BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. ¡GRAN CAPÍTULO FINAL!

**Parker acababa de llegar a comisaría. Estaba nervioso, porque Corina llegaría a las doce para exponerle a él y a Fernando sus teorías. La noche anterior, cuando llegó de recoger a Andrea, le dijo que ya tenía que convocar a aquella reunión.

—Fernando, a las doce viene Corina, ya sabes.

—¿Nos va a contar lo que piensa?

—Sí, eso parece. Está convencida que sabe todo lo que ha pasado.

—Espero que así sea, aquí estaremos para escucharle. Veniros a mi despacho mismo, aquí estaremos bien.

—Perfecto.

La mañana pasó rápidamente. David estuvo gestionando unos asuntos que tenía pendientes. Antonia se había encargado de llevar una silla más al despacho de Fernando y no podía dejar de pensar en cuál sería la teoría de su mujer. Aquello lo tenía infinitamente intrigado.

—¿Se puede? —Preguntó la chica. Llevaba un pequeño cuaderno en la mano. David se levantó y la hizo pasar.

—¿No es muy temprano aún? —Miró el reloj, apenas eran las once.

—Sí, pero me pillaba de paso y he pensado que si teníais un hueco…

—Vamos al despacho de Fernando, lo que esté haciendo creo que podrá esperar. —Los dos se encaminaron hacia allí y Corina saludó a Antonia, que finalmente también iba a estar en la reunión.

—Buenos días, Corina. Me alegro de verte. —Fernando se levantó y la saludó con un abrazo.

—Yo también me alegro de verte, es todo un placer.

—Sentaos, ya tengo ganas de saber qué es lo que nos tienes que contar.

Todos tomaron asiento y la chica sacó un sobre de su bolso, luego abrió su pequeño cuaderno y miró a los presentes. Estaban callados, esperando a ver que les tenía que decir.

—¿Empiezo? —Bromeó la chica al verles las caras de incertidumbre.

—Claro, Corina. Para eso estamos aquí. —David se incorporó en su asiento.

—Bueno, cómo sabéis yo empecé todo esto y yo lo acabaré. He tenido muchísimo tiempo para pensar, para gestionar en mi mente lo que Cristina me contó. Al principio yo no veía nada, pero luego comencé a pensar y a pensar… Hasta que una idea se fue formando en mi cabeza. Eso fue lo que me hizo salir de aquel estado, el tener algo por lo que luchar. Algo que enseñaros después de haber metido a tanta gente en este embrollo.

—Está bien, cuéntanos la teoría. —Fernando no podía esperar más. Sabía que Corina era buena pensando y que seguramente tendría sentido.

—El tiempo que estuve en el centro, muchas horas las pasé en el patio con Cristina. Aquella mujer me llamó mucho la atención, yo sabía que era ella, sabía que era la madre de José, pero ella se presentó como Milagrosa. Me dijo que tenía diecisiete años y que no sabía qué hacía allí. Comenzó a contarme anécdotas de su vida, seguramente Milagrosa se lo contaría a sus amigas y Cristina lo sabía por eso y yo la escuchaba, sabiendo que alguna de esas informaciones me serían útil en un futuro y así fue. Un día me habló de la noche de la desaparición. Me lo contó desde el punto de vista de Milagrosa. Al parecer Cristina la vio antes de que se marchara, luego me habló de algo malo que habían hecho, hablaba de dos personas, pero no me especificaba quienes eran, por  lo que yo deduje que serían Cristina y Milagrosa. Algo ocurrió aquella noche, pero no me contó el qué, solo me dijo un dato, uno solo que fue lo que me hizo pensar.

—¿Qué dato fue? —Antonia estaba escribiendo como una loca. Corina no entendía por qué hacía eso, podía grabarla.

—Me dijo que aquella noche, un niño las perseguía con su bicicleta. Que ella, o sea, Cristina, se acercaba y le decía que tenía que irse, que no podía estar allí con ellas. Por lo visto el niño se marchó, y lo que ocurrió luego, sigue siendo ese misterio tan grande que no podemos resolver.

—¿Un niño? —David se tocó la barbilla pensando, pero no sabía a qué se refería la chica.

—Sí. Al principio no le di importancia a aquello, hasta que una de las noches me desperté sobresaltada. Soñé algo, no recuerdo el qué y entonces fue cuando caí en la cuenta. ¿Quién podía ser un niño cuando Milagrosa y Cristina tenían diecisiete años?

—¿Quién? —Fernando estaba más impaciente que nunca.

—¡Sergio, el hermano de Lidia! —Exclamó la chica orgullosa—. He estado haciendo cuentas y cuando todo aquello ocurrió, él tenía siete años.

—Pero no entiendo cómo pudiste llegar a pensar que él tiene algo que ver con todo esto. No tiene sentido.

—Sí, lo tiene. Cuando Andrea y yo fuimos a hablar con Lidia la primera vez a su tienda de antigüedades, él apareció allí por casualidad. Lidia nos lo saludó y yo le vi una actitud reacia hacia nosotras. Todas aquellas imágenes se fueron agolpando en mi mente, viendo cómo le hablaba a su hermana, el amor tan grande que tenía hacia ella…

—¿Entonces? Corina, te estás contradiciendo.

—No lo estoy haciendo. Él amaba a su hermana con todo su alma y sé por qué hizo todos esto.

—¿Para qué? —David y Fernando se miraron esperando una respuesta.

—No quería que Andrea y yo siguiéramos indagando en el pasado para que su hermana no se viera involucrada. Temía por la libertad de Lidia, si nosotros seguíamos metiendo los dedos en el asunto, quizás saliese algo que a él no le convenía porque no quería perder a su hermana ni verla presa para toda su vida. Ese niño presenció lo que pasó el día de la desaparición de Milagrosa

—Pero Corina, cualquier persona puede pensar que han pasado muchísimos años y que ese delito, de haberlo habido, habría prescrito. —Le informó David.

—Sí, pero os aseguro que este chico no está bien mentalmente.

—¿Cómo qué no? ¿¡Por qué dices eso!? —Antonia comenzaba a exasperarse.

—Eso lo contaré ahora mismo, cuando dé otro dato.

—¡La chica de los datos! —Bromeó Fernando—. Vamos a ver, Corina, si este chico fue quien llevó a cabo el incendio y lo del cepo. Hay varias cosas que no me encajan. Por mucho que quisiera a su hermana, yo sé que él quiere a Andrea, ¿Por qué iba a ponerle un cepo para destrozarle el pie intencionadamente? Y otra cosa,  creemos que los atentados y el asesinato de Lidia tuvieron relación. Si hizo lo del incendio y lo de Andrea por defender a su hermana, ¿Por qué iba a matarla posteriormente? Yo a este asunto le veo muchas lagunas…

—Me vais a llamar loca, pero creo que sé lo que pasó. Os prometo que si yo no hubiera pensado todo esto bien, muy bien, no os lo diría. Es una acusación muy grave, pero si lo hago, es porque tengo pruebas.

—Pues adelante, estamos aquí para escucharte.

—Veréis, aunque yo pareciera que no estaba en este mundo cuando estaba en el centro, cada una de las visitas que me hicisteis, las recuerdo perfectamente y sobre todo las charlas que mi marido, David, tenía conmigo. Con tanta paciencia y amor —La chica lo miró y le sonrió—. En una ocasión, me habló de Paco, de las alegaciones que él os había dado cuando lo interrogasteis y de muchas cosas más. Jamás olvidaré las palabras que me hicieron activar la mente para seguir investigando: “Paco dice que estuvo con ella en la tienda de antigüedades, que habían tenido una discusión unos días antes, que había ido a reconciliarse y que lo habían hecho. También habló de un ruido en la trastienda, de algo que se cayó”

—Sí, recuerdo cuando te conté eso, creía que no me escuchabas.

—Sí, lo hacía y muy detenidamente. Pues mirad, antes de explicaros porque con esa frase me puse a pensar quiero enseñaros unas fotos. —La chica sacó del sobre unas fotos. Las fotos tomadas la noche de antes en casa de Sergio.

—¿Qué es esto? —Preguntó Fernando mientras echaba la primera ojeada.

—Ayer fui a recoger a Andrea a casa de Sergio —A Fernando le cambió la cara, pero era necesario decirlo para saber cómo había obtenido aquella prueba—. No tenía pensado nada, la verdad es que todo fue saliendo sobre la marcha. Le pedí ir al baño y me dijo que tenía que ir al de arriba y eso hice. Subí y vi que en una de las habitaciones ponía: Habitación de Lidia. Intenté entrar y estaba cerrada con llave. Pero por casualidad, esa misma llave estaba tirada en el suelo, justo al lado, creo que se le cayó a Sergio.

—No entiendo qué quiere decir todo esto.

—Toda la habitación estaba llena de fotos y más fotos de Lidia, sus modelos de ropa estaban colgados por todos lados, como podéis ver, sus gafas…

—Sí, tienes razón.

—Pero esta foto es lo que más me llamó la atención. De hecho pasé un susto, que el corazón estuvo a punto de salírseme del pecho. —La chica extendió una foto que había tenido a buen recaudo.

—Dios mío… —En la foto podía verse un maniquí sentado en una silla, con una peluca rubia, exactamente igual que el cabello de Lidia, y vestida con su ropa y sus zapatos, además de las gafas.

—Ese chico estaba obsesionado con su hermana. La quería, estaba enamorado de ella, desde siempre.

—Hombre, tampoco creo que sea para tanto. —Antonia miró la foto de reojo.

—Antonia, le quité una carta. En un escritorio tenía un montón de cartas y yo me traje una de ellas, para que la pudierais ver y así salir de dudas de que Sergio estaba enamorado de su hermana, de Lidia. —Corina sacó un plástico con la carta dentro y se las dio—. He intentado contaminar la prueba lo menos posible.

—Está muy bien, Corina.

Comenzaron a leer.

Carta número 504:

Lidia, pase el tiempo que pasé siempre te voy a amar, siempre te voy a querer. Eres mi musa, en ti pienso todos los días, todas las noches y sueño con el momento en que me dejes besar tus labios. No puedo reprimir más esto que siento por ti y no puedo soportar ver cómo Paco te toca, te besa o te mira. ¡Eso debería de hacerlo yo! ¿Por qué tuvimos que nacer de la misma madre? Yo te amo…

Algún día estaremos juntos, aunque sea allá arriba, eres lo más grande que tengo en la vida, cariño. Este amor que siento es tan grande que me escuece en el alma, me arde en el pecho y lloro por ti todas las noches. Ayer cuando besaste a Paco, tuve que reprimir el impulso de ir hacia ti y decirte toda la verdad. Sé que lo haré, me incitas a que lo haga y algún día llegará el momento.

Pero recuérdalo, rubia mía: Te amo como jamás he amado a nadie, por eso nunca ha funcionado ninguna relación con mis novias,  porque ninguna se parecía a ti, nadie era tan especial como tú.

Te querré por y para siempre, aunque sé que jamás leerás estas palabras, algún día me armaré de valor y te diré la verdad y ese día será cuando sepa que ningún hombre te volverá a tocar, solo yo, cuando nos reencontremos allá arriba.

Te ama.

Sergio.

                     —Esto es increíble. Corina, tienes razón… —David miró a su mujer con los ojos chispeantes, una vez más había dado en el clavo.

—Por todo esto creo que hizo los atentados para proteger a su hermana, porque creía que podía perderla y posteriormente la mató. He llegado a la conclusión de que él estaba en la tienda o entró por la puerta trasera cuando Lidia y Paco se estaban reconciliando, no lo pudo soportar y cuando éste se fue, salió y le contó toda la verdad. Lo qué pasó no lo sabemos, ni lo sabremos jamás a no ser que él nos lo cuente, pero creo que está muy claro. La mató porque prefería que estuviera muerta antes de seguir viéndola con su marido, ni con ningún otro hombre.

—No tengo palabras… —Fernando estaba atónito.

—Pero aquí no acaba la cosa. A mí me gusta hablar con pruebas y poder probarlo todo, así que anoche, cuando estuve en su casa cogí la copa que estaba bebiendo. La metí en el bolso cuando él se estaba despidiendo de Andrea, sin que se diera cuenta, obviamente. Por si las huellas de la carta no eran suficientes, tener otras huellas con las que poder trabajar.

—Eres increíble. —Le dijo David con admiración.

—Creo que estaría bien, que compararais esas huellas con las encontradas en el anónimo que le dejaron a Andrea debajo de la puerta. Por lo que sé se encontraron unas huellas pero no podíais probarlas con las de nadie. Pues ahí tenéis las de Sergio. Espero que todo esto os haya servido de algo.

—Claro, que sí. Ahora mismo vamos a ir en su busca. ¿Tienes la llave que cerraba la habitación de Lidia?

—Por supuesto, aquí tenéis. No iba a ser tan tonta de dejarla allí.

—Es perfecto. Gracias. —Le dijo Fernando mientras le sonreía levemente.

—¿Gracias? ¿Por qué? —Preguntó ella sonriendo.

—Por todo esto y por traerte a Andrea anoche de casa de ese desequilibrado mental, si se hubiese quedado allí, quien sabe lo que le hubiese hecho. No habléis aún con Andrea, yo hablaré con ella cuando tengamos a Sergio en comisaría. ¿Está bien?

—Entendido. —Dijeron todos a la vez.

—Parker, nos vamos ahora mismo a casa de ese chico.

—Yo me voy a casa, he dejado a los niños con mi madre, tiene que estar hartita ya. —La chica recogió todo y salió por la puerta. Antonia se quedó recogiendo pruebas, tenía que mandar todo a laboratorio para compararlas.

**Eran más de las doce y África seguía durmiendo. ¿Sería normal aquello estando embarazada? ¿Sería malo para el bebé? José no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Se sentó a su lado, mirándola, solo con eso era feliz. La chica se revolvió un poco y se desperezó.

—Buenos días dormilona. —José se acercó y le dio un suave beso en los labios.

—Hola, amor.

—No sabía si sería normal que durmieras tanto.

—Cariño, ayer nos acostamos que eran más de las cuatro de la mañana, tenía sueño. —África se incorporó en la cama y le acarició la cara.

—Es verdad, no había pensado en eso, yo es que no podía dormir pensando en lo que me tiene que contar mi padre.

—¿Estás nervioso?

—Mucho.

—No te preocupes, ya mismo lo sabrás. Tengo que llamar a mi padre, anoche le mandé un mensaje diciéndole que estaba contigo, que estábamos bien y dormiríamos aquí en tu casa.

—¿A Fran no le importa que estemos juntos? Ya no por el parentesco, si no por lo que ha habido siempre entre tu madre y la mía.

—Eso a él le da igual. Una vez me dijo que no podía juzgarte porque no te conocía.

—Y es la verdad.

—¿Viene tu padre aquí? —Todo aquello era un lio de padres, pero para ella, su padre era Fran.

—Sí, en un cuarto de hora he quedado con él. Así que, señorita, vístete que está muy guapa hoy.

—Gracias, eso levanta el ánimo a cualquiera. —La chica se levantó y se tuvo que volver a sentar. Le había dado un leve mareo.

—¿Estás bien? —El chico se fue corriendo a su lado y la abrazó.

—Sí, tranquilo, solo ha sido un pequeño mareo, no te preocupes, esto en mi estado es completamente normal.

—¿Te dijo el médico de cuantos meses estás?

—Solo de cuatro semanas.

—Vaya, solo nos quedan ocho meses para ser padres. —Dijo el chico sonriendo.

—Sí, ya mismo está este pequeño o pequeña con nosotros.

—¿Qué quieres que sea, niña o niño?

—A mí no me importa, ¿Y a ti?

—Yo quiero un niño pero también me encantaría una niña que sacara tus ojos. —El chico la agarró por el cuello y volvió a besarla. Esta vez un beso suave y apasionado a la vez. El timbre los sacó de aquel momento tan especial. José le sonrió y fue a abrir. Ella entró al baño un momento.

—Hola, pasa. —José no sabía cómo actuar con Gonzalo.

—Buenos días, José. ¿Está África contigo?

—Sí, ahora mismo sale. Anoche por suerte la pude encontrar antes de que hiciera una locura.

—Vuestro hijo está a salvo, ¿verdad?

—Sí, totalmente a salvo. —Gonzalo se sentó en una de las butacas y José fue a por una cerveza, sabía que eso era lo que le gustaba cuando iba de visita.

—Hola, Gonzalo. —Le saludó África cuando salió del baño.

—¿Qué tal? —Se levantó y le dio dos besos. La chica se sentó, un poco incómoda.

—Bueno, ya estamos todos. ¿Me vas a contar ahora que es lo que realmente ha pasado?

—Anoche cuando me dijiste que África estaba embarazada y que se iba lejos para dar por finalizado su embarazo no podía creérmelo. Decidí que tenías que saber la verdad. Ya llevaba algún tiempo pensando que hacer, si decírtelo o no. De todas formas tu madre está incapacitada y si yo me iba al extranjero, sería algo que se quedaría en el olvido, pero también ha pasado algo últimamente, que podía hacer que todo esto saliese a la luz. El detonante ha sido que no voy a permitir que estéis separados pensando que sois hermanos, cuando no lo sois. África si es mi hija, Rocío se quedó en estado sin quererlo y le dijo a Fran, que ya era su marido, que la niña era suya y no hubo sospechas que valiesen. Pero José, lo tuyo es diferente. Cristina no podía tener hijos, le hicimos muchísimas pruebas y el problema estaba en ella. Vivíamos en el extranjero, nos íbamos a venir al pueblo y decidimos que teníamos que venir con un niño ya en brazos, para que la gente creyera que lo habíamos tenido el tiempo que estuvimos fuera. Entonces hice una llamada de teléfono a una amiga mía que era partera y trabajaba en uno de los hospitales más reconocidos de Córdoba. Le dije que necesitaba un bebé. Al principio se mostró algo reacia, ella no se dedicaba al tráfico de bebés, pero entonces me enteré de algo. En aquel hospital había una mujer que me debía un gran favor. Un favor que de no devolvérmelo, podía cambiar su vida. Por aquel entonces, yo tenía muchísimo dinero, las empresas que tenía en el extranjero iban viento en popa y llevaba mucho tiempo pagándole la medicación para una grave enfermedad a una mujer. Su hija me lo había pedido, ella y yo nos conocíamos de toda la vida, también vivía aquí en el pueblo y cuando su madre enfermó y se enteró del precio de las medicinas  y que no las cubría la seguridad social, vino en mi busca. Al principio, yo no quería dejarle el dinero todos los meses, puesto que no veía por qué tenía que hacerlo, ellas no tenían ningún tipo de parentesco conmigo, solo las conocía porque eran vecinas de aquí del pueblo, pero aquella mujer me dio lástima. Tenía una niña pequeña, con dos años a la que sacar adelante y un marido borracho, así que decidí pagarle aquellas medicinas aun sabiendo que jamás iba a volver a recuperar aquel dinero. Ella era la misma mujer que estaba ingresada en aquel hospital, embarazada de mellizos. Fui a verla y le dije que había llegado el momento de que me devolviera el favor. Su madre seguía con vida y yo seguiría pagándole los medicamentos el tiempo que le quedara. Tuvo que escoger entre la vida de uno de sus hijos y la de su madre. Y con todo el dolor de su corazón accedió. Cuando los bebés nacieron, mi amiga la partera, le quitó uno de ellos y yo te recogí en la puerta trasera de aquel hospital. Su marido jamás llegó a enterarse ni tan siquiera que traía dos bebés, para él solo existía el que llegó a su casa. Me consta que esa mujer ha vivido desde aquel día con el corazón hecho mil pedazos y ahora está más cerca de ti que nunca.

—¿Quién es? —Preguntó el chico con los ojos llenos de lágrimas, después de haber escuchado aquella trágica historia.

—Es Marga, la mujer con la que estabas hablando el otro día en la iglesia, por eso me impactó tanto veros juntos.

—¿Marga? Ella es la madre de… —África hizo números mentalmente, pensó en la novia de su primo Raúl—. Blanca y tú sois mellizos.

—¿Blanca es mi hermana? —José se levantó del sofá y se echó las manos a la cabeza- ¡Solo conozco a esa chica de vista!

—Ahora vas a tener todo el tiempo del mundo para retomar el contacto con ellas. Además, tienes una hermana mayor, se llama Nazaret y una sobrina.

—Dios mío… —El chico miró por la ventana y suspiró.

—Solo te pido que no juzgues a Marga, prácticamente la obligué a que me diera a su hijo, ella no quería, pero tenía que salvar la vida de su madre, que murió hace tan solo dos años.

—No me lo puedo creer… —África aún no podía creerlo, ¿Cómo podía ser posible todo aquello?

—En tres horas sale mi avión, me voy lejos, yo me encargaré de llamarte. Y por favor, ve a buscar a tu madre biológica, a tus hermanas, tu sobrina… y sé feliz con ellas. Yo hoy salgo de tu vida y Cristina está totalmente incapacitada, posiblemente para siempre.

—Lo haré. —Se limitó a decir el chico. Gonzalo se acercó a él y lo abrazó. Luego hizo lo mismo con África y finalmente, acarició suavemente su barriga-. Cuando nazcas, tus papás me llamarán y seguramente vendré a verte. Eres mi nieto, pequeño.

**David y Fernando dejaron el coche patrulla un poco lejos de la casa de Sergio, si éste lo veía quizás sospechara algo y huyera. Cuando llegaron a la altura de la casa, lo vieron en el jardín, regando unas flores.

—Buenos días, Sergio. —Le dijo David.

—¿Le ha pasado algo a Andrea? —Preguntó a Fernando.

—No, no te preocupes, ella está bien. —Estaban esperando la llamada de Antonia, para que les dijeran si las huellas coincidían. Todo estaba activo y en menos que canta un gallo lo sabrían, mientras tanto tendrían que entretenerle.

—¿A qué habéis venido? —Preguntó el chico receloso.

—Solo queríamos saber cómo estabas.

—¿Se sabe algo de la muerte de mi hermana? —Soltó la regadera y se secó el leve sudor de la frente.

—Estamos investigando en ello. ¿Tú tienes una ligera idea de quién pudo matarla?

—Siempre he creído que era Paco, por sus celos. Él no podía verla con otro chico. —En ese momento recordaron la teoría de Corina, eso mismo era lo que le pasaba a él.

—Una pena que no tengamos pruebas en su contra. —En ese momento sonó el teléfono de Fernando, lo cogió y ni siquiera habló, escuchó lo que Antonia tenía que decirle y colgó.

—Sí, es una pena. De tener esas pruebas, ya podría estar en la cárcel.             —Dijo el chico cruzándose de brazos.

—En realidad, tenemos pruebas. No de la muerte de tu hermana, pero sí de los atentados contra Corina y Andrea, estamos completamente seguros que los dos están relacionados.

—No opongas resistencia… —David se echó sobre él y le esposó las manos.

—¿Qué hacen? –Vociferó.

—Hemos encontrado tus huellas en el anónimo que se encontró en la casa de Andrea, el día que le pusiste el cepo.

—¡No sé de qué me hablas!

—Seguro que sí, y nos lo vas a contar en comisaría dentro de unos minutos. —Los policías caminaron con el chico esposado y lo metieron en el coche. Las huellas coincidían, al menos, él había puesto el cepo en casa de Andrea.

**José llamó tímidamente a casa de Marga. Miró a su izquierda y pudo ver el solar dónde estaba la casa de África, totalmente carbonizado, aquella casa había dejado de existir para siempre.

—Hola, José. ¿Cómo tú por aquí? —A la mujer se le iluminó los ojos al verle. El chico no pudo reprimir el impulso y la abrazó. Ella se lo devolvió y una lágrima comenzó a rodar por su mejilla.

—Sé que eres mi madre… —Le dijo el chico al oído.

—Oh, dios mío… ¿Quién…?

—Gonzalo se va al extranjero y me ha contado toda la verdad.

—Ven, pasa. —La mujer volvió a abrazarlo, no podía creer que estuviese abrazando a su hijo después de veinticuatro años.

—Marga… —El chico comenzó a hablar mientras se sentaba en el sofá.

—Yo no quería hacerlo, tu padre me obligó. Si no le daba a uno de mis hijos, mi madre moriría sin medicación. Estaba entre la espada y la pared. Estaba embarazada, dolorida y con muchas lagunas mentales. No podía pensar con claridad y terminé accediendo a su chantaje. Solo le pedí a la enfermera que no quería verte cuando nacieras, y así fue. Fuiste el primero en nacer, el pequeño de mis mellizos, Blanca nació la última y fue la mayor.  Al menos eso me dijo el médico, quién me informó que era una antigua teoría.

—¿Cómo pudo mi madre acceder a algo así?

—Ella no podía tener hijos y estaba totalmente desesperada por tener uno en brazos. Yo te vi crecer, seguía todos tus pasos, hasta que te mandaron a ese internado a Londres. Dejé de verte durante diez largos años. Jamás me olvidé de ti, pero nunca pude querer a Blanca, ella me recordaba tanto a ti, os parecéis tanto… Cuando volviste y te vi, no podía creerlo, ya eras todo un hombre, mi amor… Y yo no podía ni siquiera acercarme a ti, mi pasado había vuelto y yo no tenía fuerzas para afrontarlo. Cogí una gran depresión, no podía ni siquiera salir de esta casa. Me refugié en el alcohol, hasta que un día decidí que al menos me acercaría a ti. Salí y hablé contigo en el parque y desde ese día, comencé a ver a Blanca con otros ojos, ya no sentía por ella el rechazo que siempre había sentido.

—¿Y mi padre?

—Él nos abandonó hace muchísimos años. Me dejó sola con mis hijas y yo tuve que sacarlas adelante y con el cargo de conciencia diario, pensando en ti.

—Vaya…

—Tienes otra hermana mayor y se llama Nazaret. Se casó no hace mucho con Cristóbal y viven en Écija, con su hija Carla.

—Tengo una sobrina y todo…

—Sí, y dentro seis meses tendrás otro. Blanca está embarazada.

—¿Blanca está embarazada? —Preguntó el chico asombrado.

—Vaya, África también lo está. Yo también voy a ser padre dentro de ocho meses.

—¡Oh, dios mío! Enhorabuena, voy a ser doblemente abuela en menos de un año.

—Sí…

—No puedo creer que te tenga aquí, sabiendo que soy tu madre y que no me rechaces. —La mujer se abrazó a José durante un buen rato.

—No podría hacerlo, sé que te obligaron prácticamente a deshacerte de uno de tus hijos. —El chico comenzó a tocarle el pelo. Ahora sabía a quién le recordó tanto aquel día en la iglesia cuando la miró de perfil. A él mismo.

—Blanca y Nazaret no saben nada, no sé cómo se lo tomarán.

—No te preocupes, lo entenderán.

—Ese siempre ha sido mi miedo, que me rechazaran, por eso jamás les he podido contar nada, ellas jamás han entendido porqué yo siempre he sido tan arisca, sobre todo con Blanca. No sabes cómo me arrepiento de todo… —La mujer comenzó a llorar, con la cabeza echada sobre el pecho de su hijo.

—Bueno, eso es agua pasada. Ahora tienes a todos tus hijos juntos y vas a ser abuela nuevamente, ¿qué más se puede pedir en la vida? —En ese momento se escuchó la puerta de la casa. Era Blanca.

—¡Mamá! —Gritó la chica. Traía a Carmen en el carrito.

—¡Hola, preciosa! —Marga se levantó y saludó a la pequeña, que cómo siempre le soltó una de sus mejores sonrisas.

—Hola. —Saludó Blanca a José, sin saber muy bien qué hacía aquel chico allí.

—¿Conoces a José? —Le preguntó Marga mientras cogía a Carmen en brazos.

—De vista, ¿has llegado hace poco al pueblo, ¿verdad?

—Sí, hace dos meses.

—Blanca, tenemos que hablar. —Su madre se sentó en una de las sillas del patio y los dos se dirigieron a dónde estaba ella.

—¿Qué pasa, mamá?

—Cariño, han pasado muchas cosas… —Comenzó a decir la mujer.

—Sé clara, no te andes por las ramas.

—Lo seré hija, lo seré.

**Al llegar a comisaría, Corina seguía allí. Estaba sentada al lado de Antonia, mirando el ordenador.

—¡Tú has sido quién me has metido en todo esto! Ayer robaste algo de mi casa, para que tuvieran mis huellas, ¿verdad? —Le preguntó el chico amenazante, ella no dijo nada.

—Cállate, Sergio, si no quieres que te vaya mucho peor. —Le aconsejó David. Entraron en la habitación de interrogatorios y se sentaron.

—Somos todo oídos, ahora queremos que nos cuentes por qué hiciste todo esto.

—¡Yo no he hecho nada! —Gritó el chico.

—Sergio…

—Está bien, confesaré, pero quitadme las esposas, me están haciendo daño. —David miró a Fernando y éste le hizo un gesto para que se las quitara.

—Fui yo, yo incendié la casa de Corina, quería que murieran todos, pero cómo no estaban y pararon el incendio a tiempo para que se quedaran sin casa, decidí darle un ultimátum a Andrea. Le puse un cepo en la puerta. Llamé, eché aquel anónimo debajo de la puerta y me marché, luego escuché su grito de dolor cuando me estaba montando en el coche. Seguidamente me marché a trabajar, nadie sospecharía nada de mí.

—¿Por qué hiciste todo aquello?

—¿Por qué metían ellas las narices dónde nadie las llamaban?

—Eso no es excusa.

—Sí lo es, si ellas seguían quizás privaríais a mi hermana de su libertad y yo no podía soportar eso. ¡Quería que todo se quedara como estaba!

—¿Por qué tanto empeño?

—Yo lo vi todo el día que Milagrosa desapareció. Sé qué fue lo que ocurrió. También maté a Lidia posteriormente.

—¿Mataste a Lidia? —A Fernando le costaba creer que una persona dijese algo así como si no fuese nada malo.

—Sí, yo la quería.

—Entonces no entendemos porque la mataste.

—Se me fue la mano, yo no quería… —El chico comenzó a ponerse triste. David pensó que su mujer había dado en el clavo en todo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Cuando la vi besándose con Paco en la tienda de antigüedades… No sé, se me removió algo dentro. No podía soportarlo, no podía verla con otro hombre.

—¿Estabas enamorado de tu hermana? —Fernando se retrepó en el asiento esperando su respuesta.

—Sí. Yo he escuchado que hay miles de personas que se enamoran de sus madres, de sus padres… A mí me pasó con mi hermana y la quería solamente para mí. Aquel día le conté todo lo que quería decirle y ella se llevó las manos a la cabeza y me dijo que no podía ser, que debía estar confundiéndolo todo. ¿Confundiéndolo todo cuarenta años de mi vida? Eso no podía ser…

—¿Qué ocurrió luego?

—Intenté besarla, la agarré fuertemente por la cabeza y la besé, cómo jamás había besado a nadie. Solo fue un beso, un simple beso que me hará soñar con ella todas las noches. Me pegó un guantazo y me dijo que no podía ser, que quería a Paco y que era mi hermana. En ese momento me enfadé muchísimo, cogí lo primero que pillé y le golpee la cabeza hasta matarla.

—Dios mío… ¿Y qué nos puedes decir de esto? —David le acercó las fotos de la habitación de Lidia.

—¿Cómo habéis conseguido esto? —Preguntó él extrañado.

—Eso no importa.

—Fue la zorra de tu mujer anoche en mi casa, ella me quitó la llave, ¿verdad?

—No insultes a nadie y contesta. —Fernando se puso de pie a su lado.

—Cuando Lidia murió me sentí muy mal y entonces decidí que no la perdería para siempre. Esta chica me ha hecho pasar momentos muy buenos…

—¡Es un maniquí, Sergio! —Expresó David.

—No, ella es Lidia. La veo todos los días y le hago el amor todas las noches. —Fernando se masajeó las sienes, aquello estaba pudiendo con él. Y pensar que Andrea había compartido varios meses de su vida con aquella persona.

—Está bien, te creemos. Ahora queremos que nos digas qué fue lo que pasó aquella noche en la que Milagrosa desapareció para siempre. —Sergio sonrió.

—¿De verdad creéis que os voy a contar eso?

—¿Por qué no?

—Después de que me hayáis desgraciado la vida, destapando toda la verdad, ahora que sabéis que soy un asesino y que he atentado con la vida de varias personas, ¿De verdad creéis que os voy a contar que pasó aquella noche? —Fernando cruzó los brazos y se quedó mirándolo fijamente a los ojos, luego sintió un golpe, cayó al suelo y vio que su arma reglamentaria había desaparecido.

—¡Estate quieto! —David apuntaba a Sergio con la pistola.

—No, no voy a estarlo…. —Fernando se levantó y se puso a la altura de David, sin decir ni una sola palabra.

—¿Por qué haces todo esto?

—No quiero ir a la cárcel, quiero irme con ella.

—No, Sergio…

—Y vosotros, os vais a quedar con la duda de qué ocurrió aquella noche, yo me voy con mi hermana. Quizás allá arriba esté permitido el incesto. —Un ruido ensordecedor se escuchó en toda la comisaría y momentos después los chicos salieron de allí, con la cara desencajada.

—¿Qué ha pasado? —Gritó Antonia desde su pequeño despacho. Corina sacó la cabeza y vio que su marido y Fernando estaban a salvo.

—Se ha suicidado, no hemos podido hacer nada.

—Oh, David… —Corina se echó en brazos de su marido y lo abrazó fuerte, sabía que estaba mal. Antonia abrazó a Fernando.

—Tenías razón en todo. Todo era cómo tú nos lo habías contado. —Le comentó Fernando mientras le sonreía.

—Dije que yo abrí esto y yo lo cerraría. —Dijo la chica orgullosa de sí misma.

—No hemos podido saber qué fue lo que le pasó a Milagrosa, él lo sabía, pero se mató sin decirnos nada.

—Hay que ir a hablar con Yolanda, la madre de Andrea. —Fernando quería ver a la chica lo antes posible y ver que se encontraba bien.

—Mañana iremos, yo voy a ir a ver a Andrea ahora mismo. Antonia, llaman para que se lleven el cadáver y limpien toda esa habitación.

—Está bien, ahora mismo.

—Parker, vete a casa. Tu mujer y tú habéis hecho un gran trabajo. Id a descansad, que os lo merecéis.

—Gracias, te tomo la palabra.

Todos se dirigieron al pueblo y Antonia se encargó de todo lo que había en la sala de interrogatorios. Sergio había preferido acabar con su vida para probar si allá arriba podría reencontrarse con Lidia, el gran amor de su vida. Parece extraño dicho de esta manera, pero hay personas que pueden llegar a adorar tanto a uno de sus seres queridos que se enamoran de ellos. Ese fue el caso de Sergio, siempre obsesionado por proteger a su hermana. Al final no supo controlar sus fuerzas y acabó con su vida, pero ahora estarían juntos, fuera dónde fuera.

**Cuando Fernando llegó a casa de Andrea, la chica estaba viendo un álbum de fotos de Víctor, por mucho que pasara el tiempo, le seguía doliendo en el alma.

—Hola. —Le dijo el chico a través de la verja del jardín.

—¡Fernando! –Expresó ella.

–¿Qué tal?

—Mucho mejor, pasa. —La chica se hizo a un lado y él se sentó a su lado.

—Tengo que hablar contigo de algo que ha pasado.

—No me asustes.

—Sergio se ha pegado un tiro. Él fue quien lo hizo todo. —El chico le explicó todo a Andrea, que no podía creerlo.

—¿Sergio fue quién me hizo esto? —Preguntó señalándose su piel aún con secuelas.

—Sí, además intentó incendiar la casa de Corina y mató a su hermana.

—Con lo de Lidia me has dejado impresionada. ¿Cómo iba a estar enamorado de ella? Claro, quizás fuera ella la chica de la que siempre hablaba como un amor imposible, por la que llevaba sufriendo toda su vida.

—Sí, sería ella. Menos mal que anoche no te pasó nada en su casa…               —Fernando se acercó a ella y acarició suavemente su mejilla—. No sé qué hubiese sido de mí. —La chica lo miró fijamente a los ojos, esos ojos que la volvían loca. Creía que jamás volvería a encontrar el amor después de lo que Santiago le hizo, pero estaba muy equivocada, lo tenía completamente delante.

—Fernando… —Andrea se acercó lentamente a él hasta que se besaron. Él acarició su cuello y luego su pelo.

—No puedo creérmelo… —Dijo el chico al fin—. Jamás pensé que tú sintieras lo mismo que yo por ti. Siempre creí que querías a Sergio.

—No, él siempre supo que estaba enamorada de ti, nunca le engañé. Tenía miedo de que no hubieses olvidado a Esther. —Corina le había contado a la chica lo que ocurrió con ella.

—Sabía que me iba a costar, pero ahora llegas tú, como un ángel…

—Soy tan feliz… —Le susurró la chica al oído. Y perdieron la noción del tiempo que habían estado abrazados.

**                 —Blanca di algo. —Marga estaba asustada, su hija llevaba sin hablar más de cinco minutos. José y ella se miraban esperando una reacción por su parte.

—¡Mamá! —La chica comenzó a llorar y se abrazó a Marga—. ¡Ahora sé porque siempre has sido así, porque siempre has sido una mujer gris! ¡Te obligaron a regalar a un hijo!

—Ya, ya… —La mujer comenzó a mecerla cómo cuando era un bebé.

—¿Tengo un hermano? No me lo puedo creer… —Dijo la chica mientras miraba a José.

—Nos parecemos mucho. —Dijo él.

—Sí. —Ella se levantó y se abrazó a su hermano—- Estuvimos nueve meses compartiendo habitación ahí dentro. —Dijo señalando la barriga de su madre.

—Quién lo diría. —Respondió el chico sonriente.

—Vas a ser tío. —Le dijo ella mientras se tocaba suavemente su barriga, que ya iba creciendo poco a poco.

—Y tú también, África está embarazada.

—¡No lo sabía! Enhorabuena.

—Igualmente.

—Verás cuando Raúl se entere de todo esto, no se lo va a creer…

—Yo aún no me creo que os tenga aquí a los dos juntos, sabiendo que sois mis hijos.

**Paco recibió una llamada, ahora vivía fuera, en Galicia. Se había mudado allí, porque una de sus hermanas tenía una casa en la que él podía vivir y había encontrado un trabajo en una fábrica. Le comunicaron que Sergio había muerto y que él era el asesino de Lidia. El hombre se llevó las manos a la cabeza, no podía creerlo, ¿cómo podía ser cierto? Le dio las gracias a la amable mujer que le atendió, pero él no quería saber nada del entierro de ese chico. Iría a una fosa común, ya que no tenía familiares que se hicieran cargo del cuerpo.

El hombre miró al cielo y sonrió, quizás ahora que ya sabía toda la verdad, pudiera comenzar una nueva vida. Quién sabe si algún día Milagrosa no se volvía a cruzar en su camino y serían felices de por vida. Cerró el móvil y volvió a su puesto de trabajo. Tenía que trabajar duro para poder seguir hacia adelante.

**Cuando los policías entraron en casa de Yolanda, ella les abrió la casa encantada, aunque un poco reacia. Ángel estaba sentado en su butaca, al lado del balcón.

—Tenemos constancia que usted sabe lo que le ocurrió a su hermana y queremos saberlo. Necesitamos cerrar este capítulo y para hacerlo sólo nos falta eso.

—Mirad, esto es lo único que os puedo enseñar. —La mujer se levantó y se fue pasillo arriba. A los pocos minutos volvió con una carta y varios diarios.

—¿Qué es?

—Al día siguiente de desaparecer Milagrosa, esta carta apareció debajo de mi puerta. Era de ella, me explicaba porque se iba y me suplicaba que jamás sacara a la luz nada, que era su decisión y quería marcharse, por eso yo siempre la he respetado. —David abrió el sobre y comenzó a leer.

“Os pido que no me busquéis más, he decidido irme sola y lejos, no quiero que nadie más vuelva a saber de mí. No te preguntes qué ha ocurrido porque ni yo misma me lo puedo explicar. Solo quiero desvincularme de aquí, irme lejos y que nadie en este pueblo vuelva a saber nada de mí.

Respeta mi decisión y olvidaros de mi persona. Allá donde me voy jamás me encontraréis. No voy a volver nunca, dejar las cosas como están.

Te quiere.

Milagrosa”

—¿Qué quiere decir esta carta? —Preguntó Fernando.

—Es su letra, mirad. —La mujer le enseñó diarios de su hermana, donde ella misma había comprobado que la letra ahí escrita y la de la carta fueran la misma.

—¿Está segura?

—Completamente.

—Entonces se marchó, quería desvincularse de aquí.

—Sí, así fue. Aunque por qué aún no lo sé. —Los chicos decidieron callarse los abusos que esta chica recibía de Rocío, no era necesario poner a pensar a Yolanda después de tantos años.

—Quizás algún día vuelva, eso no se sabe.

—Mejor no pensar, yo solo acato su decisión.

—Muchas gracias, hemos cerrado un capítulo. —Les dijo Fernando mientras se levantaban y se dirigían a la puerta.

—No hay de qué, para eso estamos. Además, sé que ahora somos familia… —Dijo la mujer en tono risueño.

—Sí, ahora somos familia. —Repitió el chico un tanto avergonzado y David sonrió, aquella situación le hizo gracia.

**Había pasado un mes de todo lo ocurrido. Habían decidido hacer una pequeña fiesta en Rota, en la nueva casa de la familia Parker García. Los invitados fueron muchos. Corina y David se fueron con los niños el día de antes, al día siguiente llegaron los padres de Corina y Antonio, el padre de David, además de África, José, Blanca, Raúl, Marga, Fran y finalmente, Andrea y Fernando.

—¡Ya estamos todos! —Exclamó David alzando su copa. Habían preparado una gran mesa en el jardín, junto a la piscina— ¡Brindemos por este momento! —Todos alzaron sus copas y bebieron.

—Quiero daros las gracias por todo, porque cada uno de nosotros ha puesto su granito de arena para que hoy en día podamos ser felices, después de los momentos tan terribles que pasamos hace tan solo unos meses. Pensé que jamás saldríamos de aquello, y en especial yo, que tuve que estar incluso internada en un centro psiquiátrico. —Dijo Corina después de dar un sorbo a su copa.

—Yo quiero hacer un brindis, si me lo permitís —José se levantó—. Quiero brindar por todos vosotros, por mi futuro hijo y por África, además de Blanca, Marga y mi futuro sobrino. Pero en especial quiero hacer este brindis por Cristina, porque siempre me crio como una madre y me duele en el alma verla allí, en aquel centro. Va por ella. —Todos volvieron a brindar.

—Ya que estamos, yo quiero brindar por mi tía, por Milagrosa —Andrea se puso en pie, ya no necesitaba muleta para hacerlo—. Quiero hacerlo porque por ella comenzó todo esto y ahora sabemos la verdad, sabemos que se fue y que en algún lugar de este mundo, estará sonriendo.

Pasaron los minutos, todo parecía ir a pedir de boca. La cena había sido exquisita y ahora algunos de los presentes se tomaban un baño en la gran piscina que presidía aquel maravilloso jardín.

—Oye, ¿no ves a tu madre muy pegada a mi padre? —Le preguntó África a José. Éste miró hacia dónde ella le dijo y estaban sentados en un banco, cerca de la piscina sonriendo mientras se tomaban algo.

—Déjalos, son jóvenes y quien sabe lo que pueda pasar con ellos.

—No, si a mí me parece estupendo. —Sonrió la chica.

—¿A ti que te parece, pequeño? —José se puso de rodillas a la altura de la barriga de África.

—¡José! —Expresó ella entre risas. El chico pegó la oreja.

—Dice que le parece bien, que todo estupendo.

Después de unos meses catastróficos, todo volvía a la normalidad. Muchas personas se habían quedado en el camino, como Lidia, Rocío y Sergio. Cristina seguía internada en aquel centro psiquiátrico, creyendo ser Milagrosa y no había esperanzas de que saliera de allí en mucho tiempo. África y José estaban más felices que nunca, esperando su primer bebé, e intentando olvidar lo mal que lo habían pasado pensando que llevaban la misma sangre. Andrea y Fernando no se creían la relación que habían nacido entre ellos y la chica quería tener un hijo pronto, lo necesitaba para poder borrar un poco de su mente lo que le ocurrió a Víctor, al que jamás olvidaría. Blanca y Raúl pronto serían padres también, era una dulce espera, ya que habían pasado los primeros meses de embarazo que si por poco no acaban con la chica. Corina y David seguían tan felices como siempre con Luis y Carmen, sabían que de vez en cuando, esas cosas tenían que pasar, ese tipo de historias que hacían que estuvieran un tiempo un tanto distanciados, pero también sabían que se querían y que nada podría separarlos, jamás.

**                 —Cristina, ¿Dónde me llevas? —Preguntó Milagrosa.

                     —Rocío quiere verte.

                     —Se está haciendo tarde, y he quedado, no puedo hacer esto. —Le explicó la chica mientras se adentraban campo adentro.

                     —Milagrosa, yo no quiero hacer esto, créeme.

                     —¿Por qué me obligas entonces?

                     —¡Yo no quiero, ella me obliga! Creo que solo quiere hablar contigo, no te preocupes.

                     —Cristina, nos estamos alejando mucho del pueblo.

                     —Vamos a ir a una casilla que hay abandonada, no está muy lejos. Por allí no pasa ni un alma. Nunca.

A los veinte minutos llegaron a aquella casilla. No tenía techo y solo había una silla y una mesa. Allí dentro estaba Rocío esperándolas.

                     —Hombre, por fin llegó la más sabionda de todo el pueblo. —Le dijo mientras se levantó. Sacó un cuchillo y la hizo que se sentara dónde antes estaba ella. En la mesa había un papel y un bolígrafo.

                     —¿Qué quieres de mí? —Le preguntó la chica atemorizada.

                     —Escribe lo que yo te diga, ¿entendido? —Milagrosa iba a decir algo, pero sintió cómo un frio cuchillo pasaba por su cuello.

                     —Rocío, suéltala. —Le pidió Cristina llorando.

                     —Cállate o tú serás la siguiente. No quiero a esta tía en mi vida, me repugna. —Dijo mientras le tiraba del pelo. La chica solo lloraba, mientras sostenía el bolígrafo en su mano.

                     —Escribe. —Rocío le redactó lo que tenía que poner.

                     —Hay alguien ahí fuera. —Dijo Cristina.

                     —¿Quién?

                     —No sé, era un niño.

                     —Sal y dile que se vaya. —Milagrosa no paraba de escribir mientras Rocío seguía redactándole las palabras. La chica hizo lo que le ordenó pero cuando salió no había nadie.

                     —Muy bien, ahora vas a saldar todas las deudas que tienes que conmigo, lo chula que te has puesto en varias ocasiones…

                     —¿Qué me vas a hacer? —Preguntó la chica temblorosa.

                     —¿Qué prefieres sufrir o no sufrir? Te doy la opción, fíjate lo buena que soy.

                     —¡Déjala, Rocío! Esto se te está yendo de las manos. —Gritó Cristina llorando en una esquina.

                     —¡Que te calles y vigiles que no venga nadie!

                     —Rocío, por favor…—-Milagrosa cayó a sus pies atemorizada y la chica sacó unas tijeras de su bolsillo. Comenzó a cortarle todo el pelo y a echarlo en una bolsa, hasta que la chica quedó prácticamente calva.

                     —Por favor… —Cristina seguía llorando.

                     —Ahora voy a acabar contigo para siempre, chinche. —Se abalanzó sobre ella y le clavó el cuchillo en el pecho. Cuando lo hizo se asustó, cogió la carta y salió corriendo de aquella casilla. Cristina se puso al lado de Milagrosa y la cogió por el cuello.

                     —¡No te mueras! —Gritaba la chica.

                     —Este es el final. Sepárate de mí, no quiero sufrir más. —Le dijo la chica sin aliento.

                     —¿Qué vas a hacer? —Le preguntó Cristina.

                     —Quiero morir de una vez. No quiero causar más habladurías en el pueblo, mis padres no podrían soportarlo, mejor que se crean que me he ido, cuando Rocío les de esa carta que me ha obligado a escribir. —Milagrosa apenas podía hablar.

                     —Perdóname, Milagrosa, por haber sido una cobarde, por no haber sabido defenderte, todo ha sido culpa de ella…

                     —Lo sé, tú no eres así… Toma, guárdame esto, te lo encomiendo porque sé que eres buena y vas a alejarte de Rocío. —La chica se quitó a duras penas un colgante que lucía en su cuello y se lo dio a Cristina.

                     —¿Qué vas a hacer?

                     —No quiero sufrir más. —La chica sacó de su bolsillo un mechero y prendió fuego a su vestido, pronto comenzó a arder.

                     —¡Milagrosa! —Gritó Cristina, pero la chica ya estaba ardiendo—. ¿Por qué haces eso? No… —Cristina se quedó durante un rato mirando cómo el cuerpo de su amiga Milagrosa desaparecía entre las llamas. No podía creer que la maldad de Rocío hubiera llegado tan lejos, y ella había sido su cómplice. Aunque no quería hacerlo, aunque lo hizo obligada, había sido su cómplice.

Se puso el colgante que su amiga le regaló y con lágrimas en los ojos le prometió que algún día Rocío pagaría lo que había hecho. Cerró la puerta de aquel caserón abandonado y tardó media hora en llegar al pueblo, poco después se disparaban las alertas, Milagrosa había desaparecido.

Pronto el asunto se olvidó, seguramente, su hermana recibiría aquella carta que Rocío obligó a escribir a Milagrosa. Todos creyeron que quiso irse, que quería comenzar una nueva vida, pero en realidad el lugar a dónde iba era demasiado lejos, más allá de la vida.

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