FE CIEGA. PRIMER CAPÍTULO.

**El día estaba completamente nublado, no había ni un ápice de sol en el ambiente. David desvió su mirada hacia la ventana, no se sentía con fuerzas de salir de la cama. Se incorporó y abrió el primer cajón de su mesita de noche, allí estaba la foto que tan celosamente guardaba, la foto de la mujer que más amaba encima de la tierra, no sabía cómo había podido vivir sin ella tantos años. Sus ojos azules y su larga melena oscura lo tenían completamente enamorado, pero no sabía cómo hacérselo saber, no estaba preparado para algo así y sabía que ella tampoco.

Se le hacía muy difícil todos los días estar a su lado y no poder besarla, no poder acariciarla y decirle cuanto la amaba. Levantó la vista y se miró en el espejo que tenía al frente. Sus ojeras se acentuaban cada día más y aunque su apariencia física fuera de una persona fuerte, tenía el corazón más débil y enamorado que hubiera encima de la tierra.

Su vida era monótona, se levantaba, trabajaba y hacía muy poca vida social. Su madre, Pepa, siempre le repetía que no entendía como un morenazo con esos ojos marrones claros no tenía una novia que lo mimara y lo quisiera. ¿Cómo decirle que la única mujer a la que amaba estaba comprometida con otra persona? Se pasó la mano por las sienes y suspiró. Necesitaba que aquella bocanada de aire entrara en sus pulmones. Se levantó y se dirigió a la ventana. Al abrirla, el aire fresco y limpio de la ventana invadió la habitación y él volvió a respirar hondo.

Había otro tema del que no podía dejar de pensar, no habiendo dormido en toda la noche intentando darle una explicación a aquellas palabras que intercambiaron sus padres. ¿De qué secreto estaba hablando su madre? Cuando llegó a casa, después de una dura jornada de trabajo, se metió en la ducha y comenzó a pensar en Patricia, el amor de su vida. Llevaban dos años trabajando juntos y no podía quitarla de su mente. Esa chica siempre había estado en su vida, hasta que se marchó por estudios. Para él, siempre había sido una chica que pasaba desapercibida, siempre se había interesado por otro tipo de mujeres y ahora no podía controlar los latidos de su corazón al pensar en ella. Lo volvía loco.

Al salir de su habitación, una vez duchado y con ropa cómoda, escuchó los gritos desorbitados de su padre en el salón. “Me tengo que independizar de una vez” –Pensó-  Volvió a entrar en su habitación, no le interesaban las disputas que pudieran tener sus padres. Se sentó en la cama y comenzó a leer unos documentos que Antonia, la secretaría de la comisaría donde trabajaba, le había dado. Era sobre el caso de Víctor Suárez, un niño de cuatro años que había desaparecido hacía unos días. Aquello era la primera vez que ocurría desde que él comenzó a trabajar. Aquella Colonia se componía de algunas aldeas, y la desaparición del niño había transcurrido, Silillos.

Él y Patricia eran los encargados de llevar a cabo la investigación. Volvió a sonreír al pensar en su compañera de trabajo. Llevaban cuatro días esperando una llamada, una pista o algo relacionado con aquella desaparición. Ya incluso habían rastreado la zona donde él vivía, pero nada se sabía sobre su paradero. El padre del niño no podía aportar dato alguno, el mismo estaba completamente destrozado, su hijo era su vida, solo se tenían el uno al otro.  Los gritos de Antonio, su padre, lo volvieron a sobresaltar y decidió salir para descubrir qué era lo que ocurría, no entendía a qué venían aquellas voces.

El despertador volvió a sonar por cuarta vez y el chico se percató de que había llegado el momento de salir de la cama, se pegó una ducha rápida, se puso el uniforme y en menos que canta un gallo estaba en comisaría.

Encontró a Antonia sentada en su lugar, justo a la derecha de la entrada de comisaría. Lo miró por encima de sus pequeñas gafas y le sonrió.

-Santiago Suárez ha llamado hace unos minutos. –Le informó la mujer mientras buscaba algo en el ordenador. Aquel día estaba especialmente bonita con un vestido marinero. Su cabello castaño caía por los hombros y sus ojos celestes relucían como dos luceros.

-¿Te ha dicho qué quería? –Preguntó David mientras se acercaba a la máquina de café que había a tan solo unos metros.

-Al parecer tiene una información que darte, no me ha querido decir de qué se trata. Dice que es algo delicado como para comentarlo por teléfono. –David asintió y la mujer siguió escribiendo en el ordenador como si no hubiera un mañana.

-Voy a estar en mi despacho, si viene alguien a buscarme, llámame antes y dime de quien se trata, porque tengo mucho trabajo que hacer. –Antonia sonrió nuevamente. David pegó el último sorbo a su café y se dirigió hacia el despacho.

Al pasar por el pasillo que daba acceso a los despachos, vio que la puerta del despacho de su compañera Patricia estaba entreabierta. Se asomó con sutileza y la vio sentada en el quicio de la ventana con una taza de café en la mano. Su mirada estaba perdida.

Aprovechó el momento para poder observarla con más detenimiento, quería grabar en la mente su belleza. Aquel día llevaba el pelo ondulado, y sus ojos estaban ligeramente maquillados, al igual que sus mejillas. No se sentía con fuerzas para declararle lo que sentía por ella, hasta el día de hoy no había sido capaz y no creía que pudiera por mucho tiempo que pasara. Él sabía que Patricia estaba comprometida y si su felicidad era otra persona, él lo entendería. No podía perderla como amiga por haber forzado la situación.

En aquel momento, dónde el silencio acaparaba los pasillos, podía sentir los latidos de su corazón a mirarla. Jamás había sentido nada tan fuerte por nadie, pero el amor llega cuando menos te lo esperas y eso le había ocurrido a él. Había caído en la trampa de Cupido, y ya era demasiado tarde.

Se percató de que la chica estaba demasiado metida en sus pensamientos. Llevaba varios días muy pensativa y eso le preocupaba. No podía pensar que la misma tuviera problemas, eso le partía el alma y el corazón.

Cuando más ensimismado estaba mirándola, Patricia suspiró y se levantó, dirigiendo la mirada hacia David.

-¿Qué haces ahí? –Preguntó divertida mientras soltaba la taza de café encima del escritorio. Tenía su despacho decorado con fotos suyas y algunas flores, cuando entró en aquel lugar y lo vio por primera vez, se dio cuenta que tenía que hacer un cambio. Ahora era un lugar bonito y acogedor. Su lugar de trabajo.

-Buenos días. –Dijo él en un susurro. No podía creer que le hubiera pillado en aquella situación tan infantil- Solo estaba pensando en algo que me ha comentado Antonia. –Mintió nervioso.

-Ya he hablado con ella. –La chica se sentó en su butaca e invitó a David para que se sentara en una de las sillas- Creo que debemos de ir a Silillos lo antes posible, todo lo que Santiago pueda decirnos es sumamente importante. ¡Han pasado más de cuatro días y aún no sabemos nada sobre Víctor! No se lo ha podido tragar la tierra… -Dijo la chica indignada mientras jugaba con su bolígrafo.

-Creo que puede tener una pista de quien se ha llevado al niño. –David no podía dejar de jugar con sus dedos. Se sentía nervioso, como un adolescente, cada vez que ella le miraba a los ojos.

-Tiene a alguien en mente, pero… -La chica hizo una pausa y miró fijamente a David a los ojos- David, ¿Crees que el niño sigue con vida?

-No lo sé, pero quiero creer que sí. Por lo que he visto en fotos es un niño precioso y lleno de vida. Además, la esperanza es lo último que se pierde.

-Comenzaremos con la investigación a fondo en el día de hoy, no podemos seguir en esta situación de incertidumbre, pero antes tenemos que ir a desayunar para coger fuerzas. –Patricia se levantó de un salto y cogió su chaqueta. David se levantó también y se dirigió a la puerta.

-Me muero de hambre, Patricia. –Dijo David en un tono bastante seductor. La chica lo miró confusa mientras se acercaba a la puerta.

-Yo también. –Lo miró inocentemente y salió del despacho a paso ligero. Él la miró como cruzaba el pasillo, contoneando su trasero delante de él. No sabía si aquello estaba ocurriendo de verdad o su imaginación le estaba jugando una mala pasada.

Al llegar al fondo del pasillo, la chica se giró y con una gran sonrisa en la cara le hizo un gesto con la mano.

-¡David, no tenemos todo el día!

El chico sonrió y comenzó a andar a paso ligero. Aquella chica iba a volverlo loco. Cuando salieron a la calle, había comenzado a caer una gran tormenta, por lo que cogieron un paraguas y ambos corrieron debajo del mismo paraguas calle abajo mientras reían a carcajadas.

Al entrar en el bar, Patricia se recogió su bonita melena oscura en una cola y se fue a la barra a pedir. Estaba tan bonita, que no podía dejar de imaginar cómo serían sus besos. Besar sus labios era lo que más ansiaba en el mundo.

** Corina estaba muy deprimida. Se limpió las lágrimas que corrían libremente por su cara mientras se hacía un ovillo en el sofá. ¿Cómo podía haberle dado el médico tan mala noticia? Ella siempre había tenido problemas para concebir a un hijo, pero jamás hubiera imaginado que era infértil.

De pequeña siempre había jugado con sus muñecas imaginando que eran sus hijas. Cuando fue creciendo el deseo de ser madre se incrementó y cuando llegó la hora de buscar un hijo, se dio cuenta que no sería cosa fácil, hasta que tuvieron que echar mano de médicos que les explicara el por qué su sueño más preciado no venía al mundo.  Su marido, Luis, sin decir nada se sentó a su lado. Era un chico alto y moreno, con una bonita mirada. Le dolía en el alma ver a su mujer así, pero ahora era el momento de ser fuertes y no podía venirse abajo él también. Comenzó a acariciarle el rostro a la chica mientras ésta intentaba sonreírle dentro de sus posibilidades. Aquel día le habían dado la noticia más amarga de su existencia. Era tan joven y bonita,  su melena era castaña rojiza con ondas que parecían siempre recién hechas, su piel era morena y sus grandes ojos oscuros parecían adueñarse de su bonito rostro.

El chico no podía evitar sentirse muy triste, más de lo que nunca hubiera imaginado. Él ya no podría ser padre, pero conociendo a su mujer, sabía que se hundiría en la peor de las depresiones después de conocer aquella realidad. Amaba a los niños y por ello había estudiado magisterio y ejercía la profesión en el Colegio Público de aquella aldea, dónde cuidaba a cada uno de sus alumnos con todo el amor que una persona puede imaginar, amándolos a cada uno de ellos como si fuera suyo.

Años atrás, Luis había vivido muchísimos años en Barcelona, dónde había trabajado en una carnicería durante todo el tiempo que pudo, hasta que volvió al pueblo dónde se enamoró de Corina nada más verla. En realidad, se conocían de toda la vida, pero los años que Luis había estado fuera fueron suficientes para que Corina se convirtiera en toda una mujer, y volviendo loco al chico en cuanto la vio después de tantos años. Como por arte de magia, comenzaron a salir y todo pareció coger su curso, puesto que Corina consiguió por fin trabajo en el único centro docente del pueblo y él, milagrosamente y después de algunos años en el paro, comenzó a trabajar como conserje en el instituto de Fuente Palmera. Tras esto decidieron que no tenían razón para estar más tiempo separados y comenzaron con los preparativos de la boda, además de la construcción de una bonita casa de color pastel en la plaza del pueblo.

El proyecto duró dos años. Cuando la casa estuvo completamente terminada, y amueblada, llegó el día tan esperado, el día de la boda. Corina enseñaba su bonita casa a sus amigas, todas le repetían lo hermosa que era. Era una construcción grande, con tres habitaciones y un gran salón, además de la cocina y un patio contiguo, bastante amplio además. La decoración era moderna, al gusto de la chica. Luis se lo consentía todo, ya que con tenerla él era el hombre más feliz del mundo y daría lo que fuera por su sonrisa.

La boda se celebró en la iglesia del pueblo en un bonito y soleado día. Corina era la novia más bonita que había encima de la tierra, además de la más feliz. Luis lloró de emoción al verla entrar del brazo de su padre. Aquel día lo calificaban como uno de los más felices de sus vidas. Tras esto, su deseo de formar una familia se incrementó, pero era obvio que el destino tenía otros planes para ellos.

Había pasado el tiempo, más de dos años concretamente y allí estaban, abrazados en el sofá de su bonita casa, lamentándose porque nunca podrían ser padres.

-Siento que te he fallado, yo sé lo que deseabas tener un hijo. –Dijo Corina entre lágrimas mientras se incorporaba y miraba hacia la chimenea, dónde había una gran foto de ellos dos el día de su boda en el mirador del pueblo. Ambos se miraban a los ojos y sonreían.

-Tú no has fallado a nadie. Si no podemos tenerlo nosotros, lo adoptaremos, tu por eso no te preocupes. –La voz de Luis temblaba ante los nervios que sentía. Sabía que adoptar sería una locura, ya que, habría muchísimo papeleo y nunca sabrían el tiempo que tardarían en tener a un hijo en sus brazos.

-Se me ha juntado todo. Primero la desaparición de Víctor, a quien quiero como si fuera mi hijo, es el más pequeño y más frágil del colegio, estoy todo el día pendiente de él. Y ahora me entero que no podemos tener un hijo por mi culpa. –Se abrazó a sus rodillas y comenzó a llorar con más fuerza. Luis no podía verla así, era algo superior a sus fuerzas. Se levantó de un salto y se arrodilló a sus pies. Le levantó el mentón con su dedo e hizo que lo mirara a los ojos. Le partía el alma verla así.

-No llores más, por favor. Vamos a salir de ésta, ya lo verás. Ahora vamos a ir a casa de tu madre a decírselo, tengo cinco llamadas perdidas de ella. Me dijo que me llamaría para saber que te había dicho el ginecólogo.

Tras esto y varias palabras de amor en el oído, consiguió que la chica sonriera como hacía algunos días que no lo hacía, mientras se temía aquella mala noticia. El chico la ayudó a levantarse del sofá y fue entonces cuando comenzó a pensar cómo podía darle un hijo a su amada Corina. Ese era su sueño, y para eso estaba él, para cumplirlo.

**Cuando David y Patricia entraron por el pueblo, había pasado no más de media hora desde que habían terminado el desayuno, sabían que no tenían tiempo que perder. Al entrar, vieron como los niños caminaban por la calle principal, rumbo al colegio. Apenas tenía 600 habitantes pero tenía alguna clase de encanto. El padre de David, se había criado allí, recordaba su infancia en casa de su abuela, con sus primos. Ahora nada le ataba a aquel pueblo, puesto que su abuela había fallecido, su casa la habían vendido y todos sus primos y tíos se habían mudado de lugar. Sin embargo, era inexplicable el sentimiento de melancolía que sentía. Aparcó el coche no muy lejos de casa de Santiago y volvió a mirar a la chica que observaba atentamente a los niños por la ventanilla del vehículo.

-Por lo que se ve no hay muchos niños en el colegio ¿Verdad? –Preguntó la con voz temerosa, lo que había ocurrido en aquella aldea no era algo usual y sentía que si no daban con la persona que había secuestrado a Víctor, pronto cualquier otro pequeño podía desaparecer.

-Sí, por lo que se ve no hay muchos. En el curso de Víctor solo hay ocho niños. Los cursos mayores si tienen más estudiantes. Me encantaría volver al pasado y quedarme en esa edad. –Dijo David mientras se colocaba bien sus gafas de sol, el día estaba nublado, pero parecía haber abierto un poco. Patricia lo miró extrañado, David no era la típica persona de hacer esos tipos de comentarios, siempre había parecido un chico duro y sin embargo, llevaba una temporada que parecía más débil que nunca.

-¿Estás bien? Desde hace unos días te noto extraño, como si algo te ocurriera.   –El chico pensó que aquel era el momento de decirle a Patricia que lo que le ocurría era que se había negado hasta la saciedad lo que sentía por ella, pero que desde hacía unos meses no podía controlar aquel sentimiento que día tras día le quemaba el pecho. Que pensaba en ella a todas horas, en su rostro, en su olor, en su sonrisa y que no podía hacer nada con todo aquello aún a sabiendas de que ella estaba comprometida con otra persona. A todo esto, podía añadirle la situación que tenía en su casa con sus padres, los cuales no dejaban de hablar de un secreto del que él no tenía conocimiento alguno. Prefirió sonreír y no contarle nada de lo que en realidad pensaba.

-Estoy bien, gracias. Solo estoy un poco cansado con esta investigación. Va pasando los días y no encontramos nada relacionado con la desaparición de Víctor.      –Mientras le hablaba la miraba fijamente a través de sus gafas de sol, aquel día tenía el guapo subido, se moría de ganas de besarla, pero sabía que cuando ella llegara a casa, otro hombre la estaría esperando. No podía perdonarse que hace muchos años, cuando aún estaban en el instituto, jamás se hubiera fijado en ella. Eran años de locura, dónde cualquier chica guapa que se le acercaba era una presa para él. Sin embargo, Patricia era la típica chica gris, que únicamente se preocupaba por sus estudios y, aunque siempre había sido guapa, nunca se había fijado en ella por eso mismo, porque ella no se lucía ni se hacía valer. Además, tuvo muchos problemas relacionados con los desajustes alimenticios, habiéndolo pasado francamente mal, pero por suerte pudo salir de aquella pesadilla, seguir estudiando y cuando obtuvo plaza en la comisaría, volvió al pueblo.

-Ahora vamos a visitar a Santiago, el padre de Víctor, por lo visto ha pensado en algo que nos podría ayudar con la investigación.

-¿Qué será? –Preguntó él mientras aparcaba el coche frente a un estanco.

-No tengo ni la más remota idea, pero vive un poco más adelante. En esa casita blanca. –Le señaló Patricia. Se bajaron del coche y comenzaron a andar hacia allí. Fueron viendo las casas tan bonitas que habían en aquel pueblo, todas eran bastante grandes.

Al llegar, llamaron a la puerta, de madera maciza. Tras unos minutos llamando, no abrió nadie así que llamaron al timbre. Pocos segundos después apareció Santiago, parecía haber envejecido diez años desde que fue a denunciar la desaparición de su hijo. Los invitó a pasar y accedieron a un gran salón, todo estaba en perfecto orden. Se sentaron en un sofá de cuero que había justo debajo de la ventana que daba a la calle por donde habían llegado.

-Bueno, aquí nos tiene. Ahora es el momento de que nos cuente todo lo que sepa sobre la desaparición de su hijo. –David miró a su alrededor y se percató de una estancia diáfana, la cocina quedaba al fondo, decorada con madera color miel. Todo estaba perfectamente conjuntado, las cortinas del salón, los muebles, el suelo… Toda la decoración se basaba en un color pastel que hacía el hogar de aquel hombre bastante acogedor.

-Veréis, he tenido que pensar mucho el contaros esto, porque para mí no resulta fácil tener que juzgar a una persona de esta manera, pero estoy desesperado    –El hombre se pasó las manos por el pelo y las ojeras se le acentuaron un poco más si cabía- El niño se lo ha llevado ella, estoy totalmente seguro.

-¿Ella? –Preguntó Patricia mientras clavaba sus grandes ojos claros en aquel hombre. Entendía su dolor, lo entendía perfectamente, aún sin haber sido madre. Miró a su derecha y vio una foto de Víctor en una mesita auxiliar. Aquel pequeño rubio miel miraba a la cámara mientras sonreía sentado en las escaleras de su colegio. Imaginó que sería su primer día de colegio.

-No es fácil, yo… -Titubeó el hombre.

-El niño que hay perdido en estos momentos es su hijo, Santiago. Tiene que poner en conocimiento de la autoridad todo lo que sepa, para así ayudar a la investigación. –David intentó ser lo más claro posible, sin llegar a ser brusco- Necesitamos datos para seguir con esto hacia adelante y si usted sabe algo y no nos lo hace saber, posiblemente esté entorpeciendo el proceso.

-Hablo de Andrea, la madre de Víctor. –Patricia y David se miraron. En realidad en ningún momento se había hablado de la madre del pequeño desde que el mismo desapareció, era como si el niño solamente lo tuviese a él, a su padre- Ella y yo nos separamos cuando el niño contaba con apenas dos años de edad. Peleé por la custodia de mi niño y finalmente la gané. Luego ella se marchó de aquí pero estoy más que seguro que ella ha sido quién ha venido y se ha llevado a Víctor.

-Si usted sospecha de ella, tendrá algún motivo. –Patricia se puso de pie y se acercó a la ventana. Estar en la casa de aquel niño la estaba haciendo sentir mal. Había fotos de él por todos lados y sentía que en cualquier momento se iba a desmayar.

-El abogado de ella peleó para que la custodia fuera compartida, pero finalmente me la dieron completa a mí, ella no estaba en condiciones para hacerse cargo del niño. No tenía medios económicos para hacerse cargo de él y, por encima de todo lo anterior, no estaba bien mentalmente. Ese fue el detonante por el cual me dieron la custodia de mi hijo a mí. Estoy completamente seguro que ha vuelto, para vengarse y alejar al niño de mi lado.

-¿Qué pasó con Andrea cuando se determinó que la custodia del menor sería para usted? –David miró a Patricia disimuladamente y estaba seguro que no estaba prestando atención, tenía la mirada fija al otro lado de la ventana.

-No tuvo más remedio que irse a vivir con sus padres. Ellos residen en Córdoba, en la capital. Nunca más volví a saber de ella, ni de su familia, nunca más se interesaron por Víctor, pero hace tan solo unos días, recibí una llamada de un número desconocido, en la que se me advertía que me iban a quitar a mi hijo. No pude saber de quién era esa voz, puesto que, claramente, la estaban fingiendo.

-Y usted cree que esa llamada la llevó a cabo su mujer. ¿Por qué no nos ha contado nada de esto hasta ahora? –Preguntó Patricia dándose la vuelta y mirando nuevamente al hombre. David se dio cuenta que, dentro de su mutismo, seguía dentro de la investigación.

-Pensé que sería ella quien me estaba llamando y, al no estar bien psíquicamente, lo dejé estar. Pero ahora estoy más que seguro que ha sido ella quien se lo ha llevado.

-¿Tiene alguna prueba de lo que está diciendo?

-No tengo ninguna prueba material, pero he telefoneado a casa de los padres de Andrea y me han comentado que no saben nada de su hija desde hace unos días.     –Una lágrima comenzó a recorrer el rostro de aquel hombre y a Patricia se le rompió el corazón. Sentía una gran empatía con aquel padre, aunque ella no tuviera hijos, sabía que aquella situación tenía que ser extremadamente dura para él.

-Ella es mayor de edad y puede volver en cualquier momento. ¿Tenía Andrea algún tipo de tratamiento para su enfermedad mental?

-Sí, su madre estaba constantemente pendiente de ella, pero hace unos días, justo el mismo día que desapareció Víctor, en un descuido, se fue de casa y no han vuelto a saber nada más sobre ella. Por lo que me informaron, han denunciado su desaparición, pero no se sabe nada aún.

-La enfermedad mental de la que me hablas, ¿Era de nacimiento, o fue algo que ocurrió por alguna circunstancia que sufrió en su vida?

-Andrea era una chica sin problemas, hasta el día que dejó de hablar para siempre. Algo le ocurrió, algo que no sabremos nunca y que jamás nos llegó a contar. Ya estaba casada conmigo cuando todo esto ocurrió, un día dejó de hablar sin más, era como si no estuviera con nosotros, siempre con la mirada perdida.

-¿De verdad nunca supieron que le ocurrió? –Preguntó Patricia mientras se volvía a sentar junto a David.

-Nunca. Jamás volvió a decir ni una sola palabra, nunca nos contó qué fue lo que le ocurrió para entrar en aquel estado de mutismo. No articulaba palabra alguna y luego, todo fue a peor, hasta que quedó completamente incapacitada.

-Cuando todo esto ocurrió, ¿Su hijo ya había nacido?

-Víctor apenas tenía un año y medio cuando todo esto ocurrió. Yo traté de aguantar la situación y alargarla todo el tiempo que pude, pero no duré mucho. Cuando mi hijo cumplió los dos años, por su bien y por el mío, pedí su custodia y nos divorciamos.

-¿No tiene usted ningún indicio de dónde se puede encontrar Andrea en estos momentos?

-No sé qué decirle. Yo hacía ya muchos años que no sabía absolutamente nada sobre ella y sigo sin saberlo. Solo les pido que intenten adelantar todo lo que puedan esta investigación porque no puedo estar más sin mi hijo. –El hombre hizo un mohín y se retiró dos grandes lagrimones que recorrían sus mejillas. David suspiró, aún no se acostumbraba a aquellos duros momentos.

-Haremos todo lo posible para que esto no se demore y así dar lo antes posible con el paradero de Víctor. –El hombre asintió mientras Patricia y David se acercaban a la puerta de entrada por el estrecho pasillo dónde predominaban fotos de Víctor y de su padre.

-Llamadme en cuanto sepáis algo.

-No le quema la menor duda. Si usted tiene conocimiento de algún dato más, no tiene nada más que llamarnos.

Cuando Patricia y David llegaron al coche, se percataron que estaba comenzando a llover de nuevo. La chica suspiró y entró rápidamente en el vehículo. David hizo lo mismo.

-El asunto se está poniendo cada vez más negro. –Dijo ella en un susurro mientras se ponía sus gafas de sol, aunque supiera que en un día como aquel no iban a servirle de nada.

-¿Crees que la madre ha podido llevárselo?

-Está incapacitada, ¿Cómo iba a llegar desde Córdoba hasta aquí? –Preguntó ella como si fuera algo obvio. David sonrió levemente al verla así.

-¿De qué te ríes?

-¿Yo? No me estoy riendo. –Dijo David mientras se mordía el labio inferior.

-Sí, lo haces. Mírate. –Dijo indignada mientras cruzaba los brazos.

-No te enfades, Patricia. –A David le encantaban aquellos momentos con la mujer de su vida.

-No me enfado.

-Pues no lo parece, tienes el ceño fruncido.

La chica lo miró y le sonrió de oreja a oreja. Aquello hizo que el corazón de David latiera más fuerte que nunca.

-No estoy enfadada, pero si no quieres que me enfade más te vale que estemos en comisaría lo antes posible.

El chico puso las manos en alto en señal de rendición y arrancó el vehículo.

-Todo sea por complacerte. –Dijo en un susurro mientras salían del pueblo.

**Blanca volvía al pueblo después de unos días en el calabozo. No sabía cómo podía haber echado aquel perfume tan caro en su bolso, apenas recordaba cómo habían sucedido los hechos. Desmentía hasta la saciedad que fuera ella la chica que las cámaras de la tienda más lujosa de aquel centro comercial habían grabado metiendo aquel frasco de Channel Nº5 en el bolso. Juraría que cuando salió por la puerta nada de eso había pasado, pero las cámaras revelaban lo contrario. Ella era aquella mujer rubia, con pelo corto  que se reflejaba en los ordenadores. Si a todo eso sumábamos que ya tenía antecedentes penales por tráfico de drogas y algún que otro robo, la situación empeoraba por momentos. Se había pasado dos noches metida en el calabozo y había tenido tiempo de reflexionar lo que le había pasado, alegaba tener algún tiempo de problema, ella no recordaba haber robado cuando lo hacía, pero nadie le hacía caso.

Todo el mundo la observó cuando se bajó del autobús procedente de Córdoba. Solo pensó en su madre. ¿Estaría pasando mucha vergüenza en aquel pueblo donde todo el mundo la juzgaba? Los dos hombres que habían sentados en la parada del autobús, justamente al lado de la iglesia, comenzaron a cuchichear a su paso. Intentó no darle importancia, pero la cosa comenzó a ponerse mucho más fea conforme fue bajando por la calle principal. Todo el mundo estaba fuera de casa, algunos iban a comprar  a las pequeñas tiendas que constituían los negocios alimenticios, otros hablaban en la puerta de casa, y justo en la plaza del  pueblo, había un vendedor ambulante que tenía un puesto y algunas mujeres buscaban algo que comprar. Miró al cielo y vio que era azul, hacía un día bastante bonito para poder disfrutarlo, pero ella sabía que no era su situación. Ya apenas podía confiar en nadie. Todos la tenían por una drogadicta y una  ladrona, ella sabía que tenía un problema, pero también sabía que sola no podría salir de él.

**Habían pasado varios días desde que fueron a casa de Santiago Suárez. Se habían puesto en contacto con la madre de Andrea, la madre del niño desaparecido, y efectivamente, hacía varios días que no sabían nada de ella. El próximo día irían a Córdoba a verlos y poder hablar detenidamente del asunto.

David estaba en su casa, ya las nubes y la lluvia habían pasado. Hacía una agradable tarde de Abril, miró por la ventana de la cocina y vio su jardín, allí habían varías palomas peleándose por unas migas de pan que él mismo les había lanzado por la ventana y los pájaros cantaban. Miró el reloj, eran las cuatro de la tarde y su madre aún no había llegado a casa. Ella salía de trabajar sobre las dos de casa de la señora Maldonado, era una de las mujeres con más dinero de la Colonia. Su marido tenía una gran empresa, con establecimientos y franquicias en todas las provincias de Andalucía y en España en general. Dio un respingo cuando sintió la puerta a sus espaldas, por fin había llegado la mujer de su casa.

-¿Por qué has tardado tanto hoy? –Le preguntó David, mientras metía la taza del café en el fregadero. La mujer soltó unas bolsas encima de la mesa y suspiró agotada mientras se desplomaba en una de las sillas.

-Esta noche, Aurora y Germán, tienen un gran compromiso en su casa. Han quedado para cenar con unos socios de Germán y había que prepararlo todo, me he tenido que quedar algunas horas más. –Pepa, la madre de David, era una mujer de cincuenta años, que se conservaba bastante bien para su edad, era morena y con el pelo corto y unos ojos color miel demasiado pequeños.

-Por lo que tengo entendido, tiene más personal que lleve a cargo su casa, ¿Por qué tienes que echar más horas tú que nadie? –Le preguntó el muchacho estrechando el entrecejo. Nunca había entendido aquella dedicación de su madre a dos ancianos con los que no tenía ningún tipo de parentesco, tan solo una relación contractual.

-Solo ha sido por hoy, no tiene importancia.

-Mamá, llevas muchos días llegando a las tantas de la noche porque esa mujer te exige que te quedes en su casa dejándoselo todo impoluto. No me digas que ha sido hoy la única vez porque no es verdad. Hace algunas noches, te escuché llegar tarde y decirle a papá, que te habías quedado fregando el coche de su marido. –La mujer miró al suelo sin saber muy bien que decir.

-Tú sabes en la situación de crisis que nos encontramos, todas las horas extras que eche son buenas para nuestra economía.

-Yo tengo un trabajo y un buen sueldo, papá también lo tiene y con lo que tú cobras limpiando en esa casa al mes, créeme que no te hace falta echar horas extras.

-Bueno, quizás tengas razón. Debería pensar más en mí, llevó algunos días algo aturdida por todo en general y me duele bastante la cabeza. –Dijo mientras se pasaba los dedos por las sienes.

-La otra noche te escuché peleando con papá. ¿Qué le decías de un secreto que no podías esconder más? –Pepa miró a su hijo y se dio cuenta que cada día estaba más guapo. A sus 29 años, era todo un hombre, hecho y derecho. Trabajaba y llevaba el sueldo a su casa, era limpio, aseado y le ayudaba con las tareas de hogar. Era el hijo perfecto y le daba gracias a dios por haberlo puesto en su camino.

-No son más que tonterías. Todo estaba relacionado con la herencia de tu padre y la parte correspondiente a tus hermanos. –Le dijo la mujer mientras se rascaba la mano rápidamente. David la miró con desconfianza, pero tenía muchos problemas en el trabajo y, en ese momento, se conformaba con esa contestación.

-Si tú lo dices, perfecto. Ahora me tengo que ir, he quedado con mi compañera de trabajo para ver como seguimos con la investigación. Está siendo realmente complicado este caso, no tenemos ninguna pista convincente. Quizás el niño esté con su madre. Nos vemos a la noche. –Y se marchó. Papa sintió el portazo a sus espaldas y se levantó a echarse una taza de café. Tal vez hubiera llegado el momento, pero tenía que retardarlo lo máximo posible. Sabía que le dolería en el alma cuando toda aquella bomba explotara, pero se sentía presionada y no tenía más nada que hacer.

Cuando David entró en comisaría se encontró con Patricia.

-¿Te pasa algo? Te noto rarísima. –Le preguntó él preocupado mientras intentaba acercarse a ella.

-No, nada. Solo que estoy muy cansada. –Dijo ella poniendo un mechón de su melena negra sobre su cara mientras echaba un paso atrás. Luego se sentó para no tener a aquel chico tan cerca de ella, él resopló cansado de aquella situación.

-A ver, quiero ver que escondes. –Él se acercó a ella, que estaba sentada en la silla de su despacho y le retiró el mechón de pelo- ¿Cómo te has hecho eso? –Tenía un ojo completamente morado, aunque solo se notaba de verdad si te acercabas, se había echado una gran cantidad de maquillaje para ocultarlo.

-David…

-No, no quiero excusas, quiero que me digas que te ha ocurrido. –Dijo él en tono firme. Ella se levantó, se abrazó a él y comenzó a llorar. A el muchacho se le encogió el corazón al sentirla tan cerca, al saber que sus labios estaban tan solo a un ápice de él. Adoraba el olor que desprendía aquella mujer.

-No puedo más, Parker. Esto está llegando ya a límites insospechados.

-¿Tu novio te está maltratando?

-Desde hace algunos meses no sé qué le pasa, está fuera de sí. Hace un año que nos fuimos a vivir juntos, pero se comenzó a relacionar con personas raras, que conoció en su trabajo. Algunas veces incluso llegué a pensar que se estaba drogando, pero luego reflexionaba y creía que no podía ser así. Luego lo echaron del trabajo y su humor comenzó a estar por los suelos y lo empezó a pagar conmigo, hace un mes que me pega unas palizas infernales y….. –Patricia lloraba desconsoladamente mientras David la apretaba contra su pecho.

-¡Esto no se va a quedar así! –Gritó él.

-Por favor, David, tienes que guardarme el secreto, nadie puede saber sobre esto. –Le suplicó mirándole a los ojos.

-¿Cómo voy a callarme algo así? ¿Crees que te voy a dejar que te vayas a casa y que cuando llegues ese malnacido te vuelva a pegar? –Preguntó mientras acariciaba su mano. Se preguntó cómo un hombre podía maltratar a una mujer, y menos a ella.

-Estoy intentando arreglar las cosas con él. Anoche me dijo que podríamos tener un hijo para afianzar más nuestra relación.

-¿Tú te estás escuchando lo que estás diciendo? –Preguntó él mientras se retiraba de donde estaba y se ponía a mirar por la ventana.

-Quizás un hijo…

-¡Patricia, reacciona! Traer un hijo a este mundo con ese hombre es una locura, él va a sufrir los mismos maltratos que sufres tú. –Le dijo cariñosamente mientras le retiraba las lágrimas de la cara.

-Sí, puede que tengas razón.

-Tienes que separarte de él, ya llevas algún tiempo sufriendo maltratos por su parte y no puedes consentirlo más, tienes que dejarlo.

-¿Y a dónde me voy a ir?

-¿Tus padres no viven aquí? –Preguntó David mientras se sentaba en una silla y comenzaba a pensar algo para sacar a aquella chica de la casa donde diariamente recibía una paliza.

-Sí, pero en casa están todas las habitaciones ocupadas y además, para nada quiero que mis padres se enteren que Pablo me está maltratando. Mi padre no está bien del corazón y no me gustaría que sufriera un infarto o sencillamente que fuera en su busca para matarlo.

-Siendo así, ahora mismo vamos a tu casa, haces las maletas y te vienes a la mía. –Dijo David decidido.

-No puedo, entiéndeme. ¿Cómo iba a explicar que de buenas a primeras me mudo a tu casa y dejo a Pablo? –Ella miró al suelo y se sonrojó.

-Vamos a hacer una cosa, te dejo hasta mañana para que lo pienses. Las puertas de mi casa están abiertas para ti. Cuando mañana te vea me tendrás una respuesta y espero que no sea un no. Todo lo que quiero es por tu bien, no puedo soportar pensar que alguien te está maltratando, entiéndeme a mí también. –Se levantó y se dirigió a dónde estaba ella y la cogió de la mano.

-¿Por qué tanto empeño en ayudarme? Yo siempre he pasado desapercibida en tu vida y solo somos compañeros de trabajo. –Le preguntó ella mirándole a los ojos.

-Patricia, aquellos años en el instituto en los que apenas hablamos, fue culpa mía. Tú sabes que yo era alguien popular por aquel entonces y a veces la fama se sube a la cabeza. –Le explicó divertido.

-Eras el más deseado por todas las chicas en el instituto, el más popular.

-Pero ahora es diferente, somos adultos y eres mi compañera de trabajo desde hace mucho tiempo, y solo quiero ayudarte. –“Si supieras lo que en realidad siento por ti…” –Pensó-

-Lo pensaré, pero no es tan fácil. Mañana te daré una respuesta a lo que me has propuesto. –Sacó un clínex de su bolso y se secó las lágrimas- Ahora tengo que retocarme el maquillaje, no quiero que nadie más se dé cuenta de esta aberración        –Dijo señalando el moratón.

-Espero que pienses positivamente y sepas lo que en realidad tienes que hacer, por tu bien y por el de Pablo, porque como yo me entere que ha vuelto a tocarte un pelo, no respondo. –Dijo David en tono serio.

-Seguro que no, anoche me prometió que no volvería a pasar.

**Eran las tres de la tarde y Luis había acabado su jornada de trabajo en el instituto. Cada día era más y más difícil lidiar con esos adolescentes. Pero hoy estaba especialmente contento, le tenía una gran noticia a Corina, todo estaba saliendo a la perfección y sabía que sería capaz de hacer cualquier cosa por ella. Hacía algunos días que se enteraron que no podían tener hijos y él se prometió que haría lo imposible por darle un hijo a Corina, no sabía cómo lo haría, pero tenía que pensarlo. Ahora todo estaba resuelto. Cerró la puerta del instituto y se montó en el coche rumbo a su casa, allí lo estaría esperando su esposa para comer y podría darle la gran sorpresa.

-¿Cómo está la mujer más bella de todo el planeta? –Dijo Luis cuando entró en su casa. Aquel día era fantástico y nada ni nadie podrían echarlo a perder.

-¡Estoy en la cocina! –Gritó ella animada. Luis dejó sus cosas encima del sofá y pensó que luego lo colocaría en su sitio. Ahora solo quería estar al lado de la mujer que amaba y hacerla feliz.

-¿Sabes que me encantan los filetes de pollo con patatas, verdad? –Preguntó él mientras la besaba y se sentaban a comer.

-Lo sé, lo sé. Sabes, hoy he estado pensando en algo. –Corina cogió el tenedor y se quedó mirando el plato sin que su estómago reaccionara como ella creía que lo haría. Se sentía decaída y muerta de miedo por la situación que estaba viviendo en aquel momento.

-¿Sobre qué? –Preguntó Luis mientras se metía el primer pedazo de filete en la boca.

-Antes de que Víctor desapareciera, hubo una pelea en la puerta del colegio.

-¿Quiénes se pelearon?

-El padre de Víctor y el de Alejandra. Lo tuvieron que separar, porque casi llegan a las manos. El padre de Alejandra siempre ha sido un hombre con mucha soberbia y por lo que tengo entendido, ellos se llevan bastante mal por unos negocios que tuvieron en el pasado y el padre de Víctor se quedó con dinero que le pertenecía al de Alejandra. Siempre ha habido una gran disputa entre ellos y la pelea del otro día fue la gota que colmó el vaso.

-¿Por qué se pelearon? –Preguntó el hombre curioso.

-Víctor y Alejandra están en la misma clase, yo soy su maestra y ellos se llevan muy bien. Él ha sido siempre el más frágil de todos los varones y le ha gustado relacionarse con las chicas más que con los chicos y su gran amiga era Alejandra. Antes de que desapareciera Víctor, los niños tuvieron la típica disputa por un juguete, hay que tener en cuenta que son niños de cuatro años y tienen ese tipo de peleas a veces, y Alejandra salió de todo aquello con un gran arañazo en la mejilla. Cuando su padre fue a recogerla al colegio, yo salí para explicarle que solo había sido una chiquillada y que no tenía importancia, pero me exigió saber qué niño le había hecho eso a su hijo y le dije que había sido Víctor Suárez. Él salió como alma que lleva el diablo, cogió a Santiago en la puerta y los tuvieron que separar porque lo iba a matar.

-¿Y por qué te has acordado ahora de eso?

-Anoche no podía dormir y pensé que Víctor desapareció justo la tarde de después de esa disputa. Por lo que me ha contado su padre, el niño salió a comprar unas chucherías a la tienda que está a unos metros y nunca volvió. Había pensado que quizás Diego, el padre de Alejandra, haya tenido algo que ver.

-¿Enserio crees que alguien en su sano juicio secuestraría a un niño en un pueblo tan pequeño, sabiendo que cualquier persona puede verlo?

-¿Por qué no? Quizás sea un ajustes de cuentas, para hacer sufrir a Santiago, ya no por el arañazo de su hija en la cara, si no por cosas del pasado.

-Si crees que eso podría ser así, deberías ponerlo en conocimiento de la policía.

-Mañana tengo que ir a Fuente Palmera a recoger un reloj que llevé a arreglar, quizás me pase, pero tengo que hablar con el padre del Víctor antes. Esta tarde me llegaré a verlo. –Dijo la chica mientras abría un yogurt.

-Por cierto, yo tengo algo que decirte que te va a alegrar muchísimo. –Dijo él mientras llevaba los platos al fregadero.

-Pues no me hagas esperar más, y cuéntame.

-Verás… -Comenzó él mientras se sentaba a su lado- Conmigo trabaja Tere, la otra conserje del instituto, y me ha estado contando hoy que su sobrina, que tiene veinticinco años, se ha quedado embarazada sin querer. Está de casi cuatro meses y no quiere abortar, pero sabe que no puede hacerse cargo del niño. Por lo visto, ella está sola en el mundo, solo tiene a su tía y ésta me ha dicho que no pueden hacerse cargo de un bebé, porque hay muchas bocas en su casa y es totalmente imposible.

-¿Ella no trabaja para poder mantener a su hijo? –Corina sintió una punzada de celos. Pensar en lo que ella deseaba tener un hijo y sin embargo, Dios se los enviaba a personas que no podía mantenerlos ni hacerse cargo de ellos.

-Eh, no. Por lo visto no tiene trabajo. Yo le he contado nuestra situación, y he pensado que quizás…

-¿Quizás…? –Preguntó ella mirándolo con desconfianza.

-Quizás podamos traernos a la sobrina de Tere hasta que tenga el bebé y cuando nazca que lo deje a nuestro cargo, ya que ella no podría hacerse cargo de él.

-Luis, sabes perfectamente que los vientres de alquiler están totalmente prohibidos en España. –Dijo Corina levantándose de la silla.

-Lo sé, pero no sería un vientre de alquiler, sería un acogimiento para ayudar a alguien conocido que no puede hacerse cargo de un bebé.

-Pero ese niño nunca estaría inscrito como nuestro hijo ni llevaría nuestros apellidos. –Se indignó.

-Lo sé, pero podríamos criarlo y sería como si adoptáramos a uno.

-¿Y la chica cuando lo tenga se va a querer desentender de él? –Corina miraba fijamente a través de la ventana, solo se veía la plaza del pueblo.

-La chica ya está decidida, solo que tenemos que decirle a la gente que es algún familiar nuestro, alguna prima lejana o algo, para que cuando tenga el bebé y desaparezca podamos alegar algún tipo de parentesco y poder criar al niño.

-A la gente podremos engañarlos, pero ¿Y a la justicia?

-Cuando se vaya y nos quedemos con el niño, nadie tiene por qué saber nada, lo criaremos juntos, lo tendremos en acogida.

-Pero tendremos que arreglar algún tipo de papel donde conste que está a nuestro cargo aunque sea de acogida, con vistas a escolarizarlo y todo lo demás. –Ella miraba fijamente a Luis con los ojos brillantes, al principio le había parecido una locura, pero poco a poco le veía más sentido a todo.

-Antes de irse podemos decirle que deje dicho que quiere que el niño esté a nuestro cargo, así no habrá problema.

-No sé Luis, es todo muy abstracto.

-Todo va cogiendo más sentido conforme se va asimilando, piénsalo hasta mañana y me das una respuesta para yo poder hablar con Tere.

-Vale, sabes que mi deseo es tener un hijo.

-Lo sé, y yo solo quiero cumplir los deseos de mi Corina. –Se acercó y la besó dulcemente en los labios.

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