FE CIEGA. CAPÍTULO DOCE.

**Patricia esperaba a David en la puerta de la casa de Pablo. Ahora el chico podía considerar que era su casa. En un pasado ella vivía con él, hacía frente a los gastos, pero cuando se mudó a vivir con David, todo pasó a ser de él, ella no quería nada que tuviera que ver con ese hombre.

-¿Habéis encontrado algo? –Preguntó David bajándose del coche.

-Sí, tenía una trampilla debajo de la escalera, ahí escondía muchos kilos de droga.

-Entonces era verdad todo lo que Teresa me contó… -El chico hablaba en voz bajita, pensativo, para él mismo.

-Sí, era verdad. Esa chica no mentía. ¿Tú has averiguado algo más? –Preguntó ella. Él le relató todo lo que los padres de Andrea les habían contado.

-¿Tú crees a esa pareja de ancianos? –Preguntó extrañada.

-Sí, creo que eran sinceros y Corina piensa lo mismo.

-No sé, pero si ellos no fueron, ni Teresa tampoco… ¿Quién pudo ser?

-Sólo nos quedan dos personas, o bien Diego, o Pablo. ¿Se ha encontrado algo de suyo?

-No, nada. Aquí no hay nada que lo pueda incriminar del crimen. No hemos encontrado nada relacionado con la ejecución del crimen, las cosas que se utilizaron, los tranquilizantes… Nada. –Entonces David siguió pensando en lo que días anteriores creyó ver, algo que podían dar con la persona que habían matado a Víctor, pero no diría nada, era una acusación muy grave para que fuera infundada.

Después de varias horas más buscando algo, no se encontró nada. Se confiscaron los kilos de droga que se habían encontrado y cerraron la casa de nuevo. Los padres de Pablo habían estado allí y cuando vieron a Patricia comenzaron a llorar, diciéndole lo buena chica que era y lo malo que había sido su hijo con ella. David se encaminó al coche, no quería escuchar ese tipo de cosas. Ese día estaba realmente cansado y no podía pensar en nada más, solo necesitaba irse a casa y descansar.

**Corina había ido a casa de su madre, necesitaba despejarse un rato y salir de aquella casa que se le caía encima. María intentaba hablar con ella del tema de Luis, pero no quería, ella no estaba por la labor ded nombrar eso en su casa, eran problemas personales que ella misma resolvería sin ayuda de nadie. Esa mañana, de alguna manera, se había desahogado contándoselo a David, y con eso por ahora sería suficiente. Su móvil sonó.

-¿Sí?

-Corina, ya estamos en casa, el niño está dormido en la cuna, la he puesto al lado de tu cama.

-Voy en breve, pero ¿Sara ha consentido que el niño esté en una cuna al lado de mi cama?

-Sara no dirá nunca más nada sobre el niño. Es tú hijo y tú eres quien lo vas a cuidar y a criar, como su madre.

-Luis, ¿te ocurre algo? Te noto muy extraño… -Preguntó la chica un tanto seria por el modo en el que su marido le estaba contando las cosas.

-No me ocurre nada. Solo quiero que sepas que hoy se te ha cumplido un sueño, el de ser mamá, así que ven y disfruta de tu hijo. Por ti hubiera hecho lo que hubiera sido posible para darte ese capricho y hoy por fin, lo he conseguido. Te quiero mucho mi amor, muchísimo. –Y colgó. Corina se quedó mirando el teléfono y salió corriendo hacia su casa.

Estaba llegando a la plaza cuando a lo lejos pudo ver a Luis y a Sara saliendo de casa. El chico la llevaba agarrada por la cintura y ella tenía los ojos desencajados. ¿Qué estaba ocurriendo allí? La metió en el coche y pudo ver cómo la apuntaba con una pistola. Corina se llevó las manos a la boca e intentó ponerse a la altura de ella pero Luis al verla se metió en el coche y arrancó lo más rápido que pudo, luego desapareció calle abajo.

Entró en casa y se dirigió a su habitación, allí estaba el bebé, metido en la cuna, más dormido que nunca. Parecía un angelito, tan pequeño y tan frágil. La chica lo cogió en sus brazos y lo meció, pensando en qué había pasado minutos antes en aquella casa. ¿Habría hecho eso Luis para echar a Sara de casa? ¿La mataría? La chica comenzó a temblar y se fue al salón con el pequeño en brazos. Cogió el teléfono y llamó mil veces a su marido, pero nadie contestaba, entonces pudo ver una carta encima de la mesa. Soltó al bebé en una pequeña cunita que tenían en el salón y se sentó en el sofá. Dudaba si abrir o no la carta, pero la curiosidad le pudo, además estaba dirigida a ella.

Querida Corina.

Quiero que sepas que fuiste, eres y serás el amor de mi vida. Tu sueño era tener un bebé y aquí lo tienes, ¡es tú hijo! Aunque eso me cueste la vida, no me importa, solo quería hacerte feliz y creo que lo he conseguido. Es un plan que llevo fraguando durante muchos meses, un plan que casi me vuelve loco. No es fácil decidir dar tu vida por la persona a la que amas. Ese pequeño que tienes ahora en casa es mi hijo, yo lo concebí con Sara meses antes de que te dijeran que no podías tenerlos. La conocía desde hacía muchos años y tuvimos un largo noviazgo, luego las cosas se torcieron y te conocí a ti, el amor de mi vida. Más tarde, reapareció en mi vida, y una noche en la que bebimos mucho, concebimos a ese bebé. Al principio estaba muy asustado, puesto que yo ya estaba casado contigo y sabía que jamás me perdonarías una cosa así, pero cuando el médico nos dio la noticia de que jamás podríamos ser padres, creí conveniente mentirte y decirte que Sara era sobrina de Tere y que no podía quedarse con su hijo. La tendríamos aquí hasta que diera a luz y luego el niño sería para ti. Ella aceptó, con la condición de que yo hiciera lo que ella quisiera, por eso te he sido infiel durante estos meses, porque ella me lo pedía y no quería que se fuera si yo le daba una negativa, necesitaba retenerla hasta que diera a luz. Quería quedarse con su hijo, decía que lo quería, pero la única manera de que tú pudieras ser la madre de ese bebé, es que sus verdaderos padres, o sea, Sara y yo desparezcamos. Podrás hacerle la prueba de ADN al niño, al ser mi hijo y tú mi viuda, te quedarás con él legalmente, Sara no tiene familia y la mía está lejos.

Cuando te decía que te quiero no lo decía por decir algo, creo que es la prueba de amor más grande que has podido tener de mí. Cuida de mi hijo, ese hijo tan deseado por ti.

Quema esta carta, nadie debe leerla.

Ahora sé feliz, disfruta del pequeño y recuérdame siempre. Yo jamás te olvidaré, esté donde esté.

Te quiero, mi querida Corina.

La chica soltó la carta en la mesa, mirando a un punto fijo. Las lágrimas recorrían su cara. ¿De verdad Luis había hecho eso por ella? ¡Él no podía morir! Ese niño tendrían que criarlo juntos, los dos. ¿Cómo había podido pensar un plan de aquella envergadura? Él la quería de verdad, era una prueba de amor dolorosa, pero la más grande de todas. No podía creer lo que acababa de leer, él le fue infiel con Sara y ahora ella era la madre de aquel niño. Quizás no cometieran ninguna locura y ese niño crecieran con sus verdaderos padres, pero supo que era demasiado tarde cuando el teléfono sonó en ese mismo instante.

**David se sobresaltó al escuchar el teléfono. Estaba sumergido en sus pensamientos más que nunca, pensando en la teoría que se formaba poco a poco en su cabeza, pero necesitaba el porqué de esa teoría.

-Dígame.

-¡David, soy Corina! –La chica lloraba a mares.

-¿Qué te ocurre? –Patricia salió del baño y se quedó mirándolo fijamente mientras se secaba el pelo con una toalla.

-¡Me acaban de llamar, mi marido ha tenido un accidente de coche y ha muerto! –Los nervios iba a acabar con ella.

-Lo siento mucho, tranquilízate que enseguida voy para tu casa. –Le dijo el chico colgando el teléfono. Le explicó a Patricia lo que había pasado y se marchó.

Cuando llegó al pueblo, había un gran revuelo en la calle, la gente murmuraba en las puertas de sus casas y pudo ver un coche patrulla en la puerta de Corina. Aquella chica iba de mal en peor, tenía muchos problemas. Aparcó el coche lo más cerca que pudo y corrió hasta la casa, allí estaba Corina, sentada en el sofá, abrazada por su madre. Su padre daba vueltas alrededor del salón sin rumbo fijo. Pudo ver que un bebé en la cunita dormía plácidamente.

-Corina, lo siento mucho. –Le dijo David mientras la abrazaba fuerte, muy fuerte. Quería que supiera que estaba con ella.

-¡No puedo creerlo! ¿Cómo va a estar Luis muerto? –La chica no paraba de llorar, estaba muy demacrada y parecía aún más frágil que el día anterior.

-¿Iba solo? –Preguntó el chico mientras se sentaba a su lado en el sofá.

-No, su prima iba con él. Ha fallecido también.

-¿Dónde ha ocurrido el accidente?

-En la autovía de Córdoba. –La chica se secaba las lágrimas con un pañuelo que su madre le acercó.

-Ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. ¿Él es el bebé de la prima de Luis?

-Sí. También es hijo de Luis, me lo confesó antes de coger el coche y marcharse. –La chica decidió mentir.

-¿De tu marido? ¿Pero no eran primos? –David estaba realmente extrañado.

-Sí, pero por lo visto tuvieron un desliz y… -Comenzó a llorar de nuevo.

-Tranquila… yo te voy a ayudar en todo lo que pueda… -El chico la abrazó de nuevo y ella se refugió en su pecho.

**Habían pasado dos meses de todo lo ocurrido, el tiempo pasaba en aquel pequeño pueblo, mientras los más pequeños crecían y reían por sus calles. Corina se encontraba en el parque El Chimeno, era amplio, con columpios y toboganes para los más pequeños. Acababan de pintarlo, todo relucía, incluso el sol,  que estaba bien alto en el cielo. Dos niñas, se acercaron a ver el bebé, estaba muy gordito y tenía las mejillas sonrojadas.

-¿Cómo se llama? –Preguntó una de ellas sonriendo.

-Se llama Luis. –Contestó la chica mirando con amor a su hijo. Jamás creyó que fuera tan bonito ser madre, aunque fuera sola, como a ella le había tocado.

Las niñas corrieron hacia las escaleras y se sentaron a comer unas chucherías. Ella se sentó en un banco, colocó el carrito a su lado y respiró el aire fresco de principios de octubre. Por suerte, ella se había quedado legalmente con el niño, al demostrar que era hijo de su marido, ya nadie lo separaría jamás de él. Miró el reloj, eran las cinco y media de la tarde, justo la hora en la que había quedado con David, el chico quería ir al pueblo, tenía que contarle unas cosas e ir a casa de Santiago a contarle algo muy relevante. Una mano se posó en su hombro, se giró y puso observar que era él.

-Hola David. ¿Cómo estás? –Preguntó la chica mientras le daba dos besos. Lo miró de arriba abajo, llevaba unos vaqueros claros y una camisa azul celeste, tenía la melena más larga que de costumbre.

-Estoy bien, de vuelta al trabajo. Por fin el médico me ha dado el alta por lo del accidente que tuve, tengo tantas ganas de contarles a todos la teoría que estoy formando en mi cabeza sobre el caso del niño Suárez… -Dijo el chico mientras miraba con sus ojos chispeantes a Corina.

-¿Una teoría? –Preguntó incrédula.

-Sí, llevo al menos dos meses pensando en algo. Una cosa que no sé si alguien había pensado, pero un día vi algo que me dejó mosqueado y a raíz de ahí he empezado a pensar cómo pudo pasar todo, pero sigue habiendo algo que se me escapa.

-¿Has hablado más con Teresa?

-Sí, iba a verla a medida que me dejaban las visitas y bueno, cada día estoy más seguro que ella no tuvo nada que ver con todo eso. Está muy preocupada por su hija Alejandra, cree que no está bien con su padre.

-¿Por qué no? Yo la tengo en clase y la niña va limpia y aseada a clase y se ve que es feliz.

-Sí, pero ella cree que necesita de su madre, como es lógico.

-Sí, eso sí. Por cierto, ¿cómo sigue Pablo? –Dos mujeres pasaron paseando con sus bastones y los saludaron, hacía muy buena tarde.

-Pablo exactamente igual, los médicos ya nos dijeron que no creían que saliera del estado en el que se encontraba.

-Cambiando de tema, ¿la teoría que estás procesando en tu mente puedo saberla yo? –La chica le sonrió y su fila de dientes blancos y en perfecto orden se dejaron ver.

-Todavía no. Necesito comprobar ciertas cosas. –Corina le hizo un mohín.

-Vale, pero quiero saberlo lo antes posible.

-Depende del tiempo que tarde en averiguarlo. –Rio el chico.

Desde que Luis había fallecido, Corina se quedó muy sola, necesitaba de la ayuda de alguien y David se la cedió. Él fue su confidente, el único que sabía toda la verdad sobre el niño, él le había prometido que jamás saldría aquello de su boca y durante los dos meses que habían pasado, entre él y el pequeño había surgido algo muy bonito, cada vez que iba a verlo le llevaba algún tipo de regalo y lo consentía mucho.

-Tengo que irme, voy a ver a Santiago.

-¿No se iba a ir fuera? Eso nos dijo la última vez que lo vimos.

-Sí, eso nos dijo, pero por lo visto ha retardado su viaje.

David se levantó y se despidió de los dos, dirigiéndose a casa de Santiago. Necesitaba comunicarle que se iba a reabrir el caso de su hijo, él había puesto en conocimiento de la justicia nuevas pruebas, que claramente hacían ver que no estaba tan claro que Teresa fuera la verdadera asesina y que, además, se había mentido sobre cómo había ocurrido el transcurso de los hechos. Ya estaba todo en proceso, pronto dejarían libre a Teresa y tendrían que volver a centrarse en buscar al verdadero culpable del crimen.

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