BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPÍTULO 3.

**África ya tenía todo preparado para salir hacia Rota. Era sábado por la mañana y el sol lucía cálido y alto en el cielo. Caminó calle arriba hasta llegar a casa de su prima Corina, allí estaba ella en la puerta, cargando el coche y con los niños ya sentados cada uno en sus respectivas sillas.

-Hola, guapos. –Les saludó y ellos les sonrieron alegremente, cada vez que iban a la playa, era una fiesta para ellos.

-Hola, África. ¿Preparada para un fin de semana espectacular? –Le preguntó la chica mientras salía de casa con una bolsa.

-Sí, estoy preparada.

-¿Te pasa algo?

-No, nada. –Sin decir nada más, se subió al coche.

-Sabes que en mí puedes confiar. –Corina se sentó en el asiento del copiloto.

-Sí, lo sé. Es por José, ha vuelto al pueblo y…

-¿Y estáis locos el uno por el otro no? No es nada nuevo… -Corina le sonrió.

-¿Tanto se nota? –Preguntó risueña.

-Mucho.

-Mi madre no me deja verlo, quería quedar hoy con él, pero ella me ha pedido que me fuera con vosotros.

-¡No me digas!

-Sí…

-África, ¿tú sabes que las normas están para incumplirlas? Llama a José y dile que se venga con nosotros a pasar el fin de semana. Tu madre no tiene por qué enterarse.

-¿De verdad? –La chica pegó un saltito en el asiento.

-Sí, pero en el coche no cogemos.

-No te preocupes, por eso no hay problema, él se lleva el suyo. –Sacó el móvil del bolsillo y mandó un mensaje.

-Gracias, Corina, no podré dejar de agradecerte esto nunca.

-¿Agradecer el qué? –Preguntó David subiéndose al coche después de haberse cerciorado que todo se quedaba cerrado y en orden.

-Tenemos un nuevo inquilino este fin de semana en Rota.

-¿Ah, sí? –Preguntó mientras miraba a África por el espejo retrovisor.

-Sí, un amiguito de mi prima.

-Vale, le conoceré allí, entiendo que no debo preguntar más.

-¡Yo te cuento a ti todo lo que tú quieras saber! –Le dijo Corina alegremente mientras se abalanzaba sobre él y le daba un sonoro beso en la mejilla.

-Tenemos tiempo de sobra en el camino.

África sonrió al recibir el mensaje de José: “Eso es fantástico, cariño. Ahora mismo me pongo a hacer la maleta y voy para allá. Mándame la dirección. Eres la chica más especial del mundo. Mi chica”

**Andrea estaba dándose una ducha cuando escuchó la puerta. ¿Quién sería? Miró el reloj, eran las siete de la tarde. Se metió en una toalla y fue acercándose poco a poco a la puerta. Miró por la mirilla y allí pudo ver al mismo chico que la acercó a casa desde Sevilla.

-¿Fernando? –Preguntó ella al otro lado de la puerta.

-Sí, soy yo.

-Me estaba duchando, ¿puedes esperarte dos minutos a que me vista?

-Por supuesto, sin problema.

El chaval se sentó pacientemente en una de las sillas del jardín, cuando se trataba de cosas de mujeres la hora no era nada exacto. Y así fue, los dos minutos que le prometió Andrea, se transformaron en veinte.

-Perdona por el retraso. –Se excusó la chica mientras salía con dos cervezas.

-No te preocupes.

-¿A qué debo tu visita? –Preguntó curiosa. En realidad, no había quedado con él, se presentó allí por sorpresa.

-Solo quería ver como seguías. Desde que te dejé en tu casa no he vuelto a saber más nada de ti. –El chico pegó un sorbo a su cerveza y sonrió.

-Estoy bien, ahora algo entretenida.

-Con tu trabajo, ¿verdad?

-Hasta el lunes no empiezo, en realidad le estoy ayudando a Corina con un asunto.

-¿A Corina García?

-Bueno, sí. La mujer de David Parker.

-Ah… -El chico no quiso ser pesado y meterse en asuntos que no le incumbían.

-Mi tía desapareció hace treinta y tres años. –Fernando escuchó detenidamente toda la historia, la visita a Lidia y sus intenciones de volver a indagar en el tema.

-¿Estáis seguras?

-Por supuesto. El lunes por la tarde queremos ir a Córdoba a visitar a mis padres y así ver si mi madre puede aportar algo convincente.

-Claro, mientras más testimonios tengáis, será mejor. –La chica se quedó mirándolo durante un instante ¿Era posible que no se acordara de él en absoluto?

-Por supuesto, tenemos que tener más pistas.

-Por cierto, venía a invitarte a cenar. Sé que estás sola aquí en el pueblo y bueno, si te apetece…

-Yo… -La chica dudó un instante.

-Perdón, quizás no haya sido buena idea.

-No, no. Te lo agradezco muchísimo. Aquí me aburro mucho y si salimos a cenar esta noche, quizás se me pase el tiempo más rápido.

-Eso tenlo por seguro. ¿Estás preparada? –Andrea lo miró sonriendo.

-Fernando, son las siete y media de la tarde, ¿Ya vamos a cenar?

-¡Claro, que tonto! –Comenzó a reírse.

-Podemos quedarnos aquí hasta que llegue la hora de cenar y luego nos vamos, así hacemos hora.

-Cómo quieras.

Los dos se quedaron hablando sobre diversos temas en aquella cálida tarde de Julio. Quizás Fernando podría ayudarlas en aquel entresijo en el que se habían metido investigando la desaparición de Milagrosa. Ahora se quedaba totalmente sola en el pueblo, Corina se iba a la playa un fin de semana y ella no tenía a nadie. Intentaría que el tiempo se pasara lo más pronto posible. Le metería mano al jardín e intentaría dejarlo lo más parecido a antes posible. Su aburrimiento estaba llegando a límites insospechados, ella sabía que en algunas ocasiones hacía cosas que si alguien la viera, dudaría de su salud mental, pero lo necesitaba. Aquella mañana, había estado planchando toda la ropita de su hijo Víctor. Había estado seis años sin ver ni una sola pertenencia de su hijo, y ahora todo aquello se le antojaba bonito. También se acordaba de aquel hijo que perdió de Pablo. Tampoco se había olvidado de él. Aunque apenas estaba de unos meses cuando se produjo aquel accidente con Teresa, ella quería muchísimo a ese niño, lo mismo que amaba a Pablo. Ahora estaría descansando en paz. Hasta dónde sabía, se quedó en estado vegetal después de aquel terrible accidente que el mismo propició, pero no duró mucho tiempo así, cuando pasaron dos años, su cuerpo decidió descansar. Lo recordaba muy a menudo, aunque no quería, pero no podía resistirlo, ¿Qué hubiera pasado entre ellos si Teresa no se hubiera cruzado en su camino? Quizás hoy en día estuvieran juntos, Víctor fuera hijo de los dos y estuviera vivo. Hubiera matado por no haber conocido jamás en la vida a Santiago, ¿por qué tuvo que hacerlo? Aquel hombre le dio lo que más quería en la vida y se lo quitó al mismo tiempo.

Todo aquello había pasado hacía mucho tiempo, ahora necesitaba centrarse en ella e intentar rehacer su vida. Buscar distracciones y algo en lo que basar su existencia.

**Marga no podía dejar de pensar en todo lo que había ocurrido hacía algunos años. ¿Cómo pudo hacer aquello? Le dolía en el alma el simple hecho de pensarlo. Era una mala mujer y quizás por eso jamás aprendió a querer verdaderamente a sus hijas. No se sentía con fuerzas para hacerlo. Quizás por aquello su marido la abandonó, quizás se enteró de todo y decidió dejarla sin más.

Abrió un cajón de su mesita de noche y sacó una foto. La miró y dos grandes lágrimas corrieron por su cara, no sabía si podría soportar aquello mucho tiempo. Ella quería resurgir de dónde estaba sumergida, volver a ser aquella chica joven, querer a sus hijas, hacerse cargo de su nieta y darle todo el amor que una abuela puede darle, pero en aquel momento aquello era materialmente imposible, después de que todo el pasado se hubiera removido, no podía hacer otra cosa que querer dormir y soñar con lo que hubiera podido ser si aquella maldita noche no hubiera hecho lo que hizo.

Ya no podía dar marcha atrás, solo imaginarse que hubiera pasado si nada de aquello hubiera ocurrido. Se volvió a tender en la cama y se tomó una pastilla para dormir. Les sentaba muy bien, así podía soñar con lo que hubiera sido su vida. Su corazón estaba brutalmente resentido y le daba miedo el imaginarse un futuro con todo lo que estaba ocurriendo en el presente.

**Cuando Lidia escuchó la puerta de su casa, aún estaba en pijama. Se lo quitó corriendo y se puso un vestido de estar por casa. Sabía quién era y no tenía por qué arreglarse demasiado.

-Por fin llegaste. –Dijo al abrir la puerta de madera maciza.

-Tú has sido la que me has llamado ¿Qué tienes que contarme? –Cristina entró dentro de la casa y se acomodó en uno de los sofás.

-La hija de María está investigando sobre la desaparición de Milagrosa.

-¿Qué? –La mujer se levantó sobresaltada del sillón y se tapó la boca con las manos.

-¿No crees que deberíamos ayudarla? –Lidia se sentó a su lado.

-Lidia, ¿por qué no me has dicho esto antes?

-Me enteré ayer mismo y se lo comenté a Rocío. Cómo sé que ella no te lo va a contar, por eso he decidido citarme contigo.

-No pueden remover el pasado, es algo que debe quedarse en el olvido.

-¿Por qué dices eso? Sería estupendo que Milagrosa apareciera.

-No va a aparecer.

-¿Por qué estás tan segura, Cristina? –Lidia la miró recelosa.

-¡Hace muchísimo tiempo que se marchó! ¿Cómo vamos a dar con ella ahora?

-Tenemos que intentarlo, yo quiero ayudar a Corina y a la sobrina de Milagrosa.

-¿Qué sobrina de Milagrosa? –Preguntó asombrada.

-Se llama Andrea y es hija de Yolanda, ¿la recuerdas? Era hermana de Milagrosa.

-Sí, claro que me acuerdo de ella. No sabía que tuviera una hija.

-Tendrá más o menos la edad de la hija de María, es muy guapa.

-Ah… -Cristina no tenía palabras- Bueno, tengo que irme, tengo que hacer algunos recados.

La mujer cogió su bolso y salió como alma que lleva al diablo de la casa. Lidia se levantó y se quedó con la palabra en la boca. ¿Qué le pasaba a Cristina? Su actuación había sido realmente extraña.

**Cuando África vio la casa que su prima se había comprado en Rota, no podía creerlo, era un sueño para ella. Era amplia y diáfana. Tenía cinco habitaciones, dos de los cuales tenían baño propio.

-Esta será tu habitación y la de José. –Le dijo Corina mientras entraban en una bonita habitación con dos camas perfectamente hechas. El balcón daba al mar y el ruido de las olas llenaba el ambiente, era algo realmente relajador.

-¿De verdad vas a dejar que José y yo durmamos juntos? –Preguntó la chica asombrada. Ella siempre había estado muy reprimida por su madre y no lo veía normal.

-Claro que sí, nadie tiene porqué enterarse, ¿no? Somos chicas modernas, prima. No lo olvides. –Corina le dio un codazo y le sonrió.

-Me hubiera encantado que fueras mi hermana, eres tan comprensiva en todo…

-África, yo sé lo que es el amor y no entiendo como alguien puede prohibirle a otra que viva esa experiencia junto a la persona que ama.

-Lo nuestro nunca fue fácil. Desde pequeños supimos que no estaba bien que nos relacionáramos, pero era como si, al saberlo, más quisiéramos hacerlo. Quedábamos a escondidas para jugar, incluso teníamos un lugar secreto en el que nos veíamos y pasábamos las horas muertas. Cuando cumplimos más edad, a los trece años, me dio el primer beso. Jamás lo olvidaré, fue algo realmente bonito. Sutil y delicado como él mismo. Estuvimos algunos meses viviendo un amor prohibido, él me escribía cartas, yo le respondía, me tocaba la mano con sutileza cuando nadie nos veía y puntualmente me besaba lentamente, saboreando cada momento.

-Qué bonito es lo que me cuentas, África. –Corina se sentó a su lado en la cama.

-Por eso, nosotros jamás hemos podido vivir realmente esto que sentimos. A los catorce años lo mandaron a Londres, a un internado y no le dejaron despedirse de mí. Se fue sin más y yo jamás dejé de pensar en él durante este tiempo. Cuando lo vi aparecer en su moto, no podía creerlo. Pensé que habría sido de su vida, si tendría novia o estaría comprometido con alguien para casarse próximamente, pero no, venía a por mí, Corina. Jamás me olvidó.

-Conmigo puedes contar para lo que necesites, yo te ayudaré y os taparé las veces que queráis. Si alguna vez queréis veros cuando estéis en Silillos, yo os dejaré mi casa, allí podéis hablar tranquilamente.

-Gracias, de verdad…

En ese momento, África recibió un mensaje de José en el que le decía que estaba en la puerta de la casa, esperando que saliera. La chica sonrió a su prima y se marchó corriendo por el pasillo. Cuando salió a la puerta, allí estaba él, echado sobre su coche, más guapo que nunca. El brillo que tenía en los ojos le hacía especial.

-Hola… -Saludó ella tímidamente mientras se acercaba a él.

-África, por fin podemos estar juntos sin tener miedo que tu madre nos pueda ver. –José la cogió de la mano y la atrajo hacia él.

-Sí. Mi prima es buenísima, nos ha preparado una habitación para los dos.

-¿Enserio? –Preguntó él sorprendido.

-Te lo prometo, es la hermana que siempre quise tener. ¿Entras, te los presento y vas dejando tus cosas?

-Por supuesto, pero esta noche cenamos fuera. –La chica miró el cielo, estaba nublado y se había levantado un poco de frío.

-Menos mal que me traje algún abrigo, sino iba a pasar frio.

-Sí, parece que va a llover.

-No pasa nada, no tenemos por qué ir muy lejos, justo aquí al lado me ha dicho mí prima que ponen muy bien de comer y luego podemos ir a tomarnos una copa.

-Lo que tú quieras, reina.

José la besó con dulzura y ambos entraron en la casa. Después de las presentaciones pertinentes, David se quedó hablando con José mientras África se daba una ducha y Corina se encargaba de ayudarla a elegir la ropa. Se decantó por un vestido azul marino, ceñido al cuerpo y unas cuñas de color beige, además de una americana negra. Cuando José vio aparecer a su querida África por la puerta, no podía creer lo preciosa que una persona podía llegar a ser. Quizás fue así de bonita o es que el amor que sentía por ella no le dejaba ver otra cosa.

-Ahora a disfrutar. –Les dijo Corina sonriendo mientras cogía a Carmen en brazos.

-Sí, lo haremos prima. Y os lo vuelvo a repetir, gracias por todo.

-Nada, lo hacemos con gusto. –David se levantó del sillón para ir a despedirlos.

-Cuidado que parece que va a llover.

-¡Lo tendremos! –Después de aquello, se montaron en el coche y desaparecieron en la leve oscuridad de la noche.

**Sergio se posó delante de la ventana. Desde allí la miraba cada noche, contemplaba su belleza y su corazón latía más que de costumbre cuando la veía. ¿Por qué no podían estar juntos? Él sabía que su amor no iría a ninguna parte, no podía declararle su amor, pero la veía y su mundo cambiaba.

¿Y si se decidía y le contaba lo que en realidad sentía? ¿Y si ella sentía lo mismo y no se atrevía a decírselo? La vio salir del baño y se escondió entre los matorrales. Fuera hacía un fresco cálido, aunque era Julio, no hacía demasiada calor. Luego se sentó en la cama y se quitó el albornoz, se puso el pijama y se metió en la cama a leer.

Sonrió al imaginar que era su mujer, que ahora él entraría por la puerta, le daría las buenas y noches y le haría el amor lentamente, saboreando cada momento. Pero nada de eso ocurriría y precisamente por lo cobarde que era, por no hablar, no expresar lo que sentía.

**Rocío estaba más inquieta de la cuenta. No podía parar de dar vueltas alrededor de la mesa. La cena ya estaba preparada, pero de pensar que tenía que cenar sola con su marido se le quitaba el apetito.

-¿Te pasa algo? Estás rara. –Le preguntó Fran mientras ponía la mesa.

-No dejo de pensar en África. Quizás le he dado demasiada libertad dejándola ir a Rota a casa de Corina.

-Venga ya, mujer. La has tenido toda la vida reprimida y no puedes olvidar que es una chica joven, tiene veinticuatro años y una vida entera por delante. Déjala que disfrute.

-Una vida que ella quiere compartir con la persona equivocada, ¡No puedo permitirlo!

-No te entiendo, Rocío. Déjalos que hagan su vida, que sean felices. José es un buen chico y no entiendo esa manía tuya de separarlos. Si ellos se aman, los padres no debemos intervenir, tú no tendrás nada que ver con Cristina.

-¿Cómo qué no? –Preguntó ella incrédula.

-Si lo suyo llega a algo más, ellos se irán a vivir juntos y los padres de cada uno estaremos en nuestra casa, no tiene por qué haber relación.

-Fran, no entiendes nada…

-¿Qué debo entender? –El hombre se paró frente a ella y la miró a los ojos.

-¡Qué lo suyo no puede ser!

-Claro que puede ser y yo siempre apoyaré a mi hija, es lo que más quiero en el mundo.

-Se me acaba de quitar el hambre ante esta escenita. –Dijo ella en tono arrogante.

-No es una escenita, yo la quiero, cosa que tú pareces no hacer.

-¿Cómo no voy a querer a África? Ella es lo mejor que me ha pasado en la vida.     –Rocío se llevó las manos a la cabeza.

-No lo parece.

-¡Me voy a mi cuarto! Esta noche duerme donde quieras, menos conmigo.

-Está bien, no te voy a obligar a hacer nada que no quieras.

El portazo que se escuchó a espaldas de Rocío fue ensordecedor. Fran se sentó en la mesa y disfrutó de la soledad de la noche y la cena que había preparado. En realidad ya estaba acostumbrado a que su esposa lo tratase así, toda la vida lo había tratado mal y no era nada nuevo para él. Ella no sabía lo que tenía en casa, un hombre que, a pesar de todo, la quería como el primer día y que siempre estuvo ciego de amor por ella. Algún día valoraría todo lo que tuvo, una vez lo hubiera perdido.

**Corina y David estaban sentados en el gran jardín de su nueva casa. Ambos llevaban los bañadores puestos, para disfrutar de una buena velada, ya que los niños se habían dormido. Necesitaban estar juntos, hacer cosas de pareja, desde que eran padres de dos niños, no tenían tiempo para nada.

Corina se acercó a la tumbona donde estaba él y lo abrazó por el cuello, luego le besó dulcemente la mejilla.

-Te quiero, David. –Le susurró al oído.

-Yo más.

-últimamente no hemos tenido mucho tiempo para estar juntos… -Se excusó la chica.

-No te preocupes, algunas veces hay rachas que vienen así y hay que aguantarse. He tenido mucho trabajo en comisaría con los robos de coches, pero ahora estamos más tranquilos. –El chico la cogió la sentó a su lado.

-Lo sé…

-Espero que ahora todo sea más tranquilo y nos dediquemos a papeleo y esas cosas.

-Ahora está todo mucho más calmado, después de los asesinatos de Cifuentes,  Javier Falcón y Óscar Vidal no ha habido nada grave.

-Bueno, esperemos que así siga. Oye, me cae bien el novio de tu prima.

-No es su novio, son amigos, pero ella está completamente enamorada de él. Lo suyo ha sido un amor que apareció de la nada y ha ido creciendo poco a poco sin que apenas se dieran cuenta. Un amor prohibido por un enfrentamiento entre familias. Pero yo soy de las que pienso que aunque haya obstáculos hay que luchar por lo que se quiere y por eso les estoy ayudando. Me dan mucha penita, David. En el pueblo no pueden verse, mi tía Rocío los mataría a los dos.

-¿Para tanto es?

-Tú no sabes cómo se toma las cosas mi tía… -La chica se abrazó a su marido y miró las estrellas.

-Entonces les ayudaremos en todo lo que podamos. –David le besó el pelo, que olía a menta.

-¿Sabes? Esto me recuerda a la primera vez que estuvimos juntos. La primera vez que te declaraste y me besaste.

-A mí también, fue tan bonito.

-La verdad es que sí.

-Y luego pasamos una noche loca. –Dijo él en tono jocoso.

-¡David! Estaba siendo romántica… -Se quejó la chica.

-Vale, vale, no he dicho nada. –No podía parar de reír, seguía siendo como una niña pequeña.

-Si quieres podemos revivir aquella noche…

-¿Te apetece que nos demos un baño en la piscina antes? Ahora que los niños están dormidos deberíamos aprovechar.

-¿Y si no salimos de la piscina?

-No pasa nada, en la piscina nos quedamos.

David se levantó de un salto y la cogió en brazos. Le dio un fuerte beso en los labios y se fue adentrando poco a poco en la piscina. La oscuridad de la noche era total y habían preferido apagar las luces del patio, para así darle un toque más romántico. El agua estaba calentita e incitaba a que el baño durase más de la cuenta.

**África no podía creerlo. Acababan de cenar e iban de la mano, como una pareja normal, sin que nadie les tomara en cuenta. Miró al cielo y sonrió, la felicidad que tenía era tan grande que no podía creerlo.

-¿Tienes frío? –Le preguntó José mientras la abrazaba delicadamente.

-No, estoy bien. Mi prima estuvo muy acertada en decirme que me trajera esta americana.

-Estás preciosa esta noche. ¿Quieres que demos un paseo por la playa?

-Claro, me encantaría. –Los dos bajaron el paseo marítimo y fueron hacia la orilla. El cielo estaba completamente nublado, pero se podía ver la luna, que aparecía de algún lugar.

-No sabes la de veces que me he preguntado en estos años lo que habría sido de ti. –Los chicos paseaban por la orilla tranquilamente, cada uno con sus zapatos en la mano.

-Yo también pensé en ti siempre.

-¿Has estado con muchos chicos? No me malinterpretes, pero si vamos a comenzar algo juntos, quiero saber que fue de tu vida en estos diez años.

-Claro que he estado con algún que otro chico, no sabía si volverías algún día, pero siempre te quise a ti. He estado con dos chicos, pero nada importante. Estuvimos saliendo durante un tiempo, con el que más estuve duré un año.

-¿Y todo bien? –Su voz era un susurro.

-¿Todo bien? ¿A qué te refieres? –Preguntó ella sonriendo.

-No sé…

-¿Quieres saber si me acosté con ellos?

-Hombre, si me lo quieres decir…

-Pues sí, es normal. Pero solo con uno, con el que más duré.

-Yo he estado también con varias chicas.

-¿Varias? –Preguntó ella haciéndose la asombrada.

-Sí, tres. Y sí, también estuve con ellas.

-Aclarado este punto, podemos seguir con nuestro paseo. –La chica le besó dulcemente la comisura de los labios.

-Siempre pensaba en ti, quería volver a buscarte.

-Y aquí estás. No sabes lo feliz que me haces.

-¿Cómo surgió esto, África? –El chico apretó su mano.

-Ocurrió hace muchos años, cuando el destino ya nos hizo saber que éramos el uno para el otro.

-Exacto, el destino…

-José, es un poco tarde, deberíamos volver, ¿no crees?

-Sí, quizás sí, no quiero preocupar a tus primos, encima de que nos están haciendo este gran favor. –El chico la agarró por la cintura y la abrazó tiernamente, como si nunca más fuera a volver a verla.

Cuando volvieron al paseo marítimo se sentaron durante unos minutos a ponerse los zapatos y volvieron al coche. En el camino fueron recordando viejos tiempo, sonriendo y hablando de las locuras que cometían.

Habían dejado el coche en un parking al aire libre, al llegar estaba totalmente desierto, no había ni un coche.

-Vaya, no nos va a costar trabajo ninguno en encontrar el coche. –Bromeó José.

-Es que se está levantando muy mala orilla. –El aire, que hasta hace cinco minutos no existía, revoloteaba el pelo de la chica.

-Espera un momento, voy a poner la radio. –El chico abrió el coche y encendió la radio. Una dulce melodía envolvió el vehículo.

-Me encanta cadena dial, una de mis preferidas. –José cogió a la chica de la cintura y se echó sobre el coche.

-Me encanta cuando me abrazas así, cuando siento que soy solo tuya. –Le susurró la chica en el oído.

-A mí me gusta mucho más, créeme. –Una canción de Alejandro Fernández y Christina Aguilera, comenzó a sonar y África rozó la nariz del chico dulcemente.

-¿Sabes? Esta canción me encanta, desde que la escuché la primera vez,  identifiqué su letra con nuestra situación.

-¿Sí? –Preguntó él mirándola a los ojos. La chica se abrazó a su cuello.

-“Fuiste ave de paso, y no sé por qué razón me fui acostumbrando cada día más a ti, los dos inventamos la aventura del amor, llenaste mi vida y después te vi partir, sin decirme adiós yo te vi partir….” -La voz de África inundó los oídos del chico. No sabía que cantara tan bonito. La apretó más fuerte contra él y la besó en los labios. Algo comenzó a caer desde el cielo, unas gotas de lluvia que desataban una tormenta.

-Ha sido increíble, no tengo palabras.

-Lo tenía dentro de mí, tenía que expresártelo de alguna manera. –La lluvia comenzó a golpear fuerte sobre ellos, que apenas parecían darse cuenta.

-Corre, entra. ¡Nos vamos a empapar! –José abrió la puerta de atrás del coche y los dos se metieron a toda prisa. En menos de un minuto la lluvia golpeaba con fuerza los cristales del coche. La oscuridad lo inundaba todo y, aparte de aquella preciosa canción, solo se escuchaba el latir de sus corazones.

-África, no sabes las ganas que tengo de estar contigo. –José la agarró suavemente por el cuello y la besó tiernamente.

-José…

-Te quiero… -El chico comenzó a besarla como nunca antes lo había hecho, a ella se le aceleró el corazón, en el fondo le daba miedo.

-Tengo miedo… -Susurró levemente.

-Borra ese miedo de tu mente, este momento es nuestro y tenemos que vivirlo. –Comenzó a desabrocharle el vestido y lo fue bajando hasta que la chica se quedó solamente en ropa interior. La miró fijamente a sus ojos verdes y la subió suavemente encima de él. La abrazó y un reguero de besos comenzó a bajar por su cuello.

Ninguno de los dos podían creerlo que estaba pasando. En menos de cinco minutos, la canción titulada “Me dediqué a perderte” de Alejandro Fernández sonaba en la radio y ellos ya estaban perdidos. Sus besos jamás habían sido tan intensos y ya podían decir que eran una sola persona. Las gotas de sudor caían por sus frentes a la vez que sus corazones palpitaban a mil por hora.

-No puedo creer que por fin hayamos estado juntos. –Le susurraba José al oído mientras la abrazaba.

-Ni yo…

-¿Tienes sueño, mi amor? –Preguntó él risueño al verle sus ojos cerrándose.

-Sí… -Le contestó con la voz adormilada.

-Vámonos a casa, la lluvia parece haber pasado al fin.

Ambos se vistieron sin prisas, con miradas cómplices e intentando que cada momento se quedara grabado en su mente. Aquella noche había sido la más especial de sus vidas, estaban seguros de que jamás la olvidarían y ahora estaban más fuertes que nunca para luchar por su amor. Más fuertes que nunca.

**Lidia había tenido una gran discusión con su marido. Paco cada vez lo hacía todo más difícil. Ella le quería ¿No podía entenderlo? Siempre había sentido unos celos incontrolados, sobre todo por los clientes que iban a la tienda de antigüedades, esta había sido la razón por la que la discusión de había generado. No había ocurrido nada grave, tan solo un cliente le había sonreído cuando le había dado el cambio, solo por amabilidad y eso él no lo entendía. Se fue a casa y la esperó, cuando llegó se desató su ira y le dijo todo lo que opinaba de ella y lo furcia que era. Dos grandes lágrimas de derramaron por su cara, seguía sin entender porque no podía confiar en ella, jamás le había dado un motivo para que sintiera esos celos tan intensos.

Se hizo una tila y se sentó en el sofá, aún le dolía la cabeza del mal rato que había pasado, aquello le dolía en el alma y no podía remediarlo.

-¿Qué haces levantada a estas horas? –Le preguntó Sergio que iba a la cocina a coger un vaso de agua.

-No puedo dormir. –Le mintió.

-He escuchado vuestra discusión, no le eches demasiadas cuentas, mañana mismo se le habrá pasado.

-No es por eso, simplemente no me siento bien.

-En mi puedes confiar, soy tu hermano. –El chico se sentó a su lado y le dio un beso en la frente.

-Lo sé, si no fuera por ti estaría sola en la vida. Paco ya no es ni una sombra de lo que era antes.

-Tranquila, jamás me voy a marchar de tu lado.

-¿Cómo qué no? ¿Cómo te va con la chica que me comentaste que te gustaba? –Preguntó ella para cambiar de tema.

-Bueno, más o menos. No me atrevo a decirle nada, la quiero en silencio y punto.

-Pero, ¿por qué? –Le preguntó ella asombrada.

-Es demasiado para mí, yo soy muy poca cosa a su lado.

-No digas tonterías, tú vales mucho. Tienes que hacer todo lo posible para estar con ella si es lo que quieres.

-Quizás tengas razón y algún día tenga que declararme.

-¿Quién es, Sergio? ¿La conozco? –Le preguntó ella curiosa.

-No, no es de aquí. No creo que la conozcas.

-Está bien, no preguntaré más, pero quiero que la traigas a casa a comer algún día.

-Algún día…

La mujer echó la cabeza en el hombro de su hermano y se sintió protegida. Él siempre estaría con ella y la apoyaría cuando Paco diera rienda suelta a sus celos descontrolados, no estaba sola y lo sabía.

**A la mañana siguiente un ruido despertó a África. Se incorporó en la cama y vio como los rayos de sol entraban por la ventana. José estaba acostado a su lado, aún dormido. Le pegaba mucho calor, pero sonrió al verlo y al recordar lo que había pasado la noche anterior entre ellos. Una llamada a su puerta hizo que se despertara del todo, se levantó de la cama y se dirigió hacia allí.

-¡África, tenemos que irnos! –Le dijo Corina con la cara desencajada.

-¿Qué pasa? –Preguntó ella nerviosa.

-¡Fernando acaba de llamar a David, han intentado quemar mi casa!

-¿Tú casa?

-Sí, no sabemos qué ha pasado ni de quien se trata, pero tenemos que irnos ya, yo te dejaría las llaves, pero tienes que volver con nosotros, sino Rocío va a sospechar.

-Sí, no te preocupes, ¿nos vamos ya?

-En media hora, tengo que levantar a los niños y arreglarlos. Daros prisa, Fernando está allí esperándonos, por lo visto está todo controlado.

-¿Pero ha habido daños?

-Solo han quemado el salón. –La chica comenzó a llorar.

-Tranquila… -África la abrazó.

-¿Por qué me han hecho eso? –Las lágrimas caían por su rostro.

-No te preocupes, encontraremos una explicación.

-Ojalá. Ahora daros prisa.

Cuando África cerró la puerta a sus espaldas, José ya estaba despierto, mirándola angustiado.

-Me he enterado lo que ha ocurrido. ¿Quién ha podido hacer algo así? Tu prima es tan buena…

-No lo sabemos, pero tenemos que darnos prisa. –Le dijo África mientras metía algunas cosas en su maleta.

-Bueno, ¿una ducha sí que nos podremos dar no? –La chica se giró y le sonrió.

-Si tardamos menos de diez minutos, podemos. –Se acercó a él y lo besó apasionadamente. Él la cogió en brazos y se dirigieron al baño.

**Paco se sentó en su mesa y comenzó a hacerle el presupuesto a un cliente para el arreglo de un coche. Pasó la mano por la cabeza y pensó en el pasado. ¿Por qué tuvo que desaparecer Milagrosa? Si ella estuviera aún allí… Jamás había amado a nadie como a ella, pero cuando se marchó tuvo que rehacer su vida y allí estaba Lidia para ayudarle.

Aún cerraba los ojos y olía su perfume. Veía sus intensos ojos negros mirándole inocentemente. Aquello fue precisamente lo que lo enamoró de ella, la inocencia que tenía y se la arrebataron. ¿Dónde estaría? Era imposible que ella se marchara por su propia voluntad, ella no tenía dinero para comenzar una vida y además, ¿Por qué iba a dejarlo a él atrás? Le repetía hasta la saciedad lo mucho que lo quería. No tenía sentido que una tarde se marchara sin más.

Algo había ocurrido y él sabía que ahora habían vuelto a investigarlo, alguien tuvo que llevársela o hacerle algo para que jamás volviera. Se moría de ganas de llegar al final de todo aquel asunto. Si ella volvía, dejaría a Lidia sin pensárselo dos veces. Pensándolo mejor, quizás debería dejar a Lidia lo antes posible, para así si volvía Milagrosa, él volvía a ser libre de nuevo y haría lo que hiciera falta para volver a lo que eran antiguamente.

TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

La plaza del pueblo estaba abarrotada de gente. María, Lidia y Milagrosa estaban en el centro, cada una con una bebida en la mano.

            -¿Viene Paco a verte? –Le preguntó María a Milagrosa.

            -No lo sé, según si sus padres le dan permiso o no.

            -¿Te gusta ese chico de verdad? –Le preguntó Lidia.

            -Muchísimo, me tiene loca. Yo sé que él será el padre de mis hijos.

            -¿Cómo puedes estar tan segura? –Lidia dio un sorbo de su coca cola.

            -El corazón te lo dice, no hace falta saber más.

            -Ya, claro.

            -Mirad, ahí vienen Cristina y mi hermana. –María señaló para un extremo de la plaza. Había buena música, bebida y comida, todo tendría que ser perfecto aquella noche de San Juan.

            -Hombre, qué felices estáis, ¿no? –Preguntó Rocío  mientras se arrimaba al grupo. Al final se había puesto el mismo vestido que se había comprado y aún llevaba los ojos hinchados de llorar. Cristina puso los ojos en blanco, no podía soportar cuando su amiga se ponía así de repelente.

            -Es una fiesta, no pretenderás que estemos llorando. –Milagrosa había decidido dejar de tenerle miedo y echarle cara a la situación.

            -¿Qué me has dicho? –Preguntó Rocío acercándose a ella.

            -Lo que has oído.

            -Haya paz, haya paz. –María se metió en medio, mientras Lidia y Cristina se miraban entre ellas asombradas aún.

            -Esto no se va a quedar así, guapa de cara. –Le advirtió Rocío a la chica.

            -Venga, vamos a por unos refrescos. –Cristina la cogió del brazo y se alejaron entre la multitud.

            -No le hagas caso. –Le aconsejó Lidia.

            -No, tranquila. Aunque ya estoy un poco harta de esta situación. –Milagrosa tenía los ojos un tanto acuosos.

            -No llores. –María le acarició suavemente el brazo.

            -No entiendo como podéis llevar la misma sangre. –Le dijo mientras le sonreía.

            -Ella se parece a mi padre y yo a mi madre, así son los genes.

En ese mismo instante apareció Cristina mirando al suelo. Algo le pasaba pero no sabían que era. Venía sola, Rocío la estaba mirando desde la ventana del bar del centro polivalente. La chica se giró y al verla cómo la miraba comenzó a hablar.

            -Milagrosa, dice Rocío que vayas al baño, quiere pedirte disculpas.

            -¿A mí? –Preguntó la chica asombrada.

            -Sí, a ti. Quiere que vayas sola para así poder aclarar contigo todo lo que ha pasado sin que nadie se meta.

La chica miró a sus amigas y éstas le aconsejaron con la mirada que lo hiciera. Se metió entre la gente y desapareció entre ellos. Al llegar al baño, allí estaba Rocío, echada sobre el lavabo, esperándola.

            -Entra y cierra la puerta. –Le ordenó.

            -¿Qué quieres?

            -¿Tú crees que el comportamiento que has tenido hoy conmigo ha sido normal? –Le preguntó Rocío mientras se acercaba a la puerta y echaba el cerrojo.

            -Yo jamás me he metido contigo, todo lo has propiciado tú.

            -¿Yo? Solo te dije que quería tu vestido y no me lo diste.

            -¿Cómo te voy a dar mi vestido? Mi madre me lo compró  para mí.

            -Ya, pero a mí me gustaba.

            -Pues cuando puedas te compras uno.

            -No, no me lo compraré. Si yo no tengo uno como ese ahora, tú tampoco lo tendrás. –Rocío se abalanzó sobre Milagrosa y comenzó a cortarle el vestido con unas tijeras.

            -¿Qué haces? –Preguntó la chica llorando.

            -Arruinarte la vida, Milagrosa. –La voz de Rocío apenas era un susurro mientras seguía cortando sin parar, hasta dejar el vestido hecho un amasijo de jirones de tela.

            -¿Cómo has podido? –Le preguntó Milagrosa llorando desde un rincón del baño, en ropa interior.

            -Ahora búscate la vida. Sal desnuda, que más prueba que esa para demostrar que eres una puta.

Rocío salió del baño y dejó la puerta abierta. No había nadie esperando y Milagrosa se levantó cómo pudo, entre lágrimas, del suelo. Pensó mil maneras de salir de allí sin que nadie la viera, pero no le quedaba más remedio que pasar la puerta principal.

Cuando se armó de valor, salió corriendo hacia donde estaban las chicas y toda la plaza comenzó a chiflar y a pegar voces, era horrible para una persona aquella situación. Cuando María y Lidia la vieron salieron corriendo hacia donde estaba y las tres se dirigieron a casa de Milagrosa. Cristina intentó seguirlas pero Rocío la agarró del brazo y le recordó que la única amiga que podía tener, era ella.

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2 comentarios en “BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPÍTULO 3.

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