado para ello en la entradita de casa.

—Carlos, necesitamos hablar. Las cosas se están poniendo muy negras. —El hombre la miró sin entender nada.

—La policía ha venido esta mañana al local; ya saben lo de Ana Lucía. Hasta su hija han llegado unas fotos comprometidas de ellas en el local, contigo y con Amanda. Quieren hablar contigo y que les cuentes que pasó, al igual que con ella.

—¿Cómo puede ser posible? —El hombre comenzó a tocarse el pelo y a blasfemar.

—Tranquilízate, tú no has hecho nada. —Él la miró con una mirada oscura.

—Tienes razón, no tengo por qué tener miedo.

—¿Sabes algo que yo no sepa? —le preguntó ella mientras le acariciaba la espalda.

—No sé nada más. Solo lo que te conté.

—¿Por qué discutisteis aquella noche? ¿Fue otra vez por el dinero?

—Ya sabes que me debía una gran cantidad y no me la va a devolver, ya no. Su hija no me va a dar ni un duro y me muero de coraje solo de pensarlo. Aquella noche solo le recordé que quería lo que era mío. Es cierto que quizás me pasé, la cosa fue a mayores y…

—¿Y?

—No, nada. Solo fue eso. ¿Cuándo van a hablar conmigo?

—Mañana mismo. A las cuatro y media estarán aquí.

—Esa mujer nos va a dar problemas hasta estando muerta. ¡No la soporto! —Marta lo miró con tristeza.

—Pero en la cama si pasabas ratos buenos con ella —susurró.

—Sí, ese era el único lugar donde ella y yo podíamos estar juntos y sin pelear. He llegado a odiarla, Marta. Y te juro que no estoy siendo un exagerado. Cuando tú prestas algo con buena fe y pasa el tiempo y no se preocupan en devolvértelo, al final la paciencia se agota.

—Tranquilo, olvídate de esa deuda. Ya no la vamos a cobrar. Intentaremos vivir como hasta ahora.

—Lo intentaremos, Marta. Lo intentaremos.

**Corina estaba en el patio del colegio. Sus niños seguían tan guapos como siempre y ella estaba feliz de poder estar otro año más junto a ellos. Luis se abrazó a la pierna de su madre y ella acarició su cabeza, luego el niño se marchó.

—¡Corina! —Un grito la hizo mirar hacia la verja del colegio.

—¡Clara, qué estás haciendo aquí! —La chica estaba en pijama, con el pelo revuelto y los ojos extremadamente abiertos.

—¡Me han estado persiguiendo! —Corina abrió la verja y ella entró rápidamente. Ambas se sentaron en las escaleras principales del colegio y Corina la cogió de la mano.

—Cuéntame que te ha pasado —le pidió con tranquilidad, mientras las dos se sentaban.

—Yo estaba en casa, no quería salir porque no quiero relacionarme con nadie y que les pase nada como a mi madre. —La chica comenzó a llorar y Corina miró a su alrededor cerciorándose que los niños estaban jugando y tranquilos—. Esta mañana cuando me desperté, decidí ir a tirar la basura y cuando llegué lo encontré todo revuelto. ¡Alguien ha entrado en mi casa! No pude ver mucho, solo sé que era un hombre. Con el rostro cubierto con un pañuelo negro y también tenía una gorra. Cuando se percató de que le había visto comenzó a correr detrás de mí, yo subí las escaleras y me fui escabullendo en las habitaciones y cuando él estuvo lo suficientemente lejos, volví a bajarlas y me refugié en la cocina. Entonces le vi salir por la puerta.

—Clara, ¿sabes de quién se trata? —preguntó Corina en un susurró de voz. Miró a su alrededor por si veía a alguien, pero solo estaban los pequeños.

—A los pocos minutos cuando salí, volví a encontrarme una sombra en el porche del chalet. Miré hacia el suelo y allí estaba tirado el pañuelo que el hombre llevaba en la cabeza y la gorra. Sentí un ruido a mi izquierda. No quería mirar, pero él estaba allí, mirándome impasible.

—¿Quién? —Corina estaba impaciente.

—¡Hugo!

—¿Hugo es quién encontró a tu madre? —La mente de la chica iba a marchas forzadas, su marido le había contado todo, pero estaba nerviosa y le costaba recordar.

—Sí, el mismo. —Clara seguía llorando sin parar.

—¿Te dijo algo?

—Le pregunté que qué hacía allí y me dijo que solo quería saber cómo estaba. Luego afirmé que aquello era suyo, pero me lo negó, me dijo que acababa de llegar al chalet, pero no me lo creo. Además, ¿qué hace él haciéndome visitas a mí? El otro día le dejé bien claro que no quería se me acercara.

—Quizás sea verdad lo que te dijo…

—¡No! Él ha sido el culpable de todo y no entiendo por qué. —Otros profesores, al escuchar los gritos, salieron a donde estaban ellas.

—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó el director. Un hombre mayor y muy amable.

—Luciano, ella es Clara Cabello, su madre murió hace poco y está muy nerviosa porque afirma que alguien ha entrado en su casa y la ha perseguido.

—Muchacha, tienes que llamar a la policía —le aconsejó él.

—Ahora mismo lo haré, no se preocupe.

—Si quieres puedo llamar yo a David y enterarle de todo. Tú estás muy nerviosa.

—Está bien, gracias. —Corina cogió su bolso y sacó el móvil y un pañuelo para que Clara se limpiara las lágrimas. Luego marcó el número de su marido y espero a qué descolgara el teléfono.

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