ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 4.

TREINTA Y SEIS AÑOS ANTES:

Emilio tocó la barriga de Linda, era grande y abultada. Ya estaba de ocho meses y temía que cualquier día se pusiera de parto y él no estuviera en casa.

            —No te preocupes, Rebeca está conmigo.

            —¡Pero yo no! —El hombre se desesperaba solo de pensarlo.

            —Ven, tiéndete aquí conmigo. —La chica le hizo sitio en su toalla, el día estaba cálido y habían salido a tomar el sol a la playa, que estaba a tan solo unos metros de su casita.

            —¿Entiendes mi miedo?

            —Claro que lo entiendo, pero ¿qué puedo hacer?  Tú tienes que salir a faenar por las mañanas y yo me quedo en casa.

            —Cómo me gustaría estar contigo en estos momentos, no separarme de ti jamás.

            —Lo sé cariño, pero no nos queda otra alternativa.

            —¡Linda! —Gritó Rebeca a lo lejos. Los dos se incorporaron.

            —Hola, Rebeca. ¿Ya has acabado hoy? —Rebeca se había registrado en un colegio por las tardes para terminar su enseñanza obligatoria.

            —Sí, la profesora de matemáticas no ha venido. —La chica se sentó en una toalla que le dio su hermana.

            —Rebeca, prométeme que cuando yo me vaya no vas a dejar sola a tu hermana ni un segundo.

            —¡Ya  te lo he prometido, Emilio! —gritó la chica riéndose.

            —Bueno, pues hazlo otra vez.

            —Qué no te preocupes, cariño. —Linda volvió a ponerse sus gafas de sol y se tumbó mirando al sol.

            —Tienes una barriga impresionante.

            —Gracias, pero ya lo sé. —Una sonrisa se dibujó en su rostro. Todo el mundo se empeñaba en decirle lo grande que era su barriga.

            —Por cierto, ya tenemos nombre para la niña —le informó el chico.

            —¿Cuál? —gritó Rebeca como una posesa.

            —Se llamará Lucía —dijo Linda.

            —Oh, que nombre tan bonito —sonrió la chica.

            —Mi madre se llamaba así. —Emilio miró al mar y recordó a su madre, era lo que más quiso en el mundo, hasta que un día la perdió, quedándole un gran vacío en el corazón.

            —Pues me gusta mucho.

            —Deberíamos volver a casa, se está nublando un poco.

            —Para mañana pone lluvia y tormentas, así que tenemos que resguardarnos y poner todas las medidas de seguridad en la casita.

            —Ahora mismo nos ponemos a ello. —Rebeca ayudó a levantarse a su hermana.

            —Dime que mañana no sales a faenar a primera hora si el tiempo va a estar así.                           —Emilio sonrió y acarició la mejilla de Linda.

            —Tranquila, jamás pondría en peligro mi vida.

**Clara había salido a correr aquella mañana, necesitaba aire fresco. Cuando pasó por el parque del pueblo sintió que la llamaban.

—¡Clara! ¿Puedo hablar contigo un momento? —La chica se paró y pensó que al menos hablaría un rato con alguien que no fuera su madre.

—Hola —dijo ella extendiéndole la mano a aquel hombre.

—Soy Omar Rodríguez, el alcalde del pueblo.

—Encantada, pero no sabía que habíamos cambiado de alcalde. Cuando yo me fui hace dos años para terminar de escribir mi libro aún estaba el antiguo.

—Sí, pero decidió renunciar al puesto y finalmente me lo dieron a mí.

—Me alegro por ti.

—Verás, aprovechando la ocasión de que una celebridad como tú esté por el pueblo, nos gustaría que nos brindara una firma de libros en la plaza. Antes de la firma podrías hablar sobre el libro, en qué te inspiraste para escribirlo, cómo se te ocurrió la idea…

—Me parece bien.

—Aunque no tenemos mucho presupuesto —dijo el hombre con tristeza.

—Jamás cobraría a mi pueblo, esto lo hago encantada.

—¡Genial! Estamos encantados de tenerte por aquí. Sé que tienes muchos fans.

—Sí, me consta. Cada vez que salgo a la calle, la gente me reconoce y viene a preguntarme por mi libro.

—La gente te quiere, Clara. —La chica sonrió tímidamente.

—¿Cuándo podría ser la firma de libros?

—Yo había pensado en el jueves, dentro en tres días. Sobre las seis de la tarde estaría bien.

—Perfecto, a esa hora nos vemos en la plaza.

—Gracias, vas a hacer muy feliz a la gente. Ahora mismo me voy a poner carteles por el pueblo.

—Gracias a vosotros, ¡Adiós!

La chica retomó su carrera, tenía que seguir en forma. Era verdad todo lo que le había dicho el nuevo alcalde. La gente la quería y ella se daba cuenta de ello cada vez que salía a la calle, pero aún así se sentía sola. Sus compañeros de toda la vida, sus anteriores amigos, no parecían alegrarse de su vuelta y aunque tan solo iban a ser unos meses, no parecía que les agradara. En ese momento recordó a Corina. Lo último que supo de ella fue que se quedó viuda y volvió a casarse con el paso de los años. Quizás se pasara a visitarla un día de aquellos.

**Los días pasaron y las vacaciones se terminaron. Cuando David y todos los demás llegaron al pueblo, fueron a soltar a Andrea y a Fernando a su casa. Finalmente, habían decidido vivir en Silillos, ella necesitaba vivir cerca del recuerdo de su pequeño Víctor y Fernando terminó por entenderlo.

—Ya estás en casita —le dijo Corina a Andrea cuando entró con Aurora en brazos. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Estoy reviviendo el momento en el que entré en esta misma casa con mi Víctor en brazos.

—Eso es pasado y aunque siempre le recuerdes, ahora tienes que comenzar una nueva vida con Fernando y con esta preciosidad —dijo mientras acariciaba la pequeña cabecita del bebé.

—Sí, por supuesto que lo haré. Ellos me necesitan y aquí estaré. Estoy tan arrepentida de lo que pasó con Fernando el día del parto… Al menos estoy contenta porque pudo presenciar el nacimiento de su niña, sino no me lo hubiera perdonado jamás.

—No pienses más en eso. —Andrea recostó a la niña en una pequeña cunita en el salón.

—Por cierto, ¿has visto los carteles cuando hemos entrado por el pueblo?

—No, ¿qué ponía?

—Clara Cabello va a hablar sobre su libro y a firmarlos cuando termine. Es mañana, en la plaza, a las seis de la tarde.

—¡Genial! Iré encantada. Así saco a esta princesa para que le dé el sol. Y además, presumo de hija.

—Me encanta verte tan contenta.

—A mí también —dijo Fernando entrando por la puerta.

—Nosotros os dejamos, familia. Los niños ya están nerviosos en el coche  —informó David.

—Pasarse mañana sobre las cinco por casa, tomamos café y luego vamos a la firma de libros —les invitó Corina.

—Está bien, allí estaremos.

**Jade estaba muy nerviosa, esa misma noche iba a conocer a la familia de Antonio. Se había maquillado, cosa que jamás en la vida había hecho, pero ahora merecía la pena, tan solo para que Antonio la mirase de esa manera tan especial como solo él sabía hacerlo. Se puso su vestido y finalmente un pañuelo a juego. Todo se lo había regalado aquel maravilloso hombre. ¿Y si se lo habían mandado para que por una vez en la vida fuera feliz? Sonrió solo de pensarlo y se sonrojó.

—¿Estás preparada? Acabo de llamar a David y nos están esperando. Va a ser una cena rápida, pronto estaremos en casa.

—Sí, lo estoy.

Antonio se acercó a ella, esa noche estaba más guapo que nunca. Su cabello grisáceo estaba perfectamente peinado y aquellos pantalones de pinzas negros y la camisa verde pistacho le quedaban de infarto. No pudo reprimir el mirarle de arriba abajo. Aquel hombre cada vez estaba más atractivo a sus ojos.

—Estás preciosa —le susurró al oído. Ella sonrió tímidamente y lo miró con sus impresionantes ojos verdes.

—Tú también. —Ya era hora de que ella comenzara a ser feliz.

—Te he comprado un regalo —le dijo Antonio.

—Antonio…

—No digas nada. —El hombre sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña cajita y cuando la abrió pudo observar una bonita pulsera de plata.

—Es preciosa. Gracias.

-—Es preciosa, pero no tanto como tú. Déjame que te la ponga. —Cuando la pulsera estuvo perfectamente puesta en su muñeca sus miradas se cruzaron.

—Jade, me tienes impresionado, pero no quiero hacer nada que pueda asustarte.

—¿Por qué me ibas a asustar?

—Me muero por besarte —le confesó él. Ella se quedó mirando su boca. Era muy bonita, tenía unos labios carnosos y unos dientes blancos perfectos. Ella también se moría por besarlo.

—Si te apetece, hazlo —susurró.

Él no lo pensó más, ella estaba receptiva y no iba a desperdiciar aquel bonito momento. Lentamente se acercó a su boca y la besó. Fue un beso largo y lleno de cariño y algo muy parecido al amor.

—Es mi primer beso —le dijo ella mientras se separaba lentamente de él.

—Espero que haya sido especial.

—El más especial de todos.

—Habrá muchos más de éstos si tu quieres. —Antonio pegó su frente a la de ella.

—Siempre querré un beso tuyo. Quiero ser feliz, quiero tener una familia y sé que tú eres mi familia.

—Jade, Jade… —Antonio no podía creer lo que estaba escuchando. Ambos habían tenido un vínculo muy especial desde el primer momento en qué se conocieron, fue un flechazo a primera vista.

—Ahora debemos irnos, tu hijo debe de estar esperándonos.

—Sí, reina. Tienes razón.

La cogió de la mano y los dos salieron de casa y se montaron en el coche. Aquella noche prometía y estaban dispuestos a disfrutarla.

**Mario estaba preparando la cena mientras Alexia terminaba de duchar a las gemelas. Esa misma tarde había hablado con su tía Mónica y con su abuela. Ambas estaban contentas porque ella lo estaba con su trabajo y eso era lo importante.

—¡Tenemos mucha hambre, papá! —gritó Julia mientras entraban en la cocina corriendo.

—Niñas, no corráis que podéis resbalaros —les advirtió Alexia mientras ayudaba a poner la mesa.

—A cenar y prontito a la cama. —Mario les puso un plato de salchichas a cada una de sus hijas, aquello lo comían sin rechistar.

Los cuatro cenaron entre risas y las anécdotas que las niñas contaban de su nuevo colegio y los nuevos amiguitos que habían hecho. Al cabo de una hora, las dos estaban plácidamente dormidas en sus respectivas camas.

—Estoy agotada. —Alexia se acorrucó a su marido en el sofá.

—Ahora a descansar, ¿qué quieres ver esta  noche?

—Pon el cuerpo del delito, me encanta esa serie.

—Mi amor, la he visto y sé que se hacen las autopsias sin ningún tipo de contemplación, no se oculta nada.

—Lo sé, pero me gusta porque sé que es mentira. Lo que tú haces como forense, sí que es verdad —dijo ella en tono jocoso.

—Eso seguro que no lo aguantarías.

—Lo sé, Mario.

—Por cierto, cariño. Me ha llamado Clara hace un rato para invitarnos a una firma de libros que habrá en su pueblo mañana a las seis de la tarde. ¿Vamos a ir?

—Por supuesto, yo sé que es importante para ella.

—Entonces no se hable más.

—¿Estás nervioso? ¡El viernes te incorporas al trabajo!

—Ya podían haberse esperado al lunes. —Alexia se rio del tono que usó su marido para decirlo.

—Quién sabe, quizás ese día te depare una gran aventura en tu trabajo.

—Espero que sí, señorita Vázquez, así se me pasará el tiempo más rápido.

Apagaron la luz y se concentraron en ver aquella serie que tanto le gustaba a Mario y tan poco a Alexia. Ella la veía por su marido, porque sabía que le gustaba y quería complacerlo en todo lo que pudiera, era el mejor hombre que se había echado a la cara y cada día estaba más orgullosa de él.

**Corina estaba terminando de preparar la cena, Antonio y Jade no tardarían en llegar.

—¡David! ¿Qué te queda? —El chico se había metido en la ducha y cuando daba rienda suelta al agua se le olvidaba que estaba en el mundo.

—Nada, ya estoy aquí. —Un guapo y acicalado David apareció por la puerta.

—Oh, dios mío, estás guapísimo —dijo ella mientras se acercaba para darle un beso.

—Tú sí que estás guapa.

—Adulador. Venga, ayúdame a terminar de poner la mesa, que no tardarán en llegar.

—¿Los  niños están acostados ya?

—Sí, los acosté hace un rato.

—Bien.

—¿Sabes? Me cayó muy bien Paula, la enfermera. Era guapísima.

—Una chica muy apañada —reconoció David.

—¿Te diste cuenta como la miraba el tío de Fernando?

—¿Alberto?

—El mismo. No le quitaba el ojo de encima. —La chica se sentó en el sofá y se metió un pedazo de jamón en la boca.

—Quizás le llamara la atención su pelo.

—Su pelo es igual que el mío, solo que el de ella es rubio y te aseguro que a mí no me miraba así.

—Ni espero que te mire —dijo él muy serio.

—¡David! —La chica soltó una gran carcajada.

—Le mato —dijo sonriendo.

—Le di mi número de teléfono a Paula. Estuve con ella un rato hablando en la sala de enfermeras, me invitó a un café y me contó la situación que tiene en su casa. Es horrible.

—¿Qué le ocurre? —se interesó el chico sentándose a su lado.

—Chismoso.

—Cuéntame lo que sea.

—Vale. Cuando era pequeña, sus padres murieron y ella se quedó con Gema, que era una amiga de sus padres. Solo se tienen la una a la otra y ahora se han enterado que ella tiene un tumor cerebral y que le queda muy poco tiempo de vida.

—Oh, es horrible.

—Sí. Me dijo que tiene una amiga allí en Rota, pero que cuando ocurra lo inevitable quiere cambiar de aires. Y yo le he dado mi número de teléfono por si quiere llamarme.

—¿Cómo podrías ayudarle tú?

—No lo sé, quizás el día que todo eso ocurra, por cualquier cuestión la necesitamos aquí. Eso nunca se sabe.

—Vale, yo no digo nada —dijo él alzando las manos.

En ese momento sonó el timbre. Antonio y Jade habían llegado. Cuando abrieron la puerta, ambos se quedaron petrificados con lo guapa que era aquella chica y los ojos tan bonitos que tenía.

—Siéntete como si estuvieras en tu casa —le dijo Corina a Jade mientras las dos se sentaban en la mesa.

—Lo intentaré —sonrió la chica—. ¿No vamos a ayudarle a Antonio y a David?

—Ellos traerán la cena, no te preocupes.

—Yo no estoy acostumbrada a eso, siempre he sido la que he servido todo en casa.

—Bueno, pues aquí unas cosas las hacen ellos y otras nosotras. —Corina le tocó la mano amistosamente y la chica le dedicó una bonita sonrisa. Los cuatro estaban sentados a la mesa degustando la deliciosa lasaña de Corina.

—Esta comida está muy buena. —En ese momento David recordó que era musulmana, quizás no pudiera comer algún ingrediente que llevaba la lasaña.

—Jade, esta lasaña lleva pollo. ¿Es cerdo lo que no podéis comer, verdad?

—Sí, no te preocupes. Está muy rica. —David observó como su padre miraba con ojitos de cordero degollado a aquella preciosa chica.

—Ella ahora va a ser quien va a tomar las riendas de su vida —dijo Antonio.

—¿Antes no lo hacías? —Corina se echó otro vaso de Coca Cola.

—No podía, todos los hombres de mi casa tenían el poder sobre mí. Cuando mis padres murieron, yo pasé a ser la criada en casa de mi hermano y mi cuñada. Cuidaba de sus hijos y hacía todas las haciendas de la casa. Jamás pude hacer mi vida, solo acatar órdenes de los demás. Para mí todo esto es nuevo e impensable, no sé qué me harías si se enteraran que estoy viviendo en casa de un hombre y que encima no es musulmán.

—Por lo que me dijo mi padre, se deshicieron de ti.

—Sí, me vieron hablando con un hombre. Solo se me acercó para preguntarme por una dirección y yo le indiqué el camino. Me pegaron una paliza brutal y tuve que hacerme la muerta si no quería que me mataran de verdad. Lo que no sé es como llegué desde Ceuta a aquí. El caso es que me dejaron tirada en una cuneta, creyendo que estaba muerta y ahí fue cuando Antonio entró en mi vida. —La chica acarició la mano de aquel hombre y le sonrió. Corina y David se miraron, allí había algo.

—¿No has pensado en denunciar?

—No, no voy a hacerlo. Ahora quiero vivir mi vida y si para hacerlo tengo que fingirme muerta lo haré.

—Está bien, es tu decisión.

Cuando la cena terminó, se despidieron y quedaron en verse al día siguiente en la firma de discos de Clara. Cuando Antonio y Jade llegaron a casa, el nerviosismo se notaba en el ambiente, se necesitaban mutuamente, pero ninguno de los dos se atrevía a dar el paso. Quizás era demasiado pronto.

—Te acompaño hasta tu habitación —le dijo Antonio acariciándole la espalda. Cuando llegaron, él se quedó en el umbral de la puerta y ella se volvió.

—Antonio, ¿no quieres pasar?

—No quiero incomodarte.

—No lo haces, pasa. —El hombre entró y cerró la puerta a su espalda. Jade se quedó mirándole fijamente a los ojos y lentamente comenzó a quitarse el velo de su cabeza.

—Jade…

—Ahora eres mi familia y quiero que veas mi cabello. —Cuando el velo cayó al suelo, una bonita cabellera oscura se quedó a la vista.

—Tienes un pelo precioso. —Se acercó a ella y cogiéndola por la cintura la besó suavemente en los labios.

—Me gustas mucho, Antonio —dijo ella en un susurro.

—No quiero hacer nada de lo que luego puedas arrepentirte.

—No me voy a arrepentir. Contigo estoy descubriéndolo todo, contigo estoy conociendo todas mis primeras veces y eso me encanta. —La chica dejó que su vestido cayera al suelo y se quedó tan solo en ropa interior.

—¿Estás segura? —Le preguntó Antonio mientras se recreaba del bonito cuerpo de aquella mujer.

—Más segura que nunca. Quiero que te quedes conmigo, ese es mi mayor deseo.

—Entonces lo acataré sin rechistar —dijo él en tono jocoso mientras la recostaba en la cama y la volvía a besar.

**Eran más de las doce de la noche cuando Ana Lucía entró en aquel local. El humo la asfixiaba pero ella la había citado allí, tenía que ir a verla rápidamente.

—Por fin.

—Me has llamado y aquí estoy.

—Ana Lucía, Ana Lucía… ¿No sabes lo que quiero?

—Me lo puedo imaginar.

—Entonces, ¿vendrás preparada, verdad? —Aquella mujer de rubia cabellera se sentó a su lado y le pidió al camarero un whisky.

—Sí, ya sabes que a mí también me gusta.

—¿Has vuelto a verle?

—Vino a casa hace poco a pedirme un dinero y…

—Os acostasteis.

—Sí, no es que yo quisiera, prácticamente me obligó, después de darme un plazo para que le pagara lo que le debía.

—Bueno, aquí estamos para pasarlo bien y no para contarnos las penas. Ven, allí estaremos mejor.

La mujer cogió a Ana Lucía dulcemente de la mano y las dos se perdieron detrás de unas cortinas de color negro. Unos ojos al fondo del local lo habían presenciado todo. Ahora sí sabía dónde se encontraba, ahora se las cobraría todas. Todas las que le debía.

**Cuando Paula llegó a casa esa noche, lo primero que hizo fue ir a ver a Gema a su habitación. Desde que enfermó se acostaba muy temprano, no tenía fuerzas para estar fuera de la cama.

—¿Cómo estás hoy? —le preguntó la chica mientras se sentaba a su lado.

—Estoy mejor, no te preocupes. —La mujer le cogió la mano y sonrió. Paula sabía que no se encontraba bien, las ojeras acrecentaban por momentos y cada día se le notaba más decaída.

—¿Te duele? —Le pasó la mano por la cabeza.

—Un poco.

—¿Te has tomando los medicamentos?

—Sí, desde luego que sí. —La mujer volvió a sonreír. Cerró los ojos, puesto que no podía soportar aquel dolor de cabeza tan grande, pero tenía que disimular delante de Paula, no quería verla sufrir por nada del mundo.

—Te voy a preparar una sopa para cenar.

—No, no tengo hambre. Dime como te ha ido el día, ¿cómo está la mujer que encontraste en la playa? —La chica le había contado con lujo de detalles como ocurrió lo de Andrea.

—Bien, ya se han marchado a su pueblo. La niña está sanísima.

—¿Cómo se llama?

—Aurora.

—Bonito nombre.

—Sí. Toda su familia me han caído muy bien y una de sus amigas, Corina, me ha dado su número de teléfono por si necesito algo.

—¿Le has contado lo mío verdad?

—¿Cómo lo sabes?

—Paula, te conozco. Esas personas te han brindado su número de teléfono por si el día que yo falte necesitas algo.

—Así es, pero no vamos a pensar en eso ahora.

—Siempre tienes que pensar en tu futuro.

—Gema…

—No, ni Gema ni nada. Quiero que vayas replanteándote tu futuro, porque cuando yo me vaya vas a estar sola y no quiero que te pille por sorpresa.

—Por ahora pienso quedarme en el hospital a trabajar.

—Está bien, yo sé que Irene te ayudará, ella es tu amiga y no se separará de ti.

—Voy a prepararte la sopa. —La chica se levantó con los ojos inundados en lágrimas, no podía soportar aquella idea, ¿por qué Gema se empeñaba en hablar siempre de su muerte?

—Está bien, pero no tengo hambre.

—Tienes que comer y no hay más que hablar.

La chica se levantó, se recogió su frondosa melena rubia en un moño alto y se puso a hacer una rica sopa casera. Tenía que entretenerse y cocinar la evadía de todo.

**La firma de libros había llegado. La plaza estaba perfectamente decorada. Habían escogido un lateral de la misma y una gran foto de Clara invadía la pared, una mesa con tres ejemplares y los asientos para los asistentes. Corina miró por la ventana mientras escuchaba como habilitaban el micrófono para que la escritora hablara de su obra.

—¿Qué miras? —le preguntó David agarrándola por la cintura y besándole el cuello.

—Quería ver cómo iba la cosa.

—Fisgona.

—¡Oye! —La chica se volvió riéndose y lo besó.

—No sigas Corina, si no quieres que te encierre en esa habitación al menos hasta esta noche. —El chico siguió con el reguero de besos por el cuello.

—David…

—Papá, tienes que querer mucho a mamá para darle tantos besos. —Luis pasó por su lado, recién despertado de la siesta y se sentó a ver los dibujos. Los dos sonrieron por las ocurrencias de aquel diablillo.

—Claro que quiero a mamá. —David se sentó a su lado.

—¿Qué es eso que se escucha fuera? —preguntó el niño curioso.

—Hoy viene una escritora famosa, que es amiga de mamá de hace muchos años a hablar sobre su libro, así que hay que vestirse. —David vistió cuidadosamente a su hijo y le peinó.

—¡Qué guapo estás! —gritó Corina cuando entró con Carmen en brazos.

—Esta pequeña parece una princesa hoy con esos rizos. —David cogió a la niña y la sentó en el cochecito.

—¿Veremos hoy a Aurora? —preguntó Luis mientras se ponía los zapatos a su manera.

—Claro, aún quedan unos minutos para que vengan Andrea y Fernando a tomar café a casa y luego saldremos a la plaza, para que Clara nos firme el libro.

En ese momento sonó el timbre de la casa y Corina corrió a abrir. Se quedó muda cuando vio al otro lado de la puerta a Clara acompañada de varias personas más.

—¡Corina! —gritó la chica echándose a sus brazos.

—Clara, ¡cuánto tiempo! estás espectacular.

—Acabamos de llegar, recordé que vivías aquí y pensé que podía pasar a verte para ver cómo estabas.

—Pasad, no os quedéis ahí.

—Perdonad, no os he presentado. Ellos son unos amigos, Alexia y Mario. —Hicieron las presentaciones oportunas y accedieron al salón—. Corina y yo siempre hemos estado juntas cuando éramos pequeñas. Vivíamos prácticamente al lado y nos pasábamos las tardes jugando y haciendo travesuras. —Las dos sonrieron al recordar aquellos maravillosos momentos.

—Hola, soy David, el marido de Corina.

—Encantados —dijeron los tres al unísono.

—Estamos esperando a unos amigos para tomar café, si queréis podéis tomarlo con nosotros. —La chica estaba encantada de volver a ver a su amiga de la infancia, a aquella mujer que un día se marchó a otra ciudad y apenas volvieron a saber la una de la otra.

—Está bien. —Corina les llevó hasta la cocina dónde había acceso a un patio interior. Allí tenía la mesa preparada para el café.

—¿Y estás niñas tan bonitas como se llaman? —les preguntó a las gemelas que se escondían detrás de su madre.

—Son Julia y Daniela y por lo que veo tienen más o menos la edad de este niño tan guapo —contestó Alexia.

—Se llama Luis y tiene ocho años.

—¡Anda, mis niñas también!

—Luis, ¿qué te parece si coges a tu hermanita Carmen de la manita y le enseñáis vuestro cuarto de juegos a Julia y a Daniela?

—¡Vale mami! —Los cuatro salieron corriendo como alma que lleva al diablo hacia un rato de juegos garantizados.

—¿Vivís por aquí? —preguntó Corina a Alexia.

—Sí, en Fuente Palmera, Clara nos ha alquilado su casa.

—No he estado nunca, pero por lo que sé está en uno de los mejores edificios del pueblo.

—Estáis invitados cuándo queráis. Aquí apenas conocemos a nadie y nos gustaría hacer amistades.

—Pues por lo que veo, vuestros maridos ya han conectado —dijo Clara. Los hombres estaban sentados en el patio sumergidos en lo que parecía una interesante conversación.

—David es policía —le informó Corina mientras ponía el café. Alexia y Clara se sentaron a la mesa de la cocina.

—Mario es Forense, así que hablarán o de futbol o de algo relacionado con sus trabajos. —Las tres rieron por el comentario.

—Ahora vendrán otros amigos.

—Genial —sonrió Alexia.

—¿Qué ha sido de tu vida, Corina? —le preguntó Clara.

—Pues, cómo sabes enviudé, me dediqué a criar a mi hijo y luego me casé con David y adoptamos a Carmen.

—Tienes unos hijos preciosos —susurró Clara—. ¿Sigues trabajando en el colegio?

—¿Eres maestra? —Alexia se recogió el pelo en una rápida trenza al lado.

—Sí, soy maestra en el colegio del pueblo. El lunes comenzamos de nuevo. ¿Tú a qué te dedicas?

—Soy médico y he obtenido plaza en el centro de salud de Fuente Palmera. —Corina comenzó a atar cabos.

—¿No me digas que tú eres la nueva pediatra?

—¡Sí! ¿Cómo lo has sabido? —preguntó la chica con entusiasmo.

—La última vez que llevé a Carmen me enteré que Luisa Fernández se jubilaba y que pondrían a alguien en su lugar.

—Pues ese alguien es Alexia. —Clara acarició la mano de su amiga—. Antes vivían en Madrid, pero ya sabes cómo están las cosas hoy en día. Tanto ella como Mario se quedaron sin trabajo y al encontrar Mario en Córdoba, ella se puso a buscar también y encontró aquí. Yo me ofrecí sin pensarlo dos veces a alquilarles mi casa.

—Eso es perfecto. Por cierto Clara, qué libro tan bonito has escrito. Estoy intrigadísima con el final. ¿Qué ocurrirá? —La chica sonrió, eso era algo que nadie imaginaba.

—Ah, cuando acabes de leerlo te enteraras —bromeó.

—No sé cómo puedes tener esa capacidad para inventar tales historias.

—Yo tampoco lo sé, nacen de mí, sin más.

—Pues es increíble.

El timbre volvió a sonar y Corina corrió hacia la puerta. Eran Fernando y Andrea con su hija. Cuando pasaron al interior, rápidamente Fernando se introdujo en la conversación con Mario y David y las chicas se pasaron al patio interior con ellos.

—Tenéis una casa muy bonita —dijo Mario mirando a su alrededor.

—Gracias. —Corina sonrió al recordar aquellos tiempos en los que aquella casa se levantó.

—¿Cómo es tu pequeña, llora mucho? —Alexia se sentó al lado de Andrea.

—Lo normal, la verdad que solo lo hace cuando tiene hambre o hay que cambiarle el pañal.

—Es lindísima. —Clara tenía a la niña en brazos y estaba totalmente engatusada con aquella preciosidad.

—Aún no me creo que esté sentada a la mesa con Clara Cabello. —Andrea soltó una sonora carcajada, volvía a ser la misma de siempre—. Traigo tu libro para que me lo firmes.

—Por supuesto que sí, lo haré encantada. Tú no eres de aquí, ¿verdad?

—No, yo vivía en Córdoba, me vine aquí cuando me casé con… —La chica se calló, no quería ni mencionarlo.

—Clara, ella es la madre de Víctor Suárez —le informó Corina. Clara, que desde la distancia había llevado aquel tema totalmente al día, abrió los ojos de par en par.

—Oh, dios. Andrea, lo siento. No sabía nada.

—No te preocupes Clara, ya está superado —dijo la mujer con lágrimas en los ojos.

Alexia no sabía a qué se estaban refiriendo, por lo que todos se sumieron en una conversación en la que hablaron de la desaparición de Víctor, la de Andrea, la muerte del niño y cómo encontraron a la chica en casa del que fue su marido.

—Es increíble —susurró Mario.

—Estará en la cárcel lo que le quede de vida —dijo Fernando con voz firme.

—Bueno, nosotros también tenemos una larga historia, pero no sé si hay tiempo de contarla —rio Alexia. Clara miró el reloj, quedaban más de 45 minutos para la firma.

—Claro que hay tiempo, cuenta. —La animó Clara, aunque ella ya la había escuchado en más de una ocasión.

La chica se desahogó, contó toda su historia, cómo aquellos secretos del pasado salieron a la luz y en el camino ella perdió a personas muy queridas.

—Vaya… —David no daba crédito a lo que acababa de escuchar.

—Ya ha pasado el tiempo y de alguna manera nos hemos acostumbrado a vivir con esos malos recuerdos.

—Al menos terminaste enterándote de quién eras realmente. —Corina se levantó para recoger aquello y todos los demás hicieron lo mismo.

—Sí, aunque lo que más me dolió de todo aquello fue perder a mi padre. Por cierto, se llamaba como tú: Fernando —le  dijo dirigiéndose al policía. Él sonrió.

El alcalde llamó a Clara, en unos minutos empezarían. Todos fueron saliendo al exterior, dónde se palpaba un ambiente especial. Al salir vieron a Antonio y a Jade, ambos más sonrientes de lo normal. Hicieron las presentaciones oportunas y tras echar el cerrojo a la casa, se sentaron a escuchar a aquella celebridad.

Clara se sentó en su silla, sacó un papel para repasar lo que iba a decir y miró al fondo, su madre acababa de llegar y la saludó dulcemente. Todos la animaban con sonrisas y saludos. En ese momento, vibró su móvil, era un número oculto. Aun así lo cogió.

—Dígame.

—Clara Cabello, mis amenazas no han quedado en el olvido. Cada vez se acerca más rápido el momento en el que tú seas quién pagues por el oscuro pasado de alguien. Tus historias se harán realidad. Comienza la cuenta atrás. Tic, tac, tic tac.

—Oiga, ¿quién es?

Pero ya era tarde, la llamada había finalizado. Guardó su teléfono en el bolso y miró al frente sonriendo. Nadie debía enterarse de aquello, era algo muy delicado.

**Cuando el alcalde cogió el micrófono y presentó a Clara, los nervios la corroían por dentro. ¿Cómo iba a aparentar que estaba contenta y feliz cuando hacía menos de diez minutos le habían hecho otra llamada amenazándola? Tendría que intentarlo. Se sobresaltó cuando su móvil volvió a vibrar, era un mensaje, otra vez de un número oculto. Disimuladamente le dio al botón de abrir y se quedó estupefacta: “Al llegar a casa mira en tu buzón. Allí te he dejado pruebas de lo puta que puede llegar a ser la santa de tu madre” Se tapó la boca para ahogar un grito. ¿Quién estaba haciéndole todo aquello?

—No les entretengo más con mi discurso y a continuación le paso la palabra a la gran Clara Cabello. —La chica se sobresaltó al escuchar su nombre e intentó hacerlo lo mejor posible.

—Buenas tardes. Es un placer para mí poder contar con vuestra presencia. —Miró a su madre que le sonreía desde su asiento y ella se la devolvió. ¿Qué encontraría de su madre al llegar a casa? En ese momento el corazón comenzó a irle a mil por hora—. Quiero darles las gracias, especialmente, a mi madre y a unos amigos que han venido desde muy lejos, son Alexia y Mario. Además, Corina, David, Fernando y Andrea. —Todos ellos les saludaban desde el fondo—. Este libro es muy importante para mí. Noelia, la protagonista, es una chica solitaria, bohemia, a la que le gusta la pintar y escribir. De pronto un día su vida cambia radicalmente. Un suceso acaba con la felicidad que hasta ese día había tenido, una muerte inesperada, la muerte de su madre. Al parecer, un suicidio, pero se descubre que ha sido un asesinato. ¿Quién tendrían intención de acabar con la vida de Teresa, la madre de Noelia? Grandes y oscuros secretos manan del pasado y así es como la protagonista de este libro termina enterándose de toda la verdad.

De pronto desde el público alguien levantó la mano y Clara le pasó la palabra.

—Clara, soy Isabela, una gran fan tuya. Me gustaría saber si, al escribir sobre Noelia, en el fondo estabas describiéndote a ti. Por lo que he leído creo que tenéis muchas similitudes, sobre todo en vuestra personalidad. —Alberto cogió de la mano a su mujer y se la besó. Había estado fabulosa en aquella intervención. Ella le sonrió orgullosa.

—De alguna manera sí. Yo me caracterizo por ser una persona bohemia, que le gusta la soledad, y así es Noelia.

La gente comenzó a hacerle preguntas sobre su libro y ella encantada las respondió todas. Por fin el alcalde cortó con aquella situación y comenzó la firma de libros. Pasaron muchas personas por allí, de Silillos y de pueblos cercanos que sabían que la escritora se encontraría allí aquel día.

—¡Ya lo tengo firmado! —rio Andrea cuando llegó a donde estaban todos los demás.

—A mi me lo firmó ayer —dijo Alexia sonriendo.

—Esta princesa tiene hambre. —Corina le dio Aurora a Andrea y esta se sentó en una de las sillas a darle el pecho. Las otras dos se sentaron a su lado.

—¿Queréis venir a tomaros algo? Mario, Fernando y yo nos vamos a acercar al bar —le preguntó David a su mujer.

—Nos quedamos aquí ¿verdad, chicas? Queremos esperar a Clara. —Ellas asintieron y se despidieron de sus maridos—. ¿Y tu padre y Jade? Hace mucho tiempo que no les veo.

—Se tuvieron que ir, al parecer tenían que ir a comprar no sé qué cosa. Nos vamos, los niños se quedan jugando con las gemelas.

—Cuando acabe Clara iremos nosotras.

Los hombres se fueron al bar que tan solo estaba a unos metros y las chicas se quedaron esperando a la escritora.

—He visto a Clara algo inquieta durante la entrevista —dijo Corina. Alexia pensó en lo que le había contado hacía unos días quizás fuera por aquello, pero debía callar, así que se limitó a mirarlas.

—Quizás haya sido los nervios de haberse puesto delante de su pueblo natal. —Andrea pasó a su hija de un pecho al otro.

—Sí, quizás sea eso —dijo Alexia algo distraída mirando como sus hijas jugaban con Luis y Carmen justo al lado de ellos.

Cuando Clara terminó se fueron al bar dónde todavía estaban sus maridos. La chica no parecía estar muy por la labor y alegó estar cansada para irse a casa.

Ya estaba oscureciendo cuando llegó a la puerta de su chalet. Se acercó corriendo al buzón, dónde había un sobre de color negro. Lo cogió y entró en casa lo más rápido posible. Cuando iba a abrirlo, sonó el timbre. La chica puso los ojos en blanco, dejó el sobre encima de la mesa y fue a abrir. Allí estaba el mismo hombre del otro día. El tal Hugo. ¿Qué hacía allí de nuevo? Su rostro le impresionó exactamente lo mismo que el primer día que le vio.

—Siento molestarte —dijo él escuetamente.

—No te preocupes, ¿qué te ocurre? —preguntó la chica sabiendo que los nervios no le dejarían estar allí mucho más tiempo.

—No he podido ir a la firma de tu libro. Estaba trabajando y no me han dejado salir antes. Solo venía para que, si eres tan amable, me lo firmaras. —Clara seguía mirando a aquel hombre. Le descolocaba mucho, porque no sabía muy bien cómo mirarle para que él mismo no se sintiera incómodo.

—Sí claro, dámelo y te lo firmo. —El hombre sacó el libro de una bolsa y se lo extendió a la chica. Ella lo firmó y se despidió de él.

—Gracias, eres muy especial para mí.

Ella le sonrió antes de cerrar la puerta. Luego corrió hasta el salón y cogió entre sus manos aquel sobre. Lo abrió y miles de improperios salieron de su boca. ¿Aquella mujer realmente era su madre? Fue pasando las fotos. En ellas se veían a una Ana Lucía muy alegre en un local, besándose con una mujer y  un hombre. Al llegar a la última, Clara se tapó los ojos. Su madre estaba en una cama, haciendo un trío con aquellas personas. ¿En serio era su madre? Se limpió las lágrimas que rondaban por su cara y entonces un pequeño papel blanco salió del sobre. “Ahí tienes una prueba de que tu madre no es lo que piensas. Tú no la conoces, tiene un pasado oscuro, un pasado negro y aterrador en el cual se llevó a muchas personas por delante con tal de buscar su propia felicidad. Lo vas a pagar tú y lo va a pagar ella. A partir de ahora comienza el juego, señorita Cabello”

Dejó todo aquello encima de la mesa y fue a meterse en la cama. Necesitaba pensar. Cuando había pasado más de una hora cogió su número de teléfono y se cercioró de que seguía teniendo el número de Corina, se tentó en llamarla para que su marido interpusiera una denuncia al día siguiente en comisaría, pero miró el reloj y ya eran más de la una de la madrugada. Seguramente, todos estuvieran en sus respectivas casas desde hacía mucho tiempo. No era buen momento, así que se esperaría a que llegara la mañana.

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