BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPITULO 2.

**Cuando Blanca entró en casa de su madre, se encontró un gurruño vestido de negro tendido en el sofá.

-Mamá, por dios, ¿qué te pasa? –Preguntó mientras se ponía de rodillas a su lado. Aunque toda la vida solo hubiera recibido indiferencia de su madre, la quería y le gustaría ayudarle.

-Déjame, no quiero hablar con nadie.

-¿Cómo que no? Me ha llamado Nazaret. Según ella la has llamado llorando y no puede venir a ver qué te pasa, Carla está muy pequeña aún.

-No puedo soportarlo más. –Marga se dio la vuelta y se puso mirando al techo. Las lágrimas brotaban de sus ojos como si no hubiera un mañana.

-¿Qué es lo que no puedes soportar? Mamá, tienes dos hijas, una nieta y nosotros podemos ir a verla cuando tú quieras. ¡No entiendo ese estado de depresión en el que vives! Eres joven, guapa… Deberías buscarte un compañero para que podáis hacer cosas los dos.

-Yo no necesito a nadie. Solo quiero morirme, ahora más que nunca.

-¡¿Pero qué es lo que te pasa?! –Blanca comenzaba a ponerse nerviosa, su mente no llegaba a entender porqué su madre estaba sumergida en tal depresión. Hasta hacía unos días era una mujer normal, con sus defectos, pero normal.

-Habrá cosas de las que tú nunca te enteraras, cosas que me dolerán en el alma hasta el fin de mis días.

-¡Mamá!

-Ahora vete, déjame sola…

-No entiendo porqué me tratas así, solo he venido a ayudarte. –La chica se levantó de la silla esperando alguna respuesta.

-Tú me recuerdas al día más infeliz de mi vida. –La mujer dijo aquello como un susurro.

-¿Qué has dicho? –Se volvió antes de llegar a la puerta.

-Nada, no he dicho nada. –Blanca quiso hacerse la tonta, pero había escuchado perfectamente aquellas palabras de su madre. ¿Por qué?

**El ruido de la máquina de café le molestaba muchísimo, pero no le quedaba otro remedio que trabajar en aquel maldito bar. Sergio preparó las dos tazas que le habían encargado, se las sirvió y comenzó a fregar unos platos que había en el fregadero. Entonces de nuevo ese recuerdo le volvió a la cabeza. Ella había sido para él lo más grande, solo se había enamorado una vez en la vida, una sola vez que había bastado para saber qué era el amor verdadero. Por ella podía llegar a hacer cualquier cosa, la amaba, más que a nada y tenía que seguir luchando por ella.

Entró en la cocina y sacó una pequeña foto de carnet de su cartera. Allí estaba, sonriéndole con sus grandes ojos y sus perfectos dientes blancos. Se la acercó al pecho y luego suspiró. La besó antes de volver a guardarla. Sabía que era un amor totalmente imposible, ella jamás se fijaría en él, ¿cómo iba a hacerlo? Pero era perseverante y quizás, si seguía insistiendo, algún día podrían estar juntos.

La voz de uno de los clientes lo sacó de su pensamiento más íntimo y volvió al bar con una de sus mejores sonrisas, aunque por dentro estuviera totalmente destruido.

**Corina ya echaba de menos el colegio y no por el simple hecho de que allí estuviera su trabajo. Luis la iba a volver loca, estaba en una etapa de su vida que era totalmente inquieto, solo quería jugar, saltar… Y ella, al contrario, necesitaba un poco de tranquilidad. Carmen estaba empezando a andar, le estaban saliendo los dientes y se pasaba el día llorando. Algunas veces se agobiaba, pero luego, al pensar en las veces que había deseado tener un hijo, no hacía falta ni dos segundos para que aquel agobio desapareciera. Quería a sus hijos, los amaba más que a nada en el mundo y creía que aquello solo serían rachas, rachas que pasarían. Crecerían y la situación cambiaría.

David salió del baño, era primera hora de la mañana y Corina ya no tenía sueño.

-Voy a preparar un café. –La chica salió de la cama y se dirigió a la cocina. Poco después llegó David y cogió la taza que Corina le tenía preparada.

-Que bueno te ha salido hoy, cariño. –La miró y le sonrió.

-Gracias. Por cierto, me gustaría hablar contigo.

-Sí y a mí contigo, pero empieza tú.

-Está bien. –La chica se sentó a su lado mientras pegaba el primer sorbo al café- Ayer estuve hablando con mi madre. Ya sé que le pasa. Por lo visto, está triste porque una amiga suya hace treinta y tres años que desapareció en extrañas circunstancias.      –Corina le contó toda la historia de las cinco amigas, los grupos que se hicieron y la desaparición.

-Es muy raro, ¿cómo puede seguir esa mujer perdida?

-No lo sé, por eso quería que me ayudaras… ¿No tendrías acceso a archivos de aquellos tiempos que pudieran haber en comisaría?

-Corina… Eso pasó hace mucho tiempo y no quiero remover eso si nadie de su familia lo solicita. Además, si no ha aparecido ya…

-Yo quiero buscar información, mi madre está muy mal. Ella ha intentado borrar eso de su mente durante todos estos años y ahora ha vuelto a renacer. Quiero ayudarla, encontrar a Milagrosa.

-Eso es muy difícil, mi amor. –David le hablaba como si fuera una niña, aunque sabía que si a su mujer se le había metido aquel tema entre ceja y ceja, no descansaría hasta dar con algo.

-He pensado que voy a ir a hablar con la tercera del grupo de mi madre. Lidia, por lo visto tiene una tienda de antigüedades en Fuente Palmera, y creo que sé cuál es.

-Corina, deja estar el tema, puedes salir salpicada de todo esto.

-No creo que por investigar un poco vaya a pasarme nada.

-Haz lo que quieras, pero ve con cuidado. –En ese momento Carmen comenzó a llorar y David fue a por ella, sabía que Corina estaba un poco agobiada últimamente y él intentaba ayudarla en todo lo que le fuera posible. Volvió a la cocina y la niña le echó los brazos a su madre, que la cogió con amor y paciencia.

-Bueno, que era eso que tenías que contarme tú.

-Anoche me llamó Fernando. Ya ha vuelto del viaje de trabajo que ha tenido que hacer a Madrid. Por lo visto se encontró a alguien en la estación de Sevilla.

-¿A quién? –Le preguntó con curiosidad y él sonrió. No entendía como podía llegar a ser tan curiosa.

-¿Recuerdas a Andrea? La madre de Víctor Suárez.

-Sí, claro. ¿Ha vuelto al pueblo? –Preguntó sobresaltada por la emoción. Ella apreciaba a aquella mujer y se alegraría mucho si volviese.

-Por lo que le dijo a Fernando, sí. Creo que Blanca le ha dado trabajo en la peluquería.

-¿Blanca?

-Bueno, le comentó que había conseguido trabajo en una peluquería en el pueblo. Que yo sepa, la única que hay es la de Blanca.

-Ya, es verdad. Tiene que ser ella. ¿Y vuelve a la casa en la que convivía con Santiago? Lleva bastantes años cerrada.

– Sí, su abogada consiguió que ella se quedara legalmente con el inmueble.

-Vaya… de eso no sabíamos nada.

-Claro, han pasado muchos años de todo, ella se fue a Córdoba y luego ha estado dos años en Sevilla.

-Pero ahora vuelve. –Dijo ella con alegría.

-Sí, así es. ¿Por qué esa efusividad? –Preguntó él mirándola curioso.

-Ella era la madre de Víctor y yo quise mucho a ese niño, siempre la he apreciado mucho.

-Bueno, tengo que marcharme a comisaría.

-¿Me ayudarás con lo que te he pedido? –Ella lo miró con ojitos de cordero degollado.

-Lo intentaré. –Sonrió y se marchó.

**Cristina entró en la habitación de su hijo y miró una foto de cuando él era bebé. La cogió y sonrió al verle. Aquellos ojos que siempre la habían enamorado. Le quería tantísimo… Ella no fue la que quiso mandarlo a aquel internado en Inglaterra, pero su marido, Gonzalo se empeño en que así debía de ser. Ella no opuso resistencia, ni siquiera opinó acerca del tema. No quería perderlo, le había costado mucho retenerlo a su lado, después de aquellos tiempos en los que Rocío se lo quiso arrebatar.

Recordaba aquello como una pesadilla. Habían pasado 33 años de todo lo ocurrido aquella noche. Ella jamás había olvidado a Milagrosa, aquella hermosa muchacha que desapareció sin ton ni son. Siempre hizo lo que Rocío le pedía, por eso de aquella enemistad con Milagrosa, pero en el fondo siempre había querido ser como ella, tener cómo amigas íntimas a María y a Lidia, y no a Rocío que le dio la puñalada más trapera que pudiera haberle dado nunca nadie.

Volvió a dejar la foto encima de la estantería y escuchó la puerta. Era su niño, su preciado niño. Ella sabía que entre él y África había algo, pero tampoco se iba a oponer jamás. Sabía que de pequeños siempre se habían llevado bien, que jugaban a escondidas y que tenían un lugar secreto, aunque no sabía dónde estaba. Estaba segura de que su hijo había vuelto por ella. Antes de marcharse, cuando tenían apenas catorce años, entre ellos ya había algo y los separaron de la forma más ruin. Si ellos no llegaban a ser felices, ella no se lo perdonaría nunca.

-¿Qué haces en mi habitación? –Preguntó José receloso.

-Nada, hijo. Solo he entrado porque tenía ganas de ver esa foto de pequeño que tienes encima de la estantería.

-Ah, creí que estabas hurgando en mis cosas.

-Jamás he hecho eso y no lo haré.

-Lo sé, lo siento. –José la abrazó fuerte y ella respiró el olor de su hijo- Estoy muy nervioso últimamente.

-¿Es por África, verdad? –Preguntó ella mirándolo a los ojos.

-Te mentiría si te dijese que no. Mamá, es que no entiendo porqué no puedo estar con ella, esa tontería que tenéis entre su familia y la nuestra.

-Yo jamás te he prohibido que estés con ella. Es más, me encanta para ti. Por suerte, no se parece en nada a su madre.

-¿Se parece a Fran?

-No, se parece mucho a su prima Corina.

-Es verdad, tienen el pelo exactamente igual.

-Hijo, por mi nunca temas. Yo jamás te prohibiría estar con ella. Te mentiría que no te dijera que odio a su madre con toda mi alma, pero yo no soy tan mala ni tan soberbia como ella.

-Gracias… -Volvió a apretar a su madre contra sí.

-Ten cuidado con tu padre. Gonzalo no piensa como yo. –Le advirtió ella.

-Lo tendré. Gracias, mamá.

Cuando Cristina se marchó, José miró con amor una foto que tenía con su madre de pequeño. Ella siempre había sido muy comprensiva con él, sin embargo, Gonzalo…

En ese momento algo empezó a despertarse dentro de él. Miró el reloj, eran las doce de la mañana y se moría de ganas de ver a África. No lo pensó ni un minuto, iba a arriesgarse, tenía que verla y sentirla aunque solo fuera un ratito. Lo haría, se metería en su casa a escondidas, aquello tenía que salirle bien, si conseguía darle un beso, habría merecido la pena.

**Cuando Andrea abrió los ojos en aquella habitación, no podía creerlo. Se había mudado a la habitación que antiguamente era de Víctor. No quería recordar nada que le trajera malos recuerdos con Santiago. Había echado con llave la habitación donde encontró a Diego y a él haciendo el amor por primera vez y el desván donde había estado secuestrada durante varios meses, también. Aquellos sitios eran impenetrables para ella.

Se levantó y se fue a la cocina. Comenzó a hacer el almuerzo. Eran cerca de las una de la tarde, pero se había dormido, estaba tan cansada el día anterior… Se sentó en uno de los sillones y puso la televisión. Había una serie muy interesante y decidió dejarla. Entonces sonó el timbre de la puerta y se levantó a abrir.

-Hola, ¡qué alegría verte! –Corina se abalanzó sobre ella.

-¡Corina! No te esperaba, ¡qué sorpresa! –Las dos se abrazaron durante un tiempo.

-No sabía que volvías al pueblo, me he enterado por casualidad. –La chica se sentó en el sofá de al lado.

-Sí, he decidido volver. He encontrado un trabajo, en una peluquería.

-Lo sé, esa peluquería es de mi cuñada Blanca, la novia de mi hermano.

-¡Qué casualidad!

-Me alegra verte más recuperada, la última vez que te vi en aquella cama de hospital… -A Corina se le cortó la voz.

-De eso hace ya mucho tiempo, seis años exactamente. Jamás podre olvidar a mi hijo, le recuerdo a todas horas, pero es verdad que jamás va a volver, tengo que seguir con mi vida.

-Estoy totalmente de acuerdo contigo. Yo estaré para ayudarte en lo que necesites.

-Necesito trabajar, distraerme… -En ese momento, Corina pensó cómo podía entretenerse.

-Oye, ¿te gustaría ayudarme en un asunto?

-Si va a hacer que me entretenga, lo haré encantada.

-Verás, estoy comenzando a investigar por mi cuenta, una desaparición que se llevó a cabo aquí en el pueblo hace treinta y tres años. Fue una amiga de mi madre.

-Sé de quién me estás hablando. –Dijo Andrea mirándose los dedos de las manos.

-¿Cómo que sabes de quien te hablo? –Corina la miró extrañada.

-Hace treinta y tres años, desapareció mi tía Milagrosa, la hermana de mi madre. No creo que hubiera muchas desapariciones más, aparte de esa.

-Sí, te hablaba de Milagrosa… ¿Era tu tía?

-Sí, pero obviamente no la conocí. Yo nací dos años después de que ella desapareciera.

-Tu madre te habrá contado cómo sucedió todo ¿No es así? –Corina quería sacarle toda la información posible a la chica.

-Mi madre apenas sabía nada. Según ella, una tarde salió de casa y jamás volvió a aparecer. Tenía unas amigas, con las que se llevaba muy bien, y otras que no tanto, pero no sé nada más.

-Mi madre era íntima amiga de Milagrosa y está muy mal. No puede dejar de recordarla y preguntarse qué fue lo que pasó con ella.

-Si vas a investigar, yo te ayudaré. Podemos ir a hablar con mi madre, por si sabe algo más…

-Por supuesto, ahora mismo iba a ir a hablar con Lidia, una de las amigas de tu tía. Tiene una tienda de antigüedades en Fuente Palmera.

-Te acompaño entonces, tardo diez minutos en cambiarme.

La chica salió corriendo por el pasillo y Corina se quedó esperándola. Muchas veces era increíble lo caprichoso que era el destino, ¿Cómo iba ella a saber que Andrea era sobrina de Milagrosa? Aquello era una señal y tenía que aprovecharla.

**África estaba de limpieza. Su madre había salido a comprar unas cosas y su padre no estaba en casa tampoco. Se metió en la cocina y se montó en una escalera que tenía para llegar encima de los muebles más altos. Subió el volumen de la radio y enseguida todo se impregnó de la dulce voz de Thalía y Erik Rubín con su tema “La apuesta” La chica movía cómicamente las caderas y el vestido verde que llevaba se movía a su ritmo. En ese momento escuchó un ruido y miró hacia el salón. ¿Habría llegado ya su madre? Era demasiado temprano, no podía ser ella, quizás fuera su padre. Siguió limpiando y cantando cuando volvió a escuchar el ruido. Decidió asomarse a ver qué era lo que pasaba.

Entró muy despacio en el salón mientras preguntaba que quién estaba allí. Nadie contestaba. Volvió a escuchar el mismo ruido. Era en la cristalera que comunicaba el salón con el patio. Se acercó y abrió la cortina. Allí no había nadie. Abrió la puerta corredera y salió fuera. Todo estaba en orden: La piscina seguía en su sitio y no había señales de que nadie hubiera entrado en el jardín.

Cuál no fue su sorpresa cuando alguien la agarró por la cintura. La chica ahogó un grito en su garganta y se tranquilizó al sentir un beso en su cuello. No podía ser nadie más que él, entonces se tranquilizó.

-¿Estás loco? ¿Qué haces aquí? –Preguntó la chica mientras se daba la vuelta para verlo mejor. Aquel día estaba especialmente guapo, sus ojos oscuros brillaban bajo el sol de mediodía.

-Lo siento si te he asustado, pero tenía que verte.

-José, no puedes entrar así en mi casa. Sabes que mi madre no lo permitiría, ¿Cómo has entrado? –Preguntó ella mirando a la azotea.

-Muy fácil, he escalado la ventana hasta llegar a la azotea, luego fue pan comido. –Le regaló una de sus mejores sonrisas.

-Mis padres no están pero no van a tardar en llegar,  ¡No puedes estar aquí!       –África se recogió el cabello nerviosamente en una cola alta. Se moría de calor.

-Solo he venido para darte un beso, en cuanto lo cumpla me marcho. –En ese momento se escuchó el ruido de la puerta de casa. África se puso las manos en la boca, para que no se escuchara el grito que saldría de su boca. Era Rocío, ya había vuelto.

-¡Mi madre, mi madre! –La chica comenzó a empujar a José. Él la agarró por el brazo y la metió en el cuarto de la lavadora, que estaba justo detrás de ellos.

-¡Cállate o nos oirá! África, no puedo seguir así, te quiero y quiero estar contigo. El sábado te quiero entera para mí.

-No puedo, el sábado tengo que irme a Rota a casa de mi prima Corina, mi madre no entendería que me quedara aquí y sospecharía si lo hiciera.

-Habla entonces con tu prima, dile que yo también me voy.

-¡Cómo voy a hacer eso! –Él volvió a taparle la boca. De fondo se escuchaba la voz de Rocío hablando por teléfono.

-Tengo que irme. No quiero ponerte en peligro. Si el sábado te vas, yo me iré contigo, iré a Rota y allí te esperare. ¡Entiende que lo haría todo por ti! –La chica sonrió tímidamente.

-Está bien. –Él la cogió por el cuello y pegó su cara a la suya, luego cerró los ojos y respiró su olor.

-No sabes cuánto te necesito, lo eres todo para mí. –Le dio un tierno beso y subió corriendo las escaleras de la azotea. En menos que cantaba un gallo, África se había vuelto a quedar sola, pero con una gran sonrisa al recordar el beso de José.

**Cuando Andrea y Corina llegaron a aquella tienda de antigüedades en el centro de Fuente Palmera, era casi las una y media de la tarde. Temían que ya pudiera estar cerrada. Al entrar una dulce melodía surgió de algún lugar recóndito de aquella bonita tienda. Tenía unos grandes ventanales que daban a la plaza principal del pueblo y todo lo que había allí dentro era de un gusto exquisito. Vieron a una mujer rubia, de media melena y con unas gafas de diseño. Era alta y esbelta e iba vestida impolutamente.

-Hola, ¿puedo ayudarlas en algo? –Preguntó la mujer amablemente.

-Sí, estamos buscando a Lidia. –Se adelantó a decir Corina.

-Soy yo, ¿en qué puedo servirte?

-Nos gustaría hablar con usted, si es tan amable. –Lidia miró el reloj y vio que ya era hora de cerrar, así que echó el cerrojo e invitó a las chicas a pasar a una pequeña sala que tenía en un anexo a la tienda. Solo constaba de una pequeña mesita y cuatro sillones de color rojo.

-Vosotras diréis. –La mujer cruzó las piernas y se acomodó en el asiento.

-Me llamo Corina y ella es Andrea. Hemos venido a buscarla, porque queríamos hablar con usted sobre un tema un tanto delicado.

-Tutéame, por favor. –Le pidió amablemente Lidia.

-Está bien. –Corina sonrió.

-Decidme sin rodeos. –Ella estaba esperando que fueran a cobrarle alguna deuda que su hermano Sergio hubiera contraído en algún bar cuando se iba ahogar sus penas.

-¿Conociste a Milagrosa, verdad? –Corina le lanzó aquella pregunta como un jarro de agua fría. La cara de la mujer cambió completamente. Se puso totalmente pálida.

-Sí, ¿por qué? –Consiguió preguntar cuando la voz le volvió a salir del cuerpo.

-Andrea era sobrina de Milagrosa, es hija de su hermana. Queremos saber qué pasó con ella.

-¿Tú eres hija de Yolanda? –Preguntó visiblemente asombrada.

-Exacto. Nos gustaría saber qué pasó con mi tía. Aquello ocurrió, se buscó durante un tiempo, pero luego cayó en el olvido y yo quiero saber qué fue lo que sucedió realmente.

-Yo no sé que le pasó. Para mí fue tan sorprendente como para vosotras. Aquella tarde habíamos quedado María, Milagrosa y yo para comernos un helado. Ella jamás apareció. Fue entonces cuando nosotras dimos la voz de alerta. La buscamos durante un tiempo, pero nada se volvió a saber de ella.

-María es mi madre. –Le informó Corina.

-Vaya, no sabía nada.

-¿Puede ser que se marchara por voluntad propia? Hasta donde tengo entendido, algunas personas, abusaban un poco de ella.

-Sí, la hermana de María, sobre todo. Cristina también tenía lo suyo, pero ella siempre fue una marioneta de Rocío. Se mofaban de ella y le gastaban bromas muy pesadas. Tu madre y yo no sabíamos que hacer, porque Milagrosa nos pedía una y otra vez que no nos entrometiéramos y nosotras le hacíamos caso. Era su voluntad.

-¿Cree que se marchó?

-No lo creo así. Ella tan solo tenía diecisiete años y no tenía capacidad económica para poder salir y hacer una vida. Eso era materialmente imposible.

-¿Se veía con algún chico? –Todas las preguntas las hacía Corina, Andrea escuchaba todo con atención.

-Sí, bueno, algo tenía…

En ese momento se escuchó la puerta de la calle, alguien había abierto y ya estaba dentro.

-¡Lidia! –Gritó el chico.

-Sergio, estamos aquí. –El chico entró en la habitación y Lidia hizo las presentaciones pertinentes. Andrea y él ya se conocían. Habían trabajado juntos en alguna ocasión y también había habido algo relacionado con el tema amoroso. Le contó a qué habían ido a buscarla. El chico no sabía nada relacionado con aquel tema, cuando aquello ocurrió, él apenas era un crio.

-Jamás me has contado nada de eso, Lidia. –Le recriminó cariñosamente.

-Jamás ha venido a cuento que yo te cuente nada. –Le respondió ella.

-Solo queríamos saber qué fue lo que ocurrió, quizás haya personas que estuvieran entrometidas en aquella desaparición, muy cercanas a Milagrosa.

-¿Estás insinuando que cualquiera de sus amigas hiciera aquello para quitársela de encima? –Le preguntó Sergio a Andrea mientras la miraba fijamente a los ojos.

-Quizás, sabemos que con alguna de ellas no se llevaba nada bien.

-Todo puede ser, yo no descarto nada. –Dijo Lidia.

-Tenemos que irnos, si sabéis algo, hacédnoslo saber lo antes posible. –Corina le dio una tarjeta suya a Lidia y ésta la aceptó gustosa.

-No tengas ninguna duda, en todo lo que os pueda ayudar, lo voy a hacer, yo quería muchísimo a Milagrosa.

**En el almuerzo, no se escuchaba una voz en la casa de Rocío y Fran. Aquello estaba totalmente prohibido, la comida debía de hacerse completamente en silencio. Rocío miró con inquietud a África y ésta se dio cuenta. Intentaba no levantar la cabeza del plato para así no tener que cruzarse con la mirada de su madre, pero no tenía otra opción. Se sentía muy incómoda.

-Quiero hablar contigo, hija. –Dijo ella mientras metía detrás de la oreja un mechón de pelo moreno.

-Dime. –Le respondió la chica asombrada, jamás se había hablado durante ninguna comida.

-Sé que él ha estado aquí. –Le comentó ella secamente.

-¿Quién? –África intentó hacerse la tonta.

-José, ¿quién va a ser? Algunas veces parece mentira que tengas una licenciatura en económicas.

-No le hables así a la niña. –Interrumpió Fran.

-Tú te callas, nadie te ha dado vela en este entierro. –El hombre no dijo nada. Se levantó y se marchó a la cocina. Pensaba que era mejor así que formar más pelea. Si seguía aguantando aquello era por su hija, lo que más quería en el mundo.

-No creo que debas hablarle así a papá.

-Lo que tú opines no me importa en absoluto. ¿Qué hacía él aquí? –Preguntó de nuevo.

-Mamá, te prometo que no sé de qué estás hablando. –Posó las manos sobre sus piernas para que no fuera visible que estaba temblando.

-He encontrado estas gafas de sol tiradas en el patio y obviamente no es de ninguno de nosotros. –La mujer sacó unas gafas de tonos marrones, de última generación. África las miró y cerró los ojos, ¿cómo se le había podido caer aquello tan a la vista?

-Mamá…

-Son mías. –Fran salió de la cocina y le puso la mano en el hombro a su hija.

-¿Tuyas? ¿De verdad crees que me voy a creer eso? –Rocío se levantó lentamente de su silla.

-Pues sí, me las han regalado por cambiarle las lunas al coche.

Rocío las soltó con rabia encima de la mesa y se marchó a su cuarto. Estaba claro que su marido le estaba mintiendo pero no podía probar que fuera mentira. África se dio la vuelta y acarició la mano de su padre.

-Gracias.

-No creo que te pueda tapar siempre. Intenta que no venga a casa, veros fuera. –Le aconsejó él tiernamente.

-Lo haré. ¿A ti también te cae mal José? –Le preguntó ella con los ojos un tanto acuosos.

-Por supuesto que no. ¿Por qué iba a caerme mal? Yo no le conozco.

-¿Qué pasó, papá? ¿Por qué ese odio entre mi madre y Cristina?

-Hija, yo no soy nadie para contarte eso.

-¡Necesito saberlo!

-Verás, pasaron cosas…

-¿Qué clase de cosas?

-Hace muchos años, mucho antes de que tú y José nacierais, tu madre y Gonzalo tuvieron algo.

-¿Mi madre y el padre de José? –Preguntó la chica asombrada llevándose las manos a la boca.

-Exacto. No quiero que comentes esto con nadie y si te lo cuento es porque considero que ya tienes una edad.

-No, no… -Respondió ella visiblemente afectada- ¿Gonzalo ya estaba con Cristina cuando ocurrió todo aquello?

-Claro, África. ¿Por qué crees que pasó todo eso entre ellas? Por celos, la una de la otra.

-Jamás supe porqué se odiaban tanto y ahora lo comprendo todo…

-Recuerda, no debe saberlo nadie.

El hombre se levantó de la silla y se marchó al jardín. África se quedó allí sentada, asimilando todo lo que su padre le acababa de contar. ¿Cómo podía ser posible? Nunca se había dado cuenta de nada, lo habían llevado completamente en secreto. Ahora más que nunca quería estar con él. ¿Cómo iban a opinar sobre su futuro cuando lo que ocurrió fue una infidelidad? Su amor era verdadero, transparente y nítido. Allí no cabía nada más, fuera del presente o del pasado, nadie opinaría.

**Cuando Parker llegó a casa, Corina acababa de acostar a los niños. Eran las cuatro de la tarde y necesitaba aquel rato para ella, por eso cada día a esa hora les contaba un cuento y dormían al menos hasta las cinco. David se dio una ducha rápida y se tendió en el sofá dónde estaba su mujer, justo encima de ella.

-¡David, me haces daño! –Gritó la chica a la par que sonreía.

-No será para tanto… -El chico comenzó a besarle el cuello lentamente.

-¿Sabes? He hablado con Lidia –David puso los ojos en blanco, aunque ella no pudiera verlo. Cuando algo se le metía en la cabeza, nada ni nadie podía con ella.

-¿Y qué tal? –Finalmente se rindió y se sentó a su lado.

-Pues bien, parece una buena mujer. Mi madre habla maravillas de ella. Además es guapa y se ve que es una chica con estilo propio.

-¿Te contó algo interesante?

-Ella en especial no, pero sí que me enteré de algo que es muy importante, porque gracias a eso, vamos a poder comenzar a investigar en serio.

-¿A qué te refieres? –Le preguntó el chico mientras le acariciaba el cabello.

-Tú me dijiste que el caso debía reabrirse si alguien de su familia lo solicitaba, ¿verdad?

-Te lo dije así, pero no es eso exactamente. Lo que quería decirte es que alguien de su familia debía de interesarse en el caso, nosotros solos podíamos hacer bien poco.

-Pues bien, he encontrado a alguien de su familia que está muy interesada en comenzar a investigar también.

-¿De la familia de Milagrosa? ¿Y dónde los has buscado?

-Muy fácil, ni los tuve que buscar. Fui a visitar a Andrea y comenzamos a hablar, misteriosamente, Milagrosa era hermana de su madre, Yolanda. Así que ella es su sobrina. –Le comentó la chica orgullosa de su hallazgo.

-Vaya, esto se pone interesante. –David disfrutaba con aquello, la veía tan perfecta, tan viva, tan natural…

-Hemos decidido ponernos a investigar por nuestra cuenta por ahora. ¿Tú has encontrado algo en los viejos archivos de comisaría?

-Nada. Hay que tener en cuenta que esa comisaría se construyó hace veinticinco años y que los documentos que había en la anterior o los han destruido o se han extraviado.

-Vaya, que oportuno…

-Creo que no os queda de otra que investigar vosotras mismas.

-Corina, solo te pido que vayas con cuidado. Nadie sabemos quién pudo tener mano en esa desaparición y por nada del mundo me perdonaría que algo te pasara. Los niños y yo te necesitamos con nosotros.

-Tranquilo, cariño. No me va a pasar nada. –La chica volvió a tumbarse en el sofá, a aquella hora le entraba un sueno atroz. El chico volvió a acostarse encima de ella mientras le pegaba besitos por los brazos.

-Ahora sí que no te escapas.

-¡David! –Gritó la chica mientras sonreía.

-No me vale ninguna excusa. Ahora quiero que seas mía y no puedes oponerte. –El chico se centró en los tiernos besos que comenzaron a bajar por su pecho.

-No, jamás podría oponerme.

**María acababa de llegar de dar un paseo con su marido. Nunca le había contado aquella historia que tenía en su corazón. Pero había decidido hacerlo, cada día le escocía más aquello allá dentro y tenía que sincerarse con alguien. Él había sido muy comprensivo con ella, la estaba apoyando en todo y sabía que también contaba con Corina. A su hijo Raúl no quería ponerlo más nervioso que estaba, con la nueva tienda que había montado estaba todo el día entretenido y aunque le iba bien, no veía necesario contarle su historia. Se sobresaltó cuando escuchó un fuerte golpe en la puerta de la calle. Su marido acababa de irse al bar a jugar al ajedrez con sus amigos, él no podía ser.  Comenzó a caminar por el pasillo y los golpes iban creciendo por momentos.

-¿Qué te pasa? –Le preguntó a su hermana. Rocío estaba al otro lado de la puerta hecha una furia.

-¿Estás sola? –La mujer entró en la casa con aires de superioridad.

-Sí, estoy sola. ¿Por qué llamas así, ha pasado algo? –Preguntó María angustiada.

-Sí, sí que ha pasado. ¿Qué hace tu hija removiendo cosas del pasado? –A María le cambió la cara, no sabía a qué se estaba refiriendo su hermana.

-No sé de qué me hablas.

-¿Cómo que no? Lidia me ha llamado hace un rato, dice que ella y otra chica han estado en su tienda preguntándole por su relación con Milagrosa y haciéndole preguntas sobre todas nosotras. ¿Me lo puedes explicar?

-No puedo decirte nada, Rocío. Mi hija ya es mayorcita, no puedo hacer nada para pararla, si quiere investigar está en todo su derecho.

-Ah, muy bien…

-¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué estás tan nerviosa? Si Milagrosa apareciera, sería estupendo, más que estupendo.

-¡¿Cómo va a aparecer?! Hace más de treinta y tres años que no está con nosotros, sabe dios que fue de ella. –Rocío se sentó en un banco en la cocina.

-¿Por qué no iba a hacerlo? Quizás se marchara, si quieres te puedo recordar lo mal que la tratabais, sobre todo tú, porque al menos nosotras sabíamos que Cristina no era mala, solo seguía tus pasos, hacía lo que tú querías.

-¿De verdad piensas eso?

-No es que lo piense o lo deje de pensar, aquello lo viví. ¿Cuántas veces te reíste de ella? ¿Cuántas veces te burlaste de ella delante de gente en la calle? ¡Incluso llegaste a pegarle en más de una ocasión! –María comenzó a sobresaltarse un poco.

-¡Cállate y no digas nada más! Eso no es cierto, eso es mentira. Cristina es igual o más mala que yo, todo lo que hicimos lo hicimos juntas.

-Todos sabemos que ella no es así, se os veía el plumero desde lejos. Tú eras para ella como una diosa, su mayor referente y la verdad no entiendo porqué y tú te aprovechabas de esa situación. Además, compartías todo con ella, ¿recuerdas la relación que tenías con Gonzalo? Aquello era muy bonito…

-Lo mío con Gonzalo era diferente… -Dijo ella con pena.

-¿Diferente? Era el novio de tu supuesta mejor amiga y eso a ti te importó un bledo y a él también.

-Eso ya es cosa del pasado, no quiero que vuelvas a tocar ese tema.

-No vas a decirme de lo que puedo hablar o no. –María ya estaba cansada de tener que aguantar siempre la voluntad de su hermana.

-Sé que si sigo aquí nos vamos a volver a pelear, y ya hemos pasado demasiados años sin hablarnos, así que me voy. –Rocío  se levantó y se dirigió  a la puerta.

-Lidia debería de haberme llamado a mí, supuestamente era más amiga tuya que mía.

-Nunca puedes fiarte de ningún amigo, querida hermana… Nunca.

 

TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

Era sábado y justamente ese día se celebraba una verbena por el día de San Juan. Todas las chicas se prepararon minuciosamente, aquella noche habría un baile y seguramente muchas de ellas conocerían allí al hombre de sus vidas.

Milagrosa ya estaba arreglada. Su madre la había llevado a que se comprara un vestido y se había decantado por uno color rosa fucsia. Totalmente pegado a su cuerpo por la parte de arriba y con un poco de vuelo en la parte de abajo. Los zapatos eran blancos igual que la diadema que lucía en su bonito cabello moreno. Cuando llegó a casa de María, se paró en la puerta, escuchó unos gritos antes de llamar a la puerta.

            -¡No me gusta este vestido! –Los gritos de Rocío eran ensordecedores.

            -Pero si tú misma lo has elegido… -Su madre intentaba convencerla de que el vestido era bonito y a su gusto.

            -Te queda muy bonito, hermana.

En ese momento sonó el timbre y María abrió la puerta. Cuando Rocío vio a entrar a Milagrosa, unas lágrimas comenzaron a recorrer su cara sin control.

            -¡Ese es el vestido que yo quería! ¡Ese es! –Se puso como loca pegando voces recorriendo todo el salón.

            -¡Tranquilízate! –Su madre la cogió por el brazo e intentó que se tranquilizara un poco. Milagrosa no daba crédito a lo que sus ojos estaban viendo.

            -¡Vete de aquí, no quiero verte! ¿Cómo vas a ir tú mejor que yo?

            -Yo… -Comenzó a excusarse la chica.

            -¡Tú te callas! –Rocío se fue para ella con la mirada llena de furia- Dame ahora mismo ese vestido. Yo me pondré el tuyo y tú te quedarás con el mío.

            -No puedo hacer eso, me lo ha comprado mi madre, ella va a estar allí…

            -No digas más tonterías, Rocío. –María cogió a su amiga por el brazo y ambas salieron por la puerta. Justo antes de cruzar la verja del jardín se encontraron con Cristina que venía a recoger a Rocío.

            -¿Ya os vais? –Preguntó la chica.

            -Sí, tenemos que ir a recoger a Lidia. –Le explicó Milagrosa.

            -¿Nos vemos dentro de media hora en la plaza, verdad? –Cristina miraba a las chicas con admiración- Vais muy guapas las dos.

            -Sí, tú también.

La chica entró en casa y comenzó a escuchar los terribles aullidos que su amiga seguía escupiendo, dentro del domicilio.

            -Cristina es persona cuando no está con mi hermana. –Le comentó María a Milagrosa mientras caminaban calle abajo en busca de Lidia.

            -Es ella, siempre ha sido así, hasta que conoció a Rocío. No sé qué clase de influencia puede tener sobre ella.

            -Yo tampoco, es algo inexplicable.

Al otro lado de la calle pudieron ver a una Lidia con un precioso vestido blanco que las esperaba con una sonrisa de oreja a oreja. Aquella noche era la mejor del año en el pueblo, todo tenía que ser perfecto.

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Un comentario en “BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPITULO 2.

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