FE CIEGA. SEGUNDO CAPÍTULO.

**Blanca no había vuelto a salir de su casa desde que llegó de aquel maldito calabozo donde la tenían encerrada. Su madre a penas le había dirigido la palabra, al igual que su hermana Nazaret. Se sentía sola, necesitaba droga para poder seguir adelante. Lo había intentado, había intentado por todos los medios salir de ese mundo, no volver a consumir, pero todo era en vano, cuando se sentía sola lo único que quería era evadirse y no había otra manera de hacerlo o, al menos, no la encontraba.

Fue a la cocina y se echó un café. Miró por la ventana y vio salir de su casa a su vecina Corina. Ella sí que tenía una buena vida: su propia casa, un trabajo, un marido que se veía a leguas que la quería muchísimo y la trataba como una reina. Ella en cambio, no tenía nada de eso, absolutamente nada. Se quedó mirando fijamente  como Corina andaba calle arriba ¿Dónde iría? Se dio cuenta que estaba realmente aburrida, necesitaba hacer algo, pero no se le ocurría nada.

En el último sorbo de café su móvil vibró. Miró el mensaje, era de Pablo. “Estoy donde siempre quedamos, traigo munición, no me creo que hayas decidido dejarlo, te esperaré cinco minutos, si no vienes, me marcho” No lo pensó ni un segundo, se puso los zapatos y salió de su casa. Por suerte, aquella explanada donde solían verse le quedaba al lado justamente de su casa, no tardó ni un minuto en llegar.

-Vaya, veo que ni te lo has pensado. –Le dijo el chico mientras se levantaba del banco donde estaba sentado. Pablo tenía el cabello corto y muy rubio, aunque podía percibise que era su color natural. Sus ojos eran oscuros como la noche. La chica pensó que no estaba mal, pero no le gustaba aquel mundo en el que trapicheaba.

-Tengo que consumir. Mi vida no vale nada y necesito algo con qué distraerme. –Blanca negó con la cabeza a sabiendas de que estaba echando su vida a perder.

-¿Tu vida no vale nada? Mírame a mí, que tengo que hacerlo todo a escondidas de mi novia. –Dijo él mientras se volvía a sentar al lado de Blanca.

-No sé de qué te quejas. Patricia tiene un buen puesto de trabajo, tenéis una casa, independencia… -Mientras le hablaba más cerca, se fijó que cada día estaba más demacrado, debía de ser la droga. Tenía ojeras  y sus ojos estaban ensangrentado, además, perdía kilos por días.

-Blanca, ¿Tú te has dado cuenta que mi novia es policía? No puedo contarle nada de mis trapicheos con las drogas.

-Seguramente ella no te delataría, eres su novio.

-Ya me encargo de que no me delate. Yo sé que sabe que ando metido en este mundo, pero no se atreverá a decir nada.

-¿Te escondes para que no te vea? ¿A eso te refieres cuando dices que tú te encargas de que no te delate? –Blanca lo miraba con los ojos muy abiertos.

-No, a mí no me importa que me vea. Llevo una temporada que se me va la mano con ella. Llego harto a casa, muchas veces no me salen las ventas y lo pago con ella. –El tono de voz que utilizó aquel chico no le gustó ni un pelo a Blanca, que se llevó las manos a la boca.

-¿Le pegas a tu novia? –La chica lo miraba horrorizada.

-Bueno… -Comenzó a decir él. No le hizo falta escuchar más.

-No creí que pudieras llegar tan lejos. –Pablo se encendió un cigarro mientras escuchaba los reproches de la chica.

-Yo puedo llegar muy lejos –Dijo el chico mientras le agarraba con fuerza la cara a Blanca.

-¡Suéltame! –Gritó mientras se levantaba del banco donde estaban sentados.

-Creo que Patricia me está engañando con otro policía con el que se pasa el día entero.

-¿Te ha dado motivos para que pienses así? Yo apenas la conozco, pero no creo que te fuera infiel con nadie.

-No la conoces, se cree que por traer el dinero a casa puede hacer lo que quiera. Pero te digo una cosa, no se va a volver a reír de mí, como la vuelva a ver con ese otro policía, las consecuencias van a ser fatales. -Estaba fuera de sí, con los ojos más ensangrentados que nunca.

-Mira, Pablo, yo me voy, no me da buena espina el rollo con el que te has presentado hoy.

-Oye, oye… ¿Ahora te vas a volver buena? Que no se te olvide que tú eres una de las peores: drogadicta y ladrona. –Preguntó mientras la agarraba por el brazo.

-¡Estoy intentando cambiar! –Gritó fuera de sí, además de dolida. Nadie podía entender que lo estaba haciendo, estaba intentando poner en orden su vida.

-Cállate… -Pablo se levantó y se acercó a ella enseñándole disimuladamente una bolsita con un polvito blanco.

-Guárdate esa mierda para ti. Yo no quiero nada de lo que traes, quiero cambiar y lo voy a hacer. –Blanca se marchó a paso ligero y se fue hacia su casa. Cuando llegó, se encerró en su habitación y pensó que algo habría qué hacer para no morirse del asco en aquel pueblo.

Pablo se montó en su moto y puso rumbo a casa. Nunca creyó que Blanca, la chica que más droga le compraba, le iba a rechazar una bolsita tan tentadora. Luego sus pensamientos se posaron en Patricia y se entristeció. Se había convertido en un monstruo con ella, la maltrataba y luego le hacía creer que teniendo un hijo, todo se arreglaría. Cuando se estaba acercando a su casa, frenó en seco y se ocultó tras un coche. Allí estaba su novia, bajándose del coche patrulla al lado del imbécil, ese tal David Parker. Antes de entrar a casa, ella se volvió y le dijo adiós dulcemente con la mano. Aquello no se quedaría así, nadie se iba a burlar de él.

**Corina decidió ir a hacer la compra. Eran las seis de la tarde y hacía una temperatura estupenda en la calle. Cuando salió, había un gran ambiente en la plaza del pueblo, los niños jugaban con sus bicicletas o a la pelota y había un grupito de niñas sentadas en uno de los bancos. Se encontró con su vecina Marisa que tenía a su nieta en brazos. Era una niña de un año, preciosa. Rubia con los ojos claros y unos tirabuzones que bien parecían que eran hechos. Se entristeció un poco cuando se acercó a saludarlas. Pensó que ella jamás sentiría una criatura pegarle pataditas en el vientre. Quizás jamás pudiera tener uno así, un niño o niña con quien jugar, a quien darle todos los mimos del mundo. En ese momento recordó lo que había hablado ese mismo día en el almuerzo con Luis. Había estado sopesando la situación, sabía que aquello no era legal, al menos no estaba enterada de ello y si al final se decidía por acoger a esa muchacha en su casa hasta que su hijo naciera, tampoco haría nada para saber si lo era o no. Nadie tenía porque enterarse de la verdad, cuando aquella chica llegara a su casa, podrían mentir diciendo que es una prima lejana de Luis que había venido a visitarlos un tiempo, al final ella se marcharía y su matrimonio sería completamente feliz, con ese bebé que siempre habían esperado.

Cuando entró la tienda estaba totalmente vacía, solo la dependienta, Margarita, estaba colocando cosas en las baldas.

-¿Cómo está la profesora más querida de este pueblo? –Le preguntó la mujer mientras se bajaba de una escalerita. Podía tener sobre unos cincuenta años, morena, con el pelo por los hombros y rizado.

-Muy bien Margarita. Vengo a comprar algunas cosas que me faltan.

-Oye, ¿Se ha sabido algo más sobre el niño de Santiago? –Preguntó mientras se sentaba en un taburete que tenía detrás del mostrador.

-Nada, por desgracia mi niño no ha aparecido. –Corina sentía a todos y cada uno de sus alumnos como sus hijos y siempre se dirigía a ellos en aquellos términos.

-Lo tenías que querer como a un hijo, estabas toda la mañana con él.

-Sí, tengo solo ocho niños, pero él era especial. Era tan pequeño y tan frágil…      -La chica se encogió de hombros y cogió lo que le hacía falta de las baldas que tenía a sus espaldas.

-Es una pena. Esperemos que aparezca pronto. –Corina decidió no decirle que iba a ir a ver a su padre para contarle la deducción que sacó del padre de Alejandra.

-Ana, la muchacha que está de dependienta en la otra tienda, está muy mal. Ella fue la última que vio al niño y de alguna manera se culpa.

-Ella no tiene la culpa de nada –Dijo Corina mientras miraba que el precio del detergente había subido como la espuma.

-Eso mismo le decimos todos.

Margarita comenzó a ajustarle la cuenta a Corina y cuando esta le pagó fue a casa de su madre, que estaba justo al lado de la tienda. Era una casa de dos plantas, sencilla pero muy bonita. Pintada de un blanco impoluto y con dos balcones. Llamó a la puerta y le abrió su hermano.

-Hola Raúl. ¿Y mamá? –Preguntó la chica mientras dejaba las bolsas de la compra encima de la mesa del salón.

-Está en el patio, regando las plantas. –Dijo el chico mientras se volvía a sentar en el sofá. Corina miró a su hermano y un sentimiento de melancolía se le instaló en el estómago. Tan solo tenía veinte años y ya había pasado una enfermedad. Gracias a dios, estaba totalmente recuperado, ahora estaba estudiando un grado de informática y parecía que le estaba gustando porque no ponía ni un pero para ir.

-¡Mamá! –Gritó la chica mientras caminaba por el pasillo hacia el patio.

-¡Estoy aquí! –María, su madre estaba lavando ropa en una pequeña pila que tenía. Corina se sentó en un banco que tenía justo a un lado del jardín.

-Acabo de llegar, he ido a hacer la compra. Ahora quiero ir a ver al padre de Víctor.

-¿Se sabe algo de ese niño? –Preguntó la mujer mientras se sentaba al lado de su hija.

-Nada. Quiero hablar con él por un incidente que ocurrió en antes de desaparecer Víctor justo en la puerta del colegio.

-¿Qué ocurrió?

-El padre de Alejandra, Diego, ¿Sabes quién es?

-Sí, claro. Yo trabajé muchos años con su padre.

-Pues él y Santiago tuvieron un gran altercado y casi llegan a las manos, por una niñería de sus hijos, pero luego me enteré que antes tenían un negocio y parece ser que Santiago le robó a Diego… Entonces había pensado que quizás fuera un ajuste de cuentas por parte de este último.

-Puede ser, pero hija, yo preferiría que no metieras las narices en esos asuntos tan turbios.

-Mamá, sabes que yo no puedo callarme algo así y más cuando Víctor lleva ya algunos días desaparecido. Voy a dejar las compras aquí mientras voy a casa de Santiago, necesito hablar con él.

La chica salió a la calle y se percató de la llegada de un puesto de chucherías que había abierto sus puertas justo al lado de la casa de su madre. Muchos niños compraban chuches, siempre custodiados por un mayor. Desde que ocurrió lo de Víctor, nadie dejaba salir solo a su hijo a la calle. Subió por la calle principal y llegó pronto a casa de Santiago. Llamó al timbre y esperó.

-Hola, ¿Cómo tú por aquí? –Le preguntó el hombre que venía secándose las manos. Corina se fijó en la pena que abordaba los oscuros ojos de aquel hombre. Era joven y apuesto, pero aquello parecía haber hecho que envejeciera por momentos.

-Creí que no había nadie, has tardado mucho en abrir.

-Estaba hablando con mis ex suegros, la madre de Víctor también ha desaparecido. Estamos muy nerviosos, lo siento.

-¿Puedo pasar? Necesito hablar contigo. –El hombre se hizo a un lado y la invitó a pasar. A los pocos segundos estaba sentada en el sofá, en el mismo que unos días antes habían estado sentados David y Patricia.

-Cuéntame. –Le dijo Santiago mientras se sentaba en el pequeño sofá  de cuero.

-Verás, yo no sé si tendrás alguna pista sobre quién ha podido llevarse a Víctor, pero he estado pensando algo y me gustaría comentártelo a ver tú qué piensas.

-Hace unos días vinieron los policías que están al cargo de la investigación porque pensé que quizás mi ex mujer, Andrea, se haya llevado a Víctor.

-¿La  madre del niño? –Preguntó la muchacha asombrada.

-Sí, ella no estaba bien y también ha desaparecido. Yo creo que vino, se llevó a mi niño y los dos están desaparecidos ahora mismo. Tengo mucho miedo, Corina. Ella no está bien mentalmente, de hecho se estaba medicando y ahora que le falta esos medicamentos, no sé qué le puede hacer a mi pequeño. –Santiago hundió la cabeza entre sus manos y unas lágrimas comenzaron a recorrer su cara, que luego retiró discretamente- ¿Y tú que tenías que hablar conmigo?

-Verás, he estado pensando en la discusión que tuvisteis el otro día tú y Diego, el padre de Alejandra. Quizás… -El hombre la miraba ansioso.

-No te entiendo. Según ese hombre, me quedé con el dinero que le pertenecía del negocio que montamos juntos. Pero no entiendo por qué te has acordado de eso ahora. –Le espetó furioso.

-Santiago, eso ocurrió el mismo día de la desaparición de tu hijo. Por eso he pensado que quizás Diego tenga algo que ver. Que haya pensado en un ajuste de cuentas por el pasado, o por la niñería por la que os peleasteis el otro día en la puerta del colegio.

-Claro… ¿cómo no lo había pensado antes? –Los ojos del hombre comenzaron a brillar. La chica pensó en ese momento que quizás lo mejor hubiera sido haber mantenido la boca cerrada, pero ya era demasiado tarde.

-No quiero decir que haya sido él, solo que quizás tenga algo que ver.

-Sí, claro. Te entiendo y has hecho muy bien en venir a decírmelo. Yo con todo lo que ha ocurrido los últimos días y con el sufrimiento de no saber dónde está mi hijo ni lo había pensado. Pero es verdad que ese tipo siempre me ha tenido en el punto de mira. Sé que él ha tenido algo que ver y mañana a primera hora voy a ir a comisaría a comentárselo a los policías.

-Por favor, no quiero estar involucrada en esto. Soy la maestra de Alejandra y no quiero más problemas, solo me ha parecido necesario hacerte saber lo que había pensado. –Le comentó la chica mientras andaba hacia la puerta de la calle.

-No te preocupes. No te mencionaré en ningún momento. Te voy a estar eternamente agradecido de que me hayas puesto en el camino indicado.

-No sabemos si es el camino indicado. –Le dijo Corina mientras se acercaba a la verja de la casa.

-Seguro que sí. –Y cerró la puerta a sus espaldas, aquella chica había pensado lo que a él no se le había pasado por la cabeza, le debía la vida.

**Eran las nueve de la noche y Corina estaba sentada en su sofá viendo la televisión. Pensando cómo podría entretener a los niños el día siguiente, no eran muchos, pero cuando se juntaban todos la podían volver loca. El timbre sonó y miró con recelo. ¿Quién sería a esa hora? Nadie solía ir a esas horas a su casa. Miró para el pasillo y escuchó la ducha, Luis no podría abrir, así que hizo un mohín y se levantó con desgana. Cuando llegó a la puerta vio una silueta que le resultaba familiar. Al abrir pudo ver a Manuel, el vecino de su madre. Era un hombre fuerte y alto, canoso y con una gran bondad, que se veía reflejada en sus ojos verdosos.

-Manuel, ¿Qué hace usted por aquí? ¿Ha ocurrido algo? –Preguntó la chica alarmada mientras ponía en orden su cabello.

-No, no. Solo quería hablar contigo un momento. –Corina lo invitó a pasar y el hombre se sentó en uno de los sillones. Tenía la casa muy limpia y ordenada, sin duda ninguna aquella mujer tenía buen gusto para la decoración.

-¿Quieres algo de tomar?

-No, gracias. Quería hablar contigo, porque desde hace unos días estoy viendo a tu hermano algo mal.

-¿A mi hermano?

-Sí, hace unos días, estaba yo fregando el coche en mi puerta y él salía para ir al instituto donde está haciendo el curso y lo vi muy raro.

-¿Raro en qué sentido, Manuel? –Corina se abrazó a sí misma, parecía que se había levantado un poco de frío.

-No me conoció. Le di los buenos días, se me acercó y me dijo que no sabía quién era. Tenía los ojos decaídos y ojeras.

-Me parece realmente extraño lo que me está contando ¿Cómo no le va a conocer mi hermano? Si eres su vecino de toda la vida.

-También quería comentarte que lo he visto con tu vecina, con la chica que ha estado presa unas cuantas de noches, Blanca creo que se llama. Ayer los vi en el mirador del pueblo. Estaban sentados en un banco y hablando animadamente.

-¿Qué me quieres decir?

-¿No te das cuenta? No me conoció, estaba como enajenado, con los ojos ensangrentados y lo he visto con Blanca, todos conocemos el problema de esa chica. Si atas todos los cabos quizás saques algo en claro. –Corina miraba al pasillo, pedía que Luis llegara en cualquier momento, así podría sacar él alguna conclusión también.

-¿Insinúas que Raúl pueda estar metido en el mundo de las drogas? –Preguntó casi sin voz.

-No lo sé, yo solo quería informarte de lo que he visto. Sabes que quiero a tu hermano como a un hijo, lo he visto crecer junto a mi casa y no quiero que le pase nada malo.

-Lo sé. –La chica se levantó para acompañar a Manuel a la puerta de entrada.

-Bueno Corina, espero que nos veamos pronto, yo ahora me voy a ir al salón de mayores a jugar al ajedrez con mi vecino Juan.

-¿Cómo está Juan? Hace tanto tiempo que no lo veo, y eso que vivimos al lado, y es vecino vuestro y de mis padres, pero con el ajetreo del día a día hace bastante tiempo que no sé nada de él.

-Está bien, aunque un poco angustiado porque al marido de su hija le han detectado una enfermedad rara en los huesos y le han dicho que en no mucho tiempo quizás se quede en silla de ruedas para toda su vida, y él solo piensa en su hija, que están en Madrid y que no va a tener ayuda de nadie.

-¿Tan mal está su yerno?

-Los médicos le han dicho que con los tratamientos adecuados no tiene por qué quedarse inválido de inmediato, pero dentro de un tiempo seguro que sí.

-Pobre, espero que le sea lo más leve posible. Manuel, yo hablaré con mi hermano para que me explique qué es lo que está pasando.

Cuando Luis salió del baño le explicó lo que Manuel le había contado, el chico se sorprendió puesto que su cuñado nunca se había relacionado con ese mundo de las drogas, pero quizás esa chica le gustara y cuando a alguien le gusta una persona, puede llegar a cometer muchas tonterías.

-Cariño, ¿Pensaste lo que te dije? –Le preguntó melosamente Luis a su esposa mientras la cogía por la cintura.

-Sí, quizás sea lo mejor. He pensado que si no es así, no será de ninguna manera, y si adoptamos, tardarían años y años en darnos un bebé.

-Me alegro que hayas recapacitado. Yo ya he soñado con ese bebé, Dios nos lo ha mandado para que sea nuestro. –Dijo él emocionado mientras la abrazaba más fuerte y acercaba sus labios a los de ella.

-Bueno, eso ya se verá. –Dijo la Corina secamente- Quiero que conciertes una cita con la sobrina de Tere para que podamos entrevistarla, si va a vivir con nosotros quiero saber a quién voy a meter en mi casa. Aunque esa es la parte que menos me convence. ¿Por qué tenemos que meterla aquí?

-Si no le damos cobijo aquí y decimos que es algún familiar nuestro, nadie se va a creer que luego nos va a dejar el niño aquí. La gente del pueblo no conoce a mi familia, puede ser mi prima, por ejemplo.

-¿A quién le vamos a ocultar todo esto? No sé si contárselo a mis padres, no sé la reacción que van a tener ellos cuando se enteren de lo que estamos tramando hacer, que la verdad, no sé hasta qué punto puede ser legal, por muchos papeles que ella firme dando fe que no puede hacerse cargo de su hijo y que nos delega a nosotros ese cargo.

-Pues no se lo digas. Yo no se lo voy a decir a mis padres. Esto será un secreto entre tú y yo. –Luis posó un suave beso en la frente de su mujer. Sabía cómo hacerlo para que ella sucumbiera a sus encantos.

-Pero tú lo tienes más fácil, tus padres se han mudado a Asturias y no vas a tener que darle explicaciones y tampoco tienes hermanos. –Le dijo Corina mientras se desvestía para ponerse el pijama.

-Bueno, pero a ellos tendré que decirle que es una amiga tuya. Conocen perfectamente a todas mis primas como para engañarlos. –Dijo él en tono jocoso.

-Espero que no hablen con mis padres, si no todo este embrollo va a salir a la luz.

-No creo que se llamen, tú sabes que no hay mucho amor entre tu familia y la mía. –Sonrió el chico.

-Desde luego que no. Bodas, bautizos y comuniones. –Corina reía abiertamente.

-Mañana hablo con Tere para que nos concierte una cita con su sobrina y así podamos conocerla. ¿Eres consciente de que si todo sale bien, en menos de cinco meses vamos a ser padres?

-No, todavía no lo he asimilado. Prefiero hablar antes con la chica y que acepte nuestras condiciones, no quiero sorpresas luego.

-Pues yo no puedo reprimir este sentimiento de alegría. –Dijo él mientras se metía en la cama de un salto.

-Luis, mañana tengo que hablar con mi hermano, Manuel me ha dejado muy preocupada.

-No he querido decirte nada, pero hace dos días le vi montado en una moto con un chaval que no es del pueblo. Lo soltó en el parque y se marchó.

-¿Por qué no me cuentas esas cosas antes? Tú sabes perfectamente que no es normal que Raúl se monte con desconocidos en una moto. –Dijo la chica malhumorada.

-Tranquila, quizás para ti es un desconocido, pero puede ser un amigo de tu hermano que no conozcamos.

-Mañana me enteraré de todo. Le preguntaré si está con Blanca. Esa chica no me da buena espina, por lo visto la arrestaron hace unos días en Córdoba robando y también consume drogas.

Luis se dio la vuelta y se quedó dormido al instante, pensando en el bebé que pronto llegaría a su casa, tenía el instinto paternal a flor de piel. Estaba muy contento, casi había logrado darle a su amada Corina lo que más ansiaba en esta vida, un hijo. Y no le importaba el precio que en un futuro tuviera que pagar.

** Cuando David llegó a comisaría lo primero que hizo fue ir al despacho de Patricia, necesitaba ver como estaba. Al entrar vio a la chica de espaldas mirando por la ventana. Se le acercó y le giró la cara dulcemente. Los moratones del día anterior parecían estar remitiendo pero no dejaba de estar igual de pensativa que desde hacía unas semanas.

-¿Pensaste en lo que te dije? –Preguntó David.

-Sí, y creo que lo mejor es dejar las cosas como están. No puedo dejar a Pablo, yo sé que podría hacerme algo mucho peor que las palizas que recibo. –David se quedó estupefacto. No entendía como aquella mujer que tenía delante pudiera hablar con tanta normalidad sobre aquel tema, el cual era muy delicado.

-No sé cómo puedes estar tan ciega. ¿No te das cuenta que necesito ayudarte? ¡No puedo verte así! –Gritó el chico. Patricia se giró y lo miró con inquietud.

-No entiendo por qué te alteras tanto. Es mi vida, yo sé que es lo que debo o no debo hacer, sé cómo tratar a Pablo y también sé que si no me quedo en casa, la cosa puede ir a peor. En cambio, si me quedo me ha prometido cambiar y no volver a ponerme una mano encima.

-¿Y tú le crees?

-Sí, anoche estuvimos hablando. Y sé que me quiere y que no me va a volver a pegar. Y, por favor, preferiría que no me llevaras más a casa.

-¿Nos vio ayer cuando te acerqué?

-Sí, nos vio. Y estaba muy agitado cuando entró por la puerta, creí que me iba a matar, pero se apaciguó y pudimos hablar como personas civilizadas.

-¿Seguro? Patricia, sabes que no soportaría que te pasara nada. –David se acercó a ella e intentó abrazarla. Cuando posó su mano sobre la cintura de la chica, esta se retiró bruscamente y puso una mueca de dolor.

-¡No, no puedes acercarte a mí, no lo hagas más difícil, Parker!

-Patricia, levántate ahora mismo la camiseta del uniforme. –Dijo el chico en tono autoritario.

-No lo voy a hacer, ¿Por qué iba a enseñarte mi cuerpo a ti? –La voz de la chica era temblorosa. David no dijo nada, se acercó y le levantó la camiseta. Se quedó muy afectado cuando vio las señales de los correazos que Pablo le propinó la noche anterior, seguramente después de haberla visto con él en la puerta de su casa.

-¿Esto es lo que hablaste anoche con tu novio? –Preguntó furioso.

-¡No te metas en mi vida! ¿No entiendes que si no dejas de meter las narices en este asunto me va a matar? –La chica comenzó a llorar como una loca. David echó la puerta con llave.

-Como comprenderás, yo no voy a dejar esto así sabiendo cómo están transcurriendo los hechos. Voy a denunciar ahora mismo.

-¡No, por favor! Él te tiene en el punto de mira, anoche le dije que te habías dado cuenta de mis moratones y me dijo que si te metías en lo que no te llamaban te iba a matar a ti.

-Me da exactamente igual que me mate, pero puedes estar segura que a ti no te pone más un dedo encima. –David se acercó al teléfono y lo descolgó, la chica se abalanzó sobre él e hizo que lo colgara.

-Está bien, ahora mismo voy a recoger mis cosas y me voy de casa, pero no denuncies. Él sabe que yo no haría una cosa así, y ahora que sabe que tú eres el único que tiene conocimiento de todo, va a dar por hecho que tú has sido quién le has denunciado. –La chica se tiró al suelo, suplicándole. Por supuesto, no iba a consentir una cosa así.

-Está bien, pero ahora mismo haces las maletas, te quiero aquí dentro de una hora. Te vienes conmigo a casa.

-Pero David, ¿Qué va a pensar la gente? Entiende que es algo muy arriesgado.

-Me da igual lo que piense la gente, tú no vas a volver a esa casa porque yo no te voy a dejar y créeme que por ahora me he contenido, pero a la próxima, te juro por lo más sagrado que lo mato. Aunque tenga que pasar el resto de mis días en la cárcel, pero a ti no te vuelve a tocar ese desgraciado.

-¿Por qué me defiendes tanto? –La chica se estaba secando las lágrimas con un pañuelo.

-Porqué sí y con eso es más que suficiente. –No podía decirle que la defendía porque era el amor de su vida, lo que siempre había soñado y la mujer con quién quería formar  una familia.

-Ahora creo que está con un amigo, voy a aprovechar, pero en cuanto sepa que estoy en tu casa, que no creo que tarde mucho, va a ir a buscarme y no sé qué puede ocurrir.

-No tiene por qué enterarse. Por ahora, haz las maletas, yo voy a hablar con nuestro superior para contarle la situación y decirle que te dé unas semanas libres, necesitas desaparecer un tiempo, debes entenderlo.

-Sí, quizás sea lo mejor, pero no te voy a dejar solo en la búsqueda de Víctor.

-Vendrás conmigo a todos sitios, pero sin dejarte ver, no como si estuvieras en comisaría. Llama a tus padres y ponles al tanto de todo.

-A mis padres les da exactamente igual que me pase, no se van a poner mal porque les llame y les diga que he dejado a Pablo porque me maltrata.

-Pero, si el otro día me dijiste que no se lo decías, porque tu padre lo mataría y porque no había sitio en tu casa para ti. –El chico la miró incrédulo.

-Era mentira. Yo no soy nadie para mis padre, es como si no existiera. Ellos siempre se han dedicado a viajar y jamás nos ha prestado atención ni a mí ni a mis hermanos, siempre hemos tenido niñeras, y para nada los voy a llamar, porque no se van a preocupar por mí. Me dirán que es mi problema y que me las arregle como pueda. No cuento con nadie.

-¿Cómo qué no? Conmigo sí, y si yo te tengo que ayudar a que des el paso para dejar a ese malnacido, lo haré. No podría soportar que ese tipejo te hiciera algo de mayor envergadura.

-¿Te refieres a qué me mate? –Dijo la chica mirándolo con sus ojos claros.

-Sí, a eso. Date prisa en hacer las maletas que voy a hablar con el superior para que lo arregle todo. Quizás te dé permiso para que trabajes desde casa, sabiendo que tienes que esconderte un tiempo.

-Eso sería estupendo, así podría seguir ayudándote y no me moriría del aburrimiento.

-Voy a intentarlo, aunque creo que es mejor que vengas tú conmigo para que pueda verte en el estado que te ha dejado ese cabrón.

-Vale, pero no quiero tardar mucho, como Pablo vuelva a casa, no me va a dejar marcharme y cómo me vea con las maletas, no quiero pensar que podría hacerme.

-Será un minuto. –El chico comenzó a andar hacia la puerta.

-David, gracias. –Dijo la muchacha tímidamente.

-No hay de qué. Por ti haría lo que fuera necesario. –Ella lo miró extrañada y se dio cuenta de lo guapo que era. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? El corazón le dio un vuelco, miró al cielo y se preguntó por qué no habrían puesto en su camino a un hombre como David.

20 de Junio. Treinta años antes:

Antonio acababa de salir del trabajo. Menos mal que lo había empleado en aquel bar, él le estaría eternamente agradecido a su propietario. En su casa faltaba el dinero y nunca llegaban a fin de mes. Para ser sinceros, necesitaba alguien con quien compartir su vida, ya tenía 22 años y todas las mujeres que habían pasado por su vida, habían sido algo pasajero, pero se había dado cuenta que necesitaba otra clase de relación. Cuando llegó a su casa, vio por la ventana a sus hermanos revoloteando por el salón y decidió quedarse sentado en el rebate, viendo a la gente pasar, lo último que quería era escuchar a sus hermanos. Quería a su familia, pero aún recordaba cuando su vida era totalmente distinta. De eso apenas habían pasado seis años. Él tenía 16 años cuando tuvieron que dejar atrás su maravillosa vida en Manhattan, New York. Allí nació él y sus hermanos, tenían una gran mansión y su padre era propietario de varias empresas a las que les iba realmente bien, jamás le faltó de nada y vivieron rodeados de lujos, hasta que un fatídico día tuvieron que huir. Su padre llegó a su hogar pegando voces y diciéndole a su madre que recogiera lo necesario que tendrían que volver a su pueblo de origen, a Silillos. A él le pareció una aberración, ¿cómo iba a dejar a todos sus amigos allí? ¿Qué pasaba con la gran vida de comodidades y lujos que tenían? Su padre le explicó por el camino que tenían que huir, irse bien lejos. Por lo visto aquella mañana había pasado un incidente en la empresa y no podían perder tiempo, tenían que irse a algún lugar dónde pudieran comenzar una vida de nuevo, y qué mejor que el pueblecito dónde su padre se había criado hasta que le ofrecieron aquel gran trabajo en el extranjero.

Cuando se montaron en el avión, llevaban lo justo y necesario para poder sobrevivir hasta que llegaran a aquel pueblo de Córdoba. No podía dejar de pensar en todo lo que dejaba atrás, aquella gran ciudad ¿Cómo compararla con un pueblo en el que apenas había 600 habitantes? No sabía si podría adaptarse, además su padre le había dicho que nada volvería a ser como antes, que tendría que buscarse un trabajo porque ya no tenían nada del dinero del que disponían en Manhattan. Le suplicó a su padre que le contara qué había pasado para que tuvieran que dejar atrás todo tan rápido, pero su padre se limitó a decirle que aquello no tenía importancia, lo importante era escapar. Cuando llegaron, tuvieron que hospedarse en casa de su abuela paterna. El cuarto dónde él dormía en New York, era más grande que la casa de su abuela y ahora tenía que dormir en una pequeña habitación con sus tres hermanos, solo así podrían quedarse y tener un techo donde dormir. Todo aquello le parecía surrealista, apenas hacía dos días estaba disfrutando con sus amigos en Central Park y ahora estaban como sardinas en lata en una minúscula habitación. A los pocos meses de llegar al pueblo, cuando por fin se estaba adaptando un poco, ocurrió un terrible accidente dónde su padre había conseguido un trabajo y murió en el acto. Se quedaron solos sus hermanos, su madre y él, aunque por fortuna contaban con la ayuda de su abuela. Él trabajó muy duro para poder sacar a su familia adelante. Ya apenas se acordaba de su maravillosa vida anterior, puesto que no tenía tiempo de recordar, ahora su vida consistía en levantarse a las siete de la mañana y acostarse a las diez de la noche, todo el día trabajando en el campo para poder llevar un jornal a su casa, y más ahora que su padre no estaba. Debía hacerse cargo de su madre, su abuela y sus hermanos, y así lo hizo, trabajó muy duro hasta que al fin, cuando habían pasado tres años de la muerte de su padre, pudo comprar una casa no muy lejos de la de su abuela. Llevaba años ahorrando para poder tener una independencia y por fin lo había conseguido.

Seis años después, su vida era la misma, trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer para poder terminar de pagar la casa y poder comer. Su madre trabajaba como costurera y una mujer de un buen estatus social le había pedido varios vestidos, si todo seguía así, podría independizarse pronto si encontraba a alguien con quien compartir su vida.

Recordó a su padre y se entristeció. No era mala persona pero aquello que ocurrió en Manhattan fue un accidente. Él se enteró al cabo de los años, de que tuvieron que volverse cuando su padre mató en defensa propia a su compañero de trabajo. Se llevaban francamente mal y el golpe que le propinó en la cabeza, el cual le causó la muerte, fue por su propia defensa, pero no tenía como probarlo, así que tuvo que huir con su familia y por lo que se ve jamás le siguieron la pista, porque nunca se volvió a saber más nada de aquel hombre. Ahora el que estaba muerto era su padre, y quizás fuera lo mejor, porque si lo encontraban, seguramente pasaría el resto de sus días en la cárcel, puesto que a aquellas alturas, no podría probar que el golpe fue en legítima defensa.

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