BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPÍTULO 8.

 

**Cuando David llegó a comisaría, ya tenían los resultados de la autopsia practicada a Lidia. Al entrar en la sala de interrogatorios, se encontró a un Paco un tanto decaído y con unas grandes ojeras.

-¿Cómo estás? –Preguntó el chico por cortesía.

-Mal

-Cuénteme que ha pasado. –David se sentó justo delante de él y activo una grabadora.

-Yo no tengo nada que ver con la muerte de mi mujer. –Se limitó a responder.

-Ha llegado a mis oídos que teníais grandes peleas, por cosas banales la mayoría de las veces.

-Eran cosas de pareja. ¿Acaso usted no tiene peleas con su mujer?

-Por supuesto que sí.

-Pues lo mismo me pasaba a mí con Lidia pero yo la quería.

-¿Cómo pudo casarse con ella cuando apenas hacía cinco meses que había desaparecido Milagrosa? Por lo que sé ella fue alguien muy importante para ti.

-Ella fue mi apoyo. Lo pasé muy mal cuando de buenas a primeras dejé de ver a Milagrosa, nadie sabíamos qué había pasado. Me apoyé en ella, simplemente.

-¿Es posible que te enamoraras tan pronto?

-No, pero tenía que casarme, no podía dejarla sola. Su abuela, quien cuidaba de ella y de Sergio murió, y tenía que formar un hogar para poder sacar adelante a su hermano.

-Está bien. Hay testigos que lo vieron a usted en la tienda poco antes de encontrarse a Lidia muerta.

-Sí, fui porque quería arreglar un asunto con ella. Hacía unos días nos habíamos peleado fuertemente, por mis celos y quería arreglarlo. De hecho lo hicimos, estuvimos bastante tiempo abrazados, hasta que… -El hombre se quedó pensando durante un segundo.

-¿Hasta qué…? –Preguntó David impaciente.

-Escuchamos un ruido. Yo creí que podían ser clientes, por eso me separé de ella de inmediato y le pregunté qué podía ser. Ella actuó con toda la tranquilidad del mundo, decía que había sido en la trastienda que siempre se caían cosas.

-¿Crees que había alguien allí que cuando te marchase decidió matarla?

-Sí, es eso justamente lo que creo. –El hombre se veía decaído y con unas grandes ojeras- Por cierto, Parker, ¿se sabe algo de la autopsia?

-Sí, ya están los resultados. Murió por un golpe brutal en la cabeza. –Paco se tapó los ojos, no quería ni siquiera imaginar aquello.

-¿Quién pudo hacer algo así?

-Eso es lo que queremos averiguar. El arma del crimen se ha encontrado, se trataba de uno de los artilugios de la tienda de antigüedades.

-Dios mío…

-Se han estado buscando pruebas, pero no hay nada, por lo que no puedo retenerle aquí por más tiempo.

-¿Me van a dejar en libertad?

-No nos queda de otra. Si encontramos algo más, le llamaremos de inmediato.

-Está bien. ¿Cuándo podremos enterrar a Lidia? –Preguntó el hombre mientras se dirigía a la puerta.

-Creo que mañana mismo.

-Gracias, David.

El hombre salió y respiró el aire limpio de la calle. David hizo lo mismo y se dirigió a donde estaba Antonia, tan eficiente en su trabajo como siempre.

-Necesito que mandes esto a laboratorio. –Le dijo el chico dejando el sobre, metido en una bolsa de plástico, encima de la mesa.

-¿Qué es? –Preguntó la mujer mientras ponía bien sus gafas de última generación.

-Mi suegra encontró esa carta en casa de Andrea, cuando le pusieron el cepo.

-Está bien, lo mandaré para que la analicen y así podamos saber si hay alguna huella que pueda servirnos. Parker, ¿quién crees que ha podido hacer todo esto?

-No lo sé, Antonia. Ojalá lo supiera.

**Marga llamó a casa de su hija, le parecía raro que no tuviera la peluquería abierta.

-Blanca, ¿estás bien? –Le preguntó cuándo le abrió la puerta. Tenía muy mala cara.

-Sí, estoy bien… -La chica no podía creerse el cambio que había tenido su madre en tan pocos días. Ahora se arreglaba y salía a la calle.

-No me lo creo, tenemos que ir al médico. –La mujer entró y se sentó al lado de su hija.

-Mamá, estoy bien.

-No te creo.

-Oye, te veo muy bien… -La chica se incorporó un poco para verla mejor.

-Sí, bueno, he decidido que de nada sirve estar echada en un sofá borracha como una cuba, tenía que salir de ahí.

-Me alegro que te hayas dado cuenta.

-Hija, sé que en una de mis borracheras te dije algo que jamás debí decir.

-¿Qué te recordaba al día más infeliz de tu vida?

-Si…

-¿Por qué me dijiste eso?

-Cuando tú naciste, lo que yo tenía con tu padre se truncó para siempre y no sé, el alcohol me hizo decir aquello.

-No te preocupes, está olvidado.

-Gracias, eres muy buena, ¿sabes?

-Mamá… -Le dijo la chica cansada.

-Está bien, me voy ya. Tengo que ir a hacer la compra.

-Ten cuidado por ahí y no caigas en tentaciones de comprar alcohol.

-No lo haré.

Blanca vio cómo su madre se marchó. ¿Cómo podía haber cambiado tanto en tan poco tiempo? Aquello parecía un milagro, no podía ser cierto. Sonrió y seguidamente volvió a sentirse tan mal como siempre.

**África acababa de ir a ver a su prima Corina. La chica llevaba casi dos días sin dar señales de vida, su cuerpo estaba allí, pero el alma sabía Dios donde. Su tía María estaba más que decidida a llevarla con un psiquiatra y ella le había dado las señas del que estaba viendo a la madre de José. Le dolía en el alma verlo tan mal. El día anterior había ido a visitarlo a la consulta, para ver cómo estaba Cristina y estaba hecho un despojo humano, al igual que Gonzalo.

Cuando iba dirección a su coche, pasó justo por delante del taller de José. Una dulce melodía salía por la ventana, era una canción de Christian Castro. “Yo no supe entregarle, ni la mitad del corazón, no sabía lo que yo tenía, no sabía hasta que lo perdía. Era un ángel, era un sol, era un sitio en mi canción, un milagro que no merecía, la verdad de todas mis mentiras, era blanca y yo era gris, era luna sin un fin, una estrella y de todas, la más bella, así era ella…”

Sintió una punzada en el corazón al escuchar aquella letra. Sin duda, iba dirigida para ella, pero nadie tenía la culpa de lo que había pasado. En todo caso, los dos eran víctimas de lo que había ocurrido.

Se acercó a la puerta y llamó tímidamente. Sabía que aquello no estaba bien, pero no podía soportar la idea de imaginárselo sufriendo.

-¡África! –Gritó el chico cuando la vio. Ella se dio cuenta de que en su mano tenía un vaso lleno de licor. Estaba más contento de la cuenta.

-José, quizás no debería haber llamado.

-Pasa. –Se hizo a un lado y ella pasó. Por suerte no estaba muy borracho todavía, pero comenzaba a trabársele la lengua.

-Solo pasaba por aquí… En fin, ¿cómo estás? –Preguntó mientras se acercaba a la ventana. Entonces pudo ver como un retrato estaba perfectamente enmarcado y colgado en un sitio privilegiado de aquel bonito estudio.

-Mal, África… -El chico comenzó a acercase a ella.

-José, solo quiero saber cómo estás.

-¿Tú cómo crees? Ya no estás conmigo y mi madre se ha vuelto loca, cree ser una mujer que desapareció hace años.

-Lo siento…

-No entiendo por qué tenemos que hacer todo lo que el mundo quiere. ¡Solo somos medio hermanos! Yo te quiero… -José se fue acercando a ella mientras dos lágrimas recorrían sus mejillas.

-No puede ser… -Susurró cuando sus frentes se juntaron.

-Vámonos lejos, donde nadie nos conozca. Allí podemos comenzar una nueva vida.

-Eres mi hermano… -La chica no podía hacer nada, era como si estuviera totalmente paralizada.

-¡Me da igual! ¡No me importa! Yo te quiero, África. ¿Es que no lo entiendes?

-Pero entiende… -Comenzó a decir ella.

-No me da la gana de entender nada, joder. –José la agarró por el cuello y la atrajo hacia él. Sus bocas volvieron a unirse como hacía días y días que no lo hacían.

-José, por favor…

El chico no dijo nada, comenzó a besarle la cara, a lamer sus lágrimas, a sentirla como hacía mucho tiempo no lo hacía.

-Tengo que irme, esto no puede ser.

-No te vas a ir a ningún lado. Tú y yo tenemos que ser felices.

-Tu padre y mi madre se encargaron de destrozar toda la felicidad que hubiera podido haber entre nosotros.

África no dijo nada más, cogió su bolso y se dio cuenta que había sido un grave error el haber llamado a casa de José. Ahora más que nunca sabía que tenía que poner aire entre los dos. Nada podía volver a pasar. ¡Se habían besado sabiendo que eran hermanos! Aquello no estaba nada bien.

**Al llegar a casa la vio. Allí estaba, tan preciosa como siempre. Nada en ella había cambiado. Le sonreía como siempre le había hecho. Extendió sus manos y le tocó la melena. Tan suave como antaño. “Te sigo queriendo” susurró lentamente mientras pegaba su mejilla a la de ella. Pudo sentir como sus labios se curvaban en una suave curva. La miró a los ojos y frotó su nariz con la suya. Ahora si estarían juntos para siempre. Ella le quería y no había ningún obstáculo entre los dos. La cogió en brazos y la echó en la cama, le puso el pijama cuidadosamente y besó suavemente su espalda. “Todo estaba volviendo a ser lo que era, no podíamos estar separados tanto tiempo”

**Había pasado un mes de todo lo ocurrido. El entierro de Lidia fue algo íntimo, al que solo acudieron varias personas. Aquel tema parecía haber quedado en el olvido. Sergio se encontraba totalmente indignado, iba diariamente a comisaría, para que le dijesen algo más sobre lo que le había ocurrido a su hermana, pero no tenían nada. Ni una mísera huella.

David se encontraba en un momento muy malo de su vida. Su mujer estaba enferma y tenía que hacerse cargo de sus dos pequeños, aunque con ayuda de María, y además del trabajo, del cual no sacaba nada en claro, no tenían nada sobre el asesinato de Lidia y tampoco sobre el incendio y el atentado a Andrea.

Corina cada día que pasaba iba mejorando, poco a poco. Había vuelto a hablar, aunque tan solo algunas frases, no se sentía con fuerzas para entablar una conversación. La llevaron al mismo psiquiatra que se estaba encargando de tratar a Cristina y su diagnóstico fue que la paciente se encontraba en un terrible estado de shock. Cuando le contaron su sentimiento de culpabilidad por todo lo que había pasado, el hombre vio oportuno que la dejaran ingresada en aquel centro. Tenía que evadirse de todo y de todos hasta que sus ideas se aclarasen, por lo que habían decidido que, si era lo mejor para ella, la dejarían allí. Echaba de menos día a día a sus hijos, de hecho, fue los primeros nombres que pronunció después de dos semanas sin abrir la boca. David iba a verla todos los días y ella lo sentía cerca, sentía su apoyo, y eso estaba haciendo que se recuperara poco a poco.

África cada día estaba más y más decaída. Iba al trabajo porque no le quedaba de otra y Fran estaba con ella siempre, para que no pensara mucho en José. Notaba a su hija excesivamente extraña, no sabía que le pasaba, pero tenía que averiguarlo si quería ayudarla. Él también echaba de menos a Rocío, no podía olvidarla tan fácilmente, pero su hija hacía que todo pareciera más fácil y los días iban pasando más y más rápidos.

José se había encerrado en su taller. No quería saber nada de nadie, si no la tenía a ella, nada tenía sentido en su vida. Se pasaba el día esculpiendo figuras con la forma de África y pintando retratos. Se había dado un poco al alcohol, él no quería pero tenía que hacerlo para vivir. Si estaba totalmente en el mundo, le costaría mucho más salir adelante. Su padre, Gonzalo, iba a verlo de vez en cuando. Él también se sentía excesivamente solo. Cristina seguía en las mismas, solo veía por los ojos de Milagrosa. Contaba historias que le habían pasado a ella, pero jamás mencionaba a Rocío. El psiquiatra había visto una mejoría en la paciente, de vez en cuando tenía momentos de lucidez y eso era buena señal.

Blanca había descubierto el motivo de sus males. En seis meses, ella y Raúl, serían padres. ¿Cómo no había pensado antes que pudiera estar embarazada? La idea de ir finalmente al médico fue de Marga, que se estaba preocupando por su hija como jamás lo había hecho. Ella no entendía el cambio de su madre, cómo de no quererla, pasó a tratarla como a una verdadera hija, pero no le importaba, lo importante era saber que ahora sí sentía que tenía una madre.

**Andrea se había bajado por primera vez de la cama hacía tan solo dos semanas. Su pie había quedado bien, pero no del todo. Le había quedado una secuela: cojearía lo que le quedara de vida. Tenía que hacer rehabilitación diariamente, pero con las muletas ya podía andar un poco.

-¿Se me nota mucho la cojera? –Le preguntó a su madre, que estaba sentada en una esquina de la cama del hospital.

-Un poco solamente, yo, sinceramente, creí que se te notaría muchísimo más.

-Bueno, lo importante es que salvé el pie. Jamás olvidaré aquel dolor tan horroroso…

-Eso bórralo de tu mente. Ahora piensa que ya mismo estás en tu casa de nuevo. En una hora viene el médico a darte el alta.

-Menos mal que os vais a quedar conmigo unos días.

-Somos tus padres, Andrea. Claro que te vamos a cuidar.

-Quiero ir a ver a Corina al centro de salud en el que está internada. –La chica comenzó a meter cosas en un pequeño macuto.

-Cuando ya estés en casa, tu padre te llevará.

-¿No crees que se ha quedado un poco parado todo lo de la investigación? A mí me gustaría saber qué pasó con mi tía. Quizás haya vuelto y sea ella quien ha hecho todo esto porque no quería que tocáramos su pasado.

-Andrea, tu tía no creo que haya vuelto, hazme caso. –Su madre le acarició el pelo cariñosamente.

-Mamá, yo sé que tú sabes algo más. Fernando me ha comentado que te comportaste de una manera realmente extraña aquella vez cuando quisieron hablar contigo de Milagrosa.

-Es que no me gusta tocar ese tema. Ella…

-¿Ella?

-Mira, Andrea. Cuando llegue el momento lo contaré todo, ¿entendido?

-Está bien, no preguntaré nada más. –La chica alzó las manos en señal de paz.

-Ahora siéntate, tenemos que esperar al médico.

-Sí, mamá… -Le respondió cómo cuando era una niña.

-Andrea, ¿qué tal te va con Fernando?

-Bien, él siempre ha estado conmigo cuando lo he necesitado.

-¿Y Sergio?

-Mamá, Sergio es otra historia. Lo nuestro terminó hace mucho y no podemos pasar de ahí. Yo estuve con él y sinceramente, no me gusta para estar mantener una relación de pareja. Sin embargo, Fernando…

-Él si te gusta, ¿verdad?

-Mucho, no te imaginas cuánto.

-¿Y nunca ha pasado nada entre vosotros?

-No, jamás. Ni siquiera nos hemos besado.

-Cuando salgas del hospital, tienes que hablar con él. Te aseguro que siente lo mismo que tú…

-¿Y tú cómo sabes eso? –Preguntó la chica sonriendo.

-Una madre lo sabe todo.

-Ya… Aun así, Sergio me da mucha pena… Yo sé que él me quiere.

-Tienes que mirar por ti, por nadie más, Andrea.

**Rocío cada día que pasaba le encontraba menos sentido su vida. Creía que cuando hubiese quitado a todo el mundo que le estorbaba del medio se sentiría muchísimo mejor, pero nada de eso estaba pasando. Llevaba más de un mes en el que se encontraba totalmente sola. Nadie se preocupaba por ella. Ni su hija, ni Fran…

Había caído la noche y se acostó en la cama. Estaba cansada, pero no tenía sueño. Abrió la ventana y se recostó. Metió la mano en el primer cajón de la mesita de noche y sacó un paquete de cigarrillos. Ella nunca fumaba, pero aquella noche necesitaba uno. Cogió el mechero y lo encendió. Comenzó a fumar tranquilamente mientras miraba las estrellas en el cielo a través de la ventana. Un sueño un tanto raro se fue apoderando de ella. Intentó abrir los ojos de nuevo y pudo ver cómo Milagrosa le sonreía sentada en el sofá que tenía justo enfrente. ¡No podía ser! ¿Qué le estaba ocurriendo? No podía abrir los ojos del sueño tan repentino que le había entrado. Entonces todo se volvió oscuridad. El cigarrillo, aún encendido cayó encima del edredón de la cama y en menos que canta un gallo todo comenzó a arder.

**María entró por la puerta de aquel psiquiátrico. Tenía que ir a visitar a su hija por las noches, cuando David llegaba del trabajo y podía quedarse con los pequeños. Eran momentos difíciles y tenían que ayudarse mutuamente.

Una simpática enfermera la llevó hasta el jardín. Apenas eran las once de la noche y todos los pacientes estaban allí. Unos veían la televisión, otros jugaban… Depende del estado de cada uno. Allí vio a su hija, tan joven y tan guapa como siempre. Se le veía muy recuperada y eso era lo mejor que le podía pasar como madre. El médico le había dicho que pronto podría dejar el centro, aquel estado de shock estaba pasando poco a poco y tenía que darle gracias a todos los que la habían ayudado. Jamás olvidaría los primeros días, cuando no quería saber nada de nadie, tumbada en aquella cama, con la mirada perdida. Su prima África iba diariamente. Sabía que Corina no podía hablar, su estado no se lo permitía, así que se tumbaba a su lado y la abrazaba, durante horas si hacía falta, solo necesitaba que se sintiera querida, que sintiera que las personas que realmente la querían estaban a su lado. Y dio resultado, a las pocas semanas comenzó a salir de aquel mutismo y la primera sonrisa se la sacaron sus hijos, en una visita que le hicieron. “Mamá pronto volverá a casa” –les dijo- Y así sería, pronto volvería a casa, para estar junto a su familia.

-¡Corina! ¿Cómo estás hoy, mi amor? –Le preguntó María mientras se abrazaba a ella.

-Bien, mamá. –Se limitó a contestar la chica.

-Te veo muy recuperada. –Le dijo su padre mientras le revoloteaba un poco el pelo. La chica sonrió.

-Creo que lo estoy.

-Tus hijos te echan mucho de menos, tienes que volver pronto a casa. –La mujer se sentó en el banco al lado de su hija.

-El médico dice que podré volver pronto.

-Cuánto me alegro. ¡Te veo tan recuperada!

-El tiempo que he estado aquí he podido recaudar información. –Dijo la chica mientras miraba a su padre- Eso me ha hecho poder volver al mundo.

-¿De qué hablas?

-Cristina está aquí. Cree ser Milagrosa y yo he hablado mucho con ella.

-Corina, cariño… Deja ese tema.

-No, no puedo. Tengo que averiguarlo.

-Mírate dónde estás… -La mujer rodeó con la mano aquel centro, un centro psiquiátrico.

-Lo sé, mi culpa no me dejaba vivir y lo único que quiero es acabar con todo esto lo antes posible.

-Si eso te va a ayudar… -En el fondo, la entendía.

-¿Has sacado algo en claro de las conversaciones con Cristina? –Le preguntó María mientras miraba a la que creía ser Milagrosa, sentada en uno de los sofás del fondo, viendo la televisión con dos pacientes más.

-Sí, creo que sí. Me ha hablado mucho sobre Milagrosa y me ha contado un dato… Un dato que aún tengo que pensarlo y digerirlo. Solo te puedo decir, que Cristina estuvo la última noche de Milagrosa, sino no me explico cómo ha podido contarme eso.

-¿Tú crees?

-Sí, pero se quedó ahí, no me contó qué ocurrió luego.

-Quiero que me lo cuentes todo, esto es algo que llego queriendo saber hace muchísimos años, Corina.

-Primero déjame que piense, que intente conectar todo con los datos que ella me ha dado y luego hablaré con David. Pero esto lo voy a resolver yo sola. Yo lo comencé y yo lo acabaré.

-No sé a quién habrás salido con esa cabeza tan dura. –Le dijo su padre sonriendo.

-¿Sabes quién ha hecho todo esto?

-Tengo alguien en mente y creo saber por qué lo ha hecho, pero antes necesito salir de aquí e ir a hablar con algunas personas.

-¿Vas a seguir con el tema? Vas a matar a David de un disgusto.

-Él me entenderá, además le ayudaré a cerrar este caso. Creo que sé quién es la persona autora de todo. Pero me falta el saber por qué.**David ya estaba casi dormido. Aquel día había sido agotador. Necesitaba a Corina con él, aquella cama era demasiado grande. El médico le había dicho que en uno o dos días le darían el alta, ya se veía cómo antes, había logrado combatir aquel shock con ayuda de profesionales. Él la veía bastante mejor, y esperaba que no volviera a meter las narices en nada de aquel asunto, ahora necesitaba descansar y muy pronto comenzaría de nuevo las clases. Sus hijos la necesitaban y él también.

Su móvil se iluminó y seguidamente comenzó a vibrar. Miró el reloj, eran casi las once y media. Un número que no conocía. Sintió como varias personas pasaban corriendo junto a su ventana. ¿Qué estaba pasando?

-Dígame. –Se incorporó en la cama y miró por la ventana. Rápidamente lo entendió todo.

-¿Parker? Soy Marga, la madre de Blanca. La casa de Rocío está ardiendo.

-¿Cómo dices? –Preguntó el chico incrédulo, aunque estuviera viendo el fuego justo a unos metros de su casa. Rocío tenía la casa junto a la de Marga, a unos metros de la suya.

-¡Venía de casa de Blanca y cuando he pasado me he encontrado la casa ardiendo!

-¿Entera?

-Parece que sí.

El chico se puso rápidamente unos pantalones, una camiseta y los zapatos y salió corriendo. En dos minutos estaba allí. Los bomberos estaban a punto de llegar y la casa totalmente en llamas.

-¿Qué ha podido pasar?

-¡No lo sé! ¡Creo que Rocío estaba dentro! –Un revuelo de gente se estaba acercando y David comenzó a dispersarlos de allí. El fuego ya estaba entrando en casa de Marga y los bomberos no llegaban.

-¡David, mi casa! ¡También está empezando a arder! –La mujer se echó las manos a la cabeza.

-Tranquilízate. –En ese momento se escucharon las sirenas.

-He dejado a mis hijos solos. –David comenzó a hablar en un susurró, ¿qué hacía con los niños?

-¿No está María? ¡Llévaselos!

-No, está viendo a Corina. –Los bomberos comenzaron a apagar el fuego, estaba muy extendido y la casa completamente perdida.

-Llamaré a Raúl para que se vaya a casa con ellos. –El chico se retiró un poco y gracias a dios, Raúl estaba disponible. En cinco minutos apareció.

-Raúl, vete a casa, tengo a los niños solos. –Le pidió David.

-No te preocupes, quédate tranquilo. –Raúl se fue a casa de su hermana y cerró la puerta. Estaba temblando, ¿quién sería el autor de todo?

Aquello parecía el infierno, habían intentado que la gente se dispersara de allí y muchísimos curiosos se encontraban a pocos metros mirándolo todo.  A los cinco minutos Fran y África aparecieron de la nada. Alguien los había avisado.

-¡Mi madre! –Gritó la chica histérica.

-África, tienes que retirarte de aquí. –David tiró de la chica hacia tras.

-¿Dónde está Rocío? –Preguntó Fran notablemente nervioso.

-Creemos que estaba dentro. –Les informó David con lástima.

-¡No puede ser! –África se tiró al suelo llorando a mares- ¡Fuera como fuese, era mi madre!

-Tranquila, hija… -Fran la abrazó fuerte y se la llevó de allí.

A los quince minutos, cuando África ya estaba un poco más calmada y Fran también llegaron Gonzalo y José. El chico se abrazó fuertemente a África, ¿cómo podía haber pasado aquello tan desagradable?

-Cariño…. –José le acariciaba el pelo mientras ella no paraba de llorar en su hombro.

-Mi madre…

-¿Estaba dentro? –Preguntó mientras le retiraba varias lágrimas de las mejillas.

-No lo sabemos, pero creemos que sí. ¿Dónde iba a estar a estas horas?

-Tranquila… yo estoy aquí, para estar a tu lado. Hacía tanto que no te veía, estás tan preciosa…

-José…

-No digas nada, solo quédate así. –Ambos estaban abrazados, sintiendo que sus corazones explotaban.

-Fran, África… -David se acercó a ellos y la chica se retiró de José.

-¿Qué ha pasado?

-La han encontrado. Lo siento. –África volvió a abrazarse a José y Fran se echó las manos a la cabeza.

-¿Dónde estaba?

-En la cama.

-¿Puedo verla? –Preguntó el hombre con los ojos llenos de lágrimas.

-Fran, está totalmente calcinada…

-Oh, dios mío. -África abrazó a su padre y ambos se quedaron así, llorando sentados en un banco.

Las horas pasaban lentamente. María llegó al poco tiempo y no podía creer nada de lo que había pasado. ¿Cómo iba a estar su hermana muerta? Aquello era imposible.

-¿Cuándo podremos enterrarla? –Le preguntó María a David cuando todo hubo pasado. La casa había quedado reducida a cenizas. África y Fran, no podían dejar de mirarla.

-Me imagino que mañana o pasado. No se le va a practicar la autopsia, con las pertenencias que llevaba, sabemos que es ella. –Fran había entrado a verla finalmente, llevaba el anillo de casados y una cadenita que le regaló su madre.

-¡Mi madre no puede estar muerta…! –África seguía abrazada a José, no quería dejar de sentirlo, en aquel momento no le importaba nada. Le quería y le necesitaba junto a ella.

-Tranquila, mi amor… -José le dio un leve beso en la cabeza y todos los presentes se quedaron mirándolos. Sabían que eran hermanos, ¿cómo podían estar actuando así?

-Volvamos a casa, mañana será otro día. –Fran cogió a África de la mano y la separó de José.

-Mañana iré a dónde tenga que ir, mándame un mensaje. –Le dijo mirándola a los ojos.

-Gracias, Marga. –Fran se digirió a la mujer, siempre había sido su vecina, pero jamás la había visto tan de cerca como aquel día, siempre había estado encerrada en casa y no salía a ningún sitio.

-No hay de qué. –Respondió ella un tanto avergonzada.

Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando todo acabó. María no podía creerlo, se metió en la cama y pensó en aquella chica, joven y guapa que no soportaba a nadie, que tenía una maldad innata en el cuerpo. Ya  no existía, había muerto calcinada, una de las peores muertes que puede tener una persona…

Cuando África llegó a casa, no había dirigido ni una sola palabra a su padre. Los dos aún no estaban preparados para asimilar aquella noticia. Ella se recostó en el sofá y se abrazó a un cojín. El hombre se echó en uno que había al lado, allí pasarían la noche, esperando a la tarde siguiente, en la cual sería el entierro. Al día siguiente se enterarían de si el fuego fue accidental o intencionado, los técnicos habían estado trabajando en ello.

**En comisaría no había ni un alma. Era un día tranquilo, inexplicablemente.

-Fernando te está esperando en su despacho. –Le dijo Antonia a David. El chico estaba visiblemente apagado.

-Gracias, enseguida voy.

-¿Estás bien? –Le preguntó acercándose a él. Lo quería como a un hijo.

-Necesito a Corina, llevar todo hacia adelante solo está pudiendo conmigo.

-Pronto volverá a casa, no tengas duda de eso.

-A las tres la recojo, ya le van a dar el alta. Quiere ir al entierro de su tía. –El chico se tocó el pelo.

-Es verdad, Rocío era su tía…

-Sí, lo era. Voy a ver qué quiere Fernando.

Caminó pasillo arriba y llamó levemente a la puerta. Tenían asuntos bastante serios de los que hablar.

-Buenos días, ¿cómo estás? –Le preguntó Fernando, que estaba terminando de ordenar unos documentos.

-No he dormido esta noche. Ya sabes lo tarde que me acosté anoche, estoy muy cansado.

-Bueno, siéntate. He estado repasando un poco todo este tema.

-¿Has llegado a alguna conclusión? –Le preguntó el chico mientras que tomaba asiento.

-No, desgraciadamente no. Pero desde anoche, cuando me llamaste para contarme lo del incendio en casa de Rocío, no he dejado de darle vueltas a la cabeza. Comenzamos teniendo una historia treinta y tres años antes. Cinco jóvenes amigas y finalmente una desaparecida. Todo el asunto se adormece durante muchos años y todo sale a la luz cuando Corina remueve el pasado, con la ayuda de Andrea. Casualidad o no, ésta era sobrina de la mujer desaparecida y cuando comienzan a investigar qué pudo pasar por su cuenta, hay un incendio intencionado, un atentado que recayó sobre Andrea, el brutal asesinato de Lidia, el estado en el que se encuentra Cristina, que cree ser Milagrosa y ahora la muerte de Rocío. De aquellas cinco amigas, dos han fallecido, una sigue desaparecida, otra está internada en un centro para enfermos mentales y la última es María, tu suegra.

-¿Crees que María ha tenido algo que ver?

-No lo creo, no la veo capaz de nada de eso. Sabemos que la muerte de Lidia fue un asesinato, por lo que la autopsia confirmó y también sabemos que la muerte de Rocío ha sido algo accidental.

-¿Cómo lo sabes? ¿Has hablado con los técnicos?

-Sí, a primera hora de la mañana. El incendio se produjo con un cigarrillo que Rocío se estaba fumando cuando estaba acostada sobre la cama. La teoría es que se quedó dormida mientras se fumaba el cigarro, se cayó encima del edredón y comenzó a arder todo.

-¿Están seguros?

-Completamente. Ya he llamado a la familia y se lo he comunicado.

-Entonces, crees que el incendio en casa de Rocío fue algo que no tiene relación con todo lo anterior. ¿Es lo que me quieres decir?

-Sí, es eso exactamente. ¿Y si no tuvieran relación lo que ocurrió en tu casa y lo de Andrea con la muerte de Lidia?

-Entonces no le encuentro sentido a nada, me dejas más descolocado de lo que estaba.

-David, quizás el incendio y el cepo, fueron para darles un ultimátum a Corina y a Andrea, pero puede que lo de Lidia, fuera un asunto externo.

-Cuando ella murió, se realizó una investigación y apenas tenía deudas, no creo que vaya por ahí los tiros. A no ser…

-A no ser que haya sido un crimen pasional.

-¿Un crimen pasional? No te entiendo, Fernando.

-Retuvimos a Paco, pensando que quizás la mató él y jamás se probó. ¿Pero y si Lidia tenía una relación con una tercera persona que fue quién la mató?

-No lo sé, no tenemos constancia de nada de ello. Yo estoy muy perdido en este caso y no sé qué hacer. –El chico prosiguió como si no le hubiera escuchado.

-No podemos olvidar la actitud tan rara de la madre de Andrea. No quiso hablarnos ni tan siquiera de su hermana Milagrosa.

-Tenemos las huellas dactilares que se encontraron en el anónimo en casa de Andrea.

-Sí, pero no tenemos con qué compararlas. Bueno, cambiando de tema. ¿Corina cómo sigue?

-Está bien, creo que viene con las pilas a tope. –David sonrió, en el fondo, le encantaba que su mujer fuese así.

-¿Por qué dices eso? –Fernando se incorporó del asiento, curioso.

-Esta mañana he hablado con ella, ha sido cuando me ha dicho que el médico le va a dar el alta. Dice que ha hablado mucho con Cristina, y que al creerse que es Milagrosa, le ha contado muchas cosas, datos que está intentado encajar, tiene una teoría, pero dice que no puede encontrarle explicación a muchas cosas.

-Tiene que tener cuidado, que piense porqué esta en ese centro. Todo comenzó por indagar en este tema.

-Se lo he dicho, pero su idea es que ella lo comenzó todo y ella cerrará el capítulo.

-Que cabeza más dura tiene tu mujer.

-No te puedes hacer una idea, amigo. No te puedes hacer una idea.

**Ya era mediodía cuando Andrea escuchó la puerta de su habitación. Estaba levantándose de la cama para ir al baño, ya no necesitaba ayuda de nadie. Aquella misma tarde le daban el alta y estaba con los ánimos por las nubes.

-Hola, te veo muy bien. –La saludó Sergio sonriendo.

-Ya estoy muy recuperada, esta tarde me voy a casa, por fin. –Se acercó y el chico le dio un tierno beso en la comisura de la boca. Ella lo miró y se retiró rápidamente.

-Andrea… -Sergio se dio cuenta de la maniobra de la chica.

-Dame tiempo. Llevo aquí encerrada más de un mes.

-Está bien. Solo quiero invitarte a cenar a mi casa un día de éstos. –Los dos se sentaron en el sofá que había justo debajo de la ventana de la habitación.

-Yo…

-Sé que aún no estás bien, pero lo haremos en mi casa por eso mismo, para que no te tengas que desplazar.

-¿Por qué? –Le preguntó ella mirándolo a los ojos.

-Andrea, parece mentira. ¿No te das cuenta? –El chico se fue acercando suavemente a ella.

-Sergio…

-No, quiero volver a empezar algo contigo. –Se acercó a ella y la besó tiernamente en los labios. Muchos pensamientos pasaron por su mente, pero uno fue claro: Fernando. Se había enamorado de él en todo aquel tiempo, por sus atenciones y sus detalles.

-No, lo siento. –La chica cogió la muleta que estaba al lado y se levantó.

-Tranquila, Andrea. No pasa nada. –Él se levantó detrás y se puso a su altura- ¿Te gusta ese policía, verdad?

-No tengo ganas de hablar. Yo quiero ser tu amiga, por eso voy a aceptar tu invitación a comer en tu casa.

-Vaya, gracias.

-¿No será un poco incómodo con tu cuñado Paco allí?

-Cuando Lidia murió, Paco se marchó. No sé nada de él desde entonces.

-Está bien.

-Te espero mañana a las nueve. ¿Te viene bien?

-Sí, no te preocupes, a esa hora estaré allí.

**A las cinco de la tarde, era el entierro de Rocío. La iglesia estaba prácticamente vacía. No era una mujer que la gente la quisiera, siempre tenía malas palabras para todo el mundo y nada bueno para nadie. Tan solo se encontraba familiares y amigos muy íntimos. Corina y David estaban en un banco junto con Raúl. Blanca se había quedado con los pequeños, ya que ella tampoco estaba llevando muy bien el embarazo. María y su marido se encontraban al lado de ellos. África y Fran en primera fila, la chica iba vestida totalmente de negro y parecía muy demacrada.

José se sentó en uno de los últimos bancos. Se sentía un poco desplazado, él no pertenecía a aquella familia y estaba seguro que Rocío no querría verle allí, pero tenía que hacerlo por África, no podía dejarla sola. La chica se giró y le vio, aquello tan simple la hizo sentirse mejor.

-¿Me puedo sentar contigo? –El chico se giró y vio a Marga.

-Claro.

-Es que cuando he entrado, he visto que todo el mundo es familia y me sentía un poco desplazada. –La mujer llevaba el pelo recogido en un bonito moño, tan solo un poco de rímel y polvos en las mejillas. Se quedó mirándola, de perfil, durante un momento, y le recordó terriblemente a alguien. Pero ¿a quién?

-No te preocupes, eso mismo me ha pasado a mí.

-Tú deberías estar con África, allí en primera fila. –Le comentó la mujer en voz baja.

-Ojalá, pero no puedo. No sé si sabrá que somos hermanos… -Dijo él con tristeza en la voz. La mujer lo miró con los ojos abiertos de par en par.

-¿Hermanos? ¿África y tú? –Preguntó ella desconcertada.

-Sí, Gonzalo, mi padre, es su padre también. Tuvo una aventura con Rocío.

-Eso no puede ser, chico.

-¿Cómo qué no?

-No sé, me ha pillado por sorpresa, no me lo esperaba. –Le dijo la mujer visiblemente nerviosa.

-Serías la única en el pueblo que no lo sabía, ya sabes, aquí los chismes vuelan. –Bromeó el chico.

-Sí, estoy segura que seré la única.

Sintieron que alguien entraba en la iglesia. Creían que era el cura. José se quedó con la boca abierta cuando vio entrar a su padre. Gonzalo iba a hacer acto de presencia en aquel funeral. En el funeral de su amante, en el funeral de la enemiga más grande que su mujer, internada en un centro psiquiátrico, podía tener. Marga lo miró y el hombre se sentó a su lado.

-¿Qué haces tú aquí? –Le preguntó a Marga.

-¿La conoces? –José no entendía porque le hacía aquella pregunta.

-Claro, ella es del pueblo. –Le dijo Gonzalo con la voz fuerte.

-Rocío era mi vecina y he querido venir a darle el último adiós. –Le explicó la mujer.

-José tú no deberías estar aquí.

-¿Cómo qué no? Aquella chica que hay allí –dijo señalando a África- es la mujer que amo.

-José… -Le recriminó su padre.

-Bueno, y mi hermana, lo había olvidado. –La mujer estaba en medio de los dos, no sabía qué hacer. Decidió que lo mejor sería callarse.

Por fin llegó el cura, con veinte minutos de retraso. Comenzó la misa, que duró media hora. Más tarde fue el entierro, algo muy doloroso para África y Fran, pero tenían que superar aquel golpe que la vida les daba. La chica creía que ya nada podía irle peor.

-Mi amor, ¿cómo estás? –José se acercó a ella a la salida del cementerio. Todo el mundo se iba a casa. Aquello había terminado.

-Mal, ahora mismo me encuentro fatal. Solo quiero dormir y olvidar todo esto.

-¿Sabes que me tienes para todo lo que necesites, verdad? –Le dijo mientras le acariciaba dulcemente la cara.

-Lo sé, José. Lo sé… -Cada día que pasaba le quería más, no podía explicarse porque no podía borrar todo aquello de su corazón, o al menos que dejara de crecer.

-Si te apetece hablar, salir a cenar…

-José, para. Sabes que no podemos hacer nada de eso que estás diciendo. Estoy en el peor momento de mi vida y lo último que quiero es ilusionarme más contigo, cuando sé que jamás podremos llegar a nada más, que somos hermanos, que llevamos la misma sangre. No puedo creerlo… -Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo.

-¿Qué te pasa? –Le preguntó él mientras la abrazaba.

-José… -La chica quería decirle algo más, pero era como si no pudiera, como si las palabras no quisieran salir de su boca.

-No digas nada, ahora vete a descansar.

La ayudó a montarse en el coche con cuidado y la despidió con la mano. Llevaba mucho rato reprimiendo sus lágrimas. No podía verla así. Dio rienda suelta, las lágrimas recorrían su cara mientras que el corazón le iba a mil por hora.

-Tranquilo, chico. Todo en la vida pasa. Algunas veces, las cosas más sencillas se nos antojan muy difíciles, pero no todo es lo que parece y tan solo es necesario un ángel que te abra camino. Muy pronto llegará. –Marga acarició su hombro, mientras los dos miraban como el coche de Fran desaparecía entre los arbustos. Aquel consejo le atemperó un poco el cuerpo. Los consejos de aquella desconocía lo hacía sentirse seguro. Quizás, en un futuro, todo cambiaría a mejor.

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