ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 5.

**Jade sonrió al ver a Antonio entrar por la puerta de su habitación.

—Deberías venirte a dormir conmigo —le dijo él dulcemente mientras le besaba la  mejilla.

—¿Tú crees? Quizás estemos yendo demasiado rápido.

—No, esto es diferente.

—Lo de anoche… —Él tapó su boca.

—Lo de anoche fue fantástico, maravilloso e inolvidable y me encantó.

—A mí también, para ser mi primera vez no estuvo mal —sonrió la chica tímidamente.

—Vente a mi cama, Jade.

—Está bien, me iré contigo.

La chica se levantó de la cama y él la siguió. Cuando llegaron a la habitación de Antonio él la abrazó fuerte.

—No sé qué me ha pasado contigo, pero me has vuelto loco.

—Yo he descubierto un mundo que no sabía que existía. Eres tan especial…

Se fundieron en un apasionado beso y se metieron en la cama. La noche volvía a prometer.

**El sonido del móvil sobresaltó a David. En ese momento recordó las cervezas que se había tomado el día anterior con Mario y Fernando. Le dolía hasta el alma, él no estaba acostumbrado a beber. Miró a su lado y vio a Corina dulcemente dormida. Cogió el móvil, eran las siete de la mañana. ¿Quién llamaría esas horas?

—¿Sí? —preguntó el chico algo dormido todavía.

—David, soy Antonia, te necesitamos aquí ya. —Su voz la delataba, estaba muy nerviosa.

—Antonia, ¿Qué haces en comisaría a estas horas?

—Hoy tenía que venirme antes para archivar unos expedientes y justo cuando entraba por la puerta, sonó el teléfono. Acabo de llamar a Fernando, y espero que ninguno de los dos tardéis, es muy grave lo que ha ocurrido.

—¿Qué ha ocurrido?

—¡Te quiero aquí ya! —gritó la mujer desesperada.

Corina le miró con los ojos aún pegados del sueño.

—¿Qué ocurre? Es muy temprano… —Se quejó ella.

—Me acaba de llamar Antonia, por lo visto ha ocurrido algo.

—¿A estas horas?

—Eso parece. Me voy a dar una ducha y me voy, luego te contaré. —El chico se acercó a su mujer y le dio un tierno beso en los labios. Ella sonrió y volvió a dormirse.

Tan solo habían pasado veinte minutos desde que la mujer llamó cuando Fernando y David entraron por la puerta.

—¡Por dios, Antonia! Dinos que ocurre de una vez. —Fernando se veía algo decaído, quizás fuera por el mismo motivo que su colega.

—Sentaos, os he preparado un café. —La mujer les extendió las tazas humeantes—. Necesito que os vayáis como alma que lleva al diablo para el cementerio.

—¿El cementerio?

—Sí, David. Nos han alertado de que hay alguien colgado allí.

—¿Han ido a suicidarse a un cementerio? ¡Joder! —A Fernando le daban pánico aquellos lugares, intentaba ir lo menos posible.

—Lo siento, es vuestro trabajo y tenéis que ir.

—¿Quién ha dado la voz de alerta?

—El encargado de mantenimiento del cementerio. Por lo visto su jornada laboral comenzaba a las seis y media y cuando comenzó a barrer, aun estando de noche, se tropezó con aquella persona, allí colgada.

—Qué horror… —David no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—En cuanto tengáis noticias, quiero que me llaméis. Ya se ha avisado a la científica para que se personen allí.

—Está bien, nos vamos.

Los chicos montaron en el coche patrulla y se dirigieron al cementerio.

**Cuando Jade abrió los ojos, vio que Antonio no estaba recostado a su lado. ¿Dónde se habría metido? Sonrió al escucharle cantar metido en la ducha. Justo a su lado vio un regalo, seguramente él lo habría dejado ahí para ella. Con entusiasmo se sentó en la cama y lo abrió, allí estaba el libro de la escritora que el día anterior la había cautivado completamente.

—¿Por qué le pondría como nombre una palabra en musulmán? —susurró ella en voz bajita.

—Maktub, ¿Sabes lo que significa? —preguntó un Antonio sonriente, perfectamente aseado y afeitado.

—Claro, significa “estaba escrito”

—Te lo compré porque ayer pareció gustarte y así puedes entretenerte mientras lo lees.

—Muchas gracias. —La chica le dio un rápido beso en los labios.

—¿Qué quieres hacer hoy? —Antonio se sentó a su lado.

—Hoy….

—Sí, hoy.

—Pues no lo sé, sorpréndeme.

—Había pensado que podíamos invitar David, Corina y los niños a almorzar aquí. ¡El arroz me sale buenísimo!

—Es buena idea —sonrió ella con sus grandes ojos verdes llenos de amor.

—Entonces en un ratito le llamaré, tú vuelve a dormirte que es muy temprano.

—¿Qué hora es?

—Las siete y media.

—Oh, claro que volveré a dormirme. —La chica se metió debajo de las sábanas cómicamente.

—Descansa, reina.

Antonio salió por la puerta y se sentó en el jardín a tomarse un café. Pensativo miraba al horizonte, con la mirada perdida. ¿Qué le estaba ocurriendo?

**Al llegar al cementerio, Fernando tuvo que armarse de valor para entrar. Allí estaba enterrada Esther y ya apenas iba a visitarla. Justamente tuvo que pasar por su tumba para llegar al lugar de los hechos. Se paró frente a ella y David se volvió a mirarle. El chico suspiró, se besó un dedo y lo posó justo encima de la foto de una sonriente Esther.

—Descansa en paz, cariño —susurró muy bajito. Con lágrimas en los ojos se giró hacia donde estaba su colega.

—¿Estás bien? —preguntó David sorprendido por lo que acababa de ver.

—Sí, es solo que hace mucho tiempo que no vengo a hacerle una visita.

—Te veo muy afectado.

—No, poco a poco las cosas se van superando. Yo amo a Andrea con toda mi alma, pero Esther fue alguien muy especial en mi vida, y me la quitaron así, sin más. —David recordó que aquella chica había sido de todo menos fiel a Fernando y él parecía no recordar nada de eso.

—Me quedo con lo bueno, no quiero recordar lo malo de esta historia. —Le contestó él como si le hubiera leído la mente.

—Haces bien, amigo.

—¿Tú jamás recuerdas a Patricia? —preguntó el chico mientras al fondo veían revuelo.

—Claro que la recuerdo, pero con el tiempo su recuerdo se va desvaneciendo. Ahora Corina es el centro de mi vida, junto a mis hijos y por eso intento no pensar en nada más que no sean ellos.

—A mí me ocurre igual con Andrea y Aurora. Aunque creo que lo tuyo es diferente, ella hace ya más de ocho años que murió y Esther apenas un año y medio.

—Intenta seguir adelante con tu vida y no pienses en lo que ya, irremediablemente, no puede ser.

—Lo haré, lo haré… —suspiró Fernando.

Al llegar, se sorprendieron al ver aquel cuerpo colgando, dando vueltas por el aire que se había levantado.

—Buenos días, ¿qué ha ocurrido aquí?

—¡Menos mal que habéis llegado! —gritó una mujer completamente fuera de sí—. Soy Nuria, la limpiadora. Cuando he llegado y me he encontrado esto, ¡creía que me moría!

—¿Usted lo ha encontrado? —preguntó David mientras miraba aquel cuerpo inerte.

—No, ha sido el señor de mantenimiento.

—¿Dónde está él?

—Se ha ido, no se encontraba bien, pero me ha dicho que en cuanto se reponga vendrá.

—¿Quiénes son toda esta gente? —Fernando miró a su alrededor y vio que allí había demasiadas personas y nadie era de la policía.

—Cuando la hemos encontrado, yo llamé a unos familiares y…

—Señora, necesito que se vayan inmediatamente de aquí, al igual que usted. Solo necesito aquí a la persona que encontró el cuerpo.

—Está bien, les entiendo. —La mujer se dio la vuelta, escoba en mano, y se marchó junto a una mujer pequeña y morena.  Todos las demás las siguieron.

—Una última cosa —le dijo David—. ¿Sabes de quién se trata?

—Es difícil saber quién es, su rostro está totalmente tapado por su cabello.

—Es verdad —le indicó Fernando—. Tiene el rostro completamente oculto con el pelo.

—Gracias, Nuria. —La mujer sonrió y salió por la puerta con sus familiares.

—¿Quién será? —murmuró David.

—Cuando llegue el forense nos enteraremos.

A los pocos minutos, el ruido de unos coches sacó a los policías de sus pensamientos.  Unos hombres entraron, eran de la policía científica.

—Buenos días, que alegría veros por aquí —indicó Mario extendiéndole la mano a los hombres.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Fernando.

—Soy Forense, ya lo sabes. Y hoy es mi primer día de trabajo.

—Pues aquí tienes tu primer trabajo —le indicó David mientras señalaba el cuerpo colgado de aquel pino.

—Voy a ponerme a ello, ahora os informo de lo que sea.

—Parece un suicidio.

—A simple vista puede parecer muchas cosas, pero luego todo puede cambiar. —El chico sonrió mientras se acercaba al cadáver.

Cuando habían transcurrido unos minutos, bajaron el cuerpo, con sumo cuidado y lo tendieron en el suelo. Mario se encargó de inspeccionarlo y cuando finalmente tuvo un pronóstico sobre lo que había podido ocurrir, llamó a David y a Fernando.

—¿La conocéis? —Mario retiró el pelo de la cara de la mujer, que quedó completamente expuesta. David se llevó las manos a la boca. Fernando negó con la cabeza.

—Sí, yo sí la conozco —susurró el chico.

—¿Quién es? —preguntó Mario mientras le hacía unas señas a las personas que trabajaban en su equipo.

—Es la madre de Clara Cabello, la escritora —les informó David. Fernando lo miró con asombro.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo, es más, ayer mismo la vi en la firma de libros de su hija.

—¿Quién ha podido hacer esto? —preguntó Mario mientras se quitaba los guantes.

—No lo sé…

—¿Sabes algo ya? —preguntó Fernando nervioso.

—Sí, no se ha suicidado. Claramente la mataron y luego la colgaron ahí —dijo señalando el pino—. De todas formas, quiero realizarle la autopsia para poder saber el momento en que murió.

—¿Cómo sabes eso?

—Muy fácil, no me ha hecho falta ni dos minutos para darme cuenta. Tiene graves marcas en el cuello que, no son de la cuerda de la que estaba colgada, son signos de haberla asfixiado antes de matarla.

—Oh, dios mío… Cuando Clara se entere, no quiero ni pensar cómo se sentirá.

—Hay que llamarla ya. Yo me encargo.

David sacó su teléfono del bolsillo y se alejó un poco de Fernando y Mario. Respiró hondo y cerró los ojos durante unos segundos. Tenía que pedirle el número de la susodicha a Corina, él no lo tenía y sabía que se exponía a un interrogatorio por parte de su mujer. Cuando el número estuvo grabado en la memoria de tu teléfono, dio a llamar y al segundo tono, una acalorada y sobresaltada Clara cogió el teléfono.

**Aquella mañana Paula se sentía muy mal, Gema se había despertado en un estado deplorable. Cada día que pasaba, le costaba más trabajo hablar, moverse… La chica llamó al trabajo para decir que aquel día no iba a ir, ya que su madrina se encontraba muy mal. A duras penas consiguió que con una cañita se tomara medio vaso de leche y se percató de que un hilo de saliva le salía de la boca, aquella noche había empeorado por momentos.

—Paula… —dijo la mujer a duras penas.

—No, no hables, cierra los ojos y duerme, que te hace falta.

—No… —susurró la mujer, su habla había cambiado y aquello asustaba mucho a la chica. Entonces la mujer cerró los ojos y pareció quedarse dormida.

Paula se tendió a su lado y la abrazó, el momento cada vez se acercaba más rápido y ella no sabía que iba a hacer. Así estuvo más de dos horas y cuando vio que llegaba la hora de hacer el almuerzo se levantó y se dirigió a la cocina para hacer algo. Transcurrida media hora, cuando ya tenía el puré preparado para Gema, se dirigió a la habitación. La mujer seguía dormida y la chica sonrió mientras le acariciaba el óvalo de la cara.

—Dormilona, vamos arriba que hay que comer —le dijo cariñosamente mientras la incorporaba.

Gema no reaccionaba, seguía durmiendo como un tronco. La chica se asustó y le tomó el pulso. Sus pulsaciones eran lentas, pero parecían estabilizadas. Fue entonces cuando se dio cuenta de todo. Comenzó a llorar desconsoladamente y llamó al hospital, necesitaba una ambulancia en la puerta de su casa lo antes posible. La vida le acababa de dar un gran mazazo, se llevaría a su madrina al hospital y allí la cuidaría hasta que el fin de sus días, irremediablemente, llegara.

**David iba muy callado en el coche. Fernando conducía y le miraba de reojo.

—¿Estás bien? —preguntó mientras frenaba un poco para reducir la velocidad.

—Sí, es solo que estoy muy impresionado con todo este tema. Cuando he llamado a Clara, se ha tomado la noticia como algo normal.

—¿Algo normal?

—Sí, no lo ha tomado como lo que es: La noticia de que su madre ha sido asesinada.

—David, ¿qué te ronda por esa cabecita?

—No lo sé, pero algo está ocurriendo que se nos está yendo de las manos.

—¿Va a venir a comisaría?

—Sí, le he dicho que vamos hacia allí y que la esperamos.

—¿Qué ha ocurrido con el hombre de mantenimiento que encontró el cuerpo?                               —Fernando estuvo con Mario y David se encargó de gestionar aquello.

—Me dieron su número de teléfono y le he llamado, en dos horas vendrá a contarnos lo ocurrido y como encontró a Ana Lucía Madariaga allí colgada.

—No tenía ni idea de que esa mujer se llamara así.

—Yo tampoco, me lo ha dicho Clara cuando la he llamado.

Al entrar en comisaría, Antonia les informó de que Clara los estaba esperando en el despacho de David. Al entrar, vieron a una chica encharcada en lágrimas, todo lo contrario a cuando habló con David por teléfono.

—Clara, lo siento mucho. —Los hombres le dieron el pésame y ella asintió.

—Siéntate, queremos hablar contigo —retomó su asiento y David y Fernando se sentaron justo frente a ella.

—¿Sabes qué ha podido ocurrir? —comenzó preguntando Fernando.

—Yo…

—Tranquila Clara, tienes que ser fuerte.

—Yo sé algunas cosas, que justamente quería denunciar para evitar que esto pudiera pasar, pero no me ha dado tiempo.

—¿A qué te refieres? —La chica les contó todo. Desde las llamadas de teléfono amenazándola, hasta las fotos de su madre y aquella nota que iba incorporada.

—Tenías que haber denunciado esto tan pronto como te enteraste —le dijo David en tono firme.

—¿Quién crees que podría querer hacer daño a tu madre?

—No lo sé….

—¿Conoces a alguna de las personas que están con ella en las fotos? —le preguntó Fernando mientras observaba aquellas instantáneas.

—A ella no le conozco y él está de espaldas y no puedo verle la cara.

—Vaya por dios.

—Tenemos estas amenazas pero necesitamos algo por dónde empezar. ¿Sabes de qué local se trata?

—Sí, eso sí. Si observáis, en una de las fotos se ve el nombre del local.

—“Deseo” —murmuró David.

—Este local no está por aquí cerca, al menos a mí no me suena absolutamente de nada. —Clara seguía llorando mientras los hombres le hablaban.

—Buscaremos información y mañana mismo nos acercaremos a ver si alguien puede darnos alguna pista.

—¿Tienes alguna foto reciente de tu madre?

—Sí, aquí la tenéis. —Clara sacó de su monedero una foto de Ana Lucía sonriendo.

—Gracias, ahora vete a casa y descansa —le aconsejó Fernando.

—¿Dónde está mi madre? Quiero verla… —les pidió la chica mientras se secaba las lágrimas.

—Tu madre está en Córdoba, van a realizarle la autopsia. Quizás en unos días tengamos los resultados.

—¿Unos días? —preguntó ella furiosa.

—Sí, Clara. Unos días —repitió David un tanto nervioso. La chica asintió y se marchó.

—Te noto algo estresado —le dijo Fernando mientras veía como David cerraba los ojos.

—Aquí hay algo que no me gusta. No me gusta en absoluto.

—¿Te refieres a Clara?

—Sí. ¿No la has visto? Se notaba a leguas que su llanto no era de verdad. Y si vieras lo fría que recibió la noticia, estarías de mi parte.

—Las personas nunca se saben cómo van a reaccionar ante una cosa así. Quizás esa haya sido su forma de reaccionar.

—“Tus historias van a hacerse realidad” ¡Han matado a su madre como a la madre de la protagonista de su libro! ¿No te das cuenta?

—Para empezar no creo que Clara haya matado a su madre si es a eso a lo que te refieres. ¿Cómo iba a estrangularla y luego a colgarla allí ella sola? ¿De verdad crees que tendrías fuerzas para coger a su madre y colgarla de un pino? David, por favor…

—Quizás tuviera a algún cómplice.

—Vamos a esperarnos a ver qué ocurre. No comentes con nadie lo que estás pensando, es muy grave y no tienes pruebas. —David suspiró.

—Está bien, no diré nada.

—Cuando digo a nadie, incluye a Corina también. Que luego se junta con Andrea y entre las dos ya sabes todo lo que pueden hacer. —El chico sonrió al saber que lo que le decía su colega era verdad.

—Está bien, no diré nada a nadie.

—Voy a ponerme a buscar información sobre ese local, cuando tenga algo te aviso.

—Está bien, yo esperaré al chico de mantenimiento mientras.

Fernando salió mientras David se quedaba en su despacho, pensativo y completamente fuera de sí. Allí estaba ocurriendo algo y él lo iba a averiguar costara lo que le costara.

**Isabela, ajena a todo este asunto, seguía leyendo aquel maravilloso libro. Aún tenía que descubrir el final y estaba muy intrigada.

—Amor, ¿otra vez leyendo? —Alberto se sentó a su lado y le cogió la mano, apartando el libro.

—Es que necesito saber que pasa… —dijo ella en tono infantil.

—Ven aquí, tengo una sorpresa muy agradable para ti.

—¿Para mí? —La mujer sonrió y se fijó en lo guapo que estaba aquella mañana su marido.

—¿Te acuerdas de lo que viste en Rota que te gustó tanto? —preguntó él risueño.

—¡No! —gritó ella entre risas.

—Haz memoria, cariño… —Él la abrazó.

—A ver… —La mujer se puso el dedo en la barbilla y pensativa miró al techo—. Yo solo recuerdo una cosa, fuera de lo normal, que me gustó mucho, pero aquí también se puede conseguir.

—Dímelo.

—Cariño, ¿te refieres a aquel crucero por Italia que vimos en una agencia de viajes?

—¡Exacto! —El hombre aplaudió con una sonrisa.

—¡No! —El grito de la mujer sonó en toda la casa.

—Aún no he comprado los billetes, pero te tengo otra sorpresa.

—¿Otra? —Aquello divertía de lo lindo a Isabela.

—¿Te acuerdas la fecha en la que salía el crucero?

—No me fijé, la verdad.

—¡Dentro de cuatro días! ¿Sabes que quiere decir eso? —Su mujer lo miraba con expectación—. En una hora nos vamos a  Rota a pasar estos cuatro días, ya he alquilado habitación en un hotel y luego nos vamos de crucero.

—¡Alberto!

—No hemos tenido vacaciones este año y nos lo merecemos. Además, por ti hago lo que sea. —El hombre la besó dulcemente en los labios.

—No me lo puedo creer…

—¡Vamos, tenemos que hacer las maletas ya!

La cogió de la mano y ambos subieron las escaleras con premura para hacer el equipaje, en una hora salían hacia una gran aventura.

**Alexia se encontró con Corina en el centro de salud. Aquel día la habían avisado para que donara sangre y ella cada vez que la llamaban no se lo pensaba ni un segundo, si así podía ayudar a alguien, lo haría encantada.

—¿Corina? —Alexia se acercó a ella y ambas sonrieron.

—Hola, estás muy guapa con esa bata blanca, te da un toque sexy. —Las dos rieron a carcajadas ante aquella ocurrencia.

—¿Qué haces por aquí?

—He venido a donar sangre. —La chica tapaba con un algodón la pequeña herida que le habían hecho.

—Tengo media hora libre, ¿quieres desayunar? —Corina asintió.

—Alexia, tengo que hablar contigo. Ha pasado algo esta mañana y no sé si estás enterada.

—¿Qué ha ocurrido? No me asustes.

—Vayamos al bar de la esquina y allí te cuento todo.

Cuando las dos estaban con sus desayunos por delante, Alexia se desesperó.

—¡Cuéntame de una vez lo que sea!

—Esta mañana temprano llamaron a David de comisaría, apenas eran las siete de la mañana y yo sabía que algo malo había ocurrido. Ya hacía tiempo que no le avisaban a esas horas y efectivamente así había sido.

—Por dios, Corina… —Le insistió la chica.

—Por lo visto, han encontrado a la madre de Clara en el cementerio, estaba colgada.

—¿Colgada? —preguntó ella incrédula.

—Sí, al parecer tu marido es el forense encargado del caso.

—¿Mario? —Entonces recordó las cuatro llamadas perdidas que tenía de él aquella mañana y que no había podido atender por trabajo.

—Sí, el mismo.

—¿Sabes algo más?

—No he hablado más con David.

—¿Qué le habrá llevado a suicidarse? —preguntó la chica mientras se masajeaba las sienes.

—Eso es lo peor de todo, no se ha suicidado, la han asesinado.

—¿Asesinada?

—Sí, y yo estoy totalmente sorprendida. Ayer mismo estaba sonriente y feliz en la firma de libros de su niña.

—¿Cómo han podido asesinarla? —Alexia no podía dejar de pensar en Clara y el dolor que tenía que estar sintiendo.

-Por lo que me contó David, tu marido ha determinado que la asfixiaron antes de colgarla. —En ese momento Alexia cerró los ojos y recordó el terrible episodio vivido con su abuelo, José Torreslanda. A él le ocurrió algo muy parecido a la madre de Clara.

—¿Estás bien? —Corina le acarició la mano.

—Sí, sí. Estoy bien, es solo que me ha sorprendido mucho todo esto.

—Yo no podía creerlo cuando David me llamó.

—¿Has hablado con Clara?

—No, aún no la he visto. Esta tarde iré a su casa. Ahora tengo que irme, he dejado a los niños con mi madre.

—¿A qué hora vas a ir? Yo voy contigo.

—¿Sobre las siete te parece bien?

—A las siete estaré en la puerta de tu casa. —Alexia no podía creerse lo que había escuchado, su marido tenía que aclararle muchas cosas cuando llegara a casa.

Las chicas se despidieron y Alexia marcó el número de Clara. Tras tres intentos fallidos se dio por vencida. Aquella tarde hablarían con ella e intentarían que se encontrara algo mejor tras aquel fatídico episodio en su vida.

**David no dejaba de mirar todo lo que Clara le había dejado. Aquellas fotos y aquella nota. Se levantó y miró por la ventana, estaba muy nervioso con aquel tema. Él se había enfrentado a muchas muertes, pero aquel tema le tenía especialmente inquieto. Unos toques en la puerta de su despacho le sacaron de sus cavilaciones.

—¿David Parker? —El chico se dio la vuelta y tuvo que disimular la impresión.

—Sí, soy yo. ¿Usted quién es? —preguntó mientras se sentaba, aparentemente, tranquilo en su butaca.

—Me llamo Hugo. Soy el encargado del mantenimiento del cementerio. Yo encontré a aquella mujer.

—¿Usted? —susurró David. ¿Qué le había ocurrido a aquel hombre en el rostro?

—Sí, ¿puedo sentarme?

—Claro, claro. Siéntese.

—Mire, yo como cada mañana me levanté a las seis de la mañana para comenzar en mi trabajo, y cuando la encontré me llevé un susto de muerte. Llamé a la policía y una amable mujer me respondió. —Sería Antonia, pensó David.

—¿Conocía usted de algo a la víctima?

—No, yo no sabía quién era. Además, no pude verle la cara. Me llevé una impresión tan grande que tuve que marcharme descompuesto.

—Entiendo. Se trata de la madre de Clara Cabello, la escritora. ¿La conoce? —El chico pareció sentir sorpresa ante aquella masa de carne sin forma en su rostro.

—¿Clara Cabello?

La puerta volvió a abrirse. Antonia entró y detrás de ella, una llorosa Clara.

—¿Tú aquí? —gritó ella fuera de sí.

—Clara… —El hombre se levantó de la silla.

—No te me acerques, ya me ha dicho Antonia que David estaba reunido con la persona que encontró a mi madre. ¿Tú la encontraste?

—Sí, fui yo…

—¿Os conocéis? —preguntó David a la vez que se levantaban él también.

—Claro que le conozco, él ha venido a mi casa en dos ocasiones. Supuestamente es un gran fan mío que lee todos mis libros. —La chica lo miró con dureza- ¿Por qué la has matado?

—Clara, no tienes pruebas —le dijo Antonia mientras la cogía del brazo.

—¡Él me ha estado acosando! —gritó la chica fuera de sí.

—Eso no es verdad —dijo el hombre tranquilamente.

—Antonia, saca a Clara de aquí, necesito hablar con Hugo a solas. —La mujer sacó a Clara de aquel despacho a tirones y después un gran silencio se hizo en la sala.

—¿Por qué no me has dicho que conocías a la hija de Ana Lucía? —preguntó David mientras sacaba una libreta para apuntar todo lo que aquel hombre le confesara.

—Yo me acababa de enterar cuando ella entró en el despacho. No me ha dado tiempo a decírselo. —Aquel hombre parecía realmente asustado.

—Hugo, cuénteme algo sobre usted.

—Yo trabajo en el cementerio desde hace muchos años y no puedo contarle más, porque mi vida se reduce a eso.

—¿No tienes familia?

—No, yo soy una persona muy solitaria, toda la vida he estado solo.

—Perdone que le pregunte, pero ¿qué le ocurrió a su rostro?

—Un accidente, me quemé en un incendio. Creí que me moría, pero finalmente salí de aquello, aunque ahora parezca un monstruo.

—No diga eso. —Aquello le dio mucha pena al chico.

—Es verdad, ¿por qué se cree que pedí trabajo en el cementerio? Porque allí nadie podrá juzgadme por mi aspecto. Todos descansan en paz  y yo trabajo sin miedo a que nadie se meta con mi rostro. —Aquello dejó a David descolocado.

—¿Conocía a Ana Lucía Madariaga?

—No, yo no la conocía. Quizás si ayer hubiera podido ir a la firma de libros de Clara la hubiera conocido, pero tenía que trabajar y no me dieron esas horas libres, por eso luego fui a su casa.

—¿Por qué fue a su casa? Ella necesita tener intimidad. No por el simple hecho de ser escritora todo el mundo la acose para que le firme un libro o hacerse una foto con ella.

—Yo necesitaba que su firma estuviera en mi libro y como aquella tarde no pude ir a la presentación, decidí ir a su casa.

—¿Cómo sabía dónde vivía?

—Eso todo el  mundo lo sabe. No voy a mentirle, unos días antes estuve en su casa, necesitaba verla en persona.

—Le aconsejo que deje de acosarla, ella no está en su mejor momento.

—Lo sé, y ten por seguro que no volveré a molestarla.

—¿Escuchó algo la noche del crimen? Por lo que tengo entendido usted vive en una cabaña no muy lejos del lugar de los hechos.

—No escuché nada, la encontré de madrugada aún y eso es todo lo que le puedo decir. Luego llamé a la policía y me marché de allí, me encontraba muy mal.

—Está bien. Yo creo que con esto es suficiente. Déjeme su número de teléfono por si le requerimos para algo.

—¿Soy sospechoso de algo? —preguntó él asustado.

—Hugo, ahora mismo estamos interrogando a las posibles personas implicadas en esto, eso no quiere decir que tú seas sospechoso de nada.

El chico asintió y le escribió su número de teléfono en un papel. David le acompañó a la puerta y se dirigió a dónde estaba Antonia.

—¿Ya se ha marchado Clara?

—Sí, hace un rato. Estaba muy nerviosa. Asegura que ese hombre le ha acosado dos veces en su domicilio y que cree que tiene algo que ver con la muerte de su madre.

—Yo creo que vamos a tener que indagar un poco en el pasado de Ana Lucía, esas notas que le han dejado a Clara no me gustan ni un pelo.

—Para eso venía la chica. Por lo visto se le olvidó enseñarte un mensaje que le mandaron el mismo día de la presentación de su libro en Silillos al móvil.

—¿Lo tienes por ahí? —preguntó él sentándose a su lado.

—Sí, lo apunté. —La mujer sacó un trozo de papel. “Al llegar a casa mira en tu buzón. Allí te he dejado pruebas de lo puta que puede llegar a ser la santa de tu madre”

            —La persona que ha matado a esa mujer es alguien de su pasado, estoy seguro.

—Sí, eso parece, pero ¿Quién?

—Tenemos que indagar sobre este tema, aquí está ocurriendo algo y voy a averiguarlo.

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