ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 2.

**Corina intentó estar despierta la primera para arreglar todo antes de irse a la playa. Sonrió al pensar en Andrea, era verdad lo que decía Fernando, estaba insoportable. La tarde anterior habían ido juntas de compras para la pequeña Aurora y por cualquier cosa, por mínima que fuera, saltaba. Siguió metiendo ropa en la maleta hasta que sintió que alguien llamaba a la puerta. Miró el reloj, las ocho de la mañana, hasta las nueve no salían.

—Buenos días Corina, perdona que nos presentemos así pero es que Andrea no soportaba estar más en casa. —Le  informó Fernando, mientras su mujer intentaba bajarse del coche detrás de aquella gran barriga.

—¡Hola Corina! –Exclamó la chica.

—¿Qué tal? Pasad.

—¿Aún están dormidos? –Preguntó Fernando cuando vio el salón totalmente desierto. Aquello le daba mucha vergüenza pero Andrea no había dormido aquella noche y no pudo retenerla más tiempo en su casa.

—Sí, pero no te preocupes, creo que David se está duchando. Ya tengo las maletas hechas y no tardo nada en despertar a los peques.

Cuando llegaron las nueve de la mañana todos estaban preparados para comenzar aquellas mini vacaciones.

—Al final hemos podido pedir el día libre del jueves también, es fantástico. —Comentó David a Fernando. Habían decidido ir todos en el coche de Andrea, ya que era el único que disponía de siete plazas.

—Sí, ha sido maravilloso —se mofó él—, oh Dios, espero que esta mujer se tranquilice estos días y al menos que me deje vivir. Lo lamento por Corina porque no sabe la que le ha caído encima. —Dijo en tono cariñoso mientras veía como las chicas se acercaban al coche con los niños. Andrea no se separaba de Corina para nada.

—¡Chicos, que nos vamos de vacaciones! —Andrea intentó amarrarse el cinturón pero finalmente tuvo que ayudarle su marido.

—¿Estás segura que traes una niña nada más? Esa barriga es mínimo de dos. —Dijo David muy serio mirando la inmensa barriga de la chica.

—Pues es solo un bebé lo que hay dentro. Ya está confirmado.

—¿Y si te pones de parto? —Preguntó Corina.

—No creo, aún quedan más de dos semanas.

—Yo estoy deseando de que mi niña venga al mundo.

—¿Estamos todos? —David y Fernando miraron hacia la parte trasera del coche y allí estaban Luis y Carmen con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Sí papá! —Gritaron los dos al unísono.

Fue entonces cuando comenzaron de verdad sus vacaciones. Tan solo eran cuatro días pero aquello ayudaría a Fernando a salir de aquel extremo agobio que tenía con su esposa. No quería demostrarlo porque sabía que si ella estaba así era por las hormonas y el embarazo pero a veces la paciencia se le esfumaba y tenía que marcharse para no decir algo de lo que luego se pudiera arrepentir.

**Jade llevaba más de tres horas durmiendo. Antonio no sabía qué hacer, ¿debía llamarla? Ya eran más de las diez de la mañana. Cuando llegaron a casa la chica accedió a darse una ducha y él le dio un pijama de su difunta esposa Pepa. No quiso hablar nada, él solo sabía su nombre pero intuía que algo muy malo debía de haber pasado en la vida de aquella mujer para que alguien terminara tirándola a una cuneta.

—¡Buenos días! —Exclamó el hombre cuando la vio entrar por la puerta. Se había puesto un vestido hasta los pies, que era también de Pepa y llevaba el típico pañuelo en la cabeza.

—Buenos días, Antonio.

—¿Cómo has dormido?

—Apenas he podido dormir. —Le confesó la chica mientras se sentaba en uno de los sillones.

—Jade quiero que hablemos, necesito saber que ha pasado contigo, ¿por qué te encontré cómo lo hice? —Le preguntó el hombre mientras le acercaba una taza de café con unas tostadas.

—Es complicado…

—Lo sé, pero necesito saberlo.

—Yo no quiero que nadie sepa que estoy viviendo aquí contigo. Aunque mi familia ya ha renegado de mí, ellos creen que estoy muerta.

—¿Las personas que te tiraron a la cuneta era tu familia?

—Antonio…

—¡Por favor, Jade! ¡Necesito saberlo!

—Eran mi hermano y mi cuñado.

—¿Cómo pueden haberte hecho algo así? —El hombre intentó sentarse a su lado, pero la chica se retiró.

—Hubo un malentendido, ellos creyeron que yo había hablado con un hombre, pero solo le estaba indicando una dirección…

—¿Me estás diciendo que te han hecho esto simplemente porque hablaste con un hombre?

—Sí, pero ellos creen que estoy muerta, ha sido como si hubiera vuelto a nacer, no me buscarán.

—Aquí puedes estar todo el tiempo que necesites. —Aquella mujer tenía los ojos más bonitos del mundo y Antonio no podía dejar de mirarlos.

—Necesito saber más cosas de ti. ¿Qué edad tienes? ¿De dónde has venido? —Aquellas preguntas no habían dejado de rondarle en la cabeza.

—Acabo de cumplir cuarenta años y vivía en Ceuta, pero no sé porque me han dejado en esa carretera.

—Seguramente, querrían dejarte lo más lejos posible para así no estar vinculados con nada de tu supuesta muerte. ¿Siempre llevas ese velo tapando tu cabello?

—Sí, siempre. Solo puedo quitármelo en casa, ningún hombre debe de ver mi cabello, a no ser que sea mi padre, hermanos o tíos.

—No lo sabía… ¿Y no estabas casada?

—No, yo vivía en casa de mi hermano. Jamás me casé y cuando mi padre murió me tuve que ir con él a vivir y con su esposa. Allí me han estado tratando como una criada durante años y yo callaba porque no tenía donde ir. Cuidaba de mis cuatro sobrinos y estaba a la entera disposición de mi cuñada, la cual me odiaba con toda su alma. Un día llegó a oídos de mi hermano que me habían visto hablando con un hombre, eso para él era totalmente inaceptable, y yo lo sabía, sabía cómo era él de inflexible en esos temas, pero solo respondí a una pregunta sobre una dirección. Fue entonces cuando él y el marido de una hermana decidieron que yo no merecía vivir y me torturaron hasta que tuve que hacerme la muerta, al principio temí porque pensé que no me iban a creer, pero cuando vieron que caí definitivamente al suelo, creyeron que estaba muerta y me montaron en un coche liada en una manta y hay unas horas que no sé lo que ha pasado, porque no lo recuerdo, solo el despertarme en aquella cuneta.

—Eso es terrible, ¿cómo decidieron que debías pagar por haber hablado con un hombre?

—Me pegaron una paliza y me torturaron.

—Es horrible. —Dijo el hombre en voz bajita.

—Yo puedo ayudarte en casa, ahora mismo no sé dónde ir, pero te ayudaré a que todo esté en orden, haré la comida y…

—Jade, no digas nada más. Tú en esta casa eres mi invitada y por ello no vas a ejercer de criada, ¿está bien? —La chica sonrió.

—Gracias, no estoy acostumbrada a que me traten tan bien.

—Pues acostúmbrate, porque en esta casa no se trata mal a nadie. Y quiero regalarte algunas cosas, así que nos vamos de compras.

—No, no hace falta, además, yo no puedo salir de aquí, no quiero que nadie me vea por ahora.

—Está bien. Si no quieres que nadie te vea en el pueblo podemos ir a Écija, allí nadie te va a tener en cuenta. ¿Qué te parece? —Todo lo que le ofrecía aquel hombre a ella le parecía una utopía, jamás en la vida nadie la había tratado tan bien. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué tenía que ayudarla? Lo que tenía claro era una cosa: por una vez en la vida iba a ser egoísta e iba a pensar en ella.

—Vale, iremos. Es verdad que no tengo absolutamente nada que ponerme. Por cierto, ¿vives solo? —Preguntó la mujer con curiosidad.

—Sí, mi mujer falleció hace tiempo y mi hijo está casado y vive en un pueblo de al lado.

—Vaya, lo siento por la muerte de tu esposa.

—No te preocupes, ya está superado. Es verdad que a veces me siento solo, pero tengo dos nietos preciosos, estoy deseando que los conozcas y mi nuera, que se llama Corina, es un amor, te van a caer muy bien y te vas a sentir muy integrada en la familia.

—Todo esto está bien, Antonio, pero yo no puedo quedarme a vivir contigo para toda la vida.

—Por ahora va a ser así, eres mi invitada y yo quiero que te sientas como una reina.                  —La chica sonrió y miró tímidamente al suelo, aquel hombre le intimidaba. Le intimidaba mucho.

**Toda la cocina estaba impregnada por un delicioso olor. Isabela era una fantástica cocinera, nadie sabía hacer los guisos como ella y mucho menos sus postres. Miró el reloj, ya eran las dos de la tarde y su marido aún no había llegado. Se dirigió hasta el salón y se sentó cerca de la mesita donde tenían el teléfono. Marcó un número de teléfono y le cortaron.  ¿Dónde estaría metido? En ese momento se sintió la puerta de la calle.

—Cariño, ¿Eres tú? —Preguntó ella.

—Sí, ¡Qué bien huele! —Exclamó aquel apuesto hombre, cuyo pelo moreno caía sobre sus hombros.

—Te he hecho tu comida favorita, espero que te guste. —Le dijo ella besándole fugazmente en los labios.

—Eres la mejor. —Le respondió él melosamente.

—¿De dónde vienes? Saliste muy temprano.

—He estado con un amigo.

—¿Qué amigo?

—Isabela, ¿Me estás sometiendo a un interrogatorio? —Preguntó él risueño mientras se dirigía a la cocina.

—No, no es eso, pero me gustaría saber dónde estás porque aquí sola me aburro mucho y…

—¿No has ido a casa de tu hermana hoy?

—No, ella no está, ya sabes que han tenido que salir de viaje por los negocios de mi cuñado.

—¿Y no has ido a ver a Andrea? Estará a punto de dar a luz.

—Andrea se marchó esta mañana a la playa con Fernando y unos amigos, por eso quiero que entiendas que me aburro mucho, me gustaría que pasaras más tiempo conmigo.

—Vale, lo intentaré. ¿Sabes? Hoy tienes esos mismos ojitos que el día que te conocí.                  —La mujer sonrió tímidamente ante las palabras de su marido.

—Bendito día. —Dijo mirándole a los ojos.

—Aún lo recuerdo. Tú estabas sentada en aquel banco del parque, sola, leyendo una revista y yo me senté a tu lado. Me miraste y me sonreíste y yo me armé de valor para invitarte a cenar aquella noche. Me quedé prendado de tus ojos, de tu boca, de tu sonrisa…

—¡Alberto! Que me voy a poner colorada…

—Que no se te suban los colores que así estás muy guapa.

—¿Comemos? —Preguntó ella mientras se dirigía a la cocina entre risas.

**En Madrid, Alexia empaquetaba todo lo que le quedaba aún mientras sus niñas jugaban en el jardín de su preciada casa. Aquella casa que con tanta ilusión le regalaron sus suegros. Allí habían hecho su hogar y ahora tenían que irse. Cuando fue a coger una  prenda de ropa de la cómoda, se miró al espejo. Los años comenzaban a notársele pero seguía siendo aquella chica bonita que años atrás vendía flores en el puesto de Aníbal. Pobre hombre, estaba tan mayor. Pensar en él le escocía el alma, él siempre había velado por ella, le había dado trabajo para sacar a su familia adelante y ahora ella no tenía con qué pagarle, no podía hacerse cargo de él. Sin embargo, le había buscado el mejor centro de mayores para que lo tuvieran tan cuidado como él se merecía. Su hermana Érika seguía haciéndose cargo del puesto de flores. Antes de morir quería vendérselo pero ellas se negaban a hacer frente a aquella dura realidad.

—Hola guapa. —Saludó Érika mientras entraba a la habitación de su hermana.

—¿Cómo tú por aquí? No te esperaba. —Dijo Alexia sin apenas levantar la vista de la caja donde estaba metiendo las cosas.

—Un pajarito me llamó y me dijo que no estabas muy bien de ánimos. Ahora me ha abierto la puerta Julia.

—Oh, ese pajarito creo que se llama Mario. —Se mofó ella.

—Puede ser… —Dijo la chica sentándose en la cama.

—¿Ha venido Daniel?

—Sí, me lo he tenido que traer. Leo tenía trabajo hasta tarde y se ha empeñado en venir a jugar con sus primas.

—Eso está bien, que aprovechen ahora que pueden. —Alexia se sentó al lado de su hermana.

—No me gusta verte así.

—No es fácil, Érika. Aquí tengo mi vida, mi familia. Ahora tengo que irme lejos y dejaros aquí a todos. Mi abuela Claudia está bastante mayor y… —La chica ahogó su llanto.

—No, no llores. —La consoló su hermana.

—¿Vendréis a vernos? —Preguntó con los ojos llenos de lágrimas.

—Por supuesto, no lo dudes ni un momento. A ver, Alexia, no debes de ponerte así, ya sabes que esta casa va a estar aquí esperándoos siempre. En un futuro, cuando la cosa mejore, podréis volver aquí. Ahora hay que viajar para poder tener un trabajo y por suerte vosotros tenéis a gente conocida allí.

—Sí, Clara es un amor. Nos va a alquilar su piso. Nos ha mandado fotos y es espectacular.

—Siendo así, tendrá que ser caro. —Afirmó la chica.

—Nos lo ha alquilado por una miseria. No entiendo por qué, pero se ha empeñado en hacerlo así.

—A ella no puede hacerle mucha falta el dinero, Alexia. Por cierto, ¿cuándo comienzas a trabajar?

—En unos días y Mario exactamente igual.

—Allí tendréis amistades y veras como muy pronto me estás llamando para contarme que no quieres venirte de allí.

—Ojala sea así.

—Tengo que decirte, cambiando de tema, que ayer vi a  Alejandro en el centro. Parece un alma en pena, ¿jamás va a superar lo de Noah?

—Hace unos días estuve con él. Es increíble cómo aquella chica tan dulce pudo engañarlo de aquella manera. Aún no lo puedo creer.

—Pero ya hace mucho de aquello.

—Érika, han pasado más de tres años, pero nunca es fácil quitarte de la cabeza el recuerdo de ver a tu chica con otro en la cama.

—Tuvo que ser muy duro para Alejandro, él estaba enamoradísimo de ella.

—Mi tía Mónica lo está pasando igual de mal que él. No sabe lo que hacer para que salga adelante. Ahora mismo está cerrado en su trabajo pero dice que todo le recuerda a Noah y que necesita seguir adelante sin ella.

—¿No ha pensado mudarse a otro lugar?

—No lo creo, él no puede alejarse mucho de su entorno.

En ese momento sonó la puerta de la habitación y tres remolinos entraron como una tromba.

—¡Nos habéis asustado! —Exclamó Alexia.

—¡Daniel, deja eso! —Le gritó Érika a su hijo.

—Mami, no estoy haciendo nada.

—Cómo sigas portándote mal cuando lleguemos a casa te voy a castigar haciendo muchos deberes. —La chica sabía que aquello era lo único que apaciguaba a su hijo.

—El tito Javier me ayuda. —Dijo sin dejar de tocarlo todo.

—El tito Javier está muy ocupado sacándose sus estudios para poder comenzar una carrera y tener un futuro brillante. —Dijo la chica pensando en su hermano menor. Javier era fruto del matrimonio de Valeria, la madre de Érika y Fernando, el padre de Alexia. Al morir los dos, Érika se hizo cargo del niño, cuando éste apenas tenía ocho años de edad. Ahora era un adolescente de quince, al que le gustaba estudiar, leer y la pintura.

—Para él es cómo su hermano, por mucho que te empeñes siempre va a buscarlo cuando tengáis alguna trifulca. —Sonrió Alexia al ver lo travieso que era su sobrino.

—Mamá, la tía Mónica quería venir a verte, ha llamado por teléfono. —Le informó la pequeña  Julia. Mónica era la hermana de la difunta madre de Alexia, Julia.

—Está bien, Daniela. Ahora bajo y la llamo. —Todos salieron de la habitación y se dirigieron al salón. El hijo de Érika no dejaba de correr por todos sitios.

—¡Daniel! —Volvió a gritar.

—Hay que ver, que no había nombres en el mundo que tuviste que llamarle igual que yo a mi hija. —Le dijo Alexia en tono jocoso.

**Clara necesitaba salir, pero tanto tiempo fuera había hecho estrago en sus amistades. Todo el mundo al que conocía tenía su vida hecha. Hijos, maridos… Ella no tenía nada de eso, solo sus libros y su imaginación. Miró por la ventana y se dio cuenta de que pronto anochecería, pero ya era un poco tarde para quedar, al día siguiente lo intentaría. Pronto llegarían Alexia y Mario y ella tendría algo más en qué pensar como casera.

Cuando el microondas sonó, fue a ver si su café estaba listo. Se sentó en su confortable sofá y puso la televisión. A aquellas horas solo había cotilleos. Sus oídos pudieron captar el sonido de la lluvia, el día se había tornado gris y ya había comenzado a llover. Miró por la ventana mientras se tomaba tranquilamente su café y se percató de algo. ¿Qué estaba ocurriendo? Había visto algo, una sombra. ¿Había alguien observándola? Quizás todo fuera fruto de su imaginación y de todas aquellas historias que ella misma creaba, pero un grito salió de su boca cuando vio a una persona totalmente vestida de negro mirándola a través del cristal. Se derramó el café encima y se retrepó en el sofá. No podía dejar de mirar a aquella persona, tenía el rostro completamente tapado con un pasamontañas, ¿de quién se trataba? Aquella figura no dejaba de mirarla, entonces fue cuando se percató de que la ventana estaba entreabierta. Si quería entrar, podría hacerlo, nada se lo impediría. Clara no podía moverse, estaba petrificada, sus músculos no le funcionaban. Cerró los ojos durante un momento y cuando los abrió, no había nadie. Se levantó con premura y sin mirar al exterior cerró la ventana con fuerza y se cercioró de que la puerta de la calle estaba cerrada con llave. Volvió a sentarse en el sofá y escuchó la lluvia golpear con fuerza en la ventana. De pronto un sonido volvió a sacarla de sus casillas, era el teléfono de casa. No pensaba en cogerlo, aún tenía el miedo metido en el cuerpo, ¿aquello había sido realidad o solo lo había imaginado? En el último tono saltó el contestador y una extraña voz le dijo “Tus historias van a hacerse realidad. Vas a pagarlo todo”

Abrió los ojos de par en par y se tiró encima del teléfono para ver el número que la había llamado. Era un número oculto. ¿Sería la misma persona que la observaba a través de la ventana la que le había hecho aquella extraña llamada? ¿Qué querían decir sus palabras? Se quedó totalmente paralizada, bajó la persiana y se tendió en el sofá muerta del miedo, hasta el día siguiente al menos no saldría de su escondite. Nadie tenía que saber nada de lo que había ocurrido. Nadie.

**Paula se echó en su cama y se tapó la cara con un cojín. ¿Cómo podía estar siendo su querida Gema partícipe de una enfermedad tan horrible? Aquella misma mañana la había llevado a que uno de los mejores oncólogos del hospital donde ella trabajaba y le había dado muy pocas esperanzas. Estaba bastante avanzado y creían que no era necesario ponerle ningún tipo de tratamiento ya que todo sería en vano.

—¿Se puede? —La chica escuchó la cálida voz de su amiga Irene.

—Hola, ¿te ha abierto Gema? —Preguntó mientras se sentaba en la cama.

—Sí, ¿qué está pasando? –Aquella chica se había criado con Paula, eran vecinas y siempre habían estado juntas.

—Lo estamos pasando muy mal.

—¿Qué le ocurre a Gema? Llevo una semana viéndola muy decaída y desmejorada.

—Está muy enferma, Irene. —Paula comenzó a llorar.

—¿Enferma? —Preguntó Irene mientras la abrazaba.

—Tiene un tumor cerebral y no hay esperanzas. Yo creí que sí, que le pondrían un tratamiento y se curaría, pero no. Nada de eso es posible, y yo me voy a quedar sola.

—¿No hay ni una esperanza por mínima que sea? —Aquello le dolía en el corazón, siempre había estado con Paula y Gema y no podía creer lo que estaba pasando.

—Ninguna, cuando llegue su día, llegará.

—Paula, a mí me tienes para lo que necesites.

—Lo sé, y te lo agradezco. Pero sinceramente, no sé si cuando ella falte seré capaz de volver a vivir en esta casa, será muy difícil.

—Puedes venirte conmigo a casa.

—Aún no sé qué haré. Por ahora vivir el momento con ella. Cuidarla y mimarla para que su vida sea lo más llevadera posible el tiempo que le quede.

—No lo puedo creer aún.

—Yo tampoco podía, pero no queda otra que resignarse. —Dijo Paula mientras se secaba las lágrimas.

TREINTA Y SIETE AÑOS ANTES:

Cuando la bonita llegó a la humilde casa de su amado Emilio, eran más de las once de la noche. Hacía frío y tenía hambre.

            —Mi vida, ¿qué haces aquí? —Preguntó él haciéndola pasar. Aquella casa era pequeña, tenía lo imprescindible para vivir, pero jamás faltaba nada en la nevera ni lo estrictamente necesario.

            —Emilio, mi madre me ha echado de casa. —Se lamentó la chica echándose a sus brazos.

            —Ya, cariño, ya. Sabes que ésta es tu casa. —Se sentaron en el sofá y la abrazó. Fuera comenzó a llover con fuerza y se escuchaban las olas del mar.

            —El mar parece que está enfurecido. —Dijo la chica después de un largo silencio.

            —Hoy es noche de tormenta, pero aquí conmigo estarás a salvo. ¿Has cenado?                  —Preguntó él mientras olía el dulce aroma de su cabello.

            —No, mi madre me ha echado de casa cuando estábamos en ello.

            —Ahora mismo te preparo algo. —Dijo el chico levantándose.

            —Tengo mucha hambre.

            —Vaya, te haré algo más suculento entonces. —Sonrió mientras se ponía el delantal.

            —Emilio…

            —¿Por qué se ha enfadado tanto tu madre contigo? Sé que no soy santo de su devoción, pero tampoco creo que sea un monstruo. Yo te quiero y mi intención es solo hacerte feliz. —Los ojos de la chica se inundaron de lágrimas.  Miró a aquel hombre al que tanto quería y se levantó para acercarse a él. Lo rodeo por la cintura y sonrió.

            —Vas a ser papá. —Susurró la chica. Emilio dejó los huevos que estaba cogiendo para hacer una tortilla y se dio la vuelta con la mandíbula desencajada.

            —¿Qué has dicho? —Preguntó en un hilo de voz.

            —Voy a tener un bebé, estoy embarazada.

            —¡Eso es fantástico, cariño! —Gritó él lleno de ilusión.

            —Sí, tengo muchas ganas de que esté aquí con nosotros. —Dijo la chica  mientras se tocaba su inexistente barriga.

            —¡No lo puedo creer! —El hombre la abrazó y la besó con dulzura.

            —Ya lo creerás cuando pasemos noches en vela porque al bebé le dé por llorar.

            —¡Lo haré encantado!

            —Eso espero. —Rio ella.

            —Te quiero Linda, no sabes lo feliz que me haces.

**Ana Lucía estaba preocupada, no sabía nada de su pequeña Clara desde hacía más de dos días. No le cogía el teléfono y tampoco había pasado por casa. Entonces sonó el timbre de casa.

—¿Se puede saber qué haces tú aquí? —Preguntó la mujer mirando al hombre que tenía delante suya mientras lo escrutaba con sus pequeños pero sensuales ojos marrones.

—Necesitaba verte.

—Pasa, no quiero que nadie te vea por aquí. —El hombre entró en casa y se sentó en un bonito sillón de cuero.

—Vaya, pero mira a quién tenemos aquí. —Dijo mientras cogía una foto del difunto esposo de Ana Lucía.

—Suelta esa fotografía ahora mismo. No le llegas a Marcos ni a la suela del zapato.

—Me emociona ver cómo le defiendes. —Se mofó él.

—Por favor, Carlos, vete de aquí. —Le suplicó ella.

—No me voy a ir hasta que no me des lo que me debes.

—Ahora mismo no puedo, yo…

—No me engañes. Tu hija es una famosa escritora y tiene mucho dinero, ella te puede prestar todo lo que me debes.

—Pero…

—¡Pero nada! —Gritó él.

—Baja la voz, alguien podría escucharte…

—Mira, querida Ana Lucía, cuando te hizo falta aquel dinero, yo te saqué las castañas del fuego para prestártelo, ahora lo necesito y me lo vas a dar.

—Mi negocio no marcha bien, nadie compra mis esculturas ni mis pinturas, no tengo dinero, dame más tiempo.

—No me creo lo que me estás diciendo. ¿Cómo has criado a tu hija? Siempre habéis vivido las dos de ese negocio y ahora no me creo que te vaya tan mal como dices. La gente comenta, sé que te encargan esculturas y retratos y además, por lo que dicen, todo lo cobras a muy buen precio.

—No te dejes llevar por lo que dice la gente. Carlos, mi hija puede llegar en cualquier momento.

—Tranquila, podemos disimular.

—¡No! Vete de mi casa, por favor.

—¿No te queda claro lo que te digo? ¡Quiero mi puto dinero! —Grito el hombre fuera de sí.

—Está bien, está bien. Dame solo una semana más.

—¿Una semana más? Está bien, te la daré, pero no va a ser tan fácil. Ahora mismo me voy a cobrar los intereses. —El hombre se tiró encima de ella y en menos que canta un gallo le quitó el vestido y la tiró sobre aquel mismo sofá de cuero dónde se había sentado cuando llegó.

—Así me las cobro yo. ¿Entiendes? —Preguntó el hombre fuera de sí mientras se subía la cremallera de los pantalones.

—Sí. —Se limitó a decir ella echa un gurruño en el sofá. No era la primera vez que ocurría. Carlos se las cobraba todas y aquella era una de sus maneras.

—Carlos, necesito dinero o me cortarán la luz —Dijo el hombre imitando la voz de Ana Lucía.

—¡Cállate! En ese momento estaba muy mal, no podía hacer otra cosa.

—Carlos, o me dejas el dinero o me cortarán el agua y necesito llenar la nevera.

—Por favor… —Le suplicó ella con los ojos llorosos mientras terminaba de peinarse frente al espejo de la entrada.

—Una semana, chica o entonces sabrás quien soy yo.

—Está bien. —Dijo ella de manera sumisa mientras ordenaba todo el estropicio que habían realizado en el salón.

En ese momento volvió a sonar el timbre. Era Clara.

—Hola mi amor, pasa. —La chica aún estaba preocupada por lo que había ocurrido el día anterior, pero había decidido salir de casa, sino se volvería loca.

—Hola Carlos. —Dijo ella mientras se sentaba a su lado en el sofá— ¿Algo importante?                —Preguntó mirando el carrito de correos que tenía a su lado. El chico iba perfectamente uniformado. Él era quien se ocupaba de que el correo llegara al pueblo.

—Sí, una carta importante había llegado para tu madre y tenía que entregársela en mano. —El hombre le guiñó un ojo a Ana Lucía que estaba en un rincón del salón disimulando lo mejor que podía.

—Espero que no sea nada grave. —Dijo Clara mirando a su madre.

—No hija, no te preocupes.

—Me tengo que ir que no me da tiempo a repartirlo todo.

El hombre se dirigió a la puerta y Ana Lucía lo acompañó. Cuando fue a salir le dio un beso de lo más posesivo y le susurró al oído: “Tienes una semana si no quieres que todo esto pase a mayores”.

** Parecía que la paz comenzaba a reinar entre Andrea y Fernando. Aquellos días parecían estar sentándole bien a la muchacha, aunque en el fondo estaba muy nerviosa. Ella era consciente de aquello y que nadie era culpable de la situación. Cada día que pasaba se acordaba más de su pequeño Víctor y más estando embarazada. Solo quería verle la cara a su preciosa niña y poder comenzar a vivir una nueva aventura como madre.

Eran las seis de la tarde cuando Andrea entró por el salón tras darse un baño. Hacía calor y lo necesitaba. Se sentó en uno de los sofás y se tocó la barriga.

—Hola amor, veo que me has quitado mi sitio. —Dijo Fernando sonriendo, obviamente era una broma que le hacía para que su mujer sonriera. Él acababa de llegar de la playa con David y Luis.

—¿Este es tu sitio? No lo sabía. Siéntate. —Le dijo ella cortante mientras se levantaba.

—Cariño, ha sido una broma, siéntate.

—Nada de bromas, si ese es tu sitio, te pertenece. Siéntese, señor Treviño. —Dijo ella gritando. En ese momento apareció Corina desde la cocina al escuchar los gritos.

—¿Qué ocurre? —Le preguntó a su marido.

—No lo sé, ha sido llegar y comenzar la pelea. Nosotros vámonos de aquí. —Cogieron a los niños y se metieron en la cocina. Aquellas situaciones les incomodaban muchísimo, todo lo hacían por Andrea, para que se relajara y estuviera bien, pero era verdad que estaba insoportable y en el fondo, les daba pena de Fernando. Él siempre intentaba que todo fuera bien entre ellos, tratarla como una reina, pero lo único que obtenía de ella eran gritos y desprecios.

—Andrea, por favor, ha sido solo una broma. —Escuchaban desde la cocina mientras Fernando intentaba que su mujer entrara en razón.

—¿Sabes qué? —Gritó la chica fuera de sí— Te dejo tu maldito asiento y me voy, no quiero estar con una persona que hace que su mujer, embarazada de más de ocho meses se levante de un sofá para que se siente él.

—Andrea…

—¡Déjame!

Y un fuerte portazo se escuchó a su espalda.

—Lo siento. —Dijo el chico mientras David se sentaba a su vera.

—No te preocupes. —Le dijo Corina en tono cariñoso.

—Ella no era así antes, no entiendo que le está pasando. —Los ojos del chico comenzaron a estar acuosos.

—Tranquilo, son solo las hormonas del embarazo, todo le sienta mal.

—No sé hasta cuando voy a poder soportar esto, creo que esta situación va a poder conmigo.

—No pienses eso, en cuanto tenga a la niña, todo volverá a la normalidad. —Le dijo David tocándole el hombro.

—Yo os veo a ustedes tan bien y mi mujer me trata así… Hasta le había comprado el libro de Clara Cabello. Tenía pensado dárselo esta noche mientras paseábamos por la playa, pero está claro que no me soporta y no voy a hace nada para que tenga que soportarme, cuando ella quiera, que se vuelva a acercar a mí. —Corina y David se miraron, no sabían qué decir, ellos estaban viviendo aquello en sus carnes. Desde hacía mucho tiempo veían cómo Andrea se había transformado en algo parecido a un monstruo con aquel embarazo.

—Pronto volverá, en cuanto se le pase.

—Se ha dejado el móvil atrás y no sabemos a dónde ha ido. —En ese momento entró Luis, que había salido a jugar al porche con sus coches.

—Me he encontrado con Andrea, dice que va a la playa, pero no me ha dejado ir con ella. —Dijo el chico con pena.

—No pasa nada, mi amor. Coge a tu hermanita y jugad en el arenero del jardín, allí lo pasaréis bien. —Corina se levantó para llevarlos a su sitio preferido de juegos.

—Fernando, ten paciencia. —Le aconsejó David mientras abría dos cervezas.

—Creo que el límite de mi paciencia está sobrepasado desde hace mucho tiempo. —Se sinceró el chico.

**Habían hecho un largo camino en coche pero por fin estaban llegando a Fuente Palmera, tan solo le quedaban unos minutos para llegar a dónde habían quedado con Clara. Alexia miró hacia los asientos de atrás y sonrió a ver a sus dos amores, Julia y Daniela, durmiendo plácidamente.

—Son preciosas. –Susurró. Mario la miró y sonrió.

–Igualitas que su madre.

—¿Crees que se parecen a mí?

—Por Dios, Alexia. ¿De dónde han sacado estas niñas esos ojazos azules y esas rubias y onduladas melenas?

–Tienes razón. Aunque, por lo que he visto, también se parecen a su abuela Julia. –La madre de Alexia se llamaba Julia, murió cuando la dio a luz, y aunque hacía unos años, su vida había sido una locura, y se había enterado de muchos secretos del pasado que salieron a la luz, hoy en día estaba en paz consigo misma y era feliz. Era una chica totalmente feliz.

–Mira, ahí está clara. —La chica les sonreía y les hacía señas con la mano para que la vieran. Mario terminó de aparcar el coche y Alexia corrió a abrazar a Clara.

–¡Qué alegría veros! –Exclamó la chica.

—Es increíble lo bien que está el aparcamiento por aquí. —Rio Mario.

—Aquí siempre tendrás aparcamiento. ¿Y mis niñas?

—Están dormidas, pero hay que levantarlas ya. ¿Está muy lejos el piso? —Preguntó Alexia mientras se recogía su larga y rubia melena en una cola alta.

—No, al volver la esquina.

A los diez minutos, todos caminaban contentos para conocer su nuevo hogar.  Clara abrió la verja de la entrada y accedieron a un lugar amplio, todo era muy bonito y refinado, los mármoles predominaban.

–Bonita entrada. –Dijo Alexia mientras se miraba en el gran espejo que tenía a su derecha.

–Este es uno de los mejores edificios de Fuente Palmera, aunque también el más caro.

—Es increíble. ¿En qué planta vamos a vivir?

–Es un segundo, pero tiene ascensor.

Cuando llegaron, la chica abrió la puerta de casa y todos accedieron a la misma. Era una casa bonita, decorada con buen gusto.

–Clara, tu casa es preciosa.

–Lo sé, la reformé entera hace apenas un año. –Entraron por el largo pasillo hasta llegar al salón, todo estaba decorado con un gusto exquisito.

–Mami, quiero ver mi habitación. –Dijo Daniela.

–Cómo me dijiste que las niñas dormían juntas, les he habilitado una habitación para ellas. Espero que os guste. —Al abrir la puerta, las niñas dieron un grito de entusiasmo al ver su nueva habitación. Era espaciosa y estaba decorada con las princesas Disney. Había dos camitas, dos escritorios y dos armarios. Todo perfectamente ordenado y pulcro.

–Clara… —Le recriminó cariñosamente Alexia— Esto no era necesario.

—Tan solo es una sorpresa que quise hacerle a mis niñas y por lo que veo les ha gustado.

Siguió enseñándoles la casa mientras las niñas dibujaban en su nuevo libro de colorear con sus flamantes lápices de colores que habían encontrado en el primer cajón de sus respectivos escritorios.

—El pago del alquiler lo haremos como hemos acordado, del día 1 al 5 de cada mes.         —Les informó clara mientras cogía el bolso para irse.

—Te estamos muy agradecidos. El piso es muy bonito y creemos que nos vamos a adaptar a vivir aquí muy bien. —Dijo Mario.

—No tenéis que agradecerme nada, estoy encantada de que vosotros seáis mis inquilinos.

—Puedes venir cada vez que quieras, esta es tu casa, nunca mejor dicho. —Alexia se rio de su propio comentario.

Cuando Clara salió de casa, los dos se encaminaron al sofá y se sentaron abrazados.

—Nos queda mucho trabajo por hacer. —Susurró Alexia mientras recordaba todo el equipaje que tenían en el coche.

—Tenemos tiempo, aún quedan unos días hasta que nos incorporemos a trabajar.

—Lo sé.

—No tengas miedo, mi vida. Todo va a salir bien.

–Contigo a mi lado, jamás dudaré que todo saldrá bien. —Alexia le dio un tierno beso en los labios a su marido, le quería con toda su alma.

**Cuando Antonio y Jade volvieron a casa, la chica no podía creer lo bien que lo había pasado. Nunca en su vida habían cuidado así de ella. Nadie le había comprado un helado o la había invitado a cenar y mucho menos se habían molestado en comprarle ropa nueva, siempre había llevado puesta las sobras de sus cuñadas o primas.

—Gracias Antonio, lo he pasado muy bien. —Le dijo la chica mientras colocaba las compras encima de su cama.

—No tienes que dármelas, sabes que lo hago encantado. —Antonio no podía dejar de mirar a aquella belleza, esos enormes ojos verdes le volvían loco y tenía miedo de lo que pudiera pasar.

–¿Por qué haces todo esto? –Preguntó ella sentándose en una butaca.

–Jade, te encontré tirada en una cuneta y sé que necesitas ayuda, ¿Cómo no voy a hacerlo?

—Te estaré eternamente agradecida.

–Ahora a dormir, que tienes que descansar. Cuando mi hijo y su mujer vuelvan de la playa, te los presentaré.

—¿Qué les vas a decir? Quizás a tu hijo no le sienta bien que yo esté aquí en su casa.

–Esta siempre será su casa, aquí ha vivido muchos años conmigo y con mi mujer, pero él ahora tiene un hogar con su mujer y sus hijos. Cuando conozcas a David, verás que él es incapaz de juzgar a nadie sin antes conocerlo.

—Eso me tranquiliza.

–¿No te quitas el velo ni para dormir? –Preguntó el hombre fijándose en un mechón de su flequillo que le caía por la cara. Su cabello era moreno azabache.

–Como te dije solo puedo hacerlo delante de mis familiares.

–Ahora mismo, tu familia soy yo, me encantaría poder ver su pelo.

–No estoy preparada Antonio, quizás más adelante… –Dijo la chica algo incómoda.

—No te preocupes, no insistiré. Cuando te veas capacitada y me tomes como un familiar tuyo, entonces será el momento. –Le dijo el hombre mientras se acercaba a ella. Sus miradas se cruzaron y él se perdió en aquellos ojos.

–Antonio… —Susurró ella.

–¿Puedo darte un beso en la mejilla? —Sabía que aquello estaba totalmente prohibido en su religión, pero ya no tenía que darle cuentas a nadie, su familia había renegado de ella e incluso habían intentado matarla. ¿Qué podía salir mal?

—Sí. –Los labios de Antonio se posaron en sus rojizas mejillas y aspiró su olor.

–Buenas noches, princesa.

Cerró la puerta a su espalda y ella se quedó de pie al lado de la ventana, con la mano posada justo en el lugar donde Antonio la había besado. Luego se tocó el corazón, que apunto estaba de salírsele del pecho. ¿Qué le ocurría? No hacía ni veinticuatro horas que conocía a aquel hombre, pero nadie la había hecho sentir tan bien como él. Sabía que era mayor que ella, pero le atraía. Le atraía muchísimo.

**Estaba oscureciendo y Andrea seguía paseando por la playa. Había recapacitado y sabía que se había pasado con Fernando. Él jamás haría nada que pudiera hacerle daño. Unas lágrimas recorrieron sus mejillas. ¿Qué le estaba ocurriendo? Era un monstruo. Miró al cielo y vio que en breve caería la noche absoluta, tenía que regresar a casa. Se dio la vuelta y entonces sintió un pinchazo. La chica se quedó parada en sí misma. No podía ponerse de parto allí, justamente allí no. No tenía móvil y no podría avisar a nadie. Esperó unos minutos y aquel dolor no volvió a producirse. Decidió seguir su paso, pero al echar el primer paso, aquel dolor volvió y fue entonces cuando notó como sus piernas se empapaban. ¡Había roto aguas!

–No, Aurora, ahora no… –Susurró la chica mientras se sentaba en la arena. Respiró hondo, pero entonces volvió a darle otro dolor– ¡No!

Fue entonces cuando una mano se posó en su hombro.

–¿Estás bien? –Preguntó una cálida voz.

–Creo que he roto aguas. –Se limitó a decir ella mientras se concentraba en respirar hondo como le habían enseñado en las clases de preparto.

–No te preocupes, soy enfermera, puedo ayudarte. Tiéndete completamente. Por cierto, me llamo Paula.

–Hola Paula, yo soy Andrea. –Paula había decidido salir a correr por la playa para así poder olvidar aunque fueran unas horas el dolor que sentía por la enfermedad de su querida Gema.

—Ahora voy a ver si has dilatado. —La chica se lavó las manos con el agua de una botella que llevaba en su bolso— ¿Eres primeriza? —Le preguntó mientras la reconocía.

—No, tuve un hijo.

—Has dilatado bastante, voy a llamar a una ambulancia. ¿Qué haces por aquí sola a estas horas? —Preguntó mientras marcaba el número de teléfono de su hospital para pedir refuerzos.

—Las hormonas me han hecho tener una gran pelea con mi marido y necesitaba salir a andar. –Le dijo Andrea con dificultad, cada vez le dolía más.

—Tranquila, pronto estarán aquí mis compañeros. —Paula se sentó a su lado e intentó darle conversación.

—¿Es niño o niña?

—Es una niña.

—Su hermanito o hermanita tiene que estar muy contento. —Dijo la chica ajena a todo el pasado de Andrea.

—Mi hijo murió. —Dijo entre sollozos.

—Oh, lo siento. —Se lamentó Paula.

—Lo mató el malnacido de su padre, pero pagará de por vida lo que hizo.

—Eso es terrible.

—Sí, lo es. ¡Me duele! —Gritó mientras se echaba mano a la gran barriga.

—Tranquila, tranquila. Respira.

—Llama a mi marido, por favor.

—Está bien, dame su número. —Andrea le dio el número de Fernando y ésta habló con él e intentó tranquilizarlo, puesto que estaba al borde del infarto— Le he dicho que se vaya directamente para el hospital, la ambulancia no puede tardar.

Dicho y hecho, a lo lejos se sintieron unas sirenas y las dos sonrieron. La pequeña Aurora había decidido nacer en Cádiz y allí estarían ellos esperándola con los brazos abiertos.

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