FE CIEGA. DÉCIMO CAPÍTULO.

**David acababa de llegar a casa después de una semana en el hospital tras haber despertado. Andaba torpemente aún, por los meses en cama que había estado, sin poner ni un pie, sus músculos se habían atrofiado. Iba en chándal, no era muy común encontrarlo así vestido, ya que siempre llevaba su impoluto uniforme.

Aún estaba en estado de shock con lo que Patricia le había contado. ¿Por qué quería Teresa ir a ver a aquel hombre? No entendían qué relación podía existir entre ellos, pero pronto lo sabrían. Él estaría dos días más en casa y, aunque estuviera de baja,  comenzaría a indagar en todo lo que no le cuadraba de aquel caso, que eran muchas cosas. También quería averiguar toda la verdad sobre la relación entre esas dos personas tan dispares y a ser posible, llegar al fondo del asunto. Iría a ver a Teresa a la cárcel y esperaba que ella le contara toda la verdad.

Se sentó en su cama, su madre le colocó las almohadas y Patricia comenzó a deshacer su pequeña maleta. Pepa entendió que debía dejarlos solos y se fue al salón con su marido.

-Patricia, ¿qué te pasa con mis padres? Desde que desperté noto algo extraño, pero no sé de qué se trata. –El chico se retorció en la cama intentando coger la mejor posición.

-No sé a qué te refieres, nuestra relación ha sido la misma. –Ella no levantó la vista del pantalón de pijama que estaba doblando. No podía comentarle aquella verdad de la que se había enterado sobre su vida, era algo que le pertenecía a su esfera privada y pertenecía a sus padres el comunicárselo.

-Noto miradas entre vosotros cuando habláis conmigo, es como si quisierais decirme algo pero no os atrevierais.

-Tranquilo David, no te va a sentar bien estar pensando en esas cosas, tan solo son imaginaciones tuyas.

-Yo sé que no. Que en algún momento me vais a decir algo, pero no sé aún de qué se trata.

En el salón se encontraban Pepa y Antonio. Sentados uno al lado del otro pero callados, totalmente en silencio. Solo se oía el reloj de pared, que marcaba las cuatro de la tarde y los pájaros cantado fuera. Eran conscientes que debían decirle toda la verdad a David, antes no lo pensaban tanto. Su vida era tan perfecta al lado de su hijo… pero ahora el chico había rozado la muerte con su propia mano y tenía derecho a saber la verdad, no tenían por qué ocultarle absolutamente nada, tenía que conocer a la familia Maldonado como sus abuelos.

El sonido de un coche rompió el silencio. Miraron hacia fuera y vieron el vehículo de Germán. Acababan de aparcarlo en la puerta de su casa. Pepa miró a su marido y suspiró.

-Creo que ha llegado el momento. –En su voz se podía notar el nerviosismo que sentía en esos momentos.

-Sí, pero él debe saber la verdad. Ha estado a punto de morir y nunca hemos sido conscientes de todo el mal que le hubiéramos hecho si él se hubiera ido sin conocer este secreto. –Pepa le sonrió levemente.

-Espero que cuando todo esto pase, puedas dejar de pensar en ella un poco.        –Le dijo cariñosamente a su marido.

-Sí, quizás he pensado en ella más de la cuenta porque este secreto no me dejaba vivir, me he distanciado de todos.

Se escuchó el timbre. Pepa respiró hondo y fue a abrir. Unas ideas temibles le comieron la cabeza cuando comenzó a pensar que quizás su hijo no la quisiera después de saber que le ha ocultado toda su vida que Sofía era su verdadera madre y ella tan solo su niñera, pero debía jugárselo todo.

-Hola querida. –Saludó Aurora, mientras entraba a la casa. Germán iba detrás de ella, los dos iban tan bien vestidos como siempre.

-Pasad, estáis en vuestra casa. –Antonio se levantó de su sillón y miró a los que durante un tiempo fueron sus suegros. Estaban muy mayores ya, rondaban los setenta años, pero al ver llevado una vida tan buena, parecían mucho más jóvenes.

-Después de todo lo que ha pasado, espero que entendáis por fin que queremos que David sepa que es nuestro nieto.

-Sí, lo hemos entendido y además no nos hubiéramos perdonado que él hubiera abandonado este mundo sin saber que Sofía era su madre.

-Ahora está con Patricia en su cuarto, pero en breve le diremos que bajen, creo que él podrá bajar las escaleras mejor que subirla vosotros. –Les dijo Pepa en tono jocoso al mirar los bastones de ellos dos.

-Sí, creo que será lo mejor. –Germán se acomodó en el sillón, esperando la llegada de su nieto.

**Santiago estaba preparando la maleta. Ya habían pasado más de tres meses desde que encontraron a su pequeño muerto. Lo quería mucho, pero lo había perdido para siempre. Ahora él tenía que rehacer su vida, volver a ser el mismo hombre que era hacía unos años. Tenía que irse lejos de aquel pueblo, esa era la única vía de escape que podía encontrar a todo lo que había ocurrido durante su vida.

Sacó la maleta y comenzó a meter todo tipo de cosas. Se iba a ir para siempre, allí nada lo ataba. Pondría la casa en venta y con suerte alguien la compraría. Luego él nunca volvería a poner los pies en aquel lugar que tan malos recuerdos le traía.

Cogió una foto de la mesita de noche. Él estaba con su hijo abrazado, los dos sonreían alegremente mientras el sol iluminaba sus caras. Entonces habló bajito y le pidió perdón a Víctor por haber sido tan mal padre. Se sentó en una butaca que había debajo de la ventana y comenzó a ojear un álbum de fotos que encontró. Había muchas fotos de su hijo cuando nació y más de cuando se fue haciendo mayor. Llegó a una parte, donde había fotos con su amigo Diego, ese gran amigo al que tanto había querido. Sin embargo sus mujeres nunca se llevaron bien y eso los distanció bastante, sus salidas ya no podían ser las mismas, cada uno cogió su rumbo y formó su familia. Ahora su mujer estaba condenada por el asesinato de su hijo y él la odiaba, la odiaba con todas sus fuerzas, ojalá se pudriera en aquella maldita prisión. Gracias a dios, ya estaba pagando todo el daño que le había hecho.

Se dirigió de nuevo a la maleta y siguió metiendo cosas en su interior, sumido en sus pensamientos más privados, en lo que era antes su vida, pensando en cómo podía haber acabado todo si algunas cosas no hubieran sucedido.

**Corina acababa de llegar de su casa, había ido a despedir a su hermano y su cuñada, le dio mucha pena que se marcharan pero no quedaba de otra, en el pueblo no tenían ninguna clase de futuro con los estudios que habían logrado obtener. Entró al salón y pudo ver a su marido tumbado en el sofá, con los ojos abiertos y la mirada perdida, se asustó mucho y se abalanzó sobre él.

-¡Luis! –Gritó la chica.

-Estoy bien, tranquila. –Él ni siquiera se inmutó.

-Me he asustado mucho, te he visto una expresión tan extraña en la cara…

-No mientas, no te has podido asustar porque tú ya no me quieres. Hace mucho que ni me miras.

-Tengo mis razones Luis, no me hagas sentir culpable, cuando aquí el único culpable de todo lo que está pasando eres tú. Si yo hubiera sabido cómo iba a acabar esto, jamás hubiera metido a Sara en casa. –La chica se quedó de pie en el umbral de la puerta.

-¡Todo lo que hago es por ti! Ahora no me entiendes, pero llegará el día en el que recordarás todo esto y pensaras que perdías el tiempo no estando junto a mí. Yo no soy culpable de nada, solo de quererte demasiado.

-Luis, por favor no me lo hagas más difícil. Sara está a dos semanas de dar a luz y no sabes ni las ganas que tengo que lo haga para que pueda marcharse de aquí. Ya tengo todos los papeles en orden en los que consta que nos va a dejar al niño con nosotros porque ella no puede mantenerlo y quiere que nosotros nos hagamos cargo de él.

-Me alegra que lo tengas todo preparado. Pronto el niño estará aquí y podrás ser realmente feliz junto a él.

-Y junto a ti también. –Dijo la chica en voz bajita.

Luis sonrió levemente y cerró los ojos. Corina se dirigió a su habitación, se puso las gafas y comenzó a leer un libro que compró el día anterior en una librería que habían abierto en Fuente Palmera. Ahora solo tocaba esperar dos semanas que seguramente, se les haría eternas.

**David bajó las escaleras con la ayuda de Patricia, iba con un pijama que ella mismo le había regalado, era rojo y de verano. Su melena estaba perfectamente peinada y se había afeitado. Parecía el mismo que era antes del accidente, aunque un poco más delgado. No le gustó mucho la idea de tener que bajar a ver a los jefes de su madre, no entendía el por qué ellos habían estado tanto tiempo a su lado mientras había estado en coma, como su chica le había contado y por qué ahora estaban allí de nuevo. Los saludó y se sentó en el sofá que había debajo de la ventana, era el más cómodo de toda la casa y en esos momentos él era lo que necesitaba. Patricia se sentó en una silla a su lado y bajó la mirada al suelo, entendió que la hora había llegado.

-Bueno, aquí me tenéis. –Dijo David sin saber que más decir.

-Hijo, tenemos que contarte algo muy importante. –Comenzó a explicarle Antonio. David quiso decir algo pero Patricia le apretó la mano en señal de que debía escuchar, él lo entendió y comprendió que por fin iba a enterarse de qué le estaban ocultando todos- En nuestra vida han pasado muchas cosas. Unas buenas y otras no tan buenas. Hace muchos años, ocurrió algo de lo que tú no estás informado y que creemos que ha llegado la hora que sepas.

-Papá, cuéntame ya lo que sea, pero no entiendo por qué Aurora y Germán tienen que estar presentes, es una reunión de familia, ¿no? –Los ancianos bajaron la mirada al suelo.

-Ellos tienen gran relevancia en toda esta historia. –Le informó Pepa.

-Como te estaba diciendo, esto es demasiado delicado y tenemos mucho miedo de que te enfades y no quieras saber más nada de nosotros. –David los miró extrañado y volvió a pasarse la mano por el pelo, eso lo caracterizaba en momentos de nervios.

-No creo que pueda ser tan malo como para que yo no quiera saber nada más de mis padres, los que me han criado.

-Verás, antes de conocer a Pepa, yo estuve con otra chica. Se llamaba Sofía y la quise mucho. Era la hija de Germán y Aurora. Murió cuando tú todavía no tenías un año de edad. Ella era una persona muy buena y todos nos llevamos un gran disgusto cuando se fue. Era muy amiga de Pepa también.

-Sí, pero no entiendo que tengo yo que saber sobre esa mujer. –David estaba muy cansado, demasiado.

-Sofía era tu madre. –Dijo Pepa sin pensarlo.

-¿Qué? –David abrió mucho los ojos y Patricia le apretó de nuevo la mano- ¿Tú lo sabías, verdad? –Le preguntó a la chica con los ojos llorosos.

-Sí, lo sabía, pero comprende que era algo que no me pertenecía a mí contarte, algo muy delicado. –Él asintió con la cabeza, fue la manera de hacerle saber que la entendía, que no pasaba nada.

Silencio.

-¿Cómo me habéis podido engañar durante tanto tiempo? –El chico comenzó a llorar y hundió la cabeza entre sus manos- ¡No entiendo nada! Si Sofía era mi madre, ¿quién eres tú? –Le preguntó a Pepa.

-Yo he sido tu madre durante todos estos años. Sofía quería que yo me hiciera cargo de ti, yo te quiero como a una madre. –La mujer comenzó a llorar también.

-No puedo creer lo que me estáis diciendo, ¿es una broma verdad? –El chico hablaba aceleradamente, como si no creyera nada de lo que le estaban contando.

-No es una broma, David. Y si me dejas, yo te contaré todo lo que pasó.              –Asintió, tenía los ojos llorosos y las mejillas encendidas. Aurora lo miró con ternura, también se le encendían las mejillas de esa forma cuando aún era un bebé.

Había pasado más de media hora cuando Antonio terminó de contarle toda la verdad. Su vida con Sofía, la muerte de ésta, su nuevo matrimonio con Josefa y cómo se apartó de aquel matrimonio de ancianos.

-Esto es demasiado para mí, necesito descansar y procesar todo lo que me habéis contado. Ahora entiendo por qué accedías a hacer todas las tareas ellos te mandaban, tenías miedo que me contaran que yo era su nieto, ¿verdad? –Le preguntó a Pepa, aun llorando.

-Sí, tenía mucho miedo. Durante todos estos años he vivido con ese terror dentro de mí, pero ellos nunca me dijeron que lo harían.

-Hemos callado todos estos años porque sabíamos que si intentábamos algo contigo, tu padre se encargaría de llevarte lejos. –Le contó Aurora.

-Jamás me imaginé nada de todo esto. Ahora necesito irme y pensar. –El chico se levantó y subió las escaleras. Patricia salió corriendo detrás de él.

Allí se quedaron los cuatro, en silencio y pensando la reacción de David. Quizás cuando lo hubiera pensado todo volviera a ser el chico de antes.

Cuando entró en la habitación se tumbó en la cama y Patricia echó la puerta con llave.

-Yo lo sé desde que tuviste el accidente, cuando ellos comenzaron a venir a verte al hospital.

-Lo sé, no te preocupes, pero no sé cómo han podido hacerme esto. –El chico se tapó los ojos con el brazo, comenzó a llorar levemente de nuevo.

-Eh, tranquilo… Ahora estoy yo aquí y quiero ayudarte. Ya sabes que te quiero mucho y ahora sí que puedo decir que estoy completamente enamorada de ti, después de saber que te he podido perder. –Patricia se sentó más cerca de él y él se quitó el brazo de la cara.

-Tengo tantas ganas de estar contigo… Pero no tengo fuerzas para hacer nada.            –El chico sonrió levemente.

-Tú no, pero yo sí.

Patricia se montó a horcajadas encima de él y comenzó a besarlo. Él no opuso resistencia.

**Los días pasaron lentos, para David ya nada volvería a ser igual con sus padres. Patricia le aconsejó que debía de seguir todo cómo hasta ahora había sido porque si le ocultaron algo así, fue por no hacerle daño. Además, tanto Pepa como Antonio lo adoraban y no querían verlo sufrir, por eso habían tapado un secreto así durante tanto tiempo.

Él estaba de baja en ese momento, pero no podía estar en casa. Había pasado una semana desde que había vuelto al mundo real y no había salido de casa, pero una charla la noche anterior con su chica lo había hecho comprender que no podía seguir en esa situación. Bajó a cenar con sus padres, aunque no intercambiaron muchas palabras, al menos pudieron hablar un poco y aclarar cosas que no habían quedado claras. Pepa le había pedido perdón miles de veces y él en el fondo la había perdonado, pero necesitaba tiempo. Tiempo para adecuarse a aquella situación tan extraña en la que sabía que tenía otra madre y dos abuelos que habían salido de la nada.

Salió del baño y se vistió. Todavía le costaba un poco hacer determinadas cosas, pero él era un chico fuerte y podía con todo. Se sentía un poco solo, en casa no había nadie, Patricia estaba trabajando y sus padres en el trabajo también. Se acercó a su mesilla de noche y sacó una foto y la apretó contra su pecho. Sus  lágrimas comenzaron a recorrer la piel de su rostro cuando vio a su verdadera madre. A decir verdad, no sentía el sentimiento que un hijo podía sentir por una madre, puesto que hacía muy poco que sabía de su existencia, pero había algo en la mirada de aquella mujer que le hacía saber que lo había querido mucho, más que a nada en el mundo. La apretó contra su pecho y suspiró. No pensaba devolverle aquella foto a su padre, la noche anterior cuando se la dio le pidió por favor que se la devolviera, ya que era la única foto que conservaba de ella, pero jamás lo haría, esa foto había pasado a sus manos y ahí debería quedarse.

Volvió a guardarla donde estaba y se miró al espejo. Al otro lado pudo ver a un chico alto, moreno y algo demacrado todavía, llevaba un chándal y zapatillas de deporte, ese día no estaba de servicio, solo llevaría su placa por si le hacía falta. Luego le contaría a Patricia todo lo que había averiguado sobre por qué Teresa quería ir a ver a aquel hombre, él seguía sin entender la relación que podía haber entre ellos.

**Sara entró en la cocina, dónde Corina estaba preparando la cena. Hacía mucho calor y quería un vaso de agua. Llevaban sin dirigirse la palabra más de dos meses, pero Corina creyó que era algo demasiado importante lo que tenía que decirle.

-Sara, tengo unos papeles para que los firmes. –La voz de la chica sonó seca y no siquiera la miró.

-¿Qué papeles? –Sara se sentó en una silla que había al lado de la mesita y comenzó a beberse el vaso de agua.

-Los que acreditan que cuando el bebé nazca lo vas a dejar a nuestro cargo, porque tú no vas a poder hacerte cargo de él.

-¿Quién ha dicho que yo vaya a firmar esos papeles? –Comenzó a reír con maldad.

-¿Perdona? –Corina se giró y la miró, no daba crédito a lo que estaba escuchando.

-Lo que has escuchado. Ahora que llevo casi nueve meses con mi hijo dentro de mí, no sé si quiero dejarlo con alguien a quién ni siquiera conozco.

-Sara, espero que estés bromeando. –La chica sintió un leve mareo y se agarró a la encimera.

-No es ninguna broma, lo  digo enserio. –Sus grandes ojos miraban a Corina fijamente.

-¿Sabe Luis lo que estás diciendo?

-No sabe nada, no veo porqué tendría que explicarle nada a él.

-Vamos a ver, hace cinco meses que te recogimos en nuestra casa, porque tú no podrías hacerte cargo de tu hijo y nos dijiste que lo dejarías a nuestro cargo. Me he pasado todo este tiempo comprando lo necesario para él, ¿y ahora me dices que no sabes si quieres dejar a tu hijo con nosotros?

-Exacto, has dado en el clavo. –Le dijo en tono arrogante.

Corina se acercó a ella lentamente y la agarró fuertemente por el brazo levantándola de la silla. Le acercó su cara a la suya y la miró fijamente a los ojos.

-Espero que nada de esto sea verdad, yo quiero a ese niño como si fuera mío y eso que va a salir de una alimaña como tú. –No levantó ni un ápice la voz.

-¡Suéltame, me haces daño! –Gritó Sara.

-¡No te suelto, eres una maldita! –Corina comenzó a zarandearla, estaba fuera de sí.

Sara comenzó a pegar voces, unas voces desesperadas pidiendo ayuda y Luis apareció corriendo por el pasillo y entró a la cocina. Allí se las encontró a las dos, mientras su esposa no dejaba de zarandear a Sara, se interpuso entre las dos y se quedó estupefacto cuando miró al suelo. Había un gran charco debajo de Sara, la chica había roto aguas. Luis la cogió en brazos y se la llevó al coche mientras Corina cogía una pequeña maleta que tenía con todas las cosas preparadas para el día de la llegada del bebé. Estaba muy nerviosa, tan nerviosa como si fuera ella quien fuera a dar a luz.

**David acababa de entrar en la cárcel dónde tenían a Teresa. Aquel era el día que le habían dado el permiso para salir, después de tres meses. Solo duraría dos horas, pero para aquella mujer, sería suficiente. Habló con la persona encargada de dejarlo pasar, enseñó su placa y no tuvo problema alguno.

Al entrar al cuarto dónde la tenían, faltaba tan solo media hora para salir hacia la clínica.

-Hola Teresa, soy David Parker, no sé si te acordarás de mí. Yo fui quién llevó la investigación de la muerte del niño, junto a Patricia. –Él le estrechó la mano y ella aceptó de mala gana. Estaba muy delgada, demasiado delgada y tenía unas ojeras terribles.

-Sé quién eres. Tú fuiste quién me metiste en todo esto siendo inocente. –Su voz sonaba firme.

-Yo solo hacía mi trabajo. Encontramos aquellas pruebas en tu casa, que te incriminaban directamente. Ya me han contado cómo ha transcurrido todo durante los meses que no he estado.

-¿Has estado fuera?

-No, tuve un accidente. Estuve en coma durante tres meses. –Le informó él.

-Ah, no sabía nada. Lo siento.

-¿Sigues alegando que eres inocente del asesinato? –Preguntó el chico mientras sentaba a su lado, en aquella pequeña y fría habitación de visitas.

-Siempre reafirmé mi inocencia. ¡Yo no soy culpable de lo que se me acusa! –La chica gritó levemente.

-Tranquila, yo te creo.

-¿De verdad? ¿Cómo que tú me crees?  -Teresa hablaba atropelladamente.

-He estado pensando y no veo por qué ibas a querer hacerle daño a un niño. Además, hay cosas que no me cuadran, he estado mirando la sentencia, los hechos que la motivaron y hay ciertas cosas que no termino de entender. Por eso he venido a verte.

-¿Me estás hablando en serio? –Preguntó con cautela. Sus ojos claros escrutaban a David.

-Totalmente en serio. Yo te voy a ayudar, pero quiero que me cuentes toda la verdad. Voy a llevar una investigación clandestina, nadie va a saber que lo estoy haciendo.

-¿Eso se puede hacer?

-Se puede reabrir un caso si se encuentran nuevas pruebas que puedan probar que la persona condenada no es la verdadera asesina, pero a mí me gustaría hacer esto por mi cuenta, con la ayuda de Patricia, mi novia.

-De verdad, no tengo palabras para agradecerles todo lo que van a hacer por mí, yo les juro que no soy una asesina, Víctor era íntimo amigo de mi  niña, se venía a casa a jugar, yo les ponía la merienda, jugaba con ellos ¿¡Cómo le iba a matar!? No sé quién puso esas pruebas en mi casa, incriminándome, pero le juro que yo no tuve nada que ver. Por muy mal que nos lleváramos Andrea y yo, él era una persona inocente, ajena a todo el pasado y jamás podría haberle tocado un pelo.

-Lo sé, y por eso te voy a ayudar, pero antes quiero que me aclares una cosa, que  no termino de entender, es más me quedé atónito cuando Patricia me contó que habías pedido un permiso para ir a verlo. ¿De qué os conocéis? –El chico se incorporó de la silla y la miró deseoso de saber toda la verdad.

-Pablo y yo tuvimos una relación, hace mucho tiempo. Él era una persona totalmente distinta a la que se había convertido de últimas. No era un drogadicto, yo creía que me quería… -La chica comenzó a llorar. David le extendió un pañuelo.

-¿Cómo te enteraste que había tenido un accidente y había quedado en estado vegetal?

-Me lo dijo Antonia, la secretaria de comisaría donde todavía estaba cuando pasó todo. No entiendo cómo pudo ocurrir ese accidente.

-Yo te lo puedo contar con detalle, yo fui quien recibió el golpe.

-¡¿Tú?! ¿Ese accidente es del que me has hablado?

-Sí, el mismo.

-No lo puedo creer, de ti no me dijeron nada.

-No pasa  nada, ahora quiero que me cuentes cómo fue todo.

En ese momento entró un policía para informarles que tenían que irse al hospital dónde estaba Pablo. Esposaron de nuevo a Teresa y junto a David se dirigieron a un coche patrulla que los llevaría al lugar indicado. Allí tendrían que aclarar muchas cosas.

**Luis no dejaba de dar vueltas por el pasillo, dentro del paritorio se encontraba Sara y Corina, ella había querido estar presente y él no se iba a oponer. Quería ver como nacería su hijo, para ella sería una experiencia preciosa, que jamás olvidaría. Miró el reloj, todavía era temprano y una enfermera le había dicho que siendo prematura podía tardar horas en tener al bebé. Se pasó la mano por el pelo y comenzó a pensar como lo haría todo. Estando el niño ya en el mundo, todo tendría que cambiar en su casa.

Se sobresaltó cuando alguien tocó su hombro.

-¿Luis Sánchez? –Preguntó el médico.

-Sí, soy yo. ¿Ya ha dado a luz Sara? –El chico sonaba acelerado.

-Sí, enhorabuena. Ha sido un niño, sano y fuerte. Ha pesado tres kilos y medio.

-Gracias, muchas gracias.

El médico se alejó sonriendo y él comenzó a dar vueltas de nuevo por el pasillo, esta vez más rápidamente, su mente estaba pensando a marchas forzadas. En ese momento apareció Corina, con los ojos llorosos. Luis se quedó parado al verla, en otras circunstancias la hubiera abrazado pero en la situación en la que estaban no consideraba que fuera lo más correcto. La chica lo abrazó dulcemente y posó la cabeza en su hombro.

-Ha sido tan bonito… -Susurró.

-Ya, me imagino. –Él comenzó a tocarle el pelo, la quería tanto…

-No me ha dejado coger al bebé. La están pasando a planta y se ha negado a que lo tenga entre mis brazos. –Se retiró y lo miró a los ojos. Echaba mucho de menos a su marido, pero él mismo se había encargado de que todo acabara entre ellos.

-No te preocupes. Habrá sido el momento, ese niño es tuyo y nadie te lo quitará cariño.

-Tengo el presentimiento que cuando esté recuperada se marchará, ella y el niño. –Comenzó a llorar.

-No, no digas eso. El bebé es tuyo, yo te prometí que tendrías un hijo y así ha sido.

-No lo sé…

Una enfermera los informó de que la chica y el bebé ya estaban en planta, le dieron la habitación en el que se encontraban y ellos corrieron a conocer a su hijo. Ese niño al que tanto querían si ni si quiera ser suyo, pero Corina tenía una sed tan grande de ser madre que daría lo que fuera por ese bebé.

**Diego se sentía solo, muy solo en aquella gran casa. Su hija estaba todo el día con él desde que Teresa estaba presa.

Se sentó en el sofá y cerró los ojos. Alejandra se había quedado en su cuarto haciendo un puzle y él no podía dejar de pensar en aquella persona. Se levantó decidido y fue al patio. Allí tenían una pequeña habitación. Entró y se sentó en una hamaca. Tenía que cerrar aquella habitación con llave. Su hija jamás debería entrar en ella, era muy pequeña aún para entender. Ojalá ella no sufriera todo lo que él había sufrido, solo le pedía eso a dios, Alejandra era la niña de sus ojos y no podría soportar el verla sufrir por nada del mundo.

Sus pensamientos giraron en torno al amigo de su mujer. Ahora estaba en estado vegetal y jamás podría decir nada del gran secreto que conocía acerca de su pasado. Si ese secreto salía a la luz, tendría que marcharse para siempre de aquel pueblo, la gente comenzaría a pensar y quizás sus pensamientos no lo llevarían a buen puerto.

-¡Papá! –La voz de la niña lo sobresaltó.

-¡Ya voy mi amor! –Se levantó de un salto de la hamaca y salió de la habitación, habiéndola cerrado con llave.

**Teresa iba esposada, aunque la habían dejado ponerse su ropa y quitarse la de presidiaria. David iba a su lado y ella desde que se enteró que quería ayudarla, no quería que se separara de su lado. Entraron en el hospital y se dirigieron a la habitación donde se encontraba Pablo. Cuando iba a entrar, ella pidió que David entrara también, así podría contarle varías cosas que podrían servirle para la investigación que quería llevar a cabo.

La habitación olía a desinfectantes y al verlo en aquella cama, se tapó la cara con las manos y comenzó a sollozar. No podía creer que estuviera en aquel lugar, ella lo había querido con toda su alma, pero él le hizo daño, mucho daño. Aun así no podía dejar de dolerle verlo en aquel lugar, tan indefenso y lleno de tubos por todos lados.

Se acercó lentamente a la cama y se sentó en una esquinita. David cerró la puerta a sus espaldas y se sentó en una butaca que había justo al lado.

-¿Te duele verlo así? –Preguntó el chico.

-Mucho, no te imaginas cuánto.

-Pero no entiendo cual es vuestra relación.

-Yo he querido que estés aquí porque quiero aprovechar esta visita para contarte muchas cosas. –La chica cogió a Pablo de la mano y las apretó muy fuerte, con la esperanza de que despertara. David intentaba mirarlo lo menos posible, él no podía olvidar que esa persona que estaba en cama había maltratado a la única mujer que había querido en toda su vida.

-Pues aquí estoy, puedes contarme todo lo que quieras, pero solo tenemos una hora.

-Sí, seré breve. Todo comenzó hace casi diez años. Conocí a Pablo por casualidad, era un chico tan guapo, tan atractivo… Me decía muchas cosas bonitas, con las cuales me derretía, enseguida comenzamos algo parecido a una relación, pero había algo por lo que siempre teníamos que estar escondidos, su novia. –Teresa se secó las lágrimas con un pañuelo y el chico se quedó mirándola, era una mujer bastante bonita pero tanto sufrimiento estaba acabando con ella. Juraría que había arrugas en su cara que no tenía hacía tan solo cuatro meses- La persona que se interponía entre nosotras, no resultó ser otra que Andrea, la madre de Víctor. Aun así a mí no me importaba ser la amante, me había enamorado de él como una tonta, él me trataba como una reina, siempre a escondidas, pero no nos quedaba de otra. Fueron muchas las ocasiones en las que nos vimos así, pero un día, meses después, Andrea nos descubrió. Ella montó en cólera y se me abalanzó. Aquella misma noche yo me había enterado por boca de Pablo que ella estaba embarazada, de casi cuatro meses. No podía creerlo, sabía que la otra era yo, que no tenía nada que recriminarle, pero ¡le quería! Y me dolía muchísimo, más de lo que yo misma podía imaginarme. Cuando se dio cuenta que estábamos juntos en aquel lugar, parecía otra persona, podía ver la furia en sus ojos, se me echó encima y yo me defendí. Todo acabó trágicamente cuando ella tuvo un aborto, pero yo salí libre de cargos sobre ese tema.

-¿Qué ocurrió luego? –El chico estaba expectante. Teresa no dejaba de acariciar la cara de Pablo, en ella todavía quedaba algún sentimiento hacia aquel hombre.

-Él desapareció y justo después de salir libre conocí a Diego. Él también venía de una relación imposible, según él me contó, y decidimos comenzar a salir juntos.

-¿Cuándo volvió Pablo?

-Volvió varios años después. Me contó que había estado en Madrid, trabajando como camarero todo ese tiempo, que desapareció porque no le quedaba otro remedio, no podía escoger entre Andrea o yo.

-Pero, cuando él volvió, tanto Andrea como tú ya teníais vuestros respectivos maridos, ¿no es verdad?

-Sí, yo, como ya te he dicho, ya había conocido a Diego y tardamos año y medio en casarnos. Entre tanto, un día me presentó a un gran amigo suyo, Santiago, el padre de Víctor, que por cosas del destino, estaba saliendo con Andrea. Nosotras no podíamos ni siquiera fingir por nuestras parejas que podíamos tener una relación de cordialidad, aunque no puedo negarte que me hubiera gustado emprender una amistad con ella, ya que siempre me sentiré culpable por el niño que perdió.

-¿Cómo volviste a tener relación con Pablo?

-Un día volvió y vino a mi casa, por lo visto estaba conociendo a una chica que era policía. –David se removió en el asiento, era su Patricia- Todo parecía irle de maravilla y comenzó a frecuentar mi casa.

-¿Tu marido veía normal que un ex novio tuyo estuviera visitándote en casa?

-No sé, yo no veía nada raro. Al principio es verdad que Diego se mostraba reticente hacía él, pero luego no sé qué le ocurrió, que de esa actitud que tenía hacia Pablo, pasó a una sumisión total hacia él. Le pregunté mil veces, porque me parecía realmente extraño por su parte ser tan sumiso a todo lo que Pablo le decía, pero él me dijo que no le pasaba nada, que tan solo había comenzado a caerle bien.

-¿No te pareció raro el cambio en Diego?

-Sí, como ya te he dicho. Pero luego me di cuenta que la sumisión fue a más, Diego hacía todo lo que Pablo le pedía y yo no entendía nada. Te voy a ser franca, yo un tiempo después de que él regresara, comenzamos a tener una relación clandestina. Cuando mi marido no estaba, pasábamos todo el tiempo que podíamos juntos, hacíamos el amor… -Comenzó a llorar de nuevo.

-¿Le fuiste infiel a Diego? –El chico la miró sorprendido.

-Sí, a él le daba igual. Yo creo que lo sabía, pero nos seguía el juego. Yo accedí a serle infiel a mi esposo por dos razones, la principal porque no había terminado de olvidarle, quería a mi esposo, pero lo de él era demasiado fuerte, como una cuenta pendiente del pasado. Y también porque quería sacarle cierta información, la cual no fui capaz de saber nunca.

-¿Qué información? –David se levantó y se dirigió a la ventana, no podía estar tan cerca de aquella persona, una persona que había atentado contra su vida y también le había hecho mucho daño a su novia.

-Él me dijo que sabía un gran secreto de Diego. Yo sospecho que por eso Diego era tan sumiso con él, porque no quería que, fuera lo que fuere, se supiera.

-Pero, ¿qué clase de secreto puede tener Diego?

-No lo sé, eso me gustaría saber a mí, por lo que me decía Pablo, era demasiado importante y el miedo de que aquello saliera a la luz lo carcomía por dentro.

-Se acerca la hora de irnos. –Le informó el chico y ella se abrazó a Pablo.

-Quiero contarte algo que considero que es muy importante.

-Dime, aún quedan unos minutos.

-David, cuando Víctor desapareció, yo sé que estaba muy nerviosa cuando veníais a casa, no quería por nada del mundo que pusierais los pies allí y eso quizás podía hacer pensar que yo tenía algo que ver sobre todo ese asunto.

-Sí, lo recuerdo. Siempre estabas muy nerviosa. ¿Qué ocurría? Porque según tú no tienes nada que ver con la desaparición y el asesinato del niño.

-Y no tengo nada que ver, por eso quiero contarte que me pasaba todos aquellos días, porque estaba tan nerviosa con vuestra presencia.

-Soy todo oídos. –Le dijo el chico mientras se volvía a sentar en el sillón.

-Cuando Diego comenzó con su sumisión ante Pablo, éste nos pidió un favor, un favor demasiado delicado. Al principio yo no quería, me parecía algo arriesgado, pero Diego con tal de que Pablo no revelara su secreto accedió y yo no pude hacer otra cosa.

-¿Qué favor era ese?

-Nos pidió que le guardáramos en casa una fuerte cantidad de droga. Yo no quería, pero Diego estaba ciego y le habilitó la habitación del fondo para que lo escondiera todo. Vivía con el alma en vilo, rezándole a Dios para que no vinierais a casa y no encontrarais todo lo que había escondido en aquella habitación. Por aquel entonces, Pablo ya se había convertido en un drogadicto y también vendía grandes cantidades de droga a sus amistades.

-¿Qué ocurrió luego?

-Cuando comenzasteis a venir a mi casa por el tema de Víctor, yo le exigí que tenían que sacar todo aquello de mi casa, y así fue, él se lo llevó. Hasta donde sé todo eso está escondido en su casa, me lo comentó un día que nos vimos.

-¿Ustedes tuvisteis algo que ver en la venta de la droga?

-¡No! Solo le dejamos la habitación para que lo guardara todo, pero no tuvimos nada que ver en la venta.

-¿Crees que Diego tuvo algo que ver con la muerte del niño? Alguien tuvo que poner sus cosas entre las tuyas y el anillo en el lugar del crimen.

-¡Él no ha tenido nada que ver! Es un buen hombre, quiere a su hija y me quiere a mí. Por nada del mundo podría hacer algo así, ni hacerle daño a un niño indefenso.

-Teresa, quien puso las cosas en tu casa, tenía que tener acceso a ella. Nadie ajeno a la misma podía haber entrado y haber dejado las cosas allí, ni haberse robado tu anillo.

-No lo sé. Yo solo te juro que no tuve nada que ver en todo eso.

-¿Seguro? –La miró con desconfianza esta vez.

-Estoy totalmente segura de lo que te digo. ¡Yo no le hice nada a ese pequeño!

-Está bien, te creo. A partir de mañana comenzaré a investigar ciertas cosas que creo que no se han tenido en cuenta antes.

La visita acabó y Teresa se despidió de Pablo, sabiendo que jamás volvería a verlo, pero algo comenzó a rondar por su cabeza. Estaba totalmente segura que ella no había tenido nada que ver con todo el tema del asesinato del niño, si como David decía, quien puso todas las pertenencias del pequeño en su casa, tenía libre acceso a su casa, quizás hubiera sido Pablo. A su casa solo podría entrar su marido y él, teniendo libre acceso. Si aquello era así, de alguna manera se sabría.

**Cuando Corina salió de la habitación donde se encontraba su hijo estaba muy decaída. Sara no dejaba coger al bebé y estaba completamente segura de que no le dejaría al niño a su cuidado. Quizás durante todos los meses de embarazo, Sara había comenzado a querer a su hijo y ahora todos los sueños que se había formado en su corazón se iban a desvanecer. Había llamado a sus padres para ponerlos al día de todo y ahora se dirigía a casa a darse una ducha y a traer la ropa del niño y de Sara. Luis se quedaría con ellos en su ausencia.

Se fue al aparcamiento y allí vio a una figura que le resultaba familiar. Cuando se dio cuenta de quién era se acercó a él y le tocó el hombro.

-¿David? –Preguntó la chica.

-Hola Corina, ¡cuánto tiempo! ¿Cómo estás? –David se giró y se alegró mucho de ver a la chica.

-Bien, me alegro mucho que estés recuperado, hasta donde yo sabía estabas en coma.

-Sí, pero por fin salí de ese estado. ¿Qué haces tú por aquí?

-Estoy en el materno infantil con Sara, la prima de mi esposo. Ha tenido un bebé.   –Miró al suelo.

-Me alegro mucho, yo he venido con Teresa, le han dado un permiso para ver a un paciente.

-Ya, al final la condenaron. Creyeron oportuno que, las pruebas que tenían, eran las suficientes para condenarla.

-Sí, pero veo muchas lagunas en este tema Corina. Creo que hay muchos puntos que no se han tenido en cuenta y ahora sé muchas cosas nuevas acerca de esa chica y no creo que ella fuera la asesina.

-Pero entonces, ¿cómo llegaron las pruebas a su casa? –La chica se echó sobre un coche, estaba bastante cansada.

-Eso es lo que no sabemos. –En ese momento llamaron al chico desde el coche patrulla, tenían que marcharse, el tiempo de visita había acabado- Me tengo que ir, tengo el coche en la cárcel y tengo que llegar hasta allí. Tengo que ir al pueblo a hacer algunas comprobaciones, si te parece bien podíamos quedar.

-Sí, claro. Me gustaría mucho ayudarte a indagar en el tema.

-Pues entonces no hablemos más, mañana a las cuatro te veo en tu casa.

-Perfecto, si ocurre algo que me impida estar yo te aviso.

Se despidieron con dos ligeros besos y el chico desapareció en la oscuridad de aquel frio aparcamiento. La había dejado con muchas dudas, ¿Qué sería lo que había averiguado sobre Teresa? Se montó en su coche, esa noche dormiría con Sara en el hospital y tenía que preparar muchas cosas antes.

**Abrió los ojos levemente, se sentía mareada y fuera de sí. No recordaba la última vez que había estado más de media hora consciente. ¿Por qué le estaban haciendo aquello? Necesitaba salir de allí y buscar a su hijo. No podía ver nada, todo estaba oscuro, se removió en lo que parecía una cama y se hizo un ovillo. En ese momento escuchó la puerta y se estremeció, no quería volver a dormir, necesitaba estar en sus cabales para buscar a su pequeño. Durante esos cuatro meses había pasado gran parte de tiempo con él, hasta que los separaron. ¿Qué habría sido de él? ¡Quería saber algo ya!

Comenzó a gritar cuando notó que alguien la tocaba.

            -¡Déjame en paz, no me toques! –Andrea se removió en la cama.

            -Cállate, será  mejor para ti.

            -¿Dónde está mi hijo? ¿Qué le habéis hecho? ¡Él no tiene la culpa de nada!

            -Tu hijo está donde debió estar siempre.

Quería llorar, había entendido hasta donde podía llegar la maldad de las personas, pero notó un pinchazo y seguidamente un sueño pesado acabó con su estado. Todo se volvió oscuridad, una oscuridad bonita, donde aparecía la cara de su niño, sonriéndole.

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Un comentario en “FE CIEGA. DÉCIMO CAPÍTULO.

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