ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 3.

TREINTA Y SIETE AÑOS ANTES:

La barriga de Linda comenzaba a crecer. Su embarazo iba viento en popa, ya estaba de cinco meses y habían sido los meses más bonitos de su vida. Vivir con Emilio era un lujo y no en cosas  materiales, como quizás tenía en su casa. Allí tenía el cariño más grande que nadie en la vida le había dado. En su estado no podía hacer gran cosa en la casa y Emilio había salido a pescar muy temprano. Se tumbó en el sofá y miró al techo. ¿Qué habría sido de la vida de su madre y de su hermana Rebeca? No había sabido absolutamente nada de ellas. En ese momento alguien llamó a la puerta.

            —¡Rebeca! —gritó la chica al ver a su hermana pequeña frente a ella. Rápidamente supo que algo malo había pasado. La chica llevaba una pequeña maleta y en su rostro podía observarse una gran tristeza.

            —Linda… —Dejó la maleta en el suelo y se abrazaron.

            —¿Qué ha pasado? Te veo muy demacrada. —Las dos se sentaron en el sofá y Rebeca comenzó a llorar.

            —Es mamá.

            —¿Qué le ha ocurrido a mamá? —preguntó preocupada.

            —Acabo de enterrarla. —La voz de la chica era apenas un susurro.

            —¡¿Cómo?! —Linda zarandeó a su hermana para que dejara de llorar y le contara todo lo que había ocurrido.

            —Justo cuando te fuiste comenzó a sentirse mal. Creíamos que era del disgusto por lo de tu embarazo y por haberte venido a vivir con Emilio, pero poco a poco nos dimos cuenta que aquello era algo peor. La llevé al médico y le diagnosticaron una enfermedad en los huesos. Ha tardado cuatro meses en morir.

            —¿Por qué no me has avisado? —le preguntó la chica con los ojos llenos de lágrimas de la pena y la furia interior que sentía.

            —Me hizo prometérselo. Había renegado de ti como hija y no podía hacer otra cosa. Era su última voluntad, ¡Tienes que entenderlo!

            —Por dios, Rebeca…

            —Yo no podía hacer nada más.

            —Está bien, está bien. Ella no quería que yo me enterara, estaba en todo su derecho. ¿Sufrió mucho?

            —No, ha estado tres días sedada en el hospital hasta que murió. El entierro ha sido esta mañana a nueve.

            —Pobrecita…

            —Linda, estaba muy mal.

            —Me lo imagino. ¿Y tú que vas a hacer ahora? No puedes quedarte sola, aún eres una cría.

            —Lo sé, había pensado mudarme a vivir contigo, o que vosotros os mudarais a nuestra casa.

            —Mamá no habría querido eso y Emilio jamás dejaría su casa para irse a ningún otro lado.

            —Entonces me vendré aquí von vosotros. ¿Crees que a Emilio le molestará?

            —No, él es muy comprensivo y tenemos una habitación vacía.

            —¿Qué vais a hacer cuando llegue vuestro bebé al mundo? —le preguntó mientras le tocaba la barriga a su hermana.

            —A ella le hemos habilitado la habitación del fondo, es pequeña, pero suficiente.

            —¿Ella? ¿Es una niña?

            —Sí. —Sonrió la chica con orgullo.

            —Me alegro mucho, yo os ayudaré a cuidarla.

            —Ahora vamos a deshacer tu maleta y a preparar tu habitación. Bienvenida a tu nuevo hogar —le dijo mientras la conducía hasta su habitación. Más tarde tendría que hablarlo con Emilio.

            —Gracias Linda, muchas gracias por no dejarme sola en estos momentos.

**Clara había vuelto a casa. Llevaba toda la tarde recapacitando. Estaba totalmente sola, necesitaba a alguien a su lado. Su madre siempre estaría con ella, pero no era eso lo que quería. Necesitaba un compañero e hijos. Se había muerto de celos al ver a Mario y a Alexia aquella misma tarde. Se les veía que eran una familia totalmente consolidada y eso era justamente lo que ella añoraba.

Acababa de cenar y decidió salir a tirar la basura. Ya era noche cerrada pero el contenedor estaba a escasos metros de su casa. En ese momento volvió a su cabeza el sonido de aquella voz amenazándola por teléfono. ¿Y si ese alguien estaba esperándola allí fuera? ¡No! No iban a conseguir asustarla. Cogió la bolsa de basura con determinación y salió fuera. Anduvo escasos metros, tiró la basura y cuando iba a volver a su casa vio una figura en la puerta. Se quedó paralizada. ¿Qué debía hacer? ¿Esconderse o seguir con paso decidido? Nadie iba a amilanarla por lo que siguió andando.

—Hola —susurró ella cuando estaba llegado al porche.

-Hola. —La chica se echó hacia atrás por inercia cuando vio el rostro de aquella persona. Media de su cara era una masa de carne. Solo se divisaba un ojo y le faltaba un trozo de nariz. Le asustó desde el primer momento en que lo vio.

—¿Qué deseas? —preguntó la chica mientras se abrazaba a sí misma.

—Sé que no soy agradable a la vista. Un accidente me dejó así —dijo el hombre con pesar.

—No te preocupes. –Clara no sabía que decir ante aquella situación.

—Necesitaba verte, eres Clara Cabello y tengo todos tus libros.

—Oh, gracias —dijo ella conmovida.

—No pretendo asustarte, solo quería conocerte en persona.

—No me asustas —dijo intentando ser amable, se había quedado paralizada de la impresión al ver el rostro de aquel hombre.

—Me llamo Hugo.

—Encantada de conocerte, Hugo. Es tarde, tengo que entrar en casa.

—Claro, yo ya me doy por satisfecho.

—Adiós. –Clara sacó las llaves de su casa y abrió la puerta.

—Nos veremos pronto.

La chica le dedicó una sonrisa a aquel pobre hombre y cerró la puerta a su espalda. Cuando pasó por la cocina pudo verle mirando por la ventana. Disimuladamente, echó la persiana y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Decidió que lo mejor era olvidarlo todo. Olvidar aquella llamada y olvidar a aquel extraño. Se metió en la cama y tras pensar en todo aquel asunto durante mucho tiempo, se rindió al sueño.

**Fernando entró como una tromba por el pasillo que le habían indicado en información, acompañado de David. Corina se había quedado con los niños. Miró el reloj, eran las 21:45 horas de la noche.

—¿Dónde está, David? —preguntó desesperado.

—Nos han dicho que en la sala de partos. Tranquilízate, hermano.

—Voy a sentarme porque las piernas pueden fallarme en cualquier momento. Estoy muy nervioso. ¡¿Por qué tuvo que irse?! Siempre soñé este momento al lado de ella. —El chico se pasó la mano por la cabeza en señal de frustración.

—¿Fernando Treviño?

—Sí, soy yo —dijo levantándose apresuradamente.

—Soy Paula, hablé con usted hace un rato desde la playa. Soy la enfermera que encontró a Andrea cuando se puso de parto.

—Oh, dios mío. Gracias, de verdad. —Fernando se abrazó a la chica y David sonrió. Aquella situación estaba pudiendo con él—. Él es David, un buen amigo. —Sonrieron a modo de saludo.

—Acabamos de meter a Andrea en el paritorio. Está todo preparado, por lo que se ve Aurora está deseando de conocer a sus padres. —Fernando sonrió lleno de nervios.

—¿Puedo pasar?

—Por supuesto, he venido porque Andrea me ha pedido que quiere que estés con ella en estos momentos y que por nada del mundo te pierdas el nacimiento de vuestra hija. —David se quedó mirando aquella chica, tenía el pelo tan rizado como su mujer, pero ella era rubia.

—¡Suerte! —gritó David mientras Fernando se alejaba con aquella mujer vestida de blanco por el pasillo. Sin duda, aquella chica era un ángel de la guarda.

**Cuando Alexia entró en aquel centro de salud, saludó a sus compañeros y éstos la guiaron hasta su consulta. Allí ejercería de pediatra, con los años se había terminado especializando en aquella rama tan bonita. Al entrar, lo primero que hizo fue sacar una foto de su bolso. Colocó la foto de su madre encima de su mesa.

—Siempre vendrás donde yo vaya —susurró mientras sonreía.

Escuchó unos golpecitos en la puerta y vio como Clara asomaba la cabeza.

—¡Clara!

—Hola Alexia. Pasaba por aquí y he preguntado por ti. Me acordé que hoy comenzabas a trabajar y quería desearte suerte.

—¡Gracias! Pero pasa, no te quedes ahí. —La chica soltó su bolso en el perchero y se sentó.

—Tienes una consulta muy bonita.

—Sí, me gusta.

—¿Quién es? —preguntó señalando la foto que había en la mesa.

—Es mi madre.

—Es idéntica a ti.

—Sí, todo el mundo me lo dice —la chica sonrió dulcemente—. Clara, ¿te acurre algo? Te noto extraña.

—Alexia, no tengo con quien hablar y tengo un nudo aquí —dijo señalándose el pecho—, que no me deja vivir.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó preocupada. La chica le contó a su amiga desde la llamada de teléfono hasta el encuentro con aquel extraño hombre en la puerta de su casa.

—Qué miedo, Clara. ¿No se lo has contado a nadie?

—No, por ahora no he dicho nada, pero tengo que confesarte que estoy realmente asustada.

—¿Por qué no vas a la policía? Tienes que denunciar si siguen pasándote estas cosas.

—No quiero meter a nadie en esto y si yo denuncio…

—Si tú denuncias, ¿qué? —preguntó Alexia mientras miraba por la ventana.

—Tengo miedo de que pueda pasarle algo a mi madre. Ella es lo único que tengo en el mundo.

—Es un tema muy delicado, deberías pedir información legal sobre lo que hacer. Eres una figura pública, una escritora famosa y debes tener mucho cuidado con esos temas.

—Lo sé. Tengo que irme, no te molesto más.

—Clara, para lo que necesites, yo estaré siempre.

—Gracias Alexia.

—Tienes que informarte.

—Sí, he pensado que una antigua vecina mía está casada con un policía, quizás vaya a visitarla y le pregunte qué debo hacer en estos casos.

Se despidieron con dos besos y cuando Clara cerró la puerta a su espalda, Alexia se sentó en su butaca y suspiró. Le daba miedo todo aquel asuntó.

**Cuando Hugo llegó a su humilde casita, se sentó en el viejo sofá y cogió el último libro de Clara Cabello. Se fijó en la portada. Maktub, aquel nombre era muy curioso, pero ya se había informado y sabía lo que significaba. Sin duda, todo estaba escrito en la vida. Lo abrió por la primera página y respiró su olor. Entonces se le vinieron imágenes a la cabeza, estaba tan guapa la noche anterior que no podía quitársela de la mente.

Quitó el separador y siguió leyendo, apenas le quedaba medio libro para acabar aquella historia tan interesante.

“Mi madre, era mi madre quien colgaba de aquella maldita cuerda. ¿Por qué tuve que presenciar todo aquello? ¿Quién estaría interesado en qué viera cómo mi madre se había suicidado? Decidí hacerme un ovillo en el suelo y no moverme en toda la noche. No tenía con qué avisar para que vinieran a recogerme a mí y a descolgar a mi madre. Justo encima de mi cabeza sentía cómo su cuerpo seguía dando tumbos, seguramente movido por el aire. Estaba paralizada del miedo, no podía soportar más aquello, hasta que, inexplicablemente me dormí. Quizás lo hice porque mi mente necesitaba olvidar todo lo que había presenciado. Me despertó el sonido de las sirenas. Cuando abrí los ojos ya era de día, estaba desorientada y no recordaba apenas nada de lo que había ocurrido la noche anterior, pero pronto volví a la realidad, tan pronto como cuando levanté la vista y volví a verla. Aún seguía allí, el color de su cara se había vuelto más mortecino.

            —¿Qué haces ahí? —me preguntó un hombre con la voz ronca.

            —Yo… —No sabía qué responder.

            —Ven. —Un hombre vestido con uniforme de la policía me cogió del brazo y me dirigió hasta el coche—. ¿La conoces?

            —Sí, es mi madre. —Comencé a llorar.

            —¿Has sido tú? —Fue directo al grano.

            —¡No! Me citaron aquí y no sé por qué, vine. Ahora me arrepentiré toda mi vida de haberlo hecho. Cada vez que recuerdo cuando enfoqué con la linterna el cadáver y vi que se trataba de mi madre…

            —No digas nada más, tenemos que realizar algunas pruebas para poder descartarte como sospechosa.

            —¡Pero yo no hecho nada! Además, parece que se ha suicidado. —grité indignada.

            —Hay claros indicios de que la asesinaron antes de colgarla.

            —¿Quién iba a hacer eso?

            —No lo sé, para esto estamos aquí, para salir de dudas.

Aquel día se presentaba duro, muy duro. Ya no sabía cómo seguiría adelante sin su madre, era lo único que tenía en el mundo y ahora se lo habían arrebatado, tenía que ser fuerte, sino no saldría de aquello”

Hugo cerró el libro y miró al frente. La asesinada era la madre de la protagonista, jamás lo hubiera imaginado. Ahora estaba más enganchado que nunca a aquel libro. No podía dejar de leer, era superior a sus fuerzas. Miró al frente e intentó sonreír.

**Corina estaba terminando de peinar a su hija. Aquellos rizos la tenían completamente loca, temía el momento de tener que cepillarle el pelo.

—Mami, ¿cómo se llamaba mi mamá que está en el cielo? —le preguntó Luis mientras jugaba entretenido con un coche de juguete. Desde que le habían dicho la verdad, no había vuelto a preguntar, lo había entendido todo.

—Se llamaba Sara —dijo ella con tranquilidad, necesitaba darle naturalidad al asunto.

—¿Y mi papá que está con ella en el cielo?

—Se llamaba como tú, Luis.

—¿Me llamo así por él?

—Sí, cariño. —Sentó a Carmen en su cochecito y se sentó al lado de Luis, que seguía jugando.

—¿Tu eres la única mamá de mi hermanita? —Corina se sintió terriblemente aturdida, aquel niño con tan solo ocho años la miraba con sus ojos almendrados y color miel, quería explicaciones y ella, de una manera u otra tenía que dárselas.

—La mamá de Carmen también está en el cielo. —Volvió a recordar a Miriam. Aquella chica a la que le arruinaron la vida desde pequeña y a la que, literalmente, volvieron loca. Es cierto que se convirtió en una asesina, pero quiso a su hija el tiempo que la conoció y a ella exactamente igual.

—Pero te tenemos a ti, tú eres nuestra mamá. —Le dijo el niño sonriéndole. A Corina se le llenaron los ojos de lágrimas. Muchas veces se sentía agobiada, pero todo merecía la pena por aquellos momentos.

—Claro, mi amor. Yo soy vuestra mamá y David es vuestro papá.

—¿Cuándo vamos a ir a ver a papá? Hace mucho rato que salió con el tío Fernando.

—Ahora mismo, ya he acabado de peinar a Carmen. Ahora tendréis una nueva amiga, Andrea ha tenido un bebé, es una niña y se llama Aurora —dijo la chica con entusiasmo. Carmen sonrió desde su cochecito encantada con la noticia.

—¡Quiero verla! —gritó Luis.

—Pues no se hable más, nos vamos ahora mismo para el hospital, ¡Nos están esperando!

**El parto había ido bien. Paula salió después de una hora y media e informó a David que Andrea había tenido a una niña grande y hermosa. Fernando se quedaría con ella así que él se volvió a casa y al día siguiente, muy temprano fue al hospital a llevarle todas las cosas necesarias para la niña y ropa para los dos. Después de conocer a la pequeña, bajó a la cafetería a tomarse algo. Fernando se quedó con su mujer, que no paraba de sonreír con su hija en brazos.

—Es preciosa —susurró Andrea mientras dejaba a la niña en su cunita.

—Igual que tú. —Fernando la abrazó y le dio un suave beso en el cuello. No habían hablado de lo ocurrido la tarde anterior. No querían estropear aquella ilusión.

—Cariño, con respecto a lo que pasó anoche… —comenzó a decir ella.

—No digas nada. —Le tapó la boca con sus dedos.

—Sí, tengo que pedirte perdón. Me volví loca, estaba con las hormonas totalmente revolucionadas y no soportaba nada. Tú no tuviste culpa de aquella situación fui yo quien la propicié.

—Tranquila… —Fernando la abrazó cuando vio asomar las lágrimas de los ojos de su mujer.

—Las enfermeras me han dicho que las hormonas seguirán revolucionadas un tiempo.

—Ahora tenemos que disfrutar de nuestra pequeña, solo eso.

—Me han gustado mucho las flores que me has regalados, margaritas blancas, mis favoritas.

—Tengo otro regalo para ti, tenía pensado habértelo dado anoche, pero… —dijo él en tono jocoso.

—¿Qué es? —De pronto volvía a ser la Andrea de siempre.

—Pensé que te gustaría leer el nuevo libro de Clara Cabello, me aconsejó mi tía Isabela que debía de regalártelo.

—Me encanta. Gracias, mi vida. —La chica parecía una niña con zapatos nuevos, era muy fan de Clara. De pronto sonaron unos toquecitos en la puerta.

—Hablando del rey de Roma… —bromeó Fernando.

—¡Mis amores! ¡Enhorabuena, ya sois papás! —Isabela entró por la puerta llena de energía, detrás de ella iba Alberto, impecablemente vestido, con su negra melena cayéndole por los hombros y una gran sonrisa.

—¡Enhorabuena! —Los felicitó el hombre a los dos.

—Os hemos traído un regalo. —Alberto abrió la puerta y les enseñó un moisés con miles de productos para la niña, y un gran lazo rosa.

—¡No teníais que haberos molestado, gracias! —les dijo Andrea encantada con aquel regalo.

—Esta niña es preciosa —Isabela ya la había tomado en brazos—. Mira Alberto, es divina.  —El hombre se acercó a la pequeña y le tocó suavemente uno de sus rojizos mofletes.

—Es una muñeca —dijo el hombre hechizado.

—Me hubiera encantado tener una así. —Los ojos de Isabela se llenaron de lágrimas.

—Eh, tía… Que mi hija va a ser como tu nieta. —Fernando la abrazó.

—He llamado a tu madre y me ha dicho que irá a veros cuando estéis en el pueblo, no tiene cómo venir aquí.

—Sí, he hablado con ella. Nosotros le llevaremos a la niña para que la conozcan. —Los padres de Fernando estaban muy mayores y solo le tenían a él y a Isabela.

—Hola, vengo a llevarme a la pequeña, tenemos que hacerle unas pruebas —informó Paula entrando por la puerta con una gran sonrisa, aunque por dentro estuviera totalmente dolida.

—Paula… —Andrea la abrazó, ella la había salvado de parir sola en la playa.

—Ella es Paula, por casualidad encontró a Andrea cuando se puso de parto y la ayudó a que la trajeran al hospital. —Explicó Fernando orgulloso. Alberto se había quedado paralizado al ver a aquella chica, aquel pelo rizado y rubio le había llamado mucho la atención.

—Hola —la saludó él tímidamente.

—¡Gracias cariño! —Isabela la abrazó, ajena a las miradas que su marido le dedicaba a aquella chica.

—No hay de qué, tenía que ayudarla.

—Cuídamela —le dijo Andrea entregándole a su niña.

—No lo dudes, en un ratito la tendrás aquí.

La chica salió por la puerta con el bebé en brazos y todos siguieron hablando tranquilamente. Alberto estaba ajeno a todo, pensando en la chica que había conocido hacía tan solo unos minutos. Se había quedado sin palabras. Tenía que conocerla mejor.

**Antonio estaba totalmente sorprendido con Jade. Aquella chica le estaba haciendo sentir cosas que solo había sentido con Sofía, la madre de David. Hacía tan solo unos días que la tenía en casa, unos días que la había ayudado a salir de la muerte, pero para él parecía que hacía mucho más.

Era una chica tímida, acostumbrada a su religión, pero sentía como le miraba, como le sonreía. Para toda su familia, ella estaba muerta y sabía que no podrían oponerse a nada de las decisiones que ella tomara desde el día que la dejaron tirada en aquella cuneta creyendo que estaba muerta.

Se levantó del sofá y sacó su móvil del bolsillo, ya era hora de que su hijo supiera de la presencia de Jade en su vida.

—Hola, papá —se escuchó la voz del chico al otro lado de la línea.

—David, ¿cómo estáis?

—Bien, ahora mismo en Rota. Estoy en el hospital.

—¿En el hospital? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó el hombre alarmado.

—Tranquilo, Andrea ha dado a luz a su niña.

—Oh, darles la enhorabuena de mi parte a los padres.

—Sí, se las daré.

—David, tengo que hablar contigo. ¿Estás muy ocupado ahora mismo?

—No, solo me estaba tomando algo. ¿De qué se trata? —El chico removió su café y escuchó atento.

—El otro día me ocurrió algo y quiero que lo sepas.

—¿Qué ocurre?

—Verás, tú sabes que me levanto muy temprano y me fui a dar un paseo y cuando estaba pasando por un camino, pude ver como un coche se paraba en la cuneta de la carretera colindante y soltaban un bulto. Me escondí para poder verlo todo y cuando se fueron me di cuenta de que aquel bulto se movía. Era una chica, se llama Jade y es musulmana. No pude dejarla allí y la traje a casa conmigo.

—¿Qué te has llevado a una chica que tiraron en una cuneta a casa? Dime al menos que es mayor de edad.

—Sí, tiene sobre cuarenta años. Su familia la da por muerta y por ahora se va a quedar a vivir conmigo.

—Papá, no la conoces de nada. ¿Cómo la vas a meter en casa? ¿No ha denunciado el hecho a la policía?

—No, no quiere denunciar, está segura de que quiere comenzar una nueva vida. David, ella es diferente. Solo lleva conmigo unos días, pero…

—¿Pero? —preguntó él desconfiado.

—Yo ya me he acostumbrado a ella. Es tan atenta, tan dulce…

—¿Te gusta esa chica?

—Te mentiría si te dijese que no.

—¡Pero es mucho menor que tú!

—¡Lo sé! ¿Y qué?

—Además está su religión, me has dicho que es musulmana.

—Sí, pero a partir de ahora ella va a tomar sus decisiones. Siempre ha sido un guiñapo de su familia, han hecho con ella lo que han querido, pero ahora que la dan por muerta, ella tiene las riendas de su vida.

—¿Quién la tiro a la cuneta?

—Fueron unos familiares, ya te contaré todo más detenidamente cuando volváis.

—Está bien, pero ándate con ojo, Antonio Parker.

—Lo haré, pero Jade es diferente. Me encanta hijo, la veo y se me pone los bellos de punta, estoy como un quinceañero.

—No me lo puedo creer, papá —dijo el chico en tono jocoso.

—¡Papi! —gritó Luis cuando entró en la cafetería.

—Tengo que dejarte, ya hablaremos dentro de dos días que volvemos al pueblo.

—Está bien, dale un beso a mis nietos y a Corina.

—Se los daré.

El chico colgó el teléfono y cogió a su hijo en brazos.

—¡Campeón!

—Tu hijo estaba como loco por verte —dijo Corina mientras se sentaba a su lado y cogía a Carmen en brazos.

—¿Y mi niña? —preguntó él mientras le tocaba la mejilla a la pequeña que sonreía mientras se escondía en el cuello de su madre.

—¿Con quién hablabas?

—Con mi padre, ¿Quieres un café? —Ella asintió y él llamó al camarero.

—¿Ha pasado algo?

—No, vas a flipar cuando te enteres. —David le contó detenidamente todo lo que su padre le había contado sobre Jade mientras los dos terminaban de beberse su café.

—¿A tu padre le gusta esa chica?

—Eso parece.

—No me lo puedo creer. —Ella soltó una sonora carcajada.

—No te lo tomes a coña que ya tiene una edad.

—¡No hay edad para el amor, estamos en el siglo XXI! Además, tu padre está muy bien para la edad que tiene, ¡tampoco es tan mayor!

—Tendremos que conocerla. Aunque sigo sin ver claro eso de que la haya metido en casa.

—Si no tiene dónde ir, es normal.

—Lo sé, sé que es normal y no voy a pensar más en ello, cuando regresemos iremos a conocerla.

—Está bien, amor. Por cierto, le he comprado un regalito a Aurora y otro a Andrea.

—¿De qué se trata? —preguntó él mirando a su alrededor sin poder ver nada.

—Los he dejado en recepción, le he pedido a una enfermera que me los guardara. A Aurora le he comprado un peluche y un vestido muy bonito y a Andrea un bonito estuche de maquillaje.

—Yo le traje unas flores esta mañana.

—Eso está muy bien, señor detallista.

—Por cierto, tienes que conocer a Paula, la enfermera que encontró a Andrea cuando se puso de parto.

Cuando terminaron, se encaminaron para que los pequeños y Corina conocieran a Aurora y les dieran sus regalos.

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