LA BESTIA QUE INVOCÓ SU MIEDO. CAPÍTULO 5.

**Araceli era una de las tantas personas afectadas por los derrumbes. Una de las quince familias que se quedarían en la calle porque el Ayuntamiento quería realizar unas mejoras en aquella carretera. Aún no sabían exactamente qué clase de obras serían, pero lo que si sabía era que tenía que marcharse. ¿Por qué iban a derrumbarle su casa? Apenas llevaba hecha cuatro años, desde que se casó. Allí había comenzado una vida junto a su marido y había engendrado a sus gemelos. Ahora se vería en la calle, con dos niños pequeños, apenas tenían tres años, y con su marido. Sus padres estaban lejos y no podrían ofrecerle su casa. Además, no era justo. ¿Por qué tenían que hacer aquello?

Se habían informado de las posibilidades que tenían. Entre las quince familias habían contratado a un abogado para que les asesorara sobre el tema. Después de hacer una serie de indagaciones, se les informó que todo aquello era legal. Ahora tocaba luchar por una indemnización digna para ellos. Cual no fue su sorpresa cuando se enteraron que aquella ayuda sería de 3000 euros, ¿Qué hacían con aquel dinero y sin un techo?

En aquel momento se encontraban esperando en la puerta del despacho del alcalde. Necesitaban respuestas a sus preguntas, pero su abogado les había aconsejado que lo dejaran hablar a él. Así que allí estaban, esperando que su letrado saliera y les comunicara la conversación que había mantenido con el alcalde.

Estaba con algunos más de los afectados, todos conmocionados, no podrían creer que en tan solo unos pocos días sus casas iban a desaparecer, pero tenían que ir asimilándolo. En ese momento, su letrado salió del despacho y bajaron a la calle. Se reunieron en una plazoleta y el hombre le comunicó lo que había conseguido.

-Es bastante difícil conseguir algo. –Les informó aquel abogado moreno de ojos oscuros y mucha trayectoria profesional a su espalda.

-No es justo que nos hagan esto, ¡queremos Justicia! –Exclamó una mujer de mediana edad.

-Precisamente, la Justicia está de parte del Ayuntamiento, todo lo que quieren hacer es legal.

-¿Qué es exactamente la obra que van a realizar? –Preguntó Araceli. Era una de las chicas más jóvenes que se habían visto afectadas, tenía 32 años y un futuro por delante, quizás truncado por aquello.

-Quieren realizar varias glorietas y alargar la carretera. Pero como os he dicho, todo es legal. He intentado hablar con el alcalde, hacerle ver que no os puede dejar en la calle, daros 3000 euros y quedarse tan tranquilo. –El abogado se metió debajo de un naranjo a la sombra, aquel traje de chaqueta estaba haciendo que sudara la gota gorda.

-¿Has conseguido algo? –Pregunto otra chica.

-Sí, y creo que ya no podré conseguir nada más. He exprimido al máximo esta situación y creo que con lo que ha conseguido hoy, nos vamos a tener que conformar. Si nos metemos en juicios, esto puede tardar años, años y años.

-¡Di lo que sea! –Exclamó un hombre mayor mientras se secaba la frente con un pañuelo azul.

-El Ayuntamiento, os va a asignar a cada una de las familias afectadas un terreno para que hagáis vuestra casa. Y va a haber un incremento de la indemnización. Ha pasado de 3000 a 8000 euros.

-O sea, que ellos nos dan un terreno y nosotros tenemos que crear una casa de la nada, con 8000 euros y en paro. –Aquella mujer comenzó a llorar, desesperada.

-Tranquilícese, no llore. Quizás se saque un dinero extra de la fiesta que vais a hacer el domingo. Los comercios os han donado las cosas y todo el dinero que saquéis va a ser íntegro para vosotros. Yo solo os digo que eso es lo único que hemos podido conseguir. Mirad el lado positivo, ayer solo teníamos los 3000 euros. Hoy tenemos 5000 euros más por familia y un terreno para la construcción de la casa.

-¿Dónde estarían esos terrenos? –Preguntó el mismo hombre de antes.

-Me ha comentado que se encuentran todos juntos. Justo frente a la iglesia.

-Sí, sabemos de qué terrenos se trata.

-Sabéis que yo he hecho todo lo que he podido y creo que hemos conseguido más de lo que nos imaginábamos. –Dijo el abogado cogiendo su maletín del banco.

-Sí, pero aunque nos den eso, somos familias humildes, que no vamos a tener con qué construir la nueva casa. Estamos todos en paro, tan solo cobramos una ayuda familiar, y eso contando quien la cobre. –Dijo la mujer que antes lloraba, aunque ya se había tranquilizado un poco.

-No sé qué más deciros. Solo que estéis contentos de lo que hemos conseguido, si necesitáis algo ya sabéis donde encontrarme. –El hombre comenzó a andar dirección a su coche.

-¡Oiga, díganos sus honorarios! –Gritó un hombre mayor.

-¡Esta vez corre de mi cuenta!

El abogado siguió con paso decidido al frente y pensó que era lo mejor, que el trabajo que había realizado para ayudar a aquellas familias corriera de su cargo. Sus padres eran de aquel pequeño pueblo aunque él se crio en Fuente Palmera. Conocía la desesperación económica de todos ellos y él les ayudaría en lo que pudiera.

**Corina llamó a la puerta de la casa de Miriam. La chica le abrió y una gran sonrisa se dibujó en su cara cuando vio a Corina con sus dos hijos.

-Pasad. –La chica se apartó para dejarles paso. Corina miró aquel pequeño apartamento, era muy reducido, pero Miriam lo tenía todo impecable y muy ordenado.

-Vengo a pedirte un favor. –Le dijo la chica.

-Lo que sea, ya sabes que estamos aquí para ayudarnos.

-Necesito que te quedes con Carmen una hora. Tengo que llevar a Luis a una revisión anual y mis padres se marcharon ayer a Bruselas a ver a mi hermano y a mi cuñada y David está trabajando. No me la puedo llevar y meterla en el médico, allí hay muchos virus y es muy pequeña aún.

-¡No hay problema! Sabes que adoro a tus hijos. ¿Cómo no voy a querer quedarme con esta cosita? –Preguntó mientras la cogía en brazos. La niña le regaló una dulce sonrisa.

-Muchas gracias Miriam, de verdad.

-No me las des, sabes que lo hago encantada. Este angelito se hace querer. –Se sentó en el sofá y la abrazó.

-En la cesta te he dejado pañales, toallitas, agua y un biberón preparado por si le entra hambre. En teoría, dentro de una media hora comenzará a llorar porque estará hambrienta. –Le explicaba Corina mientras cogía a Luis de la mano y se iban hacia la puerta.

-No te preocupes, yo cuidaré de ella.

Cuando Corina se marchó, Miriam volvió a mirar a Carmen. La niña la miraba con sus ojos azules y le sonreía. Ella se iba a derretir, la quería mucho. Los bebés se hacían querer desde el primer momento en qué los conoces. Quería tener hijos, muchos hijos, pero no había encontrado aún a la persona adecuada. Dos grandes lágrimas se deslizaron por su cara, pero rápidamente las retiró. Debía de ser feliz, ahora tenía a Corina y a sus hijos. No estaba sola, alguien confiaba en ella y siempre estaría agradecida por eso. Se recostó completamente en el sofá y tapó con una manta finita a Carmen, estaba a punto de dormirse. Le dio un suave beso en la mejilla y le cantó una nana en voz bajita. La niña no tardó más de dos minutos en dormirse.

**Victoria no dejaba de rezar todo el día, tenía que ser perdonada de aquel pecado tan grande que había cometido, ¡cómo pudo hacer algo así! La verdad era que no se arrepentía, pero necesitaba saber que Dios la perdonaba. Aún no había sentido aquella sensación, se sentía sucia. Se levantó de la cama, con los rosarios en las manos y se dirigió a la cocina, se echó un café y miró por la ventana. En ese momento el teléfono comenzó a sonar y ella se llevó un gran susto, seguramente sería de la policía. ¿Habían descubierto lo que hizo?

-Victoria, soy David Parker, le llamo para informarle que ya tenemos los resultados de la autopsia de su marido.

-No le llame así, no era mi marido, era un malnacido.

-Bueno señora, yo no puedo utilizar esos términos. ¿Quiere saber qué le pasó?

-No me interesa, pero si se va a quedar más a gusto contándomelo, hágalo.                      –Dijo ella relajadamente.

-No murió de la puñalada, murió de un ataque al corazón segundos antes de que le asestaran la puñalada.

-Muy bien. –Se limitó a contestar.

-Victoria, usted es consciente de que su comportamiento no es muy normal, ¿verdad?

-Mi comportamiento es totalmente normal, mi marido me engañó, me sometió a la peor de las vergüenzas.

-¿No siente nada de pena por él?

-Nada, la pena es que no hubiera muerto antes.

-Es muy grave lo que está diciendo. –Le advirtió David, su tono era firme.

-No me importa lo que usted piense, no voy a cambiar mi manera de pensar ni las cosas que digo por miedo a qué me vayan a arrestar por sospechosa del crimen.

-De gracias a Dios que no podemos retenerla por falta de pruebas, pero quiero que sepa que usted es la principal sospechosa de la muerte de su marido, al menos para mí.

-No me importa.

-Bien. Necesitamos que nos diga qué quiere hacer con el cadáver.

-Yo no quiero saber nada que venga de él. Quémelo, entiérrelo en una fosa común o haga lo que quiera pero no quiero saber absolutamente nada de él.

-Está bien, en ese caso tendrá que ir a una fosa común, puesto que sus padres y hermanos están muertos y usted no quiere saber nada.

-Haga lo que tenga que hacer. –Los ojos de la mujer estaban rojos de ira.

-Perfecto. Quizás tengamos que tener más de una charla con usted.

-No tengo problema en ello.

Aquella mujer no tenía sentimientos. Se había vuelto un monstruo, solo quería llegar al paraíso, estar a la derecha del señor y obtener la paz eterna. Su único miedo es que Dios no le perdonara lo que un día hizo. Seguiría intentándolo día y noche, pero tenía que conseguir aquel perdón tan ansiado.

Corrigiendo

LA CARLOTA. OCHO AÑOS ANTES.

Ya había pasado dos años desde que Norma llegó a aquella casa. Todavía se acordaba de su mamá y su papá pero ahora tenía otros que la querían. Su mamá sobre todo, papá era muy extraño, hacia cosas que ella no quería… Se miró al espejo y vio que había crecido mucho, ya tenía diez años y era toda una señorita. Su madre le compraba ropa moderna, como las que llevaba sus amigas y ella se sentía bien. Todas las mañanas le hacía una trenza en su larga melena. Su amiga Helena quería saber cómo se hacía, pero era un secreto de su madre.

Cuando más miedo tenía era cuando mamá le decía que tenía que ir a hacer algún recado y ella se quedaba en casa haciendo los deberes. Si se quedaba sola, no pasaba nada, ella se sentía bien, pero si su padre se encontraba en casa en ese  momento, se sentía muy incómoda. Subía a su habitación y se sentaba cerca de ella, muy cerca. Le decía cosas al oído que ella no quería escuchar. Se levantaba y se sentaba en la alfombra a leer uno de sus libros, pero él se sentaba al lado y le comentaba cómo sus pechos estaban creciendo cada vez más. Luego le insistía hasta que conseguía que la niña se los enseñara y luego se los tocaba. Ella no quería, ¿por qué tenía que hacer aquello? Otros días metía su mano debajo de la falda y ella se la retiraba, su padre le sonreía y luego le daba un dulce beso en los labios.

En casa de sus amigas, nunca había visto que sus padres hicieran eso con ellas, pero quizás fuera algo normal. No podía decirle nada a su madre, se lo había prometido a su padre, que aquello era como un juego entre ellos dos. Sabía que no estaba bien, pero le daba miedo que su padre se enfadara y le hiciera más daño, por eso nunca hablaba.

Recordó un día, hacía tan solo unos meses. La obligó a meterse en la bañera con él, cuando su mamá se fue al trabajo, tenía que entregar unos vestidos que había planchado. Ella no veía normal meterse en la bañera con su padre, pero él la obligó. Más tarde cogió su mano y la fue pasando por partes de su cuerpo que la niña ni siquiera sabía que existían.

**Era sábado por la mañana. El sol lucía en el cielo, no había rastro ni de una nube. Corina acababa de vestir a los niños y se estaba arreglando ella. David había ido a Fuente Palmera a recoger a Manuel, puesto que se le había roto el coche. La plaza estaba completamente decorada. Habían puesto un escenario donde cantarían varias personas desinteresadamente y una barra en el lado derecho donde la gente iría a comprar la comida. Todo estaba lleno de mesas y sillas y habían puesto una especie de techo de lona para que el sol no entrara directamente. Todo estaba preparado. Aquellas quince familias se encontraban a dos manos preparándolo todo, mucha gente estaban viniendo, incluso de otros pueblo, todos se habían volcado en ayudarles.

Al salir a la calle, Miriam los estaba esperando en la puerta, acababa de llegar. Llevaba un vestido blanco entallado y unos zapatos amarillos, con un atuendo del mismo color en el pelo.

-¡Qué ambiente tenemos hoy! –Grito la chica por encima de la música.

-¡Sí, hacía tiempo que no teníamos una fiesta así! –Corina sonrió mientras cerraba la puerta.

Las dos se encaminaron hacia una de las mesas, las que más estaban a la sombra. Se sentaron y pidieron unas cocas colas mientras esperaban a David y a Manuel.

-¿Viene el amigo de tu marido? –Preguntó Miriam mientras bebía el primer sorbo.

-Sí, pero su mujer no ha querido venir, por lo que me ha contado David el embarazo le ha sentado fatal, no quiere saber nada de nadie.

-Vaya, es una pena que no quiera acompañar a Manuel, es un chico muy guapo.

-Oye… ¿Te gusta? –Preguntó Corina con curiosidad mientras cogía en brazos a Carmen.

-No es que me guste, no le conozco para eso. Pero no sé por qué no me lo puedo quitar de la cabeza desde el otro día.

-¿De verdad? Ten cuidado, está casado. –Le aconsejó la chica.

-Sí, sé que está casado y nunca voy a intentar nada con él. –Dijo con pena.

-Mira, ahí vienen.

Corina se levantó para darle la niña a su marido y miró a su alrededor. Luis estaba jugando a unos metros con sus amigos del colegio.

-¡Qué bien estáis! –Exclamó David. En ese momento sonaba una canción moderna, de esas que pueden volver loco a cualquiera. Los dos se saludaron con las chicas y Manuel se sentó al lado de Miriam.

-Ya mismo tendremos que almorzar, ¿no? –Preguntó Manuel.

-Sí, ya son las dos, tengo hambre. –Corina le hizo un gesto muy tierno a su marido.

-Vayamos a pedir. –Dijo David y dejó a la niña en brazos de Miriam.

Había mucha gente en la barra, así que tardaron algún tiempo en volver. Llegaron con dos tortillas de patatas y dos grandes platos de paella.

-Corina, luego me tienes que decir cuando os debo de esto. –Le dijo Miriam en un susurro.

-No debes nada, porque a ti te invito yo a lo que quieras. –Respondió Manuel que estaba a su lado, por lo visto se había enterado.

-Gracias…. –Dijo ella poniéndose colorada.

-Al final no has conseguido que se una tu mujer, ¿verdad? –Le preguntó Corina.

-Que va, está en un plan que no hay quién la soporte.

-Bueno, es el embarazo, tienes que entenderla. –Miriam le miró mientras le sonreía. Quería transmitirle su apoyo.

-Ella siempre ha sido así conmigo, no es nada nuevo. –Dijo él con pena.

-Bueno, ¡comamos, que se enfría! –Exclamó David para quitarle hierro al asunto.

-¿Habéis avisado a Fernando? –Preguntó Corina a su marido.

-No, lleva una temporada muy mal. Ya no sabe medirse con la gente y da unas contestaciones malas y para eso mejor que no venga.

-Hay que entenderlo, estará un poco desquiciado por la desaparición de Esther.

-No sé, pero mejor que no venga. –Dijo el chico mientras mecía el carrito donde Carmen dormía.

Alguien tocó el hombro de David. Se giró y no creía lo que sus ojos estaban viendo.

-Hola, ¿cómo tú por aquí? –Preguntó incrédulo.

-Mi mujer se empeñó en venir, aunque yo no quería. –Dijo Óscar Vidal.

-Ah. Ella es mi mujer, mi hija, una amiga y un compañero de trabajo. –Manuel saludó con una mano mientras que con la otra ponía en orden sus gafas de sol.

-Bien. Os veo que lo estáis pasando en grande, ¿no es así? Ella es mi mujer.                       –Dijo empujando al frente a la menuda mujer que llevaba al lado, ella sonrió de compromiso. Se dieron cuenta de las grandes ojeras que tenía y lo escuálida que estaba.

-La verdad es que sí, la comida estaba bastante buena. –Se limitó a decir Corina.

-Con eso tienes que tener cuidado, ya sabes cómo la grasa se acumula en ciertos lugares. –Dijo el hombre señalando el trasero de Corina.

-A mí no me importa, prefiero comer y disfrutar de la comida que estar muy delgada, tampoco iba a ser más feliz. –Miriam miró a la chica, no podía creer lo que aquel hombre le había dicho.

-A mí me encanta mi mujer, para nada le sobra grasa en ningún sitio. –David le echó el brazo por lo encima a la chica.

-No quería decir eso, no era un ataque hacia tu persona, hablaba en general.

-Deberías de ser un poco más respetuoso. –Se limitó a decir Miriam.

-No me ha molestado, no os preocupéis. –La mujer de Óscar los miraba avergonzada, seguramente quería que se la tragara la tierra.

-Os dejo, acabo de ver a Joaquín Hurtado, el encargado del personal de mi bar, y creo que va con Mariana, la camarera. Espero que lo paséis bien.

El hombre cogió a su mujer de la mano y desaparecieron entre la multitud.

-Es increíble la poca vergüenza que pueden tener algunas personas. –Dijo Manuel.

-Ese hombre no tiene respeto por nadie. –Miriam cogió la mano de Corina.

-Me ha llamado gorda, pero a mí me da igual, yo soy feliz como soy, tampoco es que no pueda entrar por la puerta de casa.

-Tú eres la más bonita de todas las mujeres. –Le dijo David y la besó dulcemente- No le hagas caso a ese amargado.

Habían pasado varias horas desde el almuerzo, eran las seis de la tarde y estaban preparando chocolate con churros. Corina y David habían ido a ver a unos amigos para presentarle a Carmen, quedándose Miriam y Manuel solos en la mesa.

-Estamos pasando un buen día, ¿verdad? –Preguntó el chico.

-Sí… -La chica sonrió tímidamente a la vez que sus mejillas tomaban un color rosáceo.

-Tienes unos ojos preciosos. – Le dijo él apartándole un mechón de pelo de la cara.

-Gracias, pero no creo que esté bien que me digas esas cosas mientras tu mujer está en tu casa. –Miriam desvió la mirada.

-¿Quieres que te sea sincero? Hace mucho tiempo que no siento nada por Rosa, ella misma lo mató todo. No la conoces, pero es una persona insoportable, lo único que recibo de ella son malas contestaciones.

-Quizás sea por el embarazo, luego todo cambiará cuando haya nacido vuestro hijo.

-No, desde que la conocí es así. No creo que cambien nunca. En cambio, ahora te conozco, que pareces un ángel con esa cara y esos ojos y no puedo dejar de pensar en ti. ¿Tú no has pensado en mí ni un poquito? –Preguntó el chico en tono meloso.

-Sí, sí he pensado, pero aun así no creo que esto sea lo mejor.

-Déjame que te bese.

-Manuel, ¿cómo voy a hacer eso? Esta plaza está atestada de gente.

-Puedes enseñarme tu apartamento. Sólo será un beso, si no te gusta te dejaré tranquila. –A la chica le iba el corazón a mil por hora. Aquel chico le gustaba, le gustaba mucho, ¿Qué debía hacer?

-No quiero ser la segunda…

-¿Eso quiere decir que te gusto? –Preguntó él ilusionado.

-Solo te conozco de unas horas que nos hemos visto, pero sí, me gustas mucho. –Confesó la chica tímidamente, mirando hacia el suelo.

-Ahí vienen David y Corina, puedes decirle que me vas a enseñar tu apartamento. –Le susurró al oído.

-Está bien.

Cuando Miriam se lo dijo a Corina, ella la miró con recelo. “Cuidado, está casado” le quiso transmitir con la mirada, aunque Miriam no se dio cuenta. Los dos jóvenes se fueron acercando al apartamento de la chica esquivando a la gente que había en la plaza.

Corina se sentó en una de las mesas, sola. David estaba hablando con un amigo y tenía a Carmen en brazos. ¿Cómo le estaría yendo a Miriam con Manuel? Lo suyo era algo muy arriesgado, él estaba casado y encima, su mujer estaba embarazada. Pero si entre ellos había nacido esa atracción, sería difícil borrarla. Por lo que David le había contado, Rosa, la mujer de Manuel era prácticamente un monstruo con él y quizás el chico necesitara un poco de cariño. De todas maneras, tampoco le parecía justo que Miriam fuera la segunda, si algo nacía entre ellos, lo normal sería que él dejara a Rosa, ya que eso no impedía que viera a su pequeño y ejerciera como padre con él.

-¿Qué haces aquí solita? –Preguntó David.

-Estaba esperándoos. –Dijo cogiendo a la pequeña.

-¿Y Miriam y Manuel? –Preguntó él mirando hacia todos lados.

-Miriam ha ido a enseñarle el apartamento.

-Vaya… Yo creo que ahí hay algo.

-Sí, yo también. Esta mañana ella me confesó que le gustaba.

-¿De verdad? –Preguntó incrédulo.

-Te lo prometo. Yo creo que deben de tener cuidado.

-Sí, eso es lo más importante.

En ese momento una mujer se sentó con ellos en la mesa. Corina no la conoció, pero David sí.

-¿David? –Preguntó. Llevaba el pelo liso y bastante bien peinado. Era rubia y llevaba un maquillaje bastante discreto.

-Mariana, no te esperaba en esta fiesta.

-Quería hablar contigo. –Dijo ella secamente.

-Espero que no te importe que esté mi mujer delante. Hoy, como comprenderás, no estoy de servicio.

-No, no me importa. Aunque parezca mentira, por la borrachera que tenía, recuerdo perfectamente que la visita que me hicisteis el otro día.

-La verdad es que no estabas en las mejores condiciones.

-Me siento muy avergonzada, yo no acostumbro a emborracharme así un día normal, pero no podía creer todavía que Rodrigo estuviera muerto. Necesitaba ahogar mis penas en el alcohol. –La mujer hablaba pausadamente y bastante bien.

-No se preocupe. Lo único que me gustaría preguntarle es si se acuerda de lo que nos contó. –Dónde ellos estaban sentados apenas se escuchaba la música, habían bajado considerablemente el sonido.

-Sí, lo recuerdo perfectamente. Le conté toda la verdad. Esa mujer estuvo en casa de Rodrigo aquella mañana. Yo la vi. Es obvio que no podía ser la verdadera  Marilyn, puesto que ella murió hace mucho, pero alguien se disfrazó de aquella manera para matarlo.

-¿Cómo sucedió todo?

-Ya se lo dije, yo quería abrir, pero al final Rodrigo me adelantó y abrió él. Se llevó una gran impresión, se tocó el pecho y cayó al suelo. Ella me miró y luego clavó el cuchillo. Cuando lo hizo, levantó la mirada y me sonrió, recuerdo perfectamente el lunar en el lado derecho de su cara. Luego volvió a bajar la mirada y lo besó. Yo aún estaba asimilando todo lo que había pasado cuando ella se marchó.

-¿Cómo iba vestida?

-Llevaba el típico vestido blanco y los zapatos blancos también. Una peluca idéntica a la de esa mujer y unos guantes blancos que les llegaban hasta el codo.

-Con razón no hay huellas dactilares por ningún lado…

-¿No se ha podido extraer huellas del beso, de sus labios?

-Por lo visto no, porque la científica nos ha remitido el informe diciendo que no se había podido encontrar ninguna clase de huella.

-Ah…

-¿Tiene que contarme algo más?

-No, así ocurrieron los hechos. Yo no podía creerlo cuando lo vi allí tirado en la puerta de su casa con aquella puñalada en el pecho.

-¿Está segura que era una mujer?

-Segurísima.

-¿Era joven?

-Eso no puedo decírselo, puesto que llevaba mucho maquillaje, yo intentaba no mirarla, me daba miedo. Pero sí era una mujer, seguro que lo era.

-Está bien. Gracias por tu colaboración. –Le dijo David estrechándole la mano.

La mujer se levantó de la silla y se marchó con Joaquín Hurtado que hablaba animadamente con Óscar Vidal. Su mujer estaba a su lado, asustada, hecha un gurruño.

-Me ha parecido sincera, además de cuerda.

-Sí, no tiene nada que ver con la mujer que nos encontramos el otro día.

-¿Borracha?

-Estaba muy borracha.

-Esa mujer podía ser Esther. –Dijo el chico pensativo.

-Yo creo que la hubiera reconocido, trabajaban juntas. –Le dijo Corina.

-No tiene por qué, ya te ha dicho que tenía mucho maquillaje y que apenas la miró por miedo.

-Es que tiene que impresionar. Que abras la puerta y te encuentres a Marilyn Monroe y acuchille a un hombre delante de ti. –Dijo ella en voz bajita.

-Lo más curioso es la nota que dejó, ¿qué quería decir con eso?

-No lo sé, pero está claro que todo tiene relación.

-Sí, y sin duda es la investigación más difícil a la que me he enfrentado en la vida. No tenemos por dónde empezar. Mucha información pero poco material.

-Lo sé, cariño. Pero tú no te preocupes, saldréis de ésta y lo averiguareis todo.

-Gracias, amor.

Miraron a Carmen, estaba durmiendo plácidamente en su carrito y Luis seguía jugando con un vecino. No dejaban de correr, esos niños tenían mucha energía.

**Al entrar al apartamento, Manuel comenzó a mirarlo todo con sus grandes ojos oscuros. Le gustaba aquel lugar, era pequeño pero diáfano y con mucha luz. Todo estaba junto, salón, cocina… era el sueño de cualquier soltera.

-Me encanta donde vives. –Se limitó a decir mientras se acercaba a ella.

-Manuel, que te haya traído aquí no quiere decir absolutamente nada. –Dijo la chica mientras lo retiraba sutilmente de su lado. A él no le importó y la abrazó junto a la nevera.

-Me encantas, Miriam. –Su voz sonaba oscura.

-Esto no está bien. A penas me conoces. –Dijo ella nerviosa.

-Antes me dijiste que te gustaba, que no te importaría que te besara.

-Lo sé, pero ahora no sé si quiero. No te conozco. No puedo ir besándome con cualquiera simplemente porque me atraiga.

-Yo no te voy a obligar a nada. –Dijo él con la boca cada vez más cerca de la de ella.

-Si no lo vas a hacer, suéltame. –La chica salió de sus garras y se sentó en el sofá.

-¿Qué te pasa? –Preguntó el confundido.

-No quiero ser la segunda y tú estás casado, tienes que entenderlo.

-Voy a dejar a Rosa, hace mucho que lo he pensado.

-¿Y vuestro hijo? –Preguntó ella con los ojos como platos.

-Mi hijo seguirá siéndolo. Me separo de su madre, no de él. –Afirmó él rotundo.

-¿Por qué lo haces?

-¿Por qué hago el qué? –El chico se sentó a su lado.

-Dejar a tu mujer precisamente ahora.

-Porque te he visto y desde ese momento no he podido pensar en otra cosa. Te juro que no he podido.

-Manuel…

-No hables. Sé que esto es un poco precipitado, pero no quiero obligarte a nada. Solo quiero besarte, saber a qué saben tus labios. Luego te daré tiempo para que recapacites, dejaré a mi mujer y te esperaré el tiempo que haga falta. Te enamoraré día a día, hasta que ya no sepas vivir sin mí.

-No sé qué decir. –La chica se quedó perpleja ante aquellas palabras de Manuel. En sus ojos se reflejaba sinceridad, pero aquello había sido demasiado rápido y ella no quería volver a caer en otro error.

-Lo mejor es no decir nada. –Se acercó lentamente a ella y sus labios se rozaron. Fue un beso fugaz y rápido.

-Creo que con esto ha sido suficiente por hoy. –La chica se levantó del sofá y se puso bien el vestido.

-No sabes lo feliz que me has hecho.

-Creo que es mejor que nos vayamos, necesito volver con la gente y aclarar mis ideas. –Comenzó andar hasta la puerta y él le siguió cogiéndola por el brazo dulcemente.

-Miriam, voy a dejar a Rosa y cuando eso ocurra, voy a volver a por ti. Necesito conocerte para terminar de convencerme de que eres el amor de mi vida.

La chica lo miró y sonrió levemente. Luego los dos salieron a la calle y se dirigieron donde todavía estaba la fiesta. Cada vez había más ambiente, la gente no dejaba de bailar y pasárselo bien.

Miriam se acercó a dónde estaba Corina. Hablaba con alguien pero en ese mismo momento esa persona se marchó. La chica se dirigió a ella.

-Oye, a ti te estaba buscando. Estabas tardando ya. –Le dijo Corina.

-Sí, estaba en el apartamento. –Contestó tímidamente.

-Ya, me lo he imaginado. ¿Cómo ha ido la cosa? –Las dos se volvieron a sentar en la misma mesa que antes.

-Bien. Bueno, normal. Me ha besado, aunque ha sido muy rápido. Va a dejar a su mujer, no le va bien con ella.

-Vaya… ¿No vais muy rápido?

-Sí, creo que sí y se lo he dicho. Pero me gusta… quiero conocerle.

-Si él va a dejar a su mujer, sois libres de hacer lo que queráis.

-Sí, eso he pensado. Pero no sé, el hecho de que vaya a ser padre y vaya a dejar a esa criatura sola…

-No tiene por qué pasar eso, él puede hacerse cargo del bebé. Hay muchos padres separados que tienen niños pequeños.

-Eso mismo me ha dicho él.

En ese momento escucharon un revuelo al lado de ellas. Miriam se levantó después de hacerlo Corina y vieron a Óscar Vidal cogiendo a su mujer del brazo de mala manera.

-¡Vete a casa! –Gritaba el hombre fuera de sí.

-¡Déjame, me haces daño! –Aquella chica menuda y escuálida no dejaba de llorar. David y Manuel corrieron hasta donde estaban y lo agarraron, dejando a la chica libre. Tenía el pelo revuelto, ya que su marido le había tirado del cabello y los ojos llorosos. Corina se acercó a donde estaba ella y la abrazó. Ella estaba sola y necesitaba ayuda.

-¿Le estabas pegando a tu mujer en plena calle? –Preguntó Manuel gritando.

-¡Sí! La he visto hablando con otro hombre. ¡Qué coño hace ella hablando con otro hombre que no sea yo! –Gritó el hombre fuera de sí, mientras forcejeaba con David para que lo dejara libre.

-¿Qué tiene de malo que hable con otra persona que no sea de su mismo sexo? Eso es lo más natural que hay en el mundo. –Preguntó Mariana que se había acercado al ver el revuelo.

-¡Tú estás despedida! –Le gritó señalándola con el dedo- ¡Puta de mierda, gánate la vida de lo que verdaderamente sabes! –Manuel comenzó a esposarlo.

-¡Cállate, malnacido! ¿Sabes lo que estás hablando? Acusas a la gente sin saber porque te crees superior, pero algún día llegara tu hora y alguien superior a ti te destrozará. –Terminó de decir con calma mientras Joaquín Hurtado salía de la nada y la cogía del brazo, retirándola de la gente.

-¡Qué me sueltes! –El hombre se retorcía para que no lo esposaran.

-¡Estate quieto! –Gritó David.

-Eres un policía de pacotilla que no vale un duro. Mírala, ¡estaba hablando con otro tío!

-¡Solo estaba pidiendo algo para beber en la barra, era un camarero! –Gritó ella sin parar de llorar. Corina la abrazó con más fuerza. Se había  montado un revuelo a su alrededor, Miriam cogió a Carmen del carro que comenzó a llorar y se retiró un poco.

-No seas así, no creo que haya sido para tanto. –Dijo Corina tranquilamente.

-¿Tu marido es permisivo? –Preguntó el hombre mientras pataleaba tirado en el suelo- ¡Seguramente tú serás otra puta y cuando esa niña que tenéis crezca tendrá la misma condición que tú y así seguirá la cadena! –No tardó más de dos minutos en recibir un puñetazo en la boca de parte de David. Miriam miró horrorizada a Manuel y le tapó los oídos a la niña, era muy pequeña para que escuchara esas cosas.

-¿Mejor? –Preguntó David mientras el hombre comenzaba a sangrar- Espero que la próxima vez sepas con quién meterte, aunque espero que no sea con nadie.

-¡Picoleto de mierda! –Gritó él sin que apenas se le entendiera lo que decía.

-Mételo en el coche. –Le ordenó a Manuel- Nos lo llevamos a comisaría ahora mismo. –Manuel comenzó a andar con él esposado.

-¡Cuidado con lo que haces! –Le gritó Óscar a su mujer mientras caminaba hacia el coche.

Corina aún no había articulado palabra, no podía creerse que la hubiera llamado así a ella y a su hija. ¿Por qué? Miró a aquella pobre mujer que seguía sin parar de llorar.

-Tranquila… -Le susurró al oído.

-No puedo, es un monstruo. ¡Tiene a mil mujeres con la que se acuesta y después la mala soy yo!

-No te preocupes, va a pagar por todo lo que ha hecho.

-¡Tengo que aguantar sus palizas día sí y día también! ¡Me va a matar, sé que lo va a hacer!

-Aquí nadie va a matar a nadie.

-No puedo dejar que me mate, si alguien se merece la muerte es él. –Dijo la chica mirando al frente con la mirada perdida.

-Tranquilízate. Ven, te haré una tila en mi casa.

Miró hacia atrás y vio a Miriam con la niña en brazos. Soltó un momento a aquella pobre mujer, cogió el carrito y buscó a Luis. Todos se dirigieron a casa, aunque el pequeño no quería, pero Corina no lo iba a dejar solo entre tanto revuelo.

-Os he chafado toda la fiesta. –Dijo la mujer con pena.

-No te preocupes, llevábamos muchas horas ahí. –Le respondió Corina mientras la ayudaba a sentarse y le pasaba un pañuelo para que se sonara la nariz.

-Se ha puesto como un loco, no puedo creerlo. ¡Maltratarme delante de la gente!

-Estate tranquila. –Le aconsejó Miriam mientras le acariciaba la mano.

-Por cierto, ¿cómo te llamas? –Le preguntó la chica.

-Soy Eli.

-Eli, un nombre muy bonito. –Corina sonrió. Luego fue a la cocina a prepararle la tila. Luis todavía andaba detrás de ella para que le dejara jugar un rato más en la calle.

-Estoy muy nerviosa, sé que me va a matar. –Le dijo a Miriam con la mirada perdida.

-No digas eso, ahora tienes que estar tranquila.

-No sé cómo ha podido decir semejante atrocidad de esta pequeña… -Dijo Eli mientras le acariciaba la mejilla a Carmen que estaba sentada en su cochecito.

-Yo tampoco, ha sido muy desagradable. Qué te lo dijera a ti, a Corina ha sido horrible, pero que se lo diga a esta niña que es un bebé indefenso…

-Él nunca ha tenido escrúpulos. Tenemos un bebé, ¿sabes?

-No lo sabía. –Se limitó a decir Miriam.

-Sí, se llama Aitor. Es lo mejor que me ha pasado en la vida, no me importa que él sea su padre, yo le quiero y siempre lo voy a querer, lo llevé dentro de mí nueve meses.

-Claro, es lo más lógico del mundo. –En ese momento apareció Corina con la tila.

-Aquí tienes. Ahora cuéntanos, ¿hace mucho tiempo que te maltrata? –Preguntó la chica sentándose a su lado.

-Desde que le conozco, pero yo tuve que salir de mi casa lo antes posible. Lo estaba pasando muy mal allí. Soy adoptada y no me sentía bien en casa. Cuando le conocí, para mí fue un alivio, como una luz que me iba a ayudar. No tardamos en casarnos y luego comenzó todo. Sus celos imparables, y los primeros guantazos. Las primeras veces me decía que iba a cambiar, que todo había sido un error, pero luego comenzaron las palizas de verdad. Una vez me dio una que creí que no saldría de ella, no podía ir al médico, no podía hacer nada. Él tampoco se arrepentía y me ayudaba, simplemente me dejaba sola como un perro, si me curaba bien y si no, tampoco pasaba nada porque me muriese.

-Elí, eso es horrible. Perdona la pregunta, pero, estando con un hombre así, ¿por qué le has dado un hijo? Él va a sufrir todo lo que estás sufriendo tú.

-Lo sé, pero no pude controlarlo. Una noche llegó demasiado borracho, por lo visto una de sus amantes lo había dejado con la miel en los labios y abusó de mí. Me  violó y ahí fue cuando me quedé embarazada de Aitor.

-No lo puedo creer, ¿cómo no has denunciado ya? –Preguntó Miriam.

-No me atrevo, sé que me va a matar.

-En comisaría necesitan una denuncia para hacer algo en contra suya. Tienes que denunciarle.

-Lo sé, pero no puedo. No lo hago por mí, lo hago por mi  hijo, si le hiciera algo a él, sé que me moriría.

-A tu hijo no le va a pasar nada, precisamente por él tienes que hacerlo, tienes que alejarlo de ese monstruo.

-Lo voy a alejar, yo me voy a encargar de alejarlo. –Dijo en voz bajita.

**En comisaría no se escuchaba ni los grillos, eran cerca de las diez de la noche, todo el mundo se había ido, solo quedaban ellos.

-Vamos a tener que soltarle, ¡maldita sea! –Exclamó David.

-Nosotros hemos sido testigos de todo, quizás por esa línea…

-¡No! He llamado a Fernando y me ha dicho que lo soltemos, que si su mujer no denuncia no podemos hacer nada.

-¿Eso te ha dicho?

-Sí, lo que te cuento. Viene para acá ahora mismo.

-¿Por qué? Nos vamos ya…

-Sí, pero quizás se sienta culpable por no estar trabajando lo que debiera. Para hacer lo que hace, mejor que se pida una baja, porque últimamente ni trabaja ni busca a Esther.

-¿Tú crees qué…? –Preguntó el chico mientras tomaba asiento en el despacho de Parker.

-Creo que el teatro que hizo al principio para que nadie sospecháramos de él, ya se ha terminado. Ya ha expuesto ante todos que Esther ha desaparecido y que se ha preocupado por ello, por lo que no podemos culparle a él de nada.

-¿Culparme de qué? –Preguntó Fernando entrando al despacho. Estaba igual de demacrado que siempre, con un chándal y unas zapatillas de deporte viejas.

-No hablábamos de ti. –Se limitó a decirle David.

-Yo mismo he escuchado mi nombre, llevo un rato en la puerta. Así que crees que todo esto ha sido un teatro de mi parte… Parker, ¿tú tienes idea de lo que yo estoy sufriendo?

-Hoy no es mi mejor día, no quiero discutir contigo.

-No quiero que discutas, solo quiero que me cuentes en qué te basas para hacer una acusación tan grave hacia mi persona. –El hombre se fue acercando más y más al escritorio. Manuel se incorporó por si tenía que separarlos.

-Fernando, he encontrado parte de las pertenencias que llevaba Esther el día de la desaparición en el primer cajón de tu despacho. –El chico se quedó blanco y comenzó a sudar.

-¿Qué? –No era capaz de articular palabra- Tengo que irme.

Fernando retrocedió en aquella pequeña sala hasta que salió por la puerta, luego no volvieron a verle.

-Es obvio. –Dijo David- Ve a por ese malnacido de Óscar Vidal y déjale en libertad, yo no quiero verle.

-Está bien. –El chico salió del despacho y se dirigió en busca de aquel hombre. En ese momento sonó el teléfono de David.

-Dime, cariño. –Sonrió al ver el número de su esposa.

-Estoy en Fuente Palmera, ¿te recojo?

-¿Qué haces aquí? –Preguntó incrédulo.

-He venido a soltar a Eli en su casa, la mujer de Óscar.

-¿Y los niños?

-Luis lo he dejado jugando en casa de la vecina con su nieto, ahora lo voy a recoger y a Carmen la he traído conmigo, no te preocupes.

-Está bien. Me he traído mi coche, en breve iré para casa. –Dijo mientras se pasaba los dedos por el pelo.

-¿Qué ha pasado con él?

-Lo hemos tenido que dejar libre, su mujer no ha denunciado.

-Pobrecita, está sola en casa con su bebé.

-Debería haber denunciado.

-Lo sé, te espero en casa. Te quiero.

-Y yo, ten cuidado.

Colgó el teléfono y se levantó al ver a su compañero en la puerta. Ya habían soltado a aquel hombre y ellos podían regresar a casa. Había sido un día largo y lo que ellos creían que sería un día de fiesta y celebración, había tenido un final amargo.

**Todo estaba a punto de descubrirse y él no quería. Entró en casa y se tumbó en el sillón. Irremediablemente se moría de ganas de que ella estuviera allí con él, viva. No pudo suprimir el impulso y corrió hasta llegar a la habitación del fondo del pasillo. Cuando abrió la puerta allí estaba ella, tan bella como siempre. Parecía la bella durmiente, pero con el pelo naranja, como Ariel, la sirenita. Había una gran paz en su rostro, nada parecía turbarla.

Se rodeó con sus manos, hacía mucho frío en aquella habitación. Se acercó a la urna y se sentó en un pequeño sillón que había justo al lado. Le cogió la mano y la besó.

            -Esto está llegando al final, mi amor. No sabes cómo me arrepiento de lo que pasó aquella noche, ¿por qué tuve que hacerlo? Hoy en día aún estarías conmigo. Mi niña, mi preciosa niña…

Le tocó suavemente su cabello y las mejillas, sonrojadas del maquillaje que él mismo le ponía en el rostro.

            -Te echo de menos, pero tengo que parar esto. Hay razones de fuerza mayor. No quiero dejarte solita aquí, pero no puedo seguir tapando esto. Me olvidaré de que esto ha ocurrido, no volveré a verte nunca más.

Sintió que la mano de la mujer apretó levemente la suya. ¿Había sido su imaginación?

            -Mi amor, ¿no quieres que me vaya? –Le preguntó con las lágrimas recorriendo el rostro- No lo haré, no te dejaré aquí sola para siempre, pero si tengo que irme, aunque intentaré venir cada vez que pueda, no te voy a olvidar tan fácilmente.

Volvió a besar su mano y se levantó del sillón. Antes de dirigirse a la puerta, miró a su alrededor, tenía que cuidar aquello si no quería que se la comieran las ratas, si abandonaba la casa para siempre, también supondría abandonarla a ella. Volvería de vez en cuando, cada vez que pudiera, si su cordura se lo permitía.

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Un comentario en “LA BESTIA QUE INVOCÓ SU MIEDO. CAPÍTULO 5.

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