BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPÍTULO 9.

**Al llegar a casa, Corina abrazó a sus niños durante horas. No quería volver a separarse de ellos en la vida. Había vuelto y esta vez sería para quedarse averiguar toda la verdad. A las diez los acostó, llevaban todo el día jugando con su tía Blanca y estaban agotados. No quería ni imaginarse cómo estaría ella.

-Pobre Blanca, con el embarazo tan malo que está llevando y ha tenido que estar todo el día con estos demonios. —Le dijo la chica a David en voz baja mientras cerraba la puerta de la habitación de los niños.

—Se tiene que dar cuenta de lo que va a tener en casa cuando tengan al pequeño.

—Menos mal que solo era un embarazo. Marga y mi madre estaban muy asustadas por el estado de salud que tenía.

—Yo estoy contentísimo de que vuelvas a estar en casa. —El chico la agarró por la cintura cuando fue a entrar a la cocina.

—¡David, tengo hambre! Vamos a cenar.

—Está bien, señorita. —Dijo él mientras se sentaba en la mesa—. Quiero que me cuente la historia que está tramando en su cabecita. No me fio de usted ni un pelo.

—Me queda una pieza por encajar, por qué a una pregunta que me ronda la cabeza y que no me deja dormir por las noches. Pronto lo sabré y entonces tendré una reunión con todos vosotros en comisaría y lo expondré todo. Os vais a quedar con la boca abierta.

—Podrías adelantarme de quién crees que se trata.

—No puedo, David.

—Solo te pido que te andes con cuidado, por nada en el mundo quiero que te pase algo o que vuelvas a caer en ese estado que entraste cuando te tuvimos que llevar al centro.

—No, eso es agua pasada. La muerte de Lidia fue un shock para mí. Tenía un sentido de culpabilidad tan grande que no podía vivir. Me refugié en mi misma, y os abandoné… —Dijo la chica en voz bajita, dolida.

—No, no nos abandonaste, tú no querías. No te maltrates más con ese tema. Lo importante es que ahora estás aquí con nosotros, tan recuperada y tan guapa como siempre.

—¿De verdad la muerte de mi tía no fue intencionada?

—Te lo prometo, yo no tengo porque inventarme algo así. Se estaba fumando un cigarro y se quedó dormida. Luego todo ardió. Fin de la historia.

—Está bien, es que necesitaba saberlo con seguridad para seguir investigando.

—Mi investigadora favorita. —El chico se acercó a ella y le besó tiernamente los labios.

—Cabezona. —Dijo ella.

—Cabezona, pero mi investigadora favorita.

**Al día siguiente, José fue a ver a su madre. Gonzalo cada vez iba a verla menos y le daba un poco de pena. Pidió ver al doctor que llevaba su caso. Don Rafael de Iturbide.

—¿Cómo sigue mi madre? —Le preguntó el chico mientras tomaba asiento en una de las butacas de su amplia consulta. Todo estaba cuidadosamente escogido y era de un gusto increíble.

—Tuvo unos días que pude ver en ella un gran adelanto. De hecho, creí que pronto volvería a ser ella, pero de nuevo ha vuelto a recaer y esta vez no creo que tenga salida. —El chico se masajeó la frente, ¿podía irle peor las cosas?

—¿Qué me está queriendo decir?

—José, su madre cree que es otra persona. Esto es algo muy normal en este tipo de enfermedades. Lleva unos días que no ha tenido ni un momento de lucidez y eso me preocupa.

—¿Cree que se quedará así para toda la vida?

—No puedo decirle nada, en estos casos nunca se sabe, pero por ahora, le puedo asegurar que Cristina está en su mundo.

—¿Ella está sufriendo?

—No, le puedo asegurar que es completamente feliz. Cree que es Milagrosa, una amiga suya de la infancia y la adolescencia y se nota que la quería y la apreciaba mucho. Le hubiera encantado ser cómo ella, por eso está en el estado en el que está, creyendo totalmente que se trata de la misma persona.

—Bueno, si ella no está sufriendo…

—No, no lo hace, puedes estar tranquilo.

—¿Qué cree que es mejor para ella?

—Es mejor que se quede aquí. Estará en manos de los mejores profesionales, además ya tiene a amigas aquí y es muy feliz. En su casa no podrá darle el trato de profesionales que recibe aquí.

—Sí, la dejaré aquí. Vendré a verla todo lo seguido que pueda. —Dijo el chico con pena. Era su madre y le dolía—. ¿Puedo verla?

—Ahora mismo están en un taller y no le recomiendo que la moleste.

—Está bien, vendré dentro de unos días.

El chico se levantó y le dio la mano al médico. Era un gran profesional y se sentía orgulloso de que su madre estuviera en sus manos. Al salir de la consulta, recibió una llamada. Era Fran. ¿Por qué lo llamaba Fran? Algo le había pasado a África, estaba completamente seguro de ello.

**Estaba cayendo la noche, hacía un fresco agradable y Corina decidió salir al jardín a repasar toda la información que había recaudado el tiempo que había estado en el centro con Cristina. Aquella mujer quería a Milagrosa, estaba segura de ello, pero también sabía que, estuviera donde estuviera, una de las últimas personas que la vio antes de desaparecer fue ella. Le contó muchas cosas, datos que, de no haber estado allí, sería imposible que le hubiera dado y estaba segura que no se los había inventado. Al principio creyó que sí, pero luego pensó mejor las cosas y se dio cuenta de que todo era verdad y fue entonces cuando comenzó a atar cabos.

Una llamada de teléfono la sobresaltó. Miró la pantalla, era Andrea. Sabía que le habían dado el alta, pero se le había olvidado por completo.

—¡Andrea, lo siento! Quería ir a verte, pero con todo lo que ha ocurrido se me ha olvidado por completo. —Se excusó la chica.

—No te preocupes, yo también podría haber ido a verte a ti. A las dos nos dieron el alta el mismo día. —Andrea comenzó a reírse.

—Es cierto.

—Oye Corina, ¿podrías hacerme un favor?

—Si está en mis manos, por supuesto que sí.

—He quedado para cenar con Sergio en unos minutos, me va a llevar mi padre, pero luego se tienen que ir a Córdoba, esta noche voy a dormir sola en casa.

—Si quieres te puedes venir a la mía. No es problema ninguno.

—No, gracias, yo estoy  bien, puedo valerme por mí misma. Además, tengo muchas ganas de estar en mi casa.

—¿Entonces cuál es el favor?

—Verás, no tengo cómo volverme. ¿Te importaría recogerme?

—No, claro que no. ¿A qué hora me llego a por ti?

—Sobre las doce estaría bien.

—Allí estaré.

—¡Gracias, Corina! Me haces un gran favor.

**Cuando José entró por la puerta del nuevo apartamento que habían alquilado en Fuente Palmera Fran y África, se lo iban a llevar los demonios de los nervios que tenía en el cuerpo.

—¿Qué ha pasado, Fran? ¡Cuéntamelo, por Dios! —El chico había recibido una llamada de él, diciéndole que África se había marchado y que había dejado una carta.

—Se ha ido. No puedo creerlo. —Fran estaba sentado en una silla, mirando por la ventana, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Dónde se ha ido? ¡Explícate! —Le gritó el chico fuera de sí.

—Toma, lee la carta, lo entenderás todo.

“Papá, esta carta es para ti y para José. No puedo seguir aquí después de la noticia que acabo de recibir. Siempre pensé que cuando llegara este momento sería el mejor de mi vida, pero sin embargo no ha sido así. Esta mañana me lo han confirmado: Estoy embarazada. Voy a tener un hijo de José. Un hijo de alguien de mi propia sangre. Cómo comprenderéis, no puedo permitirlo. Antes de que llegue a más, prefiero acabar con todo esto.

No pretendo que os volváis locos pensando a dónde me habré ido. Me voy al extranjero, a acabar con este embarazo. A mí me duele más que a nadie. ¡Es mi hijo! Lo llevo en mis entrañas y además es fruto del amor más bonito que una pareja ha podido vivir, pero no puedo seguir con esto. ¡No sería ético! ¿Cómo le explicaría a este bebé cuando creciera que sus padres son hermanos? No lo entendería…

Os dejo esta carta para que estéis tranquilos. Os pido encarecidamente que me dejéis llevar a cabo mi voluntad, como os he dicho a mí me duele más que a nadie, pero es realmente necesario.

No me busquéis, yo sola volveré cuando esté preparada.

Un beso.

África”

—Está embarazada… —José levantó la mirada, llena de lágrimas y dolor y miró a Fran.

—Sí, lo está y va a acabar con ese embarazo ahora mismo. Nos pide que no la detengamos.

—¡¿Cómo no la voy a detener?! Ese niño es mi hijo también.

—Lo sé, pero es verdad lo que ella dice, sois hermanos. —El hombre se llevó las manos a la cabeza. Jamás creyó que aquello podría pasarle.

—Se va al extranjero… Seguramente a Londres. Allí es el sitio más común dónde las mujeres se van a abortar.

—No lo sé.

—Ahora mismo haré una maleta y voy en su busca.

—¿Te vas a ir a un país extranjero sin ni siquiera saber si ella va a estar allí?

—Fran, por África hago lo que sea. ¿Todavía no habéis entendido que nos queremos? Ella lo es todo para mí y no me importa nada que sea mi hermana. ¡Me da igual!

El chico salió de allí y pegó un portazo. Seguramente cogería el avión en Sevilla. Siempre que había viajado, lo había cogido allí y no se complicaría la vida. Puso rumbo a su taller, tenía que irse inmediatamente si quería detenerla.

**Entró en aquella habitación y miró a todos sitios, triunfante. Le dolía mucho ver lo que sus ojos estaban viendo, pero no quedaba de otra. Acarició suavemente una de las fotos que había colgadas en la pared y sintió como ella le llamaba desde la cama.

            —Te estoy esperando, amor. —Se giró y pudo verla, tan guapa como siempre, los años apenas habían pasado por ella.

            —Te quiero. —Se tumbó en la cama a su lado y le acarició el pelo, la cara, luego fue bajando hacia el pecho y besó apasionadamente sus carnosos labios.

**José metía lo más necesario en una pequeña maleta, solo llevaría equipaje de mano. ¿Por qué había tomado aquella decisión África? En el fondo era normal, aquel niño tendría unos padres que serían hermanos, pero él no quería que se deshiciera de ese bebé. Era fruto del amor por el que habían luchado toda la vida. Y él al menos, seguiría luchando. No le cogía en la cabeza que aquella chica fuera su hermana. Entonces recordó las palabras de Marga: “Tranquilo, chico. Todo en la vida pasa. Algunas veces, las cosas más sencillas se nos antojan muy difíciles, pero no todo es lo que parece y tan solo es necesario un ángel que te abra camino. Muy pronto llegará” ¿Cuándo llegaría aquel ángel? Necesitaba ver ese camino, ese nuevo camino. Cerró la puerta y se dirigió al coche. En ese momento una voz le sobresaltó.

—¿Dónde vas a estas horas? —Le preguntó su padre que estaba sentado en la mesita que tenía en el jardín. Desde allí se podía ver perfectamente el taller de José

—Papá, tengo que irme. África está embarazada y se va al extranjero a abortar. Dice que no puede tener un hijo conmigo, soy su hermano. —Dijo el chico con pena. El hombre se levantó de la silla y se dirigió a su hijo. Le puso la mano en el hombro y respiró.

—Búscala hijo. Tenéis que tener a ese bebé.

—¿Cómo? —Preguntó el chico indeciso.

—Sé que tienes prisa, tienes que detenerla. Solo te diré que por vuestras venas no corre la misma sangre.

–¿Qué dices, papá? ¡No estoy para bromas! ¿Otra vez nos habéis engañado?

—No pretendo engañar a nadie. He decido marcharme al extranjero, es obvio que Cristina no se va a poner bien y ya nada me retiene aquí. Tú eres mayor de edad y tienes una vida entera por delante, al lado de ella. —El hombre le revoloteó el pelo a su hijo-

—Papá, ¡Por Dios! —Le rogó el chico con impaciencia—. ¿África no es tu hija, verdad? ¡Todo fue una falsa para separarnos! Y ahora la vida de nuestro hijo está en peligro…

—Sé que esto va a dolerte, pero África si es mi hija. El que no eres mi hijo eres tú. —El chico se quedó con la boca abierta.

—Papá… ¿Qué estás diciendo? —Le preguntó en apenas un susurro.

—Cristina y yo te adoptamos ilegalmente. Es una larga historia, ahora tienes que irte. Yo te esperaré aquí. Encuentra a África y mañana hablamos y te cuento todo, sin dejarme atrás ningún detalle.

José no dijo nada. La cuenca de sus ojos se llenaron de lágrimas, ¿Cómo era posible que ellos no fueran sus padres? Tenía una mezcla de sentimientos muy grande. Por un lado, se encontraba infinitamente triste por la noticia que le acababan de dar, pero por otro lado, era un alivio saber que entre él y África no corría la misma sangre. ¡No eran hermanos! Ahora podrían tener ese hijo y podrían ser felices de por vida. Se montó en su coche y pisó el acelerador a toda prisa. Tenía que encontrar a África al precio que fuera y estaba seguro de que lo conseguiría. Al fin el ángel que le abrió camino, había llegado. Y era Gonzalo, quién lo iba a decir.

**Corina había dejado a los niños con David. A él no le había hecho mucha gracia saber que tenía que coger el coche a aquellas horas de la noche, pero Andrea no tenía a nadie y no iba a decirle a Fernando que pasase a recogerla a casa de Sergio. La chica aparcó el coche justo frente a la casa de Sergio y puso escuchar las risas de los chicos al otro lado. Se bajó y llamó a la puerta.

—¡Hola, Corina! Pasa. —Le dijo el chico sonriente—. Estamos tomándonos unas copas, ¿Quieres una?

—No, gracias. Tengo que conducir.

—Un refresco, Corina. —Le suplicó Andrea. Se notaba que llevaba ya unos cuantos cubatas encima.

—Vale, ponme un refresco. —La chica se sentó y miró a su alrededor. Había muchas fotos de Lidia por las paredes y decorándolo todo. Sergio le puso un vaso con hielo y refresco.

—Es una pena que tengas que conducir.

—La verdad es que sí, pero no puedo irme tarde, tengo a mis niños en casa.

—Estarán con su padre, ¿no?

—Sí, claro, pero de todos modos, yo quiero estar allí también. —Le dio un sorbo y miró a Andrea—. ¿Puedo ir al baño?

—Claro, pero tendrás que ir al de arriba, el de la parte baja lo tengo averiado, ¿No te importa verdad?

—En absoluto.

—Sube las escaleras y es la segunda puerta a la derecha.

—Está bien, gracias.

La chica subió las escaleras y encendió la luz del pasillo. Escuchaba las risas de Andrea y Sergio en la planta baja. Buscó la puerta que le había indicado y entonces algo llamó su atención. En la puerta de al lado había un gran letrero que ponía: Habitación de Lidia. Le picó la curiosidad e hizo el ademán de entrar, pero la puerta estaba echada con llave. Indignada por no poder verla, se dirigió de nuevo al baño, pero entonces sintió algo bajo sus pies. Había pisado algo. Levantó el pie. Una pequeña llave relucía en el suelo. ¿Sería posible que aquella llave abriera la puerta? La cogió y la introdujo en la cerradura. Se escuchó un clic y seguidamente la puerta se abrió. Encendió la luz y pudo ver que se escondía detrás de aquella puerta. Sus ojos lo escrutaron todo, las paredes y algo espeluznante. Sacó el móvil y echó varias fotos. Luego se acercó al escritorio y pudo ver un tomo de cartas. Comenzó a leer la primera y sus ojos brillaron. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Por fin había conseguido averiguar el nexo de todo, o al menos, eso creía. Cogió una y se la metió en el bolsillo. Dejándolo todo cómo estaba cuando llegó. Apagó la luz y cerró la puerta de nuevo con mucho cuidado. Se echó la llave al bolsillo y bajó al salón.

—Andrea, tengo que irme, acaba de llamarme David, cree que Carmen tiene fiebre.

—Oh, es una pena, pero no podemos hacer otra cosa. —Dijo la chica mientras cogía la muleta y se levantaba.

—Ha sido un placer. —Les dijo Sergio sonriendo.

—¡Nos veremos pronto! —Andrea se despidió del coche cuando ya estaba dentro.

—Adiós, Sergio. —Susurró Corina.

**El viaje se le había hecho muy largo. Se desvió hacia el aeropuerto y aparcó. Miró el reloj, casi las dos de la mañana. Entró y miró a su alrededor. No vio a la chica por ningún lado. Se dedicó unos minutos a recorrer el aeropuerto entero, pero nada, no la veía. ¿Habría salido el avión ya? ¿Se habría ido a otro aeropuerto? Entró a uno de los baños y escuchó unos sollozos en el de las chicas. Abrió un poco la puerta, no quería llevarse una bofetada de ninguna mujer.

—¿África? —El baño estaba desierto. El chico volvió a escuchar los sollozos—. ¿Cariño, estás ahí? —Escuchó cómo uno de los baños se abría y la chica salía con los ojos hinchados de llorar.

—José… —Se abalanzó sobre él y los dos se cayeron al suelo. Ella no paraba de llorar y él no podía parar de darle gracias a Dios por haber llegado a tiempo.

—Mi amor…

—No he podido…

—Ya, tranquila.

—Este bebé es nuestro y no me importa que seas mi hermano, lo voy a tener. —Dijo la chica rotundamente.

—Te tengo una gran noticia, depende de cómo se mire, claro. —Le dijo el chico mientras se levantaban del suelo. La chica cogió su pequeña maleta y se dirigieron al coche.

—¿Cuál es esa gran noticia? Espero que me alegres un poco la noche.             —Le dijo la chica mientras se montaba en el coche con la ayuda de José, ahora la trataba como si fuera una muñeca de cristal que se podría romper en cualquier momento.

—África, mi padre me ha confesado algo.

—¿Qué cosa? —La chica lo observaba con los ojos verdes chispeantes.

—Me ha dicho que te buscara, que tú y yo teníamos que ser felices. Qué no somos hermanos.

—¿Cómo? ¿Todo fue otra mentira de mi madre?

—No, tú eres hijo de Gonzalo. El que no es su hijo, soy yo. —Dijo él tristemente.

—¿Cómo va a ser eso? ¿Quiénes son tus padres entonces? ¿No te lo ha dicho?

—Me dijo que había decidido irse al extranjero pero que me esperaría y que mañana me lo contaría todo con pelos y detalles.

—¡Entonces no somos hermanos! —Gritó la chica abrazándose a su cuello.

—No, no lo somos.

—Lo siento, no he pensado en lo mal que debes de sentirte.

—Créeme que es mucho mejor saber que no eres mi hermana aunque me haya enterado que mis padres en realidad no lo son. De todas formas, con Gonzalo perderé el contacto, porque se va a ir fuera, es lo más seguro aunque nos llamemos de vez en cuando, pero a Cristina no puedo perderla. No sabía que tú fueras hija de Gonzalo, pero siempre apoyó lo nuestro y en más de una ocasión me dijo que tú eras una buena chica para mí.

—Qué alegría… —Dijo la chica tocándose la barriga.

—Pequeño, nos vamos a casa. Papá, mamá y tú. —José se arrimó a la barriga y le dio un sonado beso.

—Es muy pequeño aún, no puede oírte. —Dijo África entre risas.

—Eso es lo que tú te crees, pero estas generaciones vienen pisando fuerte. —Encendió el motor del coche y salieron de allí como alma que llevaba el diablo, ahora se irían al estudio de José, los tres juntos. Por fin, la felicidad había vuelto a ellos.

 

TREINTA Y TRES AÑOS ANTES: DESAPARICIÓN.

Lidia estaba sentada en un banco junto a María, esperando a Milagrosa.

            —A esta chica se le ha olvidado nuestra cita. —Dijo Lidia mientras miraba su reloj.

            —Estará al llegar.

            —Yo creo que no quiere hacer las paces conmigo.

            —No seas tonta, nosotras siempre seremos amigas.

Cuando dieron las once y media de la noche las chicas se fueron a casa de Milagrosa, un tanto mosqueadas, no era normal en la chica aquel comportamiento. ¿Dónde se habría metido? Quizás estaría en casa y se le había olvidado su cita.

Su madre se echó las manos a la cabeza, su hija había salido aquella tarde. Ella la misma la vio salir por la puerta después de haberse despedido.

En menos que canta un gallo todo el pueblo estaba en alerta. Hacía tres horas que no se sabía nada de la chica. Algo le había ocurrido, estaban seguros de ello.

            —Quizás esté con Paco. —Dedujo Rocío mientras miraban en cada rincón de aquel pequeño pueblo.

            –Paco estaba con su padre, buscando en la parte alta del pueblo. —Le informó María.

            —¿Dónde se habrá metido? —Cristina deambulaba como si fuera un alma en pena, con las manos temblando, ocultas dentro de los bolsillos de su vestido.

            —¡Eso mismo estamos intentando averiguar! –Le recriminó Rocío de mala manera. La chica no le echó cuentas y aquello fue un dato que llamó la atención de María. Cuando el grupo se fueron hacia el parque, María se acercó a Cristina.

            —¿Qué te ha pasado con Rocío? He notado algo raro…

            —No voy a volver a dirigirle la palabra en la vida. No quiero saber más nada de ella.

            —¿Qué ha pasado? No me asustes.

            —Nada, María. Simplemente ya me cansé de todo. Me cansé de que me tratara como a una marioneta cada vez que quisiera y me he cansado de que se ría de mí mientras está con Gonzalo. ¡Yo no soy tonta! Me doy cuenta de todo.

            —¿Qué vas a hacer con Gonzalo?

            —Aún no lo sé. Solo puedo decirte que le voy a dar un ultimátum. O viene conmigo o me pierde para siempre.

            —¿Estás segura?

            —No he estado más segura de nada en la vida.

            —Yo te apoyo. Ahora sigamos buscando a Milagrosa. No entiendo porque ha desaparecido de esta manera. En algún lado tendrá que estar. —María encendió una de las linternas y caminó hacia adelante.

            —Por supuesto, en algún lugar estará. —La mujer tocó un colgante que tenía en el cuello. Y miró al suelo tristemente.

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