LA BESTIA QUE INVOCÓ SU MIEDO. CAPÍTULO 10.

**Todo estaba preparado cuando Manuel salió de comisaría y se montó en su coche. Corina se sentía muy nerviosa, puesto que era ella quien conducía y tenían que tener una distancia de seguridad entre ambos coches para que no los reconociera. Cuando arrancó el motor, la chica hizo lo mismo y al dejar el margen de separación, salió detrás de él.

-No sé si estamos haciendo bien, si no es él, estamos perdidos. –Le comentó a su marido.

-Corina, es él, yo no me equivoco en estas cosas.

-No hago otra cosa que pensar en Miriam, cómo se va a sentir cuando se entere que lo que lleva vivido estas semanas ha sido una farsa.

-Tendrá que asumirlo, yo también lo tenía por un buen compañero y no lo ha sido. Deja que se meta ese coche por medio, así correremos  menos peligro. –Corina se paró en una glorieta y dejó que un coche se incorporara al tráfico. Luego giró a la derecha y siguió tras el chico. Al llegar a un cruce, giraron a la izquierda, y vieron cómo se adentraba en un camino.

-¿Qué hago? Por el pueblo había más coches, si nos ve detrás de él, va a sospechar. –No podía esconder los nervios que sentía por dentro. Todo aquello podía acabar muy mal. No quería ni pensarlo.

-Espérate, no entres en el camino. Seguramente será todo recto, yo sé que ahí al final hay una casa abandonada. Vamos a esperar unos minutos y entramos.

A los diez minutos se adentraron en aquel pequeño camino. Siguieron todo recto y luego giró a la derecha, como le indicó su marido. A lo lejos pudieron ver una casa. Tenía claros indicios de haber sido abandonada hacía muchos años, pero el coche de Manuel estaba allí aparcado, justo en la entrada.

-Quédate en el coche.

-¡No, no te voy a dejar solo!

-Corina, haz lo que te digo. –Le dijo él en tono firme mientras bajaba del coche.

-¡Él puede tener un arma! Si te pasa algo me muero, David. –La voz comenzó a temblarle.

-No me va a pasar nada, yo también llevo un arma, sé cómo actuar en estos casos. –La tranquilizó desde la ventanilla del coche mientras le daba un beso.

-¡Cuidado! –Le pidió. Él le sonrió.

David sacó el arma y se fue acercando a la puerta de entrada, no se escucha ni un ruido. Tan solo el campo rodeaba aquella inmensa casa abandonada a las afueras del pueblo.  En su tiempo tuvo que ser bonita, estaba pintada de un color verde agua y tenía dos pisos, era una pena que estuviera abandonada de aquella manera, unas  manchas negras caían desde el tejado y había hongos en la fachada. Estaba totalmente rodeada de árboles y vegetación. Se acercó a la puerta y no escuchó nada, abrió la puerta lentamente, le impresionó que no chirriara, luego comenzó a andar pasillo arriba. Miró a la derecha, dónde había un gran salón, aunque todo estaba tapado con sábanas blancas y un poco más adentro se hallaba la cocina. Intentó hacer el menor ruido posible. Siguió su paso firme y pasó una habitación, miró hacia dentro y no había nada. Llegó a una segunda habitación, la puerta estaba entreabierta, una leve luz entraba por la ventana, y pudo ver un bulto. La persona que había sentada en aquella silla lo miró, con ojos suplicantes.

-¡Ayúdame! –Le susurró en voz baja Fernando, él le hizo un gesto con el dedo para que no hablara. El chico le señaló con la cabeza la habitación del fondo. David se giró y comenzó a andar, con el arma en la mano  y teniendo mucho cuidado de no hacer ruido, cuando llegó empujó la puerta, que estaba entreabierta. Allí estaba el chico, sentado en una butaca, de espaldas a la puerta, mirando algo embelesado. David se echó hacia atrás impulsado por el frío que hacía en aquella habitación.

-Manuel, levanta las manos. –El chico giró la cabeza y lo miró aterrado.

-¿Qué cojones haces tú aquí? –Le preguntó levantándose bruscamente.

-¿Por qué lo has hecho? –Le preguntó mirando la gran urna que había detrás de él, dónde yacía el cuerpo desnudo y sin vida de Esther. La chica estaba intacta, a causa de una máquina de frío que había instalado para mantener perfectamente el cadáver. Parecía estar dormida, con su perfecta melena rojiza cayéndole por los hombros y unos labios perfectamente maquillados.

-Yo la quería, ¡Es mi obsesión! –Le gritó.

-No tenías por qué haberla matado. –David miró a su alrededor e intentó pensar cómo podía estar aquella casa en el estado en el que estaba y tener electricidad. ¿Cómo coño se había apañado para tenerlo todo perfectamente hilado?

-No quería matarla, pero se me fue la mano. ¡Se liaba con Cifuentes y también estaba con Fernando! ¡No podía soportarlo!

-¿Cómo sucedió todo? –Le preguntó David, aun apuntándole con la pistola, el chico se volvió a sentar en la butaca, derrotado.

-La noche que murió Rodrigo, ella se fue con él, pero luego se marchó. Yo la estaba esperando un poco antes de llegar a su casa con el coche. Cuando la vi pasar, salí y le pedí que viniera a casa conmigo, sería la última vez que nos veríamos y la dejaría en paz para siempre. Al principio no quería, pero luego se montó en el coche y vinimos aquí.

-¿Por qué aquí, a esta casa abandonada?

-David, yo llegué a este pueblo por casualidad, cuando me destinaron a la policía, pero me vine unos meses antes y entonces fue cuando la conocí en aquella barra del bar. Me enamoré perdidamente de ella, no podía pasar un día sin verla, aunque yo sabía que tenía novio, ella jamás se me resistió. Me decía que parecía un chico interesante y eso me encantaba. ¡Hasta me tatué su nombre! –Dijo señalando a su espalda- No tenía un lugar para vivir, por lo que me metí aquí, en esta vieja casa abandonada, hasta que pudiera comenzar el trabajo y ahorrar algo para poder alquilar algo más humano.

-¿Qué ocurrió aquella noche entre vosotros? –David no podía soportar el frío, comenzó a tiritar.

-Como te he dicho se vino conmigo en el coche, cuando llegamos a esta casa, ella no podía creer que yo viviera aquí, pero eso no fue lo importante. Después de haberse acostado conmigo en varias ocasiones, me dijo que estaba enamorada de Fernando, ¡que le quería a él! La verdad, Parker, es que yo siempre he sido un chico muy obsesivo, como algo se me metiera entre ceja y ceja, tenía que conseguirlo. Hubo un forcejeo entre nosotros y la empujé sin querer, ¡te juro que fue sin querer! –Se excusó el chico levantándose de aquel sillón- Ella cayó al suelo y se golpeó la cabeza, muriendo en el acto. A mí me daba miedo haberla perdido para siempre, ¡la quería! Así que decidí comprar todo esto que ves aquí, para poder tenerla para siempre y que su belleza no desapareciera jamás. Cuando vi que Fernando estaba empezando a indagar más en todo este asunto, cogí los complementos que Esther llevaba puestos en ese momento, y los metí en el cajón de su escritorio. Entonces todo salió perfecto, creíste que era él, que él era quien tenía a la chica, que se estaba volviendo loco y todo lo estaba haciendo para tenerla solo para él.

-No puedo creer que hayas hecho todo esto. ¿Por qué tienes a Fernando en esa habitación de al lado?

-Tuve que quitarlo del medio. Si seguía buscando, podría dar con la chica y conmigo, así que aquella noche de la pelea en la fiesta benéfica, dónde tu y yo estábamos hablando sobre lo que habías encontrado en su cajón, cuando todos salimos de allí, después de tu discusión con él, le seguí, le pegué un golpe para dejarlo fuera de juego y me lo traje. Cuando se despertó estaba aquí, atado a una silla. Logré lo que quería, que todos creyerais que Fernando se había acongojado con lo que le dijiste y se había marchado con Esther. Todo me estaba saliendo a la perfección… ¿Cómo supiste que era yo? ¿Cómo supiste que estaba aquí? –Le preguntó mirándolo con los ojos rojos de furia.

-Manuel, te vi el tatuaje que tienes en la espalda, el mismo que Joaquín Hurtado nos aportó como descripción del misterioso chico que estaba con Esther.

-¡Mierda! ¡Creí que no lo habías visto!

-Sí lo vi, pero disimulé, luego llamé a Joaquín y le pedí que me diera una de las grabaciones del bar en el que pudieras salir. Cuando las vi, te reconocí al instante, aunque fueras prácticamente otra persona.

-¿Cómo me pudiste reconocer?

-He trabajado muchas horas contigo y porque te hayas pelado y pintado el pelo moreno, no vayas a creer que no te voy a reconocer. ¿Por qué hiciste eso?

-Cuando me di cuenta que había matado a Esther me hundí, pero luego pensé que tenía que seguir con mi vida, con mi nueva vida como policía en este maldito pueblo. Para que nadie sospechara de mí, engatusé a la tonta de Rosa, ella estaba loca por mí y no me costó nada que me metiera en su casa y parecer una familia normal y corriente de recién casados que esperaban a su primer bebé.

-¿Y Miriam?

-Miriam ha sido una de mis muchas obsesiones. Cuando la vi con esos ojitos, parecía un ángel… La quise para mí y lo conseguí. Es una buena chica y yo pensaba mantener todo esto en secreto y luego poder rehacer completamente mi vida con ella. Me interesa más de lo que yo pensaba…

-Manuel, después de esto…

-Sé que lo he hecho mal, pero mis obsesiones no me dejan vivir. No podía soportar ser el segundo en la vida de Esther, o no tener a Miriam para mí. Las preferiría muertas a que estuvieran lejos de mí.

-No opongas resistencia, solo te pido eso. –Le dijo David acercándose a él con las esposas. El chico no hizo nada, se quedó quieto y lo esposó. Luego se acercó al cadáver de Esther y le besó los labios. “Siempre te querré, pequeña. Perdóname, sabes que todo lo hice para que estuviéramos juntos de por vida” –Le susurró.

Cuando a Corina no le quedaban más uñas que morderse vio salir a su marido con Manuel esposado de la casa.

-¡David! –Gritó ella.

-Corina, acabo de pedir un coche patrulla para que vengan a por nosotros. Esther está muerta, no entres a la habitación del fondo si no quieres verla. Fernando está ahí dentro también atado a una silla, entra y libéralo. Habrá que llevar al médico, no creo que esté bien después de tantos días encerrado.

-¿Esther está muerta? –Preguntó ella con lágrimas en los ojos.

-Sí, él la mató. Dice ser que fue un accidente, pero me huele a que no podía soportar ser el segundo y que ella estuviera enamorada de Fernando. –Manuel agachó la cabeza, incapaz de mirar a Corina a los ojos.

La chica entró a toda prisa en la casa y cuando llegó a la habitación dónde estaba Fernando, alzó la persiana y la luz del sol cegó al chico, después de tantos días encerrado entre la oscuridad.

-¡Corina! –Gritó mientras ella le desataba.

-Tranquilo, ya mismo llegan los refuerzos. Todo ha pasado. –Fernando se abrazó a ella cuando estuvo totalmente liberado.

-Esther está muerta, yo lo escuché… -El chico comenzó a llorar sin consuelo.

-Sí, ella ha muerto, lo siento.

-¡¿Por qué?! –Preguntó mientras se aferraba a Corina.

-Ese chico no está bien, quería que Esther solo fuera suya. No sé mucho, puesto que no he podido hablar con David, ahora él te lo contarán todo.

-Quiero verla. –Dijo retirándose las lágrimas de los ojos.

-No creo que sea la mejor opción.

-Necesito verla. –El chico entró en la habitación del fondo y se llevó un gran impacto cuando la vio allí tendida, desnuda y tan bella como siempre- Esther…                                 -Comenzó a decir entre susurros- Siempre te he amado y lo sabes, no podía llegar a imaginarme una vida sin ti. Te topaste con este loco, que acabó contigo y a la vez lo ha hecho conmigo. Yo te perdono por todo, descansa tranquila, princesa. –Le acarició la mejilla y volvió a salir.

-Deberíamos salir. –Le aconsejó la chica.

-No quiero verle. Sé que puedo matarlo. –El chico no paraba de llorar lleno de furia y desesperación.

-Tienes que ser fuerte, él ahora va a ser juzgado y privado de su libertad.

-Prefiero esperarme a qué se vayan. Luego me iré contigo.

-Fernando, te tiene que ver un médico, llevas muchos días aquí encerrado, no sabemos si has comido o no…

-He comido lo que ese malnacido me traía, poco más. Me iré contigo y me llevarás tú al médico. Entiende que no puedo verle.

-Está bien. –A lo lejos se escuchó una sirena, los refuerzos estaban llegando.

**El tiempo pasaba rápido. Dos días fueron suficientes para que por fin pudieran enterrar a Esther. Por orden de Fernando, al día siguiente se le practicó la autopsia, que confirmó su muerte por un golpe en la cabeza. Sus padres querían trasladarla a Italia, junto a ellos, pero decidieron dejarla cerca del gran amor de su vida. Él la velaría e iría a visitarla, ellos también vendrían de vez en cuando. Corina no podía creer que aquella muerte fuera una realidad, apenas conocía a Esther de varios encuentros entre los cuatro, tenían mucha más edad que ella, pero era alegre y simpática. Fernando la había perdonado por todo lo que hizo, ella podría descansar en paz, donde quiera que estuviera.

-Estoy muy preocupada por Miriam. –Le comentó Corina a su marido y a Fernando, los cuales se dirigían al coche después del entierro.

-No se ha tomado nada bien la noticia de Manuel. –Reconoció David.

-¿Se lo has contado ya? –Preguntó Fernando con los ojos llorosos, mientras se colocaba las gafas de sol.

-Sí, no tuve más remedio que decírselo el mismo día que lo detuvimos. Vivían juntos y no había manera de ocultarle su ausencia.

-Me tiene muy preocupada, parece un alma en pena. No hace más que pensar que ella hubiera sido la siguiente. –Corina miró a Fernando con pena.

-Menos mal que os disteis cuenta pronto y pudimos arreglar todo esto.

-No me hubiera perdonado no haber indagado más en todo este embrollo, aunque tengo que reconocer que fue Corina quién me abrió los ojos, ella fue la que me dijo que no te veía capaz de irte así, sin decir nada. –Se excusó el chico.

-No te preocupes, Parker. Todo está olvidado, yo te debo la vida, no lo olvides, si no hubieras venido a por mí, quizás ahora estaría muerto y Esther seguiría metida en aquel horrible lugar.

-Menos mal que no tienes nada. –David arrancó el coche y puso rumbo al pueblo.

-David, no podemos tardar, he dejado a los niños con Miriam y ella no está bien, no deja de llorar.

-Pobre chica, cada vez que recuerdo lo engañada que ha estado…

-La vida tiene que seguir, Fernando.

-Sí, tenemos que encontrar a la persona que ha realizado los tres crímenes que me has contado. Cuando ese chico me secuestró, Óscar Vidal aún estaba vivo. No tenía ni idea de todo esto…

-Te confieso que estoy totalmente desconcertado en este tema, no puedo enlazar todo esto. He tenido que retrasar la entrevista con Victoria, íbamos a ir el día siguiente a que todo esto ocurriera, pero al final iremos mañana, aunque vamos sin haber hablado con ella, no nos coge el teléfono.

-Yo iré contigo, desde este momento te voy a ayudar a desenmascarar a esa persona que estamos buscando. Entre los dos podremos. –Corina le puso la mano en el hombro en señal de apoyo al chico.

Soltaron al muchacho en su casa y ellos pusieron rumbo a su hogar, muy tristes por haber tenido que despedir a Esther, una chica tan joven y con tanta vida por delante, pero así era el destino. Aparcaron el coche muy cerca de casa y al entrar vieron a una Miriam totalmente venida abajo, con Carmen en brazos. Luis estaba entretenido haciendo un dibujo.

-¿Cómo estás? –Corina se sentó junto a la chica y la abrazó.

-Mal, no puedo mentirte. –Comenzó a llorar sin consuelo mientras le pasaba la niña a David. Tan solo de pensar en todo lo que podía haberle sucedido, en el tiempo que le había regalado a aquel asesino, a aquella persona sin escrúpulos que resultó ser Manuel, el hombre de que irremediablemente se había enamorado.

-Bueno, ahora tienes que seguir con tu vida, no puedes venirte abajo.

-Yo le quería. Hacía poco que nos conocíamos, pero le quería… -Se hizo un ovillo en sí misma y hundió la cabeza entre sus rodillas.

-Eh… tranquila.

-Corina, no sé cómo voy a dormir sola en esa casa, dónde hemos vivido tantas cosas juntos, aunque haga poco que nos conocemos.

-Si quieres puedes quedarte aquí hasta que te sientas capacitada para estar sola.

-No, yo no quiero molestar, de verdad…

-No molestas, ¿verdad que no, David? –Le preguntó al chico que estaba meciendo al bebé mientras ponía las noticias en la televisión.

-No, para nada, no me importa, al contrario, pienso que debes desvincularte un poco de esa casa para aclararte.

-Gracias, siendo así me quedaré con vosotros hasta mañana. –Miriam cogió a Luis en su regazo y comenzó a besarlo. Él le sonrió y no opuso resistencia.

Cuando los rayos de sol comenzaron a entrar por la ventana, David abrió un ojo y miró el despertador. Eran las ocho, se había dormido. Se levantó corriendo y se metió en la ducha, a los cinco minutos era un chico renovado. Fue a la cocina, dónde estaba Corina con Miriam, ambas tenían que ir al trabajo juntas.

-Buenos días. –Saludó el chico con alegría.

-Qué alegría. –Dijo tristemente Miriam mientras daba un sorbo a la taza de café humeante.

-Bueno, para lo que me espera hoy, mejor ir así. –Se limitó a decir.

-¿Mucho trabajo? –Preguntó Corina mientras le ponía delante las tostadas.

-Sí, hoy tenemos que ir a hablar con Victoria, la mujer de Cifuentes. Nos tiene que hablar de aquella niña que tuvo en acogida, Norma.

-¿Os ayudará de algo? –Preguntó mientras se sentaba al lado de su marido.

-Puede ser que sí o que no, pero tenemos que intentarlo.

No había pasado ni una hora cuando Fernando y él iban de camino a la Carlota, dónde Victoria había vivido todos aquellos últimos años.

-¿Y si no está en casa? –Le preguntó a David.

-Seguro que sí, no creo que haya salido tan temprano. ¿Tú cómo estás?

-Bien, dentro de lo que cabe. –Dijo sonriendo tristemente.

-Pronto el tiempo habrá pasado y lo verás todo de otra manera.

-Sí. ¿Cómo sigue Miriam?

-Anoche se quedó a dormir en casa, está mal. Podrías hablar con ella, quizás pudierais haceros amigos y apoyaros el uno en el otro.

-Ahora mismo no tengo ganas de nada, la verdad.

-Es una chica muy amable y agradable. Ella se hace cargo de los niños cuando nosotros no podemos ahora que mis suegros están en Bruselas.

-Quizás con el tiempo no me importe quedar con ella y conocerla, pero ahora… Ayer enterré a Esther y no puedo pensar en otra cosa.

-Te entiendo. –Se limitó a decir él. La noche anterior estuvo pensando en aquella posibilidad. Él se había quedado solo y Miriam también. Quizás con el tiempo pudiera surgir algo entre ellos. Siempre le había gustado hacer de celestino, pero era cierto que aquel no era el momento más oportuno.

-¿No es esa la casa de Victoria?

-Sí. –El chico aparcó justo en la puerta. Se bajaron y llamaron al timbre, pero nadie contestaba.

-Creo que no está en casa.

-Tiene que estar, no podemos posponer esta charla ni un minuto más.

-Espera. –Dijo Fernando cuando vio que la puerta estaba abierta, no tenía el cerrojo echado por dentro.

-¿Debemos entrar? –Preguntó David.

-Sí, tenemos que hacerlo. –Los chicos abrieron lentamente la puerta, mientras llamaban a la mujer, pero en aquella casa no predominaba más que el silencio. Anduvieron por el pasillo, miraron en el salón y no vieron nada, pasaron a una habitación con dos camas, pero igualmente no había nada. Algo llamó su atención cuando pasaron cerca de la cocina, un extraño olor.

-Huele a cadáver. –Fernando abrió la puerta de la cocina y no pudo creer lo que vio. Victoria estaba sentada en una silla, con medio cuerpo tendido encima de la mesa, allí había estado escribiendo algo, todavía habían papeles y un bolígrafo.

-¡Por dios! ¿Qué le ha pasado? –Preguntó David asombrado.

-Se ha suicidado. –Dijo mientras veía el charco de sangre que había debajo de la mesa, se había cortado las venas de ambas muñecas.

-¡No! –Gritó David mientras le pegaba una patada a una de las sillas. Si aquella mujer había muerto, no podría hablarle de su hija adoptiva.

-Tranquilízate, Parker. Mira, aquí hay algo. –Junto al lado de la mujer, en un extremo de la mesa, había un sombre. El chico cogió la carta y la miró como si no hubiera visto algo igual en toda su vida.

-¿Deberíamos abrirla? ¿No tiene remitente?

-No tiene remitente directo, así que vamos a abrirla para salir de dudas.

-¿Llamo a Antonia para que avise de este suicidio y nos mande refuerzos?

-Sí, hazlo. –David hizo aquella llamada mientras Fernando se iba al salón, donde cogió asiento en uno de los sofás y David hizo lo mismo.

-Llegaran en veinte minutos, mientras tenemos que esperarlos aquí.

-Bien, tiempo suficiente como para leerla. –Aún le daba vueltas a la carta en sus manos.

-Ábrela ya, por favor. –Sacó la hoja del sobre y comenzó a leer en voz alta.

“Ni siquiera sé quién leerá esta carta, pero necesito contar toda mi verdad. Para comenzar diré que he decidido acabar con mi vida puesto que no tiene aliciente alguno y prefiero subir al reino de los cielos con mi señor. Dicho esto, comenzaré mi relato y espero que os sirva de alguna ayuda.

Norma tenía ocho años cuando llegó a casa. Me llamaron diciendo que una niña había quedado huérfana de padre y su madre estaba en un manicomio. Mi marido y yo no dudamos ni un solo segundo en traerla a casa, de acogida. Yo creía que era feliz, la quería con toda mi alma, era su madre, su consejera, quien la mimaba y la ayudaba, pero un día, después de nueve años, cuando ella contaba con diecisiete, llegó la fatal noticia. Su amiga Helena me confesó que Rodrigo estaba abusando de ella, yo no podía creerlo, jamás había visto indicio alguno y por eso decidí llevarla a que un médico la inspeccionara. Fue allí donde nos enteramos que estaba esperando un hijo, un niño fruto de una de las tantas violaciones a las que se había visto sometida. Al principio estuve de su parte, pero luego pensé en mi matrimonio y en lo que supondría no apoyar a mi marido y seguir con todo hacia delante, aunque fuera una farsa. Decidí mandarla con mi hermana al pueblo donde ella vivía, allí pasó su embarazo, mientras yo intentaba olvidar todo en casa con mi esposo, incluso nos cambiamos de residencia, cuando la amiga de Norma murió en extrañas circunstancias.

No pude superarlo, ocho meses después, cuando mi hermana me llamó para decirme que Norma se había puesto de parto, yo fui a por ella. Cuando llegué, todo había pasado, tenía su bebé en brazos, mientras sonreía. Le dije que no podía quedárselo, que tenía que deshacerse de él, pero no quiso. La saqué de allí y cogí al bebé en brazos, no podía permitir que confesara nada de lo ocurrido. Yo juro que no quería hacerlo, pero la maté. Cuando arrastraba de ella para meterla en el coche, se cayó encima de un bordillo y se golpeó la cabeza, muriendo. Salí corriendo con aquel bebé en brazos, sin saber exactamente qué hacer con ella. Me decanté por lo más fácil, abandonarla. Alguien la encontraría y podrían darle una familia que la quisiera y pudiera ofrecerle todo lo que nosotros no podíamos. Cuando la niña estuvo fuera de juego y Norma también, ya que mi hermana me confirmó que había muerto finalmente, decidí dejar a mi marido. Él se fue al pueblo y yo me quedé en casa.

No busquéis fotos de esa niña en mi casa, no hay. Y tampoco a mi hermana si es lo que estáis pensando, ella murió unos meses después de que todo aquello pasara, un cáncer acabó con ella.

Victoria”

Ambos guardaron silencio después de aquel trágico testimonio.

-Estamos buscando a alguien que está muerta. –Susurró David.

-Tuvo una niña y por lo que me has contado, Eli, la mujer de Óscar, tiene un niño y está viva. No puede ser ella.

-Pero…

-Quizás haya sido una coincidencia David… -Fernando miraba la carta como si así fuera a sacar más información.

-¿Puede ser que esa carta no la haya escrito ella?

-Eso es fácil de saber. –Se levantó y se dirigió a algunos cajones mientras sacaba algunas libretas y comparaba la letra- No hay duda, es su letra.

-¿Por qué estaba la puerta abierta? –David no dejaba de hacer preguntas.

-David, la dejó abierta para esto mismo, para que la encontraran, a ella y a la carta.

-Lleva muerta varios días por el aspecto que tiene el cadáver, ¿Todos esos días lleva la puerta abierta?

-La puerta estaba cerrada, simplemente no tenía el cerrojo echado por dentro. Quizás no haya venido nadie antes de nosotros, que empujamos y vimos que no estaba cerrado del todo. –Fernando estaba tranquilo.

-Sí, puede que sea así. Ahí llegan los refuerzos. –Dijo David mientras veía por la ventana como aparcaban varios coches de la policía. Él se retiró un poco y llamó a su mujer para contarle todo lo que había pasado. Se sentía abrumado, nada terminaba de encajar y eso era concretamente lo que él necesitaba, que todo encajara.

**Antonio llevaba unos días notando extraña a Pepa, más de lo que siempre había sido. Le hablaba menos que nunca, y sabía que aunque todo se hubiera roto entre ellos, ella seguía amándole y si no le hablaba era por algo. Estaba llegando a casa después de una mañana en el pueblo. De vez en cuando iba a supervisar como iban las obras que su hijo había pedido que le hicieran a toda aquella gente. A él le había encantado la idea, y desde luego también le encantaba que su hijo le volviera a hablar. No era una relación tan intensa como antes, pero sabía que David estaba volviendo, no sabía qué era lo que le había hecho cambiar de opinión, pero tampoco le importaba, siempre que siguiera como estaba.

Al entrar, el silencio inundaba la estancia. Las persianas estaban echadas hacia abajo y no se escuchaba un alma.

-¿Pepa? –Preguntó él.

No se escuchó nada, solo silencio. Subió escaleras arriba y miró en la habitación donde ella solía ponerse a leer. Nada. Abrió la puerta de su habitación, dónde hacía años que dormía sola, y entró al verla tumbada en la cama, con la mirada perdida.

-¿Estás bien? –Él pensó que con el acercamiento de su hijo, quizás la relación entre su esposa y él pudiera cambiar, de todas maneras, no había que olvidar que aquello había sido el detonante de su separación.

-Llama a David, quiero verle. –Se limitó a decir ella mientras miraba hacia los pequeños rayos de luz que entraban por la ventana.

-¿A David? No sé si podrá venir.

-Llámale.

-Pero…

-¡Qué le llames! –Gritó ella- ¡Dile que necesito que venga es algo muy urgente!  –Sus ojos reflejaban una tristeza enorme y con los años se había consumido como una pasa.

Antonio no dijo nada, salió de la habitación y llamó a su hijo.

-David, tienes que venir a casa, creo que Pepa no está bien.

-¿Qué le pasa? Yo ahora mismo estoy esperando al levantamiento de un cadáver en La Carlota.

-¿Tardas mucho?

-No sé, el juez acaba de llegar, quizás media hora. –Se escuchó la voz del chico preocupada- ¿Está bien?

-No tengo ni idea, ya sabes cómo es. No quiere la ayuda de nadie y claro, de mí menos todavía.

-Bueno, voy lo antes posible.

Cuando el chico colgó el altavoz, Antonio volvió a dirigirse a la habitación dónde estaba su mujer. Seguía allí, parecía haberse quedado dormida.

-¿Le has llamado?

-Sí, no puede venir antes de media hora.

-No pasa nada, le esperaré. –La mujer se retrepó un poco y cerró los ojos. Quizás así se le pasara antes el tiempo.

**De vuelta al pueblo, David pensaba en el montón de muertes que estaban ocurriendo. Primero Rodrigo Cifuentes, Óscar Vidal, Javier Falcón, Esther, ahora Victoria… ¿Quién más quedaba por morir en todo aquel juego antes de conocer a la persona que llevo a cabo los crímenes?

-¿Te preocupa algo? –Le preguntó Fernando a David.

-Muchas cosas. Ahora tengo que ir a casa, la que he creído mi madre durante veintinueve años por lo visto no se encuentra bien y quiere hablar conmigo. Además de todo el follón que tenemos con el tema de la carta de Victoria.

-He pensado que deberíamos ir a Montilla, el pueblo de su hermana, quizás alguien viera algo y pudiera contarnos como sucedió todo.

-Sí, podría ser buena opción.

-¿Qué crees que está pasando?

-No lo sé, Fernando. Aquí tenemos a tres personas asesinadas de la misma manera y no somos capaces de resolver esos malditos crímenes.

-¿Te has puesto a pensar que no fuera una chica quien ha llevado a cabo los crímenes?

-¿A qué te refieres? –Preguntó David curioso.

-Todos dicen que era una chica, pero ¿y si no lo era? ¿Y si era un chico disfrazado?

-Pero eso es imposible, todos dicen que era una chica.

-No olvides que es un disfraz. Cualquier persona se puede disfrazar y sé que ese tipo de disfraz no queda igual en un cuerpo de mujer que de hombre, pero si se lo llega a currar, no tiene por qué parecer que es un varón.

-Es una teoría, pero ¿qué hombre iba a estar dispuesto a disfrazarse así para matar y en cada cadáver poner un beso de carmín rojo en la mejilla? –El chico centró la mirada en la carretera.

-No tengo ni idea, pero tengo la intuición de que algo se nos está escapando y qué no es oro todo lo que reluce. Nos hemos puesto a buscar una asesina y quizás no sea una mujer si no un hombre.

-¡Qué lio! –David pegó un golpe al volante.

-Tranquilo amigo, ahora llévame a comisaría y vete a casa de tus padres, ya  mañana iremos a Montilla en busca de alguien que nos pueda contar que pasó aquel día con Norma Cifuentes. –Le aconsejó.

**Cuando David llegó a casa, su padre estaba esperándole en la puerta. Alzó la mirada y vio cómo Pepa corría la ventana para cerciorarse de que había llegado. Saludó a su padre, cómo hacía tiempo que no lo hacía y entró en casa. Subió las escaleras y metida en la cama se encontró a una Pepa desvalida y decaída.

-¿Qué te pasa? –Le preguntó el chico sin acercarse a la cama. Pepa lo miró y las lágrimas brotaron de sus ojos, era tan guapo, tan varonil, era su hijo, lo que más quería en el mundo.

-Ven, siéntate, lo que tengo que hablar contigo va a ser rápido. –El chico se sentó en un extremo de la cama y Antonio hizo el ademán de marcharse- Antonio, quédate, esto te incumbe a ti también.

-Di lo que sea, mujer. Nos tienes en ascuas. –Le pidió su marido.

-Bueno, solo quería deciros que desde hace años me siento desplazada, ninguno de los dos me habla o me mira tan siquiera. Vivo en la más completa soledad y no puedo seguir así.

-Pepa… -Comenzó a decir David mientras ella cogía y vaso de agua de la mesita y se lo bebía de un sorbo.

-Déjame hablar, no puedo perder el tiempo. Yo maté a tu madre, yo maté a Sofía. –Los dos dieron un brinco de la cama y se pusieron de pie.

-¿Cómo? –David retrocedió un paso horrorizado, Antonio no pudo hacer nada, se había quedado mudo.

-La envenené. Yo os quería para mí, la vida que tenía Sofía era lo que yo quería y tenía que conseguirla. La envenené con un veneno que no deja rastro en la sangre, a ojos del mundo le había dado un infarto. –La mujer comenzó a volver los ojos y a respirar con dificultad.

-¿Qué te ocurre? –Atinó a preguntar Antonio.

-La envenené con el mismo veneno que me acabo de tomar ahora mismo, con ese vaso de agua. No podía morirme sin decíroslo.

-Por dios, Pepa… -David comenzó a llorar desconsoladamente-¡¿Cómo pudiste matar a mi madre?!

-Te quería, os quería, por eso lo hice. –Comenzó a retorcerse en la cama- Me voy de aquí, os dejo tranquilos, reconciliarse y ser felices. Yo ahora tendré que vérmelas con Sofía allí arriba.

Aquellas fueron las últimas palabras antes de que el cuerpo de Pepa dejara de convulsionar y entrara en un estado de paz increíble. David estaba paralizado, quería coger el teléfono para llamar a Corina, contarle que la mujer que había creído su madre se había suicidado delante de él, no sin antes confesarle que ella había sido la asesina de su verdadera madre, la que había muerto hacía treinta y cuatro años y que todos creían que había sufrido un ataque al corazón. Antonio comenzó a llorar desesperado, aunque no sabía bien si lloraba por haber perdido para siempre a Pepa o por enterarse que ella misma había matado a Sofía.

-Corina… -La voz del chico apenas se escuchaba.

-Dime David, tengo que volver a clase, he dejado solos a ocho bichos. –Dijo ella sonriendo.

-Pepa acaba de morir, se ha suicidado, delante de mí y de mi padre. –Le informó el chico mientras se sentaba en un sillón y se tapaba los ojos con las manos.

-David, lo siento… ¿Cómo ha podido ocurrir?

-Me llamó, me dijo que quería verme. Cuando vine, nos confesó a mí y a mi padre que ella fue quién mató a mi madre, a Sofía. Al parecer nos quería a los dos para ella y le dio un veneno que no dejó rastro en la sangre, todos creyeron que fue un ataque al corazón. Hoy mismo ella se ha envenenado con el mismo veneno que le suministró un día a mi madre. Bebió un vaso de agua, yo no sabía que tenía veneno, y tardó unos tres minutos en morir. En esos minutos lo confesó todo.

-No puedo creerlo… ¿Ella mató a Sofía?

-Sí, Corina. –El chico no paraba de llorar.

-Voy enseguida para allá, tengo a la niña conmigo aquí, no sé dónde dejarla. Bueno, ya veré cómo lo hago.

-Vale, aquí te espero.

-Mi amor, no tardaré en llegar, sécate las lágrimas.

 

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4 comentarios en “LA BESTIA QUE INVOCÓ SU MIEDO. CAPÍTULO 10.

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