BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPÍTULO 7.

**Cuando llegó la hora estipulada, Parker y Treviño fueron a recoger a Yolanda para así poder almorzar los tres juntos y hablar sobre el asunto que les estaba quitando el sueño.

-Me alegro que su hija esté mejor. –Le dijo David mientras tomaban asiento en una de las mesas del bar del hospital.

-Gracias, me gusta verla más animada. Ha sufrido mucho. –Fernando se presentó en ese momento con los tres menús que habían pedido y comenzaron a comer.

-Yolanda, necesitamos que nos cuentes cosas sobre tu hermana.

-Mi hermana era menor que yo dos años. La quería mucho, era una chica simpática, alegre, no se metía con nadie y todos la que la rodeábamos la queríamos mucho.

-¿Qué pudo pasar?

-No lo sabemos. Esa es la gran incógnita del siglo.

-Yolanda, ¿su hermana pudo escapar por algo? Algún amor, por ejemplo.

.Cuando desapareció, ella estaba saliendo con Paco. Ahora mismo es el marido de Lidia, una de sus amigas. Se casaron poco después de ella desaparecer.

-¿Usted vio eso normal?

-Normal, lo que se dice normal, no. Mi hermana le quería mucho y él a ella también. Pero quizás con su ausencia pudo hacer que Paco mezclara sentimientos.

-¿Crees que Lidia y Paco tuvieron algo que ver con la desaparición de Milagrosa?

-No lo creo, la verdad.

-¿Tiene algún sospechoso que crea que pudo llevarse a su hermana?

-No sé nada. No tengo ninguna sospecha, os lo puedo asegurar.

-Su hija ha sido quién ha querido reabrir el caso, es nuestro deber indagar y ver por dónde podemos comenzar a buscar.

-Lo sé, lo sé…

-Intente colaborar un poco más, piense en Milagrosa. ¿Se pudo ir por su propia voluntad?

-No tengo ni la menor idea y la verdad me estoy encontrando un poco mal. Yo ya le he dicho todo lo que sabía, que mi hermana era una chica estupenda y que no creo que ni Lidia ni Paco hayan tenido nada que ver en todo lo ocurrido. –La mujer se levantó en ese mismo instante, pidiendo disculpas y se marchó.

-Qué raro… -Masculló David.

-Aquí hay gato encerrado, Parker. –Le dijo Fernando mientras se metía una patata en la boca.

-Es obvio que no sabe los maltratos de Rocío hacia Milagrosa.

-Que no lo sepa o que no los quiera contar, por algún motivo.

-Creo que esconde algo, pero no sé qué puede ser.

-Si es así, daremos con lo que esconde, no te preocupes.

Los chicos siguieron comiendo tranquilamente hasta que el móvil de David sonó. Miró el reloj, eran casi las cuatro de la tarde. Llamaban de comisaría.

**Marga decidió que no podía seguir así con su vida. Se dio una larga ducha y se puso ropa que hacía años que no la usaba. Siempre había sido una chica amargada, pero eso se iba a terminar. Secó su negro cabello con el secador y se lo recogió en una cola de caballo, luego pintó un poco sus ojos y se echó colorete. Nada tenía que ver con la mujer que era hacía apenas unas horas.

Fue a ver a su hija Blanca, solo había pisado su peluquería dos o tres veces desde que la abrió y cómo sabía que a la chica que había contratado había tenido un accidente, decidió que ella misma iría a ayudarle. Iba a dejar de ser una cobarde y pagar su pasada con sus hijas.

Al salir, la luz del sol la cegó un poco, no estaba acostumbrada a aquello, llevaba bastantes años encerrada en las tinieblas de su casa. Cruzó el pueblo y pasó por el parque. Necesitaba verlo, ella había vivido muy buenos momentos allí en su juventud, y desde que cogió aquella gran depresión no había vuelto a ir. Cerró los ojos y respiró el aire fresco de la tarde. Los gritos de los niños jugando en los columpios la hicieron sonreír. Iba a salir de aquello, lo sabía.

Algo llamó su atención. Era un sollozo. Alguien estaba llorando. Se giró y justo en el banco que había detrás de ella, un chico moreno tenía la cabeza metida entre sus manos mientras lloraba sin parar. No tuvo otra opción que acercarse.

-¿Estás bien? –Le preguntó dulcemente.

-Perdona, no pretendía que me viera así, no estoy en mi mejor momento. –Le contestó José mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo.

-No te preocupes, solo quería ayudarte. –La mirada de la mujer se cruzó con la del chico y algo dentro de ella se removió. Quizás fuera pena por él, por verle así.

-Creo que no puede haber nadie más desgraciado que yo en este mundo. –Le confesó él.

-¿Qué te ocurre?

-Problemas y más problemas. Cuando crees que tu vida comienza a cobrar un poco de sentido, todo se destruye. –El chico comenzó a llorar de nuevo.

-No llores… -Marga le acarició suavemente su cabello negro. Era espeso y olía muy bien.

-Creo que me voy a ir a casa, aquí no es conveniente que nadie me vea. Pero no podía llegar y encerrarme sin más, necesitaba aire fresco.

-Mi vida tampoco ha sido nada fácil. Estoy pasando por una depresión muy grande, pero hoy, por primera vez, he salido de casa, me he arreglado y estoy intentado ser como antes. No te dejes caer en el vacío, es muy difícil salir.

-Lo sé. Gracias.

El chico se levantó y ella dejó de acariciarle el pelo. ¿Qué le habría ocurrido? Fuera lo que fuese, solo le pedía a dios que no lo dejara caer en una depresión. Él era un chico joven y fuerte. Quizás pudiera salir de todo aquello que lo atormentaba lo antes posible, pero sería difícil, muy difícil.

Se quedó mirándolo hasta que desapareció entre la multitud, luego sonrió.

**Sergio acababa de llegar al hospital. Quería ver a Andrea. Se sentó en la sala de espera, y sin darse cuenta su mente comenzó a divagar. La volvió a recordar, tan bonita, tan simpática. Era la mujer ideal. La quería, siempre lo había hecho, pero como siempre pensó: Jamás estarían juntos, ella era muchísimo más que él. Le hubiera encantado que el futuro le hubiera guardado algo bonito para los dos, pero sabía que era imposible y ahora más que nunca. Levantó la vista y vio a Fernando salir de la habitación de la chica.

-¿Cómo está? –Preguntó él.

-Bien. –El chico llevaba la cara desencajada.

-¿Qué ocurre? ¿Le ha pasado algo? –Preguntaba Sergio con insistencia.

-No, ella está bien. Tengo que irme, es algo urgente. –Y desapareció por el pasillo.

¿Qué le pasaba a aquel hombre? Se rascó la cabeza y volvió a sentarse. Esperaría a que Yolanda saliera, para que así la enfermera le diera permiso y poder entrar a ver a Andrea.

**Cuando Parker y Fernando llegaron a la tienda de antigüedades todo estaba acordonado. Hacía más de una hora que se había encontrado el cadáver de Lidia. Alguien se había encargado de matarla, pero ¿por qué a ella? Quizás no había servido con el intento de incendio y el cepo en la pierna de Andrea.

-¿Qué ha pasado? –Preguntó David a uno de sus compañeros mientras pasaba la cuerda que prohibía el paso.

-Unas clientas nos dieron la voz de alerta. Entraron y la encontraron tirada en el suelo.

-¿Cómo la han matado? –Preguntó Fernando mientras miraba a su alrededor. Un hombre hacía fotografías por todas partes.

-Creemos que ha sido por un golpe en la cabeza. Le han hecho una gran herida. –David miró y pudo ver a la mujer boca arriba con los ojos abiertos y rodeada de un gran charco de sangre.

-¿Quién ha podido hacer esto? –Le preguntó David a Fernando.

-La misma persona que intentó quemar tú casa y le ha hecho eso a Andrea.       –Respondió él seguro.

-Yo también lo creo. Esto está muy claro. Hay una persona, que necesita que todo se quede como estaba. Quizás Lidia supiera más cosas de la cuenta y entonces tuvo que callarla para siempre.

-¿Su marido?

-Posiblemente. David, él estaba casado con Lidia y tuvo una relación con Milagrosa. Pudo ser que entre los dos mataran a Milagrosa para así tener el camino libre y ahora Lidia quisiera hablar. Si la quitaba de este mundo, la verdad jamás saldría a la luz.

-Es posible. –En ese momento escucharon voces en la puerta. Un hombre quería pasar pero la policía no lo dejaba. Los chicos se acercaron a ver qué pasaba. Pudieron ver que se trataba de Paco, el marido de la fallecida.

-¿Qué le ha pasado a Lidia? –Preguntó él totalmente fuera de sí.

-¿No lo sabe? –David lo desafió con la mirada. Estaba seguro que él era el responsable de todo aquello.

-¡No! Yo estaba aquí con ella, luego me fui y ahora…

-Quisiéramos hablar con usted, para qué nos dé una buena coartada.

-Pero… -El hombre comenzó a balbucear.

-Si no tiene nada que ver, no le importará venir con nosotros a comisaría.

-¡Pero yo quiero verla! –Gritó intentando escapar del policía que lo tenía agarrado.

-Ella está muerta, le van a hacer una autopsia y se la llevan ya. Es imposible.

-No… -Comenzó el hombre a llorar.

-¿Viene con nosotros? –Preguntó David advirtiéndole que no formularía más la misma pregunta.

-Claro.

El hombre se montó en el coche patrulla sin oponer resistencia. Lidia ya no estaba con él. Había deseado con todas sus fuerzas que Milagrosa volviera, así poder comenzar una vida con ella y dejar a Lidia en la estacada, pero ahora que verdaderamente no la tenía, le dolía el corazón. ¿Estaría realmente enamorado de ella? Podía ser… Necesitaba llamar a Sergio y contárselo. Para él, era como una madre, sería un gran trago amargo, pero tenía que avisarle.

**Gonzalo no dejaba de dar vueltas por su casa. Habían pasado muchas horas desde que Cristina se marchó y aún no había regresado. Se sentó en uno de los sofás y comenzó a pensar. ¿Dónde había ido? ¿Qué habría pasado con ella? Se marchó en un estado bastante malo, quizás habría atentado contra su vida. No. No quería pensar en eso, él se había dado cuenta que a la que siempre quiso fue a Cristina, Rocío jamás significó nada para él, solo noches de pasión. Le había dado una hija, pero él no podía verla así y ella tampoco lo vería a él como un padre.

-¿Qué tal? –Preguntó José cuando al entrar en casa.

-Muy mal. No sé nada de tu madre desde hace muchas horas. –El hombre volvió a mirar el reloj.

-Esto ha sido para ella un golpe grandísimo. Igual que para África y para mí. –El chico se sirvió un vaso de agua.

-Yo no tenía previsto que os enterarais así. –Confesó el hombre apenado.

-Lo que no entiendo es porque habéis callado esto veinticuatro años. Habéis esperado que África y yo comencemos algo, una relación y que por fin seamos felices. Precisamente ahora.

-Algún día tendré una gran charla contigo. Necesitas saber muchas cosas…

-¿Cómo qué? –Preguntó él mirándolo con desconfianza.

-Ahora mismo estoy muy preocupado por tu madre, no puedo hablar contigo. Pero lo haré y entonces lo entenderás todo. El por qué no te lo he contado antes.

-Cómo quieras.

En ese momento sonó un teléfono. Gonzalo pegó un salto y se percató de que era el fijo.

-Dígame. –Su voz sonaba aterrada. Algo había pasado.

-¿Gonzalo Márquez? –Preguntó una voz cálida de mujer al otro lado de la línea.

-Sí, soy yo.

-Le llamo de comisaría. Acabamos de encontrar a Cristina.

-¡La habéis encontrado! ¿Dónde está? –Preguntó muy alterado. José lo miraba expectante.

-Mire, la tenemos aquí pero hay que llevarla de inmediato a un médico. Una persona, que no ha querido dar su nombre, la encontró tirada detrás de unos contenedores de basura. Apenas habla, simplemente mira a un punto fijo y se acaricia el pelo.

-¿Qué me está queriendo decir?

-Creo que debería verla un psiquiatra. Ella no está bien.

-Voy ahora mismo para allá, por favor, cuídela.

-Descuide.

El hombre salió como alma que lleva el diablo de casa. José iba detrás de él. Se montaron en el coche y pusieron rumbo a Fuente Palmera. Antes de salir del pueblo, José pudo ver a África bajarse del coche de Fran. Sus miradas se cruzaron fugazmente. Él aún no podía creerlo. ¿Por qué habían esperado tanto hasta decirle la verdad? ¿Por qué tenía que haber sido, precisamente en aquel momento?

 

 

 

 

**Sergio entró como una tromba. Su cara estaba descompuesta, no podía creer lo que Fernando le había contado por teléfono. ¿Cómo iba a estar su hermana muerta? Era lo que más quería en el mundo.

-¿Qué ha pasado? ¿Dónde está? –El chico comenzó a llorar desconsoladamente mientras Antonia se dirigía a él.

-Tranquilo, chaval. Siento mucho lo de tu hermana. Te están esperando dos policías para que vayas a reconocer el cadáver. Tienen que practicarle la autopsia.

-¿Pero quién la ha matado? ¿Cuándo ha sido? –Sus palabras salían de su boca sin que ni si siquiera él se diera cuenta. Estaba perdido, ¿Qué haría ahora?

-No lo sabemos. Tranquilícese… -La mujer lo cogió del codo y lo llevo hasta una silla para que se sentara.

-No puedo tranquilizarme. Necesito verla. ¡Quiero verla! –Al escuchar los gritos, David salió de su despacho.

-Sergio, lo siento mucho. Venga conmigo. –Le hizo un gesto a Antonia para que regresara a su puesto de trabajo.

-¿Dónde tenéis a mi hermana? ¿Qué le ha pasado? –El hombre andaba por inercia.

-Está en Córdoba, a la espera de que vayas a reconocer el cadáver. Siéntate. –El chico lo hizo.

-¿Y Paco? ¿Ha sido él?

-No lo sabemos, por ahora es el principal sospechoso.

-Pero…

-Tenemos testigos que le vieron entrar en la tienda unas horas antes de que se produjese la muerte.

-No puede ser… Ya sabía yo que esto acabaría mal.

-¿A qué te refieres? –Parker se incorporó en la silla.

-Tuvieron una gran discusión hace unos días, por los celos infundados de mi cuñado. Mi hermana y él no se hablaban y quizás… -El chico rompió a llorar.

-Si ha sido él, lo confesará y pagará por ello.

-Quiero verla.

-Ahora mismo ponemos rumbo a Córdoba. La autopsia se la practicaran en dos horas, vamos muy justos de tiempo. –David se levantó y se dirigió a la puerta.

-Parker, ¿no tendrá que ver la muerte de mi hermana con lo que le ha pasado a Andrea? Yolanda me ha contado lo del anónimo y el incendio de tu casa…

-Podría ser. –Se limitó a contestarle.

-Tengo miedo de que haya vuelto.

-¿Quién?

-Su amiga desaparecida. Milagrosa.

-¿Tú la conociste? –El chico se volvió a sentar.

-Yo era muy pequeño cuando ella desapareció. Sabía que algo había ocurrido, pero cuando mi hermana me contó la verdadera historia, fue cuando tu mujer vino a mi casa, a hablar con Lidia.

-No sé qué decirte, puede ser que todo esto haya tenido algo que ver…

-Y yo no sé qué pensar. Sólo sé que acabo de perder lo único que tenía en el mundo. Ella era como mi madre, ¿sabes? –El llanto volvió a él y a David le dio una pena inmensa.

-Todo pasará y ella jamás se irá de tu corazón. Mientras la recuerdes, estará contigo.

-Sí, ya no puedo hacer nada más.

-Bueno, vámonos.

Parker puso rumbo al coche y el chico caminó detrás de él cabizbajo. Ahora tenía que enfrentarse a lo más duro que podía pasarle a alguien: ver muerta a una persona a la que quieres con toda tu alma. No veía necesario que tuviera que hacerlo, pero era lo que el protocolo mandaba y no le quedaba de otra. ¿Qué haría ahora solo? Necesitaba rehacer su vida, quizás si Andrea quisiera volver con él… Todo era muy difícil, ahora ella estaba en el hospital y él no podría pasar mucho tiempo con ella, al menos hasta que enterrara a su hermana. Le dolía el pecho, aquel dolor no se lo deseaba ni al peor de sus enemigos.

 

 

 

**Paco estaba en una pequeña habitación. Le habían dicho que tenía que esperar a la tarde para que lo pudieran interrogar. Una simpática mujer, la recepcionista, le había llevado un bocadillo y un refresco para que almorzara. No había dejado de llorar en todo el tiempo. Él quería a Lidia, la quería mucho y ahora ya no estaba. Se arrepentía muchísimo de todas las peleas infundadas que habían tenido en un pasado, en todas las veces que le habló mal, que no quiso saber nada de ella. Jamás pensó que si algún día le faltaba, le iba a doler tanto.

Ahora no la tenía, había desaparecido para siempre. Cómo Milagrosa. ¿Qué habría sido de ella? Al menos sabía que Lidia había fallecido, alguien la había matado de la manera más cruel y a saber con qué fin, pero de Milagrosa no se sabía nada. Él siempre creyó que se marchó. Algo le estaba pasando, tenía alguna presión que él desconocía y por la que no podía seguir en aquel pueblo. Tuvo que marcharse y no quiso despedirse de nadie, ni siquiera de él. Su único y verdadero amor.

Lidia lo había puesto al tanto del incendio en casa de Corina y también le habían contado en el taller lo que le había ocurrido a la chica con el cepo. Estaba segura que la misma persona que había realizado todo aquello, había matado a su mujer. Tenía que dar con ella y probarlo. En ese momento un leve pensamiento pasó por su cabeza. ¿Y si Milagrosa había vuelto? ¿Y si quizás estaba más cerca de ellos de lo que se pensaban? ¿Y si tenía otra identidad? Habían pasado muchos años, tal vez ni ellos mismos la reconocieran. Algo estaba ocurriendo, algo que a todos se les escapaba de las manos, pero tenían que dar con la verdad. Y tenía que ser lo antes posible.

**Cuando África cerró la puerta del piso que habían alquilado en Fuente Palmera ella y su padre, una lágrima recorrió su mejilla derecha. ¿Por qué tenía que pasarle todo aquello a ella? Aquella misma mañana lo había visto. Su corazón había latido más fuerte que nunca. ¿No podía entender que era su hermano? ¿Qué no podía quererlo? No podía dejar de pensar en las noches de pasión, en sus besos, en sus caricias… Todo aquello lo había hecho con una persona que llevaba su propia sangre. Esperaba que nadie se enterara de todo aquello, porque podían poner el grito en el cielo. Se sentó en el sillón, que estaba un poco duro y recostó la cabeza. Cerró los ojos y respiró hondo. Desde que todo aquello había ocurrido, se sentía el corazón latir más fuerte que de costumbre.

-¿Estás bien? –Le preguntó Fran mientras se sentaba a su lado.

-Sí, solo estaba pensando. –Le respondió ella.

-No sé cómo nunca me di cuenta de que Gonzalo era tu padre. Ahora que lo sé, os encuentro un parecido terrible.

-Lo sé, papá.

-Tu madre se ha quedado muy mal.

-Sí, pero eso a mí ya no me importa. ¿La quieres, verdad?

-Sí hija, han sido muchos años juntos. No puedo borrarlo todo de un golpe.

-Tiene un carácter muy difícil. –La chica se abrazó a un cojín.

-Sí, no sabes cuánto.

-Yo no creo que pueda perdonarle lo que nos ha hecho. Engañados durante veinticuatro años. Es un buen título para un libro. –Intentó sonreír, pero le dolía el alma.

-Me pongo en tu lugar, y no sé qué haría, la verdad.

-Intento no pensar en él, pero no puedo. Aunque sea mi hermano, ¿cómo me arranco esto de aquí? –Posó su mano en el lado izquierdo del pecho.

-Con tiempo. El tiempo es el mejor juez, cariño. –Fran acarició suavemente la cara de su hija.

-Ojalá, pero lo dudo.

-Con fuerza de voluntad, todo se puede.

-Tengo miedo, mucho miedo… -La chica hablaba en voz bajita.

-Bórralo de tu mente. No sirve de nada.

-Qué el tiempo sea quién decida.

**Antonia recibió a Gonzalo y a su hijo. Los condujo hasta una habitación, dónde ellos descansaban cuando tenían un rato de lugar.

-Afirma ser Milagrosa. –Se limitó a decir la mujer.

-¿Cómo va a ser eso? –Preguntó Gonzalo mientras entraba a aquella pequeña habitación, la cual constaba solo de dos sofás, una mesa y una televisión. Cristina estaba en uno de los sofás, echa un gurruño, mirando a la nada.

-Mamá… -José se sentó a su lado y le acarició el cabello. La mujer lo miró y se incorporó sonriendo.

-Creo que te estás confundiendo. Yo no tengo ningún hijo, soy muy joven aún. Me llamo Milagrosa, ¿y tú? –Preguntó la mujer con la mirada perdida.

-Cristina… -Gonzalo se frotó los ojos. Comprendió que su mujer había perdido completamente la razón. Y todo por su culpa.

-Tranquila, mamá. Simplemente estás confundida, pero pronto te vas a poner bien, ya lo verás. –José la abrazó fuerte, quería que supiera que estaba con ella.

-Yo tengo novio. Se llama Paco y lo quiero mucho. Pero ella es mala, muy mala. –La mujer comenzó a hablar en voz bajita.

-Les aconsejo que la lleven al médico. Cómo os dije, no está bien. –Antonia quería ayudarles, pero tenían tanto trabajo aquel día, que tenía que seguir.

-Está bien, me la llevaré e iremos al médico. Esto no es normal.

-Tú estás con las dos. No sé cómo puedes hacerle eso a mi amiga Cristina. ¡Ella te quiere! –Comenzó a gritar ella cuando Gonzalo la cogió en brazos. José no podía creerlo. ¿Cómo podía estar su madre tan mal?

-Papá, deberíamos ir directamente a un psiquiatra.

-Sí, pero ¿a dónde?

-Yo sé de alguien. El padre de un chico que estuvo conmigo en el instituto el año que estuve, era psiquiatra.

-¿Sabes dónde vive? –Le preguntó mientras le ponía el cinturón de seguridad a Cristina.

-Sí, creo que sí.

-Pues guíame. Rápido.

Los dos se montaron en el coche a toda prisa y José apoyó la cabeza en la ventanilla. Estaba cansado de todo lo que le estaba pasando. Creía que todo volvería a tener sentido en la vida, pero nada de ello había ocurrido. África llevaba su sangre, por lo que tenía que renunciar a ella y ahora su madre había perdido completamente la razón y creía ser una persona que llevaba muchísimos años desaparecida. ¿Podía pasarle algo peor?

**Andrea estaba mirando al techo cuando sintió la puerta de su cuarto abrirse. Era Corina. La chica estaba muy desmejorada, cómo si algo le estuviera ocurriendo.

-Hola, ¿cómo estás? –Le preguntó mientras se sentaba en una de las sillas que había al lado de su cama.

-Bien, un poco impactada. ¿Te has enterado? –Andrea hizo una mueca de dolor, solo por hablar, ya le dolía.

-No, ¿qué ha pasado? –Corina se incorporó en el asiento.

-Hace un rato, estaba Sergio aquí conmigo y lo llamaron de comisaría. Habían encontrado a Lidia muerta en la tienda de antigüedades. –Corina se llevó las manos a la cabeza y se levantó de un salto.

-¡Por Dios, Andrea! –Comenzó a llorar.

-Tranquilízate, aún no se sabe nada.

-¿Cómo me voy a tranquilizar? ¡Ya están comenzando a morir personas! Y todo por mi culpa… -La chica se cayó al suelo mientras lloraba desconsoladamente.

-Corina, no me hagas esto. No puedo levantarme de la cama. –En ese momento entró Yolanda y se dirigió a la chica. Al no saber qué hacer fue en busca de una enfermera y rápidamente le pusieron una inyección para tranquilizarla.

-Creo que tenemos que llamar a su marido. –Yolanda miraba a Corina. La chica estaba sentada en una butaca, al lado de la cama de Andrea. Después de haberle puesto el tranquilizante, no había dejado de mirar el mismo punto fijo.

-¿Me escuchas? –Ángel, el padre de Andrea, se arrodilló frente a ella y la miró fijamente a los ojos, pero su mirada estaba completamente perdida.

-Cree que tiene toda la culpa de lo que está pasando.

-Me lo dijo, una vez cuando coincidimos en el pasillo. Ella cree que todo lo que ha pasado ha sido por su culpa, por comenzar a indagar en el tema de la desaparición de tu tía. –Le explicó Ángel a Andrea.

-Mamá, ¿tú crees que pueda tener relación?

-No lo sé, hija. Todo puede pasar…

-Voy a llamar a su marido. ¿Tienes el número de teléfono?

-Sí, coge mi móvil.

**David estaba con Sergio en Córdoba. Acababa de salir de reconocer a su hermana. Cuando la vio allí acostada en aquella camilla de hospital, no podía creerlo. ¿Cómo iba a estar muerta? Aquel solo pensamiento le dolía, así que el dolor que sentía al verla allí no podía describirlo.

-No puedo creerlo aún. –Le dijo el chico a Parker, mientras se sentaban en un banco.

-Tienes que ir asimilándolo. Aunque no sea fácil.

-¿Cómo no va a estar más conmigo? Ella me ha criado, era como mi madre.

-Lo sé, pero ya no está. Tienes que ser fuerte.

-Lo sé…

En ese mismo instante, el teléfono de David sonó. Era un número desconocido, ¿Quién sería? Se levantó para atender la llamada y se frotó la frente cuando Ángel le contó lo que le pasaba a Corina. Estaba realmente preocupado por su mujer, ¿hasta dónde iba a llegar su estado de ánimo?

-Tenemos que irnos, Sergio.

-¿Por qué? Quiero saber lo que dice la autopsia.

-Ya nos llamarán por teléfono. He tenido un problema personal y necesito ir al hospital.

-Bueno, está cerca de aquí. Yo puedo quedarme esperando los resultados y luego me recoges.

-Si yo no estoy aquí, no te van a decir nada. –Intentaba explicarle David, con toda la paciencia que podía- Así que vamos.

Sergio no dijo nada más, sabía que no podía insistir. Los dos caminaron hacia el coche en silencio. Aquel día estaba siendo horrible y quizás debería acabar lo antes posible.

**María no le quitaba ojo de encima a sus nietos, su hija se los había confiado y ella tenía que cuidarlos celosamente. Carmen estaba más linda que nunca y Luis no dejaba de jugar con su amigo del alma. Corina estaba hasta arriba de cosas, ella sabía lo culpable que se sentía por todo lo que había pasado y eso le dolía. Si aquel día no le hubiera contado todo lo de Milagrosa, quizás nada de aquello hubiera ocurrido. Se levantó del sofá y cogió el anónimo que había encontrado en casa de Andrea. ¿Quién podía estar haciendo algo así? Un pensamiento se cruzó por su mente. ¿Y si fuera su hermana Rocío? Ahora vivía más amargada que nunca. Ni ella misma podía creerse que Fran no era el padre biológico de África. ¿Cómo podía haberlos engañado a todos durante tanto tiempo?

Echó la cabeza en uno de los cojines, aprovechando que ahora los  niños estaban durmiendo la siesta y recordó a su amiga. ¿Y si estaba  más cerca de lo que ellas creían? ¿Y si aún estaba viva y no quería que removieran el pasado? Pensó en personas del pueblo, personas que pudieran cumplir con el perfil de Milagrosa, pero no se le venía nadie a la cabeza. Ella intuía que su amiga había vuelto y estaba allí mismo, muy cerca de ellos y que ella era la autora del incendio, lo que le había pasado a Andrea y de la muerte de Lidia. Cuando recordó a Lidia, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Por qué la había  matado a ella? Si Milagrosa fuera la que estaba haciendo todo aquello, no entendía porque tenía que haberla matado a ella, cuando era una de sus mejores amigas. Entonces cayó en la cuenta. Paco. Él se casó con Lidia tan solo unos meses después de que Milagrosa desapareciera. ¿Habría vuelto a cobrárselas todas? Si eso fuera así, estaba segura que la próxima sería su hermana Rocío, la persona que más daño le hizo sin duda alguna.

Cerró los ojos, intentó dormir un poco, pero no podía. También se había enterado de lo de Cristina. ¿Cómo había podido perder la razón? En aquel pueblo las noticias volaban. Tan solo unas horas antes, en la tienda lo estaban comentando. ¿Sería verdad lo que decían que creía ser Milagrosa? Ella sabía muchas cosas de su pasado, que si ahora creía ser ella, podría decir. Su voluntad era que nunca se supiera. De hecho creía firmemente en la idea de que se fue para evitar un escándalo a su familia cuando se enteraran de los abusos de Rocío.

Abrió los ojos cuando sintió unos golpes en la puerta. ¿Quién sería a aquellas horas? Todo el mundo dormía la siesta.

-¿Qué haces aquí? –Le preguntó a Rocío mientras ésta entraba a sus anchas por la casa.

-Me siento sola. Fran y África se han marchado de casa.

-Rocío, es normal que se hayan ido. Casi siempre haces las cosas sin pensar y eso no puede ser así.

-Ella es hija de Gonzalo, contra eso no puedo hacer nada. –La mujer se sentó en el sofá y respiró hondo.

-Tienes que asimilar que los has perdido para siempre. No creo que vayan a volver. He hablado con Fran y no te puedes imaginar lo dolido que está. Y África… ha perdido al amor de su vida.

-¡Es su hermano!

-Lo sé, y por eso mismo teníais que habérselo dicho mucho antes, para que lo hubieran sabido y no hubieran caído en tentaciones.

-María…

-María, ¿qué?

-No sé qué hacer.

-Yo no puedo aconsejarte nada, creo que lo que has hecho está muy mal.

-Bueno, cambiando de tema. –La mujer parecía sentirse incómoda con aquella charla-. ¿Sabes cuándo es el entierro de Lidia? –Preguntó con toda la soberbia del mundo.

-Rocío, no hables así. Lidia ha muerto, ¿no te da pena?

-¿Pena? Esto es un juego y se salva el más fuerte.

-¿De qué estás hablando? ¿Crees que Milagrosa ha vuelto, verdad? –María se recogió el pelo, aquella tarde estaba haciendo un calor infernal.

-No puedo decirte nada, porque no lo sé.

-Está bien, solo te pido que andes con cuidado.

-¿Por qué? –Rocío se levantó y se dirigió a la puerta.

-Si ella ha vuelto y está haciendo todo esto, la próxima serás tú. No tengo ninguna duda de eso.

-Si puede conmigo, seré yo, de lo contrario, seguirá muriendo gente.

La mujer se marchó y María se volvió a quedar sola, sentada en aquel sofá escuchando el simple cantar de los pájaros en la calle. ¿Y si venían a por ella? Tenía miedo, mucho miedo, pero no podía hacer nada. Tan solo esperar a que los acontecimientos fueran pasando.

**David iba con la vista puesta en la carretera. Corina no había vuelto a hablar desde que le pincharon aquel tranquilizante. Iba a su lado, con la cabeza echada en la ventanilla y mirando al infinito.

-Corina, dime algo.

Silencio absoluto.

-¿Vas a estar así toda la vida? –Preguntó un poco enfadado.

Silencio.

-Está bien, no te preguntaré más, cuando quieras volver a hablar, aquí estaré para escucharte.

El chico no habló en todo el camino. Cuando llegaron a su casa, ayudó a su mujer a bajarse del coche y a entrar en casa. Se recostó en el sofá, con la misma mirada perdida desde hacía unas horas.

-Tu madre viene de camino, trae a los niños.

Silencio.

-Corina, por favor. –David se arrodilló a sus pies y le acarició la cara.

La chica no lo miraba. No miraba a nada, estaba en otro mundo, en otra dimensión.

-¿David? –María llamó a la puerta y él abrió.

-María, tu hija está muy mal. –El chico se abrazó a la mujer y sus ojos comenzaron a ponerse acuosos.

-¡Papá, papá! –Carmen le echó los brazos a David y éste la cogió cariñosamente y le acarició su cabello rubio.

-Hola, mi amor.

-¡Papi! ¿Qué le pasa a mamá? –Luis estaba sentado al lado de Corina. La chica no se había inmutado ni tan siquiera cuando su hijo se había acercado a saludarla.

-Mamá está malita y nosotros tenemos que ser muy buenos con ella, para que se recupere pronto. ¿Está bien?

-Sí, papi. –Respondió el niño mientras se abrazaba a su cintura. David le acarició la cabeza y besó la carita de su pequeña-. Ahora quiero que juguéis en la habitación de juegos, ¿vale? Luis, ¿cuidarás de tu hermanita?

-¡Claro! Vamos a jugar juntos.

-Muy bien, te estás haciendo muy mayor.

Parker los llevó al cuarto de juegos y cuando volvió, María estaba sentada al lado de su hija, la tenía cogida de la mano y ninguna de las dos decía nada.

-¿Qué le ha pasado? –Preguntó la mujer sin apartar la vista de su hija.

-Por lo visto, fue cuando se enteró de la noticia de la muerte de Lidia.

-¿Tanto le ha afectado?

-Yo creo que ha sido un cúmulo de cosas. Ella se siente muy culpable por todo lo que ha pasado. Primero el incendio, luego lo de Andrea, y ahora la muerte de Lidia.

-¡Pero ella no es culpable de nada! Yo fui la que le conté toda la historia de Milagrosa.

-Nadie tiene la culpa de nada. Esto está pasando porque tenía que pasar y punto.

-David, creo que ha vuelto. –Dijo María sin ton ni son.

-¿Quién ha vuelto? –El chico se sentó en una de las sillas, al lado de Corina y le acarició el cabello.

-Milagrosa. Creo que ella es la que está haciendo todo esto.

-¿Y por qué iba ella a querer matar a Lidia? –Preguntó el chico incrédulo.

-Ella se casó con Paco poco después de desaparecer Milagrosa. Todo esto se ha removido ahora y yo creo que ella no quiere que nada de lo que ocurrió se sepa.

-Pero, ¿qué fue lo que ocurrió tan importante que no quiere que se sepa?

-Nos hizo prometer a todas que jamás contaríamos lo que Rocío le hacía.

-¿Tan cruel era?

-Milagrosa aguantó mucho y todas callábamos porque ella no quería ver a su familia involucrada en chismes del pueblo.

-No lo sé, María…

-Toma, el anónimo que encontré debajo de la puerta de Andrea. –El hombre cogió aquel sobre, lo abrió y lo leyó. Eran recortes de periódico, aquello sería muy difícil.

-Me lo llevaré a comisaría, lo mandaremos a laboratorio para ver si pueden extraer alguna huella.

-Está bien.

-María, ¿te importa quedarte con Corina? Me están esperando en el trabajo, en breve llamará el forense para decirnos los resultados de la autopsia y tengo que interrogar a Paco.

-Sí, no te preocupes. Yo cuidaré de ella y de mis nietos.

-Gracias, de verdad.

El chico besó dulcemente a su mujer en la frente y no vio ninguna reacción. ¿Estaría así toda su vida? Algún día tendría que salir de aquel mutismo en el que se encontraba… Se montó en el coche y puso rumbo a comisaría. Aún le quedaba una tarde bastante larga, tenía que tranquilizarse y afrontarla.

 

 

 

TREINTA Y TRES AÑOS ANTES.

Milagrosa se sentía feliz, pronto presentaría a Paco a su familia. Él la quería y ella se daba cuenta de aquello. Estaba un poco triste por una discusión que había tenido el día anterior con Lidia. No veía a Paco adecuado para ella. Pero, ¿por qué? Ambas se enfrascaron en una disputa en la plaza del pueblo y María tuvo que poner orden, todo el mundo las estaba mirando. Sabía que pronto arreglaría las cosas con ella, no podían estar mucho tiempo enfadadas.

María la había llamado para quedar aquella tarde y tomarse un helado, para así poder hablar lo ocurrido entre ellas. Lidia no estaba muy por la labor, pero finalmente la convencieron y ahora estaba terminando de arreglarse para ir al parque. Quería solucionar aquello lo antes posible. Demasiado tenía ya con tener que aguantar a Rocío. Solo pensar en ella hacía que los pelos se le pusieran de punta. ¿Cómo podía ser una persona tan mala? Cristina le daba pena, veía en sus ojos que nada de lo que hacía había sido propiciado por ella, sino por Rocío. Y tenía que obedecer sino quería ser ella una más de sus víctimas.

Se miró al espejo y respiró hondo. Muchas veces preferiría no estar allí. Quería escapar, irse y dejar atrás todo el pasado. ¿Y si lo hacía? Por un momento su mente pensó en aquella posibilidad, pero algo llamó su atención. ¿Qué era aquel ruido? Miró por la ventana, alguien estaba tirando pequeñas piedras.

            -¿Qué haces tú aquí? –Preguntó la chica incrédula.

            -Ven, tenemos que hablar.

            -No estoy segura…

            -Baja ahora mismo. Afronta las cosas como una persona adulta que eres.

La chica cogió su bolso, preparado con antelación. Y miró su habitación antes de salir por la puerta. Nadie sabía lo que podía depararle el futuro.

Anuncios

2 comentarios en “BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPÍTULO 7.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s