BAJO LLAVE EN UN RINCÓN DEL ALMA. CAPÍTULO 1.

**La puerta se cerró a su espalda. Seguidamente se escuchó un ruido sordo, era su cuerpo cayendo sobre la cama. Se tapó los ojos con el brazo y unas lágrimas brotaron sin querer. Miró el techo durante más de quince minutos y luego se levantó de un salto. Observó su reflejo en el espejo que tenía justo frente a ella y se recogió el cabello en un moño alto. Nadie jugaría con su futuro, nadie le diría con quien podría o no estar.

-África, cariño, ¿puedo pasar? –Preguntó la voz de Rocío, su madre, al otro lado de la puerta.

-Mamá, necesito estar sola, ahora mismo no puedo. –Se tapó la boca para que no se escuchara su llanto apagado.

-Tienes que entenderme, no puedo permitir lo que pretendes hacer.

-Yo no pretendo hacer nada.

-He visto como le miras, jamás se te ha iluminado la mirada con nadie como con él.

-No sigas, por favor… -Le pidió entre sollozos.

-Sabes que la madre de José y yo no tenemos buena relación. No podemos permitir que esto llegue más allá.

-No hay nada, así que no se puede llegar a nada más.

-¿Estás segura? –Su madre seguía detrás de la puerta y ella no podía creer que aquello estuviera sucediendo.

-Si te quedas más tranquila te diré que jamás he estado con José, ni siquiera nos hemos besado. –La chica abrió la puerta y asomó la cabeza. Rocío estaba echada sobre el quicio.

-Eso me alegra mucho, ven te prepararé un café, así te tranquilizas. –Agarró a su hija cariñosamente por el brazo y la llevó hasta la cocina, allí se sentaron mientras ella preparaba un delicioso café.

-Puedes estar tranquila porque entre nosotros jamás pasará nada. –Se limitó a decir África mientras miraba por la ventana.

-Yo no quiero meterme en tu vida, pero precisamente te has ido a fijar en el hombre equivocado.

-¿Por qué es el equivocado? ¡Explícamelo!

-Te vuelvo a repetir que Cristina y yo jamás nos hemos llevado bien. No puedo hacerme a la idea de tenerla como consuegra.

-Eso son tonterías…

-No lo son.

-¿Qué pasó entre vosotras? Por lo que siempre me ha contado la tía María, ella, Cristina, Lidia y tú erais íntimas amigas en vuestra juventud.

-No pasó nada relevante, simplemente se truncó todo.

-Mamá…

-Hazme caso, África. –Su voz sonó firme- Por cierto, he estado hablando esta mañana con tu prima Corina, llevaba a Carmen con ella y está preciosa. Cada día está más mayor, ahora está comenzando a andar y la trae loca.

-Hace ya unos días que no veo a la pequeña.

-Me ha dicho que este fin de semana si quieres puedes irte con ellos a Rota, ya sabes, al chalet nuevo.

-No sé…

-Sí sabes, así que prepara la maleta que este fin de semana te vas con ellos.

-Mamá…

-Nada, venga.

África bebió despacio lo que le quedaba de café, se levantó y se marchó a su cuarto. Volvió a mirar al espejo y sus ojos verdes estaban aún rojos de haber llorado. No podía quitarse a José de su mente, era un chico tan guapo. Recordó la primera vez que lo vio después de diez años sin saber nada de él, desde que Cristina y Gonzalo lo mandaron a aquel internado en Londres.  Jamás olvidaría cuando lo vio bajar de su moto en la plaza del pueblo. Ella había ido a visitar a su prima Corina y a los niños y allí estaba él. Cuando la vio le sonrió y ella tímidamente bajó la mirada. Desde ese momento no se lo había podido quitar de la cabeza.

** -¡¡¡Mamá!!! –El llanto de Carmen hizo que Corina se despertara sobresaltada en el sofá. Se había dormido y no se había dado cuenta. Se levantó y se dirigió a la habitación de la pequeña. Allí estaba ella, de pie en la cuna con los ojos llorosos y los mocos cayéndole por la nariz. Había crecido mucho, su pelo se había vuelto más rubio aún y sus ojos más azules. No podía reprimir, en algunas ocasiones, pensar lo que su niña se parecía a su madre biológica. Había intentado cumplir la última voluntad de Miriam, o Norma, aún no se acostumbraba a llamarla así. Le hablaba de vez en cuando de ella a la niña, aunque sabía que no le entendía, puesto que para Carmen, su madre era ella, pero aún así le enseñaba aquella foto que tenía celosamente guardada en el cajón de su mesita de noche, donde sonreían las tres en aquella fiesta benéfica. Le dolía recordarla, habían pasado tan solo nueve meses desde que falleció, y aunque sabía que era una asesina, no podía dejar de considerarla una amiga y más sabiendo que ella fue la que trajo a la niña al mundo, aunque fuera en aquellas circunstancias.

-Ya está, cariño. Ya está aquí mamá. ¿Quieres que vayamos a casa de la abuela un ratito? –La pequeña al escuchar aquellas palabras sonrió de oreja a oreja. Le encantaba la idea de salir a la calle.

La sacó de la cuna y comenzó a vestirla y a calmarla poco a poco. En ese momento se escuchó la puerta de la casa, era David.

-Hola, mi amor. ¿Ya os vais de paseo? –Le preguntó mientras besaba a las dos mujeres de su vida.

-Sí, ahora voy a preparar a Luis, está viendo los dibujos en el salón.

-Pues entonces, yo me quedo con esta princesita. –David cogió a su hija y salieron al jardín mientras Corina se encargaba de terminar de vestir a niño.

A los diez minutos Corina salió con su hijo acicalado y preparado para una tarde de juegos con sus amigos en la plaza del pueblo.

-¿Qué vais a hacer ahora? –Preguntó David.

-Tenía pensado ir a casa de mi madre, llevo unos días notándola rara, no sé que le ocurre.

-¿Qué le ocurre? María siempre ha sido muy dicharachera.

-Sí… por eso lo digo. Yo creo que tiene algo que ver con una charla que tuvo el otro día con mi tía Rocío. Ya sabes que han estado un tiempo sin hablarse.

-¿Un tiempo? ¿Llamas un tiempo a treinta y tres años de sus vidas? Al menos eso ha sido lo que siempre me has contado tú.

-Sí, han sido muchos años. Al menos nunca me han separado de mi prima África, siempre nos han dejado que nos criemos como lo que somos…

-Tu tío Fran es otro mundo, si no hubiera sido por él, jamás hubieras tenido esa relación con tu prima, tu tía Rocío no es fácil de sobrellevar.

-Lo sé, él fue quien hizo posible todo esto.

-¿Qué pasó con tu madre y tu tía?

-Eso es algo que nunca sabré. Siempre me lo he preguntado, pero cada vez que le saco el tema a mi madre me evade. De todas formas, le he preguntado a mi tío Fran y me ha dicho que tampoco lo tiene claro. Algo pasó entre ellas y otras amigas cuando tenía mi madre diecisiete años.

-Bueno, lo importante es que ahora parecen haber retomado un poco esa relación.

-Yo no digo nada, pero no va a ser fácil. ¡No se hablan desde que tenían diecisiete años tu madre y dieciocho tu tía! Eso es casi una vida entera, Corina.

-Sí, ya veremos cómo trascurre las cosas… -Dijo la chica pensativa mientras cogía a Carmen en brazos.

-¿Os vais ya?

-Sí, si no se nos hace tarde y mañana hay que trabajar, señor Parker, parece mentira que no lo sepa usted.

-Perdona, perdona… -Se excuso el chico cómicamente.

-Por cierto, este fin de semana se quiere venir África al chalet. No te importa ¿verdad?

-Para nada, sabes que puedes invitar a quien quieras.

-Perfecto, nos vemos luego, cariño.

Besó a su marido, sentó a la niña en el carrito y cogió a Luis de la mano. Pusieron rumbo a casa de la abuela María, Corina sabía que necesitaba de sus nietos y de ella. Algo le pasaba pero no sabía qué podía ser.

**José se bajó de su moto, se quitó el casco y entró en casa. Era un chico joven, recién llegado de Londres a su pueblo natal, aquello para él suponía aburrirse de lo lindo, pero sabía que se acostumbraría. A sus veinticuatro años, tenía muy claro que quería dedicarse al arte. Sus padres siempre habían querido que se convirtiera en un gran médico o un abogado de prestigio, pero él necesitaba refugiarse en lo que más le gustaba en el mundo. Después de diez años, volvía con un título de ingeniero debajo del brazo, el ingeniero más infeliz del mundo, puesto que lo había hecho obligado por sus padres, jamás le dieron la opción de elegir.

Al entrar en su habitación, se miró al espejo. Un chico joven, moreno de ojos negros con unas largas pestanas, pensó que tenía que recortarse un poquito la barba, que ya había crecido demasiado. Se sentó en la cama y cogió un viejo álbum de fotos. Allí estaba ella, su gran amiga de la infancia, África. Nunca habían podido ser como realmente eran y mostrar su amistad delante de la gente. Sus madres no lo hubieran permitido. Recordaba cómo quedaban para jugar a escondidas cuando eran pequeños, sin que nadie más lo supiera. Luego sus padres lo mandaron al internado, posiblemente para que no ocurriera lo que tanto temían en su adolescencia: que se enamoraran. Lo habían logrado, pero ahora todo era distinto. Cuando la vio en la plaza del pueblo aquel día, la reconoció sin ni siquiera tener que hablar con ella. Su frondosa  melena rizada y morena y sus ojos verdes jamás los había olvidado.

Lo tenía más claro que nunca, había vuelto a por ella y la tendría al precio que fuera. Ni su madre ni la de África decidirían su futuro, si era necesario se irían fuera. Él mismo se encargaría de enamorarla para así poder comenzar una nueva vida juntos.

**Lidia vio su reflejo en los cristales de los ventanales que tenía enfrente y se percató de que su rostro envejecía con los años. Solo tenía cincuenta años, pero ya se notaba la edad en el cuerpo. Su vida no había sido fácil, siempre había tenido que estar a merced de lo que su marido quisiera y cuidando de su hermano Sergio. Ella había sido su figura materna, desde que la madre de Lidia murió en el parto, ella lo había acogido y ahora lo tenía como su hijo. Sólo se llevaban diez años y hasta que Lidia se casó vivieron con su abuela paterna, pero entonces decidieron que vivirían como una familia.

A veces se sentía un poco agobiada, puesto que tenía demasiadas cosas a su espalda. Tenía que llevar hacia adelante aquella tienda de antigüedades que había montado hacía tan solo cinco años. Anteriormente, se había dedicado siempre a la venta de chucherías en un puesto en la plaza de Fuente Palmera, con la ayuda de su marido. Paco nunca había sido una persona fácil. Él se había dedicado a la mecánica y era una persona algo posesiva, siempre había estado celoso de Sergio, no entendía que Lidia lo quisiera como a un hijo, cuando tan solo era su hermano, ni lo había parido para quererlo así.

-¿Qué haces? –Preguntó Sergio cuando vio a su hermana sentada en uno de los sillones del salón mirando por la ventana. La quería tanto, ella era su todo en la vida, quien se había hecho cargo de él y quien le había dado un hogar. Ahora tenía 40 años y sabía que tenía que independizarse en cualquier momento, su cuñado ya no lo quería en su casa y cada día se lo demostraba más.

-Pensando, como siempre.

-¿No llegamos a fin de mes? –El chico se sentó al lado de Lidia y la cogió cariñosamente de la mano.

-No, cariño. Problemas con la tienda, ya sabes que no es fácil llevar un negocio sola hacia adelante. –Dijo ella tristemente.

-Yo te puedo ayudar, sabes que no me gusta verte así.

-Tú ya tienes bastante con tu trabajo, ser camarero no es nada fácil. Muchas horas de trabajo y muy poco sueldo.

-Lo sé, pero te puedo ayudar en mis ratos libres.

-Gracias, pero de verdad, dedícate a lo tuyo.

-Lidia, sé que Paco no me quiere en esta casa, creo que me voy a marchar.

-Tú no te vas de aquí, sabes que para mí eres como un hijo y yo sé que no quieres marcharte, que lo haces obligado por mi marido.

-No, no quiero separarme de ti, pero…

-Pero nada, si Paco no te quiere aquí, que se vaya él. Jamás voy a renunciar a mi hermano pequeño. –Dijo ella firmemente.

-No quiero causarte problemas con tu marido. –El chico miró a su hermana con sus ojos marrones más llenos de tristeza que nunca.

-Te he dicho que no te preocupes, que si él no es capaz de vivir con los dos, si alguien tiene que salir de esta casa será él.

El chico sonrió levemente y se marchó un poco cabizbajo, no podía dejar de pensar en su cuñado y en su hermana. Él mismo veía lo mal que la trataba, cómo le hablaba y cómo se ceñía con ella por cualquier problema ajeno a su casa, quizás con su taller de mecánica. Borró aquel pensamiento de su mente y decidió trasladarse a aquel mundo dónde más le gustaba vivir: en sus sueños. Se recostó sobre su cama y cerró los ojos, con la esperanza de soñar con ella, con la mujer de sus sueños, esa mujer que lo tenía loco, que lo iba a hacer perder la razón.

**África cogió su libro favorito, se sentó en la escalera del patio y comenzó a leer. Hacía un día precioso, el sol entraba radiante por el toldo que cubría un poco del calor. Cuando más sumergida estaba en la lectura, su móvil vibró. Lo cogió y vio que tenía un mensaje de un número desconocido. “Preciosa, ¿Sabes quién soy?” Sonrió al pensar que sí lo sabía, aunque prefirió hacer como que no sabía nada. Le dio a la opción de contestar. “No tengo tu número, por lo tanto no sé de quién se trata, ¿Me lo puedes decir? Gracias” Siguió leyendo mientras esperaba impacientemente que su móvil volviera a vibrar. Cinco minutos después, lo hizo. “Estoy seguro que sabes de quien se trata. Tan seguro que te espero en el lugar de siempre, si me conoces tan bien como yo a ti, sabrás a dónde tienes que ir” Se quedó de piedra al leer aquello, pensó durante unos minutos y encontró la respuesta rápidamente. Cerró el libro y se metió en casa, se quitó el pijama y se puso un ligero vestido azul marino, soltó su melena al viento y salió en busca de lo que sabía que era su felicidad.

**Blanca terminó de recoger la peluquería, eran las nueve y media de la noche y aún estaba totalmente de día. Todo les estaba yendo muy bien, desde que su cuñada Corina y David les mandaron a construir aquella bonita casa y creó su negocio y el de Raúl, todo les iba a pedir de boca. Apagó las luces y entró en casa. Raúl aún no había llegado de la tienda de informática, la tenía en Fuente Palmera, consideró que allí haría mucho más negocio que en una aldea tan pequeña. Sin embargo, para ella era diferente, al ser la única peluquería en el pueblo, había tenido una gran aceptación. Se puso cómoda y comenzó a hacer la cena mientras pensaba cómo había cambiado su vida en seis años. Antes era una chica joven, metida totalmente en las drogas y sin ningún tipo de ayuda, nadie se preocupaba por ella, ni su hermana ni su propia madre. Con el tiempo habían conseguido tener una relación más o menos cordial, pero seguía sin entender que le pasaba a su madre, ¿Por qué no terminaba de verla como a una hija? ¿Por qué no la quería igual que a su hermana Nazaret? Era algo que no podía entender. A sus 24 años lo único que había recibido de su madre eran malas miradas, pero a la vez llenas de tristeza, cómo si algo le pasara, cómo si ella le recordara algún acontecimiento muy penoso en su vida. Nazaret se abstenía de hablar del tema, no sabía nada, era cinco años mayor que Blanca y no recordaba nada que pudiera pasar cuando ella nació.

Sonó el teléfono y soltó la lasaña que acababa de sacar para la cena.

-¿Sí? –Preguntó pegando su oreja al auricular.

-Blanca, soy yo.

-Dime Nazaret.

-Me acaba de llamar mamá, no sé qué le pasa, no deja de llorar, no entendía nada de lo que me decía. Te he llamado para que seas tú quien vayas a verla a casa, yo no puedo. Carla no deja de llorar y no quiero sacarla con este calor. –Estaban en pleno Julio y hacía mucho calor para sacar a Carla, la hija que Nazaret había tenido con su recién estrenado marido Cristóbal. Al casarse, ella dejó la que había sido su casa durante veintiocho años para mudarse con él a Écija.

-No te preocupes, ahora mismo voy.

-Está bien, llámame con lo que sea.

Respiró hondo y pensó que su madre jamás le contaría a ella lo que le pasaba. Desde que su padre ya no estaba con ellas, se había vuelto más irascible si cabía. Últimamente, era imposible sobrellevarla, pero era su hija y tenía que intentarlo.

**Cuando Corina entró en casa de su madre, no se escuchaba ni un alma. Su padre estaría en el huerto que había plantado hacía tan solo unos meses y ella no se veía por ningún sitio. Sacó a Carmen del carrito y le dio permiso a Luis para que fuera a jugar con su amigo Iván.

-¿Mamá? –Preguntó mientras entraba en el salón.

-Estoy aquí, en la cocina. –Cuando la chica entró pudo ver a su madre tomándose un café. Le dio a Carmen para que la cogiera y se echó ella otro.

-Venimos a verte porque sabemos que algo te pasa. –Le comentó sin rodeos.

-No es nada hija…

-No me mientas, sabes que no es así.

-Hay cosas del pasado –Comenzó a contar María- que intentamos borrar de nuestra mente. Es tan fuerte el deseo de hacerlo que, en ocasiones, lo conseguimos, pero solo por un tiempo, luego ese recuerdo vuelve para seguir atormentándonos de por vida.

-¿De qué hablas? No te entiendo. –Corina se terminó el café y metió el vaso en el fregadero.

-Verás, pasó algo cuando yo tenía diecisiete años, un año antes de tu nacer, que preferí borrarlo de mi cabeza. Quité todo lo que me pudiera recordar a ella, pero hace unos días encontré una fotografía juntas y no puedo dejar de recordarla. Algo pasó aquella noche, algo que se me escapa de las manos, no puedo lograr saber que ocurrió.

-¿A quién te refieres cuando hablas de ella?

-A mi amiga Milagrosa.

-No sabía que tuvieras una amiga que se llamara así.

-Sí, la tenía… -Dijo con pena mientras acariciaba el suave pelo rubio de su nieta.

-¿La tenías?

-Desapareció cuando teníamos diecisiete años. Jamás volvimos a saber nada de ella.

-No sabía nada, ¿cómo ocurrió? –Preguntó asombrada.

-Aquello fue algo realmente extraño. Desapareció sin más. Yo había quedado con ella y Lidia aquella tarde para dar un paseo e ir al parque a tomarnos un helado, pero jamás apareció. Fue como si se la tragara la tierra. Toda su familia y sus amigos estuvimos rastreando la zona y luego policías y bomberos, pero jamás apareció nada, ni un indicio…

-Vaya, lo siento. –La chica cogió suavemente la mano de su madre.

-Hace mucho de aquello, pero el otro día encontré una foto donde salíamos Milagrosa y yo y se me ha removido todo…

-Entiendo…

-Nosotras cinco, al principio éramos inseparables. Lidia, tu tía Rocío, Cristina, Milagrosa y yo. Cuando cumplimos más edad, se hicieron grupos: Cristina y Rocío se hicieron íntimas amigas y Milagrosa, Lidia y yo íbamos por otro lado.

-Mamá, jamás me habías contado nada de eso… Solo sabía que has estado muchos años sin hablar con tu hermana Rocío.

-Y así fue, después de la desaparición de Milagrosa, nos distanciamos hasta tal punto de estar treinta y tres años sin hablarnos.

-¿Qué ha sido de la vida de las demás amigas tuyas?

-Por lo que sé, Lidia tiene una tienda de antigüedades en Fuente Palmera, a Cristina se le ve ahora muy feliz con la llegada de su hijo José de Londres, tu tía Rocío parece que está mucho más calmada ahora, pero por lo que sé está un poco mosqueada con África.

-¿Con África?

-Sí, según ella ve a tu prima muy entusiasmada con la llegada de José al pueblo.

-¿Qué tiene eso de malo? Ella ya es mayorcita.

-Sí, pero José es hijo de Cristina y Rocío no se lleva bien con ella. De hecho se tiran los trastos a la cabeza, pasan una al lado de la otra y ni se miran. Yo sabía que esa amistad que tenían no podía llegar a ningún sitio.

-¿Se llevaban demasiado bien?

-Demasiado… Lo compartían todo.

-¿Todo?

-Todo. Rocío estuvo mucho tiempo liada con el que hoy en día es el marido de Cristina. Cuando ella se enteró fue cuando explotó la bomba y dejaron de hablarse, pero perdonó a Gonzalo. Se marcharon fuera ocho años. Luego no volvieron a mirarse a la cara.

-Que historia… -Corina pensó en lo poco que podía llegar a saber de su madre.

-Yo siempre intenté no pegarme a ningún grupo, estar bien con todas… Lidia se llevaba muy bien con Milagrosa y conmigo pero también con Cristina y Rocío… Era un lío. No me gustaba la manera en que Rocío trataba a Milagrosa, se reía de ella, y muchas veces hasta le pegaba.

-¿Qué me estás diciendo? ¿Le pegaba? –Preguntó sorprendida.

-Sí, ella era muy buena y lo aguantaba todo, pero quizás decidió marcharse para no tener que seguir aguantando esos abusos.

-Te lo hubiera contado, tú eras su mejor amiga ¿no? –Corina se levantó y puso a Carmen en el suelo para que anduviera un rato, siempre bajo su supervisión.

-No lo sé, quizás tuvo miedo… Lo que si tengo claro es que desde ese día algo cambió entre todas. Desde ese día, jamás volví a cruzar una palabra con Lidia, se marchó a Fuente Palmera con su hermano y se casó, Rocío se casó con Fran y a los años nació África, Cristina se marchó fuera con Gonzalo y ocho años después volvieron con su hijo José en brazos y yo me casé con tu padre y te tuve rápidamente, al año siguiente. Milagrosa, no sabemos nada de ella desde entonces.

-¿Sospechas algo? –Preguntó mirando a María con recelo.

-Ojalá, pero no. No sospecho nada, solo que me gustaría saber qué pasó con ella, volverla a ver…

-¿Y si…? –Comenzó a decir la chica.

-No, Corina, no quiero remover el pasado.

La chica no tocó más el tema. A los pocos minutos volvió a casa con sus hijos y comenzó a preparar la cena, con una firme idea en la cabeza, eso no se quedaría así, ella se encargaría de hablar con quién fuera para así poder llegar hasta Milagrosa y finalmente saber qué fue lo que la incitó a desaparecer de aquella forma.

**África caminaba nerviosa, la arena crujía bajo sus pies y muchas veces se cuestionaba su cordura, quizás nada de lo que se había planteado fuera así, quizás no fuera ese lugar dónde la habían citado y quizás no fuera él quien le habían mandado el mensaje. Miró al cielo y se dio cuenta de que poco a poco comenzaba a oscurecer, no podía estar fuera de casa durante mucho tiempo, su madre empezaría a sospechar. Desde que José llegó al pueblo no le quitaba el ojo de encima, no entendía porque no podían ser felices el uno con el otro y olvidar que sus madres no podían cruzarse por la misma calle sin que saltaran chispas. Su relación no influiría en ellas, ellos se marcharían fuera, sin molestar a nadie.

Llegó a una alameda y muchísimos recuerdos se agolparon en su cabeza. Aquel lugar lo descubrió con José cuando apenas tenían siete años, en una de aquellas salidas clandestinas que hacían sin que sus madres se enteraran. Aún recordaba cómo los chispeantes ojos de aquel pequeño José la miraban con inquietud y ella le sonreía, luego todo despareció, se marchó sin que nadie supiera donde se iba.

Ando unos metros y llegó a un pequeño puente, dónde corría un agua clara y se escuchaba el canto de los pájaros. Debajo de aquel puente era su escondite secreto, donde se veían cuando apenas eran unos niños, ajenos a toda la maldad que pudiera haber entre sus familias. Ahora no había acceso allí, con el paso de los años se había llenado de maleza y era imposible acceder. Miró a su alrededor y no vio a nadie, comenzó a plantearse que todo hubiera sido producto de su imaginación, que ese mensaje no hubiera sido de José y que ahora mismo estuviera haciendo el ridículo.

-Hola. –Una suave voz la saludó a su espalda. Se giró lentamente y le vio. Era él. Sus ojos lo escrutaron de arriba abajo, estaba realmente guapo, con unos pantalones negros y una camiseta verde.

-Hola. –Dijo ella tímidamente y miró al suelo.

-Sabía que vendrías. –El chico sonrió.

-Ya estaba dudando si me había equivocado.

-No, África, aquí estoy. –José se acercó lentamente hasta ella y le acarició suavemente la cara.

-José… -Cerró sus ojos verdes, absorbiendo aquella caricia.

-Cuando me marché, me juré a mi mismo que volvería a por ti, y aquí estoy…

-¿Por qué te fuiste? –Preguntó tristemente.

-Mis padres me obligaron, no podía hacer otra cosa, era menor de edad, tan solo tenía catorce años.

-Cuando me lo dijeron no podía creérmelo, ¿cómo podías haberte marchado sin despedirte de mí? –La voz de la chica era apenas un susurro.

-No me dejaron, mi madre me lo prohibió. –Agarró suavemente la cara de la chica con sus dos manos y pego su frente a la suya, luego cerró los ojos y suspiró.

-¿Por qué vuelves ahora?

-Vuelvo por ti, jamás he dejado de recordarte.

-Cuando te vi, creía que estaba soñando. ¿Por qué ha tenido que pasarnos esto a nosotros? Cuando ni siquiera nos dejan acercarnos el uno al otro.

-No pienses en eso, he venido a por ti y no me voy a ir solo. Vamos a luchar por estar juntos, cariño.

-José, hace muchos años que no nos vemos… No sabemos si esto puede salir bien, ahora tan solo somos dos extraños.

-¿Dos extraños? Eso no es así, para mí siempre has estado presente, te he recordado día a día.

-Yo también… -La chica salió de aquel sueño que estaba viviendo despierta y se sobresaltó- Me tengo que ir, se está haciendo de noche y mi madre me va a buscar, ahora sabe que estás aquí y me tiene más vigilada que nunca.

-Está bien, pero quiero verte de nuevo. Quiero volver a sentir lo que siempre he sentido por ti, quiero volver a enamorarte y que podamos estar juntos…

-Eso va a ser muy difícil… -Le aseguró la chica sonriéndole.

-Lo vamos a conseguir. Mañana es sábado, invéntate lo que quieras, pero vamos a salir a cenar y al cine, te quiero invitar.

-No voy a poder…

-Diles que has quedado con una amiga, iremos a Écija, allí nadie tiene porqué vernos…

-Mejor a Córdoba.

-Está bien, donde tú quieras.

-Ahora me tengo que ir. –La chica comenzó a andar, pero José la cogió de la mano y la atrajo hacia él. Luego la besó tiernamente en los labios.

-Nunca te he olvidado, África.

**Fernando acababa de llegar de Madrid. Cuando se bajó del ave en la estación de Santa Justa en Sevilla, el aire caliente golpeó su cara. Tenía que llegar al coche, que lo tenía en el estacionamiento aparcado. Cogió a pulso su maleta y comenzó a andar a paso decidido. Al entrar en el coche, lo primero que hizo fue activar el aire acondicionado, ¡se moría de calor! Abrió la guantera para coger un pañuelo y así limpiarse las gotas de sudor que comenzaban a aparecer en su frente y allí vio una pequeña foto de Esther. Aquello aún le dolía. Había pasado ya casi un año de su muerte, pero de alguna u  otra manera la seguía queriendo. No la amaba, como lo hacía antes, pero no podía quitársela de la cabeza. Puso el motor en marcha, metió primera, quitó el freno de mano y le pisó el acelerador lentamente. Cuando salió de aquel lugar subterráneo, la luz del sol le escoció en los ojos y miró a su derecha, donde había un gran centro comercial y entonces tuvo que frenar en seco. ¿Qué había pasado? Una chica rubia, con los ojos claros y con un simple vestido blanco comenzó a decir cosas. Había estado a punto de atropellarla, no la había visto en el paso de peatones. Puso el coche en punto muerto y se bajó para cerciorarse de que todo seguía en orden.

-Perdona, iba distraído, ¿estás bien? –Preguntó Fernando mientras se acercaba a aquella chica que aún seguía anclada en medio del paso de peatones.

-Estoy bien, no te preocupes, pero mira por dónde vas. No puedes ir dándole estos sustos a la gente. –Fernando cogió la pequeña maleta que portaba la chica y se hizo a un lado para que los coches pudieran seguir pasado, ella lo siguió.

-Oye, tu cara me suena mucho.

-Sí, y a mí la tuya. ¿Eres de aquí? –Preguntó curiosa.

-No, ahora mismo acabo de llegar de Madrid, ya sabes, asuntos de trabajo y me voy para el pueblo ya. Soy de Fuente Palmera, Córdoba.

-Vaya casualidad, yo soy de una de las aldeas.

-¿Sí? Si quieres podría acercarte y así te repongo del susto que te has llevado por mi culpa.

-Bueno, vale. Soy Andrea. –La chica extendió la mano y él reaccionó en el momento, ya sabía de qué la conocía.

-Andrea… Creo que te conozco. –Se pasó los dedos por su barbilla mientras pensaba un poco más.

-No me extraña, hace seis años estuve desaparecida durante unos meses y el que era mi marido me quitó a mi niño para siempre. Es normal que te suene mi nombre y mi cara.

-Claro… Tú eras la mujer de Santiago Suárez. Yo soy Fernando Treviño, por aquel entonces ayudé al encargado de la investigación, David Parker, hasta llegar al fondo del asunto.

-Tú eras uno de los policías… Perdona que no te recuerde bien, pero aquello para mí fue una pesadilla y no quiero ni recordarlo.

-Te entiendo. ¿Ahora cómo estás? ¿Cómo es que vuelves al pueblo?

-Estoy bien, estos seis años que han pasado me han hecho reponerme un poco de todo aquello, aunque te mentiría si te dijese que no sigo pensando en Víctor las veinticuatro horas del día. Cuando todo aquello ocurrió me fui a vivir a Córdoba con mis padres, pero hace dos años me salió trabajo aquí en Sevilla en una peluquería y bueno, necesitaba independencia, así que me mudé. Ahora el contrato se ha terminado y he encontrado trabajo en el pueblo, una chica muy simpática tiene una peluquería y necesita a una persona que la ayude, así que me ha contratado.

-Eso es genial.

-Sí, lo es.

-¿Y dónde vas a vivir? –Preguntó él mientras miraba el termómetro que había en la calle y que marcaba 41º.

-Me voy a ir a mi casa, dónde vivía con mi hijo. Sé que me va a traer muchos recuerdos, pero mi abogada luchó para que legalmente fuera mía y lo consiguió, así que voy a rehacer mi vida de nuevo, y qué mejor que allí, que siempre voy a tener a mi niño presente.

-Por supuesto. Ya te lo dije antes, puedes venirte conmigo y te acerco a tu casa.

-¿No te importa? Ahora mismo iba a coger el tren.

-No me importa en absoluto. Venga, móntate.

Fernando cogió la maleta de la chica y la metió en el maletero. Pusieron rumbo al pueblo entre risas e historias. Andrea seguía reflejando aquella tristeza tan grande en sus ojos por la gran pérdida de su hijo, pero poco a poco iba volviendo a ser ella. El chico se dio cuenta de que necesitaba apoyo, si ella quería, él estaría dispuesto a dárselo. Le daba la sensación de que se sentía tan sola como él, quizás si los dos ponían de su parte podían encontrar un amigo el uno en el otro.

TREINTA Y CUATRO AÑOS ANTES:

María estaba sentada en la cama leyendo un libro. Por fin había llegado el verano y hacía un calor insoportable, como a ella le gustaba. En esa época del año tenía tiempo de todo, para leer, salir con sus amigas… El curso escolar había ido muy bien, tan solo tenía dieciséis años, pero se vaticinaba que era una chica muy inteligente. Sabía que en los tiempos que corrían y con la situación que había en su casa, no podía sacarse una carrera, pero sus padres querían que, tanto ella como su hermana mayor, Rocío, tuvieran los estudios mínimos para no ser  una persona analfabeta.

La puerta se abrió y pudo ver a su hermana al otro lado.

            -¿No te aburres de leer esos libros? –Preguntó Rocío mientras se tiraba en la cama de al lado.

            -No, a mi me gusta, ¿por qué me iba a aburrir?

            -No lo sé, a mi me gusta más hacer otro tipo de cosas.

            -¿Ah, sí? Cómo ver a Gonzalo ¿no? –Preguntó María mirándola de reojo.

            -Eso no lo vuelvas a decir.

            -Me parece muy mal lo que le estáis haciendo a Cristina, pero bueno, es vuestra decisión.   

            -Exacto, nuestra decisión. Así que tú, estate calladita. –Rocío la miró con sus grandes ojos negros y María entendió que debía hacer lo que su hermana le pedía.

            -Está bien, pero espero que algún día le contéis toda la verdad, ella no se merece esto.

            -Eso ya lo decidiremos Gonzalo y yo cuando tenga que ocurrir.

            -Está bien.

Su madre apareció como de la nada al otro lado de la puerta.

            -Niñas, vuestra amiga Milagrosa acaba de llegar, dice que quiere veros.

            -¿Milagrosa? Vaya, no la esperábamos.

María se levantó de un salto y se dirigió al salón. Allí estaba su amiga sentada en uno de los sillones. Siempre había sido considerada como la ingenua del grupo, muchas veces, Rocío y Cristina se mofaban de ella, pero luego se daban cuenta de que lo que hacían no estaba bien y le pedían disculpas. Ella siempre las disculpaba, era una chica muy buena, y no le gustaba tener enemigos.

            -Hola, ¿cómo tu por aquí? –María se acercó y le dio un leve abrazo.

            -Pasaba por tu calle y he decidido haceros una visita. –En sus ojos verdes se veía que era feliz y su sonrisa la hacía única.

            -¿No crees que es un poco pronto para que estés haciendo visitas? –Rocío apareció de la nada.

            -¡Rocío! –Le recriminó su hermana.

            -No te preocupes, quizás tenga razón. –Milagrosa miró tímidamente al suelo y se levantó.

            -No, no la tiene. Siéntate. Son las once de la mañana, otra cosa es que a ella le guste dormir más de la cuenta. –La chica volvió a sentarse y Rocío desapareció llena de rabia.

            -¿Qué le pasa? ¿Por qué son así conmigo? –Preguntó tristemente.

            -Déjala, tanto ella como Cristina tienen problemas. Cristina sabe que Gonzalo la está engañando sin saber que la amante es mi hermana y Rocío no soporta que esté con ella. Eso es todo lo que tienen, no son felices. Olvídate de ellas, yo siempre voy a ser tu amiga.

            -Vale, lo haré. –Sonrió levemente y abrazó a su amiga.

María la acompañó hasta la puerta y se despidieron con dos besos. Milagrosa si era una buena amiga, su hermana y Cristina parecían llevarse muy bien, pero en el fondo eran las rivales más grandes que pudieran existir en el mundo. Pronto todo explotaría y les salpicaría seguro. Prefería no pensar en eso, cuando llegara el momento, allí estarían esperándolo.

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