BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPÍTULO 6.

**Sergio entró en el hospital corriendo. ¡Menos mal que el padre de la chica le cogió el teléfono y le contó todo lo que había pasado! ¿Quién podía haberle hecho aquello a Andrea? Retiró una lágrima mientras buscaba el pasillo donde había quedado con Ángel, su padre.

-¿Qué le ha pasado? –Preguntó el chico nervioso.

-Lo que te he dicho, alguien colocó un cepo…

-Oh, Dios mío. –El chico recordó los meses de noviazgo que tuvieron, cuando los dos trabajaron juntos en un hotel en Sevilla. Se conocieron y poco a poco fue surgiendo algo entre ellos, pero lo mismo que surgió, se fue.

-Ella estará encantada de verte. –Le dijo su madre mientras le sonreía-. Me ha hablado muy bien de ti.

-Sí, estuvimos trabajando apenas tres meses juntos, pero congeniamos muy bien. –El chico vio como un policía lo miraba con curiosidad, al otro lado del pasillo.

-¿Ese chico está aquí por temas policiales? –Preguntó curioso.

-No, es un amigo de Andrea.

-Ya…

-No sabía que fueras hermano de Lidia. Ella era muy amiga de mi hermana Milagrosa. –Yolanda se sentó en uno de los asientos y el chico hizo lo mismo, sin quitarle la vista de encima a Fernando. ¿Qué quería de Andrea?

-Sí, siempre he vivido con ella. Exceptuando algunas temporadas que por trabajo he tenido que irme fuera. Ha sido como una madre para mí.

-Se nota que la quieres mucho.

-No te imaginas cuánto.

-¿Sigue su matrimonio con Paco? –Yolanda, tenía curiosidad, puesto que Paco había sido su cuñado durante una temporada, cuando fue novio de Milagrosa.

-Sí, aún están juntos.

En ese momento el médico apareció por el pasillo y los cuatro se le echaron encima.

-¿Cómo ha salido mi hija de la cirugía? –Preguntó Ángel.

-Bueno, hemos hecho lo que hemos podido. Le hemos reconstruido el pie, pero no podemos asegurarle que se vaya a recuperar completamente, seguramente quedaran algunas secuelas.

-¿Cómo cuáles? –Yolanda estaba bastante alterada.

-Quizás cojee un poco. O mucho. Eso no podemos saberlo. Pero teniendo en cuenta, como llegó a este hospital, ha sido un milagro que le hayamos podido salvar el pie.

-Gracias. –Le dijo Fernando, el médico le sonrió.

-Es mi trabajo, no tienen que darlas.

-¿Cuándo podremos verla? –Preguntó Sergio.

-Aún está bajo los efectos de la anestesia, hay que esperar un poco. Cuando puedan, una enfermera les avisará.

-Está bien. Aquí esperaremos.

Cuando el médico se fue, las  miradas de Fernando y Sergio se cruzaron. No se conocían de nada, pero ambos sabían que no podían ser amigos. Quizás estuvieran luchando por la misma mujer. Tan solo con sus miradas se habían dado cuenta. Andrea solo podría estar con uno de ellos, pero ¿con quién?

**Cristina no podía creer lo que su marido le había contado. ¿Cómo podía haberla engañado de nuevo? Primero, le había sido infiel con Rocío y ahora se enteraba que habían tenido una hija juntos. El aire de la noche golpeaba en su cara, las lágrimas recorrían su rostro. Ahora estaba pagando por todo lo que hizo en el pasado. Todo el mal que cometió lo había pagado con la llegada de aquella noticia. Se sentó en un bordillo, a las afueras del pueblo y sacó del bolso una botella de Whisky que había metido antes de salir. ¿África era hija de Gonzalo? ¿Por qué había tardado tanto tiempo en contárselo? Esa zorra de Rocío siempre le ganaba. Siempre la había tratado como un títere y al final, siempre acababa ganando. Cómo le dolía no haberse apegado más al grupo de María, Lidia y Milagrosa. Si lo hubiera hecho, posiblemente nada de lo que estaba pasando hubiera ocurrido.

Dio un sorbo a la botella y tosió. Estaba muy fuerte. Miró hacia el cielo y pensó en Milagrosa. ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué estaría haciendo? Seguramente, sonreiría, como hacía siempre.

Se levantó en la oscuridad de la noche y comenzó a deambular, con la botella en la mano. No le importaba nada, ya nada podría hacerle más daño. Se arrepentía de todo lo que había hecho, pero no podía dar marcha atrás. Enfrentaría lo que le viniera, fuera cual fuera el castigo.

**Cuando Andrea abrió los ojos después de la operación, su habitación estaba llena de gente. Su madre y su padre estaban justo a su lado y ésta le acariciaba suavemente la mano. Corina y David sentados en las dos butacas del frente, Sergio al lado de la puerta y Fernando apoyado en la ventana.

-Hola. –Saludó ella apenas sin voz-. ¿Qué me ha pasado?

-¡Andrea, hija! –Su madre la abrazó mientras unas lágrimas recorrían su rostro.

-Me duele el pie… -Se quejó la chica.

-Sí, te han hecho una cirugía de reconstrucción muy delicada tienes que tener mucho cuidado. ¿Recuerdas lo que pasó? –Le preguntó su padre.

-Yo me encontraba en mi casa, estaba haciendo el almuerzo y en ese momento llamaron a la puerta. Cuando abrí no había nadie y me asomé un poco para ver si era una broma de algún chiquillo y entonces, algo se aferró a mi pie causándome un dolor indescriptible.

-Lo importante es que estás bien. –Corina se le abrazó llorando-. Todo ha sido culpa mía, si yo no hubiera empezado esto…

-No digas eso, en esto hemos estado metidas las dos, no es culpa de nadie. –La tranquilizó la chica mientras acariciaba su pelo.

-Me alegro que estés bien. –Le dijo David y cogió a Corina sacándola fuera para que le diera un poco el aire.

-Hola, Fernando. –Dijo ella sonriendo.

-No sabes lo feliz que estoy de que te estés recuperando. –El chico se le acercó y pegó su frente a la de ella. Andrea sonrió.

-Yo me enteré porque, al no saber nada de ti, te llamé y tu padre fue quien contestó a tu móvil. –La voz de Sergio se escuchó en la lejanía. Una voz un tanto apagada.

-Me encanta verte aquí, sabes que eres un buen amigo. Te aprecio muchísimo y te doy las gracias por haber venido. –El chico la abrazó tiernamente.

En ese momento entró una de las enfermeras.

-Tenéis que dejarla descansar. –Dijo mientras comprobaba que todo iba bien.

-Sí, ya nos vamos.

-Cuando podáis volver, yo os avisaré. –Le informó amablemente la chica.

Todos salieron al pasillo y Fernando se acercó a Yolanda, apartándola del resto.

-Yolanda, necesitamos hablar contigo de algo un tanto delicado.

-Sé lo que es, no se preocupe.

-¿Lo sabe? –Preguntó el chico un tanto incrédulo.

-Sí, es sobre mi hermana Milagrosa, ¿verdad? –La mujer era simpática, tenía un tanto de dolor en sus ojos, quizás por la pérdida de su nieto, pero aun así radiaba felicidad.

-Sí, es que todo lo que está pasando es un poco extraño y estamos más que seguros que está en conexión con la desaparición de Milagrosa.

-Pero de eso hace ya más de treinta años.

-Sí, lo sé. Pero tiene que tener en cuenta que han intentado quemar la casa de Corina y que han atentado contra la vida de su hija. Precisamente las dos mujeres que estaban indagando en el tema. Además, tenemos el anónimo encontrado en casa de Andrea, claramente alguien está intentado parar la investigación sobre la desaparición, porque no quiere sacar a relucir el pasado.

-Está bien, si le parece podemos ir a comer mañana al mediodía, yo le contaré lo que queráis. Cómo comprenderás, no puedo alejarme mucho del hospital y de mi hija.

-Claro, lo entiendo. Almorzaremos mañana. Gracias.

**Cuando África abrió los ojos se encontró a su padre al lado. A Fran, quien la había criado.

-Papá… -Comenzó a decir entre lágrimas.

-Ya, mi amor. No quiero que te pongas peor.

-No puedo creerlo. Ha sido todo tan repentino… ¿Cómo ha podido mi madre hacernos esto?

-No lo sé, hija. No lo sé. –La voz del hombre se escuchaba cansada.

-Tú siempre vas a ser mi padre, nadie en la vida te reemplazará.

-Y tú siempre serás mi niña. Mi África. –Ella le sonrió, aún con los ojos acuosos-. Cariño, he hablado con José. No se ha retirado de aquí desde ayer. Está muy afectado.

-Le entiendo, yo estoy igual.

-No puedes darle de lado ahora, él está sufriendo tanto como tú.

-Pero papá, no puedo verle como a un hermano, eso jamás podré hacerlo.

-Nadie te obliga a que lo hagas. –Le dijo mientras acariciaba su mejilla.

-Lo sé, pero esto que hay entre nosotros, nació desde que éramos muy pequeños, hemos estado años y años separados, y ahora que al fin conseguimos mantener una relación como personas civilizadas, nos enteramos de esto.

-Es verdad que tu madre siempre se ha opuesto a lo vuestro, pero no entiendo por qué no contó la verdad. Era obvio que os veíais a escondidas y que… ya sabes. –El hombre se calló, no quería ni pensarlo.

-Pues sí, me he acostado con mi hermano. –Dijo ella con toda la naturalidad del mundo.

-África…

-¡Es la verdad, papá! No puedo hacer nada en contra de eso…

-No le des de lado, me da mucha pena. Está completamente destrozado. Quizás deberíais despediros de alguna manera especial para dejar atrás vuestros sentimientos de amor y comenzar unos nuevos de fraternidad. –Le aconsejó el hombre.

-¿Y cómo hago eso? –Preguntó ella incrédula.

-No lo sé, alguna carta, alguna canción… A ti se te da bien esas cosas.

-No estoy de ánimos.

-Eso lo dices ahora, pero cuando llegue el momento, saldrá solo y sabréis que el momento de la despedida.

**Lidia estaba un poco agobiada con las deudas de su negocio. No le salían las cuentas, era algo que necesitaba arreglar lo antes posible. No podía dejar de pensar en Paco y en lo mal que les iba su relación. Desde aquella discusión no habían vuelto a hablar. Pasados unos minutos le vio entrar por la puerta. Su corazón se encogió terriblemente, le daba miedo que volviera a decirle todo lo que le dijo la última vez.

-Lidia, tenemos que hablar. –El hombre fue acercándose poco a poco al mostrador, donde estaba ella.

-Paco, yo…

-No, no digas nada. Sé que esta situación está siendo insostenible y tenemos que arreglarlo o de lo contrario… -El hombre cogió un bolígrafo que había encima y comenzó a dibujar cosas sin sentido en una hoja en blanco.

-Sé que no la has olvidado. –Dijo ella tristemente.

-Milagrosa fue una persona muy importante en mi vida, pero jamás supe nada de ella. Fue algo que nunca me explicaré, desapareció de la nada, sin dejar rastro…

-Aún no la has olvidado, ¿verdad? –Insistió la mujer.

-No es que no la haya olvidado, es una cuenta pendiente del pasado. ¿Qué habría pasado si hubiéramos estado juntos?

-Claro, por eso me tratas a mí así de mal. –La mujer comenzó a beberse un vaso de café que se acababa de echar.

-Lidia, yo te quiero. A mi manera, pero te quiero. Y te necesito. Si vamos a estar juntos, no quiero que nos peleemos más. Yo te prometo que intentaré cambiar en todo lo que pueda.

-¿De verdad? –Preguntó ella ilusionada.

-Te estoy siendo lo más sincero que puedo.

-Abrázame fuerte, quiero sentirte. –El hombre se dirigió a ella y la abrazó lo más fuerte que pudo.

-Lidia…

-Te quiero, Paco. Lo eres todo para mí, jamás he querido a nadie en mi vida, solo a ti…

-Y yo mi amor… -El hombre respiraba el olor a coco de su cabello.

En ese momento escucharon un pequeño ruido y se separaron rápidamente, no convenía que los clientes los vieran así.

-¿A entrado alguien? –Preguntó Paco.

-No, el ruido venía de la trastienda. No te preocupes, siempre se cae algo, yo ya estoy acostumbrada.

-¿Entonces te puedo volver a abrazar?

-Sí, pero esta vez quiero que me beses también.

-Eso dalo por hecho.

**Corina salió de la ducha. Llevaba unos días más apagada de la cuenta y era consciente de ello. Sentía a David muy cerca de ella, pero a la misma vez infinitamente lejos. Le había preguntado muchas veces qué era lo que le pasaba y siempre decía que nada, pero ella sabía lo que era: Tenía miedo de que el mal pudiera llegar a Luis y a Carmen. Ella también temía, y más teniendo en cuenta que ella había sido quien lo había propiciado todo. ¿Por qué su madre tuvo que enseñarle aquella foto con Milagrosa? ¿Por qué tuvo que volver Andrea, su sobrina, en ese mismo momento? ¿Por qué se le ocurrió que debía seguir investigando una desaparición que llevaba archivada más de treinta años?

Tenía muchas preguntas y pocas respuestas. Apenas había visto a sus hijos un rato en dos días. Su madre le estaba ayudando mucho en ese tema. Ella debía estar en el hospital, junto a Andrea y su prima. Ambas necesitaban su ayuda.

Muchas veces pensaba que se metía demasiado en las cosas, cosas que a ella no le aportaban nada, pero era así y no podía remediarlo. Ahora estaba aterrada, ¿cómo salir de todo aquello? Se sentó en una esquina de la cama y abrió un cajón de la mesita de noche y sacó una foto de Luis. La abrazó a su pecho y comenzó a llorar. Amaba a David, más a que nada en el mundo, era el mejor esposo y padre que nadie pudiera desear, pero muchas veces recordaba a Luis. En silencio le pidió que los protegiera, a su familia en general, pero sobre todo a sus hijos. Miró hacia el techo, como si lo estuviera haciendo al cielo y guardó la foto. Él los ayudaría, estaba segura.

Comenzó a peinarse su larga melena cuando David entró en la habitación. Más serio de lo normal, como llevaba siéndolo durante unos días.

-Me acaba de llamar Gonzalo, el padre de José. Por lo visto, anoche le contó a Cristina toda la verdad sobre África y ésta se marchó poco después. No ha regresado.    –La chica miró el reloj, eran las once de la mañana. Aún no podían denunciar la desaparición de una persona mayor de edad. Tenían que pasar al menos cuarenta y ocho horas.

-¿Qué vais a hacer? –Preguntó ella sin mirarle.

-Le hemos dicho que espere las horas reglamentarias para poder denunciar. –El chico se tendió boca arriba en la cama.

-David, yo… -La voz de la chica comenzó a tartamudear.

-Corina, ya.

-Me siento muy mal, no puedo dejar de pensar que todo lo que está ocurriendo ha pasado por mi culpa. –Dio rienda suelta a sus lágrimas.

-No te digo que haya sido así, pero sabes que no me parece bien que sigas con las narices metidas en este asunto. Por nuestros hijos, desvincúlate.

-Lo sé, y si voy al hospital, es porque Andrea es mi amiga y no puedo dejarla sola.

-Está bien, pero cualquiera puede ser quien está haciendo todo esto. Te lo digo como policía, como profesional. No quiero que hables del tema con nadie que pueda estar involucrado. Ni Rocío, Cristina, Lidia, tu madre, Paco, Gonzalo, Fran…

-Ya…

-Te lo digo por tu bien, por nuestro bien, por el de nuestros pequeños. –David se levantó y se puso a su lado. Le daba una pena inmensa verla así.

-Lo sé, David. Y te aseguro que de ésta he aprendido.

-Pues vístete que nos tenemos que ir para Córdoba. Fernando y yo hemos quedado para almorzar con Yolanda y que así nos cuenta cosas sobre su hermana Milagrosa.

-Está bien.

A los pocos minutos estaban saliendo de nuevo de casa. Dejando a sus hijos con su abuela María.

**Una luz tenue entraba por la habitación del hospital. África ya se iba a casa, Fran iba a llevarla con la condición de que sería para hacer las maletas y alquilarían algo lo antes posible en Fuente Palmera. No querían saber nada más de Rocío. Estaba terminando de hacer su pequeña maleta cuando escuchó la puerta. No se giró, sería su padre que venía a por ella.

-Ya mismo estoy lista, papá. –No obtuvo respuesta. Unas manos cálidas y conocidas se posaron en sus hombros.

-África, soy yo. –Era la voz de José. La chica levantó la vista y sus ojos verdes comenzaron a ponerse acuosos, se puso rígida, no sabía cómo actuar.

-Hola, José. –Dijo ella sin darse la vuelta.

-Esto me ha pillado tan desprevenido como tú y no sabes cómo estoy sufriendo. –El chico se calló porque la voz comenzó a quebrársele un poco.

-Ha sido muy bonito lo que hemos vivido, pero se tiene que acabar. –Dijo ella fríamente, aunque el corazón le estuviera ardiendo en aquel preciso instante.

-Siempre hemos estado juntos, desde que éramos pequeños hasta la adolescencia y ahora estos preciados días. No volvería atrás, no cambiaría nada de lo que hemos hecho o vivido. Si te hizo feliz, no cuenta como error. –El chico la giró y le acarició la mejilla mientras sonreía. Sus ojos estaban acuosos y una lágrima amenazaba con salir en cualquier momento.

-¿Sabes? Esto me recuerda a una poesía. Una poesía titulada la despedida de José Ángel Buesa. –África se quedó en silencio, mirándole. Preguntándose cómo podía quererle tanto y cómo se iba a borrar todo aquello del alma.

-“Te digo adiós y acaso te quiero todavía.

                Quizás no he de olvidarte, pero te digo adiós.

                No sé si me quisiste, no sé si te quería

               O tal vez nos quisimos demasiado los dos”

José tuvo que parar, la voz no le permitía seguir. África aún seguía atónita, ¿cómo podía saberse aquel poema? La chica siguió recitando su poema favorito, ese que aprendió con apenas quince años y que jamás en la vida pensó que José también se lo supiera de memoria.

-“Este cariño triste, apasionado y loco

                Me lo sembré en el alma para quererte a ti.

                No sé si te amé mucho, no sé si te amé poco

                Pero si sé que jamás volveré a amar así”

El chico le acarició suavemente la mejilla a la chica y ésta sonrió. Luego él prosiguió.

-“Me queda tu sonrisa, dormida en mi recuerdo

                Y el corazón me dice que no te olvidaré

                Pero al quedarme sola, sabiendo que te pierdo

                Tal vez comience a amarte como jamás te amé.

La chica cerró los ojos y pegó su frente a la de José y ambos recitaron el final del poema.

-“Te digo adiós y quizás con esta despedida

                Mi más hermoso sueño muera dentro de mí

                Pero te digo adiós para toda la vida

                Aunque toda la vida, siga pensando en ti”

Después de aquello un silencio ensordecedor acaparó la habitación. Solo se escuchaba el latir de sus corazones y el sonido de sus lágrimas recorriendo sus mejillas. África no dijo nada más. Aquella había sido la despedida del sueño más bonito que jamás pudo vivir, se fue alejando poco a poco, hasta que llegó a la puerta. José se giró, no quería verla marchar. Sabía que la había perdido para siempre y eso le dolía en el alma.

TREINTA Y TRES AÑOS ANTES:

**Milagrosa adoraba el olor de Paco. No sabía que perfume utilizaba, pero le encantaba, era algo superior a ella. Allí estaban, en el banco del parque comiendo pipas y sonriendo. Nada en la vida la hacía más feliz. Aún estaba un poco dolorida por lo que Rocío le había hecho. Ya habían pasado varios meses. Exactamente seis, pero en el pueblo aún lo recordaban. La gente podía llegar a ser muy cruel si quería.

            -Eres preciosa. –Le dijo el chico mientras apartaba un mechón de su cara.

            -Me voy a poner colorada. –Sonrió ella tímidamente.

            -Hasta colorada seguirás siendo la chica más guapa del mundo. Por cierto, ¿te ha seguido molestando Rocío? –Aquella pregunta la pilló por sorpresa. Tendría que mentirle, no podía contarle los episodios que vivía cuando estaba en casa con María. Hacía tres días, llegó y la arrastró del pelo hasta el baño. Allí tenía un cubo de agua lleno y le metía la cabeza una y otra vez, hasta que no podía respirar y entonces, la sacaba. Se escuchaban las voces de María al otro lado de la puerta. Llamaba a todo el mundo, pero Rocío ya se había cerciorado de que no habría nadie en casa. Cuando acababa, le soltaba alguna que otra patada en la barriga y luego se marchaba. No sin antes recordarle que era la más puta del pueblo. Luego entraba María y las dos lloraban abrazadas, mientras Milagrosa le pedía que por lo que más quisiera, nunca dijera nada de aquello.

            -No, no ha vuelto a decirme nada más.

            -¡Hola! –Lidia y María saludaron alegremente a la pareja cuando llegaron.

            -¿Qué tal chicas? ¿Cómo estáis? –Preguntó Paco.

            -Bien, hemos salido a dar un paseo. –Le dijo Lidia mirándolo fijamente a los ojos.

            -Eso está muy bien. Yo me tengo que marchar. Te dejo en buenas manos. –Le dijo a Milagrosa mientras le daba un dulce beso en la mejilla. Luego se fue alejando ya las chicas se sentaron a su lado.

            -Se le ve muy enamorado. –Le dijo María entre sonrisas.

            -Sí, yo también lo estoy de él.

            -¿No es más mayor que tú? –Preguntó Lidia.

            -Sí, pero eso no es problema.

            -Milagrosa, queremos hablar contigo. Esto no puede seguir así. Yo no puedo callarme más lo que mi hermana te está haciendo. –Le dijo María.

            -Me lo ha contado todo, y no puedo creérmelo. ¿Por qué no quieres que nadie sepa nada? –Le preguntó Lidia.

            -Me tenéis que prometer por lo que más queráis que jamás en la vida diréis nada de lo que sabéis.

            -Pero, ¿por qué? –Insistió Lidia.

            -Mi familia es muy conservadora y una noticia así en el pueblo haría que se hablara de nosotros durante meses y mi padre no lo soportaría. Tenéis que jurármelo, que jamás en la vida, pase lo que pase, vais a decir nada de lo que Rocío me está haciendo.

            -Está bien, aunque sigo sin entenderlo.

            -No tenéis que entender nada, simplemente llevar a cabo mi voluntad. –Las chicas se abrazaron entre ellas. Al menos querían que Milagrosa sentía que no estaba sola, que las tenía a ellas dos, de por vida.

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