LA BESTIA QUE INVOCÓ SU MIEDO. CAPÍTULO 3

**Aquella mañana había sido un poco más tranquila de lo habitual por lo que, no había reinado tanto el caos en la casa de los Parker García. El lunes llegó, día en el que los niños comenzaban un nuevo curso y Corina se incorporaba al trabajo. Se levantó mucho antes que su marido para poder contar con un tiempo para ella y así poder dedicarse a ella tranquilamente. A los pocos minutos de haber preparado el desayuno, apareció David en la cocina, recién duchado y con su uniforme. Olía tan bien. En ese momento volvió a percatarse de cuanto amaba a su marido, se sentía totalmente plena con su familia, era feliz, inmensamente dichosa.

-Estás muy guapo esta mañana. –Se acercó a él para besarlo.

-Gracias, tu también. ¿Y los niños? –Preguntó el chico cogiendo su taza de café. Miró de reojo a Corina, no podía evitarlo, llevaba unos vaqueros ajustados y una blusa rosa palo, su cabello le caía por la espalda. Cada día que pasaba la veía más bella.

-He ido a ver a Carmen y está despierta pero callada en su cuna y a Luis lo despertaré cuando haya terminado con la niña.

-Ocúpate de Carmen, yo me encargo de Luis.

Cuando dieron las ocho y media de la mañana todos estaban preparados. David se había encargado de vestir a su hijo con un chándal y las zapatillas que Corina le había preparado para su primer día de colegio después de un largo verano. La chica tuvo que reírse cuando vio a Luis sentado en el sofá pegando cabezadas. Después de dormir todo lo que le venía en gana en verano, era normal que tuviera sueño. Carmen se encontraba en su carrito de paseo con un vestido amarillo de manga corta y una flor del mismo color con la cual, Corina tuvo que hacer virguerías para agarrarla, puesto que era muy pequeña y apenas tenía pelo.

-¿Estamos todos? –Preguntó David risueño.

-Sí. Voy a dejar a la niña en casa de mi madre y me voy con Luis al colegio. Me gustaría llegar con hora. Venga, despedirse de papá. –Luis se agarró al cuello de David y le dio muchos besos, luego el chico se acercó a Carmen y se despidió de ella. La pequeña le premió con una sonrisa.

-Estaré en casa lo antes posible. -Le dio un breve beso a su esposa y ella le sonrió.

Cuando Corina dejó a su hijo en clase, fue a saludar a Rocío, la conserje, que llevaba trabajando allí más de veinte años. Cuando llegó al pequeño cubículo donde solía estar vio que la mujer no estaba. En su lugar había una chica rubia, con los ojos muy azules, parecía americana. Llevaba un vestido verde claro de palabra de honor y unas sandalias a juego. Tenía un cuerpo envidiable y muchos menos años que ella también.

-Buenos días, tú debes de ser Corina. –Dijo la chica sonriéndole, mostrándole sus dientes perfectamente blancos y alineados. Se levantó y se dirigió a ella extendiéndole la mano.

-Sí, soy yo. ¿Cómo lo sabes? –Se sentaron en un sofá que a juzgar por las pintas que tenía, debía de llevar muchos años en aquel lugar.

-Me lo imaginaba. Rocío me ha dicho que  aquí trabaja una profesora de pelo largo y rizado que se llama Corina y he deducido que eras tú. –Miriam no dejaba de sonreírle con un brillo especial en los ojos.

-Bien, me habías asustado. –Dijo la chica en tono jocoso- ¿Tú cómo te llamas?

-Soy Miriam, nueva conserje. Rocío se ha jubilado.

-¡No sabía nada! Pero bueno, enhorabuena por tu trabajo, aquí vas a estar muy a gusto.

-Gracias. Necesitaba mucho este trabajo, me acabo de independizar y no tenía con qué mantenerme.

-¿Qué edad tienes?

-Tengo 25 años. –La chica sonrió- La verdad, nunca pensé que me fueran a dar el trabajo, pero tuve suerte de que no hubiera muchas personas para el puesto.

-¿Vives aquí en el pueblo?

-Sí, me acabo de mudar. Vivo justo en la esquina de la plaza, me han alquilado un apartamento.

-Anda, que casualidad, yo también vivo en la plaza. Sé de qué casa me hablas, llevaba mucho tiempo puesta en alquiler, pero como era pequeña no le venía bien a ninguna familia con hijos. ¿De dónde eres?

-He vivido en Córdoba toda la vida. Pero he decidido comenzar una vida sola. Mis padres de alguna manera lo han entendido.

-Bueno, pues mucha suerte. Si te apetece podíamos quedar esta tarde para tomar café en mi casa y así te presento a mi marido y a mis hijos, aunque Luis está aquí en la clase de los cinco años.

-¿Tienes hijos? Qué bien, a mi me gustan mucho los niños. –La chica sonrió y miró al suelo.

-Sí, Luis tiene cinco años y Carmen dos meses, aunque en breve cumplirá los tres. ¿No tienes hermanos?

-No, he sido hija única. Estaré encantada de conocerlos, adoro a los niños.

Corina se despidió de ella y se fue a clase, puesto que era la hora de comenzar. Miriam comenzó con sus obligaciones, contenta de haber conocido a Corina y ver que era tan buena persona. En poco tiempo conocería a sus hijos y ya no estaría sola, ella podría ayudarla con los pequeños y convertirse en buenas amigas.

**Cuando Manuel entró por comisaría, no podía creerlo. Después de tantos años estudiando y sacrificándose, por fin había llegado a su objetivo, tenía el trabajo que siempre había deseado. Se acercó al mostrador y pudo ver a una simpática mujer realizando sus labores en el ordenador.

-Hola, soy Manuel, el nuevo. Me han dicho que ya sabéis de mi existencia aquí. –El chico le sonrió, era moreno con el pelo corto y ojos negros.

-¡Claro que sabíamos de tu llegada! Nos informaron la semana pasada. Yo soy Antonia, la secretaria, pero estoy aquí para ayudaros en todo lo que necesitéis. Todos los que trabajan aquí son como hijos para mí. –La mujer se levantó y le dio dos besos.

-Gracias. ¿Y ahora qué debo hacer?

-Parker te está esperando en su despacho y Fernando no creo que tarde en llegar, vamos.

La mujer lo guió hasta el despacho de David, llamó a la puerta y seguidamente presentó a los jóvenes. Posiblemente tuvieran la misma edad.

-Bueno Manuel, bienvenido. Aquí te sentirás como en casa. –David estaba de pie junto a la ventana y el chico sentado en una de las sillas para invitados al otro lado del escritorio.

-Gracias, tengo muchas ganas de comenzar.

-Eso está muy bien. Vas a ser mi ayudante. Verás, ahora mismo tenemos dos investigaciones en manos en esta comisaría, aparte de lo que diariamente ocurre, que son asuntos de los que se encargan otros compañeros. Nosotros dos nos vamos a centrar en el asesinato de un hombre, Rodrigo Cifuentes. Dentro de unos días, posiblemente el jueves nos llegará un informe del forense que le ha realizado la autopsia, así sabremos que ocurrió, aunque estamos casi convencidos qué murió por la puñalada que tenía en el pecho. Según le han comunicado a Antonia esta mañana a primera hora, la científica no ha logrado obtener ni una sola huella dactilar en el lugar del crimen, solo del mismo Rodrigo.

-¿No hay más pistas?

-De eso estamos escasos. Lo más llamativo que encontramos fue una nota, la cual contenía una frase dicha por la actriz estadounidense Marilyn Monroe y un beso de Carmín rojo pasión en una de las mejillas. De esto último, nadie ha echado cuentas, pero yo creo que sí puede tener relevancia.

-Sí, podría ser. Qué raro… ¿Hay alguna persona de la que sospechéis?

-Bueno, podría decirte que sí, pero todo se quedaría en meras sospechas puesto que no tenemos pruebas para incriminar a nadie. Para mí, su ex mujer tiene algo que ver, se ha mostrado muy fría, no ha exteriorizado ni un sentimiento de pena, nada. También tenemos que hablar con una prostituta con la que Cifuentes pasaba el rato y  nos consta que la noche antes de su muerte, la pasaron juntos, y por último, su vecino Javier Falcón, que a su vez es el ex marido de la prostituta con la que se acostaba Rodrigo, por lo que había una rivalidad entre ellos. Pero sin pruebas contundentes no podemos hacer nada.

-Dios, tendremos que comenzar. –Dijo Manuel removiéndose en el sillón.

-Sí, y por otro lado tenemos la investigación por la desaparición de Esther Anduesa, la novia de nuestro superior, Fernando. De eso se encargará él y yo le ayudaré.

-Perfecto, ¿por dónde empezamos? –Preguntó el chico poniéndose en pie.

-Yo he quedado con Fernando para hacer unas cosas, tú vas a llamar a cada una de las personas sospechosas de la muerte de Cifuentes para que te aleguen alguna coartada que puedan probarnos. Déjalo bien claro, queremos pruebas. Llama  a Victoria, la mujer de la víctima y a su vecino. Esta tarde iré a hablar con Mariana Ruiz, la prostituta y le preguntaré por la coartada.

David se levantó y le dio los papeles que necesitaba y le llevó a su pequeño despacho, situada al fondo del pasillo de comisaría. Era una estancia reducida pero luminosa, allí podría trabajar sin que nadie le molestara.

Fernando se encontró con los dos en el pasillo y David los presentó.

-Me alegro que estés aquí, más compañeros nunca vienen mal. –Dijo el chico intentando dibujar una sonrisa en sus labios, pero le gustaba mucho fingir algo que no sentía. Se sentía decaído y triste, pero tenía que seguir adelante, para encontrar a Esther.

-Gracias, ayudaré en todo lo que pueda.

El chico se metió en su despacho y David se acercó a Fernando.

-Te veo fatal, ¿estás comiendo? Cada día estás más delgado.

-Tengo el estómago cerrado, no puedo comer nada, pero no te preocupes por mí.

-¿Cómo no me voy a preocupar? Ahora mismo nos vamos a desayunar y luego hablaremos con Óscar Vidal.

Los chicos comenzaron a andar en dirección al bar que había enfrente de comisaría. David había tomado como un sí el silencio de Fernando. Esperaba que aquel día fuera productivo y pudieran sacar algo de las conversaciones que tendrían con Mariana y Óscar. La suerte tenía que llegarle de un momento a otro.

**Cerró la puerta, colgó el sombrero en el perchero y se adentró en la cocina. Tenía una casa bastante bonita, aunque en el fondo no se mereciera nada de todo lo que tenía. No era una buena persona, siempre había estado lleno de obsesiones y siempre conseguía lo que quería costara lo que le costara. Se había dado cuenta que no tenía escrúpulos, si algo se le metía entre ceja y ceja el mundo debía temblar.

Respiró hondo y se dirigió a la puerta que había al fondo del pasillo, todo estaba en silencio, apenas se escucha el canto de los pájaros fuera. Al abrir la vio, estaba tan hermosa como siempre, él mismo se encargaba de peinarle su roja melena y maquillarla día a día. No podía dejar que una muñeca como ella se estropeara. Estaría siempre como una princesa, ella había sido una de sus obsesiones en la vida y ahora sabía que la tendría para siempre. Hacía mucho frío en aquella pequeña habitación, todo estaba preparado para que aquella preciosidad durara para siempre. Se acercó a la gran urna y le besó aquellos labios rojos pasión. Él mismo había escogido el color.

Después de pasar un tiempo con ella, se marchó, apagando las luces.

Salió al jardín trasero de aquella casa y sonrió. Siempre estaría a su lado, su gran amor le pertenecería por y para siempre.

**Pepa estaba sentada en el sofá cosiendo el dobladillo del pantalón de su marido. Las cosas cada vez habían ido a peor con el paso de los años. Su matrimonio, desde que David descubrió la verdad, se había ido a pique. Creía que ya no podría estar más hundido de lo que estaba, porque su marido seguía locamente enamorado de Sofía, su difunta esposa y madre de su hijo, pero estaba equivocada, actualmente, la vida con su marido era un infierno y los días sin su hijo, cada vez se le hacían más largos. Sabía que ahora tenía una hija y por tanto ella una nieta, pero no podían ir a verla, su hijo no quería y ella era consciente de eso.

Cada día veía peor a Antonio, no soportaba la idea de tener a su hijo lejos y aunque había pasado más de cuatro años desde el distanciamiento final, no lo había superado. El ruido del teléfono la sobresaltó. Dejó el pantalón que estaba cosiendo a un lado y descolgó el fijo.

-¿Sí, dígame? –Su voz sonaba tristona.

-Hola, buenos días. ¿Se encuentra el señor Antonio Parker? –La voz de un hombre se escuchaba al otro lado de la línea. Era suave y frágil, y ella lo agradeció, puesto que en su casa hacía años que solo se escuchaban gritos.

-Sí, un momento, está en el jardín. –Pepa dejó el auricular descolgado y llamó a su marido. Éste no tardó más de dos minutos en llegar. Había perdido más de quince kilos en todos estos años y estaba totalmente dejado, el pelo le caía por los hombros y tenía una barba considerable, por no hablar de sus ojos hundidos y ojerosos.

-¿Sí? Soy Antonio Parker. –Su voz era la propia de una persona amargada.

-Buenos días, soy Tomás Ríos. Trabajo para un bufete de abogados en Manhattan, aunque ahora mismo me pilla en España. Soy abogado y me han designado su caso, ya que soy catalán y por el idioma es más fácil que me encargue yo que otro de mis compañeros que no lo saben hablar bien.

-¿A qué debo su llamada? –Preguntó el hombre mientras se sentaba. Pepa lo escrutaba nerviosa ¿Y si alguien después de casi 35 años había averiguado algo sobre su crimen?

-Verá, tengo ahora mismo una herencia en la que usted es el único heredero de todo.

-¿Perdone? No sé de qué me habla.

-¿Sabe usted el origen de su apellido? –Preguntó el hombre sin más.

-Claro, es el de mi padre, como todo el mundo, creo.

-Está equivocado. Temiendo que no conociera toda la verdad me he encargado de documentarme al respecto y le puedo decir que cuando su padre llegó a Manhattan no tenía absolutamente nada.

-Pero… él me dijo que emigró allí porque encontró un gran trabajo en una empresa… -Comenzó a decir Antonio.

-No, no fue así. Su padre llegó a Manhattan junto a su madre sin nada y los dos encontraron un trabajo en casa de personas de la alta sociedad. Su madre era sirvienta y su padre chófer. Estuvieron tres años y se ganaron completamente la confianza de los dueños, Gonzalo Parker y su esposa. Ellos no tenían hijos y el hombre, aunque solo tenía 33 años, comenzó a tener un problema de huesos y decidió designarle todo su trabajo en las empresas a su padre, con la condición de qué se cambiara el apellido y así comenzó todo. Se convirtió en una persona de clase alta, con un apellido importante y con muchos millones y empresas que gestionar. Se compró una mansión y allí fue donde él junto a su esposa, crearon su familia.

-Desconocía totalmente esa historia. Pero, si todo lo que me cuenta es verdad, ¿cuál era el apellido original de mi padre?

-He estado averiguando sobre ese tema y he descubierto que se trataba de Peñalver.

-¿Peñalver? Claro, con ese apellido hay muchas personas en mi pueblo de origen. Parker no hay ni uno, solo mi hijo y yo. La gente me ha llegado a preguntar de dónde procedía el apellido y yo solo sabía decirle que era el de mi padre.

-Como le digo, Gonzalo Parker acaba de fallecer a los 95 años de edad. Su esposa murió hace doce años y estaba solo, no tenía hijos, ni sobrinos… En su testamento se lo deja todo a su padre, pero ya me he informado que él murió hace muchos años, por lo que ahora usted tiene la potestad de repudiar o aceptar la herencia, por ser su hijo.

-Pero, ¿y mis hermanos? –Preguntó el hombre con la mente abrumada.

-Gonzalo dejó expresamente dicho en su última voluntad que en caso de que su padre no estuviera vivo, todo su dinero y sus bienes pasaría a su primer hijo varón, que tuviera el apellido Parker, o sea, usted.

-Sí, yo soy el mayor.

-Actualmente, estoy en España. Usted debe ver todo lo que va a heredar, tanto bienes como dinero y cargas, para así decidir si se queda con la herencia o la repudia. Desde ya le digo que cargas no hay ninguna.

-Me ha pillado completamente desprevenido. No sé qué decir, necesito hablarlo con mi hijo. –Aquellas palabras le sentaron realmente mal a Pepa, ¿ella no contaba nada?

-Podríamos vernos en tres días.

Antonio dudó pero pensó que si aceptaba la herencia, podría dársela íntegramente a su hijo. Quizás aquello produciría un acercamiento, quizás le perdonaría. Le dio la dirección de una cafetería cercana a su casa y se levantó del sofá sin decir ni una palabra. Pepa hizo lo mismo y volvió a ponerse a coser. Ella sabía que ya no significaba nada en la vida de su marido. Todo se había acabado entre ellos.

 

 

 

LA CARLOTA. DIEZ AÑOS ANTES.

Norma se sentía muy sola ¿Dónde estaban sus padres? ¿Por qué la habían dejado sola? Aún era pequeña para poder vivir sin ellos. Aquella mujer era amable, estaba gordita y tenía el pelo moreno y revoloteado, sus mejillas eran sonrosadas y tenía los dientes descuadrados. No era muy agraciada, pero desde que sus padres no estaban, había sido la más simpática con ella.

El coche en el que iba se paró frente a una casa. La niña alzó la mirada a través de la ventana y observó. Él cielo estaba un poco nublado y las golondrinas cantaban posadas sobre el cableado de la luz.

            -Hemos llegado, Norma. Aquí están tus nuevos papás. Ellos te van a querer muchísimo. –Le dijo la mujer sonriendo mientras la ayudaba a bajar del coche.

            -¿Dónde está mi mamá y mi papá? –La niña le lanzó una mirada oscura llena de incertidumbre.

            -Ya no están, tienes que acostumbrarte a vivir sin ellos.

            -Pero yo quiero saber dónde están ahora. –La niña comenzó a lloriquear. La mujer se puso en cuclillas delante de ella y le acarició la mejilla.

            -Cariño, acuérdate de ellos. Nunca los borres de tu memoria, pero intenta no pensar en eso todo el día. Podría mentirte, pero no lo haré. Tus padres no van a venir más. –Le dijo dulcemente a la pequeña.

            ¿Ahora me voy a quedar solita? –Una lágrima comenzó a caer por el rostro de la pequeña.

            -No, vas a tener una mamá y un papá nuevos. Ellos te van a querer mucho y te vas a sentir muy a gusto.

La niña no dijo nada más, se dio la vuelta y sacó una pequeña muñeca del asiento trasero del coche, ella había sido siempre su amiga. Se la regaló mamá y papá en uno de sus cumpleaños, era la que ella quería y al verla se sintió muy feliz. Sus papás sonrieron al verla así y luego se besaron. Se querían mucho y ella lo sabía, siempre estaban juntos y felices.

Recordaba que un día ya no se querían tanto, una mujer comenzó a ir a casa y siempre se escuchaban gritos. Se encerraba en su cuarto y jugaba en su casita de muñecas, no quería escuchar las cosas tan feas que papa le decía a aquella mujer. Ella quería salir con su mamá, pero no estaba. Mamá salía a trabajar muy temprano y cuando esa mujer llegaba a casa, su papá la obligaba a que jugara en su habitación, pero podía escuchar cosas. Escuchaba un ruido parecido a cuando ella era más pequeña y saltaba en la cama. ¡A su madre no le gustaba que saltara sobre el colchón nuevo! Luego escuchaba gritos y a su papá decir cosas indescifrables. Poco después todo se quedaba en silencio y papá iba a hablar con ella. Él decía que todo era un juego y que mamá no debía saberlo, pero creía que un día se enteró. Desde aquel día no volvió a verlos más. Ahora estaba delante de aquella casa de dos plantas, en la que sus nuevos padres la estaban esperando.

**Cuando la puerta se abrió, David y Fernando volvieron a ver a la misma mujer que vieron anteriormente en el mismo lugar. Era la esposa de Óscar, la misma que creía que su marido se dedicaba a hacer viajes de negocios los fines de semana.

-Buenos días, ¿se encuentra su marido? –David le preguntó a la chica a la vez que se daba cuenta de lo bonita que era. Tenía una belleza un tanto inusual, una piel blanca y un pelo moreno, tenia rasgos asiáticos y una pequeña nariz en el centro de su rostro.

-Sí, está en su despacho, pasen por aquí. –La mujer les abrió la verja del jardín y ambos la acompañaron a un pequeño anexo de la casa, era una casita de color blanco, hecha de madera. La puerta estaba pintada en tono salmón. Llamó discretamente y les abrió un hombre alto, corpulento e impecablemente vestido. Tenía los ojos negros, el pelo del mismo color caía sobre su cara y una pequeña perilla decoraba su perfecta boca.

-Pasen, les estaba esperando. Eli, tu vete a casa, luego te veo. –Los hombres se quedaron un poco cortados al ver con el desprecio que despachó a su mujer del lugar. Ella le obedeció sin rechistar, con la cabeza gacha.

-Tenemos que hablar con usted de algo muy importante. –Comenzó diciendo Fernando a la vez que miraba a su alrededor. Todo estaba en perfecto orden, era una estancia muy luminosa, ya que detrás del gran escritorio de madera había una ventana de grandes dimensiones. Había estanterías con carpetas por todos lados y una pequeña mesa con una televisión en un extremo.

-Decidme, estoy aquí para escucharles. –Aquel hombre tenía un tono de voz arrogante. No hacía falta más que ver la pose que tenía sentado en su butaca de cuero para darse cuenta de lo superior que se sentía.

-¿Qué relación tiene usted con Esther Anduesa?

-¿Esther? Solo es camarera en mi negocio.

-Eso lo sabemos, lo que queremos saber es de otro tipo de relación. Tengo un testigo que vio a Esther montándose en el coche con usted el día que desapareció.

-Sí, puede ser. La encontré bastante agitada en la calle, le pregunté a dónde iba y casualmente iba al mismo lugar que yo, por eso se montó en mi coche.

-¿Qué ocurrió luego?

-¿Luego? ¿A qué se refiere? Yo la dejé en el bar y al poco tiempo me marché, tenía una cita y no podía faltar. –David lo miró y no hizo falta que le dijera nada más para saber a qué clase de cita había acudido.

-¿No vio nada extraño al dejarla en el bar?

-Que yo recuerde no, todo era como siempre. Al llegar ella, comenzaron a llegar sus clientes habituales.

-¿Qué quiere decir con eso? –Preguntó Fernando sobresaltado.

-No me refiero a que ella sea prostituta ni nada por el estilo, solo quiero decir que cuando comenzaba su turno siempre llegaba la misma clientela a sentarse en la barra y a hablar con ella.

-¿Qué clientela es esa?

-Mire, yo no suelo dar esa clase de datos cuando se trata de mi negocio, no me gusta perder a clientes, pero ya da igual, uno está muerto y el otro se acaba de ir por lo que me he enterado.

-Especifique que quiere decir. –David comenzaba a ponerse nervioso.

-Cuando Esther estaba detrás de la barra, al otro lado eran clientes fijos Rodrigo Cifuentes, que por lo que me he enterado, ha fallecido, y el otro chico, era joven, pero nunca llegué a enterarme cómo se llamaba, estuvo varias veces por el bar, pero mucho tiempo prácticamente la jornada de Esther.

-¿Cómo sabe que ese chico se acaba de marchar?

-Una de las limpiadoras, ya saben lo chismosas que son. Hace unos dos días llegué al bar, estaba allí y me dijo que el joven con el que Esther se veía había sido visto sacando las maletas de su casa y montarse en un taxi.

-Quizás se haya marchado con ella… -Comenzó a decir Fernando.

-No lo creo, él iba solo y no creo que se la llevara. Me consta que a ella le gustaba más Rodrigo. Un día los pillé dándose el lote en el trastero. –Fernando se tapó discretamente los ojos con las manos y masajeó sus sienes.

-Está bien, si necesitamos algo más me pondré en contacto con usted. –Dijo Fernando levantándose de la silla, luego salió sin despedirse, no podía seguir escuchando aquello ni un minuto más.

-¿Qué le pasa? –Preguntó Óscar en tono burlón.

-Nada que le importe. Por último, ¿mantuvo usted alguna relación con Esther?         –David se levantó esperando respuesta.

-Le mentiría si le dijera que no. Era tan buena en la cama… -Comenzó a pasarse un dedo por los labios.

-He escuchado bastante por hoy, gracias.

El chico salió de aquella pequeña casita y vio a su compañero esperándolo en el coche. Tenía que decirle lo que Óscar Vidal le había confesado en su ausencia. A pesar de todo, no lo veía culpable, quizás fue el hombre con quien Esther le fue infiel a Fernando, pero no terminaba de ver indicios de culpabilidad sobre él.

**Miriam era feliz como hacía mucho tiempo no lo era. Se sentía un poco sola, su madre estaba lejos y había veces que aún la necesitaba. También quería encontrar al chico perfecto para así poder crear una bonita familia, en la que todos se quisieran. Cuando más sumergida estaba en sus pensamientos alguien se sentó a su lado. Era Corina.

-¿Cómo va el trabajo? –Le preguntó mientras le sonreía.

-Bien, muy bien. Estoy muy contenta de haber encontrado este trabajo. Lo necesitaba mucho para poder sobrevivir –La chica se metió un mechón de pelo rubio detrás de la oreja y sus ojos azules miraron a Corina con una inmensa tristeza.

-Bueno, no pienses más en eso. Ahora estás trabajando y feliz.

-Sí, pero me siento tan sola… -La voz comenzó a temblarle.

-¡Eh, no! Tranquila… En mí siempre vas a tener una amiga y mi familia también será la tuya –Miriam sonrió tímidamente y se puso bien su vestido.

-Gracias, de verdad.

-Mira, ahí viene Luis. –El timbre acababa de sonar y todos los niños salieron al recreo. Luis se dirigió a su madre y la abrazó por la cintura.

-¡Así que tú eres Luis! Eres muy guapo  -La chica le revoloteó el pelo y el niño sonrió. Había crecido mucho, ya era un hombrecito de pelo castaño y ojos color caramelo.

-Ella es Miriam, es amiga de mamá y trabaja aquí en el cole. –El pequeño se escondió detrás de su madre y sonrió tímidamente- Tú también vas a ser su amigo.                      –Corina le dio el bocata y un zumo y salió corriendo hacia el patio con sus compañeros.

-Tienes  un hijo precioso, algún día me gustaría tener a uno así.

-Es muy guapo. Si vieras a mi Carmen, es guapísima.

-¿Y cómo que no estás de baja maternal? –Miriam se levantó y fue a calentar dos cafés al pequeño lugar habilitado para ello.

-Carmen es adoptada. Hace algunos días que la tenemos con nosotros, pero tanto mi marido como yo la queremos como si fuera nuestra. –La chica le dio el café a Corina y sonrió.

-No sabes cómo me alegra escuchar eso, ese bebé se  merece todo el amor del mundo.

-Sí…

-¿Y Luis es vuestro hijo?

-No, pero esa es otra historia que ya te contaré, pásate esta tarde por casa y los conoces. Sobre las seis llega David del trabajo.

-Vale, ya me dirás cuál es tu casa.

-Sí, luego te digo, no te preocupes.

En menos que canta un gallo sonó de nuevo el timbre, anunciando que se reanudaban las clases hasta las dos. Se despidieron y cada una siguió con sus labores. Miriam se moría de ganas de que llegara la tarde, para poder conocer a la familia de su amiga Corina.

**Manuel llevaba toda la mañana intentando contactar con las personas que debían de darle una coartada de la noche que  murió Rodrigo Cifuentes. Ya era casi mediodía y no tenía nada hecho, tendría que volver a intentarlo. Todavía no había salido de su despacho, era pequeño pero se sentía bien en él, le gustaba mucho y no había echado de menos el salir de allí en toda la mañana. Le gustaba la soledad, siempre le había encantado estar solo, leer, pensar en sus cosas. A penas salía a la calle, solo para hacer ciertos recados que su mujer no podía. Miró el reloj, las doce y media de la mañana. David y Fernando estarían al llegar. Tendría que intentarlo de nuevo. Marcó el número de Victoria, esta vez el fijo de su casa. Tuvo suerte, al segundo toque se lo cogió.

-¿Victoria Rodríguez?

-Sí, soy yo.

-Soy Manuel Sánchez. Le llamo de comisaría, necesito una coartada suya de la noche que murió su marido.

-Pero, ¡cómo se atreve! ¿Está insinuando…?

-Señora, no estoy insinuando nada. Es mi trabajo y tiene que entenderlo. Tenemos que descartar posibles sospechosos y no creo que a usted le cueste tanto decirnos que hizo la noche que murió su marido. –La voz del chico comenzó a encenderse. La gente no entendía que en eso consistía su trabajo.

-Hice lo mismo que todas las noches, recé a dios y me acosté sobre las once.

-¿Puede probar que fue así?

-¿Probarlo? No sé…

-Piense alguna manera que nos pueda probar que usted estuvo en su casa esa noche.

-Es que no hice nada especial, me acosté a la misma hora de siempre, después de mis rezos, claro.

-¿No se le ocurre nada? –La mujer se rascó la barbilla mientras pensaba.

-No, la verdad es que no. Yo creo que con lo que le he contado será suficiente, tienen que creerme, mi vida es muy rutinaria, siempre hago lo mismo, no tengo manera de probarlo.

-Está bien. Nos pondremos en contacto con usted si necesitamos algo. Gracias.

Y la llamada se cortó. Manuel no sabía que decirle a David cuando llegara, todavía tenía que llamar al vecino, Javier Falcón, pero tampoco se dignaba a cogerle el teléfono.

Sintió un revuelo en la puerta y salió a ver qué pasaba. Fernando y David acababan de llegar y hablaban entre ellos aceleradamente, a media voz, como si nadie debiera enterarse.

-David, ¿tienes un momento? –Preguntó Manuel desde su puerta.

-Sí, claro. Hablamos en un rato, Fernando. –El chico se marchó y Manuel se encaminó al despacho de David que estaba a tan solo unos metros.

-He hablado con la esposa de Cifuentes.

-¿Y? ¿Te ha dado una coartada creíble? –Preguntó David mientras dejaba el móvil encima de la mesa y se acomodaba en su butaca.

-No, solo me ha dicho que se acostó sobre las once, como todos los días, después de haberle rezado a dios. No tiene manera de probar que fue así.

-Entonces no sé qué vamos a hacer, necesito pruebas de las coartadas. ¿Hablaste con Javier Falcón?

-No me coge el teléfono.

-No está siendo un buen día parece ser.

-La verdad es que no. Seguiré intentándolo a lo largo del día.

-Vamos a hacer una cosa. Yo esta tarde tengo que ir a interrogar a Mariana Ruiz, la prostituta. Iré con Fernando. Si no te coge el teléfono, vas a su casa y hablas con él, tenemos que solucionar esto lo antes posible.

-Por supuesto.

Manuel se vio tentado a preguntar por el caso de la desaparición de aquella chica, pero Fernando no estaba para preguntas y por lo que veía, Parker tampoco.

**Hacía más bochorno de lo habitual, eran las tres y media de la tarde cuando David se montó en el coche de Fernando y ambos se dirigieron a Palma del Rio en busca de Mariana. Ninguno de los dos tenía especial ganas aquel día de ir, pero tenían que hacerlo. El chico veía a su superior cada día peor, si Esther no aparecía se iba a volver loco.

-Fernando, he estado pensando algo. No sé si a ti se te habrá pasado por la cabeza, pero…

-Dime, dime lo que sea. –El chico quitó la vista de la carretera unos segundos para mirar a su compañero.

-Quizás, Esther haya matado a Cifuentes y luego se haya  marchado, ¿No lo has mirado desde ese punto de vista?

-Oh, Dios, puede ser…

-Solo es una teoría, no necesariamente tiene que ser así.

-Lo sé, pero tiene lógica, quizás ella lo matara por algún motivo que desconocemos y luego se ha ido lejos, donde nadie pueda encontrarla.

-Lo he pensado mientras almorzaba.

-La hora del almuerzo es para estar con la familia.

-Lo sé, pero no puedo dejar de darle vueltas. Yo sé que todo esto está relacionado, las dos investigaciones están íntimamente ligadas. Puede darse la teoría que te he dicho, que Esther matara a Cifuentes y luego se largara o que Cifuentes secuestrara a Esther, alguien lo matara a él posteriormente y la chica se haya quedado prisionera en algún lugar.

-No quiero ni pensar esa última teoría, se me ponen los bellos de punta.

-Tranquilo. –Le susurró David al ver como su compañero comenzaba a ponerse nervioso.

-No puedo imaginármela pasando penurias en algún lugar desconocido. Hambre, frio, necesidades… Yo la quiero, aunque me haya sido infiel y me haya mentido, yo la quiero. Quiero a la Esther que yo conocía y no a la que me han descrito últimamente.

-Yo sé que estamos cerca de saber toda la verdad. Necesitaríamos saber del paradero de ese chico con el que se veía, aparte de Cifuentes. Tendríamos que saber su identidad y sin embargo no tenemos nada.

-No te preocupes, ahora vamos a preguntarle a Mariana, ella también trabaja allí, quizás pueda decirnos algo.

-Creo que hemos llegado.

Los chicos aparcaron en frente de un pequeño bloque de pisos, apenas tenía más de tres pisos, se veía que era un barrio pobre. La fachada estaba pintada de blanco, pero tenía muchos desconchones y muy mal aspecto, se miraron y siguieron el paso al frente.

-¿No íbamos a ir antes a casa de Victoria? –Preguntó Fernando mientras subían al piso.

-No, esta mañana llamó a comisaría para dar las señas de Mariana, ella no quiere estar involucrada en nada de esto.

-Eso no es buena señal, tenemos que mirarlo.

Llegaron al segundo piso y llamaron a la puerta de la derecha. Tenía un aspecto horrible, la madera estaba comida por el tiempo y el rellano bastante sucio. Una mujer rubia, con el pelo alborotado abrió la puerta. Tenía peor aspecto que aquella vecindad en sí. Llevaba un pequeño vestido azul entallado y los ojos muy mal pintados.

-¿Mariana? –Preguntó David con cautela al ver el estado en el que se encontraba la mujer. Tenía la mirada perdida y no era capaz de articular palabra.

-¿Quiénes sois vosotros? ¿Qué queréis? –Preguntó en voz baja, rápidamente, por su forma de hablar se dieron cuenta que estaba bebida.

-Somos de la policía, necesitamos hablar con usted.

-Yo no lo maté, fue ella. –Dijo la mujer echándose al lado y dejándole paso a los hombres. Al entrar vieron a tres perros sentados en los sofás y dos gatos encima de las sillas. Era un apartamento bastante pequeño, pero suficiente para una persona. Justo a la entrada estaba el salón y un poco más al fondo la cocina. A la Derecha se abría un pequeño pasillo, pero no pudieron ver qué había más adentro. Todo estaba sucio y desordenado. La mujer se acostó en uno de los sofás, acariciando a uno de los perros y los chicos se quedaron de pie al lado de la puerta.

-Mariana, esto es muy importante. ¿Qué ha querido decir?

-Yo, no he querido decir nada.

-No tire la piedra y esconda la mano. Ha dicho que usted no lo mató que fue ella. ¿A quién se refiere cuando dice ella?

-No la conocía. La había visto antes en algunos sitios, pero no la conocía. –La mujer se encendió un cigarro y echó la cabeza en un cojín, luego cogió un vaso con licor que tenía en una mesita junto al sofá y se lo bebió de una vez. Cada vez estaba más borracha.

-¿Pasó la noche con Rodrigo Cifuentes? –Preguntó Fernando.

-Sí. Cuando yo llegué, la otra puta se acababa de ir. Yo sé que habían peleado, conocía a Cifuentes, su actitud no era normal.

-Aclare eso, por favor.

-Él me llamó y cuando terminé de trabajar me fui hacia su casa y Esther se acababa de ir.

-¿A dónde?

-No lo sé, eso lo sabrá ella. Es una cobarde, no ha vuelto a aparecer por el bar.

-Mariana, cuéntenos con detalles que pasó, es muy urgente. –David le hablaba como si de una niña pequeña se tratara.

-Rodrigo me llamó y me dijo que quería verme, que había tenido problemas. Yo no me negué, puesto que sabía que con él iba a cobrar en el momento. No sabía llegar y me recogió en la plaza. Luego los dos juntos nos dirigimos hacia su casa.

-¿Sobre qué hora?

-Eran poco más de las tres de la mañana.

-¿Cómo sabe que Esther estuvo con él antes que con usted?

-Se había dejado su chaqueta en casa de Cifuentes, cuando la vi le pregunté de quién era y me dijo que de Esther, ,que había estado con él un rato, pero se había ido.            –La mujer cada vez hablaba con más dificultad a causa de su borrachera.

-¿No le contó dónde se había ido?

-No, no me quiso decir nada, solo que se había marchado. Yo le conocía y sabía que habían discutido, su comportamiento no era normal.

-¿Qué pasó luego?

-Lo que él quería que pasara, cuando acabamos me pagó. Eran las cinco de la mañana. Me quería ir pero me dijo que estaba muy nervioso esa noche y que necesitaba dormir con alguien, por eso me quedé con él. Sobre las siete y media escuchamos el timbre, a mí aún me dolía la cabeza de la resaca de la noche de antes, o quizás aún estuviera borracha, había pasado muy poco tiempo. Al ver que no se despertaba me levanté yo, pero él me alcanzó y abrió la puerta y allí estaba ella, luego le clavó el cuchillo y se marchó. Yo pude verla y por eso tengo miedo de que me pueda hacer algo.

-¿A quién viste? Especifique algo más por favor. –Los chicos estaban ya muy alterados porque esa mujer le estaba dando mucha información, pero a la vez, nada.

-A ella. –Y sacó un pequeño joyero. Los dos hombres se acercaron a él para ver qué estaba señalando la mujer. David no pudo creer lo que veía, en el joyero había una foto de Marilyn Monroe.

-Es imposible. Marilyn Monroe murió hace muchos años, es imposible que ella estuviera allí. –En ese momento recordó la nota que habían encontrado: “Ojalá que la espera no desgaste mis sueños”. Frase dicha por la susodicha actriz.

-Yo la vi, era ella.

-Mariana, ¿podría ser que estuviera aún bajo los efectos del alcohol?

-¡No! Yo la vi, él le abrió la puerta y ella le clavó el cuchillo, no le dio tiempo de decir nada.

-Tuvo que ser otra persona.

-Yo solo le digo lo que vi. Esa chica –Dijo señalando el joyero- fue la que le clavó el cuchillo a Rodrigo en el pecho.

-¿Por qué tiene usted un joyero de esta mujer precisamente?

-Me lo regaló una amiga hace muchos años. Lo voy a tirar, cada vez que lo veo me acuerdo de ella matando a Cifuentes.

-Esto es demasiado… -Susurró Fernando.

-Una vez ocurrió el crimen, ¿qué hizo usted después?

-No me lo podía creer, yo pensaba que era una pesadilla. Estaba desnuda, me vestí y me puse la chaqueta de Esther, tenía frio aquella mañana. Fui hasta donde había dejado mi coche y me vine a casa muerta de miedo.

-Necesitamos que esté disponible para lo que podamos necesitar de usted. Cualquier información, cualquier cosa que recuerde, llámenos. –David le dejó una tarjeta encima de la mesa.

-Sí. –Se limitó a contestar.

Salieron de aquel mugriento piso y cuando se montaron en el coche se sintieron liberados de tanta suciedad.

-Es increíble lo que hay que escuchar. –Dijo Fernando.

-Quizás alguien se disfrazara de Marilyn, si te das cuenta, la frase que dejó fue una dicha por ella. Además, siempre he creído que ese beso de carmín rojo pasión en la mejilla de Rodrigo tenía relación con la nota y ahora lo creo más que nunca. Si alguien se disfrazó, pudo matarlo, dejar la nota y darle un beso.

-Es todo muy enrevesado.

-Lo sé, pero tenemos que pensar en algo. Ya sabes que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad.

-¿Dónde se fue Esther? ¿Por qué? ¡Con quién!

-Tenemos que centrarnos en el tema y ver que pudo pasar esa noche. Por lo que nos han contado, Esther salió del bar con el chico que no sabemos su identidad, y Cifuentes se fue detrás de ellos. Sabemos también que Esther estuvo en casa de Rodrigo, pero, ¿qué pasó con el otro chico entonces? ¿Dónde se fue Esther cuando se marchó de casa de Cifuentes?

-Son muchas preguntas y pocas respuestas.

-Sí, Fernando, pero tenemos que pensar. ¿Y si Esther no se fue? ¿Y si Rodrigo la retuvo en contra de su voluntad, no necesariamente en su casa, si no en otro lugar, luego llamó a Mariana para desfogarse?

-Yo pensé que quizás Esther fue quién lo mató.

-Pero, por lo que nos ha dicho Mariana, quien lo mató iba disfrazado.

-Sí, un año en carnavales, ella se disfrazó de Marilyn Monroe. –Dijo él en tono bajito.

-¿Cuánto hace de eso? –Preguntó David alterado.

-No sé, sobre cuatro años. Aún no vivía conmigo.

-¿Tenía el disfraz en vuestra casa?

-Creo que no, jamás lo vi allí.

-Fernando, eso es muy extraño. ¿Por qué iba a dejar Esther una nota poniendo: “Ojalá que la espera no desgaste mis sueños”?

-Tampoco lo sé, pero debemos ver todas las posibilidades.

-Sí, eso debemos hacer.

-Mañana quiero reunión urgente a primera hora en comisaría. No hace falta que venga todo el mundo, solo Manuel, Antonia, tú y yo. Los que realmente estamos metidos en esto.

-No te preocupes, se lo comunicaré a Antonia.

David se dio cuenta que Fernando se había relajado, ¿Por qué se había relajado ahora? ¿Quizás porque si pensaba que Esther fue quien mató a Rodrigo y luego se marchó, ahora seguiría viva?

Cuando llegaron a comisaría, Manuel se acababa de ir al pueblo, a pedirle una coartada a Javier Falcón. Cada vez estaban más seguros que había sido una mujer quien había llevado a cabo el crimen, pero ¿movida por quién? O ¿por quién?

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2 comentarios en “LA BESTIA QUE INVOCÓ SU MIEDO. CAPÍTULO 3

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