FE CIEGA. QUINTO CAPÍTULO.

2 de Septiembre. Treinta años antes:

            Sofía y Antonio habían seguido viéndose, entre ellos había surgido algo bastante bonito, pero a ella le daba miedo. Nunca había tenido novio, ni siquiera algo menos formal. Él sería el primero en todo en su vida. Sus padres estaban al tanto de la situación. No terminaban de disgustarle la relación de su hija con Antonio, pero su padre quería alguien con más poder económico, alguien un poco igualado a ellos. En cambio, aquel chico se pasaba el día cogiendo remolacha, algodón, espárragos, trabajando en la aceituna, en todo lo que le fuera saliendo para poder tener un bienestar en su casa. Eran conscientes que desde que su hija salía con él, no le había faltado nunca nada, la colmaba de pequeños detalles ajustados a su economía y además solían ir a cenar y al cine algún que otro fin de semana. Veían que ella era feliz con él.

Era una tarde de principios de Septiembre algo calurosa y habían quedado en verse. Los padres de Sofía la llevaron al pueblo, mientras su madre se tomaba unas medidas en casa de Antonio. Les dijeron que no tardaran en dar el paseo, puesto que sobre una hora más tarde tendrían que volver a Fuente Palmera. Ellos salieron de la mano y se fueron a un lugar apartado. Era el campo de un amigo de Antonio, él no estaba allí en aquel momento, había tenido que emigrar a Francia para trabajar, y le había dejado las llaves, para que de vez en cuando fuera a ver su casa y a echarle de comer a sus animales.

Entraron en la pequeña casa, era sencilla pero muy bonita. Se sentaron en el sofá y comenzaron a hablar de cómo le habían ido los días que no se habían visto. Él se le acercó y comenzó a besarla, ya lo había hecho algunas otras veces pero ella no terminaba de acostumbrarse, era algo raro, nuevo, pero a la vez dulce y que le gustaba.

            -Sofía, ¿Crees que es el momento? –Preguntó él.

            -¿El momento de qué? –Preguntó ella, tenía el pelo revuelto a consecuencia del beso y las mejillas sonrojadas.

            -Quiero estar contigo -El chico comenzó a besarla de nuevo y ella no lo rechazó. Él entendió aquello como una afirmación. Había llegado el momento.

Justo una hora más tarde estaban de regreso. Ella algo dolorida y él sonriente porque al fin había podido estar con su amada Sofía. La única chica de quién se había enamorado en su vida. Cuando llegaron, se fueron a Fuente Palmera y él se quedó en la puerta de su casa, diciéndole adiós. Ahora tardarían algún tiempo en verse, ella tenía que salir fuera por un asunto de trabajo de su padre.

**Al llegar a casa, David se dio una ducha y fue en busca de Patricia a su habitación. Su madre le había avisado que la cena estaría lista en pocos minutos. Cuando entró, la vio sentada en su cama, con el pijama puesto y peinándose su larga melena. Ella sonrió al verle y él se dio cuenta que ya apenas quedaba nada de los moratones que el infeliz de Pablo le había hecho por todo el cuerpo a consecuencia de las palizas que le propinaba. No entendía, por mucho que quería hacerlo, no podía entender como un hombre podía pegarle a una mujer. Cerró la puerta y ella le hizo un gesto con la mano para que se sentara a su lado y luego le besó.

-Mi madre dice que la comida estará en breve. –Dijo él sonriendo mientras ponía el flequillo en su sitio.

-Gracias. –Se limitó a decir ella.

-¿Por qué? –Preguntó el extrañado.

-Por cuidarme como lo haces y haberme dado protección cuando más lo necesitaba.

-Era lo menos que podía hacer. Ya no es para ti un secreto todo lo que te quiero. –El chico se acercó un poco más y ella le besó-

-David, me da miedo esto que estoy empezando a sentir. Todo lo contrario que con ese hombre, que no se merece que ni lo mencione.

-No hables de él ahora, vive el momento y lo que estamos viviendo juntos, es bastante bonito. –Se recostaron sobre la cama y ella comenzó a besarle de nuevo- Patricia, ¿Estás preparada? –Preguntó él al ver las intenciones de la chica.

-Sí, lo estoy. Contigo me siento bien y tú si me haces sentir como una mujer. Jamás había sentido lo que era sentirse querida por una persona. –La chica lo miró con sus ojos encendidos.

Se sobresaltaron al escuchar la voz de su madre llamándolos para cenar. Miraron el reloj y se dieron cuenta que había pasado más de una hora.

-Ha sido increíble, Patricia. –Dijo él sonriente mientras la abrazaba por detrás y le besaba el cuello.

-Sí, pero ahora tenemos que bajar, tu madre estará mosqueada con nuestra ausencia, nos ha llamado varias veces. –Sonrió ella.

Cuando bajaron hasta la cocina, los padres de David ya estaban en la mesa, todo estaba servido. Aquello hizo que Patricia se sintiera un tanto mal.

-Pepa, me hubiera gustado ayudarla a poner la mesa. Luego recojo yo todo y no me vale un no por respuesta. –La mujer sonrió.

-No te preocupes, os he llamado varias veces pero creo que no os habéis enterado.  –Pepa comenzó a servir la carne con verduras.

-Estábamos repasando toda la investigación del caso del niño desaparecido.                 –Mintió David intentando disimular. Patricia sonrió brevemente al ver lo mal que se le daba.

-¿Cómo va ese tema? –Preguntó el padre de David mientras se servía un vaso de agua.

-El tema es complicado. Tenemos tres sospechosos en potencia que son la madre del niño, que también está desaparecida y unos viejos amigos del padre. Aunque en realidad de amigos tienen poco, están enemistados desde hace mucho tiempo. Estamos intentando comprobar si puede haber alguna conexión entre la madre del niño y los amigos.

-No me quiero ni imaginar el dolor que tiene que estar sintiendo su padre, al no tener a su pequeño al lado. –Dijo Pepa mientras miraba fijamente a su hijo. Si le quitaran a David, no sabría que podría ser de ella.

-Sí, pero necesitamos más cosas. Hoy hemos encontrado una prueba muy relevante en casa de los amigos del padre. Hemos pedido una orden de registro y con suerte mañana podremos proceder.

-Esperemos que todo salga bien, porque estamos bastante agobiados. Nos han encargado a nosotros la investigación y estamos saturados, porque no solo en eso consiste nuestro trabajo. –Les informó Patricia.

-Seguro que sí, vosotros sois chicos jóvenes y podéis con todo lo que os echen. Por cierto, ¿Cómo va el tema de Pablo? –La mujer al preguntarlo se arrepintió, pero ya había formulado la pregunta y no podía echarse atrás.

-Mamá… -David le recriminó cariñosamente.

-No te preocupes, es normal que quiera saber cómo estoy –Dijo la chica- No lo he vuelto a ver, al menos cara a cara. Esta mañana lo vi en el pueblo, él por suerte, no me vio a mí. Le reconocí por la moto, nunca podré olvidar ese sonido.

-¿Tiene familia allí? –Preguntó el padre de David curioso.

-No, que yo sepa no.

-¿Entonces qué hacía dando vueltas por el pueblo?

-Pues no lo sé. No lo había pensado ¿Qué podría hacer allí? Quizás tenga algunos amigos.

-Bueno, eso es lo menos, lo que hay que seguir intentando es que no se acerque a ti. Por cierto mamá, ¿Esas flores que hay en el recibidor, para quién son? –Preguntó David.

-Dentro de unos días será el aniversario de la muerte de la hija de Aurora y Germán y me han encargado que les compre flores para llevárselas al cementerio.

-Mamá, ¿Tu función en esa casa no es la de ir a hacer las cosas del hogar? No entiendo porque te mandan a hacer tantas cosas que no te corresponden. Llevas muchos meses echando muchísimas horas extras y haciendo tareas que no te corresponden.

-David, son personas mayores, están solos y yo me paso el día entero allí metida. Me consideran de la familia y me han pedido un favor, que le compre las flores para la tumba de su hija. –El padre de David se levantó de la silla y se fue al salón.

-¿Ya has acabado? –Le preguntó Pepa.

-Sí, no tengo mucha hambre. Hace un rato me comí unas tapas con mis amigos en el bar. –Dijo el hombre.

-Nosotros nos vamos a descansar, ha sido un día agotador. –Se levantaron y recogieron la mesa.

David quiso acompañar a Patricia a su cuarto, pero prefirió despedirse de ella en la puerta. Después de lo que había pasado hacía apenas una hora, no creía que si entrara volviera a salir en toda la noche. Se despidió de ella con un beso y le repitió lo que la quería. Ella se limitó a sonreír y entró silenciosamente a su habitación. Abrió la cama y encendió la luz de la mesita, buscó su libro y fue a echar la persiana. Su cuerpo tembló al ver una figura en la calle, le resultaba familiar. No tuvo ninguna duda de quién se trataba cuando lo vio apoyado en una moto. Pudo vislumbrar su sonrisa al verla. Ella cerró rápidamente la ventana y se metió en la cama. No quería pensar que podía pasarle si aquel chico lograba entrar en la casa, o sencillamente la veía en la calle. No quiso avisar a David, él ya estaría durmiendo y había sido un día agotador, tenía que descansar. Cerró los ojos y rezó, mañana sería otro día.

**        -Todo el trabajo está hecho.

            -Bien…

            -Ahora tenemos que esperar a que nos lleguen noticias.

            -Espero que no se demoren mucho.

            -Con suerte, seguro que no.

            -Oye… Te quiero mucho, hace bastante que no te lo digo.

            -Yo te quiero más. Sabíamos que era arriesgado hacer todo esto, pero el fin justifica los medios.

            -Te necesito a mi lado.

            -Pronto estaremos juntos y será para siempre, mi amor.

**Eran las doce de la noche y Corina acababa de terminar de ducharse, al día siguiente no tenía que ir al colegio, era sábado y podría trasnochar algo más. Se secó su larga melena rizada y se puso el pijama. Terminó de echarse sus cremas para la cara y decidió irse al salón un rato, al ver que su marido no se había acostado todavía. Al salir al pasillo, vio a Luis salir de la habitación de Sara ¿Qué hacía su marido en la habitación de aquella chica a las doce de la noche?

-¿Luis? –Preguntó la chica en voz bajita.

-Cariño, que susto me has dado, no sabía que estabas ahí.  –Dijo él un poco aturdido mientras cerraba la puerta a su espalda.

-¿Qué hacías en la habitación de Sara? –Corina sintió como una furia interior comenzaba a arder.

-Me llamó porque se sentía mal. Solo he ido a llevarle una tila para que pueda descansar.

-Luis, he visto cómo te mira Sara. –No pudo callarlo más.

-No empieces… -Espetó él casado mientras caminaba rumbo al salón.

-No, no empiezo. Si hago esto es por el niño, pero no te quiero ver más cerca de ella de lo normal ¿Me explico?

-Corina, estás siendo muy injusta. Yo he sido quién ha hecho todo esto para que podamos ser padres. Fui yo quién hablé con Tere y quién me puse en contacto con Sara, si no hubiera sido así, hoy en día no tendríamos la esperanza de tener un hijo, simplemente porque tú no puedes. –No tardó una milésima de segundo en arrepentirse de lo que había dicho, Corina no dijo nada, se encaminó llorando en silencio a la cocina y Luis la siguió.

-Lo siento cariño, no era mi intención decirte eso, sabes que no lo pienso. –Se sentó a su lado y la abrazó, ella no se inmutó, se quedó mirando a un punto muerto.

-Solo has dicho la verdad, no tienes por qué preocuparte. –Dijo en un susurro casi imperceptible al oído humano.

-Perdóname…

-Me voy a dormir. –La chica se levantó y se encaminó a su habitación y él se quedó allí pensando en lo mal que se había portado con su esposa al decirle aquellas palabras, estaba presionado por otro asunto y lo pagó con ella.

**Blanca y Raúl habían salido de fiesta. No tenían muchos amigos con los que quedar, pero cuando terminaron de cenar, quedaron con un antiguo amigo suyo. Era de Fuente Palmera y esa noche iba a salir a la discoteca con su panda de amigos. Blanca estaba encantada de conocer gente y poder empezar una nueva vida. Se entristeció al pensar que su madre llevaba mucho tiempo sin hablarle y su hermana igual. Vivían bajo el mismo techo, pero no hacían vida de familia, era como si fueran compañeras de piso, desconocidas.

Al llegar a la puerta de la discoteca, Raúl vio a su amigo y le hizo una señal para que los vieran. Enseguida se acercó a ellos y luego entraron en la discoteca, donde Rafa, el amigo de Raúl, les presentó a sus amigos. Todos fueron bastante simpáticos con ellos y la chica estaba feliz. Al fin era una más entre aquella multitud de personas. No la miraban mal, no la tachaban de ladrona o drogadicta. No negaba que en un pasado lo había sido, pero las drogas, las probó por casualidad y fue la consecuencia de los robos. Ella estaba fuera de sí, enajenada, y no sabía lo que hacía.

Fue una noche estupenda, rodeada de gente nueva, desconocida, que a la misma vez se le antojaban amigos, puesto que se sentía integrada entre ellos. No había bebido ni fumado nada y se dio cuenta que no necesitaba de ello. Eran las cuatro de la mañana cuando salieron de aquella discoteca y se encaminaron al coche de Raúl. Ya era hora de volver a sus casas.

-Me lo he pasado genial. –Dijo la chica mientras se ponía el cinturón.

-Te dije que Rafa era un buen amigo. –El chico le sonrió.

-Ahora que todo en mi vida está cambiando, me gustaría tener otro tipo de relación con mi madre y mi hermana, pero lo dudo. Ellas no me dirigen la palabra.

-Seguro que esa situación se arregla pronto y todo vuelve a la normalidad.

-Estoy contenta porque esta noche no he bebido nada, ni he fumado y me he dado cuenta que no necesito hacerlo. –Raúl sonrió al verla tan entusiasmada con su cambio.

-No te puedes confiar, Blanca. Hay que estar siempre alerta porque puedes tener una recaída en cualquier momento. –Le advirtió.

-Confío en que no. –Blanca miró a Raúl y se dio cuenta de lo que estaba empezando a sentir por él- Gracias por ayudarme.

-Sabes que no supone ningún problema para mí. He estado enamorado de ti durante toda mi vida y ahora que te tengo no te voy a perder.

Cuando llegaron al pueblo, Raúl acompañó a Blanca a su casa y se despidieron con un abrazo. Aquella noche había sido magnífica. Luego él se encaminó a su casa, pero algo le llamó le atención, se dio cuenta que la luz del cuarto de su hermana estaba encendida. Eran las cuatro de la mañana ¿Estaría aún levantada?

**Patricia se levantó de un sobresalto, había soñado con él. Anoche lo vio, no había sido un sueño, lo recordaba perfectamente. Antes de salir de la cama, se acordó de sus padres. Cómo le gustaría llamarlos para que supieran en la situación que se encontraba… Pero sabía que lo mejor era no decirles nada. Ellos tenían sus vidas junto a sus hermanos y le Ley que reinaba en su casa era que quien se independizaba, lo hacía para siempre. Por suerte, contaba con David y su familia. Sus padres eran encantadores, pero había algo en ellos que la descuadraba, le daba la sensación qué no se llevaban nada bien, o quizás estuvieran teniendo problemas. Se acorrucó con la almohada y no quería salir de aquel lugar tan calentito. Miró la hora, eran las ocho y media de la mañana, buena hora para levantarse sin duda alguna, pero se encontraba demasiado asustada. La noche anterior le había costado mucho coger el sueño, dio miles de vueltas en la cama pensando en Pablo. Él antes era una persona totalmente distinta: atento, cariñoso, la colmaba de caprichos, la llevaba a cenar, al cine… Ya nada de eso quedaba, ahora solo sentía un gran dolor en su corazón. No le dolían los golpes que había recibido, que no habían sido pocos, lo que más le dolía era el miedo interior que sentía. Miedo a salir de la cama, miedo a salir a la calle, miedo incluso de hacer una vida normal. Este chico en cualquier momento podría hacerle algo peor y arruinarle la vida por completo. No quería pensar en eso ahora, pero era una posibilidad. En cambio, David era una persona totalmente distinta, es cierto que era el comienzo de una relación, pero ella sentía que él estaba locamente enamorado. Anteriormente, estando aún con Pablo, notaba sus miradas en comisaría, como se quedaba mirándola embobado y los pequeños detalles que tenía con ella. A veces, sola en su casa, pensaba porqué su chico no podía ser como David, aunque inmediatamente borraba ese pensamiento de su cabeza, ni en sueños quería que Pablo pudiera sospechar que pensaba en su compañero de trabajo. Cuándo quería podía ser muy celoso. Fue cuando comenzó en el mundo de las drogas cuando todo fue un desbarajuste total, llegaba tardísimo a casa, había días que ni siquiera aparecía, el día que no hacía ventas lo pagaba con ella… Al principio comenzó gritándole, hasta el día que se le fue la mano. Se arrepintió inmediatamente y ella lo perdonó, al ver que no tenía el apoyo de su familia. Ellos nunca habían querido a Pablo, no veían que fuera buen chico para su hija, pero ella se empeñó en independizarse con él cuando la cogieron para trabajar en la comisaría. Tendrían un bienestar con su sueldo, porque su novio no aportaba completamente nada. Cuando se enteró que vendía droga, pensó en ponerlo en conocimiento de la justicia, era su deber, pero no podía, si él se enteraba, podía ser el fin de sus días.

Escuchó la puerta abrirse lentamente y la voz de David la sacó de sus pensamientos.

-¿Estás despierta? –Ella volvió a mirar el reloj, ya eran las 9 de la mañana.

-Sí, llevo algún rato pensando. –Dijo mientras se incorporaba.

-Voy a abrir la ventana para que veas el buen día que hace hoy. –David se acercó a la ventana y subió la persiana. Fuera hacía un día espléndido, el sol brillaba alto en el cielo y de pronto se sintió con fuerzas para salir a la calle, pero le duró poco, lo que tardó en acordarse de Pablo la noche anterior apoyado en su moto mientras observaba la casa.

-Sí, hace un día muy bonito.

-Un día en el que no tenemos que trabajar y que podemos disfrutar juntos. ¿Qué te apetece si nos vamos a comer algo bien rico y luego vamos el cine? –Preguntó él entusiasmado.

-David… No tengo ganas. –Volvió a recostarse para que el chico no pudiera ver como sus ojos se empañaban. Se sentía tan mal solo de pensar que jamás podría llevar una vida normal al lado de la persona a la que estaba comenzando a conocer, siempre estaría la sombra de Pablo.

-Oye… ¿Qué ocurre? –Preguntó él mientras se recostaba a su lado.

-Estoy muy asustada para salir a la calle. –La chica se volvió a incorporar y cogió un clínex para secarse las lágrimas.

-¿Ha pasado algo que yo no sepa? –Dudó si decírselo o no, pero pensó que era la última persona que tenía en el mundo y si no se lo contaba a él, no podría contárselo a nadie.

-Anoche antes de dormirme me llevé un susto de muerte. –Tuvo que parar de hablar ya que las lágrimas asaltaron de nuevo sus ojos, pero respiró hondo y prosiguió- Antes de dormirme, preparé mi cama y fui a echar la persiana y…

-¿Y? –Él estaba impaciente por saber que le pasaba a Patricia.

-Le vi.

-¿A quién?

-A Pablo. Estaba en la puerta de tu casa, echado sobre su moto y cuando me vio, pude ver como sonreía, seguramente porque por fin sabe dónde me estoy escondiendo.

-No puede ser… No podemos seguir en esta situación. Tú tienes que salir adelante. Sola entiendo que no quieras salir, es más, yo te apoyo en eso, pero tienes que hacer una vida normal. Si hoy queremos salir, salimos. Tú estás conmigo y ese maldito no tiene ningún derecho a amedrentarte. Es un cobarde, que paga sus frustraciones pegándole a una mujer.

-No sé. Yo estoy muy asustada, cuando le vi, eché la persiana a toda prisa y me metí en la cama, temiendo cada segundo a que pudiera entrar por esa puerta y…

-No digas nada más. –Dijo él poniendo un dedo sobre la boca.

-Es verdad lo que dices, y  te entiendo, no puedo seguir aquí escondida, además, ya sabe dónde estoy. Si quiere hacerme algo no tendrá más que venir y buscarme.

-Eso no va a pasar, puedes estar tranquila. Si lo vuelvo a ver rondando por aquí, quieras o no, lo pondré en conocimiento de quién haga falta para que tomen las medidas cautelares que tengan que llevar a cabo.

-No quiero que os pase nada ni a ti ni a tu familia, y estando yo aquí, es un gran problema.

-No te preocupes por eso, cariño. Ahora quiero que te des una ducha, te pongas guapa y bajes a desayunar. Luego iremos a que te compres algo de ropa, que por lo que veo no te dio tiempo a coger mucha, luego almorzaremos fuera y veremos el cine y no me vale un no por respuesta. –La chica sonrió, estaba visiblemente más serena.

-No sé qué haría sin ti. –Dijo ella mientras le acariciaba la mejilla y le daba un dulce beso en los labios.

**Corina se levantó aquel día con los ánimos por los suelos. ¿Cómo podía haberle dicho aquello Luis? Sabía que lo pilló en un mal momento, que en condiciones normales él no pensaba así, pero le dolía, le había dolido en lo más profundo de su alma. Esa noche apenas durmió, estuvo toda la noche en vilo pensando si había hecho bien en traer a una extraña a casa. Quizás fuera algo precipitado y ahora se estaba arrepintiendo de ello, pero luego pensaba en la criatura que ella llevaba dentro y que no tendría posibilidades de criar y de nuevo volvía a verle sentido a todo. En realidad, a ella solo le importaba el niño, por él lo hacía todo, no quería saber más nada del mundo. Le daba igual lo que pensara Luis de ella o que fuera al cuarto de Sara por las noches.

Vio que eran las nueve y media de la mañana, ese día tendría que ir a hacer unas compras. Se preparó una taza de café y se sentó en el jardín a tomárselo, hacía un día espléndido. En ese momento pudo sentir como una mano se posaba en su hombro, era su esposo, ella por inercia se levantó, no quería que nadie entrara en su mundo ese día, al menos nadie que viviera en esa casa, estaba muy dolida.

-Corina, perdóname por lo de anoche, yo no quería decir eso…

-En la cafetera hay café recién hecho para Sara. –Se limitó a decir la chica a la vez que salía por la puerta del jardín.

Luis se sentó en una de las sillas y comenzó a pensar que efectivamente la noche anterior se había pasado mucho con lo que le dijo a su mujer, era normal que estuviera enfadada y dolida, pero debía entender que todo lo hacía por su bien, fue él quien habló con su compañera de trabajo, Tere. Fue él quien se lo contó a Corina y fue él quien concertó la cita con Sara. Todo lo hacía por ver feliz a su esposa, no soportaba el verla triste y si su felicidad era tener un hijo, él haría todo lo posible para que así fuera. Le costara lo que le costara, Corina sería madre.

La chica salió directamente de su casa, esa mañana no tenía los ánimos para encontrarse con Sara. Miró que llevaba el dinero que iba a necesitar en su monedero y se encaminó a casa de su madre, iría a verla antes de ir a la compra. Al llegar, se encontró con Raúl en la puerta, estaba algo cansado.

-Hola Raúl, ¿Dónde vas? –Preguntó la chica.

-He quedado con el vecino Manuel, quiere que le ayude a hacer unas cosas en el campo.

-Tienes mala cara. ¿Estás enfermo o…?

-Corina, anoche salí de fiesta con Blanca, lo pasamos genial y no hizo falta nada para estimularnos. Ella está saliendo de todo esto y yo desde que te lo prometí no he vuelto a probar ni una sola gota de nada.

-¿Llegasteis muy tarde? –Preguntó ella mientras le ponía bien la cazadora a su hermano. Lo miró y se dio cuenta que cada día estaba más guapo y más feliz. Quizás esa chica si fuera la adecuada para su hermano.

-Si, a las cuatro de la madrugada. Por cierto, fui a llevar a Blanca a su casa y vi que la luz de tu cuarto estaba encendida. ¿Ocurría algo?

-No, nada. Me levantaría a por un vaso de agua. –Intentó no mirar a su hermano a los ojos.

-Hermana, ¿Estás bien?

-Sí, estoy perfectamente. –Hizo un esfuerzo por sonreírle.

-Yo quería decirte que la prima de Luis, la tal Sara, no me da muy buena espina.

-Es una buena chica, que tiene un gran problema encima y tenemos que ayudarle.

-¿Seguro? No me hizo nada de gracia el otro día. –Le comentó el chico.

-Todo está perfecto y ahora vete que Manuel te está esperando. –Su vecino le saludaba con la mano mientras se metía en su coche y esperaba a que Raúl llegara para irse a trabajar al campo.

Entró en casa de su madre y la encontró en el patio, como siempre, con sus pájaros y sus flores. Se sentó y se quedó callada mirándola. Había sido siempre tan buena, su única ilusión era tener nietos y ahora ella no podía tenerlos y Raúl aún era demasiado joven para eso.

-Hija, estás pálida, ¿Te pasa algo? –Le preguntó su madre mientras se sentaba a su lado.

-No, estoy bien, solo algo cansada. Esta mañana me he acordado de Víctor, no sabemos nada de él y me gustaría que todo esto se resolviera lo antes posible.

-Tengo la corazonada de que ese niño va a aparecer pronto.

-Ojala… -Dijo la muchacha con aire pensativo.

-Pero a mí no me engañas, a ti te pasa algo y no es que estés pensando en Víctor.

-Estoy algo deprimida por no poder tener hijos. –Le dijo ella y no le mentía.

-Claro, ahora habéis metido en casa a esa prima de Luis y está embarazada y a ti te gustaría estarlo ¿Verdad?

-Sí, la verdad es que sí.

-Ayer estuve mirando el álbum de tu boda y en ninguna foto vi a esa tal Sara.      –Corina comenzó a removerse incómoda en la silla, no sabía que decirle a su madre.

-No pudo venir, por aquel entonces estaba en el extranjero. –Le mintió.

-Yo vi como miraba a Luis, cuando tú te fuiste a la cocina, pude ver como se lanzabas miraditas.

-¿Luis también? –Preguntó ella preocupada.

-No lo sé, pero ella seguro que sí. Se lo iba a comer con la mirada.

-Mamá, no me digas eso. –Le temblaba la voz, tenía que irse de allí si no quería comenzar a llorar delante de su madre y solo de pensar que en ese momento podrían estar juntos en su casa, en su propia cama, la ponía enferma.

Se levantó y se dirigió a la tienda, no quería pensar nada más sobre ese tema. Al entrar, Margarita estaba algo atareada con los primeros clientes de la mañana, ella no acostumbraba a ir tan temprano, pero aquel día necesitaba salir de su casa.

-Buenos días, chica. Cada día estás más guapa. –Le dijo la mujer.

-Hola, ¿Cómo os va la mañana? –Preguntó ella dirigiéndose a la tendera y a otra mujer a la que estaba atendiendo. Era Carmen, una mujer que vivía cerca de ella.

-Estamos bien, hoy es buen día para tender la ropa, hace buen sol y se seca todo. –Dijo Margarita sonriendo.

-Por cierto, Carmen, me he enterado que tu hijo ha estado con la pierna escayolada, ¿Cómo sigue? –Preguntó Corina.

-Bien, está mejor. Pasamos un susto muy grande, pero por suerte, esta mañana temprano le han quitado la escayola y ahora anda con muletas hasta que la pierna se le vuelva a fortalecer.

-Ahora lo que tiene es que salir y recuperar todos los días que ha estado encerrado.      –Dijo la tendera.

-Él no es mucho de salir, siempre está en casa y a él le gusta vivir así. Pero como le han dado las muletas, va a salir a dar un paseo, me lo ha prometido.

-Es joven y fuerte, seguramente, pronto estará como nuevo. –Corina se había metido hacia el interior de la tienda y estaba cogiendo las cosas que le hacían falta, miró el reloj y apenas eran las diez y media de la mañana. Ella no quería volver a casa.

Margarita le ajustó la cuenta y dejó la compra en casa de su madre. Hacía muy bien día y necesitaba dar un paseo para despejarse, además de que no tenía ganas de ir a casa y encontrarse con Luis. Caminó durante varios minutos y llegó a la casa de Santiago. Vio que estaba la puerta de su casa abierta. Pudo ver que estaba muy atareado fregando la casa y regando el jardín.  Se acercó a la verja al ver una carta, la cogió y vio que no había remitente.

-¿Santiago? –Preguntó la chica y él se giró al escucharla.

-Corina, ¿Cómo tú por aquí? –El hombre apagó el agua y se secó las manos con un delantal que llevaba puesto de color negro.

-Pasaba por aquí y…bueno, ¿tú cómo estás? –Preguntó. Le pareció que sería una descortesía de su parte no preguntarle cómo se encontraba antes de nada.

-Pues estoy mal, los días pasan y yo ya no sé qué hacer para entretenerme. Esta mañana cuando me levanté, volví a la realidad en la que mi niño no está conmigo y me tuve que poner a fregar y a regar el jardín para evadirme un poco de todo esto. Son muchos días sin ni una noticia de mi pequeño. Tengo mucho miedo de dónde pueda estar, o cómo le puedan estar tratando.

-Víctor aparecerá muy pronto, ya lo verás. Por cierto, me he encontrado esto debajo de la verja. Al pasar la he visto y la he cogido, podría ser algo importante.    –El chico cogió el sobre y miró que no había remitente alguno. Luego la abrió y se puso pálido.

-¿Estás bien? –Preguntó la muchacha al ver al hombre ponerse blanco como la pared. Él no dijo nada, entró corriendo a su casa y se sentó en el sofá, Corina corrió detrás de él, era obvio que aquella carta no era portadora de buenas noticias.

-No, mira lo que pone en la carta. –Santiago extendió la carta a la chica y pudo leerla.

“Lo sé todo. He sido testigo de los hechos.”

-¿Qué es esto? –Corina volvió a leer la carta de nuevo, para ver si podía poner en pie alguna conclusión.

-¡Me voy a volver loco! ¿Quién tiene a mi niño? En esa carta pone que ha sido testigo de los hechos, ¿Qué hechos? ¿Qué ha pasado? –Santiago comenzó a gritar y a patalear todo lo que se le ponía por delante. No podía seguir así, necesitaba saber algo rápidamente, de lo contrario se volvería loco.

-Tranquilízate, por ahora no sabemos nada, solo tenemos esta carta, puede que al referirse a los hechos quiera decir al secuestro en sí.

-Corina por dios, no puedo más con esto, yo quiero morirme, desaparecer. Quiero saber quién tiene a mi niño, me voy a volver loco con esta espera, ya son dos semanas sin él.

-Te entiendo, yo también le echo mucho de menos y sus compañeros del cole me preguntan por él a todas horas y estamos seguros que va a aparecer.

-¿No has visto quién ha podido dejar la carta? –Preguntó el hombre más tranquilo.

-No, no he visto a nadie. –De pronto Santiago se levantó fuera de sí del sillón.

-¡Has sido tú! ¡¿Cómo no me había dado cuenta antes!? ¡Tú has sido quien tiene a mi hijo! ¡Me lo has quitado porque no puedes tenerlos y quieres a mi Víctor!                       –Santiago le pegó una bofetada y ella cayó al suelo.

-Yo no tengo nada que ver, solo le he dado una carta que tenía tirada en el suelo, yo no sé nada de eso. –La chica comenzó a llorar mientras intentaba ponerse en pie.

-¡Tú eres la maldita secuestradora que se ha llevado a mi niño! ¡Lo quiero de vuelta enseguida!

-Yo no lo tengo, lo quería como a un hijo, no podía hacerle nada malo.

-¡Cállate! –La chica se levantó como pudo del suelo y salió corriendo, la puerta estaba abierta y pudo escapar sin problemas, él se quedó pegando voces e insultándola- ¡Maldita zorra, voy a llamar a la policía, vas a ser una de las principales sospechosas del secuestro de mi niño!

Corina salió corriendo hacia su casa, no tardó más de cinco minutos en llegar y se encerró en el baño a llorar. Al cerrar la puerta, se desplomó en el suelo y comenzó a llorar desconsoladamente. ¿Cómo podía pensar eso de ella? Siempre se había preocupado por Víctor, había preguntado por él todos los días y su gran error fue coger esa carta del suelo. Ojala nunca hubiera pasado.

**Teresa llegó alborotada a su casa, dejó la mantelería que le había comprado a un vendedor ambulante en la calle en la entradita y fue al despacho de su marido. Allí estaba Diego revisando unas facturas, al verla como entró se levantó de su butaca.

-¿Qué te ocurre? ¿Por qué entras así? –La mujer llevaba la cara completamente descompuesta.

-Acabo de ver a la policía en casa de Santiago. –Diego sonrió levemente.

-¿Y?

-¿Y me preguntas? No quiero que vengan a mi casa, ¿No entiendes que podemos ir a la cárcel en cualquier momento?

-No exageres, nadie tiene porque enterarse de nada, tranquilízate.

-¡Ya no pienso en mí, pienso en mi hija Alejandra, no quiero que se crie sola porque sus padres estén metidos en una maldita cárcel!

-Te van a escuchar gritar desde la calle, por el amor de dios, cállate. Lo menos que necesitamos en esta casa es un registro. No nos ha dado tiempo a limpiar del todo la habitación del fondo.

-Menos mal que anoche vino y se lo llevó. No podía tenerlo más ahí.

-Yo no quiero saber nada sobre éste tema.

-¿Cómo qué no? No me vas a dejar sola en esto, ¡jamás! Tú también has tenido ganancias en todo este embrollo, ya sea de una u otra manera, así que no quiero que me dejes sola en todo esto.

-No adelantemos acontecimientos, no sabemos qué hace la policía ahí.

-Cómo vengan y nos registren la casa, nos pudriremos en la cárcel. Es mucho lo que hay en juego. La habitación no se ha limpiado del todo, queda mucho dentro todavía.

-Tranquila cariño… -Diego se acercó a su mujer y la abrazó, comenzó a decirle muchas palabras de consuelo y parecieron hacer efecto, la chica se tranquilizó.

**        -¡Llévate todo de aquí! Nos vas a meter en un problema a mí, a mi marido y a mi hija Alejandra que es lo que más quiero en la vida.

            -Tú me dijiste que me ayudarías y ahora veo que no. ¿Recuerdas el secreto que nos une? –Preguntó mientras la miraba fijamente a los ojos.

            -¡Cállate! Jamás vuelvas a decir que tenemos un secreto.

            -Es así, ¿Quieres que se lo diga a tu marido?

            -Por dios, cállate, no vuelvas a decir ni una sola palabra relacionada con ese tema.     –La chica deambulaba dando vueltas por su casa mientras le daba a su invitado una caja con lo que quedaba en la habitación del fondo.

            -Además, no entiendo por qué defiendes tanto a tu marido. Él sí que tiene grandes secretos a sus espaldas, que ni tú ni nadie sabéis.

            -¿De qué hablas? –Preguntó ella con los ojos abiertos.

            -Ya te enterarás, los secretos de tu esposo lo sabemos solo dos personas, ¿Por qué te crees que aceptó que me ayudarais con este trabajito? De lo contrario jamás hubiera querido ayudarme dejándome la habitación del fondo, a sabiendas de que si la policía encontraba lo que ahí había, iríais a la cárcel de inmediato.

            -Mira, creo que no sabes nada, que solo lo haces para burlarte de mí. –Ella se dio la vuelta y miró por la ventana. Se acercó por detrás, lentamente y la atrajo hacía el.

            -¿Quieres que te cuente lo que sé de tu marido? Solo tienes que ser buena conmigo…   -La chica no se inmutó, se dejó hacer lo que, quién creía ser su mejor amigo, quiso hacer con ella, sin rechistar. Sabía que no le diría lo que sabía de su marido, pero al menos serviría para que no le contara a Diego la relación que llevaba con él a escondidas.

**En menos de media hora, llamaron a casa de Corina. Todavía seguía metida en el baño llorando. No entendía como Santiago podía desconfiar de ella de aquella manera, aunque en realidad entendía la desesperación que tenía que sentir al no tener a su hijo cerca. Ya llevaba casi dos semanas desaparecido y no sabían absolutamente nada de él. Que mala pata había tenido al coger aquella carta, ahora tendría sus huellas dactilares, pero estaba segura que todo se desmentiría lo antes posible. Era verdad que no podía tener un hijo, pero jamás le quitaría a su padre a un hijo para quedárselo. Le dolía en el alma que hubieran dudado así de ella.

Luis llamó a la puerta del baño y ella no opuso resistencia, se levantó y quitó el cerrojo, se puso de espaldas a su marido y comenzó a limpiarse las lágrimas que corrían por su cara.

-Corina, no entiendo que es lo que está pasando, pero ahí fuera están preguntando por ti dos policías. –El chico miraba a su mujer que se limpiaba las lágrimas, se acercó a ella y la abrazó, algo había pasado sin que él se hubiera enterado.

-Luis, es una historia muy larga. Yo no quería estar esta mañana aquí y fui a la compra –Comenzó a contar la chica temblando y entre sollozos-, luego me fui a dar un paseo por el pueblo, porque sencillamente no quería estar en esta maldita casa contigo y con Sara –Luis se acercó a ella y la abrazó más fuerte todavía. Ella prosiguió- Y cuando pasé por la casa de Santiago, el padre de Víctor, vi que le habían dejado una carta debajo de la verja del jardín y al ver que él estaba limpiando y que no la había visto, la cogí y llamé para dársela. Él la abrió y había un mensaje dónde ponía que habían visto los hechos y que lo sabían todo. Él se puso pálido, entró en su casa y comenzó a acusarme a mí de haber escrito esa carta, de tener a su hijo, Me dijo que iba a llamar a la policía y por lo que veo lo ha hecho… -Comenzó a llorar con más intensidad y cayó al suelo-

-No puede ser… Tranquila, puedes contar conmigo. Juntos vamos a demostrar que no tienes nada que ver en todo ese embrollo. –Luis la volvió a coger del suelo y le peinó con las manos su larga melena morena y rizada.

-Yo no quiero perderte Luis, pero no quiero que estés con Sara…

-No estoy con Sara, si hubiera sabido esto jamás te hubiera propuesto traerla a casa. Ahora vamos fuera que los policías están en el salón.

La chica se echó agua en la cara y se peinó un poco. Tenía los ojos ensangrentados y la cara hinchada de llorar. Pareció tranquilizarse un poco y cuando llegó al salón vio a dos policías que la esperaban sentados en un sillón.

-Hola. –Dijo ella.

-Hola Corina, solo queremos hablar contigo. Somos Paco y Manolo, los policías que hoy, al ser sábado, estábamos de guardia en comisaría.

-Yo no tengo nada que ver con todo eso… -Comenzó a llorar de nuevo y Luis le puso la mano en el hombro en señal de apoyo.

-Queremos saber cómo encontró esa carta, como comprenderá ahora mismo es usted sospechosa de la desaparición del niño.

-Yo solo estaba dando un paseo y vi la carta tirada en la puerta de Santiago y llamé para dársela, creí que quizás no se había dado cuenta que estaba ahí.

-Él nos ha dicho que usted no puede tener hijos y que por eso se llevó a Víctor.

-¡Por el amor de dios! Yo jamás separaría a un hijo de su padre, por mucho que yo no pueda tenerlo.

-Siento informarle, que tenemos la carta en nuestro poder y qué vamos a proceder a un examen grafológico para comparar su letra con la de la carta. Si no coinciden, sabremos que usted no tuvo nada que ver, pero hasta entonces va a tener que venir con nosotros a comisaría, está usted detenida.

-¡No! Es un abuso, no se la pueden llevar. –Luis se puso delante de su mujer cuando Paco sacó las esposas para llevársela.

-Sí que podemos y le aconsejo que no ponga resistencia porque será mucho peor para su esposa. Los policías que llevan esta investigación están en su día de descanso, pero no obstante, los llamaremos para que estén al tanto de los hechos.

Corina salió de su casa con las manos esposadas. La plaza estaba llena de curiosos, su madre estaba llorando como una magdalena al lado de la ventanilla del coche, ella le dijo que no pasaba nada que Luis la informaría de todo lo que había ocurrido. Blanca salió de casa y pudo ver lo que estaba pasando, salió corriendo en busca de alguien que le contara que había ocurrido. Al enterarse no podía salir de su asombro. Luis se fue en su coche detrás del coche patrulla y Sara se quedó en el porche mirando como los coches se alejaban y una sonrisa se dibujó en su cara.

**Teresa no podía más con los nervios. Eran las doce de la mañana cuando Diego entró por la puerta y le contó que se acababan de llevar a la profesora de su hija como principal sospechosa de la desaparición de Víctor por una misteriosa carta que ella misma le había entregado a Santiago.

-¿Dónde vamos a llegar, Diego?

-Donde haga falta.

-Por cierto, ya no hay peligro con la habitación del fondo. Ha venido y se ha llevado todo, no queda nada. La he desinfectado entera, nunca podrán probar que ahí hemos tenido nada.

-Bien…

-Diego, ¿Qué secreto me estas escondiendo de tu pasado? –El chico se puso pálido. El amigo de su mujer y otra persona eran los únicos que sabían toda la verdad. No podían atar cabos, sino lo acabarían sabiendo todo.

-¿Ya ha venido tu amigo a decirte una sarta de mentiras? –Se levantó y se fue a la cocina. Su mujer lo siguió.

-Te has puesto nervioso. ¿Qué me estas escondiendo? Él me ha dicho que solo lo saben él y otra persona. Me gustaría saber de qué se trata, ¡Soy tu esposa!

-¡No vuelvas a tocar ese tema! ¡Lo que haya pasado en mi vida antes de estar contigo no te incumbe para nada!

-¿Cómo qué no? ¡Soy tu mujer, tengo derechos! –Gritó Teresa fuera de sí.

-Ahora tenemos cosas más importantes en las que pensar, así que no abras más tu linda boquita. –Le advirtió.

Ella no dijo nada, salió de la cocina cabizbaja, se había metido en un gran problema protegiendo a su amigo. Él tenía pruebas de que habían sido sus cómplices y si a él lo descubrían, su esposo y ella estarían igualmente en la cuerda floja. Se moría de miedo y no podía evitarlo.

Diego se echó un vaso de licor, y se preguntó cuánto tardaría en descubrirse todo. Ya quedaba menos, él se había encargado de eso. Solo faltaba lo último, que alguien diera la voz de alerta, pero, ¿cuándo? Por ahora las cosas estaban saliendo bien, se habían llevado a la infeliz de Corina, si no salía todo como lo tenían previsto, siempre quedaría esa chica para culparla de todo. Ella sola se lo había buscado. Ahora solo quedaba esperar.

**Estaban saliendo de casa. Patricia estaba especialmente guapa ese día, aunque en sus ojos se podía divisar el gran miedo que sentía. Se montaron en el coche y se dirigieron a Écija. Justo cuando estaban saliendo de Fuente Palmera, sonó el móvil de David. El chico descolgó el auricular.

-¿Sí?

-David, soy Paco. –Escuchó la voz de su compañero al otro lado del teléfono.

-¿Ha ocurrido algo?

-Sí, acabamos de arrestar a Corina, la profesora de Víctor. Por lo visto le ha llevado una carta a Santiago en la que pone que había sido testigo de los hechos y que lo sabía todo.

-¿La carta es de ella? –Preguntó el chico asombrado. Patricia se incorporó del asiento, así parecía que escuchaba mejor.

-Ella sigue afirmando que no, que la encontró debajo de la verja del jardín de la casa de Santiago.

-Pero no sabemos si es su letra.

-He mandado la carta a que le hagan un examen grafológico, para que comparen las letras. Pero por lo pronto la hemos detenido, la tenemos en el calabozo de comisaría.

-Está bien. Yo estoy con Patricia en Écija –Mintió- ¿Podréis ocuparos de eso hasta mañana?

-Sí, no te preocupes, solo queríamos que estuvierais al tanto de todo.

-¿Del niño no se sabe nada, no? –Preguntó el chico.

.Nada, aún no se sabe nada.

**Era lunes. David y Patricia acababan de llegar a comisaría. A la chica no le hacía mucha gracia tener que aparecer por allí, pero teniendo a Corina en el calabozo desde hacía casi dos días, lo veía realmente necesario. Cuando bajaron la escalera que les llevaría hasta la celda donde estaba la chica, vieron una figura que se estaba consumiendo. Tan solo llevaba allí días y estaba tan demacrada como si llevara meses.

-Corina, somos los encargados de la investigación de la desaparición de Víctor Suárez.    –Dijo Patricia mientras le extendía la mano a modo de saludo. David hizo lo mismo- Ahora vamos a ir a una habitación habilitada para interrogaciones y vamos a hablar largo y tendido sobre este tema.

-Yo no sé nada… -La chica comenzó a llorar.

En menos de cinco minutos, estaban en una de las habitaciones más grandes de comisaría, estaba justo al lado de la pequeña cafetería habilitada para ellos. Le llevaron un café a Corina para que se tranquilizara.

-Ya sabemos cómo ocurrió todo. –David le leyó el informe con los hechos que su compañero Manolo había redactado- ¿Es esto exactamente lo que ocurrió? –Le preguntó a la chica.

-Sí, así fue.

-¿Está segura que esa carta estaba debajo de la verja?

-Estoy segurísima, yo estaba teniendo problemas personales en mi casa, los cuales no vienen al caso, y quise despejarme, me di una vuelta por el pueblo y cuando pasé vi la carta allí tirada, no tenía remitente… -La chica miraba un punto fijo. Había repetido lo mismo tantas veces que ya estaba algo cansada.

-¿Qué clases de problemas personales? –Quiso saber Patricia.

-Problemas con mi marido, nada grave, tuvimos una pequeña discusión.

-Corina, cuando pasó todo, mandaron la carta a que le extrajeran ADN y solo aparece el tuyo. Nadie más ha tocado esa carta.

-¡Es imposible! Yo solo cogí esa carta del suelo, alguien la tuvo que poner allí.

-El viernes llegaran los resultados de la comparación de letra. Si no es la tuya saldrás de aquí, pero no quiere decir que estés libre de cargos puesto que solo están tus huellas en el sobre, alguien lo pudo escribir y tú llevarlo a casa de Santiago siendo su cómplice.

-No sé cómo decir que… -La muchacha comenzó a hablar pero el teléfono de David sonó y él le hizo un gesto con la mano y salió fuera. Patricia se quedó con Corina dentro, todo estaba en silencio.

-Todo se resolverá pronto. Si es verdad que tú no tuviste nada que ver, saldrá a la luz.   –La tranquilizó Patricia.

-Ojalá, porque yo puedo jurarle por lo más sagrado que no tengo nada que ver en todo esto.

En ese momento entró David por la puerta, tenía la cara descompuesta y blanca como la pared. Llamó a Patricia y un policía entró para llevarse de nuevo a Corina a su celda provisional.

**Luis acababa de salir de darse una ducha, tenía que darse prisa si quería ver a su mujer antes de mediodía. Le daba tanta pena verla detrás de las rejas sabiendo que ella no había tenido nada que ver con todo aquel asunto… Estaba echándose loción para después del afeitado cuando llamaron a la puerta de su habitación. Dudó si abrir, puesto que solo llevaba una minúscula toalla en la cintura, pero volvieron a llamar con insistencia y solo podía ser una persona: Sara.

Cuando la chica entró, se quedó mirándolo fijamente. Aquel chico despertaba tanto en ella… Se fue acercando a él lentamente, solo llevaba un camisón y los ojos le brillaban de deseo. Luis se dio cuenta que cada día su barriga crecía más y más.

-Sara, por favor… -Dijo el chico mientras veía que se iba acercando a él.

-Calla… No hay nadie en casa y seguro que tu mujer no va a volver. –Dijo ella en tono coqueto mientras recostaba a Luis en la cama.

-No, esto no puede ser, yo quiero a mi mujer… -Intentaba escapar de los besos de Sara, pero era muy difícil, le traían tantos recuerdos.

-Calla, ella ahora no está aquí y tú necesitas a alguien que te mime y te consuele.

-No puedo… -El chico intentaba oponer resistencia, pero Sara estaba sentada a horcajadas encima de él y temía hacerle daño al bebé.

-Sí puedes, igual que has podido noches atrás ¿A caso no recuerdas las noches de pasión que hemos tenido mientras tu mujer dormía plácidamente? –Su voz sonaba melosa.

-No puedes hacerme esto. Yo quiero a Corina.

-Tú me quieres a mí y lo sabes. No eres indiferente a mis encantos. Además, me debes mucho, no olvides que te voy a dar a mi hijo.

-No me eches en cara eso… -La chica cada vez lo besaba con más intensidad.

-Quiero que me hagas el amor.

-Tengo que ir a verla…

-¡No! Ahora estamos solos.

El chico no se negó. Sabía que tenía que complacerla para que el día de mañana él y su mujer pudieran ser felices al lado del bebé que aquella mujer llevaba en su vientre. Le debía mucho, gracias a ella, podría darle a Corina lo que más deseaba.

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2 comentarios en “FE CIEGA. QUINTO CAPÍTULO.

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