FE CIEGA. TERCER CAPÍTULO.

**A penas habían pasado dos horas desde que Patricia recogió sus cosas para irse a casa de David. Se moría de la vergüenza, ¿Qué pensarían sus padres? No tenía otra opción, si no hubiera cogido la mano de David cuando se la ofreció quizás en aquellos momentos estuviera viviendo otro de los episodios tan terroríficos. Suspiró y negó con la cabeza. Solo quería una vida normal, ser feliz y estar tranquila consigo misma.

-Tenías que haber denunciado. Nuestro superior te lo ha dicho, tenías que haberle hecho caso. –Dijo David mientras aparcaba en la puerta de su casa.

-No voy a denunciar, no quiero más problemas. Cuando llegue a casa si quiere que me busque, pero no quiero que lo busquen a él. Posiblemente, sea yo la que tenga que pasar el resto de mi vida bajo tierra. –David resopló. No estaba de acuerdo con la decisión de Patricia, pero tenía que acatarla. Ella mejor que nadie conocía a aquel hombre y cuando se mostraba tan asustada sus razones tendría.

-Tú eres quien decides, nosotros solo podemos aconsejarte. –El chico bajó las maletas de Patricia y las metió en su casa. Ella comenzó a andar detrás de él.

-¿Qué van a pensar tus padres? –Se percató de una casita de dos plantas, donde la decoración se ajustaba mucho a sus gustos. Muebles de madera maciza y color crema en las paredes. Justo a la entrada estaba el salón, a la derecha una cocina pequeña, pero bien estructurada y con unos grandes ventanales.

-No van a decir nada, este también es mi hogar y a mi madre le va a encantar la idea de tener una chica en casa. Ven, te voy a enseñar tu cuarto. –El chico cogió su mano y subieron las escaleras en silencio.

-¿Este va a ser mi cuarto? Es muy bonito –Cuando David abrió la puerta, la chica comenzó a mirarlo todo. Era una estancia agrandable y muy limpia, allí se sentiría como en casa. Los muebles eran blancos y todo estaba decorado con tonos azules y verdes.

-Espero que estés a gusto. Ahora llamaré a mis padres para contárselo. –David dio media vuelta para salir de la habitación y dejarle un momento de intimidad a Patricia.

-¿No tienes hermanos? –Preguntó la chica mientras se sentaba en una mecedora que había junto a la ventana.

-No, soy hijo único. Por lo visto no consiguieron tener más hijos después de a mí. –Se encogió de hombros y sonrió. Los rayos de sol entraban por la ventana y hacían que Patricia pareciera un ángel más que nunca.

-Ahora estaré yo, podré ser como tu hermana. –La chica vaciló un instante. David sonrió.

-Nunca podrás ser como mi hermana, créeme. –Al decir estas palabras el chico salió por la puerta en dirección al salón para llamar a su madre y comunicarle que tenían una nueva inquilina en casa.

**Blanca había salido a dar un paseo, hacía muy buena mañana para estar encerrada en casa y aunque todo el mundo la criticara a su paso, eso no le importaba. Ahora estaba ilusionada con algo ¿Cómo no se había dado cuenta antes de la existencia de Raúl? Fue hacía apenas una semana, cuando lo vio entrar en casa de su hermana Corina, parecía tan buen chico, con su chándal y su corte de pelo perfecto, tenía los ojos almendrados y negros. Lo esperó a la salida y le saludó, él se le acercó y le preguntó cómo estaba. A pesar de haberse dado cuenta ahora de su existencia, ellos se conocían de toda la vida, habían ido juntos al colegio, pero hubo una temporada en la que Raúl enfermó y apenas salía de su casa. Ahora había quedado con él, tenían que verse en algún lugar dónde nadie fuera testigo de su encuentro. Ella estaba intentando cambiar, dejar las drogas, pero nadie creía en su cambio. Quería conocer a un chico, volver a tener una ilusión en la vida y se dio cuenta que Raúl era estupendo para aquello, podía llegar a quererlo mucho con el tiempo. Cuando llegó al merendero, allí estaba él esperándola, sentado en uno de los bancos.

-Buenos días, Raúl. –Le dijo la muchacha sentándose a su lado. Sonrió el verle, con aquellos ojos brillantes y oscuros, aunque parecía algo desganado. Se fijó un poco más en él y se dio cuenta que aquel chico no se parecía absolutamente en nada a su hermana.

-Hola Blanca.

-Oye, ¿Por qué tienes tan mala cara? –Preguntó alarmada.

-Estoy consumiendo desde hace unos días. Quiero ser como tú y que así me quieras. –Blanca abrió los ojos lo más que pudo de la sorpresa. ¿Cómo podía un chico como Raúl haber caído en aquella maldita tentación? Si ella era la culpable de aquello no se lo perdonaría en la vida.

-¡No puede ser! –Se puso en pie y comenzó a andar de un lado a otro. No podía cargar con la culpa de haber metido a aquel buen chico en un mundo así, aunque hubiera sido inconscientemente.

-Tú sabes que he estado loco por ti toda mi vida. Luego me puse enfermo y tú comenzaste con todas tus fechorías, pero nunca te olvidé y hace unos días cuando me saludaste al salir de casa de mi hermana creía estar soñando. Así que quiero pertenecer al grupo de los tuyos, para así poder estar totalmente integrado.

-Raúl, estás muy equivocado si piensas así. Yo reconozco que he sido mala, he robado y me he drogado durante mucho tiempo, pero ahora creía que contigo podría cambiar, que tú podrías ayudarme a ello, pero drogándote no me ayudas en absoluto. ¿Quién te está dando toda la mierda que consumes?

-Es amigo tuyo también, un día lo vi y le paré para hablar con él. Me dijo que te conocía y que si quería conquistarte lo mejor era que consumiera para ser como tú. –El chico pasó uno de sus dedos por su nariz. Blanca negó con la cabeza ante las palabras que estaba escuchando. Aquello se le antojaba demasiado surrealista.

-¿Pablo?

-Sí, el mismo.

-¡No le hagas caso, Raúl! ¿No te das cuenta que te dice eso para hacer venta? ¿Has consumido mucho?

-Llevo varios días y la verdad me siento bien, me evado de todo. –El chico le dedicó una sonrisa que hizo que a Blanca le temblara todos y cada uno de los bellos de su cuerpo, se estremeció sin poder remediarlo, pero si él estaba dispuesto a seguir en aquel mundo donde se había  metido, con ella no tenía nada más que hacer.

-Pues siento comunicarte que yo no puedo estar con un chico que consume cuando lo que yo quiero es dejarlo. Creí que tú podrías ser mi apoyo, ayudarme a salir de todo esto, pero veo que no, que nada de eso podrá ser posible, así que lo mejor será que me vaya. –La chica se levantó y comenzó a andar por el paseo, no estando dispuesta a alargar aquello ni un minuto más. Siendo de aquella manera, Raúl no tenía nada que hacer con ella.

-¡No! –Gritó el chico mientras la agarraba por el brazo- Si tú me lo pides yo jamás en la vida volveré a probar nada. Si lo hice fue porque creí que consumiendo tú me querrías.

-¿Pero no te das cuenta que yo lo que quiero es salir de toda esa mierda? Si te necesito es limpio, que me entretengas, vayamos al cine, de fiesta, hacer cosas que no impliquen consumir. –Los ojos se le llenaron de lágrimas al pronunciar aquellas palabras. Se sentía tan sola en aquellos momentos, tan sola que había veces que creía que lo mejor sería marcharse para siempre. Su madre jamás le prestó atención, nunca la quiso y ahora que era mayor le costaba más que nunca entender el porqué.

-Cuenta conmigo. –El chico sacó una bolsita con polvos blancos del bolsillo- Y de esto me voy a deshacer en cuanto pueda, jamás voy a volver a probar nada. Yo solo quiero estar contigo. –Se acercó a ella y la besó fugazmente en los labios.

-Por ahora tenemos que conocernos mejor. Sé que en realidad nos conocemos de toda la vida, pero no como necesitamos en este momento. Tenemos que ver si funcionamos, pero me gustas mucho –La chica rozó su mejilla suavemente.

-Cómo tú digas. –Los dos comenzaron a andar cruzando el parque en dirección a dónde vivía Blanca.

 

**Santiago entró en comisaría como un rayo. Antonia se levantó de su silla al verlo y le preguntó si sabía algo de su hijo.

-¡Tengo que hablar con Parker de inmediato! –Dijo exasperado mientras se mecía el cabello. A la mujer la sorprendió ver las ojeras que tenía aquel chico, los ojos llorosos. Se volvería loco de un momento a otro si su hijo no aparecía.

-Siéntese un momento, voy a su despacho. –Antonia avisó a David lo más rápido posible y en una milésima de segundo, lo invitó a pasar.

-¿Qué ocurre? Le veo muy agitado. –Preguntó el policía mientras se sentaba en su butaca. Santiago se sentó en una de las sillas habilitadas para ello y suspiró resignado.

-Creo traerle alguna pista de quién puede tener a mi hijo. –Susurró bajito.

-Acabo de hablar con los padres de Andrea. Efectivamente me han confirmado que su hija lleva desaparecida el mismo tiempo que Víctor, algo más de una semana. He concertado una cita con ellos mañana, necesito hablar del asunto.

-Pero lo que le vengo a decir no está relacionado con Andrea. Verá, hay algo que recordé ayer –Obviamente no quería meter a Corina en todo aquel embrollo.

-Dígame lo que sea. –David cogió un bloc y comenzó a apuntarlo todo.

-El mismo día que mi hijo desapareció, tuve un altercado en la puerta del colegio con el padre de otra alumna. –Hablaba demasiado deprisa y grandes gotas de sudor recorrían su rostro.

-¿Qué ocurrió exactamente?

-Por lo visto, mi hijo y su hija se habían peleado por un juguete y Alejandra, la amiga de mi hijo, acabó con un arañazo en la cara. Cuando su padre, Diego, vio a su hija y se enteró que mi hijo había sido quien se lo había hecho salió hecho una furia en mi busca. Tuvieron que sujetarlo para que no llegáramos a las manos.

-Pero no entiendo a dónde quiere llegar con esto, solo son cosas de niños.

-Creo que es Diego quien tiene a mi niño. –Afirmó sin duda.

-¿Se basa en la disputa que tuvisteis por una niñería de sus hijos para hacer tal acusación? –David se puso en pie y se apoyó en el quicio de la ventana.

-No. Nosotros hace muchos años montamos una empresa juntos. Todo parecía ir a la perfección, ganábamos mucho dinero y nos repartíamos las ganancias, hasta que un día comenzó a divulgar que yo me estaba quedando con su dinero.

-¿Y no era cierto?

-Claro que no, yo sería incapaz de quedarme con nada que no fuera mío, pero según él no le salían las cuentas y afirmaba que yo me estaba quedando con el dinero que le pertenecía a él.

-¿Y por eso cree que él es quien puede tener a su hijo?

-El día del incidente en la puerta del colegio, se me acercó y me dijo que lo iba a pagar, que me iba a dar dónde más me dolía. Y sin duda lo ha hecho, se ha llevado a mi Víctor, a saber que le estará haciendo a mi niño. –Los ojos del hombre se llenaron de lágrimas, cosa que hizo que David se entristeciera. No tenía hijos, pero podía imaginarse lo que significaba que te arrebataran a uno.

-Bueno, eso son especulaciones, todavía no tenemos nada contundente. Yo iré a hablar con este señor a ver que nos cuenta. Si es tan amable, déjele sus datos a Antonia  –David cerró el block y se dirigió a la puerta para acompañar a Santiago.

-Gracias, y por favor, encuentren a mi niño pronto, no puedo estar más sin él. Es tan pequeño, tan frágil, tan indefenso…

-Haremos todo lo posible. Le llamaré.

**Patricia estaba aburrida. La noche anterior había conocido a los padres de David y se percató que eran muy buenas personas, la habían tratado como una más de la familia y le habían ofrecido todo su apoyo, cosa que ni su propia familia hacía. Estaba sentada en la cocina, tomándose un café y leyendo un libro. Esperando una llamada de Parker, para saber si tendrían que ir a Córdoba a ver a los padres de Andrea. Sonó el teléfono, era un número oculto, pensó que quizás fuera de comisaría.

-¿David? –Preguntó ilusionada.

-Rata inmunda, desapareces de mi vida y ahora me llamas por el nombre de ese imbécil. –Era Pablo, la chica se levantó de la silla con el corazón a mil por hora, pero decidió no contestar- ¿No hablas? Esto lo vas a pagar, no te creas que por esconderte no voy a dar contigo, sea como sea voy a saber dónde estás y entonces voy a ir a por ti.               –Patricia colgó el teléfono y comenzó a llorar, muy asustada.

Todo era demasiado difícil para ella, necesitaba a David, estaba muerta de miedo, descolgó el teléfono y le llamó.

-¡¿Dónde estás?! –La chica estaba fuera de sí, el miedo que sentía en ese momento la dominaba y no podía controlar las lágrimas que recorrían su rostro.

-¿Patricia? ¿Qué te ocurre? –Preguntó alarmado.

-Me acaba de llamar Pablo y me ha amenazado. Tengo mucho miedo, por favor, ven conmigo, no puedo estar sola, me muerto de miedo. –Las lágrimas apenas la dejaban pronunciar palabra, sentía que el corazón le iba a mil por hora.

-Ahora mismo hablo con Antonia y voy para casa, no abras la puerta a nadie, yo entraré con mis llaves, estate tranquila. –Y colgó.

La chica se sentó en el sofá e intentó tranquilizarse. Cogió el libro que se estaba leyendo en ese momento y comenzó a leer nuevamente, pero no duró mucho tiempo, sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, así que fue a hacerse una tila. Si la madre de David estuviera allí, o su padre, no estaría sola y no tendría tanto miedo, pero no había nadie y el solo pensamiento de que Pablo pudiera aparecer por allí y hacerle algo la hacía temblar entera. Sintió la puerta de la calle, era David.

-¡No te vayas! –Gritó ella llorando a la vez que se le abrazaba.

-Tranquila, pero entiende que tengo que trabajar, no puedo estar aquí siempre.             –Le dijo él meloso mientras acariciaba su cabello dulcemente. Estaba tan guapa aquella mañana, su larga melena caía por los hombros y los moratones de la cara ya estaban desapareciendo.

-Me muero de miedo, no soporto la idea de estar sola, solo de pensar que Pablo pueda venir a buscarme…

-No va a venir, no creo que se imagine que estás en mi casa, primero iría a buscarte a otro sitio. –Los dos se sentaron en el sofá.

-Bueno, ¿Se ha sabido algo más de la investigación? –Preguntó la chica al cabo de unos minutos, algo más relajada.

-Sí, mañana he concertado una cita para ir a ver a la madre de Andrea y tú vendrás conmigo, allí no hay riesgo de que Pablo te vea. También ha venido Santiago hoy, para decirme que cree que su hijo puede tenerlo un hombre del pueblo, cuya hija estudia con Víctor y con el que tuvo un altercado a la puerta del colegio y en el pasado también, por lo visto, me ha confirmado que le amenazó.

-Mañana voy a ir contigo, no puedo dejar la investigación a un lado por mis problemas personales.

-En teoría estás trabajando, aunque te queramos tener lo más lejos posible de comisaría porque allí Pablo te encontraría de momento, así que sí, tendremos mucho cuidado y vendrás conmigo.

-¡Gracias! –Exclamó la chica abrazándose a él. David no pudo reprimir el impulso y la abrazó lo más fuerte que pudo, la atrajo contra él y su cabello negro quedó hundido en su nariz, olía tan bien. Al retirarse, sus miradas se cruzaron, se quedaron mirándose y David se fue acercando lentamente para besarla, ella no opuso resistencia y sin darse cuenta se estaban fundiendo en un dulce beso.

-David, esto no está bien. –La chica se retiró de él tímidamente.

-Lo siento, no era mi intención.

-No te preocupes, no me ha molestado. –Patricia sonrió para tranquilizarlo.

-¿De verdad? –Preguntó el chico mirándola avergonzado.

-Te lo prometo. Ojalá el destino me hubiera puesto a un hombre como tú en mi camino.

-Quizás el destino, al que nombras, te lo esté poniendo en bandeja.  –La chica lo miró con los ojos abiertos, no se había parado a pensar en eso.

-David…

-No digas nada. No puedo aguantar más esto que siento por ti. Llevo meses esperándote, callándomelo y aguantando como un imbécil te pegaba. Ahora lo único que quiero es ayudarte a olvidarlo, tratarte como una reina.

-David, yo… -El chico no la dejó que acabara la frase y se acercó de nuevo lentamente a ella y la volvió a besar.

-¿De verdad no sientes nada por mí? –Le preguntó el chico mirándola a los ojos.

-No lo sé, estoy muy confundida, pero ayer, cuando me dejaste en mi cuarto, me di cuenta de muchas cosas. Eres una gran persona ¿Sabes? –Patricia comenzó a jugar con el flequillo de David- Además de guapo, claro.

-Yo podría hacerte la mujer más feliz del mundo y que olvidaras a ese desgraciado que tanto daño te ha hecho.

-Podríamos intentarlo, pero tendríamos que ir muy despacio. Yo acabo de salir de una relación bastante difícil y no puedo meterme de lleno en otra. Primero quiero conocerte, ahora estoy en tu casa, así que podemos pasar más tiempo los dos juntos.

-Claro, te entiendo. A mí con que me des la oportunidad de poder hacerte feliz, me basta.

-Lo intentaremos, pero ya sabes, muy poquito a poco.

**Al día siguiente, Santiago decidió ir a casa de Diego, antes de que Parker y su compañera se le adelantaran. Cuando llegó miró su casa, nunca olvidaría aquellos tonos sepias de la entrada, allí habían vivido muchas cosas juntos y ahora ya nada de eso era real. Le invadió un gran sentimiento de melancolía. Diego antes lo era todo para él, su fiel amigo y compañero y ahora estaba allí para reclamarle por la desaparición de su hijo. Ahora él tenía una vida perfecta, vivía con Teresa, su mujer y su hija Alejandra. Desde que cada uno se casó, su amistad comenzó a apagarse, sus mujeres no terminaban de coincidir y dejaron de salir juntos y verse los sábados por la noche para tomarse unas copas. Miró el reloj y vio que eran las nueve de la mañana, estaba decidido a llamar cuando una mano se posó en su hombro.

-Hola Santiago, ¿Cómo tú por aquí? –Le preguntó Teresa. Era una chica joven, rubia natural y con un gran moño en la cabeza. Su piel era clara y sus ojos también, la mujer perfecta para Diego.

-Eh, hola Teresa. Me gustaría ver a Diego. Tengo algo muy importante que comentarle. –Dijo acelerado.

-Ahora mismo está en su despacho, iba a ir a llevar a Alejandra al colegio, pero al final la he llevado yo para dejarlo trabajar tranquilo. Por cierto, ¿Se ha sabido algo más de Víctor?    –Le mujer esperaba una respuesta ansiosa, sus ojos grandes miraban a Santiago con impaciencia-

-De Víctor no se sabe nada. Pero necesito hablar urgentemente con Diego.

-¿Qué ocurre? –Preguntó la mujer extrañada- Vosotros hace mucho tiempo que no sois amigos.

-Es un tema delicado, si me dejaras pasar y yo pudiera hablar con él…                                   -Comenzó a decir.

-Está bien, pasa. Aunque no creo que pueda atenderte por mucho tiempo, tiene bastante trabajo. –Teresa abrió la puerta de su casa y entraron al interior. El salón estaba exactamente igual a como él lo recordaba, volvió a sentir aquel sentimiento de nostalgia, pero tenía que ser fuerte además de claro con Diego.

-Vuestra casa sigue igual que antes. –Dijo él- Verás Teresa, un pensamiento está rondándome la cabeza, pero no quiero haceros daños a tu niña y a ti. Quiero tratarlo con discreción, al menos hasta que todo se aclare.

-No entiendo que tratas de decirme, ven pasa al interior de su despacho.                       –Teresa abrió una puerta corredera que había al principio del pasillo y allí estaba Diego, sentado en su mesa de trabajo. Al ver a Santiago sus ojos se abrieron perplejos. No se imaginaba que fuera a verle. Hacía muchos años que no tenían relación y la última vez que se vieron, casi llegan a las manos.

-¿Qué estás haciendo tú aquí? –Preguntó Diego a la par que se levantaba de su butaca. El hombre iba tan impoluto como siempre, con sus pantalones negros y camisa blanca, para él era como un uniforme.

-Tú tienes a mi hijo, ¿Verdad? –Teresa estaba a su lado cuando pronunció aquellas palabras y palideció. ¿Sería posible que aquel hombre estuviera preguntando aquello?

-¡Tú estás loco! ¿Para eso vienes a mi casa? –Teresa estaba totalmente fuera de sí. Diego no dijo nada, simplemente se acercó a su mujer y le pidió que saliera de la habitación. Él se encargaría de sobrellevar aquella situación.

La puerta del estudio se cerró y Teresa quedó fuera. Necesitaba hacer algo, no podía quedarse allí, ella sabía lo mal que se llevaban los dos hombres que había dentro de aquella habitación. ¿Pero que debía hacer? En cualquier momento alguno de ellos saldrían con la nariz ensangrentada o algo mucho peor. No tardó en comenzar las voces, ella estaba temblando, no era bueno esos escándalos en su casa, en cualquier momento alguien podría llegar y llamar a la policía, pero si la policía venía…  La puerta del despacho se abrió y los dos hombres salieron de él, Santiago tenía a Diego cogido por el cuello y lo estampó contra la pared del pasillo, luego muy despacio lo fue soltando, mientras le decía algo muy bajito “Espero que mi hijo aparezca pronto, cabrón” Se colocó bien su chaqueta y se marchó. Teresa se abrazó a su marido y los dos cayeron al suelo.

-Cariño, ¿Qué quiere ese hombre de nosotros? –Preguntó ella entre sollozos.

-Sospecha que tenemos a su hijo. Ha venido a amenazarme y a decirme que ha puesto en conocimiento de la policía todo lo que piensa de mí.

-¡Seremos el punto de mira de todo el pueblo! –Gritó la chica mientras se llevaba las manos a la boca.

-Eso es lo de menos, Teresa. Ahora tenemos que pensar en frío. Por cierto, ¿Has llamado al de las puertas? Tiene que cambiar la del fondo del pasillo y ponerle al menos tres cerraduras.

-Vienen esta tarde. Pero, no sé qué hacer con lo que hay dentro hasta que el hombre coloque la puerta y los cerrojos.

-Mételo en el armario del desván. No creo que allí nadie vaya a meter sus narices y tenemos que tener mucho cuidado con la niña, ella no puede ver nada. Podría llamarle mucho la atención.

-Tranquilo, seguro que todo va a salir a la perfección. ¿Él cuando viene?              –Preguntó la chica en un hilo de voz. Sabía que aquello no estaba bien, se la estaban jugando demasiado, pero no tenían otra opción a aquellas alturas.

-Esta noche, cuando nadie pueda verlo.

-He pensado que es mejor que antes de que venga el cerrajero y coloquen la puerta, debería venir y quedarse él con eso. Luego puede volver a traerlo, cuando sepamos que nadie va a entrar en esa habitación.

-Lo llamaré ahora, no creo que tarde en llegar

****Corina estaba muy nerviosa, Luis trataba de tranquilizarla acariciando su mano. Se habían pedido un café mientras esperaban a Sara, la madre de su futuro hijo.  No podía dejar de pensar en la situación, a sabiendas que no estaba bien lo que estaban a punto de hacer, pero veía a su marido tan contento que no podía decirle que no. Para ellos sería un sueño tener a un bebé en brazos, un sueño bonito que de no actuar así, posiblemente jamás alcanzarían.

-Luis, estoy hecha un flan. No sé qué le vamos a parecer a Sara para ser los padres de su hijo. –Dijo mientras removía aquel café que cada vez estaba más frío.

-Tranquila cariño, ella solo quiere que su hijo se crie en una buena familia, ya que ella no se puede hacer cargo de él. –El chico miró inquieto hacia la salida del bar, pero no vio nada.

-¿Y tú como lo sabes? ¿Has hablado con Sara ya? –A Corina le extrañó las palabras tan contundentes de su marido.

-No, su tía Tere me lo ha estado contando esta mañana que está muy ilusionada con la idea de no tener que deshacerse del hijo que lleva dentro.

-Ojalá le parezcamos unos buenos padres para su hijo. Por cierto, ¿Sabes cómo es? Aquí hay mucha gente y a saber quién puede ser ella. –La chica dio un sorbo al café y colocó su melena en el sitio justo.

-Sé que esto no es el pueblo, que todos nos conocemos, pero si nos veníamos a Córdoba capital, todo era mejor, así no habría rumores si alguien nos veía.

-Sí, claro.

-Me ha dicho que va a traer una rosa roja en su chaqueta.

Fue decirlo y aparecer por la puerta una chica rubia, con el pelo corto y los ojos más verdes que Corina había visto en su vida. Los dos se levantaron y la chica ando en su dirección. Al llegar a la mesa estaba muy cortada, no era capaz de soltar palabra. Tras realizar las presentaciones oportunas, Luis le pidió un café mientras ella se quedaba con su mujer en la mesa.

-Él es mi marido, se llama Luis.

-Sí, lo sé, me lo ha dicho cuando he llegado. –Le informó la chica mientras miraba al suelo.

-Creí que no te habías enterado con los nervios, cómo te has quedado mirándolo fijamente… -Corina no pudo reprimir los celos que sintió en el momento en el que Sara había mirado a su marido. Quizás aquello no fuera tan buena idea.

-Son los nervios, lo siento.

-Ya está aquí tu café –Dijo Luis cuando llegó a la mesa.

-Bueno, ya estamos todos. Ahora tenemos que hablar del tema. ¿De cuántos meses estás? –Preguntó Corina a la chica que estaba paralizada por los nervios.

-De cuatro meses, me pongo ropas anchas para que no se me note. Aquí en Córdoba, la gente me conoce y no quiero que sepan que estoy embarazada.

-¿Eres de Córdoba capital?

-Sí, soy de aquí. Estudié varios años, pero decidí dejarlo, no era lo mío. –Se encogió de hombros.

-Tu tía Tere es quién nos ha contado tu caso. –Dijo Luis mirando fijamente a la chica. Ella asintió.

-Sí, mi tía sabe en la situación tan desesperada en la que me encuentro.

-Sabrás que nosotros lo que más deseamos en el mundo es tener un hijo y no podemos, por eso queremos proponerte algo.

-Decidme, soy toda oídos. Hoy en día necesito ayuda desesperadamente  –Aquella joven se sentía tan desprotegida en aquellos momentos que cualquier proposición le parecería bien.

-Al principio me pareció una aberración, pero luego mi marido me convenció y queremos proponértelo, tú vas a ser quien decides todo. Queremos hacernos cargo del hijo que tú no podrías criar. Nuestra necesidad de tener uno es tan grande… Y como ya sabrás no podemos tenerlo. Si esperamos una adopción, tardarían años y además no nos darían un bebé, por nuestra edad. Así que hemos pensado, que podrías venirte a vivir a nuestra casa hasta que tengas al niño. –Le explicó pacientemente Corina.

-Por lo que me ha dicho mi tía, vivís en un pueblo muy pequeño, ¿No habría rumores?

-Hemos pensado decir que eres mi prima. Mis padres no viven en el pueblo y nadie tiene relación con ellos, así que, no podrán decirle nada. Tú serás mi prima y cuando tengas al bebé te marcharás, no sin antes dejar en documento en el que conste qué nosotros nos haremos cargo de tu hijo en caso de que tú no puedas. –Luis le habló claro y sin rodeos.

-Me parece bien. Yo, ya que no puedo encargarme de este niño, me gustaría que se criara con alguien que pudiera darle todo lo que él se merece.

-¿Y el padre? –Preguntó Corina.

-Él no sabe nada y no creo que le interese. –La chica se removió en su silla como consecuencia de su malestar ante la pregunta.

-No quiero que luego venga a por el niño cuando tú hayas desaparecido y nos lo quite.

-Eso no ocurrirá, el padre de mi hijo jamás va a aparecer, podéis estar tranquilos.

-Si quieres te puedes venir ahora mismo para casa –Le comentó Corina, extrañamente feliz.

-Sí claro, cuando vosotros queráis, solo tenéis que decírmelo.

-¿Estás segura de lo que vas a hacer? Espero que no te eches atrás cuando tu hijo nazca. –Corina la miraba fijamente, en el fondo había algo en ella que no terminaba de encajar.

-No me voy a arrepentir, si queréis os puedo firmar algo ahora mismo que lo acredite.

-No, eso cuando llegue el día, nos firmarás los documentos necesarios.

-Sabemos que no es legal lo que estamos haciendo, pero esperemos que no salga de aquí. Si queréis podemos irnos ahora mismo.

Los tres se levantaron y caminaron hacia la puerta. La chica tendría que ir a por sus cosas, pero no tardarían mucho. Luis estaba realmente contento, iba a tener un hijo en unos  meses y tenía la total certeza de que jamás se lo iban a quitar.

**Los días se le pasaban lentamente. Nunca había querido ir al instituto pero ahora que estaba con aquella pierna escayolada y sin poder salir de casa, necesitaba más que nunca retomar de nuevo sus estudios. Sus padres habían salido y él estaba en el salón, comenzó a dar vueltas por el mismo con la silla de ruedas y a abrir y cerrar cajones, tenía una gran necesidad de encontrar algo que lo entretuviese de aquel aburrimiento tan grande que sentía. Al abrir el cajón de uno de los muebles, encontró algo que le llamó la atención ¿Qué era aquello? Una caja roja oscura. Cuando la abrió pudo ver unos prismáticos. Seguramente serían de su padre, los habría heredado de su abuelo. Los sacó de su caja y comenzó a investigarlos. Se acercó a la ventana y los probó. Entonces vio algo justo en la casa de enfrente. ¿Qué era aquello que su vecino arrastraba por el suelo de su habitación? Volvió a mirar y ya no vio nada, pero sabía que algo estaba pasando. Decidió no decir nada sobre el asunto a nadie e investigarlo él por su propia cuenta, aunque fuera desde su ventana y con unos pequeños prismáticos.

 

 

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