ESTABA ESCRITO. CAPÍTULO 1.

DOS AÑOS ANTES:

Cuando Clara salió del trabajo, miró al cielo y sonrió. Por fin había encontrado un trabajo relacionado con lo que había estudiado. Era abogada y  desde ese mismo momento trabajaba en un despacho donde se trataban temas como lo matrimonial o lo laboral, aunque le faltaba algo.

Amaba su profesión, pero su pasión era escribir, plasmar en papel las historietas que, día a día, se formaban en su mente. Sería la chica más feliz del mundo si sus libros saliesen a la luz, pero tenía miedo.

Al llegar a casa se tumbó en el sofá y se quedó mirando aquella pequeña tarjeta que tenía entre sus manos. Era el contacto de una editorial. ¿Por qué no intentarlo? ¿Y si salía bien? Miró de reojo los libros que había escrito y encuadernado y no lo pensó más, cogió el teléfono y marcó aquel número. Con suerte su vida cambiaría para siempre.

TREINTA Y SIETE AÑOS ANTES:

            ¿Sería el momento de contárselo a su madre? ¿Cómo se lo tomaría? Aquella chica se miraba con nerviosismo los dedos de las manos, era una costumbre que había heredado de su difunto padre. Su hermana acababa de entrar en la habitación como un torbellino.

            —Linda, la cena está preparada. —Al escuchar aquel nombre puso los ojos en blanco. Desde que era un bebé, su madre comenzó a llamarle así y a partir de entonces, todo el mundo siguió sus pasos.

            —¿Tú también me llamas Linda? —Preguntó mientras se levantaba.

            —Así te llaman todas las personas a las que conoces, ¿por qué iba yo a ser  menos?         —Se acercó a Rebeca, su hermana menor y le tocó el pelo con cariño. Había estado muchos años estudiando fuera, demasiado tiempo a separadas la una de la otra como para enfadarse por algo tan banal.

            —Está bien, llámame como quieras. —Le dijo mientras se sentaban a la mesa, la cena ya estaba servida. El miedo volvió a recorrerle todo el cuerpo cuando recordó lo que tenía que contarle a su madre. Una mujer nada fácil, siempre ofuscada y sacándole el lado negativo a todo lo que ocurría a su alrededor. Si su padre viviera, todo sería más ameno. Él era comprensivo pero su madre era totalmente la cara opuesta.

            —Linda, ¿cómo estás? —Le preguntó su madre cuando comenzaron a probar el primer bocado de aquella suculenta cena—. Te noto extraña, demasiado seria.

            —Mamá, tengo que hablar contigo.

            —No me asustes, ¿qué ocurre? —La mujer la miró con el entrecejo fruncido. Miraba a su hija con recelo, algo ocurría allí, algo que ella no había sido capaz de controlar, como todo lo que sucedía a su alrededor.

            —Me voy a vivir con mi chico. —Soltó sin rodeos.

            —¿Cómo? —La mujer comenzó a sentir calores. ¿Cómo podía ser aquello posible?

            —Lo que has oído, quiero hacer mi vida junto a Emilio.

            —¿Emilio? —Grito descompuesta— Dime que no es el pescador, por Dios.

            —Es el mismo y me mudo a vivir a su casa.

            —¿Consideras casa a ese cuchitril en el que vive? —Sus palabras cada vez sonaban más duras.

            —¡No digas eso! Es humilde pero yo me pondré a trabajar y pronto  nos mudaremos a un lugar mejor.

            —Hija mía —comenzó la mujer con toda la paciencia que podía abarcar su pequeño cuerpo—, piénsalo mejor. Tú eres una gran médico. ¿Te falta experiencia? Sí, pero no importa. Ya sabes que ahí fuera hay multitud de amigos de tu padre, que tienen hijos que darían lo que fueran por estar casados contigo. Cualquiera de ellos podría darte una buena vida y un buen trabajo. ¡Con Emilio jamás tendrás nada!

            —¡Ya basta mamá! —Gritó la chica mientras se ponía de pie bajo la atenta mirada de su hermana pequeña— Sé lo que quiero. Trabajaré en lo que pueda por ahora, aunque intentaré ejercer, pero no me digas que no me vaya a vivir y haga mi vida con Emilio porque lo voy a hacer. ¡Voy a luchar por él y por mi hijo! —Se echó las manos a la boca, consciente de lo que había dicho. Aquel era el segundo bombazo de la noche, estaba embarazada.

            —¿Qué has dicho? —Preguntó su madre en voz más baja de lo normal en ella.

            —Voy a tener un bebé de Emilio. —Linda estaba totalmente atemorizada.

            —¿Un hijo fuera del matrimonio? ¿Un hijo de un maldito pescador? —Gritó la mujer fuera de sí.

            —Sí, mamá. He de confesarte que no ha sido un bebé buscado, pero yo  ya le quiero.

            —¡Fuera de mi casa ahora mismo! —Vociferó la mujer con los ojos ensangrentados de la rabia que sentía.

            —Pero mamá… —Replicó por primera vez Rebeca.

            —¡Tú te callas inmediatamente! Fuera de mi vista, no quiero verte. —Le indicó a su hija mayor.

            —Me voy con él. —Le informó mientras se dirigía a la puerta de entrada.

            —Desde hoy hazte cuenta de que no tienes familia. ¡Embarazada de un pescador! Dios mío, dame fuerzas.

La chica abrazó a su hermana pequeña por última vez antes de comenzar su partida, cogió su bolso y se marchó. No deseaba estar dónde no la querían. Jamás entendería a su madre, ¡tampoco era para reaccionar así!

**Aquella tarde fue una locura en la casa de los Parker García. Carmen había cumplido dos años y había sido muy feliz con su fiesta de cumpleaños. Eran cerca de las diez de la noche y aunque fuera aún había claridad, estaban cansados. Llevaban todo el día con los preparativos.

—Luis, a la cama. —Le dijo Corina cariñosamente a su hijo. Cada día que pasaba estaba más mayor, ya tenía siete años y era un hombrecito. En ocasiones se ponía a pensar cómo podía ser posible que ya hubiera pasado siete años desde la muerte de Luis y Sara, de Patricia o de su querido alumno Víctor.

—Un ratito más, mamá… —Le pidió el niño tiernamente y ella no supo negárselo.

—Voy a acostar a tu hermana pero en cuanto papá salga de la ducha, a la cama.

—¡Vale!

Cogió a su hija del cochecito donde había caído rendida y la llevó a su cuarto. Quería a sus hijos con todo su corazón y aunque a veces creyera que no podía compaginar el trabajar con criarlos y llevar una casa adelante, solo con mirarlos esos pensamientos pasaban a un segundo plano. Su marido le ayudaba en todo lo que podía y, aunque desde los sucesos que acabaron con la vida de Lidia y Sergio hacía más o menos un año, la cosa había estado tranquila, llevaba unos días con un mal presentimiento. A ella jamás le había ocurrido nada parecido, pero desde que había comenzado a leer el nuevo libro de su amiga Clara, algo se había instalado en su corazón, aprisionándolo y haciendo sentir que algo malo iba a ocurrir.

Tras ponerle el pijama, echó a su niña en la cuna y se sentó en su mecedora favorita. Cogió el libro, que se titulaba “Maktub” y siguió leyendo. Aquella historia era una novela policiaca, donde reinaba la muerte y el suspense. Clara y ella siempre habían sido vecinas y aunque no tenían la misma edad, jugaban y salían a pasear juntas, solo había una diferencia de unos años entre ellas, pero todo se desmoronó el día en que la chica se marchó a otra ciudad a estudiar Derecho. Corina ya había terminado su magisterio y había vuelto al pueblo, por lo que hubo un distanciamiento considerable. Después de muchos años, consiguió su sueño: ser escritora. Y allí estaba ella, como una buena amiga, leyendo su libro:

“La oscuridad de la noche me cegaba. ¿Cómo podía haber accedido a ir a un lugar cómo aquel a aquellas horas de la  noche? ¿Y si se trataba de una trampa? Por un momento, Noelia, pensó en dar marcha atrás y alejarse de aquel cementerio, pero su curiosidad era tal que no pudo remediarlo y siguió andando con paso firme.

Cuando la luz de las farolas situadas a las afueras del pueblo no era suficiente para que pudiera ver, sacó una pequeña linterna de su mochila. El pánico se apoderaba de ella a cada paso que daba, los ruidos inexplicables de la noche la tenían totalmente atemorizada. Respiró hondo y un pequeño suspiro se escapó de su boca al verse sola frente a aquella gran verja que daba acceso a la entrada del pequeño cementerio. ¿Qué hago aquí? Se volvió a preguntar. Sin dudarlo más abrió una pequeña rendija de aquella gran puerta y se adentró. Estaba tan oscuro que creía que no podría seguir adelante. Cuando pensaba que nada podía ir a peor, las pilas de su linterna decidieron fallarle y fue entonces cuando ocurrió. Se topó con algo, pero no podía ver que estaba ocurriendo, se retiró un poco, pero aquello seguía moviéndose trazando círculos. Comenzó a temblar, unas gotas de sudor resbalaban por su frente y golpeó la linterna contra su pierna. Tenía que funcionar. ¡Aquel maldito aparato tenía que funcionar! Y una luz tenue se encendió, lo había conseguido, pero un grito ahogado salió de su garganta al ver lo que tenía justo enfrente de ella. Un cuerpo yacía colgado de un árbol. ¡Alguien se había suicidado allí mismo! Cuando vio que no podía más con sus nervios, se tiró al suelo y comenzó a llorar. Hubiera preferido salir corriendo, pero sus piernas no se lo permitían, estaban paralizadas y se lo impedía. Recuperando un poco la cordura, se preguntó quién era aquella persona que estaba colgada en el árbol y ¿Por qué, justamente, habían tenido que citarla a ella en aquel lugar tan horrible a aquellas horas de la madrugada? ¿Quién sería? Encendió la linterna y enfocó hacia arriba. De la impresión, se desmayó”

—Corina, ¿Qué haces? —Preguntó David entrando en la habitación. La chica lo miró, estaba guapísimo con aquel pijama que ella misma le había regalado.

—Estaba leyendo el libro de Clara. Por cierto, aunque estás muy guapo, creo que deberías pelarte un poco.

—Lo haré,  no lo dudes. ¿Estás cansada? —El chico se puso en cuclillas a su lado y miró el libro. El título y la portada atraían.

—Un poco.

—¿Ese es el libro de Clara?

—Sí, lo compré hace dos días y estoy muy enganchada.

—¿De qué va?

—Es una novela policiaca. Historias de esas que tú estás acostumbrado a ver día tras día.

—Interesante. ¿Te vienes a ver la televisión un rato? —Le preguntó el chico sonriendo.

—Hay que acostar a Luis.

—Le he acostado yo y lleva un rato durmiendo, igual que este angelito. —Se acercó a la cuna de su hija y le acarició sus delicados rizos rubios que caían sobre su frente.

—Vale, entonces vamos. —Se encaminaron al salón y tras hacer un zapping vieron que no había nada en la tele y la apagaron.

—Ha estado bien el cumple, ¿verdad? —Preguntó David mientras acariciaba la cara de su mujer, aquella a la que tanto quería.

—Sí, pero me da miedo que todo pase tan rápido. Hace nada que yo esperaba la llegada de Luis, totalmente engañada por las circunstancias y ahora ya tiene siete años y una hermanita con dos.

—Tenemos que alegrarnos, si esto no avanzara sería cuando tendríamos que preocuparnos.

—Lo sé. Me encantaría tener otro bebé.

—Corina, sabes lo que nos costó tener a Carmen y comenzar otra vez con todos esos trámites…

—¿A ti no te gustaría?

—Claro que sí, pero es mucho papeleo.

—Ahí tienes razón, nos quedaremos con esos dos diablillos.

—Mi Luis es un campeón. Jamás en la vida creí que llegara a entender tan bien que nosotros no somos sus padres biológicos. Me sorprendió bastante como un niño con tan solo siete años ha podido comprender tan bien la situación.

—Sí. Se nos hace mayor, David. —Dijo la chica con pena. Hacían tan solo unos meses que decidieron que ya era hora de que Luis supiera la verdad de su origen. Un día se sentaron los tres a la mesa y como si de un cuento se tratara, le contaron toda la verdad. Que sus padres biológicos se llamaban Sara y Luis y que ambos estaban en el cielo, pero que allí estaban ellos dos para quererlo toda la vida, porque eran sus padres también. Al principio el crio pareció no entenderlo, pero tras un par de preguntas que Corina y David contestaron sin ningún problema, el niño terminó entendiéndolo todo.

—Por cierto, antes de irse he estado hablando con Fernando. Por lo visto, Andrea está insoportable con el embarazo y necesita desconectar de aquí.

—Pobrecita, es que si yo tuviera esa barriga, te aseguro que estaría igual. Solo le quedan unas semanas para tener a la pequeña.

—¿Cómo la van a llamar?

—Aurora.

—Cómo mi difunta abuela. —Dijo David con pena. No había podido disfrutar todo lo que hubiera querido de Aurora y Germán. Hacía unos meses que murieron, uno detrás del otro. Jamás pensó que una persona muriera de pena, pero cuando Aurora faltó, Germán se fue apagando como una vela, hasta que pocas semanas después le encontraron muerto en su cama, según la autopsia, se trataba de muerte natural.

—Bueno, piensa que ahora están allí arriba con Sofía. —El chico sonrió al pensar en su madre. Todas las noches antes de dormir miraba su foto. Le dolía en el alma pensarlo, pero aunque Pepa le hubiera criado, apenas la recordaba, solo tenía cabida en sus pensamientos Sofía, la mujer que le dio la vida. Quizás aquello ocurriera por lo mal que lo pasó tras saber del engaño, pero por otro lado, a Antonio no le tenía ese resentimiento, había terminado perdonándole y ahora tenían una muy buena relación.

—Sí… —El chico suspiró— Corina, Fernando quiere que nos vayamos unos días al piso de Rota para ver si así Andrea puede soportar los nervios que tiene.

—¿Cuándo nos vamos a ir? Ya mismo comienzo las clases y…

—Hemos pensado el fin de semana que viene, pediremos los dos el viernes libre en comisaría y nos iremos el jueves por la tarde, volviendo el domingo ¿Qué te parece?

—Vale, está bien.

—Pues mañana llama a Andrea y se lo propones como si ni Fernando ni yo tuviéramos nada que ver en esto.

—Hay que ver cómo sois los hombres. —Rió la chica.

**Cuando el pitido del microondas sonó, Gema estaba más que sumergida en sus pensamientos. Pensaba que su vida necesitaba un cambio, pero ese cambio ya no podría ser posible. Pensó en su pequeña Paula, esa niña a que quería como a una hija. ¿Qué iba a pensar ella cuando se enterara de su enfermedad? Cuando terminó de preparar su café, cogió los papeles, que apenas dos días antes, su médico le había dado. Aquella noticia era terrible, fatal. Según el pronóstico del médico le quedaba, con suerte, ocho meses de vida. Un tumor cerebral estaba acabando con ella. ¿Cómo no se había dado cuenta antes de que aquellos dolores de cabeza tan terribles no traerían nada bueno? Una lágrima comenzó a caer por su rostro, apenas tenía cincuenta años, y no había vivido lo suficiente. ¿Qué haría Paula sin ella? Esa chica  no conocía otra vida que no fuera la que ella le dio. Cuando sus padres murieron, ella pasó a manos de Gema, por petición expresa de su padre. Habían pasado ya treinta y cinco años de todo aquello, ya era una mujer hecha y derecha, pero cuando la dejaron en sus brazos apenas tenía 3 añitos y, aunque ella era apenas una adolescente, no dudó ni un instante en hacerse cargo de aquella pequeña. Se lo debía a su padre, por todo el apoyo que ella había recibido de él.

—¡Gema! Ya estoy en casa. —Gritó la chica entrando por la puerta. Ya era toda una mujer, tenía treinta y cinco años y un buen trabajo en Rota, Cádiz.

—Hola amor, ¿cómo te ha ido el día?

—Bien, bastante bien, con mucho trabajo. Supongo que eso es bueno. —Se sentó a su lado y la miró a los ojos— ¿Te pasa algo? —La mujer levantó la vista y frente a ella tenía a la chica que más había querido en su vida, era como su hija, aunque no llevaran la misma sangre. Sus ojos color caramelo y su frondoso y cabello rizado, rubio como el sol la intimidaban un poco. ¿Debía contarle la verdad sobre su enfermedad o esperar un poco? Estaban solas en el mundo y cuando ella faltara, Paula se quedaría sola.

—No, nada. Simplemente estaba pensando qué debía comprar cuando fuera al supermercado.

—¡Alegra esa cara, mujer! —Le dijo la chica sonriendo mientras se ponía una taza de café ella también.

—¿Crees que te renovarán el contrato de trabajo? —Aquellos datos eran de suma importancia para Gema, necesitaba saber en qué condiciones quedaría su niña si ella faltaba.

—Ahora mismo es indefinido, pero están recortando personal, en cualquier momento me puede tocar a mí. Hoy han despedido a dos enfermeras.

—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

—Reducción de personal, nada en especial. Me dio mucha lástima, eran mis amigas, teníamos un clan de enfermeras, las cuales éramos todas muy amigas y ya se va desquebrajando.

—Siempre podréis veros fuera. Me alegra saber qué tienes amigos.

—A ti te pasa algo, a mi no me engañas. —La chica se sentó más cerca de ella y le levantó la barbilla con su mano.

—Paula, no sé cómo decirte esto, pero siento que si no soy sincera contigo en un futuro podrías reprochármelo.

—No me asustes, Gema. ¿Qué ocurre?

—¿Recuerdas las jaquecas que he venido teniendo últimamente?

—Claro, yo misma te aconsejaba lo que debías tomar.

—Mi vida, no eran simples dolores de cabeza. Acudí al médico y… —No pudo seguir hablando, se le quebró la voz y bajo la atenta mirada de Paula, le acercó los papeles que describían su enfermedad. La chica, con los ojos como platos comenzó a leer.

—Esto no puede ser verdad, ¡tú no puedes morirte! —Comenzó a gritar Paula fuera de sí.

—Tranquila, tranquila, aún quedan unos meses para eso.

—¿Unos meses? ¿Y qué voy a hacer yo luego? ¡No tengo a nadie! Mis padres murieron cuando yo apenas tenía tres años y me dejaron sola, ahora tú no puedes hacer lo mismo. ¡Tienes que luchar! Esto tiene que tener alguna clase de tratamiento.

—Sería alargar lo inevitable.

—¡Pero yo te necesito, no puedes dejarme sola! —Se sentó sobre sus piernas y metió su nariz en el cuello de la mujer. Así se pasaban horas cuando ella era pequeña. ¿Cómo podía estar muriéndose la mujer que la había criado?, ¡Era cómo su madre!

—No puedo hacer nada. —Dijo la mujer mientras aguantaba las lágrimas.

—Tiene que haber tratamientos, no intentes engañarme. Soy enfermera y sé de qué va la cosa. Si tú quieres, yo puedo hablar con quien haga falta en mi hospital, allí me conoce todo el mundo, harían cualquier cosa por ayudarme y tú tendrías los mejores médicos a tu disposición.

—¿Así te vas a sentir mejor? —Le preguntó la mujer mientras jugaba con unos de sus rizos.

—Un poco. Hay que luchar, aunque la posibilidad sea mínima.

—Entonces lo haré, me trataré hasta que mi cuerpo decida dejar de vivir.

—¡No digas eso! No hables así. Mañana mismo te voy a llevar al mejor médico, trabaja en el mismo lugar que yo y me conoce, él te pondrá un tratamiento y vamos a luchar para que sigas adelante.

—¡Bicho malo nunca muere! —Intentó bromear la mujer.

**Isabela estaba regando las flores de su pequeño jardín. Aquel era su mayor entretenimiento. No podía trabajar a causa de una incapacidad absoluta y su marido era quien se encargaba de llevar el dinero a casa. Ella se encargaba de que todo marchara en condiciones y velaba por la economía familiar. Se había quedado con las ganas de tener un bebé, a sus cincuenta años aquello ya era imposible. Hacía veinte que se casó con Alberto, aquel hombre la volvió loca y cuando creía que su soltería dudaría para siempre, apareció él y la enamoró totalmente. Desde entonces su vida había sido un idilio y no quería que aquello terminara por nada del mundo, adoraba a su marido y aunque no hubieran podido tener hijos, ahora tendrían una sobrina, una sobrina a la que querer y mimar. La pequeña Aurora.

—¡Tía! —Gritó Fernando desde la verja, la mujer sonrió al ver al hijo de su hermana. Soltó la regadera y fue a abrirle.

—¡Hola cariño! Qué alegría que estés por aquí. Me gusta tanto que me visites. ¿Dónde está Andrea? —Preguntó mientras se sentaban en un cómodo sofá que habían habilitado en el porche de la casa.

—Andrea no me soporta. Está fatal con el embarazo.

—Tranquilo, eso son las hormonas. —Dijo ella sonriente.

—Ojalá cuando tenga a la pequeña se le pase.

—Seguro que sí, no te preocupes. —La mujer puso encima de la mesa unas pastitas y se metió en la casa a por unos cafés.

—Ella deseaba un niño. Supongo que quería revivir a su pequeño Víctor.

—Es normal, perder a un hijo tiene que ser muy duro. —La mujer sirvió los cafés y se sentó al lado de su sobrino. Le quería como a un hijo.

—Ella ha sufrido mucho, a veces me pongo en su piel y no tiene que ser nada fácil. Vivió un secuestro por parte de Santiago que duró meses, luego la muerte de su hijo y finalmente, el indeseable de Sergio le hizo lo que le hizo en el pie. ¿Cómo pudo? —Preguntó el chico furioso.

—Sinceramente, creo que a ella lo que menos le importa es la cojera que le quedó, que desde mi punto de vista, tampoco se le nota tanto.

—Tía, seamos realistas, si se le nota. —Dijo el chico con pesar.

—Pero para ella eso es algo banal, lo he hablado muchas veces con ella, y lo del secuestro más de lo mismo. Lo que realmente le importa es la falta de su hijo, aunque también debo decirte que está loca con la llegada de la pequeña Aurora.

—Sí, pero tengo miedo.

—¿Miedo por qué? —Preguntó la mujer mientras le acariciaba el rostro.

—Miedo de que no pueda llegar a querer a mi hija como quiso a Víctor. No lo supera, no llega a superar la muerte de su hijo y eso me preocupa. Ya hace siete años y aún sigue lavando y planchando su ropa.

—Una madre nunca supera la muerte de un hijo pase el tiempo que pase.

—Lo sé tía, pero creo que, aunque no lo olvide, debería pasar página. Sé que siempre recordará a Víctor. Yo lo recuerdo también, no puedo olvidar que luché por encontrarle y luego por dar con su asesino, sin saber que lo que me deparaba el futuro. Me casaría con su madre y tendríamos hijos. Para mí tampoco es fácil pero algunas veces me agobio un poco por la sencilla razón, de que pienso si mi Aurora podrá llenar el vació que dejó su difunto hermano.

—No debes pensar esas cosas. Te entiendo, pero no puedes pedirle a Andrea que pase página en una cosa así. Tu casa está llena de fotos de Víctor y hay un cuarto con todas sus cosas, ella no quiere deshacerse del recuerdo de su hijo y por eso hace todo lo posible para que esté vivo de alguna manera, aunque solo sea en su corazón.

—Yo no quiero que ella le olvide, eso nunca. Pero últimamente es que hace cosas que no son normales. Está preparando ropita que pertenecía a Víctor para ponerse a Aurora y no sé hasta qué punto eso puede ser normal. Yo quiero que mi niña sea como una princesita, ponerle sus ropas rosas y no esas cosas de niño que Andrea le está preparando para cuando nazca.

—Yo la entiendo y creo que tú deberías de entenderla también. Tienes que ir haciéndote a la idea que ella jamás va a olvidar a Víctor y que es normal que ahora esté así, está embarazada, con las hormonas totalmente revolucionadas y ese estado le recordará constantemente a cuando tuvo a su primer hijo. ¡Es algo totalmente normal! No te preocupes. Además, yo sé que ella va a ser una madre incondicional para Aurora, se le iluminan los ojos cada vez que hablar de su hija y sé que cuando esa pequeña esté en el mundo, ella va a cambiar. Cómo te he dicho, el recuerdo de Víctor siempre vivirá en ella, pero tendrá que dedicarse en cuerpo y alma a la niña.

—Ojalá tengas razón. Puede parecer que soy un egoísta y que me molesta que ella recuerde su vida anterior, pero te juro por lo más sagrado que no es así, simplemente necesito que los dos hagamos nuestra vida junto a nuestra niña.

—Ella te ama. —La sonrisa de su tía le puso los bellos de punta a Fernando.

—Lo sé, de eso estoy completamente seguro, lo mismo que yo la quiero a ella. Creí que nunca ninguna mujer me haría olvidar a Esther, pero apareció ella y todo cambió. Cuando la conocí, el corazón me dio un vuelco y desde ese día no me imagino una vida sin ella, y ahora que sé que me va a dar una hija, todo se magnifica más.

—Qué bonito lo que acabas de decir.

—Será el amor. —Sonrió el chico. En ese momento se escuchó la verja abrirse.

—¡Fernando! Qué alegría de verte por aquí. —Exclamó Alberto al ver allí al sobrino de su mujer. Con el tiempo él lo había llegado a querer como si fuera de su propia sangre.

—Tío, me alegro de verte. Cada día estás más joven. —El hombre tenía una melena oscura que le caía por los hombros y una barba cuidada, sus ojos eran oscuros y aunque tenía unos añitos, no los aparentaba.

—¿Cómo está tu esposa? —Preguntó el hombre mientras le daba un dulce beso en los labios a su querida mujer.

—Bien, eso le estaba contando a mi tía, que las hormonas del embarazo me van a matar.

—¿A ti? —Preguntó el hombre en tono jocoso.

—A mí, a mí.

—¡Cariño! Hazle un regalo a tú mujer. Estoy segura que le gustará. —Le aconsejó su tía.

—Yo siempre le hago regalos, de eso no se puede quejar.

—No sé si sabrás que ha vuelto al pueblo la escritora Clara Cabello.

—¿Clara Cabello? —Preguntó él incrédulo, no tenía ni idea de quién se trataba.

—Sí. Se ha venido de vacaciones después de que su libro saliera a la luz, ya está a la venta y es muy entretenido. Podrías regalárselo a tu mujer, seguro que te lo agradecería.

—¿Y de qué va ese libro? —Preguntó el chico.

—Es una novela policiaca, asesinatos y crímenes.

—Vamos, lo que tú ves casi a diario. —Bromeó Alberto.

—Está bien, tía. Me has convencido, ahora me pasaré por la librería y se lo compraré. ¿Cómo se llama?

—Maktub.

—¿Maktub? ¿Qué significa eso? —Le preguntó su marido a Isabela.

—Al principio yo me quedé como vosotros, pero me he documentado en internet. Es una palabra de origen musulmán que significa “estaba escrito”.

—¿Tú lo estás leyendo? —Se interesó el joven.

—Sí, empecé esta mañana, me han dado muy buenas referencias sobre él y decidí ir a comprármelo.

—Haces bien, cariño. Así estarás entretenida. —Su marido le besó los nudillos de la mano derecha. Amaba a aquella mujer como a nada en el mundo.

—Tengo que irme. Pasaré por la librería y luego iré a casa, a ver si la mujer de mi amigo David ya ha llamado a Andrea para invitarla a su casa en Cádiz. Se lo he pedido yo, creo que necesita desconectar, pero no quiero que lo sepa, ahora mismo todo lo que hago le cae mal y seguramente se enfadaría si supiera que ha sido idea mía.

—Paciencia mi amor, paciencia. —Le aconsejó su tía con una espléndida sonrisa en la cara.

**Ana Lucía decidió ir a casa de su hija. Ya era media mañana y Clara aún no había ido a visitarla, aquello le parecía extraño. Cerró la puerta de casa y abrió el buzón. La luz y el agua. Siempre había estado sola para pagar todas las facturas que llegaran, el padre de su hija murió cuando ella apenas era un bebé y siempre había llevado ese cargo encima. Guardó las facturas en su bolso y comenzó a caminar. En aquel pequeño pueblo no había nada lejos, pero era cierto que su hija se había comprado un chalet a las afueras y había que subir una cuesta que le costaba demasiado trabajo. No era una persona mayor pero tenía ya una cierta edad.

—Hola pequeña. —Saludó a Clara a través de la verja del jardín. Su hija sonrió y se encaminó para abrirle. Era una chica joven, exitosa y tremendamente parecida a su difunto padre. Una melena castaña caía sobre sus hombros, sus ojos eran color miel, chispeantes y con ganas de vivir.

—Hola mamá.

—Creí que hoy vendrías a visitarme. —Dijo la mujer mientras se sentaba en una de las butacas que su hija había habilitado en el jardín.

—Tengo trabajo y…

—No me engañes, tú no tienes trabajo. Ahora te has venido al pueblo de vacaciones durante unos meses, tienes que descansar. Has estado mucho tiempo con la cabeza metida en esa historia.

—Es verdad, pero he firmado otro contrato con la editorial para un nuevo libro dentro de un año y medio. Tengo que ponerme con ello ya, al menos a pensar la historia.

—Quién te iba a decir a ti la suerte que ibas a tener.

—Sí, he tenido suerte, pero he trabajado mucho para que todo esto sea posible.

—Además, mira a tu alrededor, si no fueran por tus libros, jamás hubieras podido comprarte este precioso chalet, o tu casa en Madrid, el piso en Fuente Palmera o ese precioso coche que tienes aparcado en el garaje.

—Tienes razón…

—Por cierto, anoche llamó a casa un tal Mario, necesitaba hablar contigo. Me comentó que lo había intentado llamándote al móvil pero que no se lo cogías y entonces llamó a un antiguo número que tenía, el de casa.

—Ah, sí. Tengo que hablar con él lo antes posible.

—¿Quién es Mario? —Preguntó su madre con una sonrisa en los labios, no podía ser que su hija tuviera ya treinta y tres años y ningún chico a la vista.

—No es lo que piensas. Él está casado y su mujer es una gran amiga mía. Nos conocimos en una de las firmas de libros que hice allí en Madrid, se me acercaron sus niñas y mantuvimos una conversación que finalmente acabó en una amistad. Esas niñas me robaron el corazón y las quiero con locura.

—No sabía nada de eso.

—El motivo por el que me han llamado es porque, en el hospital donde trabajaba Alexia, hizo recorte de personal y ella fue una de las elegidas. Llevaba más de siete años trabajando allí, pero finalmente está en el paro y Mario es forense, le han destinado a Córdoba.

—Oh, qué pena, en el paro y con dos niñas.

—Sí, son unos amores, tienen siete años. Son gemelas y se llaman Julia y Daniela.

—Qué nombres tan bonitos.

—Sí, lo son. Ellos quieren alquilarme el piso que tengo en Fuente Palmera y la verdad, es que a mí no me importa. Ese piso está cerrado y sé que ellos van a ser unos buenos inquilinos.

—¿Y por qué se vienen a vivir a Fuente Palmera? Me imagino que acostumbrados a vivir en Madrid, meterse en un pueblo, no debe de ser nada fácil.

—Alexia ha encontrado trabajo en el centro de salud de Fuente Palmera. Va a empezar yendo unos días a la semana y quizás le hagan un contrato fijo. Ella quiere que sus niñas estén en un colegio cerca de ella y aunque Mario se tenga que desplazar a Córdoba todos los días, creen que es mejor así.

—Entonces no hay problema. ¿Cuándo se vienen?

—Por lo que hablé la última vez con ellos, creo recordar que me dijeron que a principios de octubre.

—En un mes.

—Mandaré a alguien que limpie la casa y la habilite para ellos. Me muero de ganas por tenerlos aquí.

**Antonio se sentía solo. Hacía ya tiempo que había enviudado por segunda vez. Pepa ya no le acompañaba y solo cuando murió se dio cuenta de la falta que le haría el día que no estuviera. No es que la quisiera, porque jamás había podido olvidar a su querida Sofía, pero la echaba de menos. Todas las mañanas salía a dar un paseo. Salía todo lo temprano que podía, ya que luego se iba con sus amigos a jugar a las cartas o al dominó. Por las tardes iba a Silillos a ver a sus nietos. Carmen y Luis eran su razón para vivir, los quería más que a nada en el mundo. Ellos sabían cómo ganarse el cariño de su abuelo y sin duda, lo conseguían. Por fin había vuelto a tener una relación con su hijo. David, aparte de sus nietos y Corina, era lo único que le quedaba en la vida, y si no le hubiera perdonado, no sabría que habría sido de su vida.

Llegó a un camino, el mismo camino que hacía todos los días y decidió meterse por otro paralelo, puesto que hacer todos los días el mismo recorrido cansaba a cualquiera. En realidad le daba un poco de reparo, ya que apenas había amanecido aún, solo un rayo de luz se veía en el horizonte. Miró el reloj, las seis de la mañana. Tenía que intentar no levantarse tan temprano. Se adentró en el nuevo camino y cuando más sumergido estaba en sus pensamientos escuchó algo. Se escondió detrás de un olivo y estuvo atento a lo que ocurría. Un coche se había parado en la carretera que había tan solo a unos metros de él, dos hombres se habían bajado con un bulto en brazos y lo habían tirado a la cuneta. Cuando escuchó el portazo que indicaba que aquellas personas se marchaban de allí, volvió en sí. El miedo le tenía paralizado, ¿Qué habrían tirado allí? ¿Sería un cadáver? Miró el cielo, aún era totalmente de noche. Maldijo en silencio quién le mandaría a él salir a aquellas horas.

Cuando el camino quedó libre y el coche se hubo marchado, se armó de valor y fue a ver que era aquello que habían tirado. Sacó una pequeña linterna del bolsillo de su pantalón y se fue acercando lentamente. El miedo que sentía hacía que escuchara ruidos por todos sitios. Miró hacia atrás, pero allí no había nadie. Volvió a escuchar un ruido, esta vez procedente del lugar dónde aquellos hombres habían tirado algo. Enfocó con la luz de la linterna y vio algo moverse. Se acercó, quizás fuera un animal al que no querían y habían decidido abandonar. El bulto comenzó a moverse con más intensidad hasta que escuchó unos lamentos. Fue entonces cuando corrió en su busca y se quedó totalmente blanco cuando vio que era lo que había en aquel saco. Era una mujer.

—Tranquila, tranquila. Yo te voy a ayudar. —Le dijo mientras le desataba las manos y los pies.

—¿Dónde estoy? —Preguntaba la chica desorientada.

—No te preocupes, estás a salvo. Este es un pueblo de Córdoba, llamado Fuente Palmera.

—¿Y cómo he llegado yo aquí? —Preguntaba la mujer llorando.

—Alguien te ha soltado en la cuneta, yo lo he visto todo.

—No quiero que me vea ningún médico, ¡No quiero! —Gritó.

—Tranquilízate. Te vas a venir a casa y allí vemos que hacemos.

—No puedo irme a la casa de un hombre. —Dijo la chica con sus grandes ojos verdes mirando a Antonio. Era bonita, extremadamente bonita. Aunque en su piel se notaba que tenía ya una cierta edad.

—¿Cómo que no? Tienes que dejar ayudarte, no puedo dejarte aquí tirada en la cuneta, entiéndelo.

—Mi religión no me permite ir con hombres.

—¿Eres musulmana, verdad? —Preguntó mientras se percataba del velo que cubría su cabello.

—Sí… —Dijo la chica con pesar.

—Eso no importa, en mí puedes confiar, vamos. —Ella no opuso más resistencia y comenzó a andar al lado de aquel hombre.

—Me llamo Jade. —Dijo ella tímidamente.

—Yo soy Antonio, encantado. —La chica sonrió.

—Va a amanecer pronto y no quiero que nadie me vea.

—Antes de que amanezca estaremos en mi casa y allí nadie podrá verte, no te preocupes.

—Es verdad que necesito ayuda, ahora lo recuerdo todo.

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