FE CIEGA. NOVENO CAPÍTULO.

10 de Abril. Veintiocho años antes:

Sofía se tomó el día libre para estar con su hijo. Decidió ir a casa de sus padres, ya que llevaba mucho tiempo sin visitarlos. Pepa arregló al niño, que comenzaba a dar sus primeros pasos y se pusieron rumbo al lugar indicado.

Al llegar, Josefa se quedó jugando con el niño en una habitación contigua a donde estaba Sofía con su madre tomando café. Comenzaron a jugar sentados en una alfombra en el suelo, haciendo un puzle de unas gran piezas. El pequeño parecía estar encantado, no dejaba de sonreír y emitir los típicos chillidos de bebés. Ella lo miraba y sabía que lo quería más que a su vida. Ese niño se había transformado en todo lo que le hacía falta para vivir, le había dado sentido a todo. Le acarició suavemente el rostro  mientras él estaba muy atareado intentado poner una pieza. Entonces escucho a Sofía hablar con su madre y se levantó lentamente de la alfombra y pegó la oreja a la puerta.

            -¿Cómo está realizando Josefa su trabajo? –Preguntaba su madre a Sofía.

            -Muy bien mamá, quiere muchísimo a mi pequeño y eso es lo que yo buscaba. Alguien que en mi ausencia pudiera darle todo el amor de madre que yo por causas de trabajo no puedo. –La chica cogió su taza de té y le dio un sorbo.

            -¿Cómo van las cosas con Antonio?

            -No van mal, pero hace algún tiempo que lo noto distante conmigo, no sé si quiere que Josefa esté en casa realmente. –En ese momento, la chica detrás de la puerta, se tapó la boca para que no se le escapara la risa, ¡Que su marido no quería que ella estuviera en casa! Entonces recordó los múltiples y apasionados encuentros que habían tenido Antonio y ella mientras el bebé dormía y Sofía trabajaba. Luego se arrepentía y decía que él solo quería a su mujer.

            -Serán imaginaciones tuyas, Sofía. Seguro que no le pasa nada.

            -Puede ser. Es que no entiendo el porqué, si el motivo es el que yo pienso, que no quiere que Josefa esté en casa, ella es muy buena con mi hijo, lo quiere muchísimo y yo lo veo.

            -Lo sé, yo también lo he notado, lo mira como si fuera su propia madre y eso es muy bueno para el pequeño. –La mujer se limpió levemente la boca con una servilleta a la vez que dejaba la taza de café encima de la mesita.

            -Yo estoy segura de Josefa, si algún día yo faltara me gustaría que mi hijo fuera cuidado para siempre por ella, sé que nadie lo podría cuidar con tanto cariño y amor. –Las palabras de Sofía hizo que Josefa se estremeciera al otro lado de la puerta. Si Sofía faltara, estaría encantada que ella se quedara con su niño y lo cuidara para toda la vida, además podría quedarse con su marido también, del que estaba locamente enamorada.

**Cuando David abrió los ojos por primera vez después del accidente, habían pasado tres meses. Tres largos meses en los que tanto sus padres como Patricia habían estado con el alma en vilo al lado de aquella cama de hospital. En ese momento solo su chica se encontraba sentada en el sillón de cuero marrón que había al lado de la ventana, llevaba un vestido fresco y la melena recogida en una larga cola de caballo. El chico la miró y se removió inquieto en la cama. Al sentirlo, Patricia se levantó corriendo y se puso a su lado, lo cogió de la mano y las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro cuando vio que por fin había abierto los ojos. Habían sido unos meses terroríficos, a sabiendas que podría no recuperarse, no salir de aquello. De alguna u otra manera, se sentía culpable, todo lo que había ocurrido había sido por su culpa, por haber dejado a Pablo, por haber intentado darse una oportunidad con del chico que le había robado el corazón por completo.

-Patricia… ¿Qué ha pasado? –Preguntó el chico en voz bajita. La voz no le salía del cuerpo, después de tres meses dormido. Comenzó a mover las manos lentamente, intentando volver a la vida real.

-¡David, por fin has despertado! –Gritó ella a la vez que lo abrazaba.

-¿Llevo mucho tiempo dormido? –Su voz sonaba dolida. En ese mismo instante recordó el trágico accidente. Cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza. ¿Qué habría sido de aquel desgraciado?

-Sí, por desgracia llevas tres meses en coma. –David apretó la mano de Patricia en señal de rabia.

-¿Cómo está él?

-Pablo acabó peor que tú. Quedó en estado vegetal y lo tienen en el hospital. Por suerte, a ti te fueron mejor las cosas, dentro de lo que cabe. Por fin has despertado, cosa que Pablo, según los médicos, nunca hará. –La chica acarició su rostro suavemente, recreándose en todos y cada uno de sus recovecos, apreciando sus preciosos ojos acaramelados, su nariz respingona, sus labios carnosos.

-¿Has ido a verle? –Patricia comenzó a ponerle bien los cojines que tenía a su espalda, quería incorporarse, pero no estaba muy segura si debía hacerlo sin que antes lo viera un médico.

-Sí, está muy mal. Pero ahora tengo que llamar a un médico que te revise, has estado mucho tiempo dormido y me imagino que tendrán que hacerte pruebas.

David le sonrió y la chica salió al pasillo a buscar un médico. En ese momento su mente volvió tres meses atrás. ¿Qué pasó con Teresa? ¿La habrían juzgado ya? ¿Cómo estaría Santiago? ¿Habría podido recuperarse aunque fuera un poco de la  muerte de su hijo? ¿Habría aparecido Andrea? Había una serie de preguntas que lo estaban atormentando cuando el médico entró en la habitación. Era un hombre de unos cincuenta años, canoso, delgado y muy alto.

-Parker, me alegro mucho que por fin hayas despertado. –Le dijo mientras miraba unos informes que tenía en una carpeta.

-Muchas gracias. –Se limitó a decir él.

-¿Recuerdas como sucedió todo? –El doctor Cabello comenzó a tomarle el pulso y a mirarle los ojos.

-Sí, yo iba para el pueblo a hablar con una persona sobre una investigación que teníamos entre manos y Patricia me llamó para decirme que Pablo me estaba persiguiendo con el coche. Hizo un adelantamiento muy peligroso, aunque por suerte no venía nadie en ese momento por la carretera, luego se metió por un camino y lo perdí de vista. Se lo dije a mi chica, que seguramente se habría arrepentido de hacerme daño, pero hubo un momento en el que me despisté y cuando me quise dar cuenta venía de frente, en mi busca. Tras eso no recuerdo nada más, solo lo que ha pasado ahora, después de despertarme. –El médico asintió mientras lo escrutaba.

-Has tenido bastante suerte, no sé si sabrás cómo está el chico que se te abalanzó encima con el coche.

-Sí, me lo ha dicho Patricia.

-Él nunca más va a poder atentar contra la vida de nadie, puesto que está vegetal en una cama. Tuvo numerosos daños cerebrales que le hicieron pasar al estado en el que está ahora y nunca podemos decir que estemos seguros de algo, porque la vida humana es un misterio por resolver, pero dudo mucho que ese chico salga de ese estado en el que se encuentra.

-¿Y mis padres? –David comenzó a ponerse bien el pelo, era un gesto muy frecuente en él.

-Han ido a llevar a Aurora y Germán a su casa, han venido a visitarte esta mañana, ahora mismo los voy a llamar para que vengan rápidamente. –Patricia cogió el teléfono mientras el doctor Cabello salía por la puerta.

-¿Aurora y Germán? –Preguntó el chico extrañado- Pero si yo jamás he tenido relación con ellos.

-Lo sé, pero entiende que tu madre trabaja allí desde hace muchísimos años y tienen la obligación de venir a ver cómo estás. Aunque, la verdad, no creo que vinieran por obligación, ellos estaban muy afectados de verte así.

-Bueno, hablaré con mi madre.

El chico se estirazó levemente en la cama, sus músculos estaban atrofiados del tiempo sin haberlos utilizado y Patricia salió por la puerta para ponerse en contacto con sus suegros. Ya sabía el secreto del padre de David, un día mientras ellos discutían, ella fue a la cocina y justo en el momento en el que Pepa le reprochaba todo tipo de cosas a su marido, Patricia pasó por allí y se enteró de todo. Ellos dos se dieron cuenta y no le quedó otra alternativa que contarle lo que había ocurrido, ahora ella era parte de la familia y tenía que saberlo.

**Corina había terminado su jornada de trabajo como profesora de apoyo en el colegio para el periodo de verano. Después de todo aquél follón en el que se había visto involucrada, salió absuelta de todo cargo tras el juicio que se produjo poco después del accidente de David. Cuando todos los niños fueron recogidos por sus padres, se acercó al tablón de su clase, donde había fotos de sus alumnos. Allí seguía la de Víctor, sonriente entre sus compañeros. La envolvió un sentimiento de melancolía y sus ojos se llenaron de lágrimas, luego tocó dulcemente el rostro del niño, plasmado en aquella foto. ¿Qué se le habría pasado por la cabeza a Teresa para hacerle aquello? Todo se había resuelto al fin y ella había sido condenada.

Apagó el aire acondicionado y bajó las persianas del aula. Cuando volvía a casa vio a Marta, una amiga suya de la infancia con su bebé en brazos, tenía tan solo cinco meses y era un niño adorable. ¡Cómo le gustaría tener uno así para ella! Pensó el Luis y en Sara. Hacía meses que no tenía relación conyugal con él, cada día estaba más convencida de que estaban juntos, pero no podía afirmarlo así como así, necesitaba pruebas y no las tenía. Veía cosas, cosas que sabía que se traducían una infidelidad en toda su cara, pero no podía dejarlo, se moría de ganas de tener a aquel niño en brazos. Por otro lado, Sara se había transformado, de la chica dulce que era al principio en una altanera y maleducada como lo era ahora. Hacía lo que quería en su casa y Corina se tenía que morder la lengua para no echarla. Se encerraba en su cuarto y lloraba sin parar por no poder ponerla de patitas en la calle, pensaba en aquel bebé que llevaba en el vientre y no podía ¡No podía! ¡Tenía que luchar por él! Ella sabía que Sara no se haría cargo de él y tenía que ser fuerte durante todos aquellos meses para poder tener al bebé junto a ella. Sara desaparecería después.

Al llegar a casa se encontró a Luis sentado en la cocina. Estaba pensativo con los dedos tamborileando sobre la mesa.

-Hola Luis, ¿por qué tan pensativo? –Pregunto ella mientras dejaba el bolso en la percha que había en la entrada.

-Estaba pensando.

-¿Se puede saber en qué? –Se acercó a la nevera y la abrió para servirse un vaso de agua.

-En ti. En todos los meses que llevamos sin tener ningún tipo de relación.

-Luis, como comprenderás, no puedo estar con alguien que sé perfectamente que está con otra persona aunque me lo niegues. ¡No soy tonta! –La chica elevó un poco la voz.

-Todo lo que hago lo hago por tu bien. –Dijo Luis con voz triste, luego se levantó y se encerró en el que ahora era su cuarto.

-¡Pues no me estás haciendo ningún bien! –Gritó Corina.

No podía entender que bien le estaba haciendo Luis con todo aquello, acostándose con aquella mujer en sus narices. Recordó la noche que llegó tarde de casa de su madre y los escuchó haciendo el amor cuando pasó por el pasillo. Después de ese día, su esposo durmió en otra habitación. No estaba dispuesta a soportar aquello ni un momento más y si seguía permitiendo la presencia de Sara en aquella casa era por una única y simple razón: El niño que llevaba en su vientre.

Se levantó resignada y se dirigió a su habitación, quería darse un baño antes de almorzar. Al pasar por delante de la habitación de la Sara miró hacia dentro y la vio tendida en la cama. Llevaba un pijama demasiado corto para su gusto y su gran barriga sobresalía por la cama. Solo le quedaba un mes para dar a luz. Se quedó mirándola fijamente, dormía plácidamente abrazada a la misma foto. ¿Qué habría en esa foto para que durmiera abrazada a ella todos los días? ¿Aclararía algo de su pasado? Se acercó lentamente a su cama e intentó coger el cuadro, pero Sara se movió, dándose la vuelta. Corina retrocedió y salió de la habitación, no tenía ganas de discusiones en ese momento.

**Teresa llevaba más de tres meses encerrada en aquella celda, en prisión. Había sido condenada por un juez por asesinato con alevosía, según las pruebas que habían encontrado en su casa y por lo que describía el informe de la autopsia del niño. Todo apuntaba a que ella era la verdadera asesina. Al estar todo tan claro, fue un procedimiento rápido en el que el abogado de Teresa no tuvo muchos argumentos en los que fundar su defensa. Ahora estaba lejos de su marido y de su hija Alejandra y la echaba muchísimo de menos. Y lo echaba de menos a él, a su amigo de toda la vida, a esa persona con la que tanto había vivido y al que tanto había querido en un pasado. Tenía que convencer a los policías para que la dejaran ir a verlo, lo echaba mucho de menos.

Se removió en su cama, aquella cama dura y fría que le habían asignado. Pensó en Andrea, hacía meses que no sabían nada de ella. Un dolor llegó a su corazón cuando recordó lo pasado hacía diez años. ¿Cómo pudo hacerle aquello? Todavía no lo entendía, ella estaba fuera de sí, no sabía lo que hacía cuando le propinó aquella brutal paliza. Luego él desapareció, por un tiempo, el tiempo suficiente para conocer a Diego y darse cuenta que podía ser algo más para alguien que la querida. ¡Y cómo eran las coincidencias de la vida! Justamente, con el paso de los meses, el mejor amigo de Diego le presentó a su chica ¡Resultando ser Andrea! Cuando la vio no lo podía creer, no sabía qué hacer, se limitó a mirar al suelo, sin decir una sola palabra. Jamás volvieron a hablar entre ellas, aunque no era una mentira que Teresa se moría por pedirle perdón para así poder dormir mejor por las noches, pero Andrea tenía un gran resentimiento dentro de sí y jamás podría perdonarla.

Unas lágrimas comenzaron a recorrerle el rostro, se sentía la persona más desdichada del mundo. ¿Cómo podía haber llegado a estar encerrada en aquella fría celda? ¿Qué estarían haciendo su marido y su hija en aquel momento? Le gustaría mucho saberlo, para así poder transportarse con ellos aunque solo fuera con sus pensamientos. Recordó entonces lo que su amigo le dijo acerca del secreto de Diego. ¿Qué secreto tan importante podría tener Diego sobre su pasado? Ahora jamás lo sabría.

**Patricia cogió a David de la mano, que estaba levemente dormido en aquella cama de hospital.

-Quiero irme a casa y ver a mis padres. –Dijo el chico en voz bajita.

-Ya los he avisado, se han ido para darse una ducha y muy pronto van a estar aquí. No te puedes ni imaginar lo contentos que están. –La chica comenzó a peinarle el cabello, que sin duda necesitaba un buen corte.

-Cuéntame que ha pasado durante estos tres meses que he estado inconsciente. Desde que me desperté no he podido dejar de pensar en qué habrá pasado con Teresa, Corina, Andrea, Diego, Santiago… Mi mente se quedó ahí y necesito aclarar cosas.

-Ya sabes que el médico nos ha recomendado que no te alteres y que por ahora es mejor no hablar de ese tipo de cosas. –La voz de Patricia sonaba relajada.

-Por favor, dime todo lo que ha pasado. Nadie tiene por qué saber que me lo has contado, yo no se lo voy a decir al doctor Cabello. –Dijo él con una sonrisa pícara.

-Bueno, pero levemente y por encima. Cuando estés más recuperado te contaré todo con pelos y señales. ¿Entendido?

-Sí, cuéntame lo que creas necesario. –David la miraba expectante.

-Unos días después de tu accidente, cuando me pasaba las horas pegadas a tu cama esperando a que abrieras los ojos –Le comenzó a temblar la voz- recibí una llamada del forense que le estaba practicando la autopsia a Víctor. Claramente el niño había sido asesinado brutalmente, asfixiado con una cuerda, pero anteriormente había sido drogado con un medicamento muy fuerte. Nos comunicaron como se llamaba y nosotros nos pusimos en contacto con Diego y nos confirmó que en la botica de su casa había un bote como el que estábamos buscando, sin duda había sido Teresa quien se lo había suministrado en pequeñas dosis al niño. Con esa gran prueba y con las que ya teníamos como el anillo que se encontró en el lugar del crimen y el paraguas y el chubasquero que el niño tenía cuando desapareció, el juez consideró que debía ser condenada por asesinato con alevosía. Se le ha condenado a 25 años de cárcel.

-¿No ha sido todo muy rápido? –Preguntó el chico- Entiendo que con las pruebas que tenían era más que suficiente para probar que Teresa era la asesina, pero ¿sólo la han incriminado a ella sola en el asesinato? Yo siempre creí que tenía un cómplice.

-Se interrogó a Diego y junto con la prueba que tuvo aquél día de la asistencia de aquel curso en Sevilla, quedó libre de cargos. Además, Teresa juraba y perjuraba que su marido no había tenido nada que ver en todo aquello.

-Entonces indirectamente estaba diciendo que ella solita había realizado el crimen.

-Exacto. Eso fue lo que entendió el juez y eso junto con las pruebas, dieron como resultado el fallo de una sentencia condenatoria para Teresa.

-¿Su abogado no recurrió? –David cogió un vaso de agua de su mesita y le pegó un sorbo.

-No, no dijo de recurrir en ningún momento. Hizo todo lo que estuvo en sus manos, pero ha sido un caso muy complicado, había muchas pruebas en contra de Teresa, él no podía probar que ninguna de ellas fuera falsa.

-No sé, a mí hay algo que no me cuadra.

-¿Cómo qué? –La chica se sentó en el sillón que había a su lado.

-No estoy seguro, pero no creo que ella sola pudiera llevar a cabo todo eso de lo que la acusan. ¿Su marido nunca se dio cuenta de nada? Salidas, dónde tenía el niño secuestrado, una actitud rara…

-Sí, lo de la actitud rara nos lo dijo él un día que fuimos a su casa, que la veía rara, muy rara.

-¿Cómo pudo llevarse al niño de la calle a plena luz del día sin que nadie se diera cuenta?

-David, deja de pensar en eso, no estás bien aún y no tienes por qué estar pensando en algo que ya ha sido juzgado.

-Quiero que me cuentes cual fue el fundamento del fallo de la Sentencia. ¿Cómo cree el juez que ocurrieron los hechos?

-Falló basándose en las pruebas que tenía, que no eran pocas. Según él, Teresa estaba acechando al chico desde hacía algún tiempo. Ese día lo vio salir de casa y dirigirse a la tienda de chucherías, cuando salió lo llevó a su casa con la excusa de jugar con su hija Alejandra, luego lo llevó a algún sitio, el cual se desconoce, y lo estuvo drogando durante algunos días, hasta que se vio totalmente involucrada con todas las pruebas que se estaban reuniendo y la presión que estábamos ejerciendo sobre ellos cuando íbamos a verlos a su casa. Entonces tuvo que asesinarlo y deshacerse del cuerpo y que mejor que en un campo no muy lejano para que no tardaran en encontrarlo.

-¿Por qué iba a querer Teresa matar a un ser indefenso? ¿Qué motivos iba a tener?  -David parecía haber olvidado toda la historia de su pasado.

-Para hacerle daño a Andrea, no sé si recordarás lo que ocurrió entre ellas.          –Patricia se estaba agobiando un poco con tantas preguntas.

-Sí, lo recuerdo perfectamente. Por cierto, ¿se sabe algo de Andrea?

-Nada. El juez intentó sonsacar a Teresa por qué estaba completamente seguro que ella había tenido algo que ver con la desaparición de esa mujer, pero no dijo nada, absolutamente nada.

-No sé qué me pasa. Antes de tener el accidente, yo veía igual de claro que tú y que todo el mundo con las pruebas que teníamos que Teresa era la verdadera asesina, pero ahora no. Ahora no me cuadran las cosas.

-No sé a qué te refieres David, pero no es bueno para ti que estés pensando en esas cosas ahora. –La chica le rozó las mejillas suavemente.

-Cuando salga de aquí tengo averiguar más cosas por mi cuenta. Creo que se está cometiendo un grave error en este caso y que está pagando alguien que no debe pagar.

-Por favor David, deja las cosas como están, no te involucres en algo que ya está resuelto. Tú siempre creíste en lo evidente, en lo que las pruebas nos revelaban sobre esa chica.

-Pero ahora no, quizás lo tengamos todo delante de nuestras narices y no nos estamos dando cuenta.

-A ver, si no fue Teresa, ¿cómo llegaron a existir todas esas pruebas que tenemos en su contra?

-Quizás alguien labrara un plan, un plan para inculparla.

-¡Quién va a hacer eso! ¡Hubiera cometido algún fallo! No es posible que todo saliera tan perfecto sin que algo ocurriera que delatara a quién le quisiera hacer eso a Teresa.

-No confío en su marido, nunca me dio buena espina. –El chico hablaba mirando un punto fijo en el techo. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué después de estar tres meses dormido lo veía todo complemente distinto? Algo que era obvio.

-Descansa cariño, no quiero que te pongas peor. –Le acomodó bien la almohada en la espalda.

-Lo haré, pero no voy a dejar de pensar. Algo me hace creer que alguien está suelto por ahí, habiéndole desgraciado la vida a Teresa y al padre de Víctor, quitándole a su pequeño.

-Tranquilo, no pienses en nada más, por favor, no quiero que empeores, lo he pasado muy mal estos meses. –Patricia se sentó al borde de la cama y se abrazó a su torso. Él le comenzó a acariciar el pelo.

-¿Qué fue de Corina?

-Salió libre de toda culpa. Se pudo probar que no tuvo nada que ver con el anónimo.

-¿Se supo algo más sobre los anónimos que mandaban?

-Nada. El último fue el que nos mandaron a comisaría, donde nos decían que la chica no había tenido nada que ver.

-¿De verdad no se sabe nada de Andrea? Lleva más de cuatro meses desaparecida.

-Lo sé, pero no se ha sabido nada. Tampoco podemos buscar por ningún lado, puesto que no tenemos ni una mísera pista que nos diga que ha podido pasar con ella.

En ese momento sonó el teléfono móvil de Patricia. La chica se levantó para contestar y salió al pasillo. Mientras David se quedó procesando toda la información que su chica le había dado. Había algo en su interior que le hacía pensar que Teresa no era culpable de todo aquello, la recordaba de las veces que había estado en su casa, y podía ver en su mirada mucha pena y nerviosismo, pero jamás le vio un ápice de maldad. Quizás ella fuera la víctima de alguna persona, alguna persona que quisiera quitarla del medio por algún motivo, pero no lograba atar los cabos necesarios para solucionar el problema. Ahora tenía que pensar en ir a hablar con ella cuando se recuperase un poco, que le contara los hechos desde su punto de vista, y si después de eso, seguía tan convencido como lo estaba ahora de su inocencia, haría hasta lo imposible por buscar pruebas que demostrasen la inocencia de aquella chica y por supuesto, encontrar a quien había hecho aquel acto de maldad tan grande.

La chica entró por la puerta de nuevo. Su rostro reflejaba tensión.

-¿Quién te ha llamado?

-Era de comisaría. Antonia me ha comunicado que han llamado desde la prisión dónde está Teresa para comunicarnos que ha solicitado un permiso de visita a una persona, que supuestamente, y no entiendo por qué, es muy importante para ella. Y se lo han concedido.

-¿Quiere ver a Diego? –Preguntó el chico dubitativo.

-No, no es a él a quien quiere ver. Cuando te lo cuente te vas a quedar igual de sorprendido que yo. No encuentro qué relación puede haber entre ellos.

La puerta de la habitación se abrió, dando paso a los padres de David, completamente felices y pletóricos por el despertar de su hijo. El médico les había dicho que estaba totalmente recuperado, que en unos días podría volver a casa, pero que se había levantado haciendo muchas preguntas, ya que su mente se quedó en el momento del accidente. El chico sonrió al verlos, pero le hubiera gustado que tardaran diez minutos más para que Patricia pudiera contarle aquello tan importante para lo que la había llamado Antonia.

**Raúl estaba haciendo las maletas. Necesitaba salir del pueblo, buscarse la vida. Su época de estudiante ya había pasado y no podía seguir en casa de sus padres y visto que allí no había trabajo tenía que irse fuera. Le daba mucha pena, por dejarles allí, tanto a ellos como a su hermana Corina, que sabía que lo estaba pasando muy mal por culpa de su marido y la prima de éste. No lograba entender que fuerza podía tener esa mujer en casa de su hermana. Siempre que iba allí se hacía lo que ella quería y no solo era eso, había algo mucho más grave: su hermana sabía perfectamente de la infidelidad de su marido. ¡Pero era su prima! No terminaba de entender. Sabía que allí había gato encerrado, veía muy raro a su cuñado desde hacía unas semanas. Paseaba solo por el pueblo después de las jornadas de trabajo, cabizbajo y cada vez más demacrado y debilitado. Seguramente, todo lo que estaba pasando en su casa estaba haciendo mella en él, pero ¡era su culpa! Él mismo lo había visto hacía unos meses con esa mujer jugueteando en casa de su hermana mientras ella estaba detenida. Había algo que se le estaba escapando pero no lograba saber que era. Su hermana estaba hechizada con Sara, sabía todo el daño que le estaba haciendo a su matrimonio y en vez de echarla de casa, tanto a ella como a su marido, los dejaba quedarse allí y compraba cosas para el bebé que esa chica iba a tener dentro de poco.

Su madre llamó a la puerta de la habitación. Cuando abrió vio a su hijo sentado en la silla giratoria que tenía frente a la ventana, en la mesa del escritorio y la maleta ya hecha al lado de la puerta. Estaba muy pensativo, mirando fijamente el suelo.

-Raúl, tu novia acaba de llegar. Te está esperando en el salón y si no os dais prisa vais a perder el avión. –La mujer se acercó a la cama y se sentó en una esquinita, al lado de su hijo.

-Vale, no tardo mucho. –El chico se levantó de la silla y comenzó a cerrar una bolsa de mano que le estaba permitido llevar en el avión.

-Oye, ¿qué te ocurre? –Su madre lo cogió por el brazo y lo miró fijamente a los ojos.

-Nada mamá, solo estaba pensando en mi hermana y en la situación que tiene en su casa.

-No te preocupes por eso, ella sabe que nos va a tener siempre que lo necesite, pero es su casa y sólo podemos aconsejarla. Yo he hablado muchísimo con ella sobre el tema, Sara no me gusta en absoluto, la veo fría y altanera y no entiendo que vínculo tan fuerte puede tener con ella como para aguantarla de esa manera. Sé que es prima de Luis, pero aunque tengan ese parentesco, yo creo que no debería aguantar todo eso.               –Raúl pensó que sus padres no sabían lo de la infidelidad y creyó que así sería lo mejor.

-Bueno sí, pero es mi hermana y veo cómo la están ninguneando y no puedo soportarlo.

-Tranquilízate y piensa en tu viaje. ¿Estás seguro que quieres irte tan lejos?

-Solo son tres horas de avión, me voy a Bélgica, no a Laponia. –El chico sonrió levemente.

-Lo sé y tu padre y yo iremos a veros.

-Me alegro mucho que veáis en Blanca a una hija, ella os quiere mucho.

-Te mentiría si te dijera que al principio no pensé que por qué mi hijo se había tenido que fijar en ella, ya sabes que antes no era trigo limpio, pero ahora sé que es una buena chica, con el tiempo ha enmendado todos sus errores y ahora es alguien nueva. Nosotros sí creemos en ella.

-Al menos vosotros si lo hacéis. Gracias a dios, en el restaurante donde vamos a empezar a trabajar, le encontré un trabajo para ella. No podía dejarla aquí, su madre no le habla desde hace mucho y su hermana Nazaret tampoco, es una situación insostenible. No le perdonan todo lo que hizo en un pasado y tampoco comprenden que ha podido cambiar como lo ha hecho.

-Ellas se están perdiendo a su hija y quizás algún día se arrepientan de no haber creído en su cambio. –La mujer revoloteó el pelo de su hijo y le dio un leve abrazo.

Bajaron a la primera planta y allí estaba Blanca, sentada en uno de los sillones junto a su suegro, viendo algo en la televisión. Estaba realmente preciosa. Su pelo había crecido, le alcanzaba la altura de los hombros, su piel estaba más morena de costumbre y el vestido blanco que llevaba le realzaba mucho más el moreno. Lo estaba esperando con su sonrisa perfecta, a partir de ese día los dos comenzarían una nueva vida en Bruselas, lugar donde habían conseguido un trabajo. A partir de ese momento, todo tendría que ser felicidad, pero a Raúl le sería muy difícil quitarse de la cabeza a Corina, su hermana de alma.

12 de Abril. Veintiocho años antes:

El cielo lloraba. El pueblo estaba revolucionado, había muerto una persona muy querida. Era una pena, una chica tan joven, tan guapa y con todo un futuro por delante. Nadie podía explicarse que había podido pasar, ella era una de las chicas mejor posicionadas de Fuente Palmera, incluso tenía una mujer en casa que le cuidaba a su hijo las veinticuatro horas del día. Sofía Maldonado había muerto y nadie sabía que había ocurrido.

Aurora y Germán acababan de llegar a casa, justo después del entierro de su hija. Estaban totalmente destrozados, no sabían cómo podrían seguir adelante con el corazón hecho mil pedazos. Solo le quedaba David, él era el único recuerdo de su pequeña hija. Siempre la recordarían y siempre estarían en su corazón. Aurora cogió a su nieto del carrito y lo abrazó, era un bebé indefenso que sonreía sin saber que su madre hacía apenas una hora que había sido enterrada, esa madre que lo adoraba con locura. Se sentó en una mecedora, abrazó a su nieto fuerte y miró por la ventana. Germán estaba como ido, no pronunciaba ni una sola palabra y tampoco levantaba la mirada del suelo.

            -Antonio, ¿qué va a pasar con David ahora que mi hija no está? –Preguntó Aurora mientras se secaba las lágrimas que recorrían su rostro.

            -Seguiremos como estábamos antes. Viviremos en mi casa y Josefa se hará cargo de él las horas que yo trabaje y por supuesto podéis venir a verlo siempre que queráis. –El chico miró a Josefa, estaba muy triste por la pérdida de Sofía, se había convertido en su compañera de vida y amiga.

            -No me parece correcto. ¡Nosotros podemos hacernos cargo de él, mi hija así lo habría querido! –La mujer comenzó a gritar en su desesperación.

            -Entienda que es mi hijo, no puedo separarlo de mí. –La voz de Antonio era sosegada.

            -¡No quiero que os lo llevéis! –Aurora comenzó a gritar fuera de sí- ¡Es mi nieto, lo único que me queda de mi hija Sofía!

            -Deme a mi hijo y tranquilícese. –El chico se acercó para coger a su hijo en brazos.

            -¡No, él se queda con nosotros!

            -Aurora, no haga las cosas más difíciles. Entre Josefa y yo nos haremos cargo de él, estará bien. –Dijo mientras le arrancaba a su hijo de los brazos a su suegra.

            -¡Sí salís por esa puerta, no volvéis a entrar! Jamás veréis un duro de la herencia de mi hija, ni tú ni tu hijo. –La voz de la mujer ahora sonaba amenazante.

            -¿De verdad cree que en estos momentos me importa el dinero de la herencia de su hija? ¡No sabe cómo me duele que no esté con nosotros! –Antonio comenzó a llorar de rabia e impotencia.

            -¡Fuera, fuera de aquí! Iros y rehacer vuestra vida vosotros que podéis, yo me quedaré aquí pensando en mi hija todos los días que me queden de vida.            –Aurora se había tranquilizado un poco, se sentó en la mecedora y fijó la mirada en un punto, fuera de la ventana.

            -Está cometiendo un grave error, es su nieto, una criatura indefensa que no tiene la culpa de nada de lo que ha pasado.

No escuchó una sola palabra procedente de ninguno de sus suegros. ¿Cómo iban a quedarse ellos con David? Tenían que entender que él era su padre y que junto a Josefa podría criarlo perfectamente. En un tiempo seguramente se arrepentirían de todo lo que habían dicho sobre la herencia de su hija y el no querer ver a su nieto, pero Antonio estaba demasiado dolido, quizás más tarde fuera él quien no quisiera contactos.

Se montaron en el coche. Josefa se puso detrás con David.

            -No sabes cómo siento lo de Sofía, era tan joven… No entiendo que ha podido pasar.     –Le metió el chupe en la boca al bebé que estaba algo inquieto.

            -Un paro cardiaco, su corazón dejó de latir, fue así de simple. –Antonio sintió un dolor tan dentro de su corazón que supo que jamás sentiría algo parecido.

            -Jamás olvidaré cuando entré en el cuarto donde ella se dedicaba a coser en casa y la encontré tirada en el suelo… -La chica comenzó a llorar.

            -No pensemos más en eso, ella ya no está y tenemos que seguir adelante como sea.

            -Es curioso, pero justamente el día anterior a morir la escuché diciéndole a Aurora que si ella faltara, le gustaría que yo me hiciera cargo de David, que veía que lo quería como a un hijo. –Antonio la miró por el espejo retrovisor, era una chica guapa, con la cual le había sido infiel en más de una ocasión a su amada Sofía.

            -¿Eso dijo? –Volvió a poner la vista en la carretera.

            -Sí, quizás por eso se haya puesto así tu suegra.

            -¿Por qué?

            -Porque crea que le voy a quitar el puesto a su hija.

            -David necesita a una madre, ahora que la suya ya no está, pero eso no quiere decir que entre nosotros tenga que haber nada.

            -Quizás con el tiempo… -Comenzó a decir Josefa.

            -No sé, ya veremos lo que pasará entre nosotros. Ahora solo quiero que pase el tiempo y que me haga cicatrizar está herida que me ha dejado la muerte de Sofía. Aún no puedo creerlo, ha sido todo tan repentino.

Los dos quedaron callados hasta que llegaron a casa. Una vez allí siguieron la rutina de todos los días. Josefa bañó al pequeño y lo dejó dormido después de darle la comida, ella se acostó a su lado y le agarró su manita, la tocó suavemente y miró como dormía. Era tan indefenso… pero ella lo cuidaría para siempre, sería la madre que ya no tenía.

7 de Julio. Veintitrés años antes.

David cumplía seis años y toda su casa estaba llena de gente. Tenía muchos amigos y también estaban allí los padres de éstos. Se había convertido en un niño fuerte y alto, con su media melena morena ondeando al viento y sus ojos chispeantes de felicidad. Ahora vivían en Posadas, se mudaron cuando cumplió dos años de la muerte de Sofía. Allí nadie los conocía y podían emprender una nueva vida.

Con el paso del tiempo, Antonio le pidió a Josefa que se casara con él. No podía dejar de pensar en su esposa, pero pensó que quizás esa fuera la mejor manera de olvidar. Ella había demostrado ser una madre para su hijo y quererlo incondicionalmente y él también necesitaba una mujer a su lado que le hiciera compañía. Se mudaron para que nadie pudiera decirle a David que Josefa no era su madre. Ésta decidió abreviar su nombre y llamarse Pepa. Ya hacían casi cuatro años que ella y Antonio se habían casado, una ceremonia muy íntima, con apenas unos cuantos amigos.

Todo estaba preparado en el salón y Pepa fue a la cocina a por la tarta de su hijo. Cuando llegó un montón de niños la asaltaron, entre ellos David. Cantaron el cumpleaños feliz a su hijo y recibió los regalos que sus amigos les habían llevado.

Cuando todos se habían ido, la casa quedó silenciosa. Antonio se llevó al niño a la ducha y Pepa se quedó recogiendo. Miró el reloj y eran casi las nueve de la noche, aún era de día y entonces sonó el timbre. Antonio había dejado a su hijo metido en la bañera jugando con algo que un amigo suyo le había regalado. Pepa le pidió que abriera él la puerta, y éste se acercó. No podía creer lo que veían sus ojos. Eran los padres de Sofía.

            -¿Podemos pasar? –Preguntó Germán mientras miraba curiosamente el interior de la casa.

            -Sí, claro. –Antonio no sabía que decir, hacía tanto que no sabía nada de ellos…

            -Hemos venido porque no podemos estar más sin saber de David. –Dijo Aurora. Antonio les invitó a que se sentaran y fue a por unos refrescos. Pepa estaba en la cocina. Al salir, la reconocieron de inmediato.

            -Por lo que vemos, sigues cuidando de David. –Alegó Germán.

            -¿Cómo habéis averiguado donde vivimos? –Antonio se sentó en una butaca, al lado de Aurora.

            -Contactos que tenemos, nada más.

            -Bueno, David está bien. Hoy es su cumpleaños y lo ha celebrado aquí en casa con sus amigos. Ahora mismo está metido en la bañera, jugando. Quiero deciros antes de nada, que Pepa, no está aquí en calidad de niñera, ahora es mi esposa. Contrajimos matrimonio hace cuatro años. Ella adora a mi niño y yo la necesitaba a mi lado.

            -No sabíamos nada de eso. –La expresión de la cara de Germán cambió.

            -Queremos ver a nuestro nieto y decirle todo lo que lo echamos de menos.              –Aurora soltó su vaso encima de la mesa y se incorporó.

            -De eso tenemos que hablar. No he olvidado la manera en que nos echaron de su casa el día de la muerte de vuestra hija. Luego jamás os habéis interesado por mi hijo, hasta el día de hoy. Él tiene una vida hecha a mi lado y del de Pepa.

            -¿Cree que es su madre? –La voz del hombre era un suspiro.

            -Sí, cree que ella es su madre. Quizás se nos fue de las manos el no explicarle lo de Sofía, pero ya es demasiado tarde. Él tiene su vida hecha junto a nosotros y ahora no vamos a hacer que lo pase mal explicándolo todo. Es un niño feliz con la vida que tiene y así seguirá siendo.

            -No me parece justo. –Aurora miraba a Antonio por encima de sus gafas- Si él no sabe que Sofía es su madre, jamás sabrá que somos sus abuelos.

            -Por ahora es lo único que os puedo decir. Si aquel día no hubierais actuado de la manera que lo hicisteis, hoy en día tendríais a David con vosotros, pero soy su padre y no quiero que el niño sufra.

            -Pero de alguna manera tenemos que saber de él, ¡tenéis que entendernos!                 –Germán sonaba desesperado.

            -No nos importa iros informando de vez en cuando sobre cómo va la vida de David.

            -¿Y si Pepa comienza a trabajar en nuestra casa? Así podrá decirnos cómo está nuestro nieto y siempre estaremos en contacto con él de alguna manera.                    –Antonio miró a Pepa y ésta miró al suelo, no sabía que decir.

            -Eso es decisión de ella, a mí no me importa que por esa vía sepáis sobre el niño, pero jamás va a saber que sois sus abuelos, él es feliz con la vida que tiene, la vida que le hemos creado para él.

            -Sí, lo entendemos. –Su voz sonaba sumisa, como si supieran que si no fuera así, jamás volverían a saber de su nieto.

Los años pasaron y todo se hizo según lo convenido. Pepa comenzó a trabajar en casa de los Maldonado, a ella le vino bastante bien ese trabajo ya que hacía falta el dinero en casa. Al principio iba y venía todos los días a Fuente Palmera, pero con el paso del tiempo, cuando David ya contaba con trece años de edad, se mudaron allí de nuevo. La gente parecía haber olvidado a Antonio y nadie se preocupó por aquella familia.

Para David, los Maldonado solo eran unos amigos más de sus padres, los jefes de su madre y así tenía que seguir siendo de por vida. Era un secreto demasiado grande el que escondía aquella historia.

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2 comentarios en “FE CIEGA. NOVENO CAPÍTULO.

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